jueves, 22 de septiembre de 2011

2:37 a.m.





—Aló.


—Mal parío.

—¿Aló?

—Deja de hacerte el pendejo.


Álvaro separó el auricular de su oído. Suspiró.


—Iván. Es tarde, pana. Tenemos una nena pequeña durmiendo aquí, sé considerado.

—Devuélveme mi vida, coño e’ tu madre.


—¿Qué puedo hacer para que entiendas?


—Hoy me levanté y no sabía si era yo mismo o si me había convertido en ti. ¿Burde’ raro, verdad?


—Deja de llamar.

—Cuando tocas a Gabriela, ¿la tocas como lo hacía yo? ¿No te dice nada?


—Estás intenso de pana ya.

—Quiero que me devuelvas todo lo que me quitaste. Creí que eras mi amigo, maldito traidor. Dame a mi esposa.

—Iván…



Una pausa, en la que Álvaro se acomodó, inclinándose en su lado de la cama, lo más alejado posible de los oídos de la mujer.


—…¿No hablamos de esto ya? De pana que lamento el accidente, tú sabes que es así. Lamento lo que le pasó al pequeño y eso lo digo de corazón. Pero así, como están las cosas ahora, es como culminó la historia; nadie conspiró para joderte, nadie estaba haciendo planes a tus espaldas. ¿Puedes conseguir dentro de tu cabeza la cordura para entenderlo?

—…

—Aló.

—…

—Aló.

—Yo confiaba en ti.

—Verga, qué ladilla. Necesitas años de terapia, broder. Muchos, muchos años de terapia.

—Ya lo hicieron, ¿verdad? Ya te la cogiste, ¿verdad?

—Tenemos una hija, ¿tú qué crees, que la trajo la cigüeña?

—Así te quería escuchar, español coño e’ tu madre.

—¿Español? Chamo, yo soy de el tigre. ¿Estás rascao’?

—Búrlate, maldito.

—Te burlas de ti mismo.

—Dime quién soy. Dímelo. ¿Soy Iván o soy Álvaro? ¿Quién me toca ser hoy?

—Un poco dramático, ¿no?

—Pero contesta.

—Eres Gregorio Samsa, Iván. Te levantaste como una plaga hoy.

—¿Qué?

—Olvídalo. Déjanos en paz a Gabriela y a mí. No quiero tener que…

—La amo.

—Repetírtelo. Lo sé. Yo la amo también. Y no tiene nada que ver contigo; cuando ustedes estaban juntos, no la toqué ni con el pensamiento, ¿no te dice nada eso? ¿Crees que puedes extender el mismo respeto hacia mi vida?

—Hacíamos muy buena pareja.

—La trataste medio mal, a decir verdad.

—No te permito que digas eso.

—Entonces no me saques conversación al respecto. Acuérdate de que llamaste a insultar, no te desconcentres.

—El comediante. La estrellita, ay, qué gracioso es Álvaro, vale, un show.


Otro suspiro.


—¿Qué estás esperando de mí?

—Dame a mi mujer y dame a mi trabajo.

—Yo no te quité el trabajo. No te serruché la silla.

—Me quitaste todo. Y te lo digo así, bueno y sano. Te estoy hablando sin haber tomado una gota de alcohol.

—Espero que eso no sea verdad.

—Arruinaste todo lo que yo podía lograr en…

—¿Quieres que te diga quién está arruinando qué? ¿Cómo coño tú crees que se siente Gabriela cada vez que la llamas, ah? ¿Tú crees que a ella le parece muy depinga saber que estás como estás? Yo mismo odio verte así, pero para ella es otra vaina. Y sin embargo tienes que venir, en tu esfuerzo más inútil por ensombrecer las cosas. Tienes una guerra contigo mismo, no nos arrastres a ella.

—Vamos a darnos unos coñazos, pues.

—Por el amor de dios.

—Vente, ¿te da miedo?

—No sé si te habrás dado cuenta, pero tengo un solo brazo. ¿Te haría sentir mejor pelear con un manco? Dime cómo podemos pelear en circunstancias justas.

—Me amarro una mano a la espalda. Qué marica eres, pidiendo trato especial, el trato que nunca me diste.

—¿Trato especial? No escondo el brazo, maldito pajúo, literalmente me falta, es una vaina médica.

—No tienes moral para quejarte.

—Hazme un dibujo de cómo podemos pelear, maldito anormal. El arquitecto, haz un plano de cómo nos damos unos coñazos. ¿Y qué importa quién le rompa la cara a quién? ¿Tú crees que eso va a cambiar algo?

—Tu papá te cogía de chiquito.

—Eso lo dijiste anoche.

—¿Qué? Aló. ¡Aló!

—Estúpido, eso lo dijiste anoche.

—¿Cuándo te la llevaste de viaje, ya ibas con la mente de coronar, verdad, perro?

—No.

—Ibas con la mente de “ahora le clavo toda la noche en el hotel…”

—Iba con la mente de consolar a mi amiga por la muerte de su hijo y su terrible divorcio con un hombre de trece años mentales.

—Pero eras mi amigo, ¿qué dice eso de ti?

—Que soy un carajo burda de paciente.

—Eres una basura. Eso es lo que eres.

—No te guardé nunca sino respeto. Si tienes un momento de lucidez al día, invócalo ahorita: ¿por qué estás haciendo esto?


Una pausa.


—No sé. Porque estoy solo.

—¿Crees que estas llamadas lo remedian?

—No.

—Sabes que yo he pensado burda en ti. Más de lo que creerías. Y te tengo lástima. No lo digo con ánimos de ofender; de verdad que las cosas salieron espectacularmente mal. Lo lamento mucho.

—No necesito tu lástima.

—Quizá “lástima” no es la palabra. Me siento mal por ti. Porque sé que dentro de todo eso, se esconde un buen tipo.

—Eres triste, pana. Eres un ser humano triste. Dame a mi esposa. Dile que yo le compro lo que sea.

—Wow, eso va a funcionar.

—Tú no entiendes.

—De verdad que no.

—Eres, Álvaro, y sin que me quede nada por dentro, eres y siempre has sido un inválido emocional.

—Lo que tú digas, chamo. No llames más. Entiende lo que te estoy diciendo, usa la cabeza.

—Dime quién soy hoy.

—Estás despertando a Gaby. Adiós.

—¡Dímelo!




lunes, 19 de septiembre de 2011

Improvisaciones Por el Medio de la Calle




Ayer Letras a Litros tuvo la oportunidad de ser parte de Por el Medio de la Calle. En el punto 7 del circuito, estuvo casi una hora en tarima llevando a cabo el Jam Literario o de Escritura: Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras el DJ Elektroboy marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?. 

En un trabajo en equipo que rindió frutos, José Leonardo Riera, Guillermo Geraldo, Noelia Depaoli y Jessica Márquez estuvieron improvisando textos, mientras Moisés Lárez animaba al público y se burlaba de todo y de todos. Andrea Gómez, Samar Hokche y Gabriela Camacho fueron el equipo tras bambalinas. Paola Palacios, fotógrafa profesional, se encargó de registrar el evento. El diseñador James Weinreb, que hiciera el rediseño de nuestro luego y el arte que ilustra esta nota, también estuvo presente para ver su arte en movimiento. Desde Chile, Gabriela Valdivieso estuvo siempre con nosotros.  

Pero nada de esto hubiera sido posible sin ustedes, nuestros lectores y, ahora, nuestro público, que asistió y nos regaló temas para generar textos breves. A ustedes, mil gracias. 

Ahora, el resultado de esta aventura. 


Primera Improvisación. Tema: Terror en el Metro. 

José Leonardo Riera

Terror en el metro hoy por hoy ya no resulta tan terrorífico. A final de cuentas, estás siempre allí, junto a mi sobaco. Entonces qué podría ser más terrorífico que todo el aroma que emanamos en las noches y que aún estando en el metro recordamos y sentimos. Pero sucede que están también otros sobacos. Otros olores. Otras distancias. Allí, amor, cuando no sea tu nalga la que este en mis piernas, cuando sea otra chica la que lo arrecueste, te aseguraré, me cueste lo que cueste, que no pensaré más en infidelidades, me arrimaré hacia un lado. Huiré de otro bulto. Y allí entonces, juntos haremos una transferencia al mismo olor, a las mismas noches, las que nos definen. Las que nos expresan. Que con sobacos, bultos, olores y esas cosas, el único terror que tengo es el no tenerte junto a mí en el metro. 


Segunda Improvisación. Tema: Cachos en la luna de miel


Por Jessica Márquez Gaspar (Jessisrules)

Se supone que la luna de miel sea romántica. Se supone que uno se sube en un avión y se lanza a un destino desconocido a descubrir nuevamente por qué te casaste con esa persona. Así había empezado todo. Tres días en Margarita (porque no había dinero para más nada) y las cosas iban de maravilla. Muchos daiquiris y mucha playa, mar azul, horizonte hermoso. Disfrutábamos sin celulares, sin internet. Queríamos  aprovechar antes de las responsabilidades –estar casado no es fácil-. Todo comenzó un terrible día en que decidí acercarme al centro de deportes acuáticos. Pensé en que podíamos hacer kayak juntos, pero la verdad es que él está como muy flaco para estar remando. Así que elegí el buceo. Tomamos clases. Las primeras, magníficas. El arrecife de peces nos invitaba a no salir más nunca a la superficie. Pero al cuarto día mi esposo empezó a desaparecer. De pronto, decía que iba a recorrer la playa y regresaba horas más tarde. Finalmente, me harté. En una de esas escapadas, fui a buscarlo. Lo encontré entre remos y chalecos salvavidas haciendo el amor con la instructora. #EpicFail. #SeacabóLaLunadeMiel. #DivorcioYA.

Tercera improvisación. Tema: Parrila, sushi, dentista

Guillermo Geraldo 

Existe un pánico cotidiano en cada paciente que acude al dentista. Ese sonido maquiavélico que deriva del taladro de esos asesinos llamados odontólogos. Existe un sitio que da origen a esos miedos, que explica el porque de ellos. Los taladros maquiavélicos son utilizados realmente para aniquilar gente, caninos, gatos. En una fábrica de chinos en Charallave. Tienen procesadoras de pescao. Y meten el paro que son japoneses pa´ mezclarlos con arroz. En fin, tú diferencias un chino de un japonés. ¡No me jodas! Pues, esos mismos taladros son las cuchillas que eliminan las caries de tus dientes. Cuídate de que estén limpios, no vayas a catar un fuerte sabor a hierro generada de los restos de sangre aún presentes.  


Cuarta Improvisación. Tema: Hip Hop bajo la lluvia

Noelia Depaoli

¡Cójeme! -Me dice.

Y sé que la penetraré como si matara a mis ancestros.

La conocí anoche, en un toque de McKlopedia. Sabia que seria mia en el momento en que me dijo… 
Me gusta besarla mientras el agua cae bajo su cabello, pesado y turbio como un océano. Kanye West suena en mi PC como un virus.
¡Cójeme!
En todo caso, no pude negarme.
Poco me importo que fuera zorra, sucia y con herpes.
Lo mio era deseo del puro y duro.
Me masturbo y la lluvia le limpia el rostro.
-en la cara no!!
-en la cara, si!
Me gusta verle estremecer., como una estrella corrompida.-
Es ella y soy yo..
McKlopedia mas atrás y me cago de risa-
Poco me importa si es zorra, si es sucia. Si es hombre.
Me gusta ver la lluvia como cae sobre su cabello negro.
Eminen viene a mi rescate.
Dejo de lado a Kanye
Yo me cojo a mi hombre-.




lunes, 12 de septiembre de 2011

IMPROVISACIÓN: Por el Medio de la Calle.

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?
Por Jessica Márquez Gaspar

Tal vez fue mi culpa por estar caminando por el medio de la calle. Tal vez fue la de aquel auto que iba a 100 km/h en una zona residencial. Tal vez no debí haberme enamorado perdidamente. Tal vez no debí haber pasado todas aquellas horas en el concierto, haber tomado y fumado marihuana. Tal vez no debí haber estado despechada. Tal vez no debí haber bajado la vista hacia mi celular. Tal vez no debiste haberme dejado. Tal vez no era buena idea estar sola en ese estado. Tal vez no debí haberte besado aquella vez.
Tal vez no debí haber empezado a vagar por las calles fuera de la casa de Guillermo. Tal vez debí haber reaccionado. Tal vez debí haberte dejado hace dos meses, cuando quise hacerlo. Tal vez debí haber escuchado el reggaeton a todo volumen que salía de aquel carro. Tal vez no debía haber esperado que me llamaras y, por ello, estar revisando si tenía llamadas perdidas cada quince minutos. Tal vez, sólo tal vez, si las cosas hubieran sido distintas, no nos habríamos besado, no hubiéramos salido, no me hubiera enamorado de ti, no nos hubiésemos perdido en el camino, no me hubieses dejado por ella, no habría estado buscando respuestas en el alcohol y las drogas, no habría terminado andando sola y aquel carro no me hubiera encontrado caminando por el medio de la calle.

IMPROVISACIÓN: Psiquiatra Inglés

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?
Por Guillermo Geraldo

Aquel que se inserta en mis neuronas. Analizas mis pensamientos, mi conducta. Logra un cambio, no sé si es destino o brujería. Más allá de conciliar un lazo entre sus estudios y la práctica de estos, maneja mi mente como si fuera un títere, pero pareciera algo espontáneo, sin muchos protocolos. Verdaderamente me lleva a mi subconsciente, me lleva a hacer lo que en él verdaderamente quiero, a perder la consciencia. Psiquiatra Inglés, es el viejo que sirve los tragos en el bar al que acudo. Whiskey, tras whiskey controla mi conducta, me aleja del mundo.

IMPROVISACIÓN: Noche Rosada

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?

Por Andrea Gómez

Me levanté ese día sabiendo que no iba a ser un día común, ¿sabes? Todo era diferente.
Un sabor a ron blanco en mi boca me producía nauseas y no sabía muy bien en dónde me había despertado.
Tengo pocos recuerdos, no debí haberme comido esos hongos con esos brownies.


Entré en un hueco, todo era rosado. Las personas rosadas me miraban mientras bailaban salsa, me juzgaban por no actuar normal. Pero ¡ja! bajo esos efectos nadie podría. Todo la puta fiesta era rosada.

Salí corriendo hacia la calle y me di cuenta que era una noche hermosa, sin nubes y luna llena.

Fue una hermosa noche rosada, noche rosada, rosada.

sábado, 10 de septiembre de 2011

IMPROVISACIÓN: Stand Up Comedy

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?

Por José Leonardo Riera

Él estaba allí sobre el escenario. Lo último de la noche. Esa era buena señal. Ya el alcohol nos hacía reír más de sus chistes, o estaba más animado por lo cómico que podíamos parecerle. Tiempo sin verle, sin duda. Seguía siendo el mismo payaso riendo de todo. Burlándose de todo. Maldito.


¿Creyó que jugaría conmigo?

¿Es un chiste?

Se equivocó. Las cervezas azules contrastaban con el destino que le esperaba a ese humorista de pacotilla.

Algún día se iba a bajar. Agarrarlo así, como estuvo antes de subir por primera vez. Pero no. No sucedería de nuevo. No volvería a huir.

La botella azul, al final de la noche, hizo al molino más rojo que de costumbre. Así, frente a mí, salió de su cabeza su mejor stand up comedy. Risas y aplausos.

IMPROVISACIÓN: Abuelos de Cera Vascos.

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?

Por Jessica Márquez Gaspar

Aún recuerdo cuando fallecieron mis abuelos. Eran vascos. Tenía cinco años y pasé poco tiempo con ellos. Por suerte (creo), ellos coleccionaban muñecos de cera. Cientos y cientos de ellos. Animales, personas en distintas profesiones e incluso árboles.

Desde entonces empecé a pensar en ellos cuando jugaba con las figuras. Pronto elegí a dos y los nombré como ellos. El juego siguió hasta que empecé a saludarlos en las mañanas y a pedirles la bendición y cuando mi maestra, asustada, llamó a mi mamá para decirle que en clase me habían preguntado por mi abuelita y mi abuelito y yo les respondí que ellos vivían en la sala de mi casa y eran de cera.

martes, 23 de agosto de 2011

Desapego

Por José Leonardo Riera

José, estás trabajando –como siempre– en alguna de esas empresas que se aseguran de mantener estable la tranquilidad de todas aquellas personas que nos han robado, de alguna manera u otra, lo que nos pertenece. Ellos tienen millones. Tú sólo tienes sueño. Mucho sueño. Anoche, tal vez, amamos más de lo que el tiempo nos lo permite.


Piensas en mí, aún cuando el sistema sólo pretende que pienses en los números de la pantalla del computador y en los espacios rellenos que contienen los deprimidos formularios de tu escritorio. Ellos te lloran diciendo que huyas. Tú sólo piensas en mí.

Tu mirada no es la misma desde hace un tiempo. Tu actitud es violentamente más pasiva. No. Ya no insultas en el metro. No inventas la hora a quien te la pregunta. Le haces el desayuno a tu hermana. Le hablas a tu mamá. Lo haces; y sin decirle mentiras. Las mismas canciones que sonaban en tu oficina con la intención de apaciguarte, y que antaño lo lograban, ahora te hacen vivir futuros, te hacen pensar vivencias, vivir sueños. Tienes sueño. Piensas en mí. Ellos lo saben.


Te amo por todo eso. Por muchas más razones. Pero tienes tres años trabajando y no lo sabes. Fue el nuevo sistema. Te absorbió. Te llevó a otra época, a otra esclavitud, a otra explotación. Te extraditó de esta revolución. No te preocupes, José, yo nunca he creído que esos sistemas sean perfectos. Te rescataré.


Suspiro ante todas las ventanas de aquella aseguradora. El sistema me hace pensar que no tengo la valentía de mirarlas a todas, pero sé que simplemente dejo de hacerlo porque resulta innecesario. Es bueno saber que no me tocó un rascacielos. No. Este país aún no está preparado.

Tuve que elegir –Falaz estrategia del sistema para atemorizarnos–. ¿El ascensor de la izquierda o de la derecha? ¿El del número par o impar? Soy bachiller en humanidades. No tuve temor. Pensé en ti. Tomé las escaleras ¿qué piso? Bajé al sótano. Todo un estratega. El sistema, como buena cloaca, tendrá su salida al fondo, hundida. Me hice espacio entre cadáveres de conserjes y llegué hasta una meseta frente a un castillo.


Da igual. Siempre he pensado que los villanos no tienen mayor creatividad al escribir historias. Se concentran más en sus finales gloriosos y no en cómo obtenerlos. A fin de cuentas, se percataron de que estaba descubriendo todo su plan. Me bombardearon. Por suerte, descubrí a un General Invicto y me colé en ese castillo.



Si el amor se tratase de monarquías, tú serías mi príncipe. Pero, al igual que yo, somos dos amantes luchando con eso de las máquinas del tiempo y de los muros divisorios. Como todos los castillos hoy día, éste estaba sin gente (los poderosos no tienen tiempo de estar en sitios grises).

Te vi. Y te viste. En mis ojos. Tomé tu mano, esa de las caricias y los rasguños. ¿Caminaremos al fin de los tiempos? –preguntaste.

No, Jose –respondí–. Vamos a donde el sol ilumine tu mirada.


Me quité la capa y la puse en el suelo, campo de batalla de ladrillos gigantes contra monte verde. Nos sentamos sobre ella. Juntos. Saqué el helado de chocolate y te hice otro lunar en el rostro. Me miraste con esos ojos color de mierda que tanto amo e inmediatamente después me lanzaste todo el helado en mi cara. Mostré una expresión de enojo. Te reíste. Sonreí. Nos besamos.






Apareció el dragón. Se había tardado ¿no crees? Empezó a lanzar fuego por la boca. Nos botó de su castillo. Nos dijo: ¡Pequeños! ¡Miserables! Y otras cosas que, si eran oídas, nos causaban
risas. A final de cuentas, al ver lo poderosos que somos, prefirió destruir el castillo. Supongo que por eso de lavar y prestar la batea.









Saqué una arepa envuelta en papel de aluminio. Frita.
Rellena de atún. Y comí mientras te miraba. Sí, lo siento. Algunas veces desvié mi vista al dragón, pero sólo para protegerte. Eructé. Te dije que te amo. Sonreíste.



El dragón. Su risa. Tus ojos. El castillo arruinado.
Mi cuerpo. Mi sonrisa. Tus lágrimas. Nuestro futuro arruinado.

Así, la batalla en el suelo terminó, teñidos todos con mi sangre. Tomé tus manos. Perdóname –pedí.

Caí sobre ti. Te inundé de sangre.

Caíste sobre mí. Me inundaste de lágrimas.

Todo desaparecía. El castillo. Las planillas. El general. El sistema. El helado. El computador. El sótano. Los cadáveres. El dragón… Yo.



– Ya puedes abrir los ojos. ¿Lo imaginaste bien? –t
e pregunto al tiempo que quito mis manos de tu cabeza– ¿Pudiste vivirlo en tu mente?
– Sí –respondes con los ojos inundados– podría jurar que viví todo lo que me contaste.
– Ya ves, José. –te digo– Te construí otra realidad y terminó destruida. Perdimos todo, fatales cosas pasaron y sigo aquí. Contigo. Podemos empezar de nuevo. Siempre. Entonces ¿qué es lo peor que podría pasar?

miércoles, 17 de agosto de 2011

Besos con Sabor a Synth-Pop

A las seis de la tarde, ya estás harto, te duele la espalda, tienes demasiado calor y el aire acondicionado te enfría demasiado las manos.

Es una cuestión de debilidades adquiridas.


El trabajo es genial. La gente es agradable y la paga es buena. Aunque lidias con el público prácticamente toda la jornada, muy rara vez obtienes a alguien con actitud, con problemas de personalidad. Los histriónicos. O los que creen que al no seguir las reglas son un copito de nieve especial y diferente a todos los demás.


No obstante lo bueno, para cuando me tengo que ir, estoy preparado para colapsar sobre la cama. Lo he pensado, cómo quizá no he desarrollado la coraza protectora contra la marcha laboral —que realmente no existe, de la misma forma en que los matrimonios perfectos no existen.


Al grano: estoy cansado y me voy a mi casa y no quiero saber nada de nadie.


Entro en el ascensor, solo, pulso el botón de planta baja y recuesto la espalda en la pared de la caja. Tratar de dormir en el breve instante en el que el elevador me lleva a mi destino será un secreto entre la cámara de seguridad y yo.


La puerta no se termina de cerrar. Ella mete primero una de sus manos, blanca, frágil, de estatua, seguida por un brazo delgado. La reconozco mucho antes de que el resto de su cuerpo pase entre las puertas que se separan; algo así como cuando Moisés separó las aguas, pero electrónico y mucho más femenino.


Se ve diferente. Lleva el cabello distinto, ha abandonado sus ropas góticas, tiene un aire ya no de chama, sino de mujer. El rostro. Los ojos. Esas manos de porcelana. El orden de los factores no altera el producto.


Se detiene durante breves segundos cuando me ve y entonces entra. Como si hubiese pensado qué haría si nos volviésemos a ver por casualidad, que es exactamente lo que yo he hecho. Les da un vistazo a los botones del ascensor y pega su humanidad contra una esquina, la más alejada de mí.

La odio. Con la furia ardiente de un millón de soles.


Para que la historia tenga sentido, habría que ir al pasado y, cansado como estoy, no planeo darnos a todos un viaje por la campiña del recuerdo. Puedo darte los elementos básicos (y dime si esta historia te resulta familiar): un chamo conoce a una chama. Por esas vueltas que da la vida, terminan juntos en un breve, pero intenso episodio de como cuatro meses. Algo sucede en lo que serían las últimas semanas: empiezan a evitarse porque, parece, no pueden soportarse. Van en direcciones muy distintas. Tienen tiempo sin hablar de verdad y cuando lo hacen, la conversación es tensa. Están buscándose motivos para discutir —casi siempre los consiguen. Ella cree que él está muy distante. Él cree que ella está demasiado irritable. Tienen tiempo sin hacer el amor –si es que alguna vez lo hicieron.


El final fue explosivo. Aquella tarde, él estaba muy ocupado y ella lo llama. Al ver su nombre en la pantalla del celular, él se pasa una mano por la cara. Diez segundos después están peleando (rompiendo un récord personal), pero esta vez hay insultos nuevos. Ya no se trata de ganar la discusión, sino de lastimar. Aunque las palabras varían, lo que se están diciendo es “muérete”. El otro responde “no, muérete tú”.

Fast-forward.


Estamos en el ascensor otra vez.


Las respiraciones son pesadas, como las que tenían los vaqueros momentos antes de que terminara el duelo. El ascensor muestra los números en verde digital. Descendiendo. Un reloj en retroceso pertinente no al tiempo sino al espacio. Se supone que todo pasa por una razón y a mí sólo se me puede ocurrir que en el cielo están Jesús y San Pedro haciendo las apuestas. En esta ocasión, los gladiadores pelearán con dientes y uñas.


Es increíble. Lo único que quiero es llegar a mi casa, darme un baño y dormir, pero resulta que ahora tengo que lidiar con esto. En el libro de Cómo Joder Irremediablemente Tu Día Antes De Que Termine, este es el capítulo uno. La situación sólo podría empeorar si se va la luz y tengo que compartir quince minutos más con ella, bajo la muy apropiada luz de emergencia. Hey, esto es Caracas. Puede pasar.


El ascensor.

Baja.
Demasiado.
Lento.

Toso con discreción y en mi siguiente aliento aspiro su aroma, a durazno, a limón, a tardes de burlarnos de la cultura pop. Dicen que los sonidos y los aromas son el más fuerte gatillo de la memoria. El sonido que trae los latidos de su corazón es el de conversaciones profundas y a veces ridículas sobre el futuro. Ella me hablaría de todas las maneras en las que el problema del mundo es que está lleno de personas, yo levantaría mi cerveza y brindaría por ello. Estoy haciendo un esfuerzo consciente por detestarla, casi tengo que repetirme que la odio. Se aclara la garganta, llevándose sus deditos a ese punto sobre su tráquea, como el instante previo a cualquier comentario suyo que sería seguido por una burla mía, sentados en la acera bajo la luz edulcorada de los faros nocturnos, compartiendo una cerveza o un cigarro, como se comparte un beso que en exceso puede ser nocivo para la salud.


Acuérdate de que la odias.


Es importante eso.


Este ascensor no va a llegar nunca a planta. Pego las manos a la pared y tamborileo suavemente con los índices. No me doy cuenta de que es una canción que nos gusta a los dos hasta que ya voy por la mitad de la estrofa. Esto es ridículo. Necesito concentrarme en una forma de desquitarme de ella, alguna venganza inútil, infantil, que haga que me mire con ojos llenos de odio fingido, amenazándome con un puño pequeño de muñeca china, como siempre hacía.Sonrío, al espacio, a nada en particular, a las memorias. Levanto los ojos y ella está sonriendo también. Por un corto suspiro, el que hace el ascensor al frenar para abrir las puertas, nos cruzamos las miradas. Reímos. Las puertas se abren.

“¿Cómo estás?” digo.
“Bien. ¿Y tú?”
“Todavía malaconducta”.
“Qué bueno, no me decepciones. Sabes que… lo más raro es que me he acordado de ti burda últimamente. Vi esa película que te gusta, la del vampiro con Willem Dafoe”.
“Shadow of the Vampire”.
“Ah, ¿ves que yo me acuerdo? Y tú no te acuerdas de nada mío, you bastard”.
“Más o menos; nunca te presto atención cuando hablas, en verdad”.
“Yo sé, yo sé”. Helos ahí, el odio fingido y el puñito.

Hay gente con la que cuesta molestarse.

Es una cuestión de debilidades adquiridas.


Las puertas empiezan a cerrarse de nuevo y en una estocada le doy al botón para evitarlo.


“Señorita” le señalo la salida con una mano.

“Gracias”, dice ella y salimos juntos.