Once muchachos que quedaron picados porque el primer Rally Metropolitano de Escritores les pareció muy corto decidieron irse a los bares nocturnos caraqueños a beber birras y leer literatura. Cuando la cosa no dio para más crearon este blog porque las maravillas que estaban haciendo se estaban desbordando
jueves, 15 de julio de 2010
Cartas Amarillas
jueves, 8 de julio de 2010
Sólo cinco minutos
martes, 6 de julio de 2010
Lo que suele cambiar es el punto de referencia
Hace cierto tiempo me preguntaba cuál era la diferencia entre arriba o abajo, un lado u otro, el Norte o el Sur. Todas esas cosas pueden ser afectadas por una sola cosa, un punto de referencia, el lugar desde donde se miren.
Para algunos las cosas pueden ser malas, buenas, tristes, felices, agrias o dulces. También es posible afirmar que algo puede ser alto, bajo, frío, caliente, verde o azul. ¿Qué tienen en común? Que no importa lo que sean, siempre varían dependiendo de la perspectiva: se mueven, viven y repiran a su merced.
Podemos sacar como única conclusión que en nuestra vida nada es como decimos que es si eso está visto por otra persona. La perspectiva no es sólamente visual, olfativa, táctil, auditiva o del gusto; es, además, algo que va más allá de los sentidos. Al parecer todos podemos hacer uso de eso, sea lo que sea, y darle formas diferentes al mismo hecho.
Es como si pudiéramos por un momento ser pintores, escultores, chefs, compositores, cantantes. Creadores de belleza con muchas características que los diferencian, pero algunas pocas que los hacen tener nexos. Es aquí donde quizá notemos puntos de separación, o quizá notemos que no los hay. Absolutamente todo es esclavo de una perspectiva o muchas.
No importa al fin y al cabo lo que tengamos al frente, siempre y cuando podamos darle la forma que nos apetece que tenga. De eso está compuesto el mundo, nuestro mundo, el mundo de todos.
jueves, 1 de julio de 2010
Dos personajes… Una historia
-¿Qué recuerdo de ella? Sus labios.
-No, amiga, hay días que me hace mucha falta…
-No se, tal vez, algunos días, así como lejanos, la pienso.
-Pero hace tanto tiempo ya de eso… que lo mejor sería olvidarlo.
-Han sido tantas, pero tantas las que vinieron después de ella, pero ninguna se le compara, ninguna.
-He pensado en llamarlo varias veces, ¿sabes? , preguntarle cómo le ha ido, si al final consiguió el trabajo que tanto quería, pero me da miedo llegar a escuchar que es completamente feliz sin mí. No me lo tienes que recordar, yo sé claramente, que estoy siendo egoísta.
-Le debo tantas disculpas. Ella fue la única que me dio su sincero apoyo. Cuando quise ir a trabajar en aquella empresa, ¡fue la única que me ayudó! Y ni siquiera llamé para agradecerle cuando conseguí el trabajo… ¿Puedes creerlo? Ya debe estar casada y con dos hijos, siempre quiso dos, le gustaba los números pares.
-¿Lo que más extraño de él? La forma en que me tomaba entre sus brazos y me hacía sentir segura, sus caricias y las miradas en silencio, ¡Ah! Y cómo siempre llegaba con una sonrisa a mi casa.
-Cuando la abrazaba, me miraba de tal manera, como… como si fuera su héroe o algo así, me gustaba eso. Extraño su aroma, y su café en las mañanas, y sus notas en el refrigerador. Éramos felices y no lo sabíamos.
-Me acuerdo que siempre lo ayudaba a vestirse, aunque no me lo pedía, yo sabía que necesitaba de mis consejos para la ropa. Se veía muy bien con su traje azul.
-Odiaba que escogiera mis atuendos, me sentía como una Barbie, mejor dicho como un Ken. Y como detestaba ese traje azul. Pero al final siempre la dejaba que me vistiera, eso la hacía sonreír.
-Estuvimos juntos por cuatro años y nueve meses.
-Yo nunca había pasado de los tres meses.
-Prácticamente vivía en mi casa, claro, como tenía piscina.
-Ella no salía de mi apartamento, el jacuzzi influenciaba mucho en su decisión. Todos mis vecinos la amaban.
-Las navidades las pasábamos juntos, conoció a mi familia y todo. Mi abuela lo adoraba. Él sabía dar una fiesta, siempre era diversión cuando se encontraba presente.
-En los años nuevos se venía con mi familia a la playa, eso sí era una celebración. Sus parientes aran agradables, la única que me preocupaba era su abuela, me miraba de forma muy extraña, rara la señora.
-Todavía me acuerdo de ese día, en que todo se arruinó.
-Sí, fue un siete de noviembre.
-Para ese momento lo único que me preocupaba era la salud de mi papá, había enfermado gravemente, y él no lo entendía, no quería entenderlo. Me gritó que tenía miedo, miedo de hacer algo impulsivo, algo espontáneo y quería de verdad algo para mí.
-Me había llegado una oportunidad, de esas que se ven solamente en las películas, bueno casarnos en París, amigo ¡París! Su respuesta fue total sorpresa, un rotundo ¡No! Ella me dijo que estaba loco, que era un desconsiderado, que cómo se me ocurría pedírselo en esos momentos.
-No paraba de repetir que yo no cedía nada en esta relación, que estaba botando todo a la basura con una excusa tan barata.
-Llorando me gritó que no estaba lista, que su papá la necesitaba.
-Me dijo que si tanto quería irme, que me fuera de una vez. Me acusó de no pensar en el futuro de la relación, yo le preguntaba que cuánto tiempo más tenía que esperar, le decía; ¿tienes acaso esperanzas de que llegue uno mejor? ¿Es eso?
-Me habló desesperadamente, y no la quise escuchar. Cerró la puerta mientras su boca pronunciaba que era el peor.
-Supongo que pude haberlo apreciado más, él siempre me complacía y daba todo por hacerme sentir contenta.
-Supongo que debí entenderla, escucharla, esperarla.
-Qué idiota fui, tantos recuerdos, tantos sueños y todo se esfumó.
-Tal vez si la llamo… y aclaramos las cosas, vuelva a mí.
-Tal vez si lo visito… y aclaramos las cosas, me pida que vuelva con él.
lunes, 21 de junio de 2010
Ella
Ella es rara, muy rara.
Le gusta mirar la luna al revés y colecciona objetos perdidos. Los más raros que tiene son un flamenco rosa que se convierte en paraguas y un cuadro de naturaleza muerta con un marco en colores vivos. Todos los lunes come en Friday’s y todos los domingos deja de comer. Organiza la ropa de su armario por colores, a pesar de vestirse de un solo color. Llora con las películas de acción y se ríe con las de terror.
Tiene un gato llamado conejo y lo saca a pasear con una cuerda de saltar. Le compra de juguete un celular, y se compra para ella un ratón particular. Su nombre es normal, casi como ella, ¿Verdad? Respirar, Cervical, ¡Espiral! Se llama Espiral. Su salón está en su cuarto, y su baño en la cocina. Me pregunto si querrán saber qué cocina; para los más curiosos, nada en especial. Solo tortillas de tomate y ensalada de alfajores, con el postre que nunca falta, que es el revuelto de flores. Casi parece un poema, un poema de mil horrores, vida rara la de esta chica y sus alrededores.
Espiral tiene sólo tres amigos, que son Círculo, Rombo y Pirámide, mas de ellos no hablaré. Va a la escuela y aprende sobre todo, geografía, música, pintura y matemáticas. Le fascinan los números que ve en literatura y las artes que descubre en la clase de deportes. Cuando se asoma a la ventana ve ladrillos nada más, pero cuando se acerca y mira dentro de un vaso, hermosos paisajes la suelen asombrar. Qué divertida me parece, pero debo despedirme ya. Se acaba mi tinta azul, y la roja que ella me ofrece no tengo ganas de usar.
Como ven, así es todo. Ella es mi amiga Espiral. Sí que es rara, muy rara...
jueves, 17 de junio de 2010
Mariana
Siempre se me ha hecho fácil, a la hora de escribir, crear los personajes. Ellos son quienes a lo largo de la historia me narran al oído sus acciones. Me cuentan cómo son, qué hicieron y por qué. También me describen el lugar y son ellos quienes deciden su destino.
El personaje de esta historia también se creó solo, su problema es que es mitómana. Ella se llama Mariana y comenzó contandome que fue secuestrada cuando tenía quince años por el caballero oscuro y que en menos de dos días el caballero de la luz la había rescatado y regresado a su castillo. Pasaron tres años y el caballero de la luz, quien se hacía llamar para ese momento Jack, le pidió matrimonio, Mariana aceptó. Se casaron en una caverna oscura, su traje de novia estaba hecho con partes de piel de mamut y Jack caminaba por el altar desnudo.
Para su luna de miel fueron a Atenas, pasearon por el ágora y hasta se encontraron con Sócrates quien les preguntó una serie de cosas bastantes extrañas. Conocieron el Partenon y comieron el mejor rissotto del mundo.
Ya entenderán por qué se me hace tan difícil escribir una historia sobre Mariana Y Jack. Ella simplemente habla y cada cosa que me cuenta es más absurda que la otra.
Jack le pidió a Mariana que se fueran a vivir a una comuna que quedaba en las afueras de NYC. En ese momento Estados Unidos estaba en plena guerra con Vietnam y había un grupo de jóvenes que se hacian llamar hippies. Mariana no recuerda nada de esa etapa de su vida. “Dicen que si recuerdas los 60 es porque nunca estuviste ahí”, y se reía.
-No me gusta esta historia, Mariana, te voy a ser sincera. Voy a borrar toda tu historia.
Oí un grito muy agudo en mi cabeza y abrí los ojos.
-Está bien, Mariana, nuestro único modo de comunicación es esta hoja, no vuelvas a tratar de romperme los oídos.
-Está bien, perdon.
-Lo siento, pero tu historia no tiene sentido, no es ni buena y esto va a ir a un blog donde todos mis amigos lo puedan leer. Van a creer que estoy loca, lo siento, Mariana, pero tu historia es absurda.
-Antes de que hagas algo te puedo explicar que no es mi culpa. Nunca me creaste un contexto ni un espacio-tiempo. Mi historia puede ir hacia donde me dé la gana, esto es tu culpa y no mía. Mientras me creabas dijiste que yo podia inventar mi propio destino y no me pusiste límites. Yo viajo a través del tiempo y nadie puede afirmar lo contrario, total, vivo en tu cabeza.
-O sea que hay que delimitar el espacio y año de tu personaje para que no ande paseando por las épocas… no se me había ocurrido. Bueno esa es tu historia, Mariana, espero que la pases bien en la tierra prometida. Por otro lado, en el mundo real, litrómano, debes litimar a tu personaje. Ponle una epoca, un año, un día, si quieres también una hora. No dejes que se escape y cuéntanos un pedazo de la historia a traves de él.
lunes, 14 de junio de 2010
Yo Soy El Escritor
Yo soy el escritor.
Construyo gente falsa para que sea querida, odiada, despreciada, amada y amigas de gente real. Observo a la vida a mi alrededor, cómo suenan las cosas, cómo se mueve la gente, cómo se habla, cómo se piensa, cómo se actúa, porque eso me permitirá retratar mejor al mundo real en mis historias. Antes, escribía historias de terror. Ahora escribo de lo que sea. La literatura da para todo. Es la mentira que nos permite llegar a la verdad.
La gente me pregunta por qué paso tanto tiempo escribiendo. Por qué no me puedo levantar para ir a comer. Por qué tengo tiempo para escribir y no para otras cosas, “más importantes”. A dónde pienso que voy a llegar con esto. Los escritores mueren pobres. No eres drogadicto, homosexual ni delincuente, ¿de qué vas a escribir?
Asiento. Lo que tú digas. Aún si te explico, no lo vas a entender.
Salgo a la calle con un libro en la mano. Leo en el autobús, en el metro, en el carro de mi amigo, en la sala de mi casa, durante el almuerzo y la cena, en las salas de espera, caminando a tiendas, en las colas para pagar servicios. Conocidos se me acercan a hablarme de libros que ya leí y de películas… basadas en libros que ya leí. Compro libros nuevos por Internet, en grupos de a cuatro y cinco. A veces, me atrapa el estilo de alguien nuevo y me sorprendo detallando los elementos de la prosa, como un mecánico observando el motor de un vehículo que desearía haber diseñado él.
Conozco al Microsoft Word mejor que a la cocina de mi casa. Cuando me quedé sin computadora, escribí a mano y, cuando gasté los bolígrafos y las yemas de los dedos me dolían, consideré comprar una máquina de escribir.
De vez en cuando me pregunta alguien si “eres tú el de las historias”.
Sí, soy yo.
“Me gustó mucho como manejaste la trama y el ambiente tenía un no sé qué buenísimo, pero… ¿por qué el bueno se murió al final? ¿No te parece que termina en una onda demasiado pesimista?”
Es terror. Se supone que debe ser pesimista.
“No necesariamente. Puede parecer que el malo va a ganar al final y, en ese momento, algo salva al bueno. Reza, consigue una pistola o algo”.
Ese final jodería la historia. Es estúpido.
“Es que no creo que deba terminar así. Habiendo tantas cosas buenas en el mundo, ¿por qué escribes de estas?”
Me encojo de hombros. ¿Por qué te gusta la pepsi más que la coca-cola? ¿Por qué te gusta el cine de comedia más que el de acción? Pues así funciona. No es como si tuviese mucha elección en el asunto.
Estoy en reuniones bohemias con gente “artística” y todos hablan del simbolismo de Drácula. Todos son poetas y novelistas, todos conocen a Nietzsche y a Byron. No beben cerveza, sino vino. Desprecian a los best-sellers porque prostituyen a las letras.
“¿Y tú qué piensas del simbolismo?” me preguntan.
Me hago el guevón.
“Víctor. ¿Qué piensas del simbolismo en Drácula?”
Me parece que es la sublimación de los deseos sexuales reprimidos de Stoker. Consciente o inconscientemente, es una herramienta.
“¿Una herramienta? No, el libro se trata del control de la sexualidad victoriana. ¿No te habías dado cuenta?”
Creí que el libro se trataba de un vampiro valaco que viaja a Londres y de la lucha de un grupo de mortales por repelerlo. ¿Qué sé yo?
No leo críticas muy en serio. Si quiero hacerme una opinión de algo, lo leo por mí mismo. Me irritan las paredes estomacales los “intelectuales” que se sentirían mejor si La Tapadera fuese una tesis doctoral de Derecho Tributario, en vez de las luchas de un joven abogado por salirse del lío en que se metió con la mafia.
Soy el equivalente literario del guitarrista que aprendió a tocar el instrumento, tocándolo.
Te podría decir que escribo porque suelo estar solo, o porque siempre me ha gustado leer o porque me permite poner fantasías en papel y entretener a alguien con ellas, pero esa no sería toda la verdad. Escribo porque si no pudiese hacerlo, sería un sujeto infeliz, neurótico y probablemente alcohólico.
Me voy a dormir y la cabeza me queda dando vueltas sobre personajes, tramas, eventos que creo que sucederán en mis cuentos y novelas, rememorando lo ya escrito, rediseñando escenas. A veces lo hago cuando la gente me habla y cuando escucho conferencias.
Hace un año empecé a sufrir de dolores agudos de cabeza y ante el prospecto de tener un tumor cerebral, fui al médico. Llevaba por dentro la esperanza de que me dijeran que era la vista y así poder unirme al club de los escritores cegatos. No tuve suerte, era sólo jaquecas aburridas.
No me gustan las reuniones de “bohemios” donde si nunca has escrito un poema eres una vergüenza nacional. Si tú eres un escritor atormentado, solitario y miserable, yo también lo soy. No necesitamos conversar de eso.
No encajo entre los bohemios. Odio a los intelectuales. No soy drogadicto, ni homosexual, ni delincuente. No fumo. No tengo defectos en la vista. No escribo poesía. No bebo café.
Pero yo soy el escritor.
Comprensión inusual
Clara nunca fue valiente. En situaciones de peligro había reaccionado mal. Pero nunca había estado amenazada más que ella misma. La presencia de su familia motivaría sus acciones, las más concienzudas que realizaría en vida. Responde con una calma inesperada: "Bien, no te preocupes, yo te daré cuanto necesites, pero permíteme por favor meter a mi hija y a mi madre en un cuarto." Inicialmente el hombre rechaza su petición. "No vine a hacer caridad", diría. Sin embargo, Clarita lo convence con la promesa de que colaboraría, daría sus pertenencias sin objeciones.
El hombre la acompaña. La sigue rumbo al cuarto, oye la nerviosa petición y ve a la niña, curiosa, obedecer sin cuestionar la orden. Una vez cerrada la puerta, Clara prevé la impaciencia del hombre, por lo que inicia:
"No soy rica, pero cuanto he comprado es ahora tuyo. Tengo unas cadenas, algunos zarcillos de oro blanco, algo de dinero, una laptop, una computadora, dos DVDs, un perfume nuevo. Espera y te lo traigo todo."
Confundido, el hombre la sigue y la observa paso a paso mientras recoge sus pertenencias y las mete en un bolso de playa.
"No te preocupes, entiendo perfectamente, todos tenemos problemas", diría Clara.
El hombre desconfía, quiere irse, pero no encuentra qué decir.
La mujer simpatiza con su silencio apremiante, y continúa:
"Seguramente tienes problemas y situaciones que solventar –echa sus zarcillos y sus pulseras al bolso–. Si es que ya la vida normal de por sí es tan difícil –deposita con cuidado los perfumes envueltos en camisas–. Un mercado, un cine, todo tan caro –vacía la cartera y libera sus billetes–. No me imagino cosas realmente importantes y difíciles –guarda las botas francesas que le regalara su hermana–. Cómo hace la gente con familiares con enfermedades de esas caras. Por eso sí doy yo gracias a Dios…"
Va de lado a lado, llenando ya el segundo bolso mientras habla de la tasa de desempleo y la inflación que “nos consume a todos”. Tras unos minutos de movimiento, lleva los bolsos a la puerta, se voltea y da con sus ojos. "Hemos terminado –y las siguientes palabras no las olvidaría nunca el hombre:– Gracias. Gracias por permitirme proteger a mi familia."
El hombre sorprendido, alcanza a pronunciar nervioso: "Gracias a usted, realmente". Toma las maletas, se despide apenado y cierra la puerta.
No ve necesario amenazar para que no llame a la policía. Y ve bien. Clara se toma unos segundos antes de seguir actuando. Se sienta en el sillón y piensa en modificaciones vitales cuando suena el celular. Exhausta, lo deja sonar. Luego de tranquilizar a su madre y a su hija, escucharía a Luisa Pereira excusarse. Ella fue la última cliente a la que Clara esperó con la puerta abierta, pero no la última persona a la que entendería y perdonaría sin razón.