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martes, 27 de octubre de 2009

Es todo lo que ya no importa... o lo que más duele

Por Jessica Márquez Gaspar


Quedarán los espacios blancos,
El eterno resplandor del desierto.
Quedará siempre aquel inmenso agujero
Allá entre las nubes.
Quedará por siempre la soledad infinita
La de los reyes y de los pobres
La de todos
Que nadie sabe a qué sabe.
Quedará en la tierra,
Aún cuando nos vayamos,
El halo incierto de la inocencia
Aquella de cuerdas de saltar
De vosotros.
Quedará en la inmensidad compartida de la nada y del cielo
El espacio perdido que vos nunca abandonaste.
Tal vez querais hacerme creer que hemos llenado este espacio,
Tal vez penséis que esto todo es posible,
Pero conocemos la verdad.
Ahí está... latente
Llora como van Gogh ante su fracaso,
Pero sobre todo gime ante la agonía
De aquello que se ha perdido en el tiempo:
Es la alegría suprema de la compañía,
Detrás de estos muros que levanto
Detrás de estos vidrios que me apresan
Detrás de todo aquello que vos nunca creísteis
Late con desesperación la mariposa encerrada
La mañana fugaz en que te fuiste
La locura misma, la de los relojes que se derriten
Las axilas mutantes
Los gorilas morados
La de los campos infinitos de la cordura,
Aquella que está al margen de todo lo certero
Que vive felizmente en las fronteras
Donde ondean, valientes, las banderas de la imaginación.
Es en las naves doradas de un rey inexistente
Que navego fuera de esta fortaleza,
Es en la caricia hermosa de la brisa
Que me creo libre, por un instante,
Es en el sol caliente, intenso
Que intento convencerme de que estoy vivo,
Pero vos sabeís lo que otros ignoran
Lo que todos deberían saber:
En esta caja de paredes blancas,
O tal vez transparentes,
Yace el universo
De espaldas a todo,
Quiere creer que la vida tiene el sabor de la nuez partida
Más tiene el dulce aroma de una concha de naranja.
Olvida tal vez
Esto que te digo
Recuerda siempre lo que siempre supiste
Detrás de las cuatro paredes de mis miedos
Respiramos yo y el mundo
Esperando tu llegada
O quizá tu regreso.

Vosotras Cuerdas Axilas

Por Moisés_Lárez
Vosotras axilas mutantes satisfacéis saltando en la cuerda
Vosotros axilos mutantos satisfacéis saltando en el cuerdo
Vosotras cuerdas, satisfacéis saltando en axilas mutantes
Vosotros cuerdos, satisfacéis saltando en axilos mutantes
Vosotros mutantes os satisfacen saltando en axilos cuerdos
Vosotras mutantas os satisfacen saltando en axilas cuerdas
Vosotros satisfacéis saltando a mutantes cuerdos con axilos
Vosotras satisfacéis saltando a mutantas, cuerdas y axilas
Vosotros saltando con axilos cuerdos os mutan satisfactoriamente
Vosotras saltando con axilas, cuerdas y Os mutan satisfactoriamente


¡Cuerdas de saltar mutantes, vosotráis satisfasotras!
Cuerdos, de saltar mutantes, vosotreamos satisfasotros
En cuerdas, satisfaréis vuestra saltar mutante
En cuerdos, satisfaréis con vuestro saltar al mutante
Cuerdas de mutantes, saltaréis axilas satisfacienda
Cuerdos de mutantes, saltaréis con axilos satisfaciendo
Cuerdas de axilas, mutaréis saltando satisfacciones
Cuerdos de axilos: ¿mutaréis, saltando y satisfacciones?
¡Cuerda de mutantas, axilaréis, mutaréis y saltaréis!
Cuerdo de mutantos, ¡hagáis lo mismo!


Axilas mutantes, vuestra cuerda saltaréis satisfacciéndome
Axilos mutantos, ¡no me satisfagan!
Axilas saltarinas, cuerdáréis vuestras satisfacciones mutantas
Axilos saltarinos, cuerdaréis vuestros satisfaccionos mutantes
En axilas cuerdas, saltaís vuestras mutantas satisfaciéndoas
En axilos: cuerdos, ¡saltaís! ¿Vuestro mutanto, satisfaciéndoos?
¿A la axila satisfaréis con vuestras cuerdas mutantes?
Al axilo satisfaréis con vuestros cuerdos mutantes
¿Con axilas satisfactorias vuestras cuerdas mutaréis?
Con Axilos Satisfactorios C.A., vuestros cuerdos mutaréis

Tumor


Nadie sabe realmente qué fue lo que sucedió con Alfonso Costas y el único testimonio con el que contamos es la peculiar declaración de su esposa. Todas las fuentes le describen como un padre amoroso, un esposo fiel y un empleado de confianza. Un perfil que a duras penas encaja con el de un hombre capaz de prenderle fuego a su casa (matando a sus dos hijos —Danilo, 6; Carola, 11) para luego suicidarse.

Rastreando sus pasos en el tiempo, podemos extraer datos poco concluyentes: sabemos que quienes le conocían de cerca notaron una clara perturbación en su comportamiento. Se había vuelto mucho menos comunicativo, su apariencia personal se había descuidado y fumaba. En el trabajo, hacía frecuentes viajes al baño y, en él, se miraba en el espejo, se lavaba las manos y se soplaba la nariz hasta que se le dejaba a solas. Casi no pasaba tiempo en su casa y la señora (ahora viuda) de Costas está segura de haberlo oído sollozar en las noches.

Estas típicas señales de angustia hacen poco por indicarnos la verdadera causa de semejante final. Carlos Moreno (38) fue la única persona con la que el señor Costas se comunicó, tres horas antes de ponerle fin a su vida. Si hemos de creer al señor Moreno, Alfonso estaba claramente delirando:

“Hoy Carola estaba saltando la cuerda, en el patio. Él la quiere, Carlos. Me dijo que iba a comérsela, con cuerda y todo. Porque los niños saben a inocencia. E iba a comérsela poco a poco, tragándosela como una boa, completa. A mi Carola…”

¿A quién se refería Alfonso? Tal declaración haría pensar que alguien le chantajeaba, pero siendo un hombre tan recto, ¿por qué no acudió a la policía? ¿Por qué no se lo confió a sus parientes cercanos? La investigación policial descartó conexiones delictivas, así que volvemos al punto cero: ¿delirios o existía un tercero?

Una hora después de la extraña confesión, Costas emprendió camino a la tienda Taurus, ubicada en el CCCT. Compró un revólver calibre .38 (que pidió, por alguna razón, envuelta para regalo). En minutos estaba arrebatándole la vida a sus únicos hijos, previo ataque a su esposa (que salvó la vida pretendiendo estar muerta). Marielena Costas dice que su esposo hizo todo esto llorando.
Pero es el final de su vida, de acuerdo a la única testigo, lo que ha disparado toda la controversia sobre el caso.

Marielena Costas dice, en récords oficiales, que permaneció inmóvil hasta que escuchó a otra persona en la sala. Al abrir los ojos, vio a si marido discutir con otro hombre, al que no alcanzó a ver. Costas, que ya había rociado al inmueble con gasolina (y éste empezaba a arder), repetía que prefería morir, entre que el desconocido (un anciano, a juzgar por la voz) reía y decía que nada de esto significaba diferencia. Segundos antes de dispararse en la boca, Alfonso convulsionó de dolor y se arrancó la camisa. Es parte de los récords oficiales la descripción del “tumor” que Alfonso costas tenía bajo el brazo (siendo lo más llamativo los detalles sobre los ojos, los vellos y la boca lenguada).fue mirando a la malformación que Alfonso Costas se quitó la vida, cayendo al suelo y sangrando a grifo abierto por las fosas nasales.

Es aquí cuando la única superviviente relata cómo se levantó y permaneció entre las llamas, confundida y aterrada. Mientras los doctores insisten en que las condiciones de stress estaban dadas para delirar y perder la conciencia, ella alega que fue lo que vio a continuación lo que la hizo desfallecer (para sufrir extensas quemaduras en el rostro y las extremidades). Sólo se atreve a decir que “fue el tumor en la axila.” Lo que esta frase signifique está abierto a especulación. Nuestra investigación no arroja conclusiones; ¿qué lleva a un hombre recto a traspasar el umbral de la locura? Nunca lo sabremos.