Once muchachos que quedaron picados porque el primer Rally Metropolitano de Escritores les pareció muy corto decidieron irse a los bares nocturnos caraqueños a beber birras y leer literatura. Cuando la cosa no dio para más crearon este blog porque las maravillas que estaban haciendo se estaban desbordando
viernes, 19 de noviembre de 2010
Un letrero en mi camino
sábado, 6 de noviembre de 2010
De zapatos rotos... Y otros.
Debería sentir pena
De contar lo que pasó.
Quiero decir:
Calma, nena,
Ya lo nuestro sucedió.
Nenas, nenes, y señores,
Señoras, políticos, masones,
Todos hemos pasado sinsabores,
Que nos han hecho sentir como los peores.
Confieso que temo al agua,
Y no por ser poco aseado
Sino más bien que la lluvia
No me deja bien parado.
Yo que siempre iba corriendo
(y nunca me he detenido)
por andar, sin estar viendo,
he quedado sorprendido.
Era joven para entonces
y en eso de juventud
el hecho de ser humilde
no resulta usual virtud.
Todo el año yo reunía
(¡Pichirre hasta el descaro!):
Los zapatos que usaría
tenían que ser los más caros.
Y en eso de buscar marcas,
precios y nuevos diseños,
los zapatos eran asunto
que me quitaban el sueño.
Y tenía una dieta "light"
por culpa de mis medidas.
Pero el zapato era Nike,
o sino, quizás, Adidas.
Lo cierto fue que ese año
mis zapatos me compré.
Y me miraban extraño,
pero es envidia (lo sé).
¿Quién me manda a ser sifrino?
¿Cómo pudo haber pasado?
¡En vez de en San Bernardino
compré en el Metromercado!
¡Más vale que no! Dos meses
después de la transacción
me decían: ¡No te estreses!
¡Pues te pasa por guevón!
Así es, queridos panas,
un día de calorón,
el único en la semana,
en que cayó un chaparrón,
fue ese, precisamente,
en el que andaba en la calle,
luciendo mis dos zapatos
(Creo que estaba en El Valle)
Y sucedió de repente,
que el cielo se oscureció,
y Dios le puso dos nubes,
luego las multiplicó,
y así él se puso triste,
y llovió y lloró y llovió.
¡Más vale que no, compadre!
¡Nuestro Dios sí es chancletuo!
¡Por culpa de ese hijo e' madre
me sentí el peor tierruo!
Resulta ser que mis pisos
(como decimos aquí)
me hicieron parte de un guiso
(cual terrorismo iraquí).
Y yo, como en todo guiso,
resulté ser el guisado.
(Vale acotar, como inciso,
que eso es cosa del pasado).
Lo cierto es, mi comadre,
que un zapato tenía un hueco.
¡Ese tuky coño e' madre!
¡Vil estafador! ¡Adeco!
Y yo, que estaba aguardado
para evitarme la lluvia,
terminé más remojado
que en una sopa una alubia.
¿Qué por qué? ¡Ay, no, mi hijito!
¡El agua entró por el hueco!
¡Por culpa de ese maldito!
¡Vil estafador! Adeco!
A la final escampó
y me fui corriendo a casa.
Mi calcetín se empapó
(¡Estos adecos! ¡Se pasan!).
Pero, en fin, en toda historia,
aun en el mal pasa el tiempo,
uno pierde la memoria,
uno se pone contento...
¿Y qué es peor que un zapato roto?
¡Comadre no le dé pena!
¡Compadre, no le dé tos!
¡Pues lo peor que un zapato
roto (por fabricación),
yo les confieso, compadres,
que es tener rotos los dos!
Malhaya aquel ser humano
que con su actuar provocó
Que llorara otra vez Dios
y provocará un pantano.
Se me escapó de mis manos
esta horrible situación:
Fue tal desesperación
que no sabía qué hacer:
si enfrentar el llover
o mi interna inundación.
La lluvia como un toro
Me dio una fuerte coz:
¡No estaba medio mojado,
pues las medias eran dos!
Y perdido en el mar
Que había en mis zapatos
Pensé en toda la gente
Que no puede contar
Con zapatos de marca
(Aunque se encuentren rotos)…
No cuentan con la vida,
No cuentan con nosotros.
Y eso lo lamento,
Pues nuestra sociedad
Se basa más en marcas
Que en una identidad;
Y sin eso, mi amigo,
No se puede avanzar.
Pues mientras nosotros elegimos zapatos
Hay miles de personas que pasan malos ratos:
O viven como perros, o mueren como gatos.
Por eso ahora río
De aquella estupidez
De cuando yo era un crío
Y suave era mi tez.
Sin embargo te digo,
Te lo juro, esta vez,
Que ya no va conmigo
Ese absurdo creer
De “dime cómo viste
Y te diré quién es”.
Y así ando por la vida
Con mis dos zapatos rotos.
Pues, si a mí ya no me importa
¿Le debe importar a otros?
jueves, 4 de noviembre de 2010
Pauta 42: ¿Qué "pe" ni qué "na'h"?
Creo que todos hemos pronunciado estas u otras plegarias para que el universo nos ayude a desaparecer.
sábado, 30 de octubre de 2010
Desde el patio
—El imperio es una contradicción.
—No, lo problemas son tuyos.
Cuando despertó, no había dinosaurios, ni un coño. No sabía por qué había pensado mariqueras ni por qué estaba llorando.
El castillo estaba al final de una calle larga y ancha. A los lados de la calle había casas y puestos de mercado. Ahí estábamos nosotros y los demás plebeyos. Un conde anunció la muerte del rey. Y todos sus súbditos se pusieron tristes. Menos nosotros.
Parecía que el imperio era feliz y que todos los que en él vivían adoraban a su Emperador. Con la noticia de su muerte, los rostros en la calle real cambiaron y llegó una atmósfera de letargo en el ambiente. Pasaron dos días. Un hombre vagaba por la calle. Mostraba su tristeza. Una mujer pedía dinero con su hija. Un perro dormía en la esquina de una casa. El castillo en el fondo era gris. Una nube había tapado el sol a la espera del funeral.
Un hombre pensó que nadie debería estar triste, que el Rey había hecho todo lo posible para que todos fueran felices. Entonces sonrió y empezó a sonar esta canción.
Una mujer vio su sonrisa y le dio miedo. No entendía esa emoción. Tenía tiempo sin vivirla. Por su mente pasaron gratos recuerdos, de los que ya hace tiempo había olvidado. Entonces sonrió. Alguien los vio y dudó de su tristeza. También sonrió. Todos empezaron a sonreír. Se veían, se alegraban. Levantaron sus manos y dieron gracias a Dios por este día y empezaron a danzar. Bailaron la canción que sonaba alrededor de la calle y un cohete estalló. Venía del castillo. Hasta ahí había llegado la alegría que había invadido al imperio. Sonó un segundo cohete. Sonó un tercero. Stop.
Me paré de la cama. Tenía que probar los nuevos diablitos marca Fiesta que había comprado porque eran más baratos.
Play. El castillo estaba rodeado de un aura mágica e indescriptible. Todos los plebeyos se amontonaron en la calle a verlo. En las escaleras que daban a la entrada del castillo estaban las princesas, la reina y varios nobles.
—Renato era Gallarraga. Gabriela Valdivieso era Gabriela Valdivieso.
Frente a la nobleza en la entrada del castillo estaba en féretro con el Rey. La fiesta se convirtió en bullicio y empezaron a desfilar carrozas por el carnaval. Stop.
Queso amarillo, canilla, diablitos fiesta, té de durazno.
Play. Yo lloraba. Lloraba por el Rey que aunque no era su súbdito, me daba tristeza. Los demás estaban muy alegres. Menos nosotros. La primera carroza era de un hombre rojo y gigante. Simbolizaba el placer, según la gente del imperio. La segunda carroza era un hombre verde y mediano. Simbolizaba la paz. La tercera carroza era una mujer azul y enana. Simbolizaba el amor. La cuarta carroza estaba llena de hombres y mujeres que se besaban y que estaban pintados de amarillo. Simbolizaba la riqueza del imperio.
Así pasaron carrozas.
A los dos días, la fiesta estaba por terminar. La nobleza seguía viendo al rey en el féretro y sólo una princesa, la heredera, la más hermosa, la que aún era soltera y virgen, veía las carrozas. Cualquier hombre del imperio daría su vida por ella. Así que todos se esforzaban por hacer su mejor actuación.
Nosotros hicimos un show improvisado. Lo planifiqué yo, pero Valdivieso me ayudó. Ella tenía más ideas. Todos juntos nos pusimos en el medio de la calle, en frente de las escaleras. Justo al frente de la nobleza. La princesa nos veía. Los muchachos del colegio y yo comenzamos a bailar. Éramos los únicos que estábamos tristes. Gabriela estaba tan triste que parecía una flor marchita. Yo intenté animarlos, pero empezamos a bailar en círculos y a saltar. Todo el mundo estaba alegre.
Nuestra tristeza no contagió a nadie, sin embargo a todos les gustó. La princesa se alegró tanto que vino a saludarnos. Nosotros —llorosos— le tendimos la mano.
Así fue que cerró el espectáculo y enterraron al Rey. Stop.
—¿Qué es el imperio entonces?
miércoles, 13 de octubre de 2010
Al final no queda nada
miércoles, 6 de octubre de 2010
Cosas Que Pienso Redactando Una Novela
- Fíjate en este diálogo. Léelo en voz alta. Es demasiado acartonado y ¿por qué tantas putas atribuciones de diálogo? ¿No es obvio quién dice qué? Si no lo es, hazlo obvio, todas esas atribuciones se ven asquerosísimas.
- Este personaje es la vaina más inverosímil que he leído en mi vida. Borra sa’ mierda.
- El ritmo. El ritmo. ¿No está pasando todo demasiado rápido? El ritmo, chamo.
- ¿Es el protagonista lo suficientemente interesante para el lector?
- Todo les está saliendo bien, qué ladilla, algo arrecho les tiene que pasar pa’ que sufran. Ramsey Campbell dijo una vez que cuando no sepas qué hacer con la historia, que dos tipos armados tumben la puerta.
- Para que ese giro de trama funcione, tenemos que plantar las semillas ahorita, right now. Una norma de la escritura: si una pistola sale en el capítulo uno, en el tres se tiene que disparar.
- ¿Soy yo o todo esto es demasiado desordenado? Dicen que la película no se hace cuando se graba, sino en la sala de edición. Espero que esa vaina sea verdad, porque esto hay que editarlo arrechamente, loco.
- La pregunta de los mil millones: ¿Cómo construyo un romance que no sea cliché?
- Fíjate en el verdadero quid de este trabajo: ¿Cuánto tiempo hemos pasado trabajando en esto? Por lo menos cuatro, cinco meses, mínimo. Esto es como sembrar una hectárea de… verga, de lo que tú quieras, de patilla, de piña, de lo que sea, estás sembrando tu hectárea y no tienes idea de si, cuando la saques a la venta, a alguien le provocará comprarla. Es por eso que esta plantación tiene que ser p-e-r-f-e-c-t-a.
- El título de este capítulo. Qué vaina tan cursi y ridícula. Mejor lo dejo anónimo hasta que se me ocurra algo que no me dé ganas de vomitar.
- El papá del protagonista murió de leucemia y yo no tengo la menor noción de cómo funciona esa enfermedad. Nota personal: cuando termine, revisar en wikipedia y corregir lo que haga falta. ¿Qué haría sin ti, wikipedia?
- Fíjate--- no, no, no. Fíjate en el libro que escribió fulanito. Tú me vas a perdonar, pero qué cagada. ¿No podemos hacer algo mejor nosotros? Si a ese carajo le pagan por eso, nosotros tenemos, tenemos chance. A juro, broder.
- Por el amor de dios. Este capítulo es una cagada.
- Acabo de darme cuenta. Hay diálogos que me sé de memoria.
- ¿Tú te acuerdas de la técnica aquella en la que empiezas un capítulo analizando los varios significados de una palabra? Eso es interesante, eso me gusta. ¿Cómo lo metemos aquí?
- Yo tengo que corregir estos errores. Yo. No un editor. Si le llevo esto a una editorial pa’ que ellos lo corrijan, me lo van a pegar por la cara. Yo mejor corrijo mi vaina.
- ¿Tú te imaginas una película de esta vaina? Sería arrecho, marico.
- Esto no tiene suficiente calidad.
- Una locura. Pasando horas hablando con gente imaginaria y escribiendo lo que dicen. Este trabajo es una locura, soy un maldito maniático.
lunes, 4 de octubre de 2010
Pauta 41: En el medio

Isabel Allende no espera la musa. Su literatura nace del trabajo organizado. Su año es planificado en función de su creación; seis meses de lectura, seis de escritura.
Durante sus primeros seis meses, se empapa de lecturas, historias reales y fantásticas, de fuentes externas. Con todo el imaginario recreado, transcurre seis meses masticando ideas y presionando teclas.
Más allá de la disciplina de su método, más allá de la concepción de la escritura como un oficio o la desaparición de la figura de la musa, nos interesa ese estadio místico: entre la idea y la letra. Entre la fuente y la creación.
Enfóquese como se desee: ¿Cómo es el mundo entre la ficción ajena y la ficción propia?, ¿cómo gritan las voces antes de transformarse en historias?, ¿cuál es el peso del alma antes y después de la transición?, ¿cómo, cómo? Como gusten.
Ustedes marcan la pauta, ¿qué hay en la mitad? ¿qué se moviliza y cambia, qué permanece y queda?
martes, 28 de septiembre de 2010
O
Muy a pesar de los rumores que corrían de ella en la Unidad Educativa Pablo Palacios, Amanda era tan virgen como la nieve al caer del cielo. Jamás había visto a un hombre desnudo y los tres únicos besos que había compartido era algo que recordaba como una cacofónica canción de labios y dientes. Por supuesto, nadie en el colegio lo sabía. Para sus pares, ella era la reina indiscutible de la atención adolescente. Era bonita, coqueta y pícara. Cuando iba de un extremo al otro del patio de receso, los ojos del colegio (particularmente los masculinos) la seguían. Podía sentirlos sobre su piel y eso le infundía autenticidad a la sonrisa con la que hacía el recorrido. Le encantaba la mirada que los desadaptados le daban, a medio camino entre desprecio y deseo. Le encantaba el trato especial de los chamos más populares. Cada tarde llegaba a su casa a revisar su perfil de Facebook, consiguiendo cantidades de comentarios en el muro, invitaciones de amistad de gente que nunca había visto y mensajes privados preguntándole cómo estaba y si tenía novio.
Fuese lo que fuese que se dijera sobre ella, no lo desmentía. Si el rumor le gustaba (“¿Amanda? No, esa caraja se la pasa tirando con Derick, el chamo de quinto año. El único que está bueno”), ella lo alimentaba con discreción. Si no le gustaba (“Tres chamos de primaria, chama, tres se la cogieron a la vez. Qué puta, no sé por qué le hablas”), simplemente guardaba silencio. De vez en cuando, alguna amiga infiel hacía un comentario malicioso, porque un adulador no es más que un enemigo secreto. Ella contestaba con una sonrisa neutra y cuando llegaba un chamo nuevo al colegio, Amanda tenía toda su atención tras una semana. Lograba que muchas la odiaran, que muchos la amaran y le encantaba. Ese era el estatus al que Amanda estaba acostumbrada: ellas se frustraban, ellos se masturbaban.
Pero esta era una tierra que ella desconocía, una travesía que no tenía idea de cómo terminar, un viaje sensorial qué recorrer con el espíritu y los labios. Temblaba y le daba pena que la vieran desnuda.
Él no era un chamo que rebosaba carisma, no estaba buenote, ni siquiera estudiaba con ella. Se conocieron cuando Amanda se quedó una semana en Maracay con su prima. Su mamá cuadró el viaje, para que Amanda tuviera algo qué hacer en vacaciones y no se quedara encerrada las 24 horas en la casa. Martín era el vecino de su prima, un chamo flaco y taciturno que se la pasaba viendo comiquitas de muñequitos japoneses, y que jamás, ni en esta vida ni en la siguiente, habría tenido chance alguno con ella. Cinco días después y eventualidades que no describiré en esta ocasión, ahí están, en el cuarto de él, desnudándose el uno al otro con la torpeza propia del extraño en una tierra extraña.
A un nivel consciente, ella quería tocarlo, sentir el calor de su pecho con sus manos, aferrarse a algo que hiciera menos obvio su pulso trémulo. Pero las órdenes se perdían en ese trayecto entre su cerebro y su cognición. Se había imaginado este momento cantidad de veces antes de hoy, siempre deseando ser la fiera en la cama que los hombres dicen desear. Ahora que el momento por fin se había presentado ante sí, lo estaba echando a perder.
En un breve momento de claridad, se miraron a los ojos y él la besó, no un beso preñado de impericia, sino un suave, delicado masaje con los labios y la lengua, inesperadamente cariñoso, inesperadamente personal, incluso para aquella situación. Ella lo abrazó y cerró los ojos. Le pareció escuchar que Martín le decía que no iban a hacerlo porque él no tenía protección, pero esa forma de comunicación, verbal y evidente, estaba en un plano terrenal que ella había abandonado hacía mucho. Viajaba por estas aguas como un bote en medio de la niebla; empezaba a disfrutar el recorrido y a olvidarse de si llegaba a puerto. Se comunicaba por el tacto y los jadeos, no por las palabras y los símbolos.
Y entonces la familia de Martín llegó a la casa, donde se suponía que estarían solos hasta la noche.
Amanda perdió la concentración que tanto había luchado por conquistar. Eran voces adultas, el ruido de bolsas de mercado, de llaves chocando entre sí, de cosas que no tenían que pasar cuando estás tratando de tener un momento íntimo. Se arrepintió de todo. Se sintió apenada, estúpida, quería esconderse bajo las sábanas y vestirse al mismo tiempo. Como no sabía cuál de las opciones tomar, se quedó paralizada. Y Martín, abrazándola y pegándola contra su cuerpo, empezó a masturbarla.
Trató de negarse, le dio palmaditas en el hombro, quiso susurrarle que parara, que los iban a descubrir, pero una nueva sensación, algo que jamás había ni siquiera sospechado que podía existir, empezó a recorrerle las extremidades, el vientre, la garganta y los labios. Estaba asustada, pero la posibilidad de que les descubrieran, de que alguien pudiese comprobar que Amanda era todas esas cosas que se decían de ella —aunque nunca hubiesen oído los rumores— se mezcló con esta nueva emoción que nacía dentro de ella como una bola de fuego rojo. Entendió entonces que necesitaba que los descubrieran.
Pegó las manos contra la cama y apretó las sábanas entre los puños. Gimió. Echó la cabeza hacia atrás y gimió, con la boca bien abierta, entrecruzando las piernas alrededor de Martín, empujándolo contra sí cuando él se asustó y trató de escaparse. Lo miró a los ojos, le sujetó del cuello y lo besó, profundamente, tomándolo de la mano y forzándolo a que continuara con su propósito inicial. Fue así, rasgando los muros del placer, que la mamá de Martín los encontró.
No voy a entrar en detalles sobre lo que pasó después, porque creo que ya se lo pueden imaginar. Lo que sí es digno de mención es que al empezar el año escolar, Amanda disipó los rumores con la misma discreción con la que los había sembrado. No se debía a que ahora era una niña más madura, o a un sentimiento de culpa después del regaño bíblico que su mamá le dio (estaba demasiado clara de que le gustaba que la vieran haciendo el amor como para sentirse culpable). Lo hizo como tributo a la niña que había sido y a la que ya no podría volver. Un tributo a sus sonrisas inocentes, sus dulces, sus muñecas, por las que ahora no sentía sino la más profunda nostalgia. Nunca trató de explicar su cambio de actitud porque no tenía objeto. Era un sentimiento más que una idea, condenado a permanecer como un secreto entre ella y los primeros gemidos con los que se hizo una joven mujer.
Por cierto, la última vez que supe de Amanda, todavía era la novia de Martín, el impopular.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Salada esperanza
La tarjeta de asistencia de Regino Alfonso Duarte marcaba la hora de salida: 13:02. La depositó en el estante correspondiente y salió a almorzar.
Se le había acabado hasta la última de sus latas de atún. No habría lonchera apurada seguida de un paseo atento. Ese día, a costa de su bolsillo, viviría su hora completa afuera de la oficina. El sol coloreaba sus pestañas y dibujaba tras de sí su sombra. El banquero vestido de tonalidades de grises caminaba contando los pasos. Entre el veintidós y el veintitrés ya había tomado su decisión. Comería en el "Don Pepe". Recorrió uno a uno los pasos rumbo al local y afuera, en un instante, escogió su mesa.
La de esquina izquierda. La mesa sin ceniceros, con el menú de la promoción del día y un objeto que llamó su atención. Terminó de trazar su paso número cuatrocientos ochenta y siete cuando dio con la silla. Sentado en ella se avocó a examinar el artículo que lo atrajo.
Las estrellas ahogadas lo miraban con coquetería. Brillaban desde sus montículos buscando un reconocimiento. Suplicaban liberación, aire libre, espacio para dispersarse y darle gusto al mundo. Pero poco funcionaban aquellos intentos. No llamaban su atención las migas prisioneras, sino el vidrio carcelero. El salero era la voz melodiosa entre los gritos.
El garzón consultó por el pedido. Regino Alfonso con un vistazo revisó el precio de la promoción del volante y pronunció: "Un agua gasificada y un bistec a lo pobre, por favor".
Sus ojos volvieron al salero y recorrieron desde los hoyos del metal delgado superior, las delicadas líneas que descendían desde el tope hasta el borde inferior. Se entretenían con la visión semitransparente que admitía la base gruesa. Menguó así la contemplación e inició la precisión de la finalidad de los elementos de tal artículo.
Sal, corrosiva y seca, como melosa y húmeda era su enemiga dulce. ¿Serán necesarias aquellas puntas? ¿No acaso las comidas no dulces, hasta las de sabores más suaves contenían aquel gusto? ¿Es necesario reforzarlas, pronunciarlas, tal como el acento de la "e" fortalece la palabra "él"? No es lo mismo el que él. Quizás tampoco un bistec salado sin sal que uno salado espolvoreado con aquellas arenillas. Quizás eran precisamente tan necesarias para los alimentos como la arena para las islas. Una isla no es agua, tampoco palmeras, sino es la arena firme que...
-Señor. - y dispuso el hombre del corbatín un plato humeante entre el salero y sus manos.
-Muchas gracias. -Habría oído el salero, si tuviera oídos.
Miró el plato, su gran mar, con sus papas fritas, huevos y cebollas, aquellas palmeras y barcos de la isla. Fileteó la palmera-carne y degustó la sábila. Salada, naturalmente salada. Quizás no era totalmente necesario, pero tomó aquel objeto. Sintió la temperatura neutra de aquel vidrio. Pensó en todas las caricias que junto a la suya aquel salero habría tenido y volteó los montículos presos hacia aquel mar con palmeras. Con aquella sacudida, suave por los generosos hoyos del metal superior, conformó entonces aquella isla.
Tanto mejor que el atún. Tanto mejor que aquella comida apurada para su paseo diario. Mojó las papas en la yema. Casó la carne con la clara. El gas de su agua burbujeaba en su boca, refrescándolo de aquel panorama. La cebolla daba alegría al cuarto día de semana. El disfrute de las papas movilizaba el reloj, que ya pisaba las 13:26.
Entre corte y bocado constataba la necesidad de la sal en las comidas, como la del bien en el corazón de los hombres. Ansioso, devoraba uno a uno los indicios de la isla. Desaparecían los restos de las palmeras, los barcos, los granos de arena, todo. Quedaron sus cubiertos náufragos, nadando en la nada de un plato vacío cuando su reloj apuntó las 13:49. Agitado por la tardanza pidió la cuenta y dio a Don Pepe, a través del corbatín rojo, tres mil pesos.
Mientras esperaba su vuelto realizó la operación necesaria. Más rápido que discreto, trasladó la cárcel y las prisioneras al bolsillo derecho su traje. Con ello cerró la operación necesaria de cada día. Destinó a aquel salero a dar a su valija marrón. Desde esa noche, el carcelero habría de acompañar las siete ligas, el biberón, el estetoscopio, los vasitos de papel, las pilas AA, la muestra de champú, la guía turística de Burkina Faso, la Condorito de los mejores chistes de 1990, el protector solar 100, la bolsa de las hasta ahora ciento tres chapitas de latas y el peine azul.
Sus arenas danzarían entre el manubrio, la bolsa de Mc Donalds, el trípode, el ganchito, el CD, los post it y la S del teclado. Se daría vueltas dando mayor gusto a lentes, abanicos, tarjetas de teléfono internacionales, llavero de flores, hojas secas, cucharitas coloridas de heladerías, un chal de alpaca y cuatro curitas de Hello Kitty.
Regino Alfonso, recibió su vuelto y, entradas las 13:54, se dispuso a recorrer nuevamente los cuatrocientos ochenta y siete pasos de vuelta al trabajo, con una escala: el kiosco de Lucila.
-Un loto, por favor.
-¿Y cuándo no? - dijo la vieja, como todos los días.
Tomó con esperanza el billete de lotería que estaba detrás del que sobresalía pues quizás sería aquel boleto de números sellados el que daría el sí al norte. A su norte en el norte. Quizás sería aquel especial Loto el que lo separaría de Chile, de su cubículo gris, y lo llevaría a África.
Quizás aquel salero sería la última adquisición necesaria para el cumplimiento de su sueño. Quizás con las vueltas del salero estaba el golpe de suerte que le faltaba para ganar y respirar la vida en Ouagadougou, capital de Burkina Faso.
Quizás por el salero llegaría la mujer que portará el chal y la niña que, producto de su amor, crecería con el biberón y haría de las ligas y los vasos de papel, sombreritos de de cumpleaños; y de las chapitas de las latas, dijes de cadenas. Quizás por el salero las pilas AA llegarían a una cámara que registraría los viajes familiares a Costa de Marfil para visitar las playas.
Quizás, click click a las 14:02. Quizás por el salero llegaría pronto a la costa de sal con palmeras y el plato gigante que tanto deseaba. Por el salero. Por él. Quizás es él el acento que le faltaba a su proyecto. Quizás, salero, quizás.

