
Pero para tu inspiración y deleite:
¿Sabías que la vida en Australia es más cara que en Japón?
¿que cuenta con el arrecife de corales más grande conocido?
¿que aparece un canguro en su escudo?
¿que es el país que tiene más costas de playas en todo el mundo?
¿que allí abundan los demonios de Tasmania?
Espero que esta la sepas, ¿que su capital no es Sidney?
¿que recibe la visita de más de 5 millones de personas al año?
¿que cuenta con 16 lugares que han sido declarados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO?
Pero más, ¿sabías que en el invierno sus peces se tornan grisáseos?
¿que el norte desea independizarse del sur?
De su gente, ¿sabías que acompañan el saludo con un pestañeo?
¿que botan los zapatos sudorosos en un depósito común?
¿que son famosos por sus habilidades en la construcción de castillos con naipes?
Pues.
Quizás sólo sabías las respuestas del primer bloque de preguntas, y quizás esto se deba a que el segundo bloque fue bastante completamente inventado.
No sé, quizás, di tú. Escríbeme, susúrrame, dime dime dime cómo es la Australia de tu mundo. ¿Cuántas dosis de realidad aplicar, cuántas de fantasía? No sé, escoge y arma tu receta. El horno está encendido y cocina un pastel de carne que, si no lo sabes, es el plato típico de de de de... ¡Austrália, nene!
Once muchachos que quedaron picados porque el primer Rally Metropolitano de Escritores les pareció muy corto decidieron irse a los bares nocturnos caraqueños a beber birras y leer literatura. Cuando la cosa no dio para más crearon este blog porque las maravillas que estaban haciendo se estaban desbordando
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Áustralia, Aústralia, Austrália, Australía y Australiá
miércoles, 28 de octubre de 2009
¡Despeje (Despéjese) y escriba!
Nerviosa por fallar de signo a signo, la composición que he creado para satisfacerlos y satisfacernos es:
miércoles, 21 de octubre de 2009
¡Qué esperáis!
martes, 15 de septiembre de 2009
Hombre Muerto Caminando: Doppelgänger
(para la historia original de Matthew Stark en Nueva Noir, haz clic acá.)
El sonido de explosión, cuando halas el gatillo de un arma, no se produce por ese fogonazo que ves en el cañón. Disparas, la aguja percutora pega en el corazón de la bala, el casquillo se eyecta por un lateral y el proyectil viaja, verdugo invisible, a velocidades que quebrantan la barrera del sonido. De ahí, el trueno mortal.
Mientras Krashnamir Karamazov corría por las azoteas de Nueva Noir, me pregunté: “¿Podré saber que dispara si los gritos de la lluvia esconden los campanazos de su arma?”
Corría como si fuese la temporada de cacería de pistoleros rusos. Entre las ruinas de castillos modernos que eran estas azoteas, llevaba los ojos bien abiertos para no tropezar y caer bajo la garganta de la muerte. Cada tantos segundos, daba media vuelta y abría fuego hacia mí, a lo ciego. Llevaba un revólver calibre treinta y ocho con balas punta hueca. En cristiano, en el momento que uno de esos proyectiles impactara contra mí, el calor interno las expandiría, resultando en una explosión de carne, sangre y sueños de venganza rotos dentro de mí. Yo, unos treinta pasos más atrás, no necesitaba de balas que escupieran pirañas asesinas. Mi beretta esperaba, paciente, el segundo de la venerada retribución. La diosa Némesis no renegaría de nosotros ahora.
Tomé cubierta tras una torre de agua y me separé de los bordes. Predecible, Krashnamir disparó tres veces hacia mí, dejando sendos huecos en la torre, haciéndola sangrar transparente. Me agaché y vi sus piernas, dando media vuelta y corriendo a su destino.
Él, junto a sus dos hermanos, la mafia rusa de Nueva Noir y todas las hordas del infierno estaban decididas a destruirme, al fiscal insigne caído en desgracia. Tras un poderoso atentado y siete balas arropadas con mis entrañas, casi lo logran. Pero “un poquito muerto” y “muy muerto” no tienen diferencias. Sobreviví cuando no debí y la única forma de emerger de este pozo de mierda y sangre, es a través del humo de la pólvora. Supongo que podrías decir que hierba mala nunca muere.
—¡Mis hermanos van detrás de ti, Stark! —gritó, disparando a ciegas hacia atrás— ¡Piensa en lo que te harán si me pasa algo!
Lo había pensado, claro que sí.
Los Hermanos Karamazov, los mejores asesinos de Gulachnoff, líder de la mafia y artífice de mi atentado. Ilich, el pistolero, Kholia, el luchador y Krashnamir, el replicante; siempre que eran mencionados en mis años de fiscal bueno y justo eran descartados como un cuento de hadas, lo que dices para explicar un caso que no tiene evidencias, un rumor en el bajo mundo al que la policía temía y los malvivientes aspiraban ser.
Dando persecución al asesino, parecemos los arquetípicos gemelos destinados a destruirse. Si tomé esta noche como la elegida para mi venganza, no fue por azar; Krashnamir Karamazov iba a dispararle con una de sus balas rojas a Vernie Vega, el Alcalde de Nueva Noir, en una aparición pública de beneficencia, paralizada por la lluvia. Aunque Vernie es buen amigo mío, mis motivos para intervenir no son del todo filantrópicos; Krashnamir iba disfrazado de mí, desde el abrigo y la camisa blanca, al corte de cabello y la pérdida de peso que sufrí recuperándome.
Una vez le disparara a Vega, en la distancia ¿quién podría decir que el asesino no era yo?
Tenía que terminar con esto. Y para terminar con esto, tenía que terminar con él. Sus hermanos vendrían luego por mí. El dragón se muerde la cola, el ciclo condenado a repetirse. Cien balas y demasiados bastardos. Este era un juego que yo no podía ganar, pero era demasiado orgulloso como para claudicar.
Un segundo de inflexión para terminarlo todo: él se detiene junto a la gran calefacción del edificio a nuestros pies y da media vuelta. Juego mi mano; de medio lado, disparo, mi beretta da un grito mudo bajo la lluvia. La bala pega en la calefacción junto a él, rebotando, dando un chispazo que le perturba y le hace disparar al suelo. Es entonces, en ese momento de su distracción, que me tomo mi tiempo. Apunto a la expresión de lenta resignación de mi gemelo malvado. Un clic más de mi pistola y todo ha acabado.
Poniéndole la soga al cuello a él, me la he puesto a mí.
Como la ira de los demonios, un vendaval arreció y me forzó a sujetarme las solapas del abrigo en un puño. La advertencia simbólica estaba clara. Vendrían por mí y no habría clemencia.
Me asomé por la cornisa. Metros debajo, Vernie Vega esperaba para dar su discurso sobre esperanza y la posibilidad de superar las adversidades. Ese discurso me haría bien ahora. Lástima que no tengo tiempo para oírlo.