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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Ya es hora

Por Jessica Márquez


A Ella

Que me regala tantas horas de paz

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto


Eran las dos de la tarde, pero no lo parecía. La luz de la hora, fugitiva, se ocultaba. Parecían más bien las seis, las cinco, incluso las cuatro. Era una luz grisácea, de presagios.


¿Cómo debía sentirme?, me preguntaba mientras caminaba hacia la entrada. El silencio de la atmósfera, silencio de sábado por la tarde, me asombró. Esperaba una multitud en la entrada, no una multitud enardecida, pero sí el murmullo callado que proviene de un grupo reunido aunque se encuentre en el más absoluto silencio: como si la presencia misma de los cuerpos pudiera crear una melodía, un único sonido que se alzara sobre el silencio que todos intentan mantener. Un silencio, sin embargo, elocuente.


Es el silencio de aquellos que lloran la muerte.


Pero en la entrada no había nadie.


Un letrero con letras blancas le daba forma a lo esperado. Poco a poco se iba dibujando lo que parecía tan solo un grito lejano, algo incógnito para el oído: el nombre de aquélla que no vendría más. Entonces descubrimos a aquellos desconocidos y, en el medio, una figura familiar. Nos unimos entonces a un dolor que no compartíamos, un dolor que no brota de nuestra propia piel, sino que nos llega por la cercanía y la conexión íntima con aquel que sufre.


Me atrevería a decir que es aún peor.


Tengo pocas reglas en mi vida, sobre todo porque no me gusta romperlas, bueno, sí, pero por ello tengo pocas para no caer en la tentación. La principal es no ir a funerales. Sencillo. Y sin embargo ahí estaba, parada frente a aquello que tanto temía, con una presión en el pecho, debajo de la ropa negra… como el luto.


Pero nada fue como lo esperamos. Todo adiós marca el alma de una u otra manera, pero ellos parecían despedirse de una forma que me era, hasta entonces, desconocida. Acostumbrada como estoy a las vidas truncadas justo ahí, en el nudo del argumento, sin desenlace, sin FIN, sin nada, -a las historias de finales bruscos-, me fue absolutamente ajeno aquello que sucedía.


Hollywood es un experto en crear imágenes de lo no-experimentado, de lo no-vivido. De esta forma jamás he disparado un arma, pero puedo fácilmente imaginarlo y, quizá, llevarlo a cabo. Mis expectativas de una funeraria, por ende, estaban a medio camino entre las películas de vampiros que se levantan de su tumba (aunque no me fascine el género), y aquellas tristes escenas en que los personajes lloran la muerte, irreversible.

Adentro la luz parecía jugar a lo íntimo. Discreta y cálida. pero no en exceso, caminaba por los rincones, sobre el ataúd, entre los presentes, alumbrando los rostros sin contorsiones de dolor, sin llantos inesperados, bruscos, desgarradores, rostros llenos de una inexplicable paz, que parecía ocupar una de las sillas de terciopelo rojo del lugar.


Durante mi estancia observé amor, cariño, solidaridad, pero no los generados por el vínculo terrible, por el puente maldito, que se teje cuando los destinos de varios se cruzan en el dolor, en el maldito dolor que proviene de la muerte trágica. Eran sentimientos en su forma pura, en el adiós, en la última palmada, en el último beso, en las últimas palabras, para aquel que había partido, y en el abrazo y la mirada tierna para aquellos que se quedan.

No me vi decepcionada, en varias formas se parecía bastante a la imagen mental que me acompaña desde hace años. Hollywood lo hizo bien. Recorrí el espacio con la mirada hasta toparme con un viejo reloj de pared, de péndulo, que marcaba la hora lentamente. En aquel segundo cuarto, el de la familia más cercana, el más íntimo, fuimos recibidos por la figura que nos invitara a aquel suceso.


Ella relató, tan humanamente, los últimos minutos de la fallecida, que sentí entonces una nueva dimensión de su ser. Sumida, como había estado en los últimos años, en el deterioro de sus capacidades psíquicas, aquel personaje ahora ausente había olvidado tanto… pero en su lecho de muerte recobró el aliento perdido, la palabra extraviada, para despedirse de sus hijos y ordenarles, como si aún fueran niños, que rezaran todos juntos, y corregirlos: “como lo hacía mi esposo, su papá”.


-Hija, siento miedo.

-¿Miedo a qué, mamá? ¿A la muerte?

-Sí.


Las horas finales de la noche se la llevaron. Su alma se elevó dulcemente mientras dormía. Para cuando se percató, ella ya estaba fría. La abrazó por última vez, en estado profundo de shock, incapaz de hacer más nada, incapaz de reaccionar. Pero allí ya no quedaba nadie. Ya no.


Horas más tarde un mensaje de texto, corto, conciso, afirmaba: “Mi mamá falleció, hoy de madrugada. Velorio en la Vallés mañana en la tarde”. Esas palabras nos trajeron al interior de aquella funeraria. En un patio, como si se tratara de un encuentro de gente cercana, todo el mundo se saludaba, se presentaba, mientras tomaba café o jugo, y comía galletas.


Entonces la hora cambió y se hizo poco a poco dorada. Eran casi las seis y el quórum empezó a disolverse. Pero la presión ya no estaba en mi pecho. Nos despedimos y salimos del edificio.


Supe de pronto, mientras me alejaba, que aquella no había sido únicamente la primera vez que visitaba una funeraria. Era la primera vez, en mis veinte años, que presenciaba una hermosa muerte: la de una mujer que falleció a sus 95 años de causas naturales. Que tuvo tiempo de despedirse, de decir adiós; de pedir perdón, de arrepentirse. Que se fue en paz, rodeada de sus seres más queridos, cuidada, protegida. Ni siquiera supo que se había ido. Al final, creo que se disipó su miedo. Y por ello no dejó miedo detrás de ella. Dejó a un grupo de individuos que la despedía como si partiera en un tren a un destino lejano.


Sí, fue hermoso. Ese adjetivo se aplicaba a la muerte, aunque yo no lo creyera.


Otra regla que termina rota, quebrada.


Fallecer sano, física, emocional y espiritualmente, es invaluable.


En un país donde los momentos finales llegan a oscuras, en el pánico del atraco con revólver o en el valor ante el criminal, sólo frente a aquel que te quitará la vida, -muy frecuentemente en la oscuridad de la noche-, fallecer porque incluso la vida tiene final, es un acto hermoso.


Es la historia que termina como deben terminar todas: donde va el punto y final, porque ya no queda más que decir, porque ya es hora.

Gracias a la vida que me ha dado tanto


Gracias a la vida, gracias a la vida

martes, 1 de diciembre de 2009

De vuelta al centro


Un día señalaron el perro a Marcial.
—¡Guau, guau! —dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos
Alejo Carpentier.

La perra se enroscó sobre sí misma y empezo a mecerse tibiamente sobre su panza. Al principio sólo era pelo blanco y ensortijado cayendo desordenadamente sobre la tierra, las patas culminaban en unas garras largas y sucias que resbalaban sobre el piso de ceramica, sus ojos se abrían y cerraban lenta y tristemente: fuego, agua, soledad, dolor. Todo se cerraba finalmente, con el candado de su corazón. La acompañamos hasta donde nos dejaba entrever la puerta de su soledad. Estaba muriendo.
Paso lento y quejido. Boca que grita, sangre que relampaguea sobre la atmosfera encendida y esférica, la tomamos de la mano y la perra gime.
- Te esperó hasta que llegaras, dijo madre.
Le tomé la pata derecha y le di un beso en la nariz seca y caliente. Entonces le empezo a faltar el aire y lloramos todos juntos, en un estrecho círculo de despedida húmeda.

Me miraste, muy ciega, lo hiciste.
adivinaste el último tramo del viaje al centro.
me pediste que fuera contigo
y sólo te acompañé hasta la puerta,
te tocaba sola cruzar el puente,
y el estrecho dolor no me dejaba
ver más allá de la orilla oscura
donde todos se preguntaban
qué había.

Tu corazón todavía latía, pero de tu vida sólo rastro perdido. Papá (papá nuestro) fumaba en el pasillo y el humo te rodeaba la cara y despegaba los fantasmas de la humaredita.
-Listo, se fue, dijo Sonia.
Y replicó en mí la campana de niñez última. El tren que se aleja y el humo de papá que se acerca a mi cara y me grita que todos envejecemos, que eras y eres el ultimo recuerdo de cuando todavia la muerte era algo que le pasaba a otros.
Estarás ¿estarás? Ahí, acompañandome al retorno de donde vinimos, el eterno círculo que dibujan los cigarros, las humareditas y los puentes. Vida líquida que cruza debajo de una palma y sus hojas.


domingo, 29 de noviembre de 2009

Por eso es que no voy...

-Te tengo un desafío, ya sabes, de los nuestros –dijo Moisés, con esa cara de que sabe lo que ocasiona.
-Y todos lo haremos, sin duda; sólo faltas tú –dijo Gabriela, con la misma expresión.

Víctor y Samar sólo me miraron, sin expresión alguna, excepto por un extraño brillo en los ojos. A continuación, Jessica me tomó del brazo y me condujo a una silla: aquello parecía más complot que conversación, no tenía salida.
Guillermo estaba del otro lado de la sala, era el único que parecía impasible, y Noelia veía ausentemente por la ventana, como si esperara algo. De improviso se retiró de donde estaba, y me miró, caminó hacia el lugar en que me hallaba y sonrió.

-Ya es hora –dijo Noelia.
-Lo fue siempre –dijo Moisés.
-Ya dejen de hablar, la noche es larga, mas no eterna –finalizó Víctor con tono de tedio.

El miedo que yo sentía no era normal, veía todo como si no existiera. ¿Qué pasaba? ¿A dónde me llevarían? Eso no importaba ya, porque cuando me di cuenta iba dentro de un carro, con cómodos asientos de cuero, de color suave. Creo que era el de Noelia. Los árboles proyectaban sombras oscuras y deformes en la vía, y la poca luz de sol que ya quedaba se tornaba roja como sangre, como vino, como siempre me había gustado.
Moisés le pidió al conductor que acelerara, Víctor supongo, mientras Jessica me preguntaba si estaba bien. Al parecer respondí que sí, porque sonrió y miró por la ventana. Noelia me ofreció un caramelo, que no tomé, y Guillermo se reía de las bromas de Samar y Gabriela.
Una voz femenina anunció que habíamos llegado, pero allí solo vi una montaña. Todos bajaron de lo que pude distinguir como una camioneta y comenzaron a subir por un camino que apareció de la nada.

-Momento –dije– ¿A dónde van? ¿Dónde estamos?
-Sólo una pregunta Gaby junior, y sólo una respuesta –dijo Víctor– ¿Que a dónde vamos? Es una sorpresa. A un lugar divertido, eso sí te puedo decir.
-¡Qué divertido va a ser! Te lo aseguro –dijo Gabriela–. Anda, Gaby junior, sube también.

Los miré con recelo pero ya ni modos, subí detrás de ellos. Los nervios aún injustificados me dificultaban caminar, reteniendo mis piernas como si fueran una cinta firme. Después del esfuerzo casi sobrehumano que hice, llegué a la cima, y me paralizó lo que vi: detrás de una reja, hileras e hileras de tumbas que parecían brotar del césped, negro ya a la ausencia de luz.
Ahogué un grito con la mano, sentí que me desvanecía y me aferré a la persona que se hallaba a mi lado; Samar me ayudó a mantenerme en pie, viendo hacia el tétrico horizonte. Pasaron unos segundos, o quizá minutos, quién sabe.
Sin saber cómo ni por qué, me encontraba subiendo la reja y avanzando entre las tumbas. En esos lugares da menos miedo ir con todos que quedarse, ¿no?

-Aquí es, es ésta, según dicen –dijo Moisés.
-Sí, aquí. Mira, es la marca –dijo Víctor señalando una tumba con mal aspecto–. La marca de la ira.
-¡Mira eso! Parece una cola de dragón –dijo Samar entre risas, lástima que yo no entendía el chiste.

Por un instante creí que era un sueño, pero mis sueños acababan, esto parecía no tener fin. Se sentaron en el pasto al lado del hallazgo, y me miraron.

-¿Y bien? ¿Ahora comprendes? –Dijo Noelia–. Queremos una inspiración sobrenatural para escribir, fue idea de Víctor.
-Sí, échame el muerto a mí, sé feliz –replicó él sonriendo–.
-¡Buena esa! –dijo Jessica–
-Ok, da risa, pero me da miedo estar aquí. ¿No es ilegal? –dije, intentando convencerlos de irse–.
-¡Qué va! Fuimos invitados cordialmente, de verdad –dijo Guillermo–. No te preocupes, no le estorbamos a nadie.
-¡Ah! Qué alivio –dije sarcásticamente–.

En un momento, Gabriela no estaba. Mientras la llamábamos por los alrededores, Jessica también desapareció. El siguiente fue Guillermo, y luego Samar. Cuando quedábamos sólo Noelia, Víctor, Moisés y yo, decidimos no volver a separarnos, algo estaba pasando. Miré hacia la marca que habían señalado minutos atrás, en vano. ¿Cómo había podido irse una marca hecha en piedra? No podía ser.
Noelia avisaba que alguien venía hacia nosotros, era un hombre de edad avanzada, con un uniforme de conserje. Se notaba lo gris de su cabello, tenía un pequeño farol.

-¿Qué ha pasado? Los oí gritar hace un momento –dijo.
-Nuestros amigos se perdieron, sin explicación –le contestó Moisés con sobresalto–.
-¡Oh! Ya veo, creo saber dónde están. Siempre saben llegar, mas no devolverse. ¿Vienes? –Le dijo el hombre a Moisés–.
-Sí, ya queremos irnos –dijo él–. Quédense por si vuelven los demás.

Víctor y Noelia me miraban, con una nota de responsabilidad que yo podía sentir. Sabía que no era su culpa pero no valía nada decirlo en aquel momento. En unos minutos el hombre regresó, completamente solo.

-Su amigo encontró a los demás, están esperándolos. La salida está más cerca por ese lado –Dijo el hombre–.

Víctor asintió y comenzó a caminar con Noelia detrás de él, dejándome oír sus pasos en la grama. Se paralizaron y de repente me tomaron del brazo. Ambos chicos me hicieron correr en la dirección opuesta, hacia unos árboles, donde las cosas de los demás estaban tiradas. Sentí miedo de nuevo, ¿qué pasaba? Había un olor inconfundible a fuego y a tierra mojada. Vi, como a través del agua, la reja por la que entramos.
Comencé a trepar, tal como me indicaban, no había rastro del hombre. Miré hacia abajo, ya en la cima de la reja, y no había nadie. Estaba sola, en esa oscuridad envolvente, con el miedo a punto de partirme en dos. Cayendo, cayendo y cayendo...



Todos me miraban, como si hubiese estado ausente. Esa misma salita de aspecto acogedor que ya recordaba, y todos en donde los recordaba.
-Entonces Gaby junior, ¿vienes? –Dijo Moisés-
Sentí que mi corazón se retorcía y respondí que no, que ninguno debería hacerlo, y miré por la ventana. Pensé que la paranoia no tiene límites y comencé a reír. Mi vista se fijó en un hombre que estaba en una esquina del viejo edificio vecino. Era pequeño, vestía de conserje y llevaba en la mano un farol.

Nuez de Fuego


No sintió dolor inmediatamente, sino un poderosísimo impacto. Como todos los asiduos a este blog, él también lo había visto en miles de películas. Actores fingiendo dolor, caen al suelo, dicen una línea épica y desaparecen del film. En la vida real, no hubo momento de intensa retrospección ni la vida pasó corriendo frente a sus ojos. Estaba concentrado en la cara del hijo de puta que le estaba apuntando, perdido en una súplica que ya no recordaba. Escuchó la explosión del arma y ahí las cosas se volvieron confusas.

Ese trueno que oyes cuando se dispara una pistola no es causado por la explosión de la pólvora. De hecho, eso sólo añade una pequeña fracción al ruido. El proyectil es disparado y alcanza tal velocidad que rompe la barrera del sonido. Ergo, bang. Ahora, esta explicación científica no significa nada para nuestro protagonista. No tardó un segundo desde el momento que oyó el disparo al momento que sintió el martillazo de dios en el pecho. Sus piernas cedieron y, aunque cayó en el mismo lugar donde estaba parado, se sintió como si hubiese sido disparado por lo menos metro y medio. “Disparado.” Mala elección de palabras para un momento como este.

Oyó al hijo de la gran puta yéndose a toda marcha, sin siquiera tener la decencia de quitarle el puto maldito Blackberry que ocasionó toda esta mierda, un maldito teléfono celular que, ahora entendía, significaba una división entre cero para su existencia. Comprendió sus errores con asombrosa claridad: no debía ir a El Valle a esa hora, no debía sacar el celular como lo hizo, no tenía por qué ser un extraño en una tierra extraña. Pero lo fue. Rompió el código de conducta de la Gran Caracas e iba a pagarlo con la vida.

Había pasado un minuto, quizá dos. De repente sólo habían transcurrido segundos; nunca lo sabría a ciencia cierta. Desde que se inició el atraco, su cuerpo segregó tal avalancha de adrenalina que el mundo estaba corriendo en cámara lenta. Dentro de su cerebro, las neuronas hacían sinapsis tres veces más rápido que la velocidad que alcanzó el bocadito de muerte que tenía alojado ahora en alguna parte del tórax. Entonces sintió el dolor.
Un aullido ahogado emergió de entre sus dientes y esta vez sí se agarró la herida con las dos manos. Empezó a respirar por la boca y tuvo la extraña sensación (desde nuestro punto de vista, claro) de que algo no había entrado en su cuerpo, sino salido de él. Lógicamente, sabía que el tiro había entrado, pero su cerebro en medio de aquellas circunstancias lo estaba agarrando por el cuello de la camisa, diciéndole “No, no, escucha. Yo sé qué es lo que siento y es una nuez de fuego que nos salió del pecho. Por eso te quema. No era una bala, papá, era una nuez de fuego.”

Trató de ponerse de lado, pero no tenía sensación en el cuerpo. Su anatomía, completa, había tomado una larga siesta, dejando sólo la parte nerviosa haciendo guardia y una angustiosa frase estalló entre sus ojos. “LA BALA TE ROMPIÓ LA MÉDULA ESPINAL.”

Por supuesto. No es anormal que las balas reboten dentro del cuerpo. Entran, chocan con un hueso, pegan en una costilla, pasan por tus pulmones, pegan con otra costilla, rompen un par de vértebras y terminan arropadas en tu estómago, ladilladas de tanto correr.

“No, eso no es así” se dijo. “¿Por qué siento dolor, entonces?”

Pensó en levantar una pierna, pero no lo hizo. En verdad, fue el dolor incandescente lo que se lo impidió, pero aún si este no hubiese existido, la posibilidad de ser parapléjico bastaba para disuadirlo.

Eres parte de la estadística ahora, chamo. Cuando se sacan los índices de un tipo determinado de delito, no es inusual el estudio de las víctimas. Tienen entre tal y tal edad. Pertenecen a este grupo socio-económico. Físicamente, son así. Explicaciones que quedan reducidas a garabatos griegos cuando todo se reduce a una simple premisa: eras la persona equivocada, en el momento y lugar equivocado. Punto final.

Si no supiese que estaba solo, habría podido jurar que le estaban apuñalando cada vez que inhalaba. Sus respiros se habían vuelto cortos, rápidos y dolorosos y la sangre que no podía ver, pero que se acumulaba entre sus puños, no dejaba de fluir.

Una capa blanca empezó a posarse sobre sus ojos. Parpadeó con fuerza y la visión volvió a él por unos buenos cinco segundos, antes de empezar su retirada otra vez. “Listo” pensó. “Este es el momento. Qué cagada.” Imagina cómo es sumergirte en una piscina lentamente y así fue lo que sintió él cuando su audición lo abandonó. Quiso dejar la vida con la imagen de su mamá en la mente. De la primera chica de la que se enamoró. De su primer logro en la vida. Nada de eso se presentó en el teatro de su imaginación. Sólo pensaba en que le ardía la garganta y se sorprendió tratando de determinar si se había hecho pipí en los pantalones. Él creía que sí.


Dos años después, conversando con unos amigos tras un partido de fútbol (metió dos goles, pa’ que sean serios), le preguntaron si el dolor era la vaina más intensa que había sentido.
“No” contestó. “No es el dolor, por sí solo lo que te jode. Es el todo, una agonía arrechísima. Ni siquiera te retuerces ni tienes fuerzas para gritar así, como en las películas. Los doctores dicen que es por el shock. Simplemente quedas ahí, incapaz de hacer mucho.”
Hubo un momento de silencio.
El amigo que le preguntó se puso de pie y lo abrazó.
“Gracias a dios que estás vivo, marico” dijo, con voz quebrantada.


martes, 24 de noviembre de 2009

Yo nunca


“Yo nunca… ¡Ya sé! Yo nunca he ido a ningún lugar”. Todos mirarían curiosos para saber quién había paseado sin rumbo, sin compañía, sin nada. Yo, honesta por el alcohol, tendría que beber, encogida de risas, encogida de la pena no ajena de un día triste mal asumido.

Y es que yo nunca había ido a ningún lugar. Siempre había ido a algún lugar, con alguna persona. De ordinario uno va hacia algo. Pero ese día, ese tatuado día, salí hacia la nada. Manejé flotando lentamente entre gente apurada, ocupada. Manejé dilatando la ansiedad. Zigzagueé posibilidades para sumirme en el reino sin respuestas. Nadé, metro a metro, hacia el desencanto.

Llovieron más y más preguntas. Las preocupaciones se escurrían incesantes por el vidrio. Todo era dolor y duda. Caos y miedo. Manejé mi ser entre la bruma húmeda y oscura y me uní a la sinfonía. Así, la lluvia externa e interna inundaron el vacío, hasta que, difusa, caí en aquel mar y reposé. Aquella calma estuvo próxima a cerrar mis ojos, pero el destello de amor y futuro los abrió y me sustrajo de aquella penumbra.

Todo esto evoqué, con aquel trago amargo de fiesta oxidada, pero reí. Al principio sin sentido, luego por una profunda sensación de gracia: me reí de mí misma y mi drama. De mi capacidad de mitigar la luz y examinar el dolor.

Entre risas, prometí en mis adentros nadar hacia la nada cuando necesitara, pero con la claridad de una conciencia amada, de un hilo valioso intransferible. "¡Salud!", celebré publicamente. En honor a mi compromiso conmigo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Noche de Copa's

El Yugoslavo me llamó preguntándome que si quería acompañarlo a Copa's en la noche con su novio y un amigo. Yo le dije que no tenía ningún problema, que quería ir, pero que me daba miedo.
–Tengo miedo de que me violen. –dije.
–No te preocupes, para allá van puros pavitos, como tú. No se meten con nadie, solo están pendiente de su grupo; eso sí, te bucearán bastante, pero más nada. Te lo aseguro¬. –dijo él. Cuando dijo “pavitos como tú” sentí como si me estuviera diciendo marico indirectamente, pero no le dije nada, y continué en silencio. –Además, acuérdate de las lesbianas. Todas están buenas, te lo juro. Y, después de la doce, todo el mundo empieza a quitarse las camisas. He visto muchas con los senos afuera restregándoselos en la cara a otras. Sé que eso te gustaría. El otro día vino un amigo de Alí que es straight como tú y no sabemos cómo se levantó a dos lesbianas y se las latió toda la noche.
Sí, lo acepto. Una de las razones por las que acepté ir a ese sitio era para ver a las lesbianas lateándose; por eso me encontré con El Yugoslavo a las 11:00 pm en el McDonald's de El Rosal. Mientras esperábamos a Alí y a su amigo que traía un carro, El Yugoslavo me explicaba los tipos de amaneramientos que existen; los que debía hacer para que todos creyeran que era gay y los que no, para que no me rebotaran de Copa's por loca.
A las 11:45 pm, llegaron Alí y el otro chamo, el del carro. El local no quedaba muy lejos del McDonald's. Yo estaba nervioso. No sé por qué sentía que mi iba a pasar algo y me preguntaba a cada rato cómo era que había terminado camino a una discotega gay. Ahí, los muchachos me dijeron que me quitara los nervios, que no me iba a pasar nada, que íbamos a estar juntos toda la noche, y que si seguía con esos nervios de heterosexual marica violado por un negro nos iban a rebotar a todos e íbamos a tener que morir en La Fragata, un local de mala muerte en la Av. Solano, en donde, a diferencia de Copa's, sí dejan entrar a transexuales, locas, putas, negros, sidosos y no hay lesbianas de Prados del Este.
El local quedaba justo al lado de la oficina de Aserca Airlines y en frente del Banco del Tesoro. Desde afuera no había nada que revelara que ese sitio era una Discoteca. Sólo se veía un vidrio forrado en papel ahumado en una larga pared y, al final, un letrero bien feo en luces de neón rosadas que dice Copa's. Esa fue la primera impresión que tuve del local que me pintaron como uno de los mejores, caros y exclusivos sitios para rumbas de homosexuales en la capital. Desde afuera parecía un banco o una parte más de la oficina de Aserca Airlines. En el medio de la pared de vidrio había una puerta de vidrio que también estaba forrada con papel ahumado y que tenía forma de puerta de supermercado. Estaba cerrada y, además de nosotros, no había más nadie haciendo cola en la entrada; lo que me pareció rarísimo para un sitio de tanta fama. Si hubiera estado solo y si no hubiera sido por la poca bulla que se escuchaba que provenía detrás del vidrio ahumado hubiera jurado que el local estaba cerrado y me hubiera ido a mi casa. Sin embargo, Alí y El Yugoslavo lo conocían muy bien, así que tocaron un timbre casi invisible que estaba al lado de la puerta. A los tres segundos, un seguridad la abrió, nos vio y nos hizo con la mano una seña de espérense. Luego llamó a unos chamos recién llegados y los dejó pasar primero. “Deben ser clientes frecuentes” dijo Alí.
Lo primero que vi cuando abrieron la puerta fue un corto pasillo oscuro que doblaba a la derecha de donde provenía luz. En la entrada, el sonido ya era más fuerte, como en una discoteca común.
– ¿Todos los caballeros son de ambiente? –preguntó el seguridad con naturalidad.
– Sí, claro. –me adelanté a decir aterrado por los nervios de que me descubrieran.
(“La cagó”, pensaron todos).
Alí me pellizcó. El seguridad recorrió su mirada penetrante e indagadora a través de nosotros. Hubo tres segundos de tensión.
– Pasen. Son cuarenta bolívares. ¬ –Dijo mientras aparecía desde el fondo del pasillo otro seguridad con un detector de metales de mano. –Pueden reclamar con estos tickets dos Smirnoff o cuatro cervezas para cada uno.
Adentro no era menos decepcionante que afuera. La discoteca era tan pequeña como un aula de clases para treinta alumnos. Al lado izquierdo estaba una minitarima en donde estaba un Dj encaramado poniendo la música y del lado derecho había unas escaleritas, parecidas a unas gradas de béisbol preinfantil que constituían el único sitio para sentarse dentro de la discoteca. Mis amigos llamaban a las gradas “la tarima” y a la minitarima, el sitio del Dj. No había nada más, salvo la barra que estaba al final, adonde fui con El Yugoslavo, de una vez, a cambiar tickets por cervezas. Sentí que el local, salvo por la gente, no tenía nada gay: las paredes eran grises y no rosadas, no había decoración gay, ni banderas gay, ni fotos de hombres besándose o de Madonna. No había nada. ¿Qué hacía que esta discoteca fuera exclusiva y de las mejores de Caracas, entonces? No lo sabía y no podía encontrarlo. Es más, la música tampoco era tan gay: sonaba Don't stop the music de Rihanna que puede sonar en cualquier discoteca del Centro San Ignacio y el único afiche que recuerdo haber visto era el del dibujo de una mujer desnuda con un físico perfecto y con unos pezones que brillaban. “Esto sólo excita a la mujeres aquí”, pensé.
Al rato empezó a llenarse de gente. Había pocas mujeres en comparación con los hombres. Sentí un poco de miedo, sin saber por qué, así que mientras estábamos hablando en medio del local me puse a mirar a la gente. Por ahí se veía una que otra pareja de mujeres. “En cualquier momento se aparece Sexilia con la novia y empiezan a latearse”, decía El Yugoslavo. Eso me mantenía emocionado. Sexilia es una lesbiana que estudia letras que tiene un disco de música pop que suena en la 92.9 FM. Vi a varias besándose y tocándose disimuladamente; había unas bailando con hombres, eso me pareció curioso. Los hombres bailaban entre ellos, se tocaban con disimulo, se besaban y abrazaban sensualmente. Bailaban, en general, mucho mejor que en cualquier local straight de Caracas, sentía en el movimiento que veía en sus cuerpos (parecidos a los de David Bisbal) la quintaescencia de la felicidad y la libertad. Y en ese momento, en el que miré alrededor y vi cuánta energía había, cuánta liberación, me di cuenta de que yo estaba atrapado. Era el que vivía en un mudo de prejuicios, rechazos y aversión, descubrí que no podía concebir la libertad de una manera distinta a la forma en la que yo lo hacía. Ver la libertad me había dado un golpe muy fuerte. Pensé que no había otro sitio en la ciudad de Caracas donde la gente pudiera ser más feliz, pensé que el único sitio para ver a alguien verdaderamente libre era ése.
La noche avanzaba y un tipo, al lado de nosotros se quitó la camisa; después una cuarta parte de la discoteca –donde no estábamos incluidos nosotros– lo siguió. Por fin pude ver unos sostenes y trajes de baño, pero no eran nada comparados a los que me había imaginado antes de salir de mi casa mientras me estaba bañando. Las mujeres no estaban tan buenas como había dicho El Yugoslavo, aunque sí había una que otra bonitica.
Empecé a pensar que era contradictorio que estando en el sitio con mayor cantidad de energía de liberación de la ciudad. Yo me sintiera tan encerrado, y por más que lo intentara, por más que tratara sentir el feeling del ritmo de la música, no podía. Sólo podía pensar en lo feliz que era esa gente y en lo feliz que era yo por ver toda esa cantidad de energía que no había visto nunca. Hubo un momento en el que me sentí más encerrado, porque encerré a alguien: en un momento me encontré de frente a un chamo de la Escuela de Letras, Manaus. Ambos disimulamos no habernos visto. No sabía si acercármele y decirle que había venido a este sitio sólo para conocerlo o ignorarlo toda la noche como si no lo hubiera visto nunca. Fueron unos minutos realmente incómodos. Pero me mantuve ahí. Quería que se pudiera sentir libre, quería bailara como mis amigos y como el resto de la discoteca, pero a los tres minutos había desaparecido y no lo vi más, a excepción de cuando me fui.
Cuando me cansé me senté un rato en la tarima, pero no solo, sino acompañado de El Yugoslavo. Porque si iba solo –según Alí– era porque estaba buscando pareja. Estando en la tarima vi cómo los hombres que estaban solos buscaban con la mirada a alguna persona, a quien le gustara del sitio y lo atraía magnéticamente a su lado. En la tarima, detrás de mí, había otros tipos haciendo coreografías y moviéndose como las mujeres del video de Los Benjamins o como si sintieran el ritmo de Poker Face.
Sexilia nunca llegó; sin embargo sí apareció una celebridad del mundo gay caraqueño: su contraparte masculina Stayfree. Él era un locutor de radio que gracias a inventar la frase “te lo juro por Madonna” se hizo tan famoso que llegó a trabajar en Televén junto a Carlos Mata en un programa llamado Noche de Perros. Después desapareció, pero los gays lo siguieron alabando. Stayfree se paseaba por el local como un dios y bailaba y se besaba con los hombres más bonitos. Cuando él caminaba de un lado al otro, para ir a la barra, al baño o a saludar a alguien, la gente se apartaba para no estorbarle.
A las tres de la mañana me fui solo. Mis amigos se quedaron porque querían esperar que pusieran merengue y la hora loca. Afuera, antes de agarrar el taxi, fui a un cajero que estaba en la esquina. Ahí estaban unos chamos que había visto antes en el local. Me preguntaron mi nombre y qué estudiaba, querían conmigo, pero me hice el duro. Les dije la verdad. Y les pregunté si de verdad éste era uno de los mejores locales de rumbas gay de Caracas.
–Sí –me respondieron–. ¡Es excelente! ¿No te gusta? Aquí podemos ser como nos da la gana, encontrar gente bella que anda en lo mismo que tú: ser libres.
– Pero, ¿no les parece feo y caro?
– No, para nada, disfrutar es lo importante y Copa's está hecho para eso.
–Sí, claro –les dije. Pero pensé que Copa’s debía ofrecer mucho más.
Agarré el taxi de la línea que estaba frente al local y seguí pensando en lo decepcionado que estaba del sitio, pero en lo impactante de haber visto tanta energía junta.
Era un sitio exclusivo porque el seguridad no dejaba pasar a cualquier persona. Estaban prohibidos los travestis, los malvestidos y los negros; los morenos entraban si venían acompañados de gente bonita. Es un sitio sin decoración y muy pequeño, sin buena ventilación, ni extractores de humo. Me pareció un engaño a los que no han ido a rumbear a otros sitios. Yo esperaba espuma, shows, Vjs, fotos de Madonna, esculturas de penes, senos afuera, animadores marcando el ritmo: una mezcla entre Homosexual Wild On y el Crucero de las Locas. Pero no fue así. He visto mucha televisión, me dije. Ahora pienso que seguro estas discotecas sólo existen en Europa, San Francisco y Cancún. Sin embargo, la energía de la gente me dejó pasmado: cómo bailaban, cómo se quitaban las máscaras que tenían que usar en la ciudad, cómo eran ellos mismo y cómo le decían al mundo –en esas cuatro paredes cerradas herméticamente como un estudio de grabación o como una prisión donde se va a ser libre– yo también soy como tú.