martes, 11 de agosto de 2009

El cajón del piano


El dinero estaba escondido en el cajón del piano, pero ni Elias ni el asesino lo sabían. Quiza por eso la noche se había tornado roja antes de tiempo y las sirenas ululaban rompiendo el espectro oscuro de los callejones. Elias estaba muerto y la salida trasera del teatro nacional seguía abierta. Una húmeda brisa calaba en los huesos de los asistentes que no se animaban a ver el cadaver , salvo los pocos que tomaban fotos con el celular. Y más allá, en las aceras de todos los enfrentes, las callejeras y los perros despegaban del suelo la misma tristeza, una de esas constumbristas y trágicas que pasan por la garganta amplia de la amargura. Elias estaba muerto, bien muerto, desvanecido sobre la calle caliente.
Le tomó quince años, de los veinte que tenía, en convertirse en maestro de piano. Su madre vaticinó la suerte con la eficacia de una pitonisa: está hecho para ser alguien grande.
Y su humanidad, en el momento en que murió, pesaba casi los ciento veinte kilos. Nadie dudaba de su talento para la música clasica. Todos los autores clasicos corrían por su dedos con la misma ligereza del agua.

"Vamos a ver qué haces ahora con esto..." y un balazo le rompió la tapa de la cabeza.

La plata estaba en el cajón del piano. Ahí estaba, con la inocencia de un objeto inerte, entre las cuerdas que unían el sonido con las teclas, aquellas que Elias tocaba con tanta virtuosidad como un santo. Ahí estaba, esperando al asesino, pero no hubo tiempo.

"Tú sabías que para ayer, cucaracha, tú sabias..." Y se escuchó cómo la muerte preparaba una bala.

Y fue un error idiota de Elias. Comprar el piano a la última hora, con el dinero prestado de un matón. Y más si eres ciego y con una fuerte tendencia al azar. Creyó que la muerte hacía treguas con los lisiados y asi no era como funcionaba el mundo.

El viento helado cortaba la sangre. Más arriba, donde las casas pierden el nombre y el número, una sombra huía con las manos vacias. Algunos se arrodillaban sobre Elias desvanecido, mientras el dinero inerte y huérfano esperaba en el cajón del piano.

lunes, 10 de agosto de 2009

Dispara, menor, dispara

Por José Leonardo Riera


La casa de Esleyter, al igual que la de Demetrio, Abigail y Albano, quedaba junto al lugar de reunión de los malandros de Carapita. Éstos, allí, fraguaban sus futuros actos delictivos y comentaban animados los anteriormente ejecutados. Hablaban de las jevas, de los fariseos y, además de esto, fumaban marihuana y bebían aguardiente San Thome (hecho en Venezuela).

Para Esleyter esto no era ningún problema, ellos nunca se metían con él. Y él, cuando se cansaba de escuchar las locuras y/o estupideces de aquel grupo de malandros, se sentaba al piano y empezaba a tocarlo tan perfectamente como lo hacía su abuelo, quien fue el que lo enseñó.

Una que otra vez, incluso los mismos malandros gritaban: ¡Épale menor, disparate una de esas piezas cartelúas que tú tocas! Y Esleyter, haciéndoles caso, tocaba contento; eran esos malandros los únicos seres en el mundo que lo escuchaban y aplaudían su talento. Ese chamito se la lacrea, decían éstos al terminar de escucharlo.

Esleyter, además de estar acostumbrado a escuchar el piano, también escuchaba, bastante a menudo, el ruido de disparos. No obstante, por primera vez en su vida, esos ruidos se escuchaban junto a su casa, en el lugar de reunión de su “público”.

Los malandros del callejón fueron a matar a los malandros de la vereda, justo en el momento en que Esleyter daba uno de sus recitales. El sonido de los disparos hizo que él se detuviera mientras que, malandros contra malandros, se mataban unos a otros. Algunos estaban escondidos, otros corrían de un lado a otro y, aunque ya había pozos de sangre en el suelo, todavía se veían las balas por el aire.

Esleyter se estaba quedando sin público.

El líder de la banda tumbó la puerta de la casa de Esleyter. Una vez adentro se agachó y, al darse cuenta de que lo miraban sorprendido, dijo: Costilla, toca el piano ahí, ¿sí va?

El pianista estaba agachado junto a su piano, tan asustado como sorprendido, en el momento en que vio que el único miembro de su público disparaba hacia fuera de su casa. Dispara, menor, dispara, le gritó el malandro.

Esleyter le hizo caso, disparando magistralmente sus notas musicales que, con el ruido de los disparos, provocaban una sinfonía para morirse.

Aún agachado, pero sin dejar de tocar, pudo ver al malandro quien, lleno de disparos, sangre y emoción, le dijo: Bien por esa, chamito. Y Esleyter se quedó allí, disparando arte y belleza a tanta sangre y horror.


Y me tocó

Por Samar Hokche

Era un día lluvioso y gris, tenía quince minutos de retraso cuando hizo su entrada, con el pantalón rasgado y camisa mojada que ligeramente se le adhería a su piel bronceada. Una sonrisa encantadora iluminaba sus bellas facciones, su aspecto era rebelde e indiferente. Me miraba desafiante, y yo era débil, no pude evitar caer rendida a su voluntad. Yo sabía que en esa gloriosa tarde nacería entre nosotros un lazo inseparable, y en una sutil armonía nos uniríamos hasta el fin de nuestros días.

De mi mente nunca podré olvidar la primera vez que me acarició, fue una sensación inconcebible, más bien ¡mágica! Sus manos estaban temblorosas y dudosas cuando me desvistió, cerró los ojos y suspiró, y en el instante en que sus finos y delicados dedos se deslizaron sobre mí con tanta naturalidad, gracia y soltura, toda inquietud desapareció. Interpretó nuestras melodías preferidas, ellas embellecían cada minuto de nuestro encuentro.

No sé como lograba conseguir siempre la nota correcta, creando aquella música perturbadora. Sus manos, su contacto, su pasión, hacían resonar en mis adentros los más íntimos deseos, exaltaban mis sentidos, haciéndolo mío. Me sentí dueña de sus angustias y desesperaciones. Al finalizar, la luna nos sonreía. ÉL abrió sus oscuros ojos, se levantó y, dejando oír su voz, me dijo tan dulcemente ese “Gracias” que tanto anhelaba. Soy feliz desde aquel entonces, sólo canto cuando me toca. Algo me dice que soy su instrumento preferido y él mi músico adorado.

Pluriverso

Por Gabriela Valdivieso


—¿No es emocionante esto, el mundo? Los corazones laten, las iguanas son verdes, las mariposas vuelan, las gargantas soplan voces y el sol calienta. ¿No es esto una fantástica obra de arte?

—¿Ah, fantástica o fatídica? ¿Acaso no ves las alfombras raídas, las clinejas desatadas, las mentiras ocultas, los lápices partidos, los argumentos vacíos y las falacias voladoras? ¿Los faros rotos, la suerte selectiva, los ladrillos incompletos, las almas corrompidas y las narices amorfas?

—Sí, veo todo y lo veo fantástico. Es lo sublime y lo grotesco. Las blancas, las grises y las negras. Son todas piezas determinantes de este inmenso mundo. Somos los afortunados huéspedes de este mal llamado Universo. De este Pluriverso infinito. De este devenir incesante de colores, imágenes, tamaños, olores, texturas, vibraciones, reflejos, sabores, emociones, formas, pasiones y sonidos. Es esta inmensidad producto de un piano multiforme. Somos parte de una gran melodía. El mundo suena, chispea su canción cónsona y perfecta.

—¿A qué suena, si no a dolor y a desengaño?

—¡Shhh, escucha! ¡A vida y posibilidades!

Epílogo Pianíssimo


—Vas a terminar cansado —me dijo—. Y no querrás verme nunca más.

Apreté su mano con tanta delicadeza que ni siquiera sé si “apretar” es el término que aplica.

La ruptura está en el futuro todavía.

En el pasado, los segundos del primer beso flotan congelados en la eternidad.

Amo sus ojos. Amo su boca. Amo su sonrisa, amo su aroma, amo la forma en la que me habla, en la que me anima, en la que hace que las dificultades del mañana se derrumben con sólo un gesto coqueto. La amo y nada existe que me asuste más que eso.

Se acuesta de medio lado y besa el dorso de mi mano. La sujeto entre mis brazos. En la periferia de mi visión, el piano. La lengua a través de la que ella habla su segundo idioma. El altar ante el que fusionamos los espíritus por primera vez.

Beso su hombro.

—Te amo. No podría cansarme de ti aunque lo intentara con todas mis fuerzas —le digo, y así es.

—Sabes que traté evitar todo esto. No quise perderme en este laberinto… pero entré. Y te he arrastrado conmigo. Después de todo lo que ha pasado y de todo este tiempo… ¿sabes? Las normas dicen que deberías haberte ido hace mucho.

Con sutileza, la volteo. Está acostada boca arriba ahora, frente a mí. Por un instante, que parece perpetuo, me enfoco en su boca y todos los pensamientos dentro de mí se borran y se trata sólo de besarla. Sus labios son suaves, son cálidos y saben a la salvación que nunca esperé encontrar.

—Las normas son estúpidas —digo—. En especial esas normas. Influye también el hecho de que te amo y de que me encanta todo de ti, así que… no creo que muchas reglas puedan oponerse a eso.

Mis dedos juguetean con su cabello negro. Es sedoso. Podría estar haciendo esto todo el día.

En el futuro, la veo darse media vuelta y marcharse de mi vida, pretendiendo que no le importa y que lo que fluye de sus ojos no son lágrimas.

Sigue tocando el piano para mí en el pasado. En esos momentos de memoria inmortal, estoy enamorado de sus notas y de su armonía.

Ahora está desnuda bajo las sábanas y este pequeño nudo de sentimientos es suficiente para mantenerme vivo más allá de la vida. Acaricia mi cara y las palabras no alcanzan para explicar cuán etéreo su toque me hace sentir. Ante semejante magia en sus manos, no me sorprende que el piano hable solo al entrar en contacto con esos dedos.

—Las personas son lo único cambiante en mi vida —le oigo decir—. Cada pocos meses, quienes quiero se van. Aprendí a no querer a nadie. Y tú vienes ahora y rompes la premisa de los demás y me haces romper la mía. Y te odio por eso.

Sus ojos están húmedos.

—Yo también te odio —le susurro.

Sus labios se separan ligeramente y se unen a los míos.

Todos mis sueños sobre ti siguen flotando, cada vez más cerca de la orilla.

Toca una última vez para mí, en el futuro, en el mismo piano que presenció los primeros de incontables besos.

En el pasado estamos bromeando y conversando entre sonrisas, sin poder imaginar lo que nos esperaba tan sólo unas pocas notas más adelante en la canción.

Pero ahora, el mundo está representado por sus ojos oscuros y su piel canela. Una armonía en el presente. Un anhelo en el pasado y una memoria de perfección en el futuro. Mientras mis dedos están entrelazados con los suyos, no quiero que la canción termine jamás.

En mi nada, lo fuiste todo para mí.

sábado, 8 de agosto de 2009

Piano: belleza, fantasía y horror.

Cualquier película, con un buen fondo musical de piano, resulta ser maravillosamente tierna y/o hermosa. Yo, por mi parte, prefiero las películas basadas en hechos reales. Pero sorprendentemente, los hechos reales de hoy en día son tan increíbles que pareciera que éstos han sido sacados de una película de aventura.

"Esta vida está basada en una película de aventura".

Es precisamente eso lo que define mi estilo y selección de temas al escribir. La fantasía, la belleza y los increíbles hechos reales.

¿Quién dice que estos elementos no pueden fusionarse?

El que lo diga es porque no ha visto a un chico tan desastroso como yo tocando un instrumento musical tan hermoso como lo es el piano.

Entonces pues, les invito a que nos detengamos un momento y empecemos a darle un toque de belleza, y fantasía, a nuestros increíbles hechos reales.

viernes, 7 de agosto de 2009

Así es la vida



Así es la vida

Por Pinocho en el Ministerio
A.K.A Jessica Márquez Gaspar


El día que me di cuenta de mis errores fue inútil. Aún era joven y podía repararlos. Aún tenía la oportunidad de volver a comenzar, de rehacer de mi vida. Inútil, totalmente inútil. La idea es llegar a viejo, tener como ochenta años y darse cuenta de pronto que cometiste tantos errores, que dañaste todo, que te frustraste tú solito la felicidad y que alejaste a los pocos que te soportaban y querían. Ése es el orden natural de las cosas, así es la vida. Pero no. Yo a mis treinta y tantos sabía ya que estaba jodiendo mi vida. Ahora tenía que dedicarme a darle un vuelco, a cambiarlo todo. Qué ladilla. Desde aquel entonces soy infeliz, mucho. Porque no tuve lo que todos tienen: la oportunidad de morirse insatisfecho con la vida, quejándose por todo y arrepintiéndose. Quién me manda, no debí ponerme a analizar, qué terapia y qué psicoanálisis, qué retrospección y qué nada. Y de la confesión ni hablemos. Yo tenía que quedarme tranquilito y dejar que las cosas siguieran su curso. Así es la vida, chico, y así debió haber sido. Ahora soy un tipo satisfecho, casado, con hijos. Tengo mi propia empresa, alcancé mis sueños. Tengo casi noventa años y estoy sano. Los médicos dicen que a este paso me moriré de causas naturales como a los 103 años. Esto no es justo, de pana. Es que el día que me di cuenta de mis errores fue inútil porque me cambió la vida, ¡Coño!

miércoles, 5 de agosto de 2009

Despedida

Por Moisés Lárez

São Paolo, 16 de octubre

Querida mía:

Con estas breves líneas sólo quiero que te des cuenta de que sí te quería. Sabía que ni una carta como ésta ni todos mis esfuerzos hubieran podido hacerte cambiar de opinión. Por eso tomé esa decisión, porque mi estadía en ese lugar ya no tenía ninguna razón. Quiero decirte que mi amor por ti fue real en primer momento, pero que después por mis necesidades fisiológicas empecé a utilizarte para satisfacerme. También a ti, porque yo sabía que te gustaba, pero cuando pasamos –o, en realidad, pasé– al siguiente nivel el placer para ti se acabó y yo sólo era como una bestia que se alimentaba con los más exquisitos manjares de tu cuerpo.

Lo siento.

El día que me di cuenta de mis errores fue cuando Jazmín empezó a decirme las mismas cosas que tú. En ese momento no la conocías, ni sabías que éramos amantes. Recuerdo con mucho placer cuando la conociste. Yo pensaba que te molestarías, que me dejarías para siempre, pero no fue así. Me sorprendiste. Resultaste ser una mujer demás valiosa, y así, sin más, yo seguí desaprovechándote. Me cegué más y empecé a saborearlas, sin darles cariño, ni amor. Sin saber que por dentro ustedes era lo que más quería: las amaba. Ahora llegan a mí flashes: recuerdo las noches en que las tres disfrutábamos el máximo placer, recuerdo cuando casi te mato y cuando ustedes intentaron asesinarme. Lo entiendo; yo también lo habría hecho. Ahora estoy viajando, conociendo otras mujeres para empezar un grupo como el de nosotras; para tratar de hacer las cosas bien.

Quizá jamás te olvide, como sé que quizá tú tampoco lo hagas.

Patricia

P.D.: Eras mi favorita. Por eso sólo te escribí a ti.

martes, 4 de agosto de 2009

Creep.



Recuerdo que la canción era Creep, de Radiohead. Recuerdo que calenté la voz por unas excesivas dos horas antes y recuerdo que cuando por fin fue mi momento de entrar al stage los nervios me jodieron la primera estrofa.

Pero así no es como comienza la historia.

Rewind. Estamos sentados en la acera, tomando, y surge el tema. Alexis ha estado balanceando la idea de una banda de acá para allá y aunque todavía no se han repartido claramente los papeles de la obra, ha dejado establecido que quiere que yo cante. La sugerencia no nace del azar. Durante meses, cada vez que salimos de la universidad nos vamos de insurrección urbana; provocamos a emos a pelear, pedimos direcciones de cosas que quedan en la vía de donde venimos (para responder con “gracias, jalabola”) e insultamos a la gente en las paradas de autobús portando máscaras estúpidas de extraterrestres felices. Todo con un soundtrack de Foo Fighters, Depeche Mode, Pearl Jam, Black Sabbath y Metallica, nosotros cantando y haciendo numeritos musicales con Bohemian Rhapsody y Simpathy for the Devil (en un par de ocasiones memorables fue Bad Boys, la canción de reggae famosa, ¿sabes? Bájatela. Ahora).

Por supuesto que mis falsetes y los vibrattos, el control del aire y las técnicas para alcanzar las notas más altas no me nacieron de talento natural; durante mis primeros tres años en el bachillerato estuve tomando clases de canto, paralelas con las clases de violín, porque no había nada más que deseara en el mundo que estar en una banda y ser como los tipos que veía cuando llegaba de la escuela todos los días a poner Mtv (cuando salir en Mtv no era vergonzoso). Las paredes de mi cuarto estaban tatuadas con afiches de Guns N’ Roses, Aerosmith y Iron Maiden. En mi persecución, logré de hecho formar una banda con compañeros de mayor y menor talento. Tocamos para la gente sólo dos veces.

Lo que sucedió fue una mezcla de factores que radicaban en la confianza que tenía en mí mismo (o la falta de ella). Para empezar, no poseía un estilo propio y cuando imitas a alguien más es imposible que te gustes, porque no vas a sonar como ese alguien. Si no estás acostumbrado a oírte, vas a decepcionarte. Por otra parte, odiaba el sonido de mi voz en un micrófono. Sonaba mucho más joven, mucho más suave y mucho más blargh que como sonaba a capella. La única solución era cantar con timidez, medida contraproducente porque si no abres la boca y te dejas de mariqueras, no vas a sonar bien jamás. Era descorazonador ver a tus amigos aprendiendo a tocar sus instrumentos mientras tú permanecías con un instrumento cuyo sonido odiabas. Así que renuncié. No dejé de cantar; sólo dejé de hacerlo para los demás.

Forward. Estamos sentados en la acera otra vez. Las cervezas ya no son las mismas, pero el tema permanece. Cuando Alexis me propone que cante, asiento y escondo mis miedos. Creo que esta vez puedo hacerlo mejor. Después de tantos años, estaba preparado para un round dos, que bien iba a decidir mi futuro como cantante.

Ahora sí.

Empieza la batería y el bajo de Creep. Estoy nervioso y cuando por fin empiezo, uso mucho vibratto. Es lo que he hecho cuando estoy nervioso desde tiempos inmemoriales. No miro a nadie a la cara. La música lleva un tono diferente al mío y es evidente que no estamos acompasados. Soy vagamente consciente de esto. Estoy luchando mi batalla por dentro.

I wish I was special. So fucking special.

But I’m a creep…

Entran las guitarras con fuerza y el ambiente empieza a cambiar. Consigo el tono, como se dice, y permanezco en la octava correcta. Y mientras canto la canción, algo por dentro sucede. Algo que no había experimentado hasta ahora.

I want a perfect body… I want a perfect soul.

La voz que estaba retumbando no era la de otro. Era la mía. No más miedos, no más debilidades, no más sensación de estar bajo una lupa. No existe un mejor momento que el presente.

She’s running out again…

Todos mis errores estaban siendo creados por el miedo. Enfréntate a tus miedos, libérate de ellos y verás cómo se vuelven una fuente de poder. La música desciende, el espíritu recobra poco a poco la conciencia y cuando terminas, demasiado pronto, inyección de endorfina inmediata: aplausos.

Amo a mi instrumento.