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miércoles, 12 de agosto de 2009

Mi vida es una melodía


¿DÓnde estoy?

¡REencarné!

¡MÍrenme!

FAbuloso.

¡SOLamente mírenme!

LA negra, mi negra, se quedará impresionada.

¡SÍ! Se alegrará de mi regreso, se asustará por incrédula.


El único problema es… ¿Cómo hare para que me reconozca?

¡Lo tengo! Seré famoso, algún día alguien me tocará mágicamente, seré su mejor amigo, su primer piano, su profesor… La negra me oirá, me recordará y apenas oiga mis hermosas notas me reconocerá, sabrá que estoy vivo a través de las melodías, me buscará y besará… como la última vez.

martes, 11 de agosto de 2009

Gotas de Lluvia


Gotas de Lluvia

Por Jessica Márquez Gaspar

Tin tan taan, tin tin. Do Re Mi Fa Sol La Si. Letras, sonidos, teclas blancas, negras. Sus manos se deslizaban suavemente, recorrían las sensaciones, los momentos, el espacio y el tiempo. Una máquina de escribir y un piano de cola. Sus dedos presionaban las teclas cuadradas. Chaca, chaca. Y el mundo se iba creando, iba brotando para alzarse con vida propia. Inmenso, profundo, el abismo y el encierro, el encuentro.

Sobre el mundo tocaban, creaban, hacían. Iban fundiendo caricias y besos; con Chopin y Dostoievski de testigos, de maestros, se amaban profundamente. En un apartamento tipo estudio compartían el arte que, en el medio de la estancia, parecía fundirse, hacerse verbo, elevarse hasta las alturas… y luego caer. Entre su piel blanca y su cuerpo moreno, entre sus pectorales de roca y sus pechos de cielo, el mundo cobraba sentido, las voces alrededor simplemente callaban.

Se amaban a medio camino entre la locura y el desespero, entre el absurdo y el conocimiento certero de que, más allá de los arpegios y las historias, sólo sus cuerpos, sólo el universo podía expresar, significar y ser verdaderamente. Era amar como si mañana no hubiera nada, no hubiera. Era saber con certeza que cuando acabara la lluvia de resbalar por la diminuta ventana de su alcoba, se perdería la magia, fugitiva, por entre los resquicios y por debajo de la puerta.

Él tocaba el piano con la fuerza de un dios, ella escribía con la delicadeza de las flores. Él se dejaba ser entre las teclas y en las claves de La y de Sol. Ella dejaba el miedo afuera al narrar la vida y describir el universo. Era sencillo. Se adoraban y no había más. Eran exitosos y habían pasado años juntos, de reconocimiento y de pasión. De felicidad y de rayos de luna. Ahora que la lluvia caía sobre la calle, cada uno se apoderaba de un retazo del tiempo y lo cortaba en pedacitos. Mientras ella tocaba sus brazos y se perdía en su espalda, él veía en sus ojos canelas la perfección hecha ser. Mientras él respiraba como si el aire fuera de dulces ella sonreía como si el cielo fuera de albaricoques.

En el medio de todo creaban la sinfonía última, la novela por excelencia. Aunque inmóviles estaban la máquina de escribir y el piano, de ellos surgía la obra perfecta, el arte cobraba vida y se perdía en el perfume suave de ambos cuerpos. Iba in crescendo, a veces iba piano. Otras la tensión aumentaba, a veces se sentía la suavidad del momento. En la cumbre del mundo la obra se hizo más fuerte. El tocaba con pasión, con desenvoltura. Ella narraba con la finura de las uvas, con la destreza de una rosa. La lluvia iba cayendo cada vez más suave. Las gotas resbalaban lentamente en el vidrio y se iban perdiendo en la caída definitiva hacia el abismo. El silencio fue apoderándose de la habitación, a medida que la sinfonía llegaba a sus últimas notas y la novela al punto y final.

Cuando sólo quedaba una llovizna fría y melancólica, todo quedó sereno. La obra estaba consumada, había sido creada. No dependía ya de ellos. Fueron apartándose de las teclas, fueron alejándose lentamente de la máquina y del piano, hacia el centro de la alcoba, y ahí, en la cama de madera y entre las sábanas cremas, se encontraron y se amaron.

El cajón del piano


El dinero estaba escondido en el cajón del piano, pero ni Elias ni el asesino lo sabían. Quiza por eso la noche se había tornado roja antes de tiempo y las sirenas ululaban rompiendo el espectro oscuro de los callejones. Elias estaba muerto y la salida trasera del teatro nacional seguía abierta. Una húmeda brisa calaba en los huesos de los asistentes que no se animaban a ver el cadaver , salvo los pocos que tomaban fotos con el celular. Y más allá, en las aceras de todos los enfrentes, las callejeras y los perros despegaban del suelo la misma tristeza, una de esas constumbristas y trágicas que pasan por la garganta amplia de la amargura. Elias estaba muerto, bien muerto, desvanecido sobre la calle caliente.
Le tomó quince años, de los veinte que tenía, en convertirse en maestro de piano. Su madre vaticinó la suerte con la eficacia de una pitonisa: está hecho para ser alguien grande.
Y su humanidad, en el momento en que murió, pesaba casi los ciento veinte kilos. Nadie dudaba de su talento para la música clasica. Todos los autores clasicos corrían por su dedos con la misma ligereza del agua.

"Vamos a ver qué haces ahora con esto..." y un balazo le rompió la tapa de la cabeza.

La plata estaba en el cajón del piano. Ahí estaba, con la inocencia de un objeto inerte, entre las cuerdas que unían el sonido con las teclas, aquellas que Elias tocaba con tanta virtuosidad como un santo. Ahí estaba, esperando al asesino, pero no hubo tiempo.

"Tú sabías que para ayer, cucaracha, tú sabias..." Y se escuchó cómo la muerte preparaba una bala.

Y fue un error idiota de Elias. Comprar el piano a la última hora, con el dinero prestado de un matón. Y más si eres ciego y con una fuerte tendencia al azar. Creyó que la muerte hacía treguas con los lisiados y asi no era como funcionaba el mundo.

El viento helado cortaba la sangre. Más arriba, donde las casas pierden el nombre y el número, una sombra huía con las manos vacias. Algunos se arrodillaban sobre Elias desvanecido, mientras el dinero inerte y huérfano esperaba en el cajón del piano.

lunes, 10 de agosto de 2009

Dispara, menor, dispara

Por José Leonardo Riera


La casa de Esleyter, al igual que la de Demetrio, Abigail y Albano, quedaba junto al lugar de reunión de los malandros de Carapita. Éstos, allí, fraguaban sus futuros actos delictivos y comentaban animados los anteriormente ejecutados. Hablaban de las jevas, de los fariseos y, además de esto, fumaban marihuana y bebían aguardiente San Thome (hecho en Venezuela).

Para Esleyter esto no era ningún problema, ellos nunca se metían con él. Y él, cuando se cansaba de escuchar las locuras y/o estupideces de aquel grupo de malandros, se sentaba al piano y empezaba a tocarlo tan perfectamente como lo hacía su abuelo, quien fue el que lo enseñó.

Una que otra vez, incluso los mismos malandros gritaban: ¡Épale menor, disparate una de esas piezas cartelúas que tú tocas! Y Esleyter, haciéndoles caso, tocaba contento; eran esos malandros los únicos seres en el mundo que lo escuchaban y aplaudían su talento. Ese chamito se la lacrea, decían éstos al terminar de escucharlo.

Esleyter, además de estar acostumbrado a escuchar el piano, también escuchaba, bastante a menudo, el ruido de disparos. No obstante, por primera vez en su vida, esos ruidos se escuchaban junto a su casa, en el lugar de reunión de su “público”.

Los malandros del callejón fueron a matar a los malandros de la vereda, justo en el momento en que Esleyter daba uno de sus recitales. El sonido de los disparos hizo que él se detuviera mientras que, malandros contra malandros, se mataban unos a otros. Algunos estaban escondidos, otros corrían de un lado a otro y, aunque ya había pozos de sangre en el suelo, todavía se veían las balas por el aire.

Esleyter se estaba quedando sin público.

El líder de la banda tumbó la puerta de la casa de Esleyter. Una vez adentro se agachó y, al darse cuenta de que lo miraban sorprendido, dijo: Costilla, toca el piano ahí, ¿sí va?

El pianista estaba agachado junto a su piano, tan asustado como sorprendido, en el momento en que vio que el único miembro de su público disparaba hacia fuera de su casa. Dispara, menor, dispara, le gritó el malandro.

Esleyter le hizo caso, disparando magistralmente sus notas musicales que, con el ruido de los disparos, provocaban una sinfonía para morirse.

Aún agachado, pero sin dejar de tocar, pudo ver al malandro quien, lleno de disparos, sangre y emoción, le dijo: Bien por esa, chamito. Y Esleyter se quedó allí, disparando arte y belleza a tanta sangre y horror.


Y me tocó

Por Samar Hokche

Era un día lluvioso y gris, tenía quince minutos de retraso cuando hizo su entrada, con el pantalón rasgado y camisa mojada que ligeramente se le adhería a su piel bronceada. Una sonrisa encantadora iluminaba sus bellas facciones, su aspecto era rebelde e indiferente. Me miraba desafiante, y yo era débil, no pude evitar caer rendida a su voluntad. Yo sabía que en esa gloriosa tarde nacería entre nosotros un lazo inseparable, y en una sutil armonía nos uniríamos hasta el fin de nuestros días.

De mi mente nunca podré olvidar la primera vez que me acarició, fue una sensación inconcebible, más bien ¡mágica! Sus manos estaban temblorosas y dudosas cuando me desvistió, cerró los ojos y suspiró, y en el instante en que sus finos y delicados dedos se deslizaron sobre mí con tanta naturalidad, gracia y soltura, toda inquietud desapareció. Interpretó nuestras melodías preferidas, ellas embellecían cada minuto de nuestro encuentro.

No sé como lograba conseguir siempre la nota correcta, creando aquella música perturbadora. Sus manos, su contacto, su pasión, hacían resonar en mis adentros los más íntimos deseos, exaltaban mis sentidos, haciéndolo mío. Me sentí dueña de sus angustias y desesperaciones. Al finalizar, la luna nos sonreía. ÉL abrió sus oscuros ojos, se levantó y, dejando oír su voz, me dijo tan dulcemente ese “Gracias” que tanto anhelaba. Soy feliz desde aquel entonces, sólo canto cuando me toca. Algo me dice que soy su instrumento preferido y él mi músico adorado.

Pluriverso

Por Gabriela Valdivieso


—¿No es emocionante esto, el mundo? Los corazones laten, las iguanas son verdes, las mariposas vuelan, las gargantas soplan voces y el sol calienta. ¿No es esto una fantástica obra de arte?

—¿Ah, fantástica o fatídica? ¿Acaso no ves las alfombras raídas, las clinejas desatadas, las mentiras ocultas, los lápices partidos, los argumentos vacíos y las falacias voladoras? ¿Los faros rotos, la suerte selectiva, los ladrillos incompletos, las almas corrompidas y las narices amorfas?

—Sí, veo todo y lo veo fantástico. Es lo sublime y lo grotesco. Las blancas, las grises y las negras. Son todas piezas determinantes de este inmenso mundo. Somos los afortunados huéspedes de este mal llamado Universo. De este Pluriverso infinito. De este devenir incesante de colores, imágenes, tamaños, olores, texturas, vibraciones, reflejos, sabores, emociones, formas, pasiones y sonidos. Es esta inmensidad producto de un piano multiforme. Somos parte de una gran melodía. El mundo suena, chispea su canción cónsona y perfecta.

—¿A qué suena, si no a dolor y a desengaño?

—¡Shhh, escucha! ¡A vida y posibilidades!

Epílogo Pianíssimo


—Vas a terminar cansado —me dijo—. Y no querrás verme nunca más.

Apreté su mano con tanta delicadeza que ni siquiera sé si “apretar” es el término que aplica.

La ruptura está en el futuro todavía.

En el pasado, los segundos del primer beso flotan congelados en la eternidad.

Amo sus ojos. Amo su boca. Amo su sonrisa, amo su aroma, amo la forma en la que me habla, en la que me anima, en la que hace que las dificultades del mañana se derrumben con sólo un gesto coqueto. La amo y nada existe que me asuste más que eso.

Se acuesta de medio lado y besa el dorso de mi mano. La sujeto entre mis brazos. En la periferia de mi visión, el piano. La lengua a través de la que ella habla su segundo idioma. El altar ante el que fusionamos los espíritus por primera vez.

Beso su hombro.

—Te amo. No podría cansarme de ti aunque lo intentara con todas mis fuerzas —le digo, y así es.

—Sabes que traté evitar todo esto. No quise perderme en este laberinto… pero entré. Y te he arrastrado conmigo. Después de todo lo que ha pasado y de todo este tiempo… ¿sabes? Las normas dicen que deberías haberte ido hace mucho.

Con sutileza, la volteo. Está acostada boca arriba ahora, frente a mí. Por un instante, que parece perpetuo, me enfoco en su boca y todos los pensamientos dentro de mí se borran y se trata sólo de besarla. Sus labios son suaves, son cálidos y saben a la salvación que nunca esperé encontrar.

—Las normas son estúpidas —digo—. En especial esas normas. Influye también el hecho de que te amo y de que me encanta todo de ti, así que… no creo que muchas reglas puedan oponerse a eso.

Mis dedos juguetean con su cabello negro. Es sedoso. Podría estar haciendo esto todo el día.

En el futuro, la veo darse media vuelta y marcharse de mi vida, pretendiendo que no le importa y que lo que fluye de sus ojos no son lágrimas.

Sigue tocando el piano para mí en el pasado. En esos momentos de memoria inmortal, estoy enamorado de sus notas y de su armonía.

Ahora está desnuda bajo las sábanas y este pequeño nudo de sentimientos es suficiente para mantenerme vivo más allá de la vida. Acaricia mi cara y las palabras no alcanzan para explicar cuán etéreo su toque me hace sentir. Ante semejante magia en sus manos, no me sorprende que el piano hable solo al entrar en contacto con esos dedos.

—Las personas son lo único cambiante en mi vida —le oigo decir—. Cada pocos meses, quienes quiero se van. Aprendí a no querer a nadie. Y tú vienes ahora y rompes la premisa de los demás y me haces romper la mía. Y te odio por eso.

Sus ojos están húmedos.

—Yo también te odio —le susurro.

Sus labios se separan ligeramente y se unen a los míos.

Todos mis sueños sobre ti siguen flotando, cada vez más cerca de la orilla.

Toca una última vez para mí, en el futuro, en el mismo piano que presenció los primeros de incontables besos.

En el pasado estamos bromeando y conversando entre sonrisas, sin poder imaginar lo que nos esperaba tan sólo unas pocas notas más adelante en la canción.

Pero ahora, el mundo está representado por sus ojos oscuros y su piel canela. Una armonía en el presente. Un anhelo en el pasado y una memoria de perfección en el futuro. Mientras mis dedos están entrelazados con los suyos, no quiero que la canción termine jamás.

En mi nada, lo fuiste todo para mí.

sábado, 8 de agosto de 2009

Piano: belleza, fantasía y horror.

Cualquier película, con un buen fondo musical de piano, resulta ser maravillosamente tierna y/o hermosa. Yo, por mi parte, prefiero las películas basadas en hechos reales. Pero sorprendentemente, los hechos reales de hoy en día son tan increíbles que pareciera que éstos han sido sacados de una película de aventura.

"Esta vida está basada en una película de aventura".

Es precisamente eso lo que define mi estilo y selección de temas al escribir. La fantasía, la belleza y los increíbles hechos reales.

¿Quién dice que estos elementos no pueden fusionarse?

El que lo diga es porque no ha visto a un chico tan desastroso como yo tocando un instrumento musical tan hermoso como lo es el piano.

Entonces pues, les invito a que nos detengamos un momento y empecemos a darle un toque de belleza, y fantasía, a nuestros increíbles hechos reales.