Mostrando las entradas con la etiqueta Contraletras 3. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Contraletras 3. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de febrero de 2011

La primera de muchas


Hay cosas que sencillamente son imposibles, o al menos eso pensaba Set hasta 1969, año el cual lo dejaría marcado por el resto de sus días. Es uno de los sobrevivientes de lo que se ha llamado “La Gran Invasión”, un ataque sorpresivo realizado por cuerpos no identificados.

Para Set el día había transcurrido con una tediosa normalidad: Salió con sus amigos, contaron las rocas de su sección e iniciaron su infalible observación. Nunca había notado nada fuera de lo establecido, nunca hubo ninguna señal de emergencia, ni ningún cambio alarmarte que pudiese haberlos advertido para lo que les esperaba. Tragedia, solo tragedia lo denominó.

"Sentí que no podía con el ruido, bajaron de su nave como si fueran dueños de todo, con un aire de superioridad infinita, que no podía creer...sigo sin creerlo" -Nos declaró la madre de Set, días después del incidente.

“Nunca había presenciado algo semejante, vestían muy extraño, eran pálidos y poseían muchas extremidades, mi hijo estuvo a punto de ser secuestrado por esas, esas cosas extrañas. ¡Una locura! Se salvó porque huyó, de lo contrario yacería muerto.”-Nos testificó el padre de Set.

“La Invasión” dejó a diez heridos, un desparecido y, por supuesto un ambiente de preocupación e inseguridad entre los habitantes. Las manifestaciones han sido las protagonistas a lo largo de la semana, los protestantes reclaman por justicia y piden al gobierno tomar las medidas pertinentes para evitar un nuevo atentado de igual o mayor magnitud.

Un grupo significante de la oposición hace responsable al gobierno, acusándolos de ineficientes, por el contrario el Estado niega rotundamente estas acusaciones, denominándolas de falsa y poco coherentes.

Pero para nuestro héroe el ataque lo ha dejado en un estado alarmante e irreconocible. Ingresó hace pocos días al Centro Médico de salud Mental, no ha comido con regularidad, y las pesadillas no lo dejan cerrar sus ojos, confirman las enfermeras encargadas de Set, el cual asegura que no tomará mucho tiempo para que la próxima nave aterrice.

“Recuerdo de aquel día muchos cosas, sin embargo es una pequeña frase que ha quedado conmigo, sin entender su mensaje, sin entender su lengua: «It's one small step for a man, one giant leap for mankind» ¿Un consejo? Hay que estar preparados para lo peor.”

¿Una pertinente sugerencia? ¿Será que debemos hacer caso a las palabras de Set? ¿Qué nos depara el futuro? Solo sé con certeza que es la primera de muchas, por esa razón, mis queridos lectores ya ni nuestro pequeño planeta es seguro. Huir y buscar otro hogar deber ser nuestra única prioridad.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Víboras (I)




1. Un Meteoro Púrpura.


A diferencia de lo que Hollywood nos había inculcado, la invasión extraterrestre al planeta tierra no empezó en Nueva York, ni en Los Ángeles. Tampoco en Londres, París o Tokio.

Empezó en Andueza, estado Aragua; un pequeño pueblo de esos prontos a volverse ciudades que tanto abundan en nuestra Venezuela contemporánea.

Aunque nadie sabría cómo comenzó —y no es que cambie el resultado final—, fueron ocho niños los que descubrieron al primer visitante, todavía metido en su cápsula, caído del cielo nocturno como una estrella fugaz que perdió el rumbo. Los muchachos jugaban futbol, bebían gatorade y jugo de papelón y conversaban entre goles sobre las compañeras de clases que soñaban encamar. Eran chicos propios no sólo de la Venezuela que existe en los surcos entre las grandes ciudades, sino de una cultura en sí. Andueza no era demasiado distinta de Maracay: el sol matutino era playero, del que tuesta la piel de los hombres que venden frutas en camiones a un lado de la calle. Las grandes edificaciones se pierden entre los vecindarios (algunos de ellos muy antiguos) de casas de una sola planta. Existía un solo McDonald’s y no había supermercados de las grandes cadenas. Muchos abastos, eso sí. Entre Andueza, Maracay y Cagua estaba la planta energética. Construida en el gobierno de Raúl Leoni e inmersa en el campo, permanecía como un esqueleto al que los trabajadores acudían más por costumbre que por necesidad. En un principio, se estableció como una fuente de empleo para Andueza, de manera que sus nativos no tuviesen que irse a trabajar a las ciudades, pero como tanto en este país, los gobiernos se fueron olvidando de por qué la habían puesto ahí, la tecnología quedó obsoleta y hoy por hoy no generaba más que la energía necesaria para mantener a su pueblo satélite. Tobías Núñez, el anciano director de la planta, decía que el único motivo de por qué seguía ahí era porque mantenerla era más barato que demolerla.

Un friolento viento cruzaba las calles desde el atardecer y la noche era de cielo despejado, donde las estrellas brillaban más que en la capital. Era en una cancha en la que el césped estaba interrumpido por charcos y espacios de tierra donde nuestros jóvenes jugaban. El mayor tenía catorce años. Casi todos iban a la misma escuela, entre que los demás eran del vecindario. Tenían tres horas jugando en esa tarde de viernes que ahora era noche. Era la cita clásica de los viernes, si no tenían que ir a alguna fiesta en la noche.

Fue Daniel, uno de los arqueros, el primero que lo vio.

Estaba atento al juego, con las piernas separadas y las manos enguantadas prestas a cualquier ataque. El sudor que bajaba de su frente no lo distrajo. Con los ojos fijos en el balón, captó de reojo a la bola de fuego purpúreo que iba cayendo. Separó la visión de una esfera para enfocarse en otra. Resplandecía y chispeaba, cortando el aire. No, desgarrándolo. Por un momento parecía que el fuego azul y lila que envolvía al meteorito estaba compuesto de líquido, de gel incandescente. El balón pasó demasiado alto por su arquería y Daniel no reaccionó. Lo que sus amigos le gritaban no tenía sentido, estaba en lenguas. Entonces el meteorito rugió. Ante el súbito estallido, Daniel parpadeó y los demás voltearon, captando el último tramo del descenso, ignorantes de lo cerca que estaban del fin. Las nubes negras habían parido a este puño que dejaba una estela, como una cola anaranjada que se borraba poco a poco. Perdieron de vista al meteorito tras una colina, arriba, detrás de la cancha y no oyeron el impacto que hizo cuando chocó contra el suelo. Pero vieron el fulgor, azul y blanco.

—¿Qué es esa vaina? —preguntó Isaac.

Se habían quedado boquiabiertos, personajes de una película deportiva en la que el género cambió de pronto. El fútbol, los chismes y las hormonas quedaron atrás, olvidados en otra vida. Ahora sólo quedaba una cosa por hacer, y esa era subir la colina, ver al meteorito de cerca, convencerse de que estaban en un error, de que esto era plenamente natural, aunque una negra nuez de pavor dentro de cada uno de sus pechos les gritara que no era así.

Subiendo la empinada colina, afincando los pies y agarrando puñados de grama entre los dedos de sus guantes blancos, Daniel pensó de repente en Barbazul. No podía cavilar con coherencia en esos inconexos instantes, pero si lo hubiese hecho, habría recordado que leyó la historia en un libro de cuentos y leyendas que le regalaron en su primera comunión. Barbazul le dijo a su mujer que podía estar en cualquier habitación de la casa, menos en el depósito detrás de la cocina, que estaba cerrado con llave. Ninguno de los futbolistas amateurs articulaba palabra, sino jadeos, ocho muchachos del mismo trasfondo en un pueblo donde nunca pasa nada. La mujer de Barbazul estuvo tranquila al principio, pero con el paso del tiempo, la curiosidad la atrapó. Se asomaba sin éxito en el depósito por el hueco de la llave. Miraba por el breve espacio bajo la puerta, sin suerte. Al llegar a la cima de la colina, el terreno era llano, separándolos a ellos del cráter en la tierra por diez metros. Anduvieron en el mismo grupo, oliendo ese aroma a maní del aire quemado, sintiendo a las respiraciones pastosas entre cada hálito. Un día, la mujer le quitó a Barbazul la llave sin que este se diera cuenta y cuando el esposo se fue a trabajar, ella cruzó la cocina hasta el depósito, con la llave ya extendida al frente. Abrió la puerta y lo que consiguió fue cuatro frascos grandes, con las cabezas de las cuatro anteriores esposas de Barbazul sumergidas en salmuera. Gritó con horror y al voltearse, se encontró a su marido, que traía el hacha entre los puños. “¡Estúpida traicionera!” gritó Barbazul. “¡Lo único que te pedí fue que no fueras curiosa! ¡Ahora correrás la misma suerte de ellas!”

Llegaron al meteorito. Lo tenían enfrente.

La superficie era blanca y pulida, como un huevo blanco perfectamente esférico, del tamaño de un Volkswagen escarabajo. No tardó para que los muchachos sintieran un hormigueo en el rostro, mirando a ese emisario de otra realidad, sin fuego en las cercanías, pero sí con una cama de gel azul eléctrico, cuya cercanía les hacía saborear hierro en los labios. No lo sabían, pero experimentaban las señales clásicas de la radioactividad. Jairo extendió la mano para tocarlo e Isaac lo detuvo. Daniel se rascó la cara, mitigando por muy poco a la sensación de mil agujitas clavándosele en las mejillas. Y el huevo de hueso pulido se quebró.

Todos tuvieron un espasmo de miedo, pero no se fueron. Se quedaron ahí, mirando cómo se abría una cáscara de interior negro. Era una sopa orgánica, una membrana pulsante del color de la sangre coagulada lo que se escondía en su interior. No, no era una membrana, sino una cabeza emergente, un cuello demasiado largo, un par de brazos, dos pares de brazos, una serpiente de dorso crema pálido.

Un rostro sin ojos los miró. Una cabeza de frente metálico, liso, cobrizo, una máscara sin aperturas salvo para la boca, llena de colmillos, una hilera detrás de la otra. La serpiente emitió un gruñido similar a un eructo y abandonó su cápsula, de pegostozo moco azul, reptando hasta los muchachos. Isaac miró a esa cara sin rasgos y percibió el aliento de la criatura, de al menos dos metros veinte de altura. Un aliento como el llanto de la tierra al dejar de existir.

La serpiente lo tomó del cuello. Lo levantó del suelo.

Ninguno de los demás se movió. La criatura se echó a Isaac a la cara y de un mordisco húmedo le arrancó la mitad del cráneo. Los pies del chamo temblaron en el aire. Al soltar el cuerpo, el monstruo también escupió lo que mordió: un esputo humeante de carne, sesos, pelo y hueso.

De los siete restantes, sólo dos se quedaron paralizados y nadie supo qué pasó con ellos. Daniel los oyó gritar al unísono mientras corría de vuelta a la cancha. Resistió el impulso de voltear todo lo que pudo. Tuvo una fugaz visión de la víbora yendo en línea recta hacia él y, cuando lo alcanzó y de un veloz, confuso movimiento casi lo segmentó en dos, no sintió dolor. Cayó sobre la grama verde oscuro, con la visión húmeda y difusa, el rostro salpicado con su propia sangre. Vio a la víbora cazar a sus amigos, vio a sus propias piernas no tan lejos de su rostro y comprendió que la víbora no era sino un dragón.

lunes, 7 de febrero de 2011

Sueño o Pesadilla

Andrea Gomez
Cuarto match match del tercer contraletras
Andrea vs Gabriela V.: Caracas futurista

He muerto una y mil veces en mis sueños pero esta pesadilla fue peor que la muerte.
Mis sueños son más que comunes, a veces suelo pasear un rato por Madrid y despertarme en mi cama, como si nada, pero llevaba días conociendo una ciudad en mi cabeza, una ciudad que no era Madrid.
Era la ciudad perfecta. Llena de sonrisas y árboles. Magia, llena de magia. Pero no de esa magia de hechiceros ni cuentos de hadas, la magia provenía de la gente. Mientras caminaba creí reconocer algunas calles, la esquina de mi colegio, ¡Hasta la calle de mi casa! Pero aun así todo era tan diferente. Todo era mágico, era, y valga la redundancia, como un sueño. Flotaba por esas calles mientras sin darme cuenta soltaba carcajadas de felicidad. Todo era hermoso.
Sin embargo, sentía que algo no estaba bien. ¿Sera que tanta felicidad es síntoma de falsedad y tristeza? ¿Dónde me encontraba en realidad? Si sacaba conclusiones todo apuntaba a mi lugar de nacimiento: Caracas. Pero Caracas.. Caracas no es así, ni tan feliz ni tan triste.
Cuando sacas conclusiones de tus sueños, en el mismo sueño, es cuando tu subconsciente juega contigo. Imágenes de guerra y destrucción comenzaron a venir a mi cabeza. Las calles tan felices y limpias comenzaron a embarrarse de agonía y llanto. Mi casa, en llamas.
¿Será que estoy viendo el futuro? “La destrucción lleva a caminos muy duros pero también lleva a la creación”. Luego de lo peor, Caracas solo puede mejorar y yo la voy a ayudar.
Traté de detener las imágenes para comenzar a reconstruir la ciudad. Luego, de la nada, una bomba explotó y yo sola pude despertar.

domingo, 6 de febrero de 2011

De por qué esperamos que el autor haya enloquecido

Gabriela Valdivieso
Cuarto match match del tercer contraletras
Gabriela V. vs Andrea: Caracas futurista

Eran tiempos de tormenta y ruido. Cada uno profesaba su verdad como la nacional, cada cual superponía su voz. Sobre ellas, tantas, sólo se distinguían los disparos, esos desgarros en el espacio que paran el tiempo. Sumergidos, como todos, en ese agite colectivo, ese día flotábamos:

-Yo quiero ser un animal sin predadores ni peligro de extinción.
-¿Y eso existe?
-No sé.
-Entonces no quieres, quisieras.
-Es verdad.
-Yo quisiera ser el número 1.
-¿Por qué?
-Porque es el único número que sumado a sí mismo da origen a todos los demás.

Empezaba a vertirse el contenido de la idea cuando sucedió la hecatombe. No hubo instante para proteger a los ojos. Inseparables, insertados en el mismo espacio de mi memoria, registro el polvo infinito, el destello, el impacto, el naranja intenso, la sorpresa, el ardor. Luego, ya más nítido, la oscuridad y el más aturdidor silencio.

Perdí la pista de ella. Como de los demás. El meteorito se llevó a los todos de todos. Desaparecieron y desaparecimos. Las pistas eran pocas, pero la curiosidad era nula. Todo era inexplicable, como innecesario. El meteorito vino y nos calló a todos. Y como trozos de un florero, nos dispersamos a todas partes. Nos hicimos colombianos, mexicanos, errantes. Nos camuflamos fantasmalmente en otros acentos.

Me gusta pensar que ella se hizo 1. Y que Caracas y Venezuela pueden ser más que 0, pero es sólo un gusto, un quisiera. Las grandes potencias dictaron el camino; en días arrancará aquí la construcción del parque de diversiones más colosal de la Tierra. Será tan grande que si te distraes, pierdes la sonrisa.

sábado, 5 de febrero de 2011

Peligro

Peligro

Jessica Márquez Gaspar
Tercer match del tercer contraletras
Jessica vs Víctor vs Samar: Invasión alienígena

Sacó el arma de su estuche. La observó. Le colocó el peine. Quitó el seguro. La amartilló. Apuntó con ella al vacío, a un peligro que estaba ahí pero aún era invisible. Guardó el arma.

Salió poco después del precinto y recorrió la distancia que lo separaba de su moto. Azul. Subió en ella y comenzó su recorrido diario. Entre el tráfico, los inverosímiles sonidos de la ciudad, sus rincones oscuros, sus zonas, algunas mejores y otras peores, apenas le alcanzó el turno hasta las 8:00 pm para hacer varias detenciones y aún más advertencias. En la vieja Caracas de siempre, la delincuencia seguía igual. El caos era el Rey, y la violencia su Reina de brillante corona.

Como policía de la capital tienes pocas certezas. Una de esas pocas es que los cuerpos siempre aparecen, y se amontonan, en el asfalto o en la morgue.

Otra de ellas es que, por mucho que ames a los caraqueños, inevitablemente estos romperán las leyes, tirarán basura, serán descorteces y desconsiderados, incorrectos por decir lo menos.

Eso sucede cuando tu trabajo es controlar lo peor de una sociedad: pierdes la fe en ella.

Por eso le sorprendió enormemente cuando todo aquello empezó a suceder. Cuando una mañana despertó, repitió el ritual de siempre, y encontró un grupo de personas que cruzaban la calle por el rayado, cuando les correspondía. ¡Al fin un poco de civilidad! –exclamó. Aquella tarde fueron menos a los que esposó. No porque hubiera hecho su trabajo con menos tenacidad y ahínco, sino porque había encontrado menos delitos en su camino.

Y tal vez todo ello hubiera perdido importancia si no se hubiera repetido durante un mes, aumentando el número de personas y el número de acciones día tras día. Al cabo de exactamente 30 jornadas, 30 turnos en su moto, azul, la ciudad había cambiado. Como si de Suiza se tratara, los caraqueños eran ahora, con pocas excepciones, “modelos de buenas costumbres”, o como dijeran las abuelitas. Eran correctos hasta la médula.

Ahora sus recorridos eran casi paseos por el campo, tranquilos paseos donde siempre era saludado, respetado y obedecido por ciudadanos modelos. Al parecer, los reyes habían abdicado al trono a favor del orden y la paz.

Aunque se sentía aún tan incrédulo como ante un político modesto y poco deseoso de atención, se dejaba llevar por la tranquilidad recién adquirida como por una nueva droga potente y embargadora, casi heroína. Una tranquilidad particular.

Sin embargo, hubo algo que disminuyó pero no desapareció, como lo demás. Todos los jueves sin falta, tres cuerpos aparecían, en el asfalto o en la morgue, con dos disparos, sólo dos, justo en la frente y en ángulos raros y forzados.

De la misma forma, los ruidos característicos de la capital se habían trasformado. Habían perdido candidez, ritmo y sazón, y se habían hecho monótonos y casi metálicos.

Pero aquello él no lo notó. No al principio. No hasta que un jueves, justo el día 29 después de aquel primero en que todo empezara, descubrió que uno de los que yacía sobre una camilla en Bello Monte era su amigo, su pana del alma, Edison. Conocido en las escaleras de Petare como “El Comedor”, era un perrocalentero de toda la vida que hacía unas hamburguesas primas hermanas del tumbarrancho mientras mezclaba el “chévere” con el “vergación”.

El maracucho converso se hallaba ahí, con los ojos cerrados, oliendo a aceite de parrilla como si temiera aún la llegada intempestiva de los malandros que no lo atracaban a cambio de un “perro”.

De golpe, vio la extraña herida en la frente que asomaba por debajo de la gorra. Se la quitó para guardarla como recuerdo de aquel tipo que no volvería a servir comida. Inmediatamente, un cubo verde, brillante y caliente asomó por los pliegues del orificio de entrada de la bala, zumbando ligeramente sobre la piel carente de vida.

Aunque no era correcto, tomó aquello como un dado entre sus dedos. Fue entonces que sintió un intenso dolor que empezó a expandirse en ondas desde sus cejas hasta el resto de su cabeza, como olas malditas, aumentando de intensidad con cada segundo que pasaba.

Sólo tuvo un instante de máxima claridad, uno en que comprendió todo, y sus pupilas se dilataron de la impresión, antes de que sus manos sacaran el arma de su estuche. La observara. Revisara el peine. Quitara el seguro. La amartillara. Y la apuntara al peligro que ya estaba ahí, a su frente, y llegara una eterna e inmensa in…con…cien…

viernes, 4 de febrero de 2011

Sin Título

Segundo match match del tercer contraletras
Guillermo vs Gabriela C. vs José Leonardo: Masturbación

Sus recursos eran limitados a la hora de pensar en relaciones sociales. Nunca fue bueno para nada, no cantaba, no era catire, no era gracioso y, como herencia de sus padres, todos los conocidos le tenían cierta adversión.

Desde la vez aquella en la que la mujer que sería su madre se enamoró de un hombre diferente, de otro color, de otra clase social, un hombre que no estudiaba y que, en vez de ello, iba a lugares “feos”. Así, en alguno de esos lugares feos (como todos los lugares dignos de un amor verdadero), el amor se hizo mutuo, y tangible.

Adversa se hizo la historia entonces. Nueve meses antes, no era difícil odiar a esa mujer, a fin de cuentas, odiarla ayudaría, tal vez, a que dejara al "tipo ese" y se buscara un hombre de verdad. No obstante, nueve meses después, ese hombre se hizo una verdad, en el nacimiento de Uriel.

Ya no era sencillo odiar a la mujer que ahora debía estar unida a ese cualquiera, por ese carajito.


“Ella cree que hizo una gracia. Pero está muy equivocada. Si ella piensa que dándole un hijo a esa mierda va a lograr que yo lo acepte, se equivocó. Se equivocó, comadre. Yo a ese carajito no lo quiero. No lo quiero ver; a ninguno de ellos. Para mí, está muerta. Que se quede con su mierda”, decía su madre, tratando de justificarle a su comadre (para que no le contara a las vecinas) el hecho de botar a su hija de casa.

Uriel creció entonces, más en apariencia que de forma interna. En una casa en Carapita en donde tenía padres de cinco de la tarde a nueve de la noche. De resto, estaba eminentemente solo. Sin familia materna, pues ni su madre la tenía. Y sin familia paterna, pues casi no tenía padre.

Sus recursos eran limitados a la hora de pensar en relaciones sociales. Nunca fue bueno para nada, no cantaba, no era catire, no era gracioso y, como herencia de sus padres, todos los conocidos le tenían cierta adversión.

Por eso, con dieciséis años de edad, sin familia ni amigos, Uriel no encontraba nada bueno que hacer desde el mediodía hasta las cinco de la tarde.


- ¡Ese carajo hay que meterlo preso en El Rodeo!
- Es un menor de edad y ese procedimiento no es pertinente.
- ¡La carajita también es menor de edad… y pertinente un carajo!
- En parte hay que entenderlo –dijo el psicólogo- creció solo, sin amigos y sin figura paterna. Hablando con él, me enteré de que no sabía qué era masturbarse.
- ¡No te creo esa vaina!
- Así es. Y es un hecho normal, pues generalmente conocemos la masturbación por medio de la figura paterna o la información que los amigos del liceo nos dan al respecto. Este joven no tuvo familia ni amigos, por lo cual creció reprimido sexual y emocionalmente.
- ¡Coño de la madre…
- Eso no justifica el daño que le realizó a esa joven.
- Su estado mental no es sano, además, no es posible juzgarlo como un criminal. Al menos no como uno adulto.
- ¡La violó! ¡Tiene que pagar! ¡La violó, maldita sea!



Uriel, desde entonces, se masturba todas las noches en la cárcel de menores.

Detrás del telón, inspiración sexual

Guillermo Geraldo
Segundo match match del tercer contraletras
Guillermo vs Gabriela C. vs José Leonardo: Masturbación

Gemidos, gemidos, gemidos. 6:20A.M; es mi despertador. Cabellos lisos, grasientos, se despegan de la almohada, quito mis sábanas, por debajo de mi interior rasco mi pene; huelo. Aún soporta dos días más, cuestión que confirmo orinando; en mi glande apenas se asoma esa capa blanca alrededor del mismo, aún no es espesa; me baño el viernes. Me cepillaré ¡oh! Aún tengo carne mechada en mis frenillos: ¡olvidé lavarme los dientes después del medio día y aquel pabellón! Mis pulgares apresan mis cachetes y el espejo es blanco de las balas de mi acné. Algunas pepas ya son verdes ¡esa son las mejores para extirparlas!

Derivadas e integrales. Aún no entras al salón ¡claro! Es miércoles, tú papá no puede traerte hoy. Llegarás en diez minutos, justo antes de que el profesor Aparicio cierre la puerta.

Ahí estás, sin nada nuevo, con tu rostro, antítesis del mío. Llevas el splash de Victoria Secret, que me has hecho comprar para olerte en soledad. El suéter de París y sé que llevas bajo de él a pesar de no verlo; la camisa de rayas negra y roja, si no, la Aeropostale azul.
Acaba la clase, tenemos una hora libre.

Corro al baño, bendigo al blackberry, al facebook y tus fotos en la playa. Saco de mi bolso aquellas pantaletas sucias de mi madre y entre aromas de sudor y el perfume que usas, restriego la tela por mi rostro, me excito, empiezo a tocarme, no duraré dos minutos ¡ah, joder! Limpio el semen de mi pantalón y regreso a clases.

El resto de las clases no puedo dejar de mirarte, sólo la tos y el impulso de cerrar los ojos al tragar flema, separan mi vista de tu dorado cabello o tus senos en forma de lágrimas.

En la camionetica sigues ahí, por las calles sigues ahí, llego a casa y sigues ahí adjunta a mis pensamientos. Te inserto y mi imaginación, la única manera de amarte, a oscuras, envuelto en redes, amor de labios tejidos. Repito mi ritual del baño, pero mi almohada hace de tus nalgas y un interior sucio se convierte en tu rostro, donde acabo.

Gemidos, gemidos, gemidos, Jueves, 6:20 A.M, es mi despertador…

jueves, 3 de febrero de 2011

Así como en el libro de Kafka

En su corta estancia, el carajito no sabía nada de la vida, sin embargo le echó bolas y no le paró a ningún coñoemadre que tratara de echarle la partida patrás. Lo de él fue pura mala leche.

Lo mataron como en una película de Hollywood de suspenso (Destino Final). Se montó en la camionetica iba directo pa’ su casa, escuchando una bachatica bien chéverecambur en el emepecuatro y en un instante ¡suaz! El bicho estaba viendo a Messi jugar desde el Camp Nou.

Tres meses antes de su nacimiento, la mamá iba con el papá en un autobús. Que si los paramilitares contra las FARC, que si los bolívares valen más que los pesos, que si la inseguridad en Medellín no se compara con nada en el mundo, que si la corrupción, la política es una mierda, yo nací pobre y pobre me quedaré ahí, que si daleatucuerpoalegríamacarena, que si allá hay más misses Universo, que si las drogas pal carajito no es bueno, que la salud allá es mejor, que si hay vuelos directos pa' Inglaterra (¿?).

El pana que muere al comienzo y al final de esta historia nació venezolano. Así, le echó bolas a la vida desde que su papá se fue de casa en su segundo cumpleaños y, aunque era medio tapao para las matemáticas, se jodía en Educación Física como ninguno. Era puro 20 ahí. Claro, las otras materias las tenía de arrastre, pero eso no importaba. Él quería ser futbolista.

La wea por sacar a la familia adelante la pensaba todos los días —era el mayor—; sus otros cuatro hermanos cuyos papás habían desertado, por lo mismo que el suyo —cagazón mediática, machismo descontrolado y para dar la herencia de adelantado: abandono prematuro— lo veían como un ejemplo a seguir. Nuestro amigo que muere más adelante había cuadrado ya con un equipo de fútbol de Caracas. No era la gran vaina, pero era algo. Su madre estaba llena de emoción.

La madre tampoco era tan buena con él, era buena, pero igual le pegó cuando rompió un florero cuando tenía 5 años.

Él se acordó muy bien cuando recibió el tiro. Fue la misma sensación. Él estaba ahí jugando con una peloticaegoma, pero en vez de darle con la mano, lo hacía con los pies. De una patada, la pelota pegó en la reja, pero no se fue a las aceras de la calle, rebotó y dio con el televisor. Así que él corrió a agarrarla para que no se escapara por debajo de la puerta, pero tropezó con la pata de una silla, se dio madreecoñazo y del tiro movió un pedestal que tenía las fotos de la abuela, de una tía muerta que no conoció nunca y el florero que se rompió.

La mamá no preguntó qué paso, ni dijo nada, solo vino directo desde la cocina donde estaba haciendo el tetero para algún hermano y con la cuchara grande le dio su tatequieto en la cabeza bien duro. Él no lloró. Se contuvo, sentía que si lloraba le daría el gusto a su mamá. Quiso reírse como le decían sus amigos del colegio que se hacía con las madres. Si te pegan ríete, búrlate de ellas. Pero no pudo, no alcanzó a esbozar una sonrisa y solo apagó la mirada. No salió ninguna lágrima. La mamá le trajo una bolsa y le dijo al niño “¡recoge esa mierda ya!”, mira que viene Yancarlo —uno de sus padrastros— ahorita.

Desde ese día una idea había invadido su mente. Algo que no se apagó hasta que el malandro le pegó el tiro en la cabeza por andar en las nubes. Debía irse de su casa, debía viajar, debía tener dinero, quizá hacerse rico. Quizá robaría algo de la cartera de su mamá y compraría el Kino escondido, quizá aprendería a leer por fin, para, como decían en las telenovelas que veía con su mamá, “ser alguien”. Entonces prendió la televisión y pasaban un juego de fútbol: el Barça vs. Brasil narrado por Lázaro Papaito Candal. Él quería ser como Rivaldo, él quería tener sus problemas. Quería jugar en el Barcelona.

Con los años fue alimentando su sueño. Ya tenía palabreao un contrato; después si le echaba bolas capaz lo llamaban pa’ jugar con la sub-20, metía un golazo como el de Yohandry Orozco y listo, ¡Europa, baby!, vamos, mami, que ahora sí te quiero (y tú a mí).

Los budistas dicen que todo lo que hagas en esta vida, se te devolverá en la otra. Así que si haces bien ahora, serás recompensado luego, y si haces mal puedes terminar reencarnado en una cosa horrible, en un insecto, como en La Metamorfosis, o en haitiano, para sufrir de cólera, inanición y actividad sísmica. La diferencia es que en el libro de Kafka el tipo no nace siendo mosca, sino que se convierte en una. Eso es más mala leche aún.

Así fue que nuestro trágico amigo pagó alguna mala jugada que hizo en otra vida: el líder de la banda de “los reggeatonero papiaos” tenía una culebra con Yilson que sin saberlo era medio hermano del medio hermano del pana que mataron que jugaba fútbol, porque Yilson era el hijo mayor de Yancarlo con quien su mamá tuvo dos hijos. Como Yancarlo abandonó a Yilson cuando tenía como 3 años nunca conoció a su papá, así como los hermanos del pana muerto.

La culebra de Yilson y el otro pana es muy larga: un rollo de mujeres y drogas. Yilson no consumía, pero le gustaba robárselas, así se cuadraba las gevitas. O sea, no les daba a consumir nada, les enseñaba el montón de droga que tenía y luego iban a un monte a tirar y esparcir la cocaína con la brisa. Una geva le dijo a Yilson que por qué no hacía lo mismo con talco, que daba lo mismo, pero Yilson decía que él se drogaba viendo la cocaína volar con las hojas, que ver al talco salir volando en el espacio no tenía ningún placer y era un gasto de plata. Un pote de talco en Farmatodo cuesta como 30 bolos, mucho para algo que se va a desperdiciar, en cambio la cocaína la consigo gratis, se la robo a los panas. La chama no dijo más nada y le siguió haciendo favores sexuales a su amigo mientras este se drogaba con el aire.

Cuando el pana del fútbol salió de la práctica, se montó en la camioneta creyendo que iba a llegar a su casa. Casualmente, en el asiento de la ventana del otro lado estaba la chama que se lo chupaba a Yilson, mientras éste miraba la droga volar.

El pana del fútbol se sentó ahí para buceársela porque tenía unas tetas, pero no se atrevió a sentarse al lado de ella porque le daba pena y había más puestos vacíos. Sin embargo, no le quitó la mirada. Ella estaba viendo por la ventana porque sentía el acoso de él y aunque el pana del fútbol le atraía, seguía siendo un chamito y Yilson tenía más cuerpecito.

Viendo por la ventana, la chama de las tetas vio a Yilson saliendo de una casa. Yilson estaba como sudado y miraba a ambos lados. La chama le silbó “eeh, Yilson, aquí”, y se montó en la camionetica. El pana del fútbol que muere ahorita vio como Yilson le zampó una lata a la chama y le manoseó los pechos medio disimulado porque había una doña con un bastón más atrás que podía verlos.

En el trayecto, Yilson se puso a contarle algo a la chama de las tetas. Se notaba nervioso y decía “hay que irnos, vámonos pa' Cantaura, miamor”. El chamo del fútbol dejo de prestarles atención y como no le gustaba oír a cada rato popopopo poker faceee en la camionetica, sacó su emepecuatro y le dio play a Aventura.

Cuando terminó la canción ya había muerto. La doña del bastón dijo “esto es fin de mundo” e inundó de pánico a las demás personas, se levantó de su puesto, se volvió como loca. El chofer aceleró lo más que pudo cuando los motorizados se habían perdido de vista. No sabía a dónde ir. Unos decían “al hospital” y otros “a la policía, señor, vamos pa la policía”. A la chama de las tetas sólo se le partió una uña cuando aruñó a su novio del susto. Los vidrios de arriba del autobús mostraban los huecos de unos tiros mal apuntados. La bala que iba para Yilson por suerte terminó en el cerebro del medio hermano de su medio hermano. Los reggaetoneros papiaos en moto piraron cuando echaron la ráfaga de tiros sin saber si habían matado a alguien o no.

La intención de los motorizados no era matar a nadie, sólo asustar a Yilson, y en este país la intención es lo que cuenta.

La mamá del chamo del fútbol se fue a llorar a Bello Monte al día siguiente. “No es posible que mi hijo que iba a ser un futbolista profesional y que yo amaba mucho se me muera así de esta manera”, parafraseó la periodista de algún periódico de Caracas. “Mi hijo se iba a Europa” reseñaba también el texto que estaba leyendo alguien que pensó inmediatamente “este país es una mierda” en el sitio web del periódico, mientras cargaba "Poker Face" en Youtube y hacía una transferencia en el Mercantil Online.

Un día antes del entierro, el padre llegó de Colombia. Un poco de café de allá, unos dólares y la llorantina le dieron el perdón al hombre que se arrodilló frente a la tumba de su hijo. Sus hermanitos jamás pensaron que eso que les había sucedido a sus compañeros de clases les pasaría a ellos. “Si se hubiera metido a malandro, hubiera sido mejor porque así, por lo menos hubiera podido defenderse”, dijo una doña, que inmediatamente se fue a la recepción de café y galletas cuando se dio cuenta de que a nadie le agradaron sus palabras.

Su madré lloró unos semanas más sin saber que capaz su hijo podría estar naciendo en un país de Europa convertido en estrella de fútbol.

Cuando éramos pobres

Noelia Depaoli
Primer match del tercer contraletras
Noelia vs Moisés vs Paula: Pobreza, riqueza, redención

Llovía tanto, que teníamos que ponerle mas periódico con gasolina al techo para sellar las goteras, papa corría de un lado a otro y de cuando en cuando salía al patio a barrer las ramas y hojas que la tormenta arrastraba para evitar que se inundara y nos hundiera la casa. Las perras temblaban en la cocina y mis hermanas dormían con las piernas estiradas mientras el cielo se caía sobre el barrio.

Pero eso era cuando nosotros éramos pobres.

Mama se fue por esa razón, porque eramos terriblemente miserables y ya estaba cansada de usar siempre los mismos zapatos, la misma cartera desgastada y ver la billetera sin billetes le rompía el corazón, por eso ella se fue. Porque después de la tormenta, la casa se hizo mas pequeña y no había tantas ollas para recibir las gotas que caían de nuestro techo colador. Yo no se, si se fue porque tenia el corazón roto o el alma rota, solo se que nos rompió el corazón cuando se fue.

Pero, repito, eso fue cuando éramos pobres.

Porque luego papa abandono su trabajo como taxista y se volvió a juntar con Juan Carlos, el que era amigo de un chamo que mataron hace unos años, y le empezó a ir bien, vendió el carro y la casa se llenaba de gente y música los fines de semana: Devorame otra vez, ven devorame otra vez, ven sacudeme con tus deseos mas, que el vigor lo guarde para ti... y así seguía, rápido, rápido, y la gente bailaba, rápido, rápido. Y papa dijo que estaba bueno, que nos mudáramos del barrio porque ya no eramos tan pobrecitos y a mis hermanas las pasaron para el Colegio Teresiano y a mi también y las niñas nos llamaban "tierruas" y "marginales" y mi hermana Kari lloraba y yo me entraba a coñazos, y mas nos llamaban tierruas y venían las monjas y hablaban con papa y el les sacaba un poco de plata y todas callaban y nos dejaban tranquilas.

y así seguían las cosas, rápidas, rápidas.

Un día vino Juan Carlos y lo buscaba la policía y fue a la casa pero se metió por el patio y no sabia que teníamos a las perras sueltas y le arrancaron un trozo de la pierna, que sonó como cuando despedazas un trozo de pollo con los dientes pelados. Juan Carlos no grito porque sino lo encontraba la policía y las perras no ladraron, porque ellas nunca ladraban, solo mordían. Lo encontramos medio devorado por las perras y ni al seguro social lo pudimos llevar porque el tenia miedo a que lo encanaran y papa repitió lo mismo que en las fiestas: "ya esta bueno ya, vamos a mudarnos del barrio".
Después Papa hizo una platabanda y luego un segundo piso donde dormíamos cada una en su pieza y puso en el cuarto de Johana una ventana enorme donde ella metía en la noche a su novio y dormían juntos pero ella creía que nosotras no sabíamos nada, pero sí sabíamos y nunca le dijimos a papa. Y mientras mas grande se hacia la casa, mas gente venía y venía, y bailaban merengue y nunca paraba la música, rápida, rápida. Como las caderas de Johana cuando baila en la noche con su novio, cuando ella jura que nadie sabe, que nadie la ve.
Una noche la vecina llamo a mi papa y le dijo que se estaban metiendo a la casa por una ventana. Mi papa salio borracho de la fiesta, subió las escaleras, abrió la puerta del cuarto de Johana y la encontró con el novio encima, sacó la pistola que le regaló Juan Carlos cuando lo salvo de la policía y le metió unos tiros, solo para asustarlo, pero le dio en el pecho y casi lo mata. Llegó la mama del chamo y Johana lloraba en una esquina de su cuarto, envuelta en una sabana salpicada con la sangre del novio. Y yo agarraba a Kari porque era muy chiquita y no entendía nada. La gente de la fiesta salio disparada y Juan Carlos y un amigo de él, sacaron a mi papa que estaba lívido y con los ojos abiertos como platos.

Pero eso fue hace tiempo...

Se llevaron a papa y no volvió. Vino a cuidarnos una tía y a Johana la mandaron a una escuela de señoritas en Mérida. A Kari y a mi nos sacaron del Teresiano y a nadie le importó porque ni amigas hicimos allí. Mi tía dijo que mi tío se encargara de nosotras ahora, que no nos preocupemos por papito que él esta bien, que se fue con las perras y que ahora ellas lo cuidan a a él.
Kari se cree todo, porque ella solo tiene siete años y no se acuerda de nada. Pero yo sí y a ratos cuando llueve, me meto en el cuarto de Johana y miro las gotas caer sobre el colchón solitario de su cuarto y me fijo en el techo para ver si no tiene goteras y me asomo al patio para vigilar que no se inunde con las ramas y las hojas que arrastra el viento con su furia.

lunes, 31 de enero de 2011

Pauta 48: Tercer match de contraletras

¡Nos estamos volviendo adictos a esto!


Esto está tomando control sobre nosotros.

Tercer y antepenúltimo contraletras, ¡Haga sus apuestas!

1º Jueves 3/02/2011. Contrincantes: Noelia, Moisés y Paula. Pauta: Pobreza, riqueza, redención.

2º Viernes. 4/02/2011. Contrincantes: Guillermo, Gaby Jr. y José Leonardo. Pauta: Masturbación.

3º Sábado. 5/02/2011. Contrincantes: Samar, Jessica y Víctor. Pauta: Invasión alienígena.

4º Domingo. 6/02/2011. Contrincantes: Gabriela V. y Andrea. Pauta: Caracas futurista