martes, 13 de abril de 2010

Es más sencillo así

Es más sencillo así

Por Jessica Márquez Gaspar


Como mujer, el alcohol a veces parecía prohibido. No obstante, a los tragos ella no le tenía miedo. Ni mucho menos. Caminó con desenvoltura hasta una pequeña licorería en Plaza Venezuela, y compró como si nada dos botellas de ron, bajo la mirada escéptica del tipo que atendía el local.

Cuando tomas, el mundo es más sencillo.


Caminó con el licor en una bolsa varias cuadras. En un edificio conocido tocó el intercomunicador, y fue recibida por varios de sus compañeros. Quince pisos más arriba estaban los otros. No tardaron ni treinta segundos en preparar unos cubas libres “poderosos”.


Hablando y hablando y hablando. Él, tomado como estaba, empezó a confesar lo que todo el mundo desconocía: su vida amorosa. Confesado todo, vino un brindis, luego otro, luego otro.

Cuando se acercaban a la segunda botella, los seis presentes reían a carcajadas. Cometí el error de sentarme en un banquito alto, del que después no sabía como bajarme. Con ayuda de otros, hasta casi provocar que todos nos cayéramos al piso, logré alcanzar el suelo y me senté en el cómodo sofá.


Cuando tomas, no hay que pensar.


Las ideas se hicieron fragmentarias. Las conexiones inexistentes. Ya no había procesamiento de lo que se iba a decir: absoluto confesionario. ¿Qué habré dicho yo?, que ya no recuerdo. ¿Podrías creer que sólo tengo la memoria vaga de algo relacionado con el chocolate?


Hicimos una pausa para preparar nuestra especialidad: pasta con atún. Con la ayuda de todos logramos servir 6 platos sin tumbar la cocina. Comimos con hambre y con gusto. Luego me arrepentiría de esa cena tardía.


Terminado el ron llegamos a la sangría. Sólo recuerdo la brisa de aquel piso 15. Lo recuerdo a él muerto de la risa. Tenía muchísimo sueño. Íbamos a ver una película, pero no creo que nadie estuviera en condiciones de seguir el argumento.


Seguí tomando hasta que ya no sentía el cuerpo. Era más sencillo así.


No sé que dije.


Acabado el alcohol, fue momento de llamar a mi papá para que nos recogiera. Otra vez, comunitariamente, logramos sacar mi celular de la cartera. Logramos ubicar el número de mi papá y sostener el celular a la altura de mi oído. Me soplaron que decirle. A los veinte minutos había llegado.


Sigo sin saber cómo bajamos los quince pisos. Yo sé que estábamos en el apartamento, y luego en el carro.


Enfilamos por la Libertador. 60 km por ahora, o menos, era la velocidad del carro. Para mí eran 200. El mundo eran sombras que pasaban a alta velocidad, me era imposible enfocar. Me aferré al asiento del copiloto como si fuéramos en un cohete que despegaba.


En algún punto el vértigo dio paso a un estado de cuasi inconciencia o de sueño donde no sabía ya ni donde estábamos.


Creo que dormí. Lo siguiente que supe es que estaba a cuatro metros de la puerta de mi casa.

Dominé mis sentidos para introducir las llaves en la cerradura. Aunque fue un titánico esfuerzo, logré abrir dos puertas, para descubrir el horror: mi mamá estaba despierta.


En la actuación de mi vida, hablé poco, logré entrar al baño a cepillarme los dientes, y algo dije (que incluso hoy no recuerdo) que conmovió a mi mamá, hasta hacerme merecedora de un abrazo.


Subí las escaleras hasta mi habitación a paso firme, a pesar de lo mucho que ésta se movía.

Pasé el siguiente rato (ni idea de cuánto tiempo fue) observando al mundo moverse a mi alrededor. Según tengo entendido, en ese estado mandé varios mensajes de texto. (¿?)

El mundo siguió moviéndose.


En algún momento perdí la conciencia.


Desperté al día siguiente a las siete de la mañana porque tenía que trabajar, completamente afónica y con el ratón de mi vida. Demás está decir que me quedé en mi casa.

Aún no recuerdo esa noche. Pero no importa. Es más sencillo así.


lunes, 12 de abril de 2010

La Batalla De Valle Arriba

Primero es una sensación de estar acostado, sábanas pegadas en mi cara y el calor de otra persona asfixiándome.

Abro los ojos.

Me duele la espalda. Tengo la boca seca. Pastosa.

Pestañeo con fuerza y echo los hombros hacia atrás hasta que el espacio entre mis omóplatos duele. Toso. Me quedo sentado en la cama. Recorro mi rostro con las manos y, por años, me quedo ahí, respirando por la boca, los brazos apoyados en las rodillas flexionadas.

Tengo que hacer una cuidadosa recolección mental de qué fue lo que sucedió anoche.

¿Esa película de los tipos en Las Vegas? Esa vaina pasa de verdad.

Las resacas nunca me han pegado como a otras personas, ese taladro entre las sienes, esta transformación a vampiro, esquivo de la luz solar. En mi caso, siempre es un ligero desequilibrio, el mundo se sacude de vez en cuando, algo no está bien pero es imposible señalar con el índice qué.

Ayer en la tarde, con los muchachos, me dije que no iba a beber.

Luego, como a las once y pico, pienso que un solo trago no le va a hacer daño a nadie.

¿De quién es esta casa?

Tengo los nudillos de la mano izquierda raspados. El meñique me duele mucho. Abro y cierro varias veces, sólo chequeando que no me he roto nada. En alguna parte leí que “hijo, si te hubieses fracturado la mano, no podrías ni moverla.” Espero que eso sea verdad.

Inhalo y exhalo en grandes bocanadas.

Ya va.

Miro a un lado y ahí está. Remuevo un poquito las sábanas. Una mujer. Obtengo los datos como la descripción de un perfil criminal.

Latina. Entre 21 y 24 años.

Cabello largo, liso y oscuro.

Grandes aretes ovalados.

Uñas de manos y pies pintadas de negro.

Ligero aroma a manzana. Probablemente alcohol.

Me arrimo al rincón de la cama y me pongo de pie. Salgo de la habitación en pantalones y, con un terremoto psíquico, trastabillo al baño. Sé que L y F están en alguna parte y, si los consigo, si tan sólo descubro que están aquí, la crisis del fin del mundo se habrá revertido.

El suelo del baño es un campo minado, con una combinación de líquidos a la que decido no mirar demasiado. Por mucho que ignores qué fue lo que te sucedió en las últimas horas, hay cosas de las que no quieres enterarte.

A la mierda.

Tengo el pómulo derecho raspado. Abro bien los ojos, cojo agua entre las manos y me lavo la cara. Con un segundo vistazo, detallo el raspón. Definitivamente es un golpe y duele un pelo cuando lo toco. Me apoyo en el lavamanos. Nunca he tenido perfil de street fighter, así que sólo hay dos formas verosímiles en las que esto pudo haber pasado: alguien me golpeó por accidente o me he golpeado con algo, que debe estar roto ahorita.

Cojo buches de agua y escupo.

Fragmentos de conversaciones aparecen en el espejo.

“Ah, qué bolas, marico, eso no se hace.”

“Ay, maldito, en mi propia casa.”

“No creas nada de lo que te diga este carajo.”

“Yo que creía que tú eras así, calladito, con tus libros y tus cosas.”

Salgo del baño y me dirijo a la sala. Si Dan Brown estuviera aquí, escribiría un libro reconstruyendo lo que sucedió anoche. Entrando en mi destino, en un sofá directamente a mi izquierda, está una tipa.

Botas hasta la rodilla.

Chaleco y cacheteros.

Guantes negros hasta el codo.

En una mano, un paquete de chicles trident. Yerbabuena.

F está dormido unos metros más allá, con un brazo sobre los ojos y la boca abierta.

Camino mirándola, pensando en que a pesar de su apariencia muy fuera de lugar, me parece conocida.

—¡Ay, maldita sea!

Empiezo a cojear con la cara contraída en un rictus de dolor.

Me siento en uno de los bancos de la barra. Apoyo el pie en la rodilla contraria y me examino la planta. Algún hijo de la gran puta ha roto una botella en el suelo. Veo tres pequeños fragmentos de cristal en mi planta.

Fragmentos narrativos:

“Ah, marico, mañana entramos en rehabilitación.”

“¡Yo soy El Rey Lagarto!”

“¿Sabes? Siempre he querido pegar los muebles en el techo. Me da nota esa vaina.”

“A mí esa idea me parece de pinga.”

“¡Viene la POLICÍA!”

Extraigo el vidrio con el índice y el pulgar y, porque no quiero desentonar con la onda irresponsable del lugar, los devuelvo al suelo. No han cortado profundo, pero arde y voy a ir dejando un rastro de sangre para los cazarrecompensas del viejo oeste.

En el suelo hay ganchos de ropa.

Vasos de prolicor.

Una corbata.

Un desodorante roll-on sin tapa.

CD’s de Staind y Creed.

Pedacitos de doritos cada vez más diminutos.

En un espejo sobre el equipo de sonido, alguien escribió con lápiz labial “Leyendas del Templo Escondido.”

La terraza trae aire fresco y frío, con un papel tapiz del valle de la Gran Caracas. Me ubico: estoy en Valle Arriba. Sólo conozco a dos personas que viven por esta zona y, aunque el pensamiento me da la misma emoción que siente un arqueólogo al descubrir huesos en la arena, entiendo que eso no significa nada; puede que hayamos venido sin conocer al dueño de la casa.

Achino los ojos. Deben ser las cuatro de la tarde, a lo sumo. Un carajo a un lado se está despertando. Lo he visto en la universidad. No sé cómo se llama. Es uno de esos pavitos a los que miro con asquito a diario, pero recuerdo que anoche teníamos una relación como de hermanos. Está acostado sobre un puff y tiene una cobija rosada encima. Gruñe y se acuesta boca abajo. Me recuerda a la última escena de Pelotón, con Charlie Sheen emergiendo del infierno entre soldados moribundos.

Quizá eso fue lo que pasó.

La Batalla de Valle Arriba.

Transcripción de algunos comentarios:

“¡Miren, miren, miren, VOY! ¡no-JODA! ¡Así es que se lanza una botella, maricón! ¡Aprende, hijo, aprende!”

“Me dijo que tiene otros carajos, que no le importa que la bote pal’ coño. Bueno, no joda, que se vaya, que se vaya. Ah, chamo, me quiero matar.”

“¿Qué le echaste a esta vaina? ¿Es ron puro? Verga. A mí esto no me hace nada, marico.”

Me volteo y es W el que está entrando en la terraza. En medias e interiores.

Se está rascando el pecho, analizando el campo de batalla con el ceño arrugado.

—Mira, marico —dice, arrastrando las palabras. “Miiira, mariiico”—. Yo creo que deberíamos irnos antes de que Punch se levante.

Me llevo las manos a la cintura. Nos sentamos en uno de los bancos que bordean una terraza cuyo cielo estuvo permeado de estrellas, espuma y humo de cigarrillo. Me vuelvo a ver la mano y vuelvo a cerrar y a abrirla.

—¿Ya se paró Marina? —pregunta W.

—¿Quién es Marina?

—Olvídalo. Marico, nos pasamos cuando tiramos a Alfonso por las escaleras, ¿no?

Yo no tengo memorias de ese incidente.

Me pongo de pie otra vez y encaro al horizonte.

Siempre tiene que terminar así.

Regimiento 24 de los Ángeles del Desastre reportándose al servicio.

Misión: Apetito Para La Destrucción.

En el fondo del escenario, un celular suena.

Alguien entra en la sala y también se corta. La voz del “coño e’ la madre” es femenina.

Aquí en la terraza, el viento sopla, el cielo es gris y le doy una hora antes de que empiece a llover.

Suspiro.

Cruzo los brazos.

Y sonrío.

domingo, 11 de abril de 2010

La historia de Santiago y otras cosas importantes

Por Gabriela Camacho

Santiago se miró en el espejo por última vez. La camisa cerrada, exceptuando tres botones, combinaba con su tono de piel; los meticulosamente elegidos jeans; y los cómodos pero elegantes zapatos, lo hacían verse como cada sábado por la noche: genial.

Antes de salir, se fijó en la pequeña nevera situada en el fondo del salón. Allí dentro había todo tipo de licor, notándose la preferencia por el vodka al haber enormes cantidades. Pensó en la fría botella, aguardando el momento de ser bebida, y se dijo que no; ya habría tiempo de eso esa noche.

Las llaves del carro en mano y un par de billetes grandes, eso era todo. Llegó al bar de costumbre y se sentó, pidió lo que solía pedir y miró distraídamente a su alrededor. Allí estaba ella, con su vestido ceñido al cuerpo y su frágil expresión: era la víctima perfecta de la noche. Se acercó con cuidado pero con paso firme, y tocó su hombro.

Ella se sobresaltó, ¿Para qué mentir? Pero rápidamente recobró la calma y sonrió con timidez. “Ya la tengo”, pensó Santiago. La noche siguió su rumbo como él tenía pensado, ella actuaba exactamente como debía, según el plan. Cuando el trago bastó y la conversación aún no había terminado, Santiago sugirió el camino más fácil: su carro. Ofreció llevarla a su casa y ¿Quién sabe qué más?

Ni siquiera sospechó del hecho de que la chica misteriosa viviera tan alto en una montaña, debía ser duro bajar de allí cada día, ¿No? Cuando hubieron llegado al primer claro entre árboles ella le pidió que la dejara, y él como fingido caballero puso su primera objeción; ese no era lugar para una señorita a tan avanzadas horas de la noche. Le prometió acompañarla hasta la puerta de su casa, ni más ni menos, aunque creo que nosotros sabemos que en realidad sí era más.

Habiendo caminado un par de minutos desde que él seestacionó en aquel claro, la chica que iba a su lado se detuvo. Él, instintivamente, hizo lo mismo. La oscuridad era casi total, así que no se dio cuenta del momento en que ella sacaba una filosa cuchilla oriental. En menos de cinco minutos, nuestro querido pero poco inteligente Santiago yacía en la hierba hecho pedazos. Lo raro era que, ¿Cómo podía estar contemplando esa escena, si obviamente estaba muerto?

Santiago despertó sudando en el sofá de su salón, eran aproximadamente las ocho de la noche, su hora predilecta para salir. Sintió un enorme alivio sabiéndose a salvo, ¡no había salido de casa! Cuando intentó levantarse se mareó y miró hacia la nevera, que tenía la puerta entreabierta, cuidada muy de cerca por diez botellas vacías de vodka...

Amigos míos, sobra decir que Santiago no salió esa noche, ni la del sábado siguiente, más o menos por un mes. La mejor compañía era su nevera de tragos, y supo que en ciertas ocasiones la soledad era preferible. Los sueños son invenciones, son maravillas y son pesadillas, pero ¿No debemos hacerles caso, tal y como hizo Santiago?

miércoles, 7 de abril de 2010

Una guarandinga así como Cosmopolitan con Men’s Health

Una guarandinga así como Cosmopolitan con Men’s Health

Por Guillermo Geraldo Rodríguez

A todos nos ha gustado alguien alguna vez en la vida, ya sea del mismo género o del género opuesto. Pasa que siempre (incluso desde pequeños) adoptamos actitudes particulares cuando estamos frente a la persona que nos gusta. Para muestra de esto tenemos a los típicos chamaquitos fastidiando a la niña que les gusta en el aula de clase, pretendiendo así la atención de la chamita. Con el correr de los años te das cuenta de que fastidiar a las mujeres no es el condimento perfecto para conquistarlas. Pero tampoco consigues la fórmula perfecta debido a que es un tabú comprender como piensan en particular las mujeres.

Parece algún cuento de brujas, hadas y algún protagonista de corazón puro, un cuento en el que todos buscan el diamante sagrado de la vida eterna, pero sólo lo obtendrá el que realmente no lo desee.

Pero… ¿Por qué digo esto?

Resulta que sí existe una fórmula para conquistar a las mujeres. Éstas desean un hombre que converse pero que las escuche, que no sólo se ría de los chistes contados por él, pero que las haga reír por los chistes contados por él. Que sea capaz de negociar, que no le tenga miedo al matrimonio, que sepa cocinar, que sepa apreciar cuando se cambia algo del look, compra un vestido nuevo o posee algún nuevo detalle y que si llegase a casarse éste no las convierta en una doméstica gratuita. Todas, absolutamente todas las mujeres quieren algo de esto, de lo contrario no serían mujeres.

Entonces… ¿Por qué si es tan fácil la fórmula no consigues todos los culos que se te vengan en gana?

Pasa que esta fórmula es utópica. Para cualquier heterosexual del género masculino la fórmula es imposible de aplicar. No es por culpa de ellos si no de ellas. Estas carajas piensan que todos los hombres han sido extraídos del vientre de “la loba capitolina” de Roma, y que por alguna extraña razón tenemos parentesco con algún canino y en consecuencia todos somos unos “perros”. Sencillamente lo comparo con “el diamante sagrado” de los cuentos de brujas y hadas, porque lo únicos capaces de poner en ejercicio, pero sin resultados esta fórmula son los homosexuales (quienes no desean a las chamas). A quienes no los juzgan las mujeres y quienes parecen ser perfectos para ellas.

La vaina es que cuando ya dices ser heterosexual se espantan y te consiguen los mil y un defectos.

Me mudé a Bogotá hace unos diez meses. Tengo un apartamento bastante cómodo en un edificio con fachada de piedritas grises. En él también vive Daniela Carolina, una jevita con un acento colombiano sabroso, está buenísima y sin duda no aguantaba para echarle los perros. Una noche (hace unos cuatro meses más o menos) apareció en mi puerta con dos copas y una botella de vino invitándome a disfrutarla. Mentí diciéndole que no podríamos hacerlo dentro de mi casa, debido a que un amigo que estaba de paso por la ciudad se encontraba durmiendo en el sofá de mi sala y que no querría despertarlo porque al día siguiente iba a tener un vuelo a temprana hora bastante largo.

Sin ningún problema me invitó hasta su piso y en su acogedor apartamento nos servimos la primera copa. Me parecía bastante raro, Daniela y yo siempre nos saludábamos entre pasillos con bastante cariño, pero nunca había salido con ella como para poseer tal confianza. Hablábamos de temas triviales hasta que salió el tema de su novio, mejor dicho ex novio (a quien tuve la oportunidad de ver un par de veces) Estuvimos hablando del tema bastante tiempo, hasta que supo aburrirme. Ya a pocos dedos del final de la botella y entre las últimas copas Daniela me agradeció por escucharla y agregó que no debía preocuparme por pensar que yo le gustaba, que ella no tenía ningún tabú con los de mi tipo.

.- Sin duda sé que eres gay, y gracias por comprenderme, eres divino.

Titubeé pero pensé en el dilema de las mujeres y acepté fingir ser gay.

.- ¿Cómo descubriste que lo soy?

.- ¡Ay! Qué tierno y gafo eres. Es lógico, eres bellísimo, me atrevería a decir que estás bastante bueno y con todo y eso no se te ha visto una chica en los seis meses que tienes aquí. Además, me decís que tienes un man en tu casa ¡Por dios Manuel!

-¿No me digas que me equivoco? ¡Ay qué pena!

Sí era verdad que no había llevado ningún mujerón pa´ la cama de mi casa en alguna oportunidad. Pasa que soy demasiado desordenado (razón por la que no invité a pasar a Daniela aquella noche) y siempre resolvía mis folladitas en algún hotelito bueno de la ciudad o en el carro.

.- No, chica, para nada, mi vida. ¡Sabrás que por un momento me preocupé! No encontraba cómo interrumpirte y decirte que me gustan son los manes. ¡Eres divina e inteligente al darte cuenta!

Con el pasar del tiempo fuimos acoplándonos y la confianza crecía a un punto extremo. Mientras bebíamos se quitaba las camisas incómodas de trabajo frente a mí, quedándose en sostén para buscar alguna pijamita, me abrazaba y manoseaba con frecuencia. Me mostraba las fotos en facebook de la novia de su ex novio donde tenía que mentir diciendo que era fea, no sabía maquillarse y estaba gorda; cuando en verdad la susodicha del facebook estaba riquísima. Típico que tenía una cita y me pedía consejos de cual vestido ponerse (siempre por celos le recomendaba el más largo y menos escotado). Más tarde regresaba contándome el fraude bochornoso de los escenarios y patanes de cada cita, proseguía después con halagos hacía mí y a mencionar que yo era mejor que una chica, una especia de su mejor amiga.

Colmaban mi paciencia hechos como quedarme a dormir en su casa, y que durmiera en su cama, estando ella sin sostén, o que luego ella saliera de la regadera y se vistiera conmigo en su cuarto, etc. En más de una ocasión tenía que acostarme boca abajo en la cama para ocultar mi erección. Mientras tanto, al pararme, el colchón parecía las calles de Caracas con los pequeños huecos que dejaba al acostarme de esa forma y en esa situación.

Mi mamá había estado en casa durante una semana. Mi apartamento estaba ordenado y durante esa semana no había visto a Daniela. Al marcharse mi madre, dejó conmigo dos botellas de Santa Teresa (Ron que extrañaba desde mi partida a Bogotá). Invité a Daniela Carolina unos cubalibres con tequeños. Pasados de rones le dio por ponerse estúpida y mencionar “lo gorda” que estaba.

.- Tócame, nada más siente el rollo en mi barriga

Estuve serio y no comenté nada. Desde “el rollo” de su cintura subí mi mano derecha hasta sus pechos, mientras la izquierda pasaba por su espalda hasta traerla hacía mí. Nos besamos y pare usted de contar, decidí traicionar con mi mueble los hotelitos de la ciudad y dejar de echar para atrás los asientos de mi carro.

Entonces, hasta ayer fui el hombre perfecto. Como dije, era un hombre homosexual. Hoy me consiguieron todos los calificativos posibles: mentiroso, traidor, abusador, oportunista, pervertido, etc.

Por esa razón, les digo:

No les voy a mandar a escribir sobre mujeres.

Es preferible ser como uno es frente a la caraja que nos gusta y no fingir vainas como que eres pargo, compresivo y melancólico: después es mejor. Acepta que te gustan las birras, el fútbol y Los Simpsons.

Y escriban mi pauta sobre “las curdas memorables que han tenido” y si no han tenido alguna, escriban una de sus panas, o del pana de sus panas. La curda anecdótica que conozcan. Porque hasta los evangélicos y testigos de Jehová tienen panas borrachos. Si no, no eres de este planeta.

lunes, 5 de abril de 2010

¿Y esa camisa es del Cementerio o de Zara?

¿Y esa camisa es del Cementerio o de Zara?

Por Guillermo Geraldo Rodríguez

La afirmación de que a Ricky Martín se le moja la canoa, agua la perola por los hombres y que le gustan los pipes ha sido noticia inherente a todos los periódicos terrícolas (eso porque en Marte no han escuchado “living la vida loca”) Bueno, hay que estar claros que el carajo estaba yuca y papeado (no voy a halagarlo mucho, no vaya a creerse que también soy parcha). Sin embargo, desde el alba de su carrera (iniciada con Los Menudos) ya el carajo “jugaba espadita”. Digo esto por las aseveraciones en Twitter de Ricardo Montaner, quien manifestó: “El @ricky_martin de ayer y el Ricky M de hoy, es el mismo Ricky Martin de siempre. Y es mi amigo!” (Es decir, siempre fue…*tos*). Ahora ¿qué pasaría si el de los menudos no hubiera sido quién fue? ¿Si no le hubieran dado la canción de Francia98? ¿Si fuera un mamarracho pata en suelo sin los billetes que tiene? Entonces no sería gay sería un pobre marico.

Es admirable la inmensa aceptación por parte de la opinión pública con respecto a la homosexualidad del artista (independientemente de las cualidades y factores que pueda carecer un homosexual común para no poseer la misma aprobación). Es un factor de evolución este hecho. Pasa que durante siglos el ser humano ha buscado pretextos para evitar de alguna forma a la persona diferente, a la persona que no está dentro del prototipo común, tildando de locos a los científicos, filósofos e investigadores que no se conforman con seguir el cauce de la sociedad. Ésta se ha encargado de destruir a todo aquel que busca romper parámetros. Sócrates, Jesucristo, Juana de Arco, Kennedy, Martin Luther King, etc. Han sido algunos de los que han tenido que “bajarse de la mula” con su vida (pena que tuvieron que pagar por estar fuera del lote característico de la sociedad de entonces) para dejar un legado de cambio.

Creemos haber superado el tema del racismo, clasismo y además dar el visto bueno al tema de la pluralidad de género sexual. Pues, todo esto es ¡zendo embuste! Si es verdad que para la fecha, todos tenemos panas judíos, musulmanes, budistas, hippies, cristianos, lesbianas, gays, negros, blancos, chinos y amarillos. Sin embargo, no se trata de maricos, negros y religión. Todos poseemos la bacteria de la discriminación, debido a que todos forjamos un molde del ser de quien queremos parecernos y solemos rechazar a las personas que no encajan en este tipo de molde ideal. Por esta razón hoy estamos divididos, porque tú eres chavista y yo soy opositor. Porque yo me pongo (a mucha honra) una camisa que dice “Alianza para un Venezuela sin comegatos” y tú te pones una que dice “Sin Reggaetoneros Tukkys”. Porque cuando vas al estadio del Caracas Fútbol Club, si se te ocurre llevarte una camisa aurinegra (colores del archirrival caraqueño) pues, te revienta a coñazos. Porque no eres nadie sin una Merú, sin un Blackberry y una gorra del pescao de Bass Pro Shop; mientras otros opinan que no eres nadie sin pasión literaria, criterio político y un razonable oído musical.

Sencillamente a algunos les gusta Newton, Charles Darwin y Einstein (científicos) a otros les gusta Van Gogh, García Márquez y Mozart (humanistas). A unos les gusta Marx, Engels y Chávez y a otros Smith, Bush y Ledezma. Por ahí hay los que prefieren a Wisin&Yandel y a Alexys&Fido, y los que les excita Metallica y Dream Theater.

La vaina se trata de ceder un poco, de darte cuenta que no siempre tienes la razón, de no juzgar, de aprender que no es una virtud etiquetar a la gente, y aprender también a no frenarte por el elementos difamados por la sociedad. Porque buen pelón que se echó “Vitico” Davalillo cuando le dijo a Omar Vizquel (antes de jugar beisbol profesional) que no servía para el aquel deporte y que se dedicara a Jockey Hípico (y como ésta, miles de anécdotas).

Hay que cambiar, hay que aceptarnos, hay que dejar de juzgar y no esperar que nos pasen vainas como las de Chile y Haití para saber que a la hora de necesitar ayuda y echarle un camión de bolas unidos, ni somos nobles, Terminator o Mcgiver. Que todos somos la misma cagada: Creímos en el niño Jesús, nos sabemos al menos el coro de alguna canción de Los Backstrees Boys y nos gusta la arepa, la birra y el Mc´donalds (Por no decir que todos, comemos, cagamos y dormimos).

Entonces, que no se te engarroten las bolas, ni te sientas impedido o frenado para forjar tu proyecto de vida porque no encajas con un estilo de gente, quienes te critican y encabronan la existencia. Así seas un asesino, psicópata, enfermo sexual y alcohólico, siempre vas a conseguir una sociedad donde encajar. Si no, no existirían las cárceles de alta seguridad.

jueves, 1 de abril de 2010

DECA-LOGOS

DIEZ COMPRENSIONES PARA ALCANZAR EL LOGOS

Por Gabriela Valdivieso Piersanti

La esencia de la verdad se encuentra
en su resistencia a ser ignorada

Charles Sanders Peirce

Nacidos, lanzados al cosmos, conscientes o inconscientes, nos hemos enfrentado al desconocimiento. Obligados a pensar, experimentamos e interpretamos nuestra situación. Somos, pues, por vivientes y pensantes, filósofos, pero lo somos más si el ímpetu del deseo de entender nos enciende. De ser así, la invitación, expuesta a través del siguiente decálogo, es seguir encendidos para iluminar e iluminarnos.

I. De puntillas: Captar la mundanidad y trascenderla

Rumbo al trabajo o durante la jornada laboral es fácil perderse, olvidar, ignorar. Es fácil navegar en el Metro sin ver ni oír gracias a los mejores audífonos. Es fácil interrumpir una conversación por un mensaje de texto emergente. Es fácil caminar más rápido, a pesar de no ir al mejor lugar.

Alzar la cabeza, aunque difícil, es posible y, cada vez más, inevitable. En el actual contexto, en instantes, en atardeceres, en miradas, en sacudones dejemos colar esa percepción espontánea de que algo nos falta, de que hay mucho que pensar y descubrir.

II. Maravillarse ante la complejidad: Captar lo inagotable e infinito de la realidad

Aludiendo a la metáfora platónica, tenemos la posibilidad de desligarnos de salir de la cueva de la ignorancia y ver las luces. Podemos, si lo deseamos y lo buscamos con pasión y perseverancia, encandilarnos con la verdad. Para ello es preciso mirar distinto, alejarse de las interpretaciones corrientes y mirar desde el asombro. Salirse de la sombra y admirarse. Es este el motor o principio del camino al logos.

III. Cultivar el des-interés: Apertura de un pensamiento libre, sin compromisos ni metas preestablecidas

Unos lentes negros mostrarán un contexto oscuro. Una mano enguantada palpará un mundo sin texturas. Igualmente, una mente con premisas captará comprobaciones o negaciones de su ideario, no así la verdad. Ella sólo se des-cubrirá de sus ropajes ante las mentes igual de desnudas y abiertas. Dado al ámbito de libertad en que se mueve, la filosofía exige una apertura incondicional, total.

IV. Moverse por el amor al saber: Comprometerse y entregarse sin condiciones ni miramientos

La verdad coquetea con nosotros sólo si no tenemos otro fin que alcanzarla y conocerla, si no nos anima más que el amor a ella. Con amor nos aproximamos, sin él tropezamos, dado que con amor se estiman los sacrificios y los compromisos y se asumen plenamente con intimidad, tiempo y voluntad.

V. Sí se puede conocer: Desde la realidad

A veces nos desesperamos por la ausencia de certeza, a veces nos paraliza la duda, pero siempre nos reanimamos y continuamos porque tenemos algunas ventajas y ayudas: Caminamos sobre una realidad abierta y estamos equipados de nosotros mismos. Tenemos espacio y capacidad para albergar la verdad, y tenemos un entendimiento capaz y activo entrenado para captar y decodificar o interpretar esa realidad unívoca, externa, expectante.

VI. Cultivar la curiosidad y la formación intelectual y personal

La invitación y exigencia de la filosofía consiste en asombrarse y ver incógnitas, en desechar la pasividad y fomentar la actitud crítica y suspicaz. La plena vitalidad del espíritu consiste en la capacidad de ser curioso de problemas, ser buscador de posibilidades y respuestas. Pero no basta con activarse y encarar la complejidad, es preciso gestar y fomentar una formación para ver y dar con los fundamentos de las impresiones.

VII. Asumir la creación continua: Conocer y valorar la historia

Todo hombre, aunque nuevo en el mundo, no se enfrenta a un mundo nuevo. Nuevos nosotros (colectiva y personalmente), el mundo nos precede y nos explica. Lo precedente, la historia, más que una información de interés, es una causa formal, un aporte esclarecedor sobre la esencia y la identidad.

VIII. Esfuerzo sostenido: Calma y perseverancia en método y acción

La verdad pide a su buscador humildad y claridad para comprender que no es posible un éxito total, dadas las capacidades intelectuales humanas o limitadas; y fuerza y entereza para luchar y perseverar con ímpetu continuo para no desistir y caminar, tramo a tramo, el gratificante camino ascendente.

IX. Puesta en común: Comunicar y poner en diálogo la verdad

Así como el conocimiento, que no puede gestarse en el aislamiento, tampoco puede conservarse de este modo. El contexto es a la vez fuente y receptor de conocimientos, por ello todo filósofo tiene por misión, además de basarse en la realidad, de-volver-se hacia ella.

X. Vivir en la verdad

Nuestra vida nos es dada, pero no nos es dada hecha. Nos encontramos en ella de pronto sin saber cómo y sin saber qué hacer. Independientemente de la época, la cuestión filosófica central es la de cómo vivir. Filosofar es en este sentido inicio y término de la mayor búsqueda: la felicidad.

La necesidad de comprender y comprender-nos motiva una búsqueda cuyos resultados inciden en la realidad interior. Esto se debe a que la verdad es inherente a la intimidad y compromete al hombre por completo. Conscientes de una verdad, no podemos evitar su influencia, su carácter dinamizante, y no debemos tampoco intentarlo porque esta disposición vital, este derecho y bien invaluable es también un servicio del buscador. Vivir de acuerdo a los conocimientos alcanzados es un compromiso y un derecho.

domingo, 28 de marzo de 2010

Reglas de los fines de semana

“¿Qué demonios hago YO un sábado AQUÍ?” o “Es domingo ah...” son las célebres frases de los fines de semana. Puede que alguien sin oficio (como yo) se pregunte el porqué de la preferencia hacia los sábados, he aquí las razones:

• Los sábados son buenos porque, si vas a un espacio abierto, todo está funcionando como debe ser.

• Los domingos son buenos porque... eh...

• Los sábados son buenos porque los centros comerciales tienen TODO, y no cabe la posibilidad de que entres a Wendy’s y te digan “No hay papas fritas ni pan grande”.

• Los domingos son buenos porque... Dame un momento, ¿Sí?

• Los sábados son buenos porque hay funciones de cine decentes, y en la cola de la dulcería no esperarán hasta que llegues a la caja para decirte “¿Qué refresco quieres? Sólo hay Coca-cola”. Ok, tratare de que no todo se enfoque en comida.

• Los domingos son buenos porque... Hm... ¡Algo bueno deben tener!

• Los sábados son buenos porque es posible que te encuentres una fiesta en una plaza, un evento o una feria.

• Los domingos son buenos porque... ¡Lo encontraré, lo sé!

Esto SEGURO no te pasa un sábado.

• Los sábados son buenos porque puedes quedarte EL DÍA ENTERO en cama y no preocuparte de tener que hacer algo al siguiente.

• Los domingos son buenos porque...Espera... Creo que me estoy rindiendo.

• Los sábados son buenos porque no hay desabastecimiento en tecni-ciencia libros; esto tiene sus excepciones, claro está. Y, bueno, hay que admitir que hay otras tiendas. Ya.

• Los... domingos... Ya ni fuerza tengo.

• Un sábado nadie te dirá que no tiene tiempo; esto TAMBIÉN tiene excepciones.

• Los dom... ah ¿Ya para qué? Sal un sábado, es mejor y punto.

Enseriándome, creo que los domingos sí tienen algo bueno. Ese algo es que podemos quejarnos de ellos, y pues, creo que después de todo me gustan más los sábados; tengo preferencias. La televisión también, ¿No se han preguntado porque “Saturday night live” o “Sábado sensacional”? Yo no, pero es una buena pregunta...

Oh yeah :D

sábado, 27 de marzo de 2010

Imágenes


Imágenes de un tren: mis recuerdos del viaje de Letras a Litros

A Letras a Litros
Una aventura compartida

Por Jessica Márquez Gaspar

Si a estas alturas no se han dado cuenta, es porque están ciegos. Soy sensible, emotiva y tengo muy buena memoria, una combinación terrible. Estuve pensando en Gaby y su partida y este pequeño corto, como las imágenes captadas desde un tren en movimiento, me impregnaron la mente por un buen rato. Comparto con ustedes el desfile de sensaciones y momentos.

1. La primera reunión general en los Chinos de Chacao. Tomamos, conversamos, pensamos en el nombre. Víctor nos llevó al local y se volvió nuestro. Empezamos a conocernos aquel día. Gran inicio. Me quedo con las risas del momento, las frases olvidadas entre la superposición de temas, y un gusto final a cebada. Aún no sabíamos los resultados del concurso, la expectativa caminaba por la mesa.


y así... una leyenda comienza



2. Una mañana temprano estábamos todos en el Centro de Arte La Estancia. Yo y mi ratón fuimos porque queríamos estar ahí, a toda costa. La grama muy verde y la mañana algo fría me llenan. Inventamos pautas locas sacando papelitos de bolsas. Comimos en los Chinos a unas pocas cuadras. ¿Jefe? Más risas. Sesión de fotos callejera. Cayó la tarde y tuvimos que dispersarnos. Gaby, Samar y yo dormimos la siesta en el Parque del Este. Una sensación de paz que tenía tiempo no me recorría el cuerpo.


Profundos pensamientos...!



3. El León. Gaby y sus ojos verdes, que impresionantes. Una conversación muy agradable con birras por delante. Los espacios abiertos de Chacao. El pulso de la movida nocturna caraqueña. Compartimos confidencias sobre nuestras vidas amorosas. Hablamos de proyectos, del futuro. Éramos ya grandes amigos.

4. En algún momento almorcé con Gaby en Burger King y después nos sentamos a conversar en el San Ignacio. Recuerdo su interés maravilloso y la nostalgia que marcó aquel día, por diferentes razones. Era una amistad tangible.

5. Me encontré con Noe en la UCV y nos tomamos un café. Conversación. Chistes picantes de Noe, cursilerías de mi parte. Me reí horrores. Proyectos, proyectos. Mucho trabajo. Discusión ideológica. Conversación de mujeres.

6. Friday`s y unas hamburguesas. Hacía frío y no me quería quitar el sueter. Un mesonero nos tomó la foto. Mo contaba su intento de dar clases en bachillerato y su huída absoluta. Nos deseamos Feliz Navidad. Teníamos tiempo que no nos veíamos y extrañaba aquello.


We look good or what?


7. Parque del Este, junto al Planetario nos sentamos en la grama. Propusimos nombres y hablamos del grupo. Hicimos una votación, incluso con los que no estaban. Muchas burbujas. Muchas. Era en la tarde y el parque estaba vacío. Jugamos Stop Literario. Una hermosa luz. Fotos. En estos días encontré aún los papelitos de aquella votación. Nuestro nombre emergió: Letras a Litros.


Burbujas, burbujas



8. Comemos en Mc Donalds, cada quien tiene sus gustos. Gaby con la mayonesa. Mo pidió una cajita feliz porque quería el muñequito. Yo me moría de hambre. Papitas. Hacía frío. Manuela nos acompañó.

9. Un rincón de los Chinos de Chacao. Muchas birras. Hicimos una sesión de fotos en pleno discurso, las fotos son comiquísimas. Más conversación sobre el grupo. Yo llevé la minuta (muy mal porque estaba tomada). Tengo una libreta llena de anotaciones de Letras, la guardo con cariño en una gaveta. JL tenía propuestas, como siempre. Una, dos, tres birras. Botellas vacías. El televisor tenía puesto un canal chino (que no sabía que se podía ver en Venezuela).


¡Recuerden que estaba tomada!


10. Leo y Víctor que fueron a mi cumpleaños. Eso rockeo. (Este año los espero a todos sin falta). Tomamos horrores, hablamos burda. Todo borroso. Nos quedamos dormidos en el carro de mi papá de regreso a nuestras casas. Se me acabó la adolescencia: me alcanzaron los 20.


Tres escritores tomando

11. Las conversaciones por Facebook y los comentarios en el blog. Las imágenes expresivas de Víctor, las salidas de Noe, las apariciones repentinas de Guille. Las opiniones. La sinceridad de todos. El compartir nuestros textos. Generosos halagos.

Por último, la despedida de Gaby. Cultura Chupística y los nachos. Gaby quería hacernos llorar. Abrazos. Fotos (¿Por cierto quién las tiene y por qué no las han montando en FB?), el viaje en carro. Guille imitando al Presidente. Noe que me escribió un mensaje: chama creo que estoy prendida. ¿Cómo entramos todos en el carro de Robi?. Samar que comió picante. Las birras. El Adiós.

Tal vez esto sea incomprensible. No lo sé. Me comprometo a trabajar como Piñera que soy porque Letras continúe. Porque me llena las horas, porque me llena el alma de historias. Y la mente de recuerdos. Gracias por todo. Ha sido maravilloso.

Decálogo Bravo

Por José Leonardo Riera
¡Bravo si lo cumples! Y sino, me pongo bravo.



1. El destino existe, créelo. Cuando te vaya mal, piensa que es una prueba del destino. Cuando te vaya bien… ¡Qué diablos! ¡Es el destino también! Ser feliz es tan fácil como decidirlo.

2. Más que intentar, debes ser. El que intenta pasa su vida haciéndolo y, en ocasiones, fracasa. El que ES, puede que tenga razón, y si no, “mejorando”, será.

3. ¿Cómo ser un escritor y no morir en el intento? Intenta morirte. (Favor aplicar ley dos).

4. Hay gente que vive pensando en la muerte. Haz todo lo contrario. Todo.

5. La única forma de sobrevivir es el camuflaje. En el mar, los animales más grandes y peligrosos (y que, por cierto, no tienen camuflaje) mueren en manos del hombre (y viceversa). Mientras unos se pelean por “ser salvajes y peligrosos”, y otros se pelean por “ser humanos”, sólo los animalitos camuflados sobrevivimos.

6. Los peores vicios, si quieres saber superarlos, debes saber tenerlos.

7. En cuestión de imagen, uno de los hombres más famosos de la historia era un desnutrido. El otro, era un gordo (gordo de una forma ignorante). Si estás flaco, se quejarán por ver tus huesos. Si estás gordo, se quejarán porque no se ven. Sé gordo o flaco, pero sonríe.
8. Cuando Dios nos quiso dar la vida, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar amarguras, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar placer, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar competencia, inventó a la mujer. Si tienes una vida sin mujeres ¡invéntalas!

9. Si quieres alcanzar algo, trabaja. Si quieres tener algo, trabaja. Si sueñas lograr algo, trabaja. Si trabajas, descansa algo.

10. Si crees en el destino, en ti, en Dios, en el hombre, en la mujer, o en tu santa cerveza de los fines de semana, no tienes por qué creer en este decálogo. Nunca le hagas caso a nadie (aunque si no le haces caso a nadie, me estarás haciendo caso a mí ¿se entiende? ¡Yo tengo el poder supremo! *Risa malévola*).

Se repite en esto el ejemplo de la séptima ley. Podemos añadir otros: Si eres hombre y consigues muchas mujeres eres un maldito perro sucio mujeriego, y si no buscas mujeres eres un maldito perro sucio maricón. Si tienes logros y los proclamas eres un maldito bocón, si no tienes logros, eres un maldito fracasado. Si montas cachos, eres un maldito perro sucio (también), si te lo montan a ti… eres un pendejo. Chamo, mejor no sigo. La premisa es que tú decides lo que ERES. No importa nada más.


Nota del autor: Este decálogo (y sólo él) es machista. Si eres una fémina, la onceava ley es que lo leas pensando que eres un hombre.