miércoles, 26 de agosto de 2009

De manos blancas y paredes azules

Por José Leonardo Riera


Esa casa había estado sola mucho tiempo. Los pobres, cuando se hacen ricos, olvidan las casas en los barrios. Pero sucede también que los ricos, cuando se hacen pobres, vuelven a ellas.

Fue por eso que volvieron. Se quedaron sin casa, sin dinero y sin hogar para siempre. No porque no tuvieran un hogar, sino porque no podían serlo. El alcohol, las drogas, los conflictos psicológicos y aquel pacto con el diablo estaban destruyendo todo.

Un hombre, una mujer y un adolescente hicieron chirriar dos rejas en el barrio antes de abrir la puerta. Ave María Purísima, dijo una vieja loca que los vio entrar. La cerámica en el piso estaba cubierta por una gruesa capa de polvo que, debido a las huellas de los zapatos de aquel matrimonio, asomaban dos ojos grandes y rojos que observaban a Leonardo. Él sabía porqué.

Luego de que limpiaron el polvo de los objetos y quitaron la telaraña del techo y las paredes, el tiempo pasó más rápido. Ellos, todos, iban de mal en peor. Pero Leonardo, misteriosamente, se estaba haciendo el escritor de terror más famoso de su ciudad. Aparecía en televisión, en la radio, en los periódicos, en eventos literarios de renombre y ganaba premios nacionales debido a su trabajo. La gente no podía saber cómo un adolescente alcohólico y drogadicto podía tener tanto éxito. Él sí lo sabía.

Todos los días se encerraba en su cuarto de paredes azules y telarañas grises a escribir lo que todas las noches vivía en su cuarto de paredes grises y ojos rojizos. Tú lo haces sentir tan real –le decían los lectores– uno siente como si el mismo diablo estuviera detrás de uno.


    –Tú lo haces sentir tan real –le decía el diablo– uno siente como si realmente dominara sus pensamientos.

    –Sí, soy el mejor escritor de terror de Venezuela –decía Leonardo, a quien Lucifer, uno de los siete demonios, ya había poseído.

    –Es así. Y lo serás del mundo –aclaraba el diablo–. Ya ves que estoy cumpliendo con mi parte del trato, sólo necesito más “inspiración”, ¿me entiendes? Jajaja


Allí, cuando ese cuarto era de paredes azules y nada más, Leonardo rezaba noche a noche para que su familia tuviera éxito. A fin de cuentas, él era un enviado de Dios y pronto tendría que dejarla. Era cuando allí, en ese cuarto, su aura índigo combinaba con sus paredes azules.

Debido a las noches, día con día aparecían manos blancas en aquellas paredes. Estas cuatro, en toda su superficie, tenían marcas de manos y de dedos que se arrastraban de arriba abajo.

¡Necesito más inspiración! –gritaba– ¡Yo estoy cumpliendo con mi parte del trato! ¡Dámela, así no tendrás que dejar a tu familia y te haré famoso!

Leonardo se moría de frío, estando en el infierno. Mientras el diablo le hablaba, temblaba; y no precisamente por la temperatura.

Noche a noche esto se repetía. Leonardo era llevado al infierno y éste era tan grande que dejaba negras las paredes azules y cubría aquel cuarto de ojos rojizos.Su alma luchaba desesperada por salir de aquel cuarto; aún así, para ser intangible, le era imposible traspasar las paredes. Mientras lo intentaba, se derretía poco a poco aferrada a ellas. El diablo, girando en la silla de la computadora o parado junto a la puerta, se reía de ella.


Así pasó el tiempo, y mientras Leonardo crecía su familia se destruía. Dejó a Dios, pues no podía sacrificarse por una misión que ni siquiera era para salvar al mundo. Él quería salvar a su familia, y para eso necesitaba vida y poder; El diablo, a contrario de lo que ofrecía Dios, le dio eso y más.

El padre murió de viejo. Tiempo después, su madre, desesperada por comprar alcohol, entró al cuarto de Leonardo a pedirle dinero. Consiguió un cadáver con los ojos rojizos en la cama, unas telarañas grises, unas paredes azules con manos blancas y una libreta en donde estaba escrita una novela. Su madre la leyó. Trataba del fantasma de una chica adolescente que sufre en su cuarto las apariciones de un chico poseído por el diablo. Ave María Purísima, lloró la madre. Leonardo, como en todas sus historias, mató a todos los personajes.

Luego de entregarle la novela al editor, la madre se suicidó. Con el dinero de la novela hicieron un hermoso panteón adornado con ángeles celestiales por todo alrededor. Hicimos este panteón tan magnífico como los seres que lo habitan –dijo el editor– a fin de cuentas, Leonardo era un ángel.


Leonardo vivió diecinueve años, tres de ellos en el infierno y, aunque ya murió, seguirá viviendo muchos años allí.


Ave María Purísima, dijeron los que leyeron a un adolescente que escribió de manos blancas y paredes azules.

martes, 25 de agosto de 2009

Capullito de Alejandro

Por Gabriela Valdivieso

“Porque tú sabes que sin ti la vida es nada para mí”, cantaban y a ratos tarareaban sus labios mientras extraía con tijeras dos figurillas de la tela blanca.

“Tú bien lo sabes, capullito de alelí”. Cosía alegremente los bordes de las siluetas humanas con hilo violeta.

“No hay en el mundo para mí otro capullo de alelí”. Rellenaba el muñeco de algodón amarillo y metía cuidadosamente los cabellos que había tomado.

“Que yo le brinde mi pasión”. A la altura de la cabeza de tela, introdujo semillas de castaña ‘un toque extra de frenesí’ y algunas contadas de naranjo ‘¡para que piense un poco más en la boda!’.

“Y que le dé mi corazón”. Sellaba la cabeza y procedía a decorarlo. Un punto en el cuello por el lunar de sus sueños. Lana oscura por sus cabellos negros como la noche. Una línea libre en su espalda por aquella cicatriz de sus aventuras. Botones de azul mar por esos ojos suyos.

Construyó su capullito y pronunció la sentencia: “Innani vudu osallito rooha Alejandro ila hazihilloba”.

Confiada de su eficacia, levantó al muñeco y lo tomó por su enamorado. Procedió entonces a darle cobijo y amor. A besarlo, a abrazarlo, a acariciarlo, a tocarlo todo.

Alejandro caminaba rumbo a casa cuando sintió la lluvia de amor y delirio. Perdió el control de sus extremidades y su mente y cayó en un banco solidario.

En él se explayó y sintió locura y deseo. Se contorneaba. Extendía su cuello a los lamidos celestiales. Sentía el mordisqueo infinito sobre su lunar, vivía aquel mágico toqueteo sobre sus cabellos. El placer máximo sobre sus más íntimas partes.

Pensó en bodas. Pensó en ella. Éxtasis de amor. Mil gotas de pasión. Sonreía al sol. Lo consumía la más grande dicha, sin saber sobre sí la más grande dominación.

Gemía de placer sin sospechar que estaba a una discusión de distancia de una explosión de dolor. Lo esperaba, inevitablemente, una torrencial lluvia de alfileres.

Agonía por morir

Por Guillermo Geraldo

Debía ser mediados de febrero. La tensión reinaba sobre Japón. Todos cuidaban de qué hablar, qué decir y cuánto hablar. Las noches de balas y bombas se habían convertido en titulares fijos de noticieros.

Había aprendido inglés por mi padre el cual era profesor del idioma cuando los americanos eran aliados, pero la guerra había empezado y mencionar América en Asía ocasionaba miradas despectivas. Los ojos japoneses se hacían más agudos de lo frecuente. Te observaban con repudio.

El negocio de la familia estaba a salvo, era mi sustento en plena guerra, aunque se había hecho difícil conseguir los alimentos para el restaurante. Una vez u americano entró luego de estar cerrado el local. Me pidió el favor de dejarlo entrar. Pensé: “es americano, nadie abrirá sus puertas a esta hora”. Decidí hacerlo yo. Recuerdo todo. Pidió un rameen de tocino. Estaba vestido de traje, completamente calvo, sólo cruzamos algunas palabras en el pedido, sin embargo, al final me atreví a preguntar de qué se comenta entre los americanos sobre la guerra y Japón. Él, abriendo la puerta para marcharse, dijo: Hiroshima será cubierta por el Hongo gigante del pequeño muchacho.

Me pareció curioso, aterrador al momento. Era tan extraño aquel sujeto. Al comentarlo entre mis amigos lo tomé como un chiste. Todos reían y decían: “Malditos americanos, no tienen escrúpulos ya, están siendo derrotados y sin duda han sido trastornados, están locos, ya no tienen juicio”. En realidad, el que más lo repetía era un conocido del Dojo al cual acudía los fines de semana.

El 6 de agosto de 1945 a las 11 de la noche yo limpiaba las mesas luego de cerrar y observé cómo la puerta de vidrio se hacía añicos con una patada. Dos sujetos entraron, me golpearon. Mis técnicas de Taijutsu no funcionaron. Eran superiores. Sé que perdí mis sentidos y desperté en un cuarto.

Se me acercó un individuo hasta quedar cara a cara y preguntó de forma serena: “Con que Hiroshima será cubierta por el Hongo gigante del pequeño muchacho; ¿para qué organismo americano trabaja?”

No sabía de qué hablaba. Empezaron a golpearme se tornaban más violentos, y hacían la misma pregunta una y otra vez. Siquiera podía pensar el dolor. Empezaba a apoderarse de mí. Cogieron pequeñas hojillas y rasgaron mi piel sutilmente sin parar, lo hicieron como por horas. En realidad pienso que quizá sólo fueron algunos minutos, tenía mi cuerpo asquerosamente cortado bañado en sangre. Trajeron un balde y lo arrojaron en mi cuerpo; era maldito alcohol, mi cuerpo ardía como el infierno, vomité sobre mis piernas y volví a desmayarme.

Desperté cuando sentí un fuerte dolor en mi dedos. Arrancaban mis uñas. No sabía por qué lo hacían, pero recordé aquel febrero y hablé. Les conté sobre el americano. Por desgracia me creyeron sólo hasta que preguntaron qué más sabía. A partir de ahí jamás confiaron en mí veracidad, estaba siendo matado, torturado. Maldito americano sólo vino a desgraciar mi vida. Era una gonorrea, lo maldigo por mil años.

No me creían, trajeron par de ratas y las soltaron en mi pene. Estaba desnudo cuando empezaron a rasgar. Era indudable que tras aquel dolor si hubiera sabido algo más lo hubiese escupido, hubiera hablado. El hambre y el dolor empezaban a ser compañeros de la sed infinita que sentía. Trajeron una especie de plancha, la calentaron, recuerdo, y entonces cocinaron mi piel, quemaron mis brazos, mi cara. Mencionaban lo agradable de un pedazo de carne bien cocido. Aquel aroma superaba el dolor de las quemadas. Eran una tortura psicológica, no soportaba el hambre. El japonés de mierda tomaba agua frente a mí. Había una regadera la cuál abrían cada cierto tiempo y yo ahí como una plaga sin poder moverme. Lo mismo que hicieron con las hojillas lo hicieron en mi ano, era imposible defecar,. Suplicaba que me mataran, no quería seguir viviendo. Mi cuerpo estaba fracturado, quemado y destruido. Nada podía ser peor que aquello. Juré que reencarnaría para acabar con aquel americano y con el infame torturador. Les haría lo mismo. Pusieron mis manos como aquel que mendiga y pide limosna, y derramaron ácido muriático en ellas. Entonces el sujeto dijo: “Confiamos en ti. Ha sido lamentable que no sepas nada, claro; pero ya es muy tarde para dejarte vivir, y disfruto mi trabajo al máximo.” Clavaron una daga en mi hígado, y rasgaron mi yugular hasta desangrarme y darme muerte.

Mi agonía de cuatro días acabó.

LA JAULA

“Pronto te derribarán como a un árbol podrido”, la voz de Alfredo giraba en mi cabeza una y otra vez mareándome con la incipiente náusea. Oscuridad, sólo oscuridad y una atmosfera espesa y malévola. Es un largo y negro pasillo el que nos separa del resto de la humanidad y los humanos, si lo hubiera, están muy lejos, huyendo de nosotros.
–Amanecerá y veremos. Dijo Jorge, mientras miraba el piso mugriento de la jaula.
–Sí –contesté mirando la pared sucia– y veremos.
–Amanecerá y veremos, amanecerá… amanece… –repitió, hasta agotarse. Como uno de esos aparatos cuya batería se agota para luego apagarse. Así quedo Jorge, dormido y tieso en su esquina podrida de la celda.
No tardé en darme cuenta de que ya estaba solo, finalmente. Él y toda la correspondiente tristeza y su herrumbre se lo habían llevado a través de las paredes. Tenía más de un mes que le repetían el ritual de la cabeza en el tacho y Alfredo y yo sabíamos que la locura le estaba consumiendo la cabeza como un cigarrillo.
Alguien pasa, los pasos y las botas resuenan en el pasillo sucio y juegan con el sonido grave de los barrotes. ¿Cuánto tiempo más? ¿Quién vendría ahora por nosotros? Una cucaracha caminaba sobre los labios de Jorge y se metía en su boca. Sus manos todavía estaban empuñadas con rastros de su cabello en ellas: “se está arrancado el cabello de raíz para luego comérselo”, me había dicho Alfredo. El pobre e infeliz de Jorge se había sumergido en su letanía desde que ellos le mataron a la mujer… “¡¿Por qué no matas a la tuya?! ¡¡Hijo de puta!!”, les había gritado Alfredo al verlos pasar.
El sonido de la cucaracha entre los dientes de Jorge muerto me comprimía el estómago y la espalda como una serpiente que se enrosca sobre la presa. El asco me comía la cabeza, y una vez más la náusea.
Luego llego él.

La número I
Oscuridad. Gritos. Silencio. Oscuridad. Gritos. Silencio y de nuevo oscuridad. Así de intermitentes son las amarguras. Ya ellos me habían arrancado dos dientes con una pinza de hierro. Sólo adiviné un par de voces, y en mi cabeza estaba la voz de Alfredo: “Te quebrarán como un árbol cuando lo parte un rayo”. ¿Pronto comenzara lo bueno, verdad? Hasta ahora sólo han sido complacientes. Me han dado el permiso de vivir menos dolorosamente que el resto. Ahora sólo es cuestión de tiempo para que me consuman la carne con los picos y las llamas.
Estaba en posición fetal. Una cadena pasaba alrededor de mi cuello para luego ser unida con un grillete que me esposaba las manos. Un barrote estaba en centro de mi cuerpo enroscado en el suelo, lo que impedía que mi cuerpo se enroscara más. Pronto se me comprimirán las costillas contra el pecho y respirar se convertirá en una tortura por sí sola. Pero ellos no me mostraran la salida tan fácil, a todo contesto que no, que no, que no, y repito mi respuesta con enfermiza ecolalia. Perderán el control, lo perderán y me patearan hasta destrozarme la espalda, hasta que mi frente se desflore contra el anillo de hierro que me ata las manos. Ellos lo pueden, lo pueden todo.

La número II
Me sentaron luego de arrastrarme por todo el suelo sucio, entonces empezaron las alucinaciones: Margarita frente a mí con nuestro hijito en los brazos, despidiéndose porque se iba muy lejos y tenía que atravesar un puente azul, y al otro lado Martínez la esperaba con un fusil. Alfredo con la cabeza destrozada por el black jack me sonreía con los dientes pegados en la lengua. Y más allá, en el rincón, Jorge devorándose el cabello. Luego luz y más luz, un bombillo amarillo me quemaba la cara.
–Pronto te fumaremos como a un cigarrillo. Me dijo uno de ellos.
No sé qué va a pasar conmigo. ¿Dónde está Alfredo? Golpe. ¿Dónde esta el numero 582? Golpe en el pecho. Sangre. ¿Dónde dejaron al de la celda 52? Otro golpe y silencio.

La número III
Miraba el techo con los ojos casi salidos de las orbitas. Me ataron a la cama de metal, tenía muy buenas referencias de la misma. Sabía lo que me venia y apreté la boca.
El primero de ellos tomo un cable y lo conectó a una batería de auto. Me miraba de soslayo. Era su primera vez, seguramente. La mano la temblaba mientras que con el cuchillo cortaba la cubierta de plástico del cable para luego refulgir los hilos de cobre que brillaban como cuchillos. Se acercó, me pregunto un par de cosas, sólo dije que no. Y un corrientazo sobre las orejas. Una nueva pregunta, una nueva negativa y otro corrientazo. Luego vino otro, le empujó y ordenó que ataran los hilos de cobre al enchufe. Una nueva pregunta, una nueva negativa… No recuerdo más.

El número IV
Mi carne asada hiede y repulsa. Estaba encerrado en la celda y nada más. Habían quitado el cadáver de Jorge y seguramente habrían pisado a la cucaracha. ¿Dónde estaría Alfredo ahora? Se había fugado hace varios días, espero que lo haya logrado, que haya llegado a Caracas en buen estado. Él me esperaría con Estrellita y los otros, cruzaríamos la frontera para llegar a Minas Gerais y encontrarnos con Margarita y el niño.

La número VI
Hoy ellos traen pastillas, pastillas para dormir, según ellos mismos. He escuchado historias en donde algunas drogas hacen que el prisionero cante como un pájaro. Yo no quiero decir nada, no diré nada, me morderé la lengua para cortármela y luego escupirla. No le daré el gusto a los malditos, no lo haré. Debo vivir por Margarita, por Minas Gerais y Alfredo. Ahora Minas se me dibuja como un país completo, como la orilla al otro lado del puente azul. Donde me espera Margarita en vez de ese hijo de puta de Martínez.
Ahí vienen ellos, con el frasco y las pastillas. ¡Maldita sea!

El número VII
De nuevo las alucinaciones. Estoy en mi celda donde hay otro nuevo, me mira con lastima y también teme de que le destrocen el cuerpo con los cables. Todo está bien, le digo que nunca diga nada. Mejor que quede como un espanto a que quede como un traidor.
Ellos vendrán en una hora. Me inyectarán y me destrozarán la espalda de nuevo. Ellos vendrán y a Alfredo no le dará tiempo de esperarme, porque las fronteras con Brasil están cerradas después de las doce. Yo debería llegar antes, adelantarme.

El número VIII
Hice un hoyo debajo de la pared. Tienen varios días sin traerme los frijoles infectos y el agua sucia que ellos mal llaman café. He comido los ciempiés que atraviesan el suelo inocentemente. Ahora es conmigo con quienes las cucarachas tienen sus pasiones. El nuevo ya no está. A lo lejos alguien grita, seguramente otro al que le destrozan la cabeza. Espero que no diga nada, que no diga nada sobre mi fuga. Mis uñas se desprenden de los dedos pero yo debo irme de aquí.

El número IX
Hablaré. Hablaré porque debo llegar a Margarita y el niño. Ayer vi como “Harry el sucio” quería desnudarla sobre un caballo blanco que miraba el llano y mi hijito miraba extraviado cómo ese cerdo se montaba a su mamá. Hablaré, y estoy gritando en mi celda que lo haré. Ahí viene alguien, escucho las botas. Me mira y se pone frente a mí porque estaba arrodillado:
–¿Ahora es que vas a hablar? Ya agarramos a tu amiguito. Le estamos rompiendo el alma a patadas. Pero tranquilo que ya viene tu turno, pajarito.

Me quedé espantado. Agarraron a Alfredo, seguramente en la frontera. ¿Y ahora? ¿Y Margarita y el bebe? ¡Dios! Mi rostro se deformó en una gran mueca de dolor y espanto. Las lágrimas me caían solas por la cara y en la cabeza sólo tenía la imagen de Margarita y “Harry el sucio” sobre ella, la imagen de los dientes de Alfredo sobre su lengua. El dolor me consumía con su fuego las entrañas y empecé devorarme el cabello que caía mientras buscaba desvanecerme golpeando mi frente contra el muro sucio de la celda.
Al otro lado de los barrotes, los otros se cagaban de risa mientras con ladrillos y cementos me tapiaban en la jaula.

domingo, 23 de agosto de 2009

El temor más profundo

Por Andrea Gómez

No sé por qué, pero no entiendo... A veces soy tú, pero tú no eres yo, tú eres él, él es ella, todos somos, pero hoy… (no sé por qué)... nadie es...

Se supone que esta semana esto tiene que dar miedo, ser terrorífico.

Mi problema es que no me gustan las historias sangrientas, no creo en monstruos ni en animales extraños, tampoco me caen bien los locos que rebanan gente ni los fantasmas que viven debajo de mi cama, así que después de tanto pensar... “¿Qué coño escribo?”, lo descubrí.

En una historia de terror no tiene que haber un asesino, no tienen que pasar cosas extrañas, ni cosas de otro mundo, entendí que cada uno tiene miedos más profundos que el miedo al Conde…

Nos tememos a nosotros mismos, a lo que en verdad hay detrás, nos aterra sincerarnos, abrirnos… así que aquí está mi historia:

Un día como cualquier otro me desperté y desgraciadamente me pude ver como en realidad soy.


(Eso sí da terror)

jueves, 20 de agosto de 2009

Autoentrevista: El Abogado del Diablo.

VICTOR: Muy bien, en esta, primera auto-entrevista de Letras a Litros, ¿qué te parece si empezamos por la pregunta más lógica que hacerle a alguien como tú?
DRAX: Dale.
V: ¿Por qué terror?
D: Una respuesta sencilla sería “¿Por qué no?”, pero no estaría tocando con eso el fondo de lo que quieres saber.
V: Planteado de otra forma: el mundo en el que vivimos ya es de por sí aterrador. ¿Por qué escribir ficción de terror? Ficción que apela a los sentimientos más bajos, a las peores acciones. Ficción que gira en torno a temas mórbidos.
D: ¿Entrevistador agresivo?
V: ¿Qué esperabas de ti mismo? ¿Que te tratara con dulzura? Vamos, respóndeme, porque cuando tengas el éxito que buscas, esa pregunta te la harán mucho.
D: La ficción de terror, sea en un libro, en una película o en el formato en el que la estés presentado, lidia con mucho más que con muertes y desfiguraciones. Soy un ferviente creyente de que la ficción de terror, y el artista del género, son un agente de la norma. Toma, por ejemplo, una historia clásica: Frankenstein. El texto es sobre un doctor que hace a un hombre con pedazos de cadáveres y luego se horroriza tanto que lo abandona, sufriendo posteriormente el rencor de la criatura que tanto se esmeró en crear. Subtexto: abandono paternal (el mismo que, dicen, sufrió la autora en su juventud). Hay quienes dicen que el libro nos advierte sobre jugar a ser dioses, pero eso suena demasiado abstracto, no es algo con lo que nos podamos relacionar. Yo creo que el libro habla, mejor, sobre las responsabilidades en general, y las paternales en particular. Afronta las consecuencias de tus actos o estas volverán a vengarse de ti.
V: Pero la fuente del mal en Drácula es gratuita. Los personajes no han hecho nada para merecer la atención del Conde.
D: No, pero es que eso ya es otra cosa. De nuevo, el horror es una herramienta de la norma. ¿Qué es El Conde? Un ajeno. Alguien que no pertenece al sistema y que, de hecho, es dañino. De entrada, el libro tiene un subtexto muy sexual (alguien que leí por ahí dice que la escena de las tres vampiras violando oralmente a Harker es “la más grande follada con ropa que se ha escrito”), pero, adentrándonos más en la trama, fíjate que la segunda mitad es sobre los mortales reuniéndose y luchando contra esta fuente de maldad, hasta derrotarla. Expulsa al ajeno. Que permanezca la norma.
Voy más allá. Ahorita nos parece una niñería apenas terrorífica, pero cuando Drácula salió (y cuando salieron muchísimas otras piezas de terror a lo largo de la historia), eran bastante aterradoras. Pero ¿qué solemos encontrar en estas historias? La norma se restablece, sí, pero es por el esfuerzo de uno o unos personajes, que deciden afrontar el terror. Es decir, la ficción de terror nos muestra, entre otras cosas, que nosotros también podemos mirar a la cara al diablo y decirle “No, yo soy más fuerte que tú.”
V: ¿Qué hay del terror que no tiene final feliz? Ejemplos abundan. Tú has escrito terror sin final feliz. ¿Qué pasa con eso?
D: Bueno, tienes que tener en cuenta que el fin último, más allá de concepciones nobles o moralistas, es asustar. Moverte algo por dentro que haga que no quieras apagar la luz en la noche. Incluso en esas historias de “finales infelices”, consigues algo. Toma Cementerio de Animales, de King, por ejemplo. Probablemente le arruino la historia a alguien aquí, pero ni el libro ni la película terminan bien. La Noche de los Muertos Vivientes no termina bien. Pesadilla en la Calle del Infierno y Masacre en Texas tienen finales bastante aterradores. Es en parte por técnica; si todas las historias de terror terminaran bien, no habría sorpresa. Entras al cine o abres el libro sabiendo que al final, el hijo de puta enmascarado que está atormentando a esos pobres adolescentes cachondos va a recibir lo que se merece. Así no te puedes asustar, porque una de las fuentes del terror es lo desconocido. Es no saber qué va a pasar. Hace poco vi una película realmente perturbadora, Henry: Retrato de un Asesino en Serie. El film no sólo es visualmente ofensivo, sino que (advierto que adelanto el final) en los últimos momentos, el malo simplemente se va y nadie conecta nunca los homicidios a él. Terminas aterrado, sintiéndote un tanto inseguro y, en el otro lado, está el director de la película, satisfecho por haberte dado lo que has ido a buscar.
V: ¿Un recordatorio de que en el mundo existen monstruos?
D: …Sí.
V: Que el director se sienta satisfecho por ello le quita puntos de nobleza a la cosa, ¿no te parece?
D: ¿Qué te hace pensar que McNaughton quiso dar un mensaje? No nos desviemos, la ficción de cualquier género lo que persigue es entretener. Si tú vas a la librería y compras Psicópata Americano, no te sientas después ofendido cuando lees las atrocidades que hace el protagonista. Dicho de otro modo, el terror no es para todo el mundo y debes tener sentido común. Si no te gustan las montañas rusas, ¿te subes a ellas y después sales quejándote de que te asusta mucho? No. No te montas y ya (así, si vas a ver una película titulada Masacre en Texas, de repente el título es alegórico, pero yo te aconsejaría que entres al cine preparado para ver... bueno, una masacre. En Texas). ¿Te has dado cuenta de la cantidad de adolescentes que van a los cines a ver películas de terror? No va uno solo y raramente van dos. Van de a cuatro y de a cinco. ¿Por qué? ¿Motivos sociales? No, o al menos no creo que sea tan fácil. Enfrentarte al terror en grupo hace que te dé menos miedo. Es como cuando sucede algo terrorífico en la pantalla y la gente se ríe. Es una reacción psicológica ante el miedo. Es el “me estoy riendo porque no quiero que los demás vean que me asusté.” Pero toma a esa misma persona y ponla a ver… Repulsión, o La Cosa y cuando termine, llévala a dormir, con las luces apagadas y el resto de la casa en silencio. Empezará a pensar demasiado. Imaginará sonidos y empezará a preguntarse qué haría bajo las circunstancias del film. Yo suelo hacer eso y si una película me deja pensando antes de dormir, las probabilidades son que me gustó.
V: ¿Por qué la fascinación con el terror, entonces?
D: No sé cómo explicarte esa parte. Hay gente que nace inclinada a amar a los vehículos. Otros aman a… no sé, la botánica o el jazz, o los trenes de colección. A mí me gusta el terror y me gusta la literatura. Creo que escribo de terror porque me gustan las películas de terror y me gustan las películas de terror porque escribo del tema, pues. Tengo una imaginación mórbida. Si una pauta en Letras a Litros es sobre… tatuajes, por decir algo, es probable que mi historia trate de un tatuaje que salió mal. De repente se infectó. De repente se expande. Un día la persona se va a dormir y al despertar al día siguiente, descubre que el tatuaje le cubre ya no el hombro, sino todo el brazo. De repente oye voces ahora. Creo que puedes ver a dónde va esto, ¿no? Y helo ahí, acaba de ocurrírseme una idea para una historia.
V: ¿Qué es lo más asustado que has estado por la ficción de terror?
D: La primera vez que vi La Noche de los Muertos Vivientes (y hay algo de eso en la bio de mí que está en Necronomicón, cuando me publicaron la historia que les envié). Yo tendría como… nueve o diez años. Para ese entonces, yo ya sabía que me gustaban las historias de monstruos y nunca pelaba una en la tele. Cuando vi la propaganda de esta, supe que tenía que verla. O sea, lee el título otra vez. Era inevitable. Así que nada, me puse bien cerca de la tele esa noche, feliz y preparado para ver monstruos y a un héroe salvando a una chica guapa. Empezó la película y, como a los quince minutos, yo estaba literalmente temblando de miedo. Pocas veces he sentido algo así a lo largo de mi vida. No pude verla completa. Traté de verla otra vez y pasó lo mismo. Al tercer round, me propuse aguantar con todo y fue horrible. Puedes decir que la película me traumatizó. Y además que, por la forma en la que está hecha, tiene un toque muy a lo “documental”, lo que en aquel momento hizo que pareciera muchísimo más real, parecía que de verdad estaba pasando afuera de tu casa. Pasé como tres meses teniendo pesadillas constantes con zombis. Todavía las tengo, de vez en cuando (y suelen ser horribles). Pero ahí lo tienes: me paralizó de terror, pero por otra parte me creó una inmensa fascinación.
V: ¿Por qué te dedicas a escribir? ¿Por qué no dedicarte al cine?
D: Sinceramente, porque creo que ninguna forma artística puede equipararse a la literatura. Y te explico que amo a la música, amo cantar, el cine me encanta, pero… uno no puede negar a las raíces. Siempre me ha gustado leer, siempre me ha gustado escribir y creo que con la literatura puedes alcanzar cotas que otras formas artísticas no.
V: ¿Puedes expandir un poco eso?
D: No lo sé. Es como cuando te preguntan “¿Por qué estás enamorado de fulanita?” Es una pregunta sin respuesta. ¿Cómo que por qué? Porque me hace sentir inusualmente vivo, porque me llena, porque cuando no estoy con ella estoy pensando sobre estar con ella. Es así. Es como enamorarte. No te voy a decir el cliché de “es que escribo por amor” porque eso no sería el todo. Es más una cuestión de que… no sé cómo podría vivir si no pudiera escribir. Si no pudiese coger una servilleta y escribir un cuento rápido sobre… uhm… una computadora que desarrolla personalidad propia basada en las amalgamas de todos sus usuarios. Creo que el escritor es un terapeuta doble: primero, se ayuda a sí mismo cuando escribe y, segundo, ayuda al lector que recibe el material, entreteniéndolo.
V: Muy bien… ¿Algo más que quieras añadir? Nos van a reclamar que esto ya está alargándose un poco.
D: …¿algo como qué?
V: No sé, lo que sea. Una curiosidad sobre ti.
D: Uhm… ayer una compañera de estudios me dijo que cuando hablo tiendo a sonreír, pero no suelo hacer contacto visual y tiendo a usar las manos, como ayudándome a expresarme. No sé si eso será verdad, pero me parece curioso; nadie me lo había dicho.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La realidad y sus amigos

El día en que todo cambio todo era muy diferente, nada era igual que antes, todo lo empecé a ver de otra manera.

Suena complicado, pero en realidad es muy simple… El techo ya no sólo era un techo… era simplemente otra cosa más a la que no podía llegar…

Mi cuarto ya no era un cuarto, era una prisión de pensamientos y recuerdos… (Tal vez de esperanzas pero ahora lo dudo).

La pared con fotos ahora era nada más una pared con fotos.

La ventana ya no me inspiraba a imaginar mi futuro… sólo me deprimía, recordándome que ese paisaje alguna vez pertenecería a mí (el mundo iba a ser mío junto al sol, la luna y las estrellas.)

Las cortinas ya no eran tan bonitas.. Ahora podía ver el polvo y el sucio que vivía allí y que nunca quise ver por miedo a tener que cambiarlas...

Ahora mi vida se limita a cosas simples… Vivo en una prisión de ansiedad, duermo todo el día y ya no me despierto en las noches para abrir las cortinas y ver por la ventana la luna que tanto admiraba y creía poseer…

Mi más profundo problema es que uno no puede crear su propia realidad.

Ahora mi luna ya no es bonita.. Mi luna no es más que un bombillo apagado que se encuentra en un techo, en un techo que, por supuesto, ahora es inalcanzable para mí.

Corazón de fuego


Por José Leonardo Riera


Al principio del principio, en las selvas de Caracas, gobernaba una chamana llamada Luna, ella era muy hermosa, brillaba resplandeciente día a día, pues allí no había sol ni noche, sólo un cielo azul que era iluminado por su grandeza. Todos los habitantes de la selva, hombres y animales estaban enamorados de ella. No obstante, ésta se consideraba superior a ellos, y por eso no les hacía caso.

Por carecer de emociones y buenos sentimientos, se dedicó a enseñar sus poderes mágicos a otros chamanes, quienes, enamorados, la seguían al punto de idolatrarla. No así el chamán San Thome, quien estaba decidido a quitarle su poder, pues consideraba que no lo merecía. La magia es sólo para aquellos de corazón humilde, aquellos que la usan para ayudar y proteger a su gente, decía San Thome.

Fue así que Luna, como siempre, estando sola y distraída con su belleza, fue atacada por el chamán San Thome. Éste le lanzó un hechizo que la convirtió en un zamuro. No obstante, Luna, por ser tan poderosa, fue creciendo poco a poco hasta que llenó todo el universo con sus plumas negras, oscureciendo para siempre nuestro mundo.


Pasó el tiempo y todo era un desastre. Sin la luz del día todos los habitantes de la selva estaban en peligro, se mataban unos a otros, se morían de hambre y, sin Luna, muy pocos chamanes aprendían nuevos hechizos. Ella estaba indignada, todos estaban tan ocupados en matarse unos a otros, que ya ninguno la recordaba ni admiraba su belleza.

Molesta por eso, juntó el poco poder que le quedaba y en medio de su negro manto hizo surgir un gran ojo blanco. El chamán San Thome informó a su pueblo que esa oscuridad era la noche, y esa esfera blanca era el ojo de Luna. Los indios al ver tanta luz en medio de la noche, quedaban enamorados de lo que veían y con el pasar del tiempo gritaban desesperados por alcanzar aquella esfera. Hasta que, muertos del cansancio, morían y subían flotando junto a Luna. Cada vez que un hombre fallecía lo llamaban “el estreno de la bella”, así, con el pasar del tiempo, se llamaron estrellas.

San Thome estaba preocupado, ya los hombres no se diferenciaban de los animales. Todos dejaron a su gente y sólo admiraban a la luna, San Thome estaba arrepentido de lo que había hecho y por esa razón buscó una forma de solucionar el problema.

Luna era muy poderosa, y se volvía más poderosa con cada estrella; era imposible para el chamán San Thome vencerla. Pero entonces decidió sacrificar su vida por su gente, por eso se convirtió en corazón y fue creciendo poco a poco hasta cubrirse de fuego y acabar con el manto de la noche. Pero la noche era muy grande, era imposible acabar con ella para siempre. Desde ese entonces, con el pasar del tiempo, la luna y el sol pelean sin cesar, la luna por mostrar sus estrellas, el sol por acabar con la oscuridad.


Se dice que por eso, desde el principio del principio, el sol, cuando no está en el cielo, está en la tierra con las indias, quienes por su corazón y su fuego, tienen a hijos caciques.



Guaicaipuro fue uno de ellos. Un indio de fuego y corazón que desde siempre impidió que reinara la oscuridad.

martes, 18 de agosto de 2009

Dulce ambición

Por Gabriela Valdivieso

En algún lugar de la tierra, cuyas coordenadas no tengo en gana precisar, existía un niño que disfrutaba la pasta y los tequeños. Pero no tanto. Le gustaban los caramelos y el chocolate. Pero no había comparación posible. Nada, ni su carrito Súper Byper Cobra 2000, podía competir con ella. Su redondez. Su color. Su aroma. Su dulzura. Su sabor ácido al consumirla con agua fría. Su forma de acariciar la lengua. Era ella. La chupeta. Su pasión, su enamorada. Vestida de faldas rojas y letradas, lo embelezaba, lo conquistaba, lo inquietaba.

Veía chupetas en todas partes. En los anillos y los botones. En cada rueda y cada tapa. En la redondez infinita de un papel higiénico y de una cebolla. Estaba en las luces de los semáforos y en los fondos de los vasos. Todos eran como ella; redonda, pero diferente de ella; insípidas y mundanas.

Cuanto comtemplaban sus sus ojos en la tierra eran espejismos. Dolorosos engaños. Falsas versiones de su delicia roja. Pero sobre su cabeza, allá arriba, había algo que lo emocionaba. Sobre el gran lienzo oscuro se dibujan noche a noche estrellas, satélites y planetas. Todos redondos y brillantes. Todos vestigios más o menos similares a su querida, pero sólo uno parecía la fuente de las chupetas terrestres.

La luna. Su luna. Ella, el gran astro grisáseo, era la mayor chupeta concebible. Gigante y brillante, era el objeto de sus más dulces fantasías. Sabía que toda su superficie vivía en tenso acercamiento al núcleo, al más grande y jugoso centro líquido del inmejorable gusto interestelar. Tal pensamiento asía su alma. Lo mantenía al marco de la ventana. Noche tras noche. Ardía en el deseo de conocerla, de abrazarla. De morderla.

Debía ser astronauta, sin duda. Mas mientras no pudiera, la velaría y la cuidaría, la conquistaría con promesas rellenas de deseo. Pero debía, en tiempos más cercanos que tardíos, alcanzarla y recorrerla. Saborearla. La lamería entonces hasta las últimas consecuencias.