Pregunté, tan serena como pude, por qué es más fácil desordenar que cuidar, dañar que arreglar, en definitiva destruir que construir.
Con un susurro envolvente: "Porque es más fácil morir que vivir."
Vuelta a casa, aún levitaba.
Once muchachos que quedaron picados porque el primer Rally Metropolitano de Escritores les pareció muy corto decidieron irse a los bares nocturnos caraqueños a beber birras y leer literatura. Cuando la cosa no dio para más crearon este blog porque las maravillas que estaban haciendo se estaban desbordando
Es impresionante lo poco trascendente que es la existencia de la humanidad en el amplio esquema del universo. Nos escondemos detrás de nuestras religiones, nuestras normas científicas, en la búsqueda de comprensión de aquello que nos rodea. Si ustedes supieran lo que yo sé, apurarían a culminar sus propias vidas, al suicidio de la especie, pues es lo único que nos salvará del sino aciago que nos espera entre los eones.
No voy a decirles cómo fue. Grité desde las tinieblas del monte y regresando a la casa, divisé al grupo que se preparaba para buscarme. Las antorchas perfilaban sus facciones: Mamá, con Heriberto y Marco Antonio, vociferando, maldiciendo, insistiendo en cuánto debían de proteger al fruto de mi vientre.
Por Samar HokchePor Jessica Márquez Gaspar
Como mujer, el alcohol a veces parecía prohibido. No obstante, a los tragos ella no le tenía miedo. Ni mucho menos. Caminó con desenvoltura hasta una pequeña licorería en Plaza Venezuela, y compró como si nada dos botellas de ron, bajo la mirada escéptica del tipo que atendía el local.
Cuando tomas, el mundo es más sencillo.
Caminó con el licor en una bolsa varias cuadras. En un edificio conocido tocó el intercomunicador, y fue recibida por varios de sus compañeros. Quince pisos más arriba estaban los otros. No tardaron ni treinta segundos en preparar unos cubas libres “poderosos”.
Hablando y hablando y hablando. Él, tomado como estaba, empezó a confesar lo que todo el mundo desconocía: su vida amorosa. Confesado todo, vino un brindis, luego otro, luego otro.
Cuando se acercaban a la segunda botella, los seis presentes reían a carcajadas. Cometí el error de sentarme en un banquito alto, del que después no sabía como bajarme. Con ayuda de otros, hasta casi provocar que todos nos cayéramos al piso, logré alcanzar el suelo y me senté en el cómodo sofá.
Cuando tomas, no hay que pensar.
Las ideas se hicieron fragmentarias. Las conexiones inexistentes. Ya no había procesamiento de lo que se iba a decir: absoluto confesionario. ¿Qué habré dicho yo?, que ya no recuerdo. ¿Podrías creer que sólo tengo la memoria vaga de algo relacionado con el chocolate?
Hicimos una pausa para preparar nuestra especialidad: pasta con atún. Con la ayuda de todos logramos servir 6 platos sin tumbar la cocina. Comimos con hambre y con gusto. Luego me arrepentiría de esa cena tardía.
Terminado el ron llegamos a la sangría. Sólo recuerdo la brisa de aquel piso 15. Lo recuerdo a él muerto de la risa. Tenía muchísimo sueño. Íbamos a ver una película, pero no creo que nadie estuviera en condiciones de seguir el argumento.
Seguí tomando hasta que ya no sentía el cuerpo. Era más sencillo así.
No sé que dije.
Acabado el alcohol, fue momento de llamar a mi papá para que nos recogiera. Otra vez, comunitariamente, logramos sacar mi celular de la cartera. Logramos ubicar el número de mi papá y sostener el celular a la altura de mi oído. Me soplaron que decirle. A los veinte minutos había llegado.
Sigo sin saber cómo bajamos los quince pisos. Yo sé que estábamos en el apartamento, y luego en el carro.
Enfilamos por
En algún punto el vértigo dio paso a un estado de cuasi inconciencia o de sueño donde no sabía ya ni donde estábamos.
Creo que dormí. Lo siguiente que supe es que estaba a cuatro metros de la puerta de mi casa.
Dominé mis sentidos para introducir las llaves en la cerradura. Aunque fue un titánico esfuerzo, logré abrir dos puertas, para descubrir el horror: mi mamá estaba despierta.
En la actuación de mi vida, hablé poco, logré entrar al baño a cepillarme los dientes, y algo dije (que incluso hoy no recuerdo) que conmovió a mi mamá, hasta hacerme merecedora de un abrazo.
Subí las escaleras hasta mi habitación a paso firme, a pesar de lo mucho que ésta se movía.
Pasé el siguiente rato (ni idea de cuánto tiempo fue) observando al mundo moverse a mi alrededor. Según tengo entendido, en ese estado mandé varios mensajes de texto. (¿?)
El mundo siguió moviéndose.
En algún momento perdí la conciencia.
Desperté al día siguiente a las siete de la mañana porque tenía que trabajar, completamente afónica y con el ratón de mi vida. Demás está decir que me quedé en mi casa.
Aún no recuerdo esa noche. Pero no importa. Es más sencillo así.
Me arrimo al rincón de la cama y me pongo de pie. Salgo de la habitación en pantalones y, con un terremoto psíquico, trastabillo al baño. Sé que L y F están en alguna parte y, si los consigo, si tan sólo descubro que están aquí, la crisis del fin del mundo se habrá revertido.
Me siento en uno de los bancos de la barra. Apoyo el pie en la rodilla contraria y me examino la planta. Algún hijo de la gran puta ha roto una botella en el suelo. Veo tres pequeños fragmentos de cristal en mi planta.
“¡Miren, miren, miren, VOY! ¡no-JODA! ¡Así es que se lanza una botella, maricón! ¡Aprende, hijo, aprende!”