martes, 16 de marzo de 2010

Ama, Crea


Y eso

Por Jessica Márquez Gaspar

Tenía que escribir. Era una petición absoluta de cada centímetro de su piel, de cada átomo de su cuerpo. Encadenada como había estado a las responsabilidades –que amaba a pesar de todo-no había podido darse el lujo de entregarse a su pasión más infinita: la escritura. Adoraba pasearse por el teclado, recorrer una a una las letras, amaba profundamente construir castillos en el aire para destruirlos con el susurro de un niño. Era sencillo, pero emocionalmente agotador. Eso significaba escribir, eso se había significado siempre, pero sólo lo supo hace poco.

Era una persona complicada, lo sabía. Daba esta impresión de una tipa con presencia, con cierta seguridad que surgía de una mente alerta, unas ganas de hechar pa´lante imponentes y una memoria enciclopédica que no fallaba, al menos que la conversación rondara sobre química o matemática. Al mismo tiempo era tímida, había ido conquistando aquellos miedos que la hacían sudar frío, pero a veces la atacaban cuando se descuidaba, y se sabía sumamente crítica y detallista. Esto era también una cualidad porque le había dotado de un sentido de observación, -y no me refiero solo a la vista, sino a una habilidad para captar el mundo a través de todos los sentidos especialmente desarrollada- que actuaba muchas veces de forma inconsciente, pero que era la razón de todo su ser: por ello escribía, por ello amaba de aquella forma, por eso daba el 100% en todo, y por eso, sobre todo por eso, había sido feliz y sufrido en partes iguales, a lo largo de toda su vida.

Ahora estaba frente a la página en blanco con la pauta de aquella semana instalada en su consciente, después de haber pasado días rondándole las esquinas de la mente e interrumpiendo sus lecturas de la universidad, los viajes en metro, y hasta las clases. Finalmente tenía la oportunidad de escribir. Finalmente. Supo entonces de inmediato como abordar el reto. Decir que los seres humanos somos complejos es un cliché que raya en una frase de autoayuda, así que no sirve de nada. Prefiero imaginarnos como individuos matizados, como elementos del universo que se encuentran a medio camino entre la condición animal más primitiva –que lamentablemente sale a flote con frecuencia- y una forma de vida altamente organizada capaz de obras maravillosas y que se encontraba interrelacionada entre sí por un intricado tejido social que semejaba a una enorme telaraña.

Con este pensamiento comencé mi reflexión. Después de mucho meditar el asunto, con el resultado automático de que salí de la casa sin llaves, pasé un rato considerable buscando el control remoto que resultó estar en la nevera, y el haberme descubierto parada en un pasillo de mi casa sin razón aparente, encontré entonces lo que consideraba, con el sesgo absoluto de mi edad, mi experiencia personal, y mis creencias (en fin, de mi subjetividad), qué nos hacía verdaderamente seres humanos. La respuesta estaba ahí, frente a mí: somos capaces de amar y de crear. Me dirán entonces que me equivoco, porque los animales también están dotados de sentimientos, porque sienten amor de sus mascotas, porque crean vínculos emocionales con ellos, es cierto, ellos también aman, pero no como nosotros.

Somos los únicos seres sobre este planeta capaces de amar y de saber que están amando. Capaces de expresar sus sentimientos, de hacerlos verbo, de trasmitirlos, de volverlos acción, palabra, imagen, sonido, tacto. Desde tiempos inmemoriables amábamos con locura, con pasión, con ternura, con cariño. Desde siempre superamos el sentido reproductivo de los animales para hacer el amor. Desde nunca dejamos de mantenernos cerca de nuestros padres y hermanos por un sentido de supervivencia, sino por el vínculo que supone la familia. Desde antes de todo dejamos de ser gregarios por fines instrumentales, para agruparnos con aquellos que nos brindan cariño, compañía, comprensión y una buena conversación, a los que llegamos a llamar amigos.

Si tuviera que dar gracias por algo sería por esa capacidad maravillosa que muchas veces no explotamos en toda su potencialidad. Al final del día lo que nos hace humanos no son los pulgares oprimibles, ni la corteza cerebral, lo que nos hace verdaderamente individuos y no animales es un fenómeno que va mucho más allá de la liberación de dopamina en el cerebro, la química, las feromonas; es un fenómeno tan inexplicable que algunos le llaman Dios, otros Alá y hay quienes incluso le dicen Buda; es una sensación tan maravillosa que nos hace mejores personas, nos impulsa al éxito, llena totalmente nuestros sentidos y nos regala lo más valioso que jamás podremos tener: la compañía de otros.

No quiero decir con esto que, en el mejor estilo de una fantasía utópica, el amor gobierno al mundo. Ni mucho menos. Pero si quiero creer que esa es nuestra característica particular, que es aquello que toda la humanidad tiene en común. Y tal vez en unos años, cuando me haya desengañado un poco más de los individuos, me reiré de este escrito y de su ingenuidad.

Y me reiré también de mi visión del arte. Aunque muchos creen para cubrir necesidades, nosotros, personas, creamos porque necesitamos crear. Por que necesitamos expresar el mundo, deformarlo, transformarlo. Porque necesitamos que habite en el lenguaje, que se meza en él. Creemos profundamente que hay un universo latente en los tubos de pintura y el lienzo en blanco, en las cuerdas tensas de un violín, en la garganta impaciente de un hombre, y en un bloque de mármol silente. Pasamos nuestra vida, no todos, pero si muchos, a medio camino entre este mundo y aquel que es más colorido, como los cuadros de Miró, o más gris como los de Goya. En las notas que separan a Chaicosqui de Guns and Roses, y las páginas que se levantan entre Lovecraft y García Márquez.

Creemos, como los surrealistas, que “no ha de ser el miedo a la locura, o la vergüenza, lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación”. Porque vivimos de la imaginación, de la ficción que se vuelve realidad en el arte, que es realidad, que es tan sólo otro fragmento de la realidad que se le escapa a muchos, que no ve cualquiera. Es esta necesidad inmensa de crear que me asalta ahora, lo que nos hace individuos.

Es entonces clara la meta a seguir: debemos amar, y crear. No odiar y destruir. Lo que nos hace seres humanos es esa posibilidad latente, ese talento innato, esa característica intrínseca de compartir nuestra vida con otros, de entregarnos en cuerpo y alma, a los dos grandes sentidos de la existencia: al arte, pero sobre todo, a los otros.

Y eso… es lo que llevo haciendo toda mi vida.

jueves, 11 de marzo de 2010

El agua se envuelve en plástico

Por Moisés Lárez

A Gabriela Valdivieso

El ritmo de mis tecleadas nunca ha sido de la filosofía. Más bien cada acción de presionar el botón está cargada de miedo e inseguridad de que sea un trabajo bueno. Siempre he sentido eso desde este cubo tridimensional en el que me encuentro. Por eso poco me gusta que me lean y sólo hago esto por placer, por la mera necesidad de decirme a mí mismo: existo. Mentí. Sí he reflexionado en mis teclas, pero de una estúpida reflexión adolescente a un tratado de retórica antigua hay mucho trecho. Quiero decirme que existo, que esos momentos en los que me doy cuenta que soy un ser, uno real y animado me inspiran y emocionan, me llenan de preguntas y me alejan de respuestas; me sacan de un nicho donde estaba encapsulado y me trasladan a un estante vacío, sólo espiritualmente, donde me veo a mí mismo y a los demás interactuando de una manera increíble.

El otro día me pasó así. En mi trabajo, mi jefa me pidió, muy amablemente, que le sirviera agua. Me moví hacia el pote de minalba que estaba por ahí y me quedé observándolo fijamente. Pensé que el plástico que envolvía el agua podía tardar más de cuatro mil años en biodegradarse y que era terrible que algo tan puro como el agua viniera envuelto en algo tan macabro como el plástico, pensé que quizá sería bueno vender cartones de agua, como los de la leche, pero que seguro la gente no se iba a acostumbrar, que preferirían sus embases plásticos de agua, porque así podrían recargarlos en algún bebedero, cuando en realidad muy pocos son los que guardan el embase para recargarlo. La otra mayoría lo bota. ¿Y cuántos embases plásticos de minalba se consumen diarios? ¿Cuántos se botan? ¿Cuántos se vuelven a usar? Y ¿Cuántos menos se reciclan? ¿A dónde va todo el plástico que se bota? ¿Dónde botan la basura que uno bota? Entonces recordé cuando era chiquito, que creía que era hijo de una familia extraterrestre, pero que mis padres humanos me lo ocultaban, siempre había pensado que la mejor solución para acabar con la basura era mandarla al espacio. Enviarla al sol para que se derritiera, sólo que mi plan tenía un problema: es que el plástico se hace de cosas de la tierra, cuando se acaben las cosas con que se hacen el plástico y todo lo demás, ¿de qué lo vamos a hacer? Indudablemente sabía que la basura del planeta no le haría nada al sol, quizá en unos miles de años podría causarle un manchita que podría verse con telescopios con lentes de soldador, pero más nada. Mi problema era imaginar la tierra reducida, porque todos sus componentes ya no están en el planeta, sino en el sol. De ahí la suerte que tenemos de botar la basura en rellenos sanitarios, que si algún día se nos acaba todo, tendremos que empezar a cavar y reciclar de ahí.

Mientras le servía el agua a la profe, me daba cuenta de que no era algo tan absurdo. Que esto servía como un ciclo, como el del agua, pero que muy pocos afortunados se habían dado cuenta. Entonces, cuando le daba el agua a la profe y recibía un “gracias”, me pregunté qué era la fortuna y qué sería de ella si los humanos no existieran para ser afortunados. ¿De quién sería la fortuna? ¿De los animales? ¿Se puede decir que hay un perro más afortunado que otro? Sí, lo sé, los perros de la calle sin una pata y muertos de hambre son menos afortunados que el de Paris Hilton, ¿pero es acaso el de Paris más afortunado que el mío?, ¿sentirá la fama, sabrá que lo que come es más caro y que tiene vitaminas que le harán más duros sus dientes y más brillante su pelaje? ¿Sentirá la felicidad? Entonces me pregunté que si yo sentía la felicidad y qué cosa era esa. Y me sentí, como al principio, apartado instantáneamente del mundo y ahí viendo y no viendo todas las cosas al mismo tiempo y en ninguno me pregunté que quién más iba a ser feliz, sino yo mismo.

jueves, 25 de febrero de 2010

El punto de ser un humano es...

Las personas somos seres extraños. Me incluyo, después de todo soy lo que se puede llamar “un ser humano”, imagino que si puedes leer esto tú también lo eres. Cuando creemos razonar, estamos haciendo exactamente lo que no deberíamos; cuando creemos que es correcto, es porque puede que no lo sea. Decimos que no cuando queremos decir que sí, actuamos cuando debemos pensar, y pensamos cuando debemos actuar.

Somos, en muchas ocasiones, seres fríos y calculadores capaces de cualquier objetivo. Pero en otras nos sorprende nuestra propia sensibilidad. Si ese alguien parece no hacer lo que queremos, si esa pared es muy alta, o si ese sendero lleva muy lejos y cansa al caminar; la frustración. Si vemos que podemos pasar por encima de aquello que nos hace sufrir, podemos hacer lo que tenemos planeado, o si las cosas van como deben; la gloria, un bocado de lo que es el triunfo.

Vivimos cada momento como si la vida fuera eterna, cuando es todo lo contrario. Al principio nuestras preocupaciones parecen barreras insuperables y, cuando ya las hemos pasado, nos causan gracia. Nos preguntamos dónde estaba la complicación, el porqué del inevitable desmoronamiento de nuestra existencia. Bien, todo es complicado cuando no sabemos cómo hacerlo y pues, la risa que sale de esos momentos es de alivio por haber logrado aquello que queremos, cuando quizá en el fondo sabíamos que teníamos la capacidad de hacerlo.

Nosotros le echamos la culpa hasta a un perro, con tal de no aceptar nuestra propia responsabilidad, y a veces nos echamos la culpa de todo sin haber puesto el primer dedo sobre el plato que se encuentra roto en el suelo, ¿No es eso poco racional? Para nosotros, como humanos, sí. Las lágrimas son de ira, de felicidad, de tristeza o de celos y, si a ver vamos ¿A quién le importa? Simplemente salen y ya, dificulto que alguien pueda detener eso, no. Cada pequeña cosa buena que pase entre una tempestad es algo maravilloso, y cada cosa mala entre un mar de alegría es un tormento.

Pero, ¿No es esa la vida de un humano normal? ¿No es así como se supone que tenemos que vivir? Si fuéramos perfectos la vida sería aburrida, sin color, no sería vida. Hasta los malos momentos son buenos si se saben ver, todo depende del lado de la cama en donde estás. Y tú ¿Cómo ves a los seres humanos?...

miércoles, 17 de febrero de 2010

He Matado Al Anticristo


Felix subió las escaleras, los huesos temblándole dentro de los músculos, seguro de que con el siguiente paso emergería un grito desesperado de su garganta. No fue así. Logró mantener la compostura al entrar en la recámara y decirle a sus dos compañeros:

—No se muere.

Vladimir Purishkevich se levantó de su pomposo asiento. En medio de la penumbra y la oscilante luz de las velas, se quitó los lentes.

—¿Cómo que no se muere? —dijo— ¿Qué quieres decir?

—Quiero decir exactamente lo que has oído. Le he dado los pasteles con cianuro y no se muere.

Hubo breves instantes en los que los tres hombres intercambiaron miradas, sin que ninguno pudiese articular sonido. Habían oído las leyendas (¿cómo no?) y a pesar de haber respondido algunas con razonamiento y ciencia, había muchos otros hechos, con testigos, que eran inexplicables. Un día, el príncipe Alexei está al borde de la muerte por la hemofilia. Al día siguiente, jugaba en el parque, sano como un oso siberiano.

—Tuviste que equivocarte —dijo el duque Dmitri—. Estamos hablando de suficiente cianuro como para matarnos a todos en esta habitación. Rasputín no puede estar vivo, Felix.

—Pero lo está.

—¡Eso no puede ser!

—Shhh, baja la voz. Te digo que está vivo. Anda a verlo.

Como si un relámpago le hubiese sacado de un sueño, Vladimir se adelantó; le costó mucho mantener un tono bajo de voz.

—El vino —dijo—. Dale el vino envenenado.

Felix se pasó las manos por el rostro. Tan de cerca, ambos hombres le vieron temblar.

—Ya se lo di, Purishkevich. Ya se lo di. Y no se lo tomó como cuando te tomas algo, con la mirada hacia el vaso. Se bebió la copa de un solo trago, mirándome a los ojos. Creo que él sabía que veníamos a matarlo.

—Eso es imposible —repitió Dmitri—. No hemos compartido los planes con nadie más. Mírate, hombre, estás hecho una ruina de nervios. Lo que tenemos que hacer es…

—¿Qué tal si estuvimos en un error? —le interrumpió el príncipe Felix Yusupov— ¿Qué tal si el hombre de verdad es un enviado de Dios?

Vladimir tomó a Felix del hombro y le dio un sacudón.

—Déjate de pensar en locuras. Nos propusimos matar a ese heraldo de la destrucción, y por Dios y la patria que lo vamos a lograr. El Imperio es el que está en juego, Yusupov.

—“He matado al Anticristo” —dijo Dmitri.

Ambos hombres voltearon a verlo.

—Eso es lo que dijo la puta que le disparó hace dos años. “He matado al Anticristo.” El disparo fue en el pecho y a quemarropa, por eso estaba tan segura.

—¿Qué mierda vamos a hacer ahora? —dijo Felix, más con él mismo que con los conspiradores—. ¿Cómo matamos al diablo?

Felix interrumpió sus pensamientos al mirar el cinto de Vladimir Purishkevich.

—Tu revólver —le dijo al político—. Dámelo.

—¿Qué? No, no, tenemos…

—Dame la maldita pistola. Esto se acaba hoy.

Caminando con el revólver detrás de la espalda, Felix entró en el amplio comedor, su frente perlada de sudor frío, y lo primero que le saludó fue una corriente de aire helado.

Entre la luz de los candelabros y la fogata, Grigori Yefimovich Novykh permanecía sentado. Comía con lentitud, de espaldas a él, con movimientos artísticamente delicados. Entre mordisco y mordisco se murmuraba, tarareaba, danzaba su mano derecha al ritmo de una música que sólo él podía escuchar. Más allá, a la izquierda, el crucifijo de oro en el pedestal, brillando con el resplandor de la fogata.

¿Qué quería decir?
¿Debía matar al demonio?
¿Debía salvar al santo?
¿Podía arriesgar a su propia alma?

—Toca una canción en la guitarra —la voz del monje era grave, ronca, casi hipnótica—. Me gusta oírte tocar.

—No quiero ahora.

Rasputín volteó de medio lado.

—¿No hay algo que quieras compartir conmigo, hijo?

Con las mandíbulas castañeándole y sin sentir las piernas, Felix Yusupov levantó el arma hacia el hombre más poderoso de Rusia.

—Grigori —le temblaba tanto la mano que dudaba dar en el blanco—. Ha llegado el momento.

Rasputín se volteó a la vez que se ponía de pie. Sus ojos oscuros de brea no se centraron en el arma, sino en los ojos del príncipe. Durante un segundo en el que el tiempo se paró, mientras Felix entrecerraba los ojos y contraía el índice, le pareció que la mirada del stáret no era de resignación, sino de despreocupación.
Oyó el “click” del gatillo antes de oír la explosión del cañón, que se vio ofuscada por el rugido de Rasputín. Novykh se llevó las manos al corazón, sin apartarle la mirada a Felix. Dio un paso al frente y cayó sobre una rodilla. Aspiró antes de desplomarse.
Felix estaba respirando por la boca. No fue sino hasta que sus compañeros se pusieron junto a él que bajó el arma y se apartó el sudor de la cara con el brazo. Dmitri se acercó al cuerpo y le tomó el pulso.

—Eres un héroe, príncipe —dijo Vladimir—. La patria te recordará con ese honor.

Felix le entregó el revólver con un suave golpe en el pecho. Llevaba la cara gacha y Vladimir Purishkevich no pudo encontrarle la mirada.

—Está muerto —dijo Dmitri.

—Ahora sé cómo se sintió Pilatos —fue la respuesta de Felix.

Se dio media vuelta y abandonó el comedor, oyendo los pasos de Purishkevich detrás.

—Yusupov. ¿Qué has querido…?

Cuando Felix oyó los gritos al principio, creyó que los estaba imaginando. Se volteó hacia el comedor y vio que Vladimir se había quedado congelado con una mano en el pecho.

Era la voz de Dmitri.

Corrieron tan rápido al comedor que casi se caen cuando chocaron al traspasar el umbral. La imagen se filtró por sus ojos, pero sus cerebros no lograron refinarle ningún sentido. Era la decodificación de una escena que no tenía por qué estar ahí.
El duque Dmitri trataba de empujar al hombre que se había sentado en el suelo y le tenía apresada la nariz entre los dientes. Rasputín le sujetaba los brazos poco por debajo de los hombros y, mientras continuaba dando dentadas al rostro del joven noble, se fue poniendo de pie. Erguido, se secó la boca con el dorso de la mano y enfocó a los dos hombres en el marco de la puerta. A sus pies, Dmitri Pavlovich se cubría la cara con las manos, temblores espasmódicos sacudiéndole el cuerpo, señal inequívoca a la antesala del shock.

Felix no sabría explicar en sus memorias ni lo que había visto ni lo que vino a continuación. Vladimir Purishkevich luchó con su cinto para extraer su pistola. Frente a él, Rasputín estiró un brazo a un lado, se puso la otra mano de canto frente al rostro y separó las piernas, que le emergían del saco. Cuando se inclinó y cantó en un murmullo, las botas le brillaron por el destello del fuego.
Sucedió durante el mismo segundo. Purishkevich levantó la pistola, ésta se le cayó y Rasputín desapareció, en una explosión insonora de luz y humo. Un segundo más tarde, apartó al político de un manotón y sujetó con ambas manos a Felix Yusupov por el cuello.

—¡Felix! —rugió con un aliento hematúrico surgiéndole de entre dientes escarlatas—. ¡Estoy tan decepcionado!

—Por el amor de Dios —fue lo tartamudeó el asesino, y no notó la cálida orina bajarle por los pantalones.

Sintió el golpe en la cabeza cuando chocó con el suelo, vio a Grigori Yefimovich subírsele encima y supo que iba a morir. ¿Cómo era que decía el dicho? “El diablo cuida de los suyos.” No sentía las manos del monje alrededor del cuello, pero sabía que ahí estaban. Conforme la vista se le fue apagando y los sonidos sumergiendo en un océano negro, se descubrió mirando una gota de sangre suspendida de la barba de su irónica víctima. La gota entró a esta historia de la nariz del joven duque, había descendido de los labios del monje y había bajado por la barbilla. Ahora iba en caída libre, para abandonarnos al chocar contra la lengua de Felix.

“He matado al Anticristo.”

Felix dejó de luchar y se entregó a su suerte. Cuando Purishkevich lo puso de lado y el aire le entró a los pulmones tan rápido que lo repelió con tosidos, recordó tardíamente el segundo disparo. Vladimir volvió la vista a Rasputín y le disparó de nuevo. El oso siberiano, por falta de una mejor expresión, no se caía.
Vladimir le apuntó a la frente, con el duque Dmitri vomitando sangre entre espasmos a un lado y Felix Yusupov riendo a carcajadas al otro.

Disparó.

Rasputín se precipitó al suelo, como abofeteado por una mano invisible. El rostro se le perdió entre la barba, la larga cabellera, la sangre y el olor a locura.
Vladimir dejó que el revólver se le escurriera entre los dedos y fue a Dmitri.

—Respira —le metió los dedos en la boca, se la abrió y lo puso de lado.

Dmitri se ahogaba.

—¡Respira, hijo de puta!

Vio por el rabillo del ojo a Félix golpeando a un cadáver al que no supo ponerle nombre, con un candelabro.
Ninguno de ellos recordaría jamás los planes que les habían llevado a este punto. No recordarían cómo lograron que sus espíritus les volvieran al cuerpo. Tampoco cómo envolvieron al cuerpo en una cortina y se dirigieron a las heladas aguas del río Neva. Sólo recordarían el instante en el que, antes de tirarlo a la corriente, Rasputín resucitó una segunda vez, para sujetar el rostro de Felix entre sus manos y decir:

—Volverás a verme el día de tu muerte.

lunes, 15 de febrero de 2010

Mi plan fracasó

Por Samar Hokche

Para serles sincera no tengo la mas mínima idea de cómo pude llegar a tal punto, ¡si yo repase mil y un veces mi plan! No es justo que las cosas resulten de este modo. Se los juro, yo actúe por una noble causa, insensatos aquellos que no me creen.

Durante mi larga espera pude hacer memoria de mis pasos: busque su dirección, entré a su casa, busqué en silencio su boleto, en el aeropuerto moví unas fuentes que tenía - por fuente, claro, entendemos al dinero, el lenguaje que todos hablamos- y revisé sus datos y la información que necesitaba para ejecutar mi impecable plan. Luego, esa misma noche pude con mano fría y pensando sólo en la unidad y la estabilidad del grupo. Lo hice. Vi su rostro asustado e incrédulo y sentí, como siento, lástima pero hasta el día de hoy no me arrepiento.

Justo llega un señor mayor que interrumpe mis pensamientos y recuerdos. Me mira directo a los ojos –intimidada no estaba, más bien me daba risa su bigote- y con su voz grave me pregunto: ¿lista para confesar?
-Yo no tengo nada que confesar, los criminales que buscan siguen afuera, mientras pierden su tiempo aquí conmigo.
-No entiendo cómo, y tan joven. ¡A lo que hemos llegado! ¿Es que no te quieren en tu casa?
-Todo lo contrario me aman, voy al colegio, tengo amigos, como mis verduras… ¿Qué te puedo decir? Supongo que quise hacer algo tan grande para detenerla.
-¿Detenerla de que?
-De que se fuera y nos dejara.
-¿Quién?
-Gabriela.
-¿Y por esa razón mataste al piloto?
-¡Claro! Se sintió extraño debo confesar.
-Sigo sin entender, y ella ¿quién es para ti?
-Una amiga y miembro oficial del grupo. Escuche, trate de comprenderme un poco por favor. Yo le deseo lo mejor en su futuro, pero no la quiero lejos de nosotros.
-Se nota que eres principiante en esto, ¿verdad? Primero, ya me diste una confesión. Segundo, no era necesario matar a una persona, y, por último y más importante, ella de todas formas puede viajar. Pobre niña, te salió muy mal.

Imagínense mi cara de estupefacción y sorpresa, tratando de asimilar mi gran error. ¡Qué había hecho! Todo se derrumbó y fue culpa mía, actúe sin razón y precipitadamente, haciéndole caso a mis sentimientos e ignorando mi sentido común. Supongo ahora que Gabriela se irá y yo, bueno, no estoy segura de lo que me pasará, pero algo me dice que no será muy bueno.

jueves, 11 de febrero de 2010

Todo esto es por amor

por José Leonardo Riera


Esto es una larga historia
Pues les tengo que contar
Lo que queda en mi memoria
De lo que pude lograr.

Y es que de todas formas
Lo tengo que confesar.
Hoy vuelvo a romper las normas.
No me importa, de verdad.

El asunto es de cuidado,
Ya lo van a percibir.
Juntos siempre hemos estado
Y así hemos de seguir.

Todo empezó en un concurso
Único, muy especial,
Que ni con un gran discurso
Yo lo pudiera explicar.


Lo cierto es que, ciertamente,
Por eso nos conocimos.
Ninguno fue “el más fuerte”
Pero ninguno perdimos.

Nos ganamos, simplemente,
Una hermosa amistad.
Nuestro talento fue un puente
Que juntos nos hizo andar.

Tantos chicos, tantas chicas,
Algunos nos han dejado,
Pero hay quienes seguimos
Caminando lado a lado.



Victor, Jessica, Moisés,
Samar, Paula y Guillermo.
Andrea, Noelia y José
Gaby, Gabriela y mil sueños.

Y entonces, nos dijo Gaby:
"Chicos, me voy a ir".
Le pregunté para dónde:
Dijo: "Muy muy lejos, del país".

No pude disimular
Un asombro extrovertido.
¡Ella no debía escapar
A todo lo conseguido!

No te vayas, por favor,
Realmente necesitamos
Tu liderazgo, el mejor,
Por el cual hoy avanzamos.

Al parecer fue en vano
La suplica que ofrecí.
“Se me escapa de mis manos.
José, me tengo que ir”.



Me fui, mientras los demás
Se despedían dulcemente.

¡No puede ser! ¡Está mal!

¡Ustedes están dementes!


Un libro deja de serlo
Al arrancar una hoja.
Yo no puedo comprenderlo.
No la dejaré ir sola.

Pues nuestro libro se quema
Si ella por fin se marcha.
No dejaré que esta pena
Se convierta en una mancha.

Así, me fui al aeropuerto,
Como loco la busqué.
Y pasé puesto por puesto
Y así la vi, la encontré.
Y actué, claro, por supuesto.
Fue así que la secuestré.

La pistola en su cabeza
Y mi brazo en su cuello
Me la llevé, con certeza,
De que hacía lo correcto.

Nos bajamos del avión
(Si se me acercan la mato)
Y afuera, en la estación.
Nos esperaba un carro.

“Leo, tuve un gran temor”,
Dijo Noelia al volante.
“Marico, eres el mejor”,
Dijo Guillermo adelante.

“Todo esto es por amor”,
Dije a Gaby, susurrante.


Luego, fue así que llegamos
Hasta nuestra gran guarida.Alineación al centro“Sorry, Jessi, si tardamos”,
Exclamó Andrea enseguida.



“Muy bien, mi plan funcionó”,
Dijo Víctor desde el bar.
“¿Ella, qué tal reaccionó?
Ya la pueden desatar”.

“Pero después que brindemos”,
Acotó Paula después.
“¿De esto qué beberemos?
¿Vodka, cerveza o café?”.

“La de Champagne”, se escuchó,
Y quedamos en suspenso.
Era su novio el que habló,
Era Robi, y su despecho.

Gabriela se sorprendió
Pues se estaba haciendo tarde.
“Mi mamá no me dejó.
Ya debo irme, es muy tarde”.

“No te preocupes, Gabriela,
Te podemos secuestrar.
Nosotros de esa manera
Demostramos nuestro amar”.

Gabriela miró a la chica
Que yacía amordazada:
“¡Ay, no vale! ¡Pobrecita!
Gaby no puede hacer nada”.

“¡Vengan todos a la foto!”,
Gritó Noelia enseguida.
La lámpara dio en blanco y negro
a una Gaby sorprendida.



Y así, transcurrió la noche
Entre letras, entre alcohol.
Bebiendo con gran derroche
Y hablando con amor.

Y así termino mi historia
De cómo fue que impedí
Que Gaby fuera memoria,
Que se fuera del país.

martes, 9 de febrero de 2010

Los amé y tanto. Nada.

Por Jessica Márquez Gaspar

La hoja de un puñal surcó certera el aire. Nunca supe su procedencia, nunca supe la razón. Solo sentí el frío intenso del arma y del dolor, en inmenso contraste con mi sangre caliente que brotaba de la herida a borbotones. Antes de entender siquiera lo que sucedía, caí al suelo. De pronto yacía en aquella acera, cualquier acera, y era incapaz de moverme, de gritar, de gemir. Era incapaz de proferir ni un solo sonido. Entendí entonces que me estaba muriendo y el más básico instinto de supervivencia me quiso obligar a pedir ayuda. En el bolsillo, sobre mi pierna, ya no estaba mi celular, y en aquella calle cualquiera yo era una figura anónima. Pasarían horas antes de que alguien que me conociera, alguien que supiera mi nombre, más no mi número de cédula, notara mi ausencia y llamara infructuosamente a mi teléfono, luego al de mi casa, me escribiera mensajes o me enviara mails, y sin embargo, no habrían entendido todavía lo que sucedía: estaba muriendo.

En aquel espacio de la inconsciencia, fui perdiendo la sensación de mi cuerpo. Llegó un punto en que sólo mis manos parecían estar vivas, pero no podía asegurarlo, la verdad. Aterrorizada como estaba no pensé en que no había visto el Big Beng y que no había estado en Roma, en que no hablaba francés y que no había probado comida tailandesa. Al contrario. Como si de un cumpleaños se tratara, mi menté se fue llenando de rostros, de los rostros de aquellos que amé tanto en esta vida. Los ojos verdes de mi mamá, y su sonrisa dulce y cálida, los ojos marrones de mi papá y su bigote de cepillo, moviéndose en un gesto de manifiesta contrariedad, la sonrisa pícara de mi hermano en su metro ochenta de estatura, y la risa perenne de mi hermano mayor, que sostenía en brazos a mi primer sobrino, que no conocería. Mi tía y su fe en Dios a pesar de todo, mis padrinos y su apoyo y lucha constante, mis abuelos, sabiduría y ejemplo a seguir, ella, refugio, consejera, un cariño profundo. Mis amigos. Letras a litros. Gaby con sus ganas de vivir, Guille con su entusiasmo evidente, Mo con sus sueños literarios, JL con su talento joven, Noelia con su sinuosidad felina, Paula y Guille, con su complementaridad asombrosa, Gaby Junior y Samar, con su prometedor futuro, Victor y su risa contagiosa. Y el soplo de la brisa, y las birras compartidas, y tantos litros, tantas letras. Debí haberles dicho cuánto los quiero, cuánto me importan, cómo cambiaron mi vida...

Debí valorar más a mi amiga Stella y su cariño gratuito, sin condiciones, adornado por su voz dulce, casi infantil. Fue mi mejor amiga. Mis cuatro mejores amigos, compañeros de borracheras, consejeros y confidentes, sinceros, complicados, inteligentes, ¡los extrañaría tanto! Mis amigos comunicadores, mis almas gemelas, compañeros de peripecias de la carrera, rostros amables que hacían la Escuela que me dio tanto.

Y tú, un rayo de luz en el camino. Tú tocándome suavemente, el roce de tus labios y tú mirada tímida clavada en mis ojos. Jamás pude agradecerte tantos momentos, no horas, de felicidad, (porque con nosotros el tiempo no funcionaba apropiadamente). La nuestra era una historia inconclusa, y quise tanto haber estado para continuar escribiéndola. Te quise como nunca, y como siempre. Quise creer que sabías cuánto me hiciste feliz, y que yo también había sido para ti, motivo de felicidad.

Pensé con terror que no volvería a conversar con ellos, que tal vez no les dije lo que significaron. Que debí haber gritado tantas cosas. Que me llenaron la memoria de recuerdos de todos los colores. Imbécil fui al no decirlo cuando tuve la oportunidad, de no decirlo una y mil veces. Imbécil.

Sentí poco a poco cómo se hacía más quedo el sonido de mi corazón, cómo parecían rendirse los latidos. Recé un padrenuestro, más por la necesidad de sentir a Dios en aquel instante, que porque creyera que eso podría salvarme. Quise creer que no le había fallado a todos ellos. Un torbellino de imágenes me invadió, Caracas y el Ávila, pequeños recuerdos de risas y alegrías, de lágrimas, lloradas y contenidas. Lloré entonces mi suerte, y supe que había sido mucho más feliz de lo que creía. Pensé en una historia que dejaba a medio escribir e, increíblemente, por un segundo sentí hambre. Pude decirme a mi misma que no tenía arrepentimientos, que había cometido errores pero que ninguno me pesaba, porque había pedido perdón y había reparado el daño, y jamás había herido a nadie intencionalmente. Todos aquellos logros, académicos y laborales, aquellos de los que tanto me enorgullecí, ahora se sentían vacíos. Ellos que amé eran lo importante.

-No sentí dolor físico porque el dolor de no poder estar ahí para mis seres queridos era sobrecogedor-

Antes de saberlo estaba recorriendo por última vez la Ciudad Universitaria que tanto amé. Observé los detalles dorados del pastor de nubes, las obras de Narváez, y miré hacia arriba para contemplar por última vez las Nubes de Calder. En Tierra de Nadie me tendí sobre la yerba, y sentí contra mi piel el tacto frío de las olas en una playa de mi infancia. Había perdido conciencia de la acera y del puñal. En aquellos últimos instantes mis sentidos ardieron con imágenes, olores, sensaciones y sabores, -con sentimientos- y supe ya que se acercaba inexorablemente la muerte. Quise abrazarme a la vida, pero ya no había tiempo. Creo que apreté con fuerza el rosario de madera que colgaba de mi cuello, y me consolé pensando que tal vez de aquel lado (¿en el cielo?) sí estuviera Dios, como tanto había creído. Y pedí con fuerzas que todos los que amé supieran que los había amado, y que me iba, no por decisión mía, sino por la de aquella mano, y aquella cuchillada. Porque yo jamás los hubiera dejado.

Respiré por última vez y temblé, creo que del miedo de que mi nombre se hiciera un susurro en el mundo, y morí bajo los árboles, o tal vez entre las olas, o quizás en el abrazo infinito que no pude darles, o quizás en tus labios. Morí y no quedó entonces más nada. Era una ausencia en la vida de ellos, tanto como la habían sido el fallecimiento de mis seres queridos.

Y entonces... nada. Ya no estaba, y ellos tampoco. Nada.

No tuve tiempo de ver aquellas caras desconocidas que observaban mi cuerpo inmóvil sobre la acera, y como se asombraban ante las lágrimas que corrían por mis mejillas. No estuve ahí para consolar el llanto de aquellos a los que herí con mi muerte. Ya no estaría para ellos. Y no supe que me habían enterrado, a pesar del inmenso pavor que le tengo a los cementerios y a los funerales. No supe quiénes habían asistido a despedirse de mí, aunque yo no hubiera podido decirles adiós, tal vez a algunos les dije hasta luego. Estaba con Dios y con aquellos que se habían ido antes que yo –o eso creo-. Y antes de convertirme en energía, en viento o tal vez en una ola perdida en el océano, los amé una vez más, con intensidad, y me entregué, para siempre, al sueño eterno...

Teatro vacío

Por Andrea Gómez

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos, según Charlie Chaplin.
Así pensaba él, ahora yo… eso es otra historia.

Pero nunca había creído algo tan fervientemente como lo hago justo ahora, justo el día de mi última presentación.

Yo creo que la vida se ha convertido en un ensayo perpetuo, donde la gente practica y trata de mejorar para un acto final que nunca llega o que nadie ve.

Menos mal que yo nunca me preocupé tanto. La gente vive atareada y sólo estudia para mejorar, trabaja para ganar dinero y progresar. Todo lo que sea por avanzar. Pasan la vida creando un personaje sin ver lo que en realidad hay a su alrededor, sin disfrutar.

Lo que ellos no saben es que al abrirse el telón no hay nadie viendo.

La luz está apagada y los puestos vacíos, están completamente solos, no hay aplausos.

Menos mal que yo me di cuenta de esto antes, logré improvisar toda mi vida. Hoy me voy a ningún lugar, a cualquier lugar… A todos los lugares...

¡Lástima!

Ellos no saben que perderán su tiempo practicando para la obra más simple y solitaria que hay. La muerte.

¿Por qué dèjá vu?

Por Guillermo Geraldo

Había dejado el entremés de la condena infernal. Ignoraba la hoguera caótica provocada por el Mesías Talibán. Para mí podía ser alguna profecía de Nostradamus, el sentimiento del ocaso de mi existencia en mitad de la hecatombe.

La muerte perseguía mi ser. Anhelaba atraparme entre llamas que vestían al World Trade Center. Rostizándome en el horno del piso 87, fue cuando, sentado y resignado abrazando mis rodillas, una voz no dejaba en paz mi mente:

-¿Y esto para ti no es un disfraz? ¿Corbata y pantalón, sumergido en números y cálculos? ¿Qué ocurrió con los sueños de niño? ¿Con el deseo infinito de convertirte en Peter Pan? ¿Prefieres calcinarte o saltar la ventana y cumplir tus sueños?

En ese momento abajo, incluso más abajo del asfalto donde recorren a diario taxis como pétalos de girasol, bajo aquel asfalto de la metrópolis del mundo, con la libertad como estatua; el infierno se sitúa y se impaciente por mi alma y me persuade. Me convence, me arroja. Me hace, metro a metro, víctima de la gravedad, jalándome a toda velocidad y a la vez deteniendo el tiempo para motivarme a apreciar con detalle el último bocado de vida.

Pero… Pero esto lo he visto antes…

Allá bajo el cielo (éste cubierto de humo negro) y con ojos aferrados a la caída comandada por mi pecho que hace frente a la avenida. ¿Es esto un déjà vu?

¿Será que viajamos en el tiempo y una fuerza divina nos retrocede o adelanta?
¿Cómo recordar algo que no has vivido?
¿Y si existen portales del tiempo?
¿Es posible que nuestro futuro sea el presente de un mundo más adelantado al nuestro?
¿Será que no morimos, que sólo nos trasladamos a un mundo más antiguo (pasado) o más avanzando (futuro)?
Si no lo es así ¿por qué existe el dèjá vu?
¿Será que ya todo está escrito, que rondamos en diferentes eras constantemente, por lo que cuando regresamos a un lugar donde ya hemos estado hace demasiado tiempo (quizás siglos) no podemos recordar con lucidez, por lo que tenemos sólo recuerdos vagos que llamamos dèjá vu?
¿Y si todo estuviese escrito y sólo fuese una centrífuga de tiempo, se podría escribir algo más?
¿Y si es verdad que viviremos eternamente, pero de esta forma?
¿Y si no existe el cielo ni el infierno?


A pocos metros del suelo.

Qué sabrosa esta brisa al caer, después de tanto calor allá arriba, pero ¿por qué este dèjá vu? ¿A dónde iré, dónde aterrizaré? ¿En la Edad de Piedra, entre las pirámides del Imperio Maya, Egipcio o en la Guerra de las Galaxias?

Se acaba el tiempo, parecido a los concursos donde el reloj se agota y no sabes la respuesta.

Tengo un presagio, sé que aterrizaré en…