jueves, 16 de diciembre de 2010

Despedida. Y nada más

José Leonardo Riera

Primer contraletras del primer match. JL Riera vs. Moisés:

La Reconstrucción de la vida de una persona

simbolizada en un viaje a través del mar.

Homenaje a Armando Reverón, pintor venezolano.




"Te vi cabizbaja,
mirando la playa
y quise saber en
lo que pensabas,
te besé en los ojos
y había lágrimas,
te quise decir que yo te adoraba,
te quise gritar que me perdonaras..."

Alí Primera



- ¿Por qué estás llorando?
- Por nada –dijo la mujer en tierra-. Me pasó la vida por el ojo.

Maldita sea, pensó Leonardo. Su familia se estaba destruyendo. La casa que tanto le costó construir se convirtió en choza. El barco que soñó, tantas veces era solo una chalana. La alegre mujer que fue su compañera ya ni podía acompañarlo, y aquel niño, su descendencia, estaba descendiendo más de lo genéticamente aceptado.

Maldita sea, susurró, mientras caminaba a la orilla. Maldijo el mar que alguna vez fue el testigo de noches en donde el amor no era una escena, era una verdad. También a las olas que en sus divagadas poesías nunca hicieron entender sus gritos de advertencia. Era tal su ímpetu que, comparado con lo que creyeron amor, Leonardo no pudo dudar su vida. Era ese mar, esas olas, las que le hicieron saber que siempre se llega con fuerza, pero se regresa, poco a poco, sin potencia.

Leo pensó en su vida. En su familia, en la choza que alguna vez lo crió, en la choza que él tuvo que criar, en sus aspiraciones de ser el hombre que, al darle una buena historia a su esposa y a su hijo, complementaría su ciclo de vida. Pero no. Vivió lo mismo que su padre; y que el padre de su padre, y que el padre de este último.

Paragüaná se volvió para Leonardo un puerto libre de sueños, de esperanzas, de ternura.

Estuvo tan libre de estos aspectos, que día a día se hizo preso.

¡Maldita sea!, gritó, mientras empujaba su chalana. Ya no bastaba para su familia su presencia, ya no bastaban sus sentimientos, ya no bastaba la comida diaria. Ya no bastaba Leonardo. Y cuando uno no basta para su familia, ya no basta para sí. Su tristeza resultó suficiente para, a orillas de la playa, montar la chalana en busca del éxito que, como ser humano, no pudo obtener.

Y así transformó carencias en búsquedas. El mar, inmenso, inexplorable, algo había de darle. Para encontrarse sólo hace falta perderse. Y, en esa pérdida, Leonardo buscaba transformar tristezas, hundiéndolas al mar.

Mar adentro, sufrió tempestades; sufrió soledades. Pero nunca dejó de pescar. El viento, la lluvia, el frío; ni el mar y su olear bravío detuvieron a Leo, quien quiso convertir su pesca en su siembra humana.

Empezó a pescar atún, que era lo que encontraba. Ni camarones ni costras, ni alegrías ni esperanzas. Y a fuerza de tanto pescar le pesó en grande la alegría, cada pesca lograda se hacía una elegía. El mar, la chalana y el hombre no son amigos de la algarabía.

Pero Leo no estaba allí para alegrarse, estaba porque no tenía otra opción que estar. Más allá de las ganas de hacerse mar. Allí se hizo un viajante, un pasajero más. La pesca tendría que transformarse en esperanza, en futuro, en amor y familia.

Cada atún era una noche en la que podía decirle a su hijo, te amo; y a su esposa, te quiero.

Pues él bien sabía que el hecho de querer es una apuesta en la que puedes obtener una desilusión; o la razón de vivir, de ser. Y Leonardo, ante todo, quería vivir. Más allá de su intento de morir ahogado, más allá del hecho de pensar la muerte, y más allá del vicio de vivir muriendo.

El “te quiero” de su esposa era la excusa perfecta para un día más de vida.

Y pescó indudablemente en busca del bienestar. Estuvo bien, sin embargo, nunca lo supo apreciar.


Pescó, día tras día. Hora con hora, además.

Era, y es, tanta la pesca, que nunca pudo ser más.

Pero cuando no te quieren siempre te buscas querer, Leonardo entonces hizo de un atún su mujer. Fue tanta la pesca permanentemente que en algún lugar se lanzó de anzuelo. No se pudo él pescar.


Pero de peces, y basura, está lleno el mar.


Se llenó la chalana de peces (sólo la mitad), y la otra parte de mierdas que siempre esconde el mar.

Así, hubo un día que no cupo más un Leonardo solo, con atún y el mar. Puedes de nada sirve la chalana, el mar y un hombre triste. Todo está de más.

Entonces Leonardo se lanzó hacia el mar. ¡Ya basta de atún, muy maldita sea! ¡Maldita seas tú, toda la marea y mi juventud ( si acaso existiera)!

Era tanto el atún, tanta basura (y la mierda) que Leonardo no cabía entre un sueño y entre la pena. No regresó del viaje, pues se puso en sacrificio. Sacrificó su esperanza, sus amores y su oficio. Su esposa vivió muriendo… maldito sea ese vicio.


Sin embargo, por su hijo, ahora me lanzo al mar. Así como muchos otros una lancha he de buscar, mas siempre consigo mierda… sólo mierda, nada más.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pensamientos de plástico

Moisés Lárez
Primer contraletras del primer match. Moisés vs. JL Riera:
La Reconstrucción de la vida de una persona
simbolizada en un viaje a través del mar.
Homenaje a Armando Reverón, pintor venezolano.

Ahí estaba: inmenso y oscuro, mientras una cantidad de pensamientos insondables, me dejaban pasmado frente a la taquilla.

Las dos estaban a mi lado. Tenían el tamaño de un oso de peluche de doscientos mil bolos. Una era rubia y la otra pelirroja. Siempre las había querido así. Una me dijo que lo hiciera y la otra no opinó nada. Se quedó callada, como siempre.

Yo había llegado de Caracas para asistir a un concierto de piano. Algo trivial, el pianista ya se había presentado en Caracas, pero la entrada del concierto era muy cara. En cambio, en Puerto La Cruz era gratis. Un viajecito hasta el Terminal de Oriente y luego un ticket de Sitssa hacía más barata la travesía.

No sabía cómo había llegado a Conferry. Quizá fue la rubia quien lo sugirió, y cuando me di cuenta, estábamos caminando hacia allá.

Sabía que no lo iba a hacer. Pero aún así me imaginaba viajar en aquel barco, asomado en la popa viendo la espuma del mar y las luces perdidas en el horizonte, mientras un olor rancio a vino barato con sal marina entraba por mis fosas nasales y se adueñaba de mi pensamiento.

Las chicas me querían en casa. Sabía que la pelirroja no quería que fuera, podía leerlo en sus gestos. La rubia, por otra parte, era aventurera y me llevaba a hacer cosas, a veces, que no quería.

Los tres íbamos solos en el barco, moviéndonos al capricho de la corriente en un viaje que parecía no tener destino. La pelirroja me había despertado mientras dormía sobre una de las mesas. Estaba lista para mi trabajo.

Desnuda, frente a la cafetería de segunda clase, posaba discreta como la marea en una noche de luna llena. Su cara imitaba la tranquilidad del mar y trasmitía una paz que enviaba a otro plano a cualquiera; un plano silencioso y tan misterioso como la profundidad del océano. Su desnudez sólo hacía más bella la obra estéticamente.

Así la pelirroja se convirtió en una sirena que veía un gran barco desde la inmensidad del mar y saludaba a un hombre solo, indigente, que la miraba.

La rubia, fogosa y predeciblemente impredecible, me despertó ese día de otra forma. Mi cuerpo postrado y somnoliento sentía cómo sus labios, vampíricos, buscaban desesperadamente alimento; de esta forma, así, entre dormido, explotaron las partes de mi cuerpo que tenían las minas plantadas por sus labios.

Mi imaginación podía seguir navegando en ese viaje, aunque el próximo ya estuviera destinado a ser por tierra: el regreso a Caracas.

En el bus, me tocó una señora gorda al lado. Pensé en pintarla, en cómo sería observarla desnuda en la segunda clase del ferry. Me imaginé una luna brillante, única iluminación del navio, a sus espaldas. En el cuadro, ella miraba por la ventana de la popa, como esperando al amor de su vida, con anhelo y esperanza.

Un ronquido suyo me sacó de ahí.

La pelirroja sentada en mis piernas me dijo que se identificaba con la señora gorda, que ella en su cuadro hubiera visto por la ventana.

“En tu cuadro eres una sirena”, le dije. “Lo sé”, me dijo, “pero prefiero ser una anhelante, espero a un hombre pobre”.

La rubia durmió todo el camino.

En Caracas, tiempo después, le pedí a Merche que posara para mí. “No hay problema”, dijo, “me gusta tu trabajo”.

Se desnudó y se puso a ver por la ventana. Y apareció el mar, la segunda clase del ferry y entonces, la rubia y la pelirroja me dijeron qué más debía aparecer en la escena.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Pauta 43: 6TA TEMPORADA: CONTRALETRAS

¡Los autores se ponen los pantalones!


Estimados, hemos preparado para ustedes una atractiva nueva temporada. Con un año y medio relleno de 42 pautas, estamos orgullosos de darles la Bienvenidos a la sexta etapa.

Esta temporada se caracterizará por los contraletras: enfrentamientos de dos o tres autores para presentar la mejor historia de ficción. Son cinco grandes bloques o match compuestos cada uno de cinco luchas internas, en la que nos distribuiremos los 11 autores.

Entre cada contraletra habrá una pauta extra para aliviar las tensiones. De más precisar que las preferencias y escogencias dependen de los comentarios del público lector.

Presentamos la agenda del primer contraletras:

1) Miércoles 15/12/10: José Leonardo vs. Moisés. Pauta: La Reconstrucción de la vida de una persona simbolizada en un viaje a través del mar. Homenaje a Armando Reverón, pintor venezolano.

2) Jueves 16/12/10: Noelia vs. Jessica. Pauta: El otro lado de un amigo (detrás de la fotografía o de la personalidad).

3) Viernes 17/12/10: Paula vs. Gabriela V. Pauta: Un viaje en autobús: amores, delirios y emociones.

4) Sábado 18/12/10: Guillermo vs. Gabriela C. Pauta: Todos saben que te diriges al fracaso. Tu vida es una ilusión.

5) Domingo 19/12/10: Víctor vs. Sammy vs. Andrea. Pauta: Lo innecesario. Lo accesorio.

Luego tendremos dos pautas regulares para su seguimiento durante las fechas decembrinas, y tornamos en enero con el segundo match literario.

Agarre consejo y ¡no se lo pierda! ¡Hasta el miércoles!

viernes, 10 de diciembre de 2010

Damas y caballeros

Estimados ojos que nos leen, junto con celebrar sus parpadeos los invitamos a seguir atentos a nuestros movimientos.

Estamos prontos a enterrar esta etapa zoombie que nos atacó. Estamos prontos, como ansiosos, de volver a llenarlos de letras y litros en una nueva sextísima temporada.

Así que, con el permiso de sus párpados, por favor, no nos desenfoquen. Prometemos a cambio más colores y cuentos. Más acción, más ficción.

Wink!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un letrero en mi camino


 Un letrero en mi camino


Jessica Márquez Gaspar

Cuando usas lentes la gente suele asumir que han reposado sobre tu nariz desde la infancia. Aunque a veces ese es el caso, no es el mío. Lo cierto es que aún no sumo dos años con ellos. Solía pasar los exámenes oftalmológicos con 20 puntos, hasta que un día tuve que aceptar el cambio de mi condición.

Había sido un día largo y caluroso. Recuerdo que estuve varias horas en clase y otras tantas en la universidad, haciendo cosas ucevistas: viendo libros, comprando películas piratas, almorzando en el comedor, dormitando en la grama, leyendo en la biblioteca y sacando fotocopias a precios ridículos. Terminé la jornada cuando bajaba el sol, tonos dorados se cernieron sobre los edificios de Villanueva y yo me dispuse a regresar a mi hogar. Tomé el primer autobús, hasta los pies de las torres de Parque Central. Disfruté el juego de luces en sus ventanas y el ritmo frenético de la avenida Bolívar.

Era viernes, y aquella semana había dormido, sumadas, un número de horas inferior al de días transcurridos. Cansada, me dispuse a esperar en la avenida México la llegada del segundo autobús: un viaje directo hasta la esquina de mi casa. La cola hizo de esta una larga espera. Conté innumerables autobuses con los destinos más diversos y más lejanos, imaginé las circunstancias que llevarían a aquellos parajes y a los viajeros que usarían los servicios de aquel transporte. Empezó a adormecerme la hora, la brisa fresca que amainaba el calor y la inmovilidad del tráfico, que parecía congelado en la misma posición, como una fotografía.

De pronto, reconocí a la distancia el cartel rojo de mi tan ansiado autobús. Tras algunas maromas, una pequeña carrera y un zigzag entre carros y personas, logré subirme al vehículo, que no se detuvo sino que se contentó con bajar la velocidad para que yo pudiera abordarlo. Me senté en el asiento más próximo y, en cuestión de segundos, me dormí con el ronroneo del motor, y la poca distancia que avanzábamos.

Recuerdo haber soñado. Probablemente sobre lo acontecido aquella semana, sobre proyectos, sobre submarinos amarillos y algunas otras locuras. Lo cierto es que una súbita sensación de ingravidad me despertó: habíamos caído en un hueco. Abrí los ojos a una oscuridad sólo rota por una pequeña lámpara sobre mí cabeza y, al mirar por la ventana, no pude determinar dónde estábamos. Repasé, como si de escenas de una película se tratara, las distintas fases del trayecto hacia mi casa, y aquellos edificios, aquellos locales, aquella calle, no formaban parte de mi memoria.

Pánico. Respiré profundo y me sobé los ojos. Opté entonces por preguntarle a la señora que viajaba a mi lado dónde estábamos. Su respuesta me dejó de una pieza: en Quinta Crespo mamita! Me levanté como impulsada por un resorte y me bajé a continuación, logrando quedar cerca de una estación de metro. El autobús permaneció a mi lado unos instantes y logré leer, ahora de cerca, el letrero que indicaba su recorrido: no era el mío.

Caminé al metro y, hora y veinte después, llegué a mi casa. Al día siguiente, hice una cita en el oftalmólogo. Su anuncio al final del examen no me sorprendió: tenía miopía. Fue entonces que elegí una montura negra y liviana en una óptica, y que los cristales se mandaron a hacer con una fórmula alta. Los recogí y los posé sobre mi nariz, con ternura. Pasé unas semanas acostumbrándome al peso. Ahora son un elemento más de mi rostro y, cuando alguien pregunta: ¿Pero no has tenido los lentes siempre?, cuento esta historia y consigo, al menos, unas cuantas carcajadas.

sábado, 6 de noviembre de 2010

De zapatos rotos... Y otros.

Por José Leonardo Riera



Debería sentir pena
De contar lo que pasó.
Quiero decir:
Calma, nena,
Ya lo nuestro sucedió.

Nenas, nenes, y señores,
Señoras, políticos, masones,
Todos hemos pasado sinsabores,
Que nos han hecho sentir como los peores.

Confieso que temo al agua,
Y no por ser poco aseado
Sino más bien que la lluvia
No me deja bien parado.

Yo que siempre iba corriendo
(y nunca me he detenido)
por andar, sin estar viendo,
he quedado sorprendido.

Era joven para entonces
y en eso de juventud
el hecho de ser humilde
no resulta usual virtud.


Todo el año yo reunía
(¡Pichirre hasta el descaro!):
Los zapatos que usaría
tenían que ser los más caros.

Y en eso de buscar marcas,
precios y nuevos diseños,
los zapatos eran asunto
que me quitaban el sueño.

Y tenía una dieta "light"
por culpa de mis medidas.
Pero el zapato era Nike,
o sino, quizás, Adidas.

Lo cierto fue que ese año
mis zapatos me compré.
Y me miraban extraño,
pero es envidia (lo sé).

¿Quién me manda a ser sifrino?
¿Cómo pudo haber pasado?
¡En vez de en San Bernardino
compré en el Metromercado!

¡Más vale que no! Dos meses
después de la transacción
me decían: ¡No te estreses!
¡Pues te pasa por guevón!


Así es, queridos panas,
un día de calorón,
el único en la semana,
en que cayó un chaparrón,
fue ese, precisamente,
en el que andaba en la calle,
luciendo mis dos zapatos
(Creo que estaba en El Valle)
Y sucedió de repente,
que el cielo se oscureció,
y Dios le puso dos nubes,
luego las multiplicó,
y así él se puso triste,
y llovió y lloró y llovió.

¡Más vale que no, compadre!
¡Nuestro Dios sí es chancletuo!
¡Por culpa de ese hijo e' madre
me sentí el peor tierruo!

Resulta ser que mis pisos
(como decimos aquí)
me hicieron parte de un guiso
(cual terrorismo iraquí).

Y yo, como en todo guiso,
resulté ser el guisado.
(Vale acotar, como inciso,
que eso es cosa del pasado).

Lo cierto es, mi comadre,
que un zapato tenía un hueco.
¡Ese tuky coño e' madre!
¡Vil estafador! ¡Adeco!


Y yo, que estaba aguardado
para evitarme la lluvia,
terminé más remojado
que en una sopa una alubia.

¿Qué por qué? ¡Ay, no, mi hijito!
¡El agua entró por el hueco!
¡Por culpa de ese maldito!
¡Vil estafador! Adeco!


A la final escampó
y me fui corriendo a casa.
Mi calcetín se empapó
(¡Estos adecos! ¡Se pasan!).

Pero, en fin, en toda historia,
aun en el mal pasa el tiempo,
uno pierde la memoria,
uno se pone contento...

¿Y qué es peor que un zapato roto?
¡Comadre no le dé pena!
¡Compadre, no le dé tos!
¡Pues lo peor que un zapato
roto (por fabricación),
yo les confieso, compadres,
que es tener rotos los dos!

Malhaya aquel ser humano
que con su actuar provocó
Que llorara otra vez Dios
y provocará un pantano.
Se me escapó de mis manos
esta horrible situación:
Fue tal desesperación
que no sabía qué hacer:
si enfrentar el llover
o mi interna inundación.
La lluvia como un toro
Me dio una fuerte coz:
¡No estaba medio mojado,
pues las medias eran dos!

Y perdido en el mar
Que había en mis zapatos
Pensé en toda la gente
Que no puede contar
Con zapatos de marca
(Aunque se encuentren rotos)…
No cuentan con la vida,
No cuentan con nosotros.
Y eso lo lamento,
Pues nuestra sociedad
Se basa más en marcas
Que en una identidad;
Y sin eso, mi amigo,
No se puede avanzar.

Pues mientras nosotros elegimos zapatos
Hay miles de personas que pasan malos ratos:
O viven como perros, o mueren como gatos.

Por eso ahora río
De aquella estupidez
De cuando yo era un crío
Y suave era mi tez.
Sin embargo te digo,
Te lo juro, esta vez,
Que ya no va conmigo
Ese absurdo creer
De “dime cómo viste
Y te diré quién es”.


Y así ando por la vida
Con mis dos zapatos rotos.
Pues, si a mí ya no me importa
¿Le debe importar a otros?

jueves, 4 de noviembre de 2010

Pauta 42: ¿Qué "pe" ni qué "na'h"?

Dicen que "pena" es sólo una palabra, pero, "trágame tierra" son dos.

Creo que todos hemos pronunciado estas u otras plegarias para que el universo nos ayude a desaparecer.

sábado, 30 de octubre de 2010

Desde el patio

—El imperio es una contradicción.

—No, lo problemas son tuyos.

Cuando despertó, no había dinosaurios, ni un coño. No sabía por qué había pensado mariqueras ni por qué estaba llorando.

El castillo estaba al final de una calle larga y ancha. A los lados de la calle había casas y puestos de mercado. Ahí estábamos nosotros y los demás plebeyos. Un conde anunció la muerte del rey. Y todos sus súbditos se pusieron tristes. Menos nosotros.

Parecía que el imperio era feliz y que todos los que en él vivían adoraban a su Emperador. Con la noticia de su muerte, los rostros en la calle real cambiaron y llegó una atmósfera de letargo en el ambiente. Pasaron dos días. Un hombre vagaba por la calle. Mostraba su tristeza. Una mujer pedía dinero con su hija. Un perro dormía en la esquina de una casa. El castillo en el fondo era gris. Una nube había tapado el sol a la espera del funeral.

Un hombre pensó que nadie debería estar triste, que el Rey había hecho todo lo posible para que todos fueran felices. Entonces sonrió y empezó a sonar esta canción.

Una mujer vio su sonrisa y le dio miedo. No entendía esa emoción. Tenía tiempo sin vivirla. Por su mente pasaron gratos recuerdos, de los que ya hace tiempo había olvidado. Entonces sonrió. Alguien los vio y dudó de su tristeza. También sonrió. Todos empezaron a sonreír. Se veían, se alegraban. Levantaron sus manos y dieron gracias a Dios por este día y empezaron a danzar. Bailaron la canción que sonaba alrededor de la calle y un cohete estalló. Venía del castillo. Hasta ahí había llegado la alegría que había invadido al imperio. Sonó un segundo cohete. Sonó un tercero. Stop.

Me paré de la cama. Tenía que probar los nuevos diablitos marca Fiesta que había comprado porque eran más baratos.

Play. El castillo estaba rodeado de un aura mágica e indescriptible. Todos los plebeyos se amontonaron en la calle a verlo. En las escaleras que daban a la entrada del castillo estaban las princesas, la reina y varios nobles.

—Renato era Gallarraga. Gabriela Valdivieso era Gabriela Valdivieso.

Frente a la nobleza en la entrada del castillo estaba en féretro con el Rey. La fiesta se convirtió en bullicio y empezaron a desfilar carrozas por el carnaval. Stop.

Queso amarillo, canilla, diablitos fiesta, té de durazno.

Play. Yo lloraba. Lloraba por el Rey que aunque no era su súbdito, me daba tristeza. Los demás estaban muy alegres. Menos nosotros. La primera carroza era de un hombre rojo y gigante. Simbolizaba el placer, según la gente del imperio. La segunda carroza era un hombre verde y mediano. Simbolizaba la paz. La tercera carroza era una mujer azul y enana. Simbolizaba el amor. La cuarta carroza estaba llena de hombres y mujeres que se besaban y que estaban pintados de amarillo. Simbolizaba la riqueza del imperio.

Así pasaron carrozas.

A los dos días, la fiesta estaba por terminar. La nobleza seguía viendo al rey en el féretro y sólo una princesa, la heredera, la más hermosa, la que aún era soltera y virgen, veía las carrozas. Cualquier hombre del imperio daría su vida por ella. Así que todos se esforzaban por hacer su mejor actuación.

Nosotros hicimos un show improvisado. Lo planifiqué yo, pero Valdivieso me ayudó. Ella tenía más ideas. Todos juntos nos pusimos en el medio de la calle, en frente de las escaleras. Justo al frente de la nobleza. La princesa nos veía. Los muchachos del colegio y yo comenzamos a bailar. Éramos los únicos que estábamos tristes. Gabriela estaba tan triste que parecía una flor marchita. Yo intenté animarlos, pero empezamos a bailar en círculos y a saltar. Todo el mundo estaba alegre.

Nuestra tristeza no contagió a nadie, sin embargo a todos les gustó. La princesa se alegró tanto que vino a saludarnos. Nosotros —llorosos— le tendimos la mano.

Así fue que cerró el espectáculo y enterraron al Rey. Stop.

—¿Qué es el imperio entonces?

miércoles, 13 de octubre de 2010

Al final no queda nada

 Al final no queda nada

Jessica Márquez Gaspar
La ansiedad me recorre el cuerpo como las hormigas. Sensaciones, sentimientos, un olor, una piel. Me acorralan. Me atrapan en una esquina y se hace difícil respirar. Nace entonces una pequeña semilla: la de un cuento. Siento que me desbordo. Historias pujan por salir, golpean la puerta de mi creatividad, gritan a las yemas de mis dedos que escriban, que tecleen con urgencia. Pero la vida no entiende de estas necesidades, y yo debo postergarlas hasta que baje el sol, hasta el próximo autobús o la madrugada solitaria en que me cubra el brillo del monitor.

Recuerdo aún tu cuerpo perfecto. Comienzo la historia. Era perfecto para mí, sin importar lo que dijeran. Recuerdo también tu piel, que me era ajena. Tú tal vez ni lo imaginabas. Continúo. Eras una aparición divina, me emboscabas con las defensas bajas y el corazón abierto, con la sensibilidad esperando ser acariciada. Sabías jugar bien tus cartas. O tal vez era una jota del destino que nos juntaba. Te extraño. Nunca te tuve. Como las historias que crecen justo en el límite entre el sueño y la vigilia, tu boca y tu pelo se hacían fantasía, y ya no sabía si estaba viva, si alguna vez lo estuve.

Titubeos. Palabras borradas. Reescribir. Una voz interior narra. Narra hasta el último aliento. Narra hasta dejarlo todo salir, hasta que aquel grupo descoordinado de sonidos se convierte en sinfonía. Las palabras ocupan su lugar y queda un texto. Y tú que continúas ahí, inalcanzable. Tú. Y aunque no pueda tenerte, ni tocarte, aunque seas para mí las formas divinas de lo imposible, aún así existes. Aún así mueves algo muy profundo en mí ser, aunque sea por el breve instante en que te trae la brisa. Como las mariposas, eres inatrapable. Justo cuando creo tenerte entre mis manos, mueves tus preciosas alas y te dejo ir. Cobarde.

Nuestros caminos parecen querer coincidir, pero son traspiés de la vida, y nos encontramos de pronto en la contradicción que camina entre nosotros. ¿Cuál fue la hora maldita en que empecé a necesitar tu cuerpo? Inquiero entonces al silencio que reina a mí alrededor, aunque sea tan sólo el silencio que guardan el resto de mis pensamientos. ¿En qué momento te volviste una deliciosa obsesión? Me miras como si no supieras nada. Me miras. Y yo incluso en aquella oscuridad siento como recorres mis esquinas, mis recovecos, con tus ojos negros. Y es como pedirle al mundo que se detenga, que me regale eso. Que me regale la laguna de tus profundidades, pero ni tú, ni yo, podemos. Hay juegos que no se habrán de ganar.

Aún tengo ganas de gritar. De interrumpir el recorrido de la ciudad para decir lo que siento. De caminar justo hacia el medio de la calle y decir que te quiero. Pero no puedo.  Y finjo a tu lado, y escribo lejos, muy lejos. Mis dedos buscan un consuelo que no encontrarán. Mi boca desespera, callada, silente. Es hora de que hable el que normalmente guarda silencio.

Hoy que te he encontrado nuevamente, me enfrento otra vez a la inevitable realidad. Apenas cierre los ojos te habrás ido, apenas coloque el punto y final ya no podré tenerte. Porque en las líneas vagabundas, gitanas, que tengo que escribir, nos encontramos haciendo el amor sobre la mesa. Y aunque sé desde el principio que es tan sólo un sueño, mi realidad o mi ficción, como prefieras, sé que habrá de terminar, que está prohibido, y entonces te vas, aunque no quiera. Respiro más lentamente. Y no queda nada. Nada. No quedas tú, no quedan las palabras. Es el vacío. La soledad, sólo yo y mi nada, una historia que leer y nada. Es la certeza tremenda, impresionante, de que nunca exististe, de que de ti no me queda nada.