martes, 23 de agosto de 2011

Desapego

Por José Leonardo Riera

José, estás trabajando –como siempre– en alguna de esas empresas que se aseguran de mantener estable la tranquilidad de todas aquellas personas que nos han robado, de alguna manera u otra, lo que nos pertenece. Ellos tienen millones. Tú sólo tienes sueño. Mucho sueño. Anoche, tal vez, amamos más de lo que el tiempo nos lo permite.


Piensas en mí, aún cuando el sistema sólo pretende que pienses en los números de la pantalla del computador y en los espacios rellenos que contienen los deprimidos formularios de tu escritorio. Ellos te lloran diciendo que huyas. Tú sólo piensas en mí.

Tu mirada no es la misma desde hace un tiempo. Tu actitud es violentamente más pasiva. No. Ya no insultas en el metro. No inventas la hora a quien te la pregunta. Le haces el desayuno a tu hermana. Le hablas a tu mamá. Lo haces; y sin decirle mentiras. Las mismas canciones que sonaban en tu oficina con la intención de apaciguarte, y que antaño lo lograban, ahora te hacen vivir futuros, te hacen pensar vivencias, vivir sueños. Tienes sueño. Piensas en mí. Ellos lo saben.


Te amo por todo eso. Por muchas más razones. Pero tienes tres años trabajando y no lo sabes. Fue el nuevo sistema. Te absorbió. Te llevó a otra época, a otra esclavitud, a otra explotación. Te extraditó de esta revolución. No te preocupes, José, yo nunca he creído que esos sistemas sean perfectos. Te rescataré.


Suspiro ante todas las ventanas de aquella aseguradora. El sistema me hace pensar que no tengo la valentía de mirarlas a todas, pero sé que simplemente dejo de hacerlo porque resulta innecesario. Es bueno saber que no me tocó un rascacielos. No. Este país aún no está preparado.

Tuve que elegir –Falaz estrategia del sistema para atemorizarnos–. ¿El ascensor de la izquierda o de la derecha? ¿El del número par o impar? Soy bachiller en humanidades. No tuve temor. Pensé en ti. Tomé las escaleras ¿qué piso? Bajé al sótano. Todo un estratega. El sistema, como buena cloaca, tendrá su salida al fondo, hundida. Me hice espacio entre cadáveres de conserjes y llegué hasta una meseta frente a un castillo.


Da igual. Siempre he pensado que los villanos no tienen mayor creatividad al escribir historias. Se concentran más en sus finales gloriosos y no en cómo obtenerlos. A fin de cuentas, se percataron de que estaba descubriendo todo su plan. Me bombardearon. Por suerte, descubrí a un General Invicto y me colé en ese castillo.



Si el amor se tratase de monarquías, tú serías mi príncipe. Pero, al igual que yo, somos dos amantes luchando con eso de las máquinas del tiempo y de los muros divisorios. Como todos los castillos hoy día, éste estaba sin gente (los poderosos no tienen tiempo de estar en sitios grises).

Te vi. Y te viste. En mis ojos. Tomé tu mano, esa de las caricias y los rasguños. ¿Caminaremos al fin de los tiempos? –preguntaste.

No, Jose –respondí–. Vamos a donde el sol ilumine tu mirada.


Me quité la capa y la puse en el suelo, campo de batalla de ladrillos gigantes contra monte verde. Nos sentamos sobre ella. Juntos. Saqué el helado de chocolate y te hice otro lunar en el rostro. Me miraste con esos ojos color de mierda que tanto amo e inmediatamente después me lanzaste todo el helado en mi cara. Mostré una expresión de enojo. Te reíste. Sonreí. Nos besamos.






Apareció el dragón. Se había tardado ¿no crees? Empezó a lanzar fuego por la boca. Nos botó de su castillo. Nos dijo: ¡Pequeños! ¡Miserables! Y otras cosas que, si eran oídas, nos causaban
risas. A final de cuentas, al ver lo poderosos que somos, prefirió destruir el castillo. Supongo que por eso de lavar y prestar la batea.









Saqué una arepa envuelta en papel de aluminio. Frita.
Rellena de atún. Y comí mientras te miraba. Sí, lo siento. Algunas veces desvié mi vista al dragón, pero sólo para protegerte. Eructé. Te dije que te amo. Sonreíste.



El dragón. Su risa. Tus ojos. El castillo arruinado.
Mi cuerpo. Mi sonrisa. Tus lágrimas. Nuestro futuro arruinado.

Así, la batalla en el suelo terminó, teñidos todos con mi sangre. Tomé tus manos. Perdóname –pedí.

Caí sobre ti. Te inundé de sangre.

Caíste sobre mí. Me inundaste de lágrimas.

Todo desaparecía. El castillo. Las planillas. El general. El sistema. El helado. El computador. El sótano. Los cadáveres. El dragón… Yo.



– Ya puedes abrir los ojos. ¿Lo imaginaste bien? –t
e pregunto al tiempo que quito mis manos de tu cabeza– ¿Pudiste vivirlo en tu mente?
– Sí –respondes con los ojos inundados– podría jurar que viví todo lo que me contaste.
– Ya ves, José. –te digo– Te construí otra realidad y terminó destruida. Perdimos todo, fatales cosas pasaron y sigo aquí. Contigo. Podemos empezar de nuevo. Siempre. Entonces ¿qué es lo peor que podría pasar?

miércoles, 17 de agosto de 2011

Besos con Sabor a Synth-Pop

A las seis de la tarde, ya estás harto, te duele la espalda, tienes demasiado calor y el aire acondicionado te enfría demasiado las manos.

Es una cuestión de debilidades adquiridas.


El trabajo es genial. La gente es agradable y la paga es buena. Aunque lidias con el público prácticamente toda la jornada, muy rara vez obtienes a alguien con actitud, con problemas de personalidad. Los histriónicos. O los que creen que al no seguir las reglas son un copito de nieve especial y diferente a todos los demás.


No obstante lo bueno, para cuando me tengo que ir, estoy preparado para colapsar sobre la cama. Lo he pensado, cómo quizá no he desarrollado la coraza protectora contra la marcha laboral —que realmente no existe, de la misma forma en que los matrimonios perfectos no existen.


Al grano: estoy cansado y me voy a mi casa y no quiero saber nada de nadie.


Entro en el ascensor, solo, pulso el botón de planta baja y recuesto la espalda en la pared de la caja. Tratar de dormir en el breve instante en el que el elevador me lleva a mi destino será un secreto entre la cámara de seguridad y yo.


La puerta no se termina de cerrar. Ella mete primero una de sus manos, blanca, frágil, de estatua, seguida por un brazo delgado. La reconozco mucho antes de que el resto de su cuerpo pase entre las puertas que se separan; algo así como cuando Moisés separó las aguas, pero electrónico y mucho más femenino.


Se ve diferente. Lleva el cabello distinto, ha abandonado sus ropas góticas, tiene un aire ya no de chama, sino de mujer. El rostro. Los ojos. Esas manos de porcelana. El orden de los factores no altera el producto.


Se detiene durante breves segundos cuando me ve y entonces entra. Como si hubiese pensado qué haría si nos volviésemos a ver por casualidad, que es exactamente lo que yo he hecho. Les da un vistazo a los botones del ascensor y pega su humanidad contra una esquina, la más alejada de mí.

La odio. Con la furia ardiente de un millón de soles.


Para que la historia tenga sentido, habría que ir al pasado y, cansado como estoy, no planeo darnos a todos un viaje por la campiña del recuerdo. Puedo darte los elementos básicos (y dime si esta historia te resulta familiar): un chamo conoce a una chama. Por esas vueltas que da la vida, terminan juntos en un breve, pero intenso episodio de como cuatro meses. Algo sucede en lo que serían las últimas semanas: empiezan a evitarse porque, parece, no pueden soportarse. Van en direcciones muy distintas. Tienen tiempo sin hablar de verdad y cuando lo hacen, la conversación es tensa. Están buscándose motivos para discutir —casi siempre los consiguen. Ella cree que él está muy distante. Él cree que ella está demasiado irritable. Tienen tiempo sin hacer el amor –si es que alguna vez lo hicieron.


El final fue explosivo. Aquella tarde, él estaba muy ocupado y ella lo llama. Al ver su nombre en la pantalla del celular, él se pasa una mano por la cara. Diez segundos después están peleando (rompiendo un récord personal), pero esta vez hay insultos nuevos. Ya no se trata de ganar la discusión, sino de lastimar. Aunque las palabras varían, lo que se están diciendo es “muérete”. El otro responde “no, muérete tú”.

Fast-forward.


Estamos en el ascensor otra vez.


Las respiraciones son pesadas, como las que tenían los vaqueros momentos antes de que terminara el duelo. El ascensor muestra los números en verde digital. Descendiendo. Un reloj en retroceso pertinente no al tiempo sino al espacio. Se supone que todo pasa por una razón y a mí sólo se me puede ocurrir que en el cielo están Jesús y San Pedro haciendo las apuestas. En esta ocasión, los gladiadores pelearán con dientes y uñas.


Es increíble. Lo único que quiero es llegar a mi casa, darme un baño y dormir, pero resulta que ahora tengo que lidiar con esto. En el libro de Cómo Joder Irremediablemente Tu Día Antes De Que Termine, este es el capítulo uno. La situación sólo podría empeorar si se va la luz y tengo que compartir quince minutos más con ella, bajo la muy apropiada luz de emergencia. Hey, esto es Caracas. Puede pasar.


El ascensor.

Baja.
Demasiado.
Lento.

Toso con discreción y en mi siguiente aliento aspiro su aroma, a durazno, a limón, a tardes de burlarnos de la cultura pop. Dicen que los sonidos y los aromas son el más fuerte gatillo de la memoria. El sonido que trae los latidos de su corazón es el de conversaciones profundas y a veces ridículas sobre el futuro. Ella me hablaría de todas las maneras en las que el problema del mundo es que está lleno de personas, yo levantaría mi cerveza y brindaría por ello. Estoy haciendo un esfuerzo consciente por detestarla, casi tengo que repetirme que la odio. Se aclara la garganta, llevándose sus deditos a ese punto sobre su tráquea, como el instante previo a cualquier comentario suyo que sería seguido por una burla mía, sentados en la acera bajo la luz edulcorada de los faros nocturnos, compartiendo una cerveza o un cigarro, como se comparte un beso que en exceso puede ser nocivo para la salud.


Acuérdate de que la odias.


Es importante eso.


Este ascensor no va a llegar nunca a planta. Pego las manos a la pared y tamborileo suavemente con los índices. No me doy cuenta de que es una canción que nos gusta a los dos hasta que ya voy por la mitad de la estrofa. Esto es ridículo. Necesito concentrarme en una forma de desquitarme de ella, alguna venganza inútil, infantil, que haga que me mire con ojos llenos de odio fingido, amenazándome con un puño pequeño de muñeca china, como siempre hacía.Sonrío, al espacio, a nada en particular, a las memorias. Levanto los ojos y ella está sonriendo también. Por un corto suspiro, el que hace el ascensor al frenar para abrir las puertas, nos cruzamos las miradas. Reímos. Las puertas se abren.

“¿Cómo estás?” digo.
“Bien. ¿Y tú?”
“Todavía malaconducta”.
“Qué bueno, no me decepciones. Sabes que… lo más raro es que me he acordado de ti burda últimamente. Vi esa película que te gusta, la del vampiro con Willem Dafoe”.
“Shadow of the Vampire”.
“Ah, ¿ves que yo me acuerdo? Y tú no te acuerdas de nada mío, you bastard”.
“Más o menos; nunca te presto atención cuando hablas, en verdad”.
“Yo sé, yo sé”. Helos ahí, el odio fingido y el puñito.

Hay gente con la que cuesta molestarse.

Es una cuestión de debilidades adquiridas.


Las puertas empiezan a cerrarse de nuevo y en una estocada le doy al botón para evitarlo.


“Señorita” le señalo la salida con una mano.

“Gracias”, dice ella y salimos juntos.

jueves, 4 de agosto de 2011

La Historia de Cómo (casi) Matamos a Conehead

Voy a hacer trampa para esta pauta.

Sé que se trata de quién eres, pero después de darle todos los enfoques que me resultaron atractivos, descubrí que no quería hablar de quién soy sino de quién fui. Sí, ya sé que eso no está muy bien, que se acuerde una pauta y uno salga después con otra cosa. Pero los voy a recompensar con una historia que nunca le he contado a nadie. Y es de mi infancia. ¿Ya tengo tu atención? Sí va.


Estaba creo que en quinto grado. Para hacerle contexto a lo que viene, tienes que comprender que yo siempre, de toda la vida, he sido amante de las películas de terror y ciencia ficción y tal. Si tiene monstruos, robots, tiros o sangre, ahí estaba yo pegado a la pantalla. Si te sientes moralista, puedes decir que es lo que pasa en una cultura donde la violencia es habitual, porque mi mejor amigo del colegio era parecido. El juego por elección era Doom, el primero que implantó efectivamente ese género en el que ves tu arma saliendo de un borde de la pantalla y le disparas a los enemigos que van saliendo (entre los entendidos, se llama “shooter de primera persona”). Si lo juegas ahorita te va a parecer una ridiculez, con los píxels y las voces electrónicas, pero en aquel momento era la gloria. Podías pasar horas matando muñequitos, tripeándote las gráficas muertes (si le disparabas a los soldados con un lanzacohetes, los despedazabas).

Aparte de Doom, Mortal Kombat II. La mejor parte era al final, los famosos fatalities. Tu enemigo ya no tiene energía y cuentas con pocos segundos para meter un código secreto. Si lo hacías bien, tu personaje le agarraba los brazos al otro y se los arrancaba de un tirón. Chorros de sangre salían, acompañados con los gritos del desafortunado. Excelente.

Separados de los videojuegos, todavía teníamos la imaginación. Nuestro juego favorito de los recreos era anónimo, pero aquí vamos a llamarlo “La Matancita” (porque así era que uno de los maricas con los que jugábamos lo describía, “estoy cansado de jugar a La Matancita”. Pajúo). Era simple: mi mejor amigo y yo éramos asesinos. Todos los demás eran víctimas. Al principio del juego, elegimos armas (las guadañas, navajas de barbero, martillos y motosierras eran burda de populares). Ya, eso es todo: corran. Ganamos nosotros si los matamos a todos, ganan ustedes si se salvan.


Puede sonar preocupante, pero era bien inocente. A veces uno de los demás jugadores pasaba a asesino (que yo recuerde, ni mi mejor amigo ni yo fuimos víctimas, nunca) y nos reíamos burda. Esta era la época en las que los demás niños creían que eran adolescentes y nos tildaban de “gallos” porque todavía jugábamos y leíamos cómics. Nadie jamás se tomó algo del juego a ofensa y mi mejor amigo y yo dejábamos las acciones macabras al campo de lo imaginario.

Excepto aquella vez.


Uno de los chamos que andaba con nosotros, vamos a llamarlo “Conehead”, era la ladilla personificada. Vulgar, mentiroso, metido, de esos carajitos que creen que las estupideces que hacen son gracias y hay que aplaudirlas. Nadie se calaba a Conehead, así que gravitó hacia nosotros, que descubrimos en poco tiempo que tampoco teníamos paciencia. Lo intentamos todo, desde no hablarle (“Qué ladilla, ahí viene Conehead” me decía mi amigo. “Ignóralo, así se va rápido”) hasta amenazarlo con golpes. Era inútil. El maldito siempre se sentaba con nosotros, todas las putas mañanas, a hablar de cual de las niñas ya se estaba desarrollando, o cómo ver porno en la tele.


Sólo quedaba una solución. Había que matarlo. O sea, ¿qué más quieres? Pensamos en todo.

Fue en educación física que tramamos el plan. Todavía me acuerdo, sentados en las gradas, como siempre lo hacíamos mientras todo el mundo jugaba fútbol. No teníamos pistolas y no queríamos llevar cuchillos al colegio –si alguien nos descubría, habría sido difícil de explicar. No, la solución era tóxica. En mi casa había unas pastillas desinfectantes que, si las dejabas en las esquinas, mataban insectos y demás pestes. Cuando elegí ese método, no lo hice por la simbología (Conehead era una maldita plaga), sino porque darle un nestea envenenado era sencillo. Él siempre se compraba el vasito plástico; si uno lo aislaba y distraía mientras el otro metía la pastilla –que habría sido machacada en polvo–, el estúpido se la iba a tomar. No sabíamos cuánto veneno usar, así que acordamos dos pastillas. En retrospectiva, dos no contenían la toxicidad suficiente para matar a una persona, el plan estaba destinado a fracasar, pero nosotros no lo sabíamos. Éramos unos niños planeando un puto homicidio.

El impacto de esa idea no nos llegó sino mucho después, cuando ya teníamos los ingredientes a la mano y había que esperar al receso. A las ocho y media, salíamos y esperábamos a que el mariquito se compre su desayuno. Uno se acerca a hablarle de Mortal Kombat y a mostrarle una revista con todos los fatalities. Cuando Conehead volviera a su desayuno, nosotros miraríamos. De ahí pa’ adelante, el plan perdía detalle.

Bueno, uno de nosotros dijo “¿No has pensado en lo fácil que es esto?”

“Sí”.
“¿Qué va a pasar después? Podemos hacérselo a todo el que nos moleste”.
“No había pensado en eso”.

Era una conversación en la que no nos veíamos a la cara. Recuerdo estar concentrado en mi mono deportivo.


“No quiero que matar a una persona se haga más fácil. Y si matamos a Conehead, eso es lo que va a pasar”.


En nuestras mentes pre-púberes, el plan era a prueba de fallas. Pero estábamos conscientes de que cada crimen que repites aumenta las probabilidades de que te agarren. No lo sabíamos, pero estábamos experimentando una respuesta habitual entre los delincuentes: toda consecuencia es preferible a ir a prisión. No estábamos pensando en nuestros padres (el shock y el dolor que sentirían), ni en los padres de Conehead (eh, no nos importaba nada de él), ni en volvernos el tema de un capítulo mal actuado de Archivo Criminal. Nos importaba no ir a prisión, unos niños que ignoran que pararían en una cárcel de menores que no se parece en nada a las que salen en la tele.

“Chamo… qué ladilla” dijimos y botamos el veneno.


Así de simple, pasamos de potenciales nuevos homicidas a asesinos de píxeles habituales.


Lo siento, ojalá esta historia tuviera un clímax más dramático.


Ese año, la profesora, que también odiaba a Conehead, decidió hacerlo repetir de grado, nosotros pasamos y él se quedó. Otros los heredaron y fuimos felices hasta unos dos años después, que empezó la pubertad, y volví a odiarlos a todos y unos años más tarde Eric Harris y Dylan Klebold tomaron las armas a su escuela y yo pensé “Hey, esa idea no está tan mal”.


Pero no, ese cuento es para otro día.



lunes, 1 de agosto de 2011

Princesas

Te presentamos a ti, querida lectora, la nueva y mejorada guía, que la podrá a usted a un paso más cerca de ser una verdadera princesa, la protagonista de su propio cuento de hadas. Guía exclusivamente diseñada, para todas aquellas mujeres que han perdido la esperanza en los finales "color rosa".

Parecer una princesas con tan solo 10 sencillos tips:

  1. Comprar una tiara. Si su presupuesto no le alcanza puede adquirir una de plástico.
  2. Teñirse el pelo de color amarillo. Para mayor credibilidad, usar lentes de color azul.
  3. Retirar de su armario todo lo que no sea de color rosado o violeta.
  4. Sonría mucho, incluso si se encuentra encerrada a lo alto de una torre.
  5. Tener una madrastra malvada. Nota: Al conseguir tu madrastra malvada, asegúrese que venga incorporada con un par de hermanastras de tipo celosas.
  6. Entender y poder comunicarse con los animales, preferiblemente a través de canciones. Dictamos los cursos, para mayor información comunicarse con 0800-HADA MADRINA.
  7. Conquiste un hombre que tenga complejo de héroe, y que su cita ideal sea matar dragones mientras la salva de un incendio.
  8. No acepte nada gratis. Nunca se sabe cuando esos "pequeños regalos" podrían estar envenenadas.
  9. Busque un hada madrina que trabaje las 24 horas del día. Es importante que sus hechizos duren después de la medianoche.
  10. Nunca vaya a un baile sin una zapatilla extra.
También podría adquirir la versión extendida que incluye el nuevo libro: "Viviendo mi felices para siempre". Para mayor información, escriba al correo: yosigoesperandomihadamadrinaymiprincipreazul@hotmail.com

jueves, 28 de julio de 2011

Aquellos Días de Gloria

Para salir a la calle, se ponía una chaqueta, un pasamontañas, lentes oscuros. Hasta guantes. Por supuesto que todavía lo reconocían, pero por lo menos lo estaba intentando.

Recorría el bosque. La primera parada era en El Caldero de la Bruja, buscando la mentada poción para el dolor. Era la fase más delicada de las compras porque siempre había algún pajarraco curioso, alguna hadita con ganas de chismear. Querían comprobar que el Lobo Feroz era una sombra de aquella bestia famosísima.


Agarró el frasco del anaquel y se miró reflejado. Ay, Lobo, aquellos días de gloria. Todos los cuentos te querían en el elenco, cuando Caperucita dio un paseo por la campiña, cuando los tres cerditos quisieron vivir por separado, cuando el niño gritaba “lobo” hasta que la estrella apareció. Eran días de cuentos y noches de parranda. Se volvió loco con todas las groupies, desde sirenas hasta algunas de las hadas que hoy le echaban tierra. El mundo está plagado de ingratos.


Ahora los malos de los cuentos eran hechiceros malvados, clones sin corazón, espíritus sin imaginación. Lo echaron en el baúl de los recuerdos. Mucho había pasado desde la última vez que estuvo en la portada de un libro –y no veía cerca su retorno al medio que ayudó a construir. Esa era una de las cosas que le hacía aullar por la noche. Los estúpidos aún creían que aullaba de hambre.


Fue al mostrador y montó la poción.


–Lobo –dijo la Malvada Bruja del Oeste–. ¿Cómo estás, mi vida?


Una vez se rapó todo el pelo del cuerpo y se puso lentes de contacto violetas. En una dimensión donde toda clase de criaturas puede existir, a él todavía lo reconocían. Era deprimente.


–Aquí –contestó–. En esta esquina.

–¿Como cuando yo era pobre? –la bruja agarró la poción y le pasó el código de barras por la máquina.
–Como cuando tú eras pobre.

La Bruja cobró. Echó el frasco en una cesta.


–Son veinte diamantes, Lobo.

–Bruja, ¿te puedo hacer una pregunta, y me perdonas la indiscreción?

Ella se inclinó sobre la barra. Sus senos se abultaron bajo el escote. Verdes, como manzanas.


–Por supuesto, mi vida. Soy toda tuya.
–¿Cómo lo lograste? Más de sesenta años de que apareciste y todavía eres popular. Sigues saliendo en cuentos, te inventan nuevas versiones. La gente quiere saber quién eres. Tienes hasta un musical.
–Ay, mi rey –sonrió y fingió echarse aire con una mano–. No es un trabajo fácil, eso sí te lo garantizo.

“Wow, sí. Te ves tan cansada” pensó Lobo.

Se sacó los diamantes de la chaqueta. Agarró la cesta.

–¿Cómo están esos dolores? –preguntó La Bruja.

–No me duele. Es para tener, por si acaso me llego a enfermar. Uno nunca sabe.
–Por supuesto, Lobito, prevención.
–Adiós, Bruja.

Dio media vuelta y cruzó el pasillo, con las pezuñas causando pequeños besos sobre las baldosas del suelo. A mitad de camino paró. Volvió la cabeza.


–Bruja… ¿no piensas nunca en…? Tú sabes. El pasado.


Bruja, que miraba algo sobre su caldero (burbujeante, cubierto de vapor, verde y espeso), alzó las cejas. Contestó sin verlo.


–¿Dices… tú y yo?

–Sí.
–Ay, no mucho, Lobi. Eso pasó hace tanto… y sabes cómo es El Fauno, es medio celoso.

Lobo bufó. Se lamió una pata y se la pasó sobre el hocico.


–Claro –dijo–. Yo tampoco pienso en el pasado.


La segunda parada era en el barbero. Jareth era un artista de la estética, pero podías pasar horas perdido en el laberinto. Y bastaba que lo viera un goblin para que se enterara otro y si hay una cosa que corre más rápido que el fuego son los rumores. Azulejos con cámaras se le echarían encima y ya se confeccionaba el titular con la fotografía más humillante, “LOBO FEROZ PERDIDO EN EL LABERINTO: fuentes dicen que huía de Campanita”. Era tan vulgar y artificial; Lobo conocía a un reloj cantarín que tenía más creatividad.


Terminaba de vuelta en la cueva. Se quitaba los lentes, la chaqueta y todo lo demás, se daba un baño en el arrollo y se echaba un trago de la poción. Picaba en la garganta, pero la mejoría se hacía casi al instante. A veces la mezclaba con un poquito de Bebida Espiritual, de los Cementerios de la Historia Sin Fin, como para darle un toquecito extra, para que de paso le quitara la tos. Y se sentaba frente a la calabaza.

Lo primero que salió en la cuenca era una vieja amiga, Caperucita. Bailaba con los Siete Enanos (“eso no tiene sentido, ni siquiera son de la misma historia”, pensó) y se contorneaba como serpiente. Una vergüenza. Lobo cambió el canal. Los Tres Cerditos hablaban de cómo construyeron un imperio, del negocio de bienes raíces y opinaban sobre la inducción de muggles a la magia, que era algo sobre lo que ninguno de los tres tenía idea, pero igualito parecían expertos. Hijos de puta chanchos. Cambió el canal otra vez. Ya no hay respeto. La Sirenita estaba en The E True Fairyland Story, hablando de Úrsula, de lo arpía que era, de cómo convirtió a su papá en menos que un parásito y, de paso, se veía ho-rrí-ble con ese sobrepeso.


–Jajaja, Úrsula, qué maldita –rió Lobo y se echó complacido con el espectáculo.

Entre la Urilex y la Rapacus

Inquieto y sin sueño, le pidió a su padre que le contara un cuento.

-Pero uno especial, papá.
-¿Especial cómo?
-¡Un cuento de terror!
-Pero no vas a poder dormir, no no, ¿qué tal un cuento de vaqueros en el cercano este.
-No, ¡quiero uno de terror, pero ya sé! ¡uno sobre lo que te da terror a ti, no a mí, papá! Así podré dormir.

El hombre pensó, y astuto ingenió:

-¡Bueno!... Verás, muy muy lejos, arriba hacia las estrellas, entre la Urilex y la Rapacus, hay un lugar único: No es propiamente un planeta, es como una nebulosa que, sin forma y sin masa, no se ve, pero se oye y se siente. Este espacio peculiar es el lugar que habitan las hadas.

-¿Hadas, papá? ¡Hablamos de terror!

-¡A ver, debes esperar! Lo que pasa es que estas hadas son extrañas. Cuando hablamos de hadas nos elevamos y pensamos en magia y vida, pero no. Estas hadas son oscuras y solitarias, vagan sin norte y sin fin. Arrastraban sus amarguras entre las colinas galácticas invisibles. A veces, en los malos días no sólo se atravesaban entre sí sin voltear, sino que se peleaban y terminaban arañándose. ¡No querrás nunca que un hada se enfade contigo! Ves una cosa espeluznante: Se cruzan sonrisas falsas, miradas desteñidas, y chispazos negruzcos.

-¿Y por qué están así, por qué no revolotean por ahí torpes y alegres como se supone que son los espíritus del bosque y esas cosas?

-Aunque no lo creas, nadie lo sabía, hasta que uuuuna de las hadas se lo preguntó y buscó respuesta. Naina era su nombre. Naina se tropezaba como las demás, pero no era igual que ellas. Un buen día, cansada de tener tener las uñas sucias y el ánimo apagado, se animó por entender su presente y cambiarlo.

Leyó libros de las antiguas leyendas y no dio con la razón de la transición: ¿por qué antes dichosas y mágicas, estaban ahora ella y sus pares consumidas de desidia y nostalgia? Gracias a las pistas de su investigación, dio con una idea: la mayor hada conocida, la hada madrina, podría ayudarla a entender. Empeñosa, decidió ir al otro lado de la nebulosa infinita para verla y salvar su especie.

Pasó infiernos y mareas y dio con el risco más alto que puedas imaginar. Voló durante años hasta que sus alas casi se apagaron de agotamiento. Por fin llegada a la punta divisó a esta hada retirada, una vieja de carnes sueltas. Era casi imposible pensar que centurias atrás haya sido tan esbelta como contaban los vientos y las más dulces historias.

Aquella no tenía ninguna intención de soltar explicaciones, pero hubo algo en el alma de Naina que la impulsó. Las palabras salieron de su boca primero llenas de tedio, pero pronto se solapaban, se vertían apuradas unas sobre otras. Cuentan que lo que Naina escuchó fue similar a esto:

En el pasado las hadas eran felices, como felices eran los hombres que compartían sus historias. Ellas susurraban a los niños y humanos agradables anécdotas de dulces caballeros y princesas de almas y cabelleras hermosas. Sus alas fluorescentes movían hilos invisibles que daban un brillo especial a la luz solar, y daban una calidez impensable al viento terrestre. Revoloteaban y mejoraban el mundo. En sus narraciones los pastores y las ardillas, como los reyes y las mariposas, eran aliados de los humanos. Juntos construían palacios y vidas dichosos y soñadores.

¿Pero sabes qué pasó? Es complejo. Durante milenios las hadas impregnaron a los niños de flashes de colores, pero los niños fueron cambiando. Los que solían recibir con ilusión a las ninfas y las hadas, fueron perdiendo la esperanza. Dejaban de respetarlas gracias a nuevas prácticas: nuevos medios, juegos violentos, burlas entre compañeros. Los niños perdieron la capacidad de compartir sinceramente, de empatizar con los afligidos.

Así, los susurros de las hadas se hicieron mudos. Y las figuras aladas despertaban de pronto fastidio y hostilidad. Los niños las ignoraban, las alejaban. Aquellas parecían entorpecer sus disposiciones. Atravesadas frente a pantallas incesantes, recibían por miles dolorosos manotazos, cual fueran moscas e intrusas. Las hadas lucharon, pero fue muy difícil. Exhaustas, se replegaron y flotaron inmóviles, hasta alcanzar por azar la nebulosa que ahora las reunía.

Todo esto escuchó Naina con gran pesar. Profesaba, indigna, que no entendía cómo se rindieron sus antecesoras. Cómo no lucharon por el corazón de los niños, cómo escogieron retirarse.

El hada de antiguos tiempos replicó lentamente: ¿Acaso no te has rendido tú?, ¿cuántas lunas debieron pasar para que vinieras a verme? Los niños dejaron de creer en nosotras. Y nosotras también dejamos de creer: en ellos y en nosotras. Para criticar a tus pares, deberás lograr que un niño crea, tan sólo uno. Y con ese uno, luego sólo otro. Esa es la cruzada de quien osa cambiar el mundo. ¿Eres tú?

Esa es la historia de la que se tiene registro. No hay en lugar alguno continuación de esta historia, se desconoce qué sucedió. De modo queeeee... ¡a dormir!

-¿Quéeeeeeee? Espera, ¿qué pasó, lo logró, algún niño creyó en ella?

-A veces las historias se truncan, es tarde, trata de dormir. - y salió con premura de la habitación.

Nuestro niño quedó impactado. Sin respuestas, con una historia tan fantástica como terrible. Más inquieto aún que al inicio de esta historia se dio vueltas hasta que concibió la idea que sin querer pronunciaron sus labios:

-¿Soy yo?... ¿Naina? - y juraría por el resto de su vida, que una cosa rebotó en el techo y salió por la ventana dejando una estela rosada.

miércoles, 27 de julio de 2011

Sólo de Ti


Sólo de Ti

Jessica Márquez Gaspar

Cuentos de hadas
Sueños infantiles,
Imaginación que corre
Sin detenerse,
Lo increíble es posible
En el universo mismo de la palabra.
Y tal vez no sea cierto
Lo que cuentan
Los cuentos.
Tal vez sea mentira,
Yo lo creo,
Porque de finales felices
Se sabe poco.
Son, en realidad,
Nuevos comienzos
Momentos efímeros
Que abren puertas
Que cierran ciclos
Que se alzan imponentes
Mientras no llegue la brisa a tensar sus velas
Y empujarlos hacia el norte.

Porque en aquellos momentos en que creemos tenerlo todo
Realmente no queda nada
Y cuando la lágrima termine de recorrer
Tu mejilla
Sólo quedará la nada,
Pero de ella nace todo
De ella se alza lo imposible
Y justo cuando creas
Que no existen los finales,
Y menos felices,
Y que todo final
Es un comienzo,
Llegarán a ti
Llegará a ti
La magia perdida
La inocencia recobrada
El momento perfecto en que la vida
Como en los cuentos
Y como las hadas
Quieren devolverte la ilusión
Y de las ilusiones se construyen castillos
Y de las ilusiones nacen nuevos inicios felices
Pero ni de los cuentos, ni de las hadas,
Nace la felicidad...

Sólo de ti

Un cuento de hadas diferente

Era una noche fría, oscura y deprimente, como todas desde que Marie había desaparecido. Nadie podía explicarse lo sucedido, nadie excepto Daniel, quien tuvo la mala suerte de presenciar algo que la mayoría cree hermoso. Hadas.

Primero que nada debería explicarles quiénes son Daniel y Marie, ¿cierto? Son hermanos, cristianos, de buena familia y grandes amigos, caritativos, sus vidas limpias y claras como el agua… o al menos eso daban las apariencias. Marie asistía a la secundaria de la vecindad, y Daniel apenas cursaba el quinto grado, ambos con muy buenas calificaciones.

Un día de primavera, Marie huyó de casa, o eso se creyó. Durante horas la buscaron en todos lados, incluso en la iglesia, donde decía que amaba estar. Nada. La policía no tenía pistas que seguir, ni siquiera los mejores detectives lograron dar con ella. Interrogaron a muchos, y de nadie consiguieron alguna confesión realmente valiosa. La niña no estaba, se fue sin dejar rastro. Daniel comenzó a tener problemas a las pocas semanas, estaba inquieto, nervioso, a tal punto que sus padres lo internaron en una clínica para poder controlar su estado mental.

Los doctores no conseguían que dijera una sola palabra, nadie en realidad podía lograr tal cosa. Daniel pasaba día y noche mirando la ventana de la habitación de paredes blancas, como esperando a que alguien viniera. Había dejado de ser el niño risueño y alegre que era para convertirse en un manojo de miedos. Y es justo en esta parte en donde comenzaba la historia que yo quería contarles: él sabía lo que pasaba con Marie.

La mañana del día en que su hermana desapareció, Daniel había descubierto un paquete bajo la cama de sábanas tiernas y rosadas. No pudo con la curiosidad y sacó el contenido del bulto ya abierto, pero cuando iba a echarle una ojeada, escuchó sonidos en el piso de arriba, correspondiente al ático de la casa. Era la voz de su hermana con otras voces nada agradables, parecidas al chillido que hacen las uñas contra una pizarra. Subió despacio mientras los sonidos se hacían más fuertes, escalofriantes. Abrió la puerta y se encontró con muchas motas de luz blanca que salieron disparadas hacia la ventana.

Antes de que todas huyeran, divisó dos cosas: el cuerpo de su hermana tirado en el suelo, y la última de las luces blancas que no había notado su presencia. Era un hada: pequeña y delgada, más bien raquítica, con algo parecido a piel pero más gastada y marchita, de ojos negros como el azabache, expresión fiera y colmillos filosos cual agujas. Daniel no dijo nada, no hizo falta. El hada salió despedida como las demás y todo fue silencio. En unos instantes lo que quedaba de Marie tampoco estaba, y Daniel supo que lo siguiente no sería nada bueno.

En su estado de miedo y aversión combinados, bajó de nuevo al cuarto de su hermana y buscó el paquete. Jamás sabría lo que había en él, porque también había desaparecido, pero en su lugar había una nota que rezaba:

Marie pensó que su historia podría tener un final feliz. Se equivocó, ¿cierto?


Daniel tomó el papel y lo guardó, estaría seguro con él. Salió de la habitación y cerró la puerta, dejando todo intacto. Sus padres no tardarían mucho en darse cuenta de que su querida hija no estaba, y la policía voltearía la casa una y otra vez buscando respuestas. No las encontrarían.

Marie creía en las hadas y ellas vinieron a llevársela. ¿Que por qué? Nadie lo sabe. Pero una cosa sí está clara: si crees en los cuentos de hadas, algún día descubrirás lo que son en realidad. Daniel lo sabrá por siempre, y me parece que Marie, en donde esté, lo sabe también.

jueves, 14 de julio de 2011

Cierra la puerta


Federico: Apúrate en entrar, ¿quieres?

Cecilia: Estoy tratando de no hacer mucho ruido, ¿sabes? para no llamar tanto la atención, pero contigo es imposible, a menos que dejes de gritarme cada vez que me monto.

Federico: Disculpa Ceci, me pone nervioso tener que venir a buscarte en mi carro, ya todos incluso conocen la placa.

Cecilia: Tranquilo mi amor. Antes de salir me aseguré que toda la familia estuviese en sus respectivas camas, en especial Patricia.

Federico: Patricia, mi "amada" Patricia. Estuve con ella todo el día, y creo que está empezando a sospechar algo. Últimamente me ha hecho preguntas muy concretas. ¡Que difícil es todo esto!

Cecilia: Lo sé corazón. Me parece extraño que mi hermana sospeche algo, sinceramente no lo creo, tú bien sabes que siempre ha sido un poco, o mejor dicho, muy despistada. ¡Ay Señor! Pero no te imaginas cuanto la envidio, el solo hecho de que ella pueda estar contigo cuando quiera o como quiera me mata, simplemente me mata. Desgraciadamente nos ha tocado compartir nuestro amor de ésta manera.

Federico: Ay Cecilia Alejandra ¡Cállate y Bésame!

Cecilia: Adoro cuando lo pides así.

-Después de unos minutos de un silencio apasionado -

Cecilia: Fede, ¿que haremos? No podemos seguir en esto.

Federico: Pero linda, yo te amo. Lo juro. Patricia, tu hermana, no es amor, es...estoy con ella por compromisos a tu familia, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? Me estoy cansando.

Cecilia: No es tan sencillo, es mi hermana. Se supone que no debería traicionarla y menos con su novio, ¿entiendes? Yo soy la oveja negra.

Federico: Muchas suposiciones. Y detesto cuando usas los "deberías". Las cosas no son así, no tenemos la culpa de amarnos, ¿entendido? Por cierto me encanta la cara que pones cuando estás preocupada.

Cecilia: No me cambies el tema.

Federico: ¡Coño Cecilia! ¿Vamos a perder nuestro tiempo discutiendo lo que ya nos sabemos de memoria? Dos horas, únicamente dos horas y no las aprovechamos como se debe.

Cecilia: Tienes razón. Hablamos de esto mañana. Baja los seguros y arranca. Ya bajó la vieja y chismosa de mi vecina a pasear a su perro, nos puede reconocer.

Federico: No te preocupes tanto Cecilia, mi carro es silencioso.

Cecilia: Si claro... Apúrate, por favor. Creo que ya nos escuchó.