martes, 10 de enero de 2012

Estranged

por Victor Drax.


El hombre conocido como Devil John despertó con el tan familiar sabor pastoso dentro de la boca. Llevaba las pestañas legañosas, barba de una semana, el cabello enmarañado. Parecía bien encaminado a volverse el hermano del Unabomber: un maniático que vive en los bosques fabricando explosivos. Qué modelo a seguir.


Extendió la mano a la mesita de noche y agarró el vaso. Reconfortante al toque, como la mano de una amante. Se sentó en el borde de la cama. Pasándose una mano por la húmeda frente, se llevó el vaso a los labios. Seguía frío, vodka con naranja.

Vio su reloj de pulsera, comprobando con un doloroso eructo que había dormido sólo cuatro horas. Esta vez no hubo terrible fiesta la noche anterior, no hubo colegas que estaban ahí para destruir la casa, nada de jovencitas buscando perderse entre sus sábanas, nada de simiescos traficantes de pecados. Se quedó solo, tomando en su casa frente a la tele. Y llevaba hora y media de retraso hoy.

Pues la reunión tendría que esperar, se dijo. Como seguía vestido con la ropa con la que se durmió (y que le daba una presentación más o menos pasable), se echó una chaqueta de jeans encima y unos lentes oscuros. Salió, todavía con el vaso en la mano, sintiendo a sus poderes debilitarse bajo la luz del sol. Era un crimen y un tremendo acto de desconsideración el que la discusión que decidiría el futuro se realizara de día. Si servía para algo, era para confirmar que lo que les había unido había dejado de existir.

Condujo al hotel, aparcó, se bajó y buscó el salón de conferencias. Ahí estaban reunidos: Gode Burton, Crowley y Robby Vance. Los que habían sido sus otras mitades en ese estilo de vida que se llamó Tangerine Dream.

“Devil, nos honra tu presencia” dijo la voz, violando la santidad de su turbulento silencio interno como un musculoso nazi le habría hecho a su recto en prisión.

Carlos Matlock, el mánager. Nunca puede faltar el mánager.

“Viene borracho” dijo Crowley. “Un gesto bonito, John”.

Devil le hizo la señal del dedo (no la del diablo,
la otra) y tomó asiento. Cruzó las piernas. Se llevó el borde del vaso a la boca y sintió una oleada de pesada decepción el descubrir que el vaso estaba vacío. Qué lindo. Se lo había bebido sin darse cuenta, seguía sediento y sacudía un pie violentamente.

“¿Qué están tomando ustedes?” preguntó. Esta sería una reunión muy larga si pensaban tenerla abstemios.

“Nada, John. No bebemos nada” Crowley al ataque otra vez. El líder de los hipócritas, el hijo de puta ese, porque bastaba sólo un tenue estudio a sus ojos inyectados de sangre y a su decadente nariz de reno mágico radiactivo para entender que había inhalado a la mitad de Bolivia hacía al menos una hora. Si Crowley seguía siendo la mitad del aspirante a cantante que Devil conoció doce años atrás, entonces el vocalista de Tangerine Dream acompañó esos pases con ginebra o ron.

“Puesto que todos estamos aquí (y podemos asumir que el señor Beauford no nos acompañará), demos inicio a la reunión” dijo Matlock, como un árbitro que da el permiso para una paliza disfrazada de boxeo.

“Muy bien” dijo Crowley. Señaló a Devil con el dedo. “Quiero que él abandone el grupo. Podemos conseguirnos otro bajista”.

Lo que es el estúpido de Christian “Crowley” Cheese ignoraba era que cuando la cocaína entra en el cuerpo y se mezcla con el alcohol, se convierte en un compuesto llamado “cocaetileno”, responsable de un descenso en la presión arterial y cerca de la mitad de las muertes relacionadas con el polvo de ángel, debido a falla cardíaca.

Aquí estaba. Tanto que se vanaglorió de ser el hombre culto del rock, cuando le valía de nada. Porque existe una palabra para los hombres que deben echarse un trago tan pronto se despiertan.

Antes de afrontarlo, Devil posó su vaso en el suelo y entrecruzó los dedos.

“Para mí, esto es una formalidad” dijo. “Como un funeral. Hagan lo que quieran, decidan lo que les dé la gana. Yo ya sé cuál es el resultado”.

Y se desconectó, dejándose caer en el fondo onírico de ese sillón.

“Bien, muy bien, qué bueno que podemos contar con Devil John” dijo Crowley.

Estaba de pie, entre los colegas e interesados que reposaban en muebles, sacudía los brazos, abría bien los ojos, gotas de saliva salpicaban de su boca cuando pronunciaba palabras con erre, ese y te.

“Yo no voy a permitir, no sé qué pensarán ustedes, pero no voy a permitir que ni el marica de Kelly, ni este inepto” señaló otra vez a John, “ni ningún productor derribe a esta banda. Es mi banda. Son mis letras las que la gente reconoce. Y de verdad, sin que me quede nada por dentro, todos los que quieran romper este grupo me saben. Que se vayan al carajo. Ultimadamente, yo no necesito a Tangerine Dream, puedo seguir por mi parte, hacer una banda nueva, seguir una carrera en solitario. ¿Ustedes creen que son mi única opción? Ustedes no son mi única opción. Si la gente va a los conciertos es para verme a mí. Nadie le ha entregado a este proyecto más de lo que le he entregado yo y he visto como cada uno de ustedes se ha ido desligando, que si yéndose de vacaciones por ahí, o con proyectos paralelos, o tocando para otra gente, haciendo soundtracks, eso lo que da es vergüenza. ¿Gode y el otro no quieren seguir? Gran cosota. Sigo yo solo. Me quedo como miembro original de Tangerine Dream. Hago como Axl. No es mi problema lo que el cabecilla de una disquera piense, ya nadie compra discos, todo es mp3 esto o aquello. Que se joda ese negro puto”.

“No puedes ser el único miembro de Tangerine Dream y conservar el nombre sin que los muchachos firmen un documento” dijo Matlock. “Y, uh, Crowley. Creo que el término étnico correcto es ‘afroamericano’”.

“¿Qué?”

“Creo que el término étnico co…”

“¿A MÍ QUÉ COÑO ME IMPORTA EL TÉRMINO MALDITO DE LOS COJONES?” Crowley le dio una patada a un enorme jarrón azul con blanco, a lo dinástico asiático, y el envase de porcelana giró sobre su propio eje, se tambaleó de acá para allá y Crowley había salido de la habitación dando gritos y escupiendo, cuando por fin cayó, separándose en pedacitos que ya no podrían volverse a unir. Matlock miró, con el rostro asomándose entre sus dedos.

Gode bostezó. Nada de esto era inesperado, desde la pasividad de Devil hasta la rabia de Christian. Las cosas habían dejado de funcionar mucho antes de que sus coetáneos se dieran cuenta y desde la noche en la que se dio cuenta de que su banda sólo se hablaba para sacarse temas de dinero, él se fue preparando mentalmente para lo que sería el golpe final. Sí, él se fue de vacaciones, a las playas de Yucatán. A caminar con el agua del mar acariciándole los tobillos. A bucear, a recolectar caracoles. Tenía cuatro años que no probaba una gota de alcohol y mucho más que no se echaba un tabaco. Veía al mundo con distintos ojos. A los amores (y vaya que Tangerine Dream fue su gran amor) debe abandonárseles como a la vida misma: con más gratitud que pesar. Friedrich Nietzsche.

“Podemos resolverlo” dijo Robby. “No tenemos que separarnos”.

El guitarrista suspiró. No abrió la boca. Cerró los ojos. Inhaló y exhaló en grandes tragos. Crowley andaba fúrico porque Kelly los dejó y ahora tenían que conseguirse otro guitarra de acompañamiento. Devil veía la marcha de Kelly como a todo este proceso: con decepción. Pero fue Gode, su hermano de las cuerdas, el que más lo entendía, pues porque se lo consiguió tres semanas después de su renuncia, en las oficinas de uno de los patrocinantes. Iba a devolver unas caras botas de cuero que le regalaron.

“Kelly” llamó Gode. “Kelly Beauford”.

Kelly lo miró, girándose con parsimonia. Se había cortado el pelo. Se había dejado la barba.

“Gode, amigo”.

“Tienes que volver al grupo. La banda se cae a pedazos”.

“Lo sé. No sé cómo decirte esto, gigante. Trascendí, ya no me importa esa vida. Mi camino pertenece a otros besos ya”.

Gode calló. Titubeó, a punto de contestar. Pero no pasó de eso, la tentativa. Kelly le posó una mano en el hombro.

“Algún día lo verás como yo” dijo. “Tangerine Dream fue mi vida, me le entregué en cuerpo y alma. Fue mi primer y único amor. Pero a veces no se supone que compartamos nuestra vida con esa primera llama. No quiere decir que dejemos de querer, porque no creo que llegue a dejar de amar a esa banda y a ustedes como personas, nunca. Pero sí es un amor que se transforma. Y he entendido que mi futuro yace en otras relaciones, otros proyectos, otro horizonte. Me contenta haber vivido lo que viví con ustedes. Pero es hora de marcharme, Gode. Estoy ansioso, de hecho, de ver lo que el futuro tiene que ofrecerme”.

“Y… ¿y si nunca grabas otro disco?”

“¿Quién dijo que yo quería volver a grabar?”

Kelly cogió su morral, desparramado en el suelo, y fue a la puerta giratoria del recinto.

“’El dolor del hombre que fui me impide convertirme en el hombre que puedo ser’. Lao Tse. Adiós, Goodie” dijo. Y se fue de su vida.

Gode se pasó el resto de la semana leyendo de filosofía, del futuro, del pasado. Kelly tenía razón.

“Ojalá y no tuviéramos que pasar por esto” dijo al fin, con su ronca voz de dios nórdico. “Pero ya que estamos acá, asumámoslo no como la muerte de algo, sino como el nacimiento de otra cosa. Todo parto es doloroso”.

“Okey, ¿Gode? Estás pasándotela mucho con los tipos de TooL” dijo Robby. “¿Acaso soy el único que no quiere que las cosas se acaben?”

La respuesta vino en la forma de callada indiferencia.

“Saben que vamos a volver, ¿no?” insistió el batería, “Como Van Halen. En diez años, estaremos otra vez de gira”.

“No conmigo” dijo Devil, mirando al techo con sus bifocales tintados. “Una vez esto acabe, para mí, es para siempre”

“Devil… tienes que darnos una oportunidad, se lo debemos a los fans, al futuro”.

Callaron.

“No. Me niego. No”.

Robby Vance se levantó del sillón.

"Nada puede separarnos, este es nuestro destino".

"Lo que tú digas"

Vance salió de la recámara con los párpados cansados, con vapor saliéndole de la garganta, con la visión arenosa. El futuro siempre había sido este proyecto y ahora que no estaba ahí, no sabía cómo era que se vivía. ¿Cómo podían tomar ellos la decisión de romper la banda y forzarlo a él a aceptarlo?

Necesitaba un trago. Y por ahora, necesitaba alejarse. De la banda, de la prensa, del dinero, de todo.

Es el fin de la historia. Acéptalo con las botas puestas.

El rock está muerto.

lunes, 9 de enero de 2012

Café con sal

Por Gabriela Camacho

Se miró al espejo una vez más, cerciorándose de que no se había puesto el vestido negro que él adoraba. No quería que pensara que lo usaba como una táctica para que volvieran, aunque no hubiese sido un mal truco del todo. No. El vestido negro seguía colgado en el armario, que estaba abierto de par en par y vaciado casi en su totalidad sobre la cama. ¿Preocuparle cómo iría vestida? Para nada.

Al final, decidió ir con un jean desteñido y una camiseta, porque después de todo hacía calor afuera y vestirte elegante para que alguien rompiera contigo era una estupidez. Él estaría esperándola en el mismo sitio de siempre: un café pequeño con poca gente y un menú nada variado; es curioso que hoy ese hecho la irritara, cuando siempre había amado ese lugar sin gracia. Daba igual.

Salió al sol de abril y caminó un par de cuadras. Cuando vio el destartalado anuncio donde apenas se notaba el nombre del local, supo que había llegado la hora. Entró y lo vio sentado, distraído y con aire ausente, en una de las mesas del fondo. Se acercó sin vacilar, porque sabía que mientras menos tardara, más rápido terminaría esta novela dramática. Se sentó sin saludarlo y lo miró sin expresión alguna, ocultando todo posible rastro de dolor o “decepción de futura ex novia furiosa”.

Él ordenó dos cafés. Ella rechazó uno. No quería café, quería que él pronunciara las palabras mágicas. Él la miró con aire obstinado y cruzó los brazos sobre la mesa, ya lo diría todo por fin.

-Sé que te molestó que haya ganado en Scrabble, Eli. Sólo deja esa actitud de malcriada. Es odiosa y ya han pasado dos meses.

Ella lo miraba con desdén, pero a él no le importaba demasiado a estas alturas. Casi estaba acostumbrado, a decir verdad. Eli se había comportado de una forma mezquina desde esa tarde de juegos en su casa, y no había vuelto a ser la misma chica sonriente y feliz.

-¿No vas a terminar conmigo?- le preguntó ella, ofendida.

Él se sorprendió y preguntó para sus adentros cómo era posible que ella se cuestionara sobre semejante cosa o, peor aún, que esperara que él fuera a terminar con ella. Esto era demasiado ridículo. Pagó la cuenta sin haber probado el café y se levantó de la silla. Mientras ella gritaba y le decía que habían terminado, él se acercaba con paso veloz hacia la puerta de salida.

Caminó por la calle hasta la estación de tren más próxima y compró un paquete de galletas de avena para la espera. ¿Por qué hacía un calor tan endemoniado en esa ciudad? El tren tardó unos veinte minutos, hasta que por fin llegó al andén. Él subió y en poco tiempo estuvo en casa. Vería la tele, comería chatarra y madrugaría con videojuegos online. Eso sí era vida, el país de las maravillas de los solteros.

Por unas horas dejó de pensar en el incidente de aquella tarde, pero cuando volvió a hacerlo se convenció de tres cosas: La primera, que no volvería a darle vueltas al asunto. La segunda, que no entendería jamás a las mujeres. La tercera, que nunca invitaría a nadie más a jugar Scrabble.

Chicle pegado

Gabriela parte

En algunos años desgarrará hambriento un slice de pizza en el mismo lugar donde hoy pasa discos entre los dedos. De Queen a Rush transitaba sin fijarse especialmente, pues su mirada caía al otro lado del vidrio, hacia la placita del encuentro, donde ella aún no llegaba.

Era una chica normal, pero tenía algo. Miraba como distraída, hablaba como apuntando a la nada. Era como dicen apática. Y él no era para ser escuchado a medias. Él era de opiniones claras y fuertes. O lo contradecían o lo apoyaban abiertamente, pero no merecía respuestas flojas. Tanta flexibilidad era lo mismo que la indiferencia. Y todos saben que la indiferencia agota a cualquiera.

La vio entonces llegar, mirando apenas a un lado, y nada al otro. Eso no era buscarlo. Eso no era querer verlo. Eso no era forcejear entre obstáculos visuales para dar con él. La hizo esperar los cinco minutos que se prometió y, pasados, dejó el CD de Gun's, se metió un chicle a la boca y salió a su encuentro, desde atrás.

-¿Qué onda?, ¿mucho rato esperando? - sonó chicloso.
-Creo que no - respondió relajada.
-Ah, ya.
-Seh, no te urjai.
-Ya... - Y le dijo de un tirón que hasta ahí no más, que le deseaba lo mejor, aunque en realidad no tanto, y que le había agarrado cariño, aunque tampoco nada, pero que a veces las cosas deben terminarse y que el destino hace lo suyo con todos nosotros, pobres marionetas engañadas.

Fue rápido. No disertó sobre el maltrato de su jefe y la difícil relación con su madre, ni si quiera inventó sobre la añoranza que tendría que superar, pero lo del destino lo delató, ahí se le salió su manía de hablar de más. Por alguna razón condensó su verborrea en algo útil y cerrado. Si tan sólo hubiera sabido que para poder soportarlo debía lograr que le cortara todos los días. Santo remedio.

Con aquel mensaje de texto de "Tenemos que hablar, en la vida hay que evaluar algunas cosas", le había dado más señales de las que cualquier mortal necesitaba. Sabía que acabaría el show. Sin embargo, en realidad no pensaba que iba a ser tan rápido. Ahora le tocaba hacer tiempo para el encuentro con Mario que, aunque no era la gran cosa, por Dios que sabía controlar un poco la manía masculina de llenar el silencio con chácharas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El poste de luz se desnudó

Cualquiera diría que era imposible, pero funcionó: el conjuro para cambiar de género funcionó perfectamente. ¿Quién diría? Ella menos que nadie, te lo aseguro.

Esa mañana despertó con aquello guindándole, y el espejo le devolvió un reflejo extraño. Era ella, la Daniela de siempre, pero en versión masculina. Era posible y era real.

Tenía mini patillas de pelo, la quijada más cuadrada, sus vellos de las piernas más oscurecidos y sus manos gruesas, como sus cejas y sus nuevas batatas. No tenía senos, ni vestigios, y en cambio, tenía guindándole un miembro ajeno y bien extraño.

Por tonta, a Daniela no se le ocurrió hacer su experimento un día libre, no. De modo que, tic tac, iba ya tarde para el trabajo.

Se tomó el pelo con una cola como siempre. Pero no era entonces una chica normal con el pelo recogido, sino un chico cool con greñas largas como por estilo de vida y resolución personal.

Salió sin complejos y no encontró dedos acusadores ni ojos desorbitados. El mundo giraba igual. Era un joven, como cualquier otro. QUizás, sí, un poco afeminado gracias a la ropa de chica, que, sin opciones, debió usar.

Llegó al trabajo y la secretaria, la, ajem, lo saludó:
-¿Daniela? ¿Pero que te hiciste?
-Un conjuro, no es nada. Es solo por hoy. Ya mañana estaré normal.
-¿De veras? ¡Buena! Te ves bien.
-Gracias.
-Luego me pasas el dato de cómo lo lograste.
-Sí va.

Y subió a su ofiina, y lo mismo. Que Daniela, que cómo lo hiciste, que solo por hoy, que mañana vuelvo a ser yo, que qué fino, que gracias.

Pasó aquel día como cualquier otro, excepto por las llamadas y la extrañeza por su voz. No era fácil de entender, pero es lógico que hables raro si cambias de género, ¿cómo más va a ser?

Tras el trabajo fue a ver a su novio, y lo mismo. "¿Dani?", "La misma, pero en versión masculina, ¿te gusta?". Su cara asomó un no, pero dio lo mismo. La pasaron como siempre, aunque sin besos. "Por hoy prefiero no caerte encima, ¿no hay problema?" Por qué lo habría. "Mañana te agarro más que la mano, cuando no tengas uno como yo".

De vuelta a casa razonó que era posible que fuera un día especial para todos: los gimnasios estaban llenos de gorditos ejercitándose, los jóvenes se iban en taxi y los hombres enflusados iban tomando fotos a detalles del camino, ¡hasta a los policías les dio por descansar de sus oficios leyendo sentados en plazas!

Se acostó esa noche complacido. Lo mejor de ser Daniel fue que pasó el día relajado, sin estrés, sin complicaciones.

Despertó luego como siempre pero como nunca: Le sobraba busto, y algo más. La "a" de su nombre le quedaba floja, como guindando. Era como la paloma del poste de luz; no era más que un acesorio mitad natural mitad casual, arbitrario, sin sentido.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Eres mi vida y mi muerte

“Perdón por creer en historias de amor” Así comenzaba la carta que él tenía en sus manos, una carta escrita en papel reciclado, de esos con olor a canela.

“No debía de quererte y sin embargo, te quiero” Continuó leyendo.

Estaba en el sitio del acto donde horas antes habían sacado el cuerpo ya sin vida de una mujer que escribió con su propia sangre en la pared “Eres mi vida y mi muerte”.


Todavía no había identificado el cadáver, él todavía no creía que esas canciones, esas palabras habían sido tomadas tan en serio.

Ese papel con olor a ella lo apuñaló en el estomago. Tal vez sí lo hizo, pensó él.
“Te quiero más que a mis ojos, te quiero más que a mi vida. Más que al aire que respiro y más que a la madre mía.”

“Te amo, pero tú que me has enseñado sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado, bien sabes lo que digo” Él en este punto comenzó a llorar. ¿En qué momento perdí el control? Seguía preguntándose.

“A veces, amarte no es suficiente. Sólo desearía renacer en el cuerpo de la puta que te acompañará esta noche”


"Eres mi tesoro, eres mi vida y muerte, te lo juré compañero.”


Si conocen a Sabina y este tema en específico entenderán mejor la historia :) Frases de la canción fueron utilizadas.
http://www.youtube.com/watch?v=SEbJGbx0wg4&NR=1

martes, 27 de septiembre de 2011

Somos Uno



Somos  Uno
Jessica Márquez Gaspar

Tanatos. Hoy es lo que soy. Hoy quiero desaparecer. Quiero evaporarme. Quiero perderme en el cielo que comienza justo cuando alzo la mirada. Quisiera simplemente levantar mis brazos hacia arriba y volar, y dejarme llevar hacia un lugar distinto. Es el instinto de muerte, que hoy viene a buscarme, sale de las sombras como todos los monstruos, y me encuentra con las defensas bajas.

A veces me pregunto, ¿Qué hace falta? ¿Cuánto tiempo más tendré que aguantar? ¿Cuándo tengo derecho a rendirme? ¿Cuándo a renunciar? Pero el día es demasiado hermoso, y la noche demasiado oscura. La brisa me acaricia el rostro y pienso en el olor de tu piel. En el momento perfecto en que supe que me había perdido en ti y no podría regresar jamás. Te miré a los ojos en aquel instante eterno y simplemente supe que tendría que vivir en tus pupilas. Y en el fondo de esa mirada que he aprendido a conocer bien, te encuentro, nos encuentro. Y con nosotros la fuerza, el impulso.

Pero a veces, bajo este farol, única luz: negro, tiendo a soñar que no soy yo. Que he vivido una vida distinta. Que habito otro cuerpo. Que creo en otro Dios, que amo a otra persona, que he sido quién debía ser y no quién soy. A veces quiero creer que estas manos que te tocan no son mías. Que estos labios que te besan no me pertenecen. Que, incluso en aquellos ayeres que son hoy y mañana también, no soy quién se entrega a ti en las mañanas largas y en las tardes dulces. No soy quién supo, a pesar del miedo, que no podría perderte, porque significaría perderme.

La próxima vez que me encuentres ausente, recuerda que soy tuya. Mírate en el espejo, al final de tu mirada, está la mía. Somos uno. 

Despierto

Por Gabriela Camacho

Despierto de un largo y profundo sueño, uno que no puedo recordar. Cuando abro los ojos noto una luz extraña, mortecina, desconocida. Estoy en otro lugar.

Recorro la habitación con una mirada frenética, porque lo desconocido siempre inquieta. Paneles de madera cubren las paredes y un suelo de mármol, blanco como la espuma del mar, se extiende a todo espacio que puedo ver. La cama que acabo de dejar tiene sábanas tan blancas como el suelo, pero su estructura tiene un color oscuro y sólido.

Me gustaría saber qué hago aquí, pero la vista me impide razonar por mucho tiempo. Mi nueva habitación se encuentra en el medio de la nada, entre montañas de picos nevados y niebla. Si alguien me hubiese preguntado alguna vez acerca de mi lugar soñado, habría descrito este. Un sueño. Un delirio. Un cuento de hadas para ancianas que alguna vez fueron niñas.

Sigo mirando, maravillada.

Me encanta todo lo que veo, aunque el miedo toma el control por momentos. De nuevo comienzan las preguntas, una tras otra, hasta que descubro un espejo en una esquina del amplio salón. La curiosidad es demasiada y me acerco a él con pasos lentos, consciente de cada uno, hasta que lo tengo frente a mí.

En parte, quien se refleja soy yo. Lo extraño es el tono de mi piel, la suspicacia de unos ojos que ahora ven a kilómetros, un cabello que cae en suave cascada y una sonrisa enigmática. No es la ropa que suelo usar la que tengo ahora, pero me agrada. Siento pánico de cerrar los ojos, de que lo que observo desaparezca. ¿Cambié? ¿Crecí? Hablo conmigo misma porque quiero escuchar mi nueva voz. No me sorprende que tampoco sea la que recuerdo y con la que aún pienso, es mucho más melodiosa.

Y aún no entiendo nada.

La última pregunta llegó como una ráfaga de viento helado: ¿Cómo puede un humano cambiar tan de prisa? Lo pienso muchas veces, tantas que no puedo contarlas, y llego a una conclusión: la verdad es que no puede.

viernes, 23 de septiembre de 2011

¿De bici o de bus?

Por Gabriela, la ex desaparecida

Lo malo de ser asiento de autobús es que tienes que cargar a alguien. Es cierto. Pero la contraparte es enorme: Durante el instante previo a la sentada, ¡BENG! les mordisqueamos las nalgas a la gente.

Le digo esto a mis amigos y dicen que no, que en tal caso mejor ser asiento de bicicleta. Cuando llegamos a este punto respondo que no pasamos tanto calor como ellos, pero secretamente reconozco que es verdad, preferiría ser de bici, ¿quién no?

Pero luego, sí señor, recuerdo que no hay que cuestionarse tanto, que hay que agradecer. Dios sabe por qué cada cual ocupa su lugar. A todas estas, pobres ruedas que nos mueven y pobre conductor que nos pasea, ¡qué va, yo de asiento me quedo!

jueves, 22 de septiembre de 2011

2:37 a.m.





—Aló.


—Mal parío.

—¿Aló?

—Deja de hacerte el pendejo.


Álvaro separó el auricular de su oído. Suspiró.


—Iván. Es tarde, pana. Tenemos una nena pequeña durmiendo aquí, sé considerado.

—Devuélveme mi vida, coño e’ tu madre.


—¿Qué puedo hacer para que entiendas?


—Hoy me levanté y no sabía si era yo mismo o si me había convertido en ti. ¿Burde’ raro, verdad?


—Deja de llamar.

—Cuando tocas a Gabriela, ¿la tocas como lo hacía yo? ¿No te dice nada?


—Estás intenso de pana ya.

—Quiero que me devuelvas todo lo que me quitaste. Creí que eras mi amigo, maldito traidor. Dame a mi esposa.

—Iván…



Una pausa, en la que Álvaro se acomodó, inclinándose en su lado de la cama, lo más alejado posible de los oídos de la mujer.


—…¿No hablamos de esto ya? De pana que lamento el accidente, tú sabes que es así. Lamento lo que le pasó al pequeño y eso lo digo de corazón. Pero así, como están las cosas ahora, es como culminó la historia; nadie conspiró para joderte, nadie estaba haciendo planes a tus espaldas. ¿Puedes conseguir dentro de tu cabeza la cordura para entenderlo?

—…

—Aló.

—…

—Aló.

—Yo confiaba en ti.

—Verga, qué ladilla. Necesitas años de terapia, broder. Muchos, muchos años de terapia.

—Ya lo hicieron, ¿verdad? Ya te la cogiste, ¿verdad?

—Tenemos una hija, ¿tú qué crees, que la trajo la cigüeña?

—Así te quería escuchar, español coño e’ tu madre.

—¿Español? Chamo, yo soy de el tigre. ¿Estás rascao’?

—Búrlate, maldito.

—Te burlas de ti mismo.

—Dime quién soy. Dímelo. ¿Soy Iván o soy Álvaro? ¿Quién me toca ser hoy?

—Un poco dramático, ¿no?

—Pero contesta.

—Eres Gregorio Samsa, Iván. Te levantaste como una plaga hoy.

—¿Qué?

—Olvídalo. Déjanos en paz a Gabriela y a mí. No quiero tener que…

—La amo.

—Repetírtelo. Lo sé. Yo la amo también. Y no tiene nada que ver contigo; cuando ustedes estaban juntos, no la toqué ni con el pensamiento, ¿no te dice nada eso? ¿Crees que puedes extender el mismo respeto hacia mi vida?

—Hacíamos muy buena pareja.

—La trataste medio mal, a decir verdad.

—No te permito que digas eso.

—Entonces no me saques conversación al respecto. Acuérdate de que llamaste a insultar, no te desconcentres.

—El comediante. La estrellita, ay, qué gracioso es Álvaro, vale, un show.


Otro suspiro.


—¿Qué estás esperando de mí?

—Dame a mi mujer y dame a mi trabajo.

—Yo no te quité el trabajo. No te serruché la silla.

—Me quitaste todo. Y te lo digo así, bueno y sano. Te estoy hablando sin haber tomado una gota de alcohol.

—Espero que eso no sea verdad.

—Arruinaste todo lo que yo podía lograr en…

—¿Quieres que te diga quién está arruinando qué? ¿Cómo coño tú crees que se siente Gabriela cada vez que la llamas, ah? ¿Tú crees que a ella le parece muy depinga saber que estás como estás? Yo mismo odio verte así, pero para ella es otra vaina. Y sin embargo tienes que venir, en tu esfuerzo más inútil por ensombrecer las cosas. Tienes una guerra contigo mismo, no nos arrastres a ella.

—Vamos a darnos unos coñazos, pues.

—Por el amor de dios.

—Vente, ¿te da miedo?

—No sé si te habrás dado cuenta, pero tengo un solo brazo. ¿Te haría sentir mejor pelear con un manco? Dime cómo podemos pelear en circunstancias justas.

—Me amarro una mano a la espalda. Qué marica eres, pidiendo trato especial, el trato que nunca me diste.

—¿Trato especial? No escondo el brazo, maldito pajúo, literalmente me falta, es una vaina médica.

—No tienes moral para quejarte.

—Hazme un dibujo de cómo podemos pelear, maldito anormal. El arquitecto, haz un plano de cómo nos damos unos coñazos. ¿Y qué importa quién le rompa la cara a quién? ¿Tú crees que eso va a cambiar algo?

—Tu papá te cogía de chiquito.

—Eso lo dijiste anoche.

—¿Qué? Aló. ¡Aló!

—Estúpido, eso lo dijiste anoche.

—¿Cuándo te la llevaste de viaje, ya ibas con la mente de coronar, verdad, perro?

—No.

—Ibas con la mente de “ahora le clavo toda la noche en el hotel…”

—Iba con la mente de consolar a mi amiga por la muerte de su hijo y su terrible divorcio con un hombre de trece años mentales.

—Pero eras mi amigo, ¿qué dice eso de ti?

—Que soy un carajo burda de paciente.

—Eres una basura. Eso es lo que eres.

—No te guardé nunca sino respeto. Si tienes un momento de lucidez al día, invócalo ahorita: ¿por qué estás haciendo esto?


Una pausa.


—No sé. Porque estoy solo.

—¿Crees que estas llamadas lo remedian?

—No.

—Sabes que yo he pensado burda en ti. Más de lo que creerías. Y te tengo lástima. No lo digo con ánimos de ofender; de verdad que las cosas salieron espectacularmente mal. Lo lamento mucho.

—No necesito tu lástima.

—Quizá “lástima” no es la palabra. Me siento mal por ti. Porque sé que dentro de todo eso, se esconde un buen tipo.

—Eres triste, pana. Eres un ser humano triste. Dame a mi esposa. Dile que yo le compro lo que sea.

—Wow, eso va a funcionar.

—Tú no entiendes.

—De verdad que no.

—Eres, Álvaro, y sin que me quede nada por dentro, eres y siempre has sido un inválido emocional.

—Lo que tú digas, chamo. No llames más. Entiende lo que te estoy diciendo, usa la cabeza.

—Dime quién soy hoy.

—Estás despertando a Gaby. Adiós.

—¡Dímelo!