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viernes, 19 de noviembre de 2010

Un letrero en mi camino


 Un letrero en mi camino


Jessica Márquez Gaspar

Cuando usas lentes la gente suele asumir que han reposado sobre tu nariz desde la infancia. Aunque a veces ese es el caso, no es el mío. Lo cierto es que aún no sumo dos años con ellos. Solía pasar los exámenes oftalmológicos con 20 puntos, hasta que un día tuve que aceptar el cambio de mi condición.

Había sido un día largo y caluroso. Recuerdo que estuve varias horas en clase y otras tantas en la universidad, haciendo cosas ucevistas: viendo libros, comprando películas piratas, almorzando en el comedor, dormitando en la grama, leyendo en la biblioteca y sacando fotocopias a precios ridículos. Terminé la jornada cuando bajaba el sol, tonos dorados se cernieron sobre los edificios de Villanueva y yo me dispuse a regresar a mi hogar. Tomé el primer autobús, hasta los pies de las torres de Parque Central. Disfruté el juego de luces en sus ventanas y el ritmo frenético de la avenida Bolívar.

Era viernes, y aquella semana había dormido, sumadas, un número de horas inferior al de días transcurridos. Cansada, me dispuse a esperar en la avenida México la llegada del segundo autobús: un viaje directo hasta la esquina de mi casa. La cola hizo de esta una larga espera. Conté innumerables autobuses con los destinos más diversos y más lejanos, imaginé las circunstancias que llevarían a aquellos parajes y a los viajeros que usarían los servicios de aquel transporte. Empezó a adormecerme la hora, la brisa fresca que amainaba el calor y la inmovilidad del tráfico, que parecía congelado en la misma posición, como una fotografía.

De pronto, reconocí a la distancia el cartel rojo de mi tan ansiado autobús. Tras algunas maromas, una pequeña carrera y un zigzag entre carros y personas, logré subirme al vehículo, que no se detuvo sino que se contentó con bajar la velocidad para que yo pudiera abordarlo. Me senté en el asiento más próximo y, en cuestión de segundos, me dormí con el ronroneo del motor, y la poca distancia que avanzábamos.

Recuerdo haber soñado. Probablemente sobre lo acontecido aquella semana, sobre proyectos, sobre submarinos amarillos y algunas otras locuras. Lo cierto es que una súbita sensación de ingravidad me despertó: habíamos caído en un hueco. Abrí los ojos a una oscuridad sólo rota por una pequeña lámpara sobre mí cabeza y, al mirar por la ventana, no pude determinar dónde estábamos. Repasé, como si de escenas de una película se tratara, las distintas fases del trayecto hacia mi casa, y aquellos edificios, aquellos locales, aquella calle, no formaban parte de mi memoria.

Pánico. Respiré profundo y me sobé los ojos. Opté entonces por preguntarle a la señora que viajaba a mi lado dónde estábamos. Su respuesta me dejó de una pieza: en Quinta Crespo mamita! Me levanté como impulsada por un resorte y me bajé a continuación, logrando quedar cerca de una estación de metro. El autobús permaneció a mi lado unos instantes y logré leer, ahora de cerca, el letrero que indicaba su recorrido: no era el mío.

Caminé al metro y, hora y veinte después, llegué a mi casa. Al día siguiente, hice una cita en el oftalmólogo. Su anuncio al final del examen no me sorprendió: tenía miopía. Fue entonces que elegí una montura negra y liviana en una óptica, y que los cristales se mandaron a hacer con una fórmula alta. Los recogí y los posé sobre mi nariz, con ternura. Pasé unas semanas acostumbrándome al peso. Ahora son un elemento más de mi rostro y, cuando alguien pregunta: ¿Pero no has tenido los lentes siempre?, cuento esta historia y consigo, al menos, unas cuantas carcajadas.

sábado, 6 de noviembre de 2010

De zapatos rotos... Y otros.

Por José Leonardo Riera



Debería sentir pena
De contar lo que pasó.
Quiero decir:
Calma, nena,
Ya lo nuestro sucedió.

Nenas, nenes, y señores,
Señoras, políticos, masones,
Todos hemos pasado sinsabores,
Que nos han hecho sentir como los peores.

Confieso que temo al agua,
Y no por ser poco aseado
Sino más bien que la lluvia
No me deja bien parado.

Yo que siempre iba corriendo
(y nunca me he detenido)
por andar, sin estar viendo,
he quedado sorprendido.

Era joven para entonces
y en eso de juventud
el hecho de ser humilde
no resulta usual virtud.


Todo el año yo reunía
(¡Pichirre hasta el descaro!):
Los zapatos que usaría
tenían que ser los más caros.

Y en eso de buscar marcas,
precios y nuevos diseños,
los zapatos eran asunto
que me quitaban el sueño.

Y tenía una dieta "light"
por culpa de mis medidas.
Pero el zapato era Nike,
o sino, quizás, Adidas.

Lo cierto fue que ese año
mis zapatos me compré.
Y me miraban extraño,
pero es envidia (lo sé).

¿Quién me manda a ser sifrino?
¿Cómo pudo haber pasado?
¡En vez de en San Bernardino
compré en el Metromercado!

¡Más vale que no! Dos meses
después de la transacción
me decían: ¡No te estreses!
¡Pues te pasa por guevón!


Así es, queridos panas,
un día de calorón,
el único en la semana,
en que cayó un chaparrón,
fue ese, precisamente,
en el que andaba en la calle,
luciendo mis dos zapatos
(Creo que estaba en El Valle)
Y sucedió de repente,
que el cielo se oscureció,
y Dios le puso dos nubes,
luego las multiplicó,
y así él se puso triste,
y llovió y lloró y llovió.

¡Más vale que no, compadre!
¡Nuestro Dios sí es chancletuo!
¡Por culpa de ese hijo e' madre
me sentí el peor tierruo!

Resulta ser que mis pisos
(como decimos aquí)
me hicieron parte de un guiso
(cual terrorismo iraquí).

Y yo, como en todo guiso,
resulté ser el guisado.
(Vale acotar, como inciso,
que eso es cosa del pasado).

Lo cierto es, mi comadre,
que un zapato tenía un hueco.
¡Ese tuky coño e' madre!
¡Vil estafador! ¡Adeco!


Y yo, que estaba aguardado
para evitarme la lluvia,
terminé más remojado
que en una sopa una alubia.

¿Qué por qué? ¡Ay, no, mi hijito!
¡El agua entró por el hueco!
¡Por culpa de ese maldito!
¡Vil estafador! Adeco!


A la final escampó
y me fui corriendo a casa.
Mi calcetín se empapó
(¡Estos adecos! ¡Se pasan!).

Pero, en fin, en toda historia,
aun en el mal pasa el tiempo,
uno pierde la memoria,
uno se pone contento...

¿Y qué es peor que un zapato roto?
¡Comadre no le dé pena!
¡Compadre, no le dé tos!
¡Pues lo peor que un zapato
roto (por fabricación),
yo les confieso, compadres,
que es tener rotos los dos!

Malhaya aquel ser humano
que con su actuar provocó
Que llorara otra vez Dios
y provocará un pantano.
Se me escapó de mis manos
esta horrible situación:
Fue tal desesperación
que no sabía qué hacer:
si enfrentar el llover
o mi interna inundación.
La lluvia como un toro
Me dio una fuerte coz:
¡No estaba medio mojado,
pues las medias eran dos!

Y perdido en el mar
Que había en mis zapatos
Pensé en toda la gente
Que no puede contar
Con zapatos de marca
(Aunque se encuentren rotos)…
No cuentan con la vida,
No cuentan con nosotros.
Y eso lo lamento,
Pues nuestra sociedad
Se basa más en marcas
Que en una identidad;
Y sin eso, mi amigo,
No se puede avanzar.

Pues mientras nosotros elegimos zapatos
Hay miles de personas que pasan malos ratos:
O viven como perros, o mueren como gatos.

Por eso ahora río
De aquella estupidez
De cuando yo era un crío
Y suave era mi tez.
Sin embargo te digo,
Te lo juro, esta vez,
Que ya no va conmigo
Ese absurdo creer
De “dime cómo viste
Y te diré quién es”.


Y así ando por la vida
Con mis dos zapatos rotos.
Pues, si a mí ya no me importa
¿Le debe importar a otros?

sábado, 30 de octubre de 2010

Desde el patio

—El imperio es una contradicción.

—No, lo problemas son tuyos.

Cuando despertó, no había dinosaurios, ni un coño. No sabía por qué había pensado mariqueras ni por qué estaba llorando.

El castillo estaba al final de una calle larga y ancha. A los lados de la calle había casas y puestos de mercado. Ahí estábamos nosotros y los demás plebeyos. Un conde anunció la muerte del rey. Y todos sus súbditos se pusieron tristes. Menos nosotros.

Parecía que el imperio era feliz y que todos los que en él vivían adoraban a su Emperador. Con la noticia de su muerte, los rostros en la calle real cambiaron y llegó una atmósfera de letargo en el ambiente. Pasaron dos días. Un hombre vagaba por la calle. Mostraba su tristeza. Una mujer pedía dinero con su hija. Un perro dormía en la esquina de una casa. El castillo en el fondo era gris. Una nube había tapado el sol a la espera del funeral.

Un hombre pensó que nadie debería estar triste, que el Rey había hecho todo lo posible para que todos fueran felices. Entonces sonrió y empezó a sonar esta canción.

Una mujer vio su sonrisa y le dio miedo. No entendía esa emoción. Tenía tiempo sin vivirla. Por su mente pasaron gratos recuerdos, de los que ya hace tiempo había olvidado. Entonces sonrió. Alguien los vio y dudó de su tristeza. También sonrió. Todos empezaron a sonreír. Se veían, se alegraban. Levantaron sus manos y dieron gracias a Dios por este día y empezaron a danzar. Bailaron la canción que sonaba alrededor de la calle y un cohete estalló. Venía del castillo. Hasta ahí había llegado la alegría que había invadido al imperio. Sonó un segundo cohete. Sonó un tercero. Stop.

Me paré de la cama. Tenía que probar los nuevos diablitos marca Fiesta que había comprado porque eran más baratos.

Play. El castillo estaba rodeado de un aura mágica e indescriptible. Todos los plebeyos se amontonaron en la calle a verlo. En las escaleras que daban a la entrada del castillo estaban las princesas, la reina y varios nobles.

—Renato era Gallarraga. Gabriela Valdivieso era Gabriela Valdivieso.

Frente a la nobleza en la entrada del castillo estaba en féretro con el Rey. La fiesta se convirtió en bullicio y empezaron a desfilar carrozas por el carnaval. Stop.

Queso amarillo, canilla, diablitos fiesta, té de durazno.

Play. Yo lloraba. Lloraba por el Rey que aunque no era su súbdito, me daba tristeza. Los demás estaban muy alegres. Menos nosotros. La primera carroza era de un hombre rojo y gigante. Simbolizaba el placer, según la gente del imperio. La segunda carroza era un hombre verde y mediano. Simbolizaba la paz. La tercera carroza era una mujer azul y enana. Simbolizaba el amor. La cuarta carroza estaba llena de hombres y mujeres que se besaban y que estaban pintados de amarillo. Simbolizaba la riqueza del imperio.

Así pasaron carrozas.

A los dos días, la fiesta estaba por terminar. La nobleza seguía viendo al rey en el féretro y sólo una princesa, la heredera, la más hermosa, la que aún era soltera y virgen, veía las carrozas. Cualquier hombre del imperio daría su vida por ella. Así que todos se esforzaban por hacer su mejor actuación.

Nosotros hicimos un show improvisado. Lo planifiqué yo, pero Valdivieso me ayudó. Ella tenía más ideas. Todos juntos nos pusimos en el medio de la calle, en frente de las escaleras. Justo al frente de la nobleza. La princesa nos veía. Los muchachos del colegio y yo comenzamos a bailar. Éramos los únicos que estábamos tristes. Gabriela estaba tan triste que parecía una flor marchita. Yo intenté animarlos, pero empezamos a bailar en círculos y a saltar. Todo el mundo estaba alegre.

Nuestra tristeza no contagió a nadie, sin embargo a todos les gustó. La princesa se alegró tanto que vino a saludarnos. Nosotros —llorosos— le tendimos la mano.

Así fue que cerró el espectáculo y enterraron al Rey. Stop.

—¿Qué es el imperio entonces?

miércoles, 13 de octubre de 2010

Al final no queda nada

 Al final no queda nada

Jessica Márquez Gaspar
La ansiedad me recorre el cuerpo como las hormigas. Sensaciones, sentimientos, un olor, una piel. Me acorralan. Me atrapan en una esquina y se hace difícil respirar. Nace entonces una pequeña semilla: la de un cuento. Siento que me desbordo. Historias pujan por salir, golpean la puerta de mi creatividad, gritan a las yemas de mis dedos que escriban, que tecleen con urgencia. Pero la vida no entiende de estas necesidades, y yo debo postergarlas hasta que baje el sol, hasta el próximo autobús o la madrugada solitaria en que me cubra el brillo del monitor.

Recuerdo aún tu cuerpo perfecto. Comienzo la historia. Era perfecto para mí, sin importar lo que dijeran. Recuerdo también tu piel, que me era ajena. Tú tal vez ni lo imaginabas. Continúo. Eras una aparición divina, me emboscabas con las defensas bajas y el corazón abierto, con la sensibilidad esperando ser acariciada. Sabías jugar bien tus cartas. O tal vez era una jota del destino que nos juntaba. Te extraño. Nunca te tuve. Como las historias que crecen justo en el límite entre el sueño y la vigilia, tu boca y tu pelo se hacían fantasía, y ya no sabía si estaba viva, si alguna vez lo estuve.

Titubeos. Palabras borradas. Reescribir. Una voz interior narra. Narra hasta el último aliento. Narra hasta dejarlo todo salir, hasta que aquel grupo descoordinado de sonidos se convierte en sinfonía. Las palabras ocupan su lugar y queda un texto. Y tú que continúas ahí, inalcanzable. Tú. Y aunque no pueda tenerte, ni tocarte, aunque seas para mí las formas divinas de lo imposible, aún así existes. Aún así mueves algo muy profundo en mí ser, aunque sea por el breve instante en que te trae la brisa. Como las mariposas, eres inatrapable. Justo cuando creo tenerte entre mis manos, mueves tus preciosas alas y te dejo ir. Cobarde.

Nuestros caminos parecen querer coincidir, pero son traspiés de la vida, y nos encontramos de pronto en la contradicción que camina entre nosotros. ¿Cuál fue la hora maldita en que empecé a necesitar tu cuerpo? Inquiero entonces al silencio que reina a mí alrededor, aunque sea tan sólo el silencio que guardan el resto de mis pensamientos. ¿En qué momento te volviste una deliciosa obsesión? Me miras como si no supieras nada. Me miras. Y yo incluso en aquella oscuridad siento como recorres mis esquinas, mis recovecos, con tus ojos negros. Y es como pedirle al mundo que se detenga, que me regale eso. Que me regale la laguna de tus profundidades, pero ni tú, ni yo, podemos. Hay juegos que no se habrán de ganar.

Aún tengo ganas de gritar. De interrumpir el recorrido de la ciudad para decir lo que siento. De caminar justo hacia el medio de la calle y decir que te quiero. Pero no puedo.  Y finjo a tu lado, y escribo lejos, muy lejos. Mis dedos buscan un consuelo que no encontrarán. Mi boca desespera, callada, silente. Es hora de que hable el que normalmente guarda silencio.

Hoy que te he encontrado nuevamente, me enfrento otra vez a la inevitable realidad. Apenas cierre los ojos te habrás ido, apenas coloque el punto y final ya no podré tenerte. Porque en las líneas vagabundas, gitanas, que tengo que escribir, nos encontramos haciendo el amor sobre la mesa. Y aunque sé desde el principio que es tan sólo un sueño, mi realidad o mi ficción, como prefieras, sé que habrá de terminar, que está prohibido, y entonces te vas, aunque no quiera. Respiro más lentamente. Y no queda nada. Nada. No quedas tú, no quedan las palabras. Es el vacío. La soledad, sólo yo y mi nada, una historia que leer y nada. Es la certeza tremenda, impresionante, de que nunca exististe, de que de ti no me queda nada.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cosas Que Pienso Redactando Una Novela

  • Fíjate en este diálogo. Léelo en voz alta. Es demasiado acartonado y ¿por qué tantas putas atribuciones de diálogo? ¿No es obvio quién dice qué? Si no lo es, hazlo obvio, todas esas atribuciones se ven asquerosísimas.
  • Este personaje es la vaina más inverosímil que he leído en mi vida. Borra sa’ mierda.
  • El ritmo. El ritmo. ¿No está pasando todo demasiado rápido? El ritmo, chamo.
  • ¿Es el protagonista lo suficientemente interesante para el lector?
  • Todo les está saliendo bien, qué ladilla, algo arrecho les tiene que pasar pa’ que sufran. Ramsey Campbell dijo una vez que cuando no sepas qué hacer con la historia, que dos tipos armados tumben la puerta.
  • Para que ese giro de trama funcione, tenemos que plantar las semillas ahorita, right now. Una norma de la escritura: si una pistola sale en el capítulo uno, en el tres se tiene que disparar.
  • ¿Soy yo o todo esto es demasiado desordenado? Dicen que la película no se hace cuando se graba, sino en la sala de edición. Espero que esa vaina sea verdad, porque esto hay que editarlo arrechamente, loco.
  • La pregunta de los mil millones: ¿Cómo construyo un romance que no sea cliché?
  • Fíjate en el verdadero quid de este trabajo: ¿Cuánto tiempo hemos pasado trabajando en esto? Por lo menos cuatro, cinco meses, mínimo. Esto es como sembrar una hectárea de… verga, de lo que tú quieras, de patilla, de piña, de lo que sea, estás sembrando tu hectárea y no tienes idea de si, cuando la saques a la venta, a alguien le provocará comprarla. Es por eso que esta plantación tiene que ser p-e-r-f-e-c-t-a.
  • El título de este capítulo. Qué vaina tan cursi y ridícula. Mejor lo dejo anónimo hasta que se me ocurra algo que no me dé ganas de vomitar.
  • El papá del protagonista murió de leucemia y yo no tengo la menor noción de cómo funciona esa enfermedad. Nota personal: cuando termine, revisar en wikipedia y corregir lo que haga falta. ¿Qué haría sin ti, wikipedia?
  • Fíjate--- no, no, no. Fíjate en el libro que escribió fulanito. Tú me vas a perdonar, pero qué cagada. ¿No podemos hacer algo mejor nosotros? Si a ese carajo le pagan por eso, nosotros tenemos, tenemos chance. A juro, broder.
  • Por el amor de dios. Este capítulo es una cagada.
  • Acabo de darme cuenta. Hay diálogos que me sé de memoria.
  • ¿Tú te acuerdas de la técnica aquella en la que empiezas un capítulo analizando los varios significados de una palabra? Eso es interesante, eso me gusta. ¿Cómo lo metemos aquí?
  • Yo tengo que corregir estos errores. Yo. No un editor. Si le llevo esto a una editorial pa’ que ellos lo corrijan, me lo van a pegar por la cara. Yo mejor corrijo mi vaina.
  • ¿Tú te imaginas una película de esta vaina? Sería arrecho, marico.
  • Esto no tiene suficiente calidad.
  • Una locura. Pasando horas hablando con gente imaginaria y escribiendo lo que dicen. Este trabajo es una locura, soy un maldito maniático.

lunes, 4 de octubre de 2010

Pauta 41: En el medio

"La musa existe, pero tiene que encontrarte trabajando"
Albert Einstein

Isabel Allende no espera la musa. Su literatura nace del trabajo organizado. Su año es planificado en función de su creación; seis meses de lectura, seis de escritura.

Durante sus primeros seis meses, se empapa de lecturas, historias reales y fantásticas, de fuentes externas. Con todo el imaginario recreado, transcurre seis meses masticando ideas y presionando teclas.

Más allá de la disciplina de su método, más allá de la concepción de la escritura como un oficio o la desaparición de la figura de la musa, nos interesa ese estadio místico: entre la idea y la letra. Entre la fuente y la creación.

Enfóquese como se desee: ¿Cómo es el mundo entre la ficción ajena y la ficción propia?, ¿cómo gritan las voces antes de transformarse en historias?, ¿cuál es el peso del alma antes y después de la transición?, ¿cómo, cómo? Como gusten.

Ustedes marcan la pauta, ¿qué hay en la mitad? ¿qué se moviliza y cambia, qué permanece y queda?

martes, 28 de septiembre de 2010

O

Amanda estaba a segundos de su primer orgasmo. Y se lo estaba perdiendo.

Muy a pesar de los rumores que corrían de ella en la Unidad Educativa Pablo Palacios, Amanda era tan virgen como la nieve al caer del cielo. Jamás había visto a un hombre desnudo y los tres únicos besos que había compartido era algo que recordaba como una cacofónica canción de labios y dientes. Por supuesto, nadie en el colegio lo sabía. Para sus pares, ella era la reina indiscutible de la atención adolescente. Era bonita, coqueta y pícara. Cuando iba de un extremo al otro del patio de receso, los ojos del colegio (particularmente los masculinos) la seguían. Podía sentirlos sobre su piel y eso le infundía autenticidad a la sonrisa con la que hacía el recorrido. Le encantaba la mirada que los desadaptados le daban, a medio camino entre desprecio y deseo. Le encantaba el trato especial de los chamos más populares. Cada tarde llegaba a su casa a revisar su perfil de Facebook, consiguiendo cantidades de comentarios en el muro, invitaciones de amistad de gente que nunca había visto y mensajes privados preguntándole cómo estaba y si tenía novio.

Fuese lo que fuese que se dijera sobre ella, no lo desmentía. Si el rumor le gustaba (“¿Amanda? No, esa caraja se la pasa tirando con Derick, el chamo de quinto año. El único que está bueno”), ella lo alimentaba con discreción. Si no le gustaba (“Tres chamos de primaria, chama, tres se la cogieron a la vez. Qué puta, no sé por qué le hablas”), simplemente guardaba silencio. De vez en cuando, alguna amiga infiel hacía un comentario malicioso, porque un adulador no es más que un enemigo secreto. Ella contestaba con una sonrisa neutra y cuando llegaba un chamo nuevo al colegio, Amanda tenía toda su atención tras una semana. Lograba que muchas la odiaran, que muchos la amaran y le encantaba. Ese era el estatus al que Amanda estaba acostumbrada: ellas se frustraban, ellos se masturbaban.

Pero esta era una tierra que ella desconocía, una travesía que no tenía idea de cómo terminar, un viaje sensorial qué recorrer con el espíritu y los labios. Temblaba y le daba pena que la vieran desnuda.

Él no era un chamo que rebosaba carisma, no estaba buenote, ni siquiera estudiaba con ella. Se conocieron cuando Amanda se quedó una semana en Maracay con su prima. Su mamá cuadró el viaje, para que Amanda tuviera algo qué hacer en vacaciones y no se quedara encerrada las 24 horas en la casa. Martín era el vecino de su prima, un chamo flaco y taciturno que se la pasaba viendo comiquitas de muñequitos japoneses, y que jamás, ni en esta vida ni en la siguiente, habría tenido chance alguno con ella. Cinco días después y eventualidades que no describiré en esta ocasión, ahí están, en el cuarto de él, desnudándose el uno al otro con la torpeza propia del extraño en una tierra extraña.

A un nivel consciente, ella quería tocarlo, sentir el calor de su pecho con sus manos, aferrarse a algo que hiciera menos obvio su pulso trémulo. Pero las órdenes se perdían en ese trayecto entre su cerebro y su cognición. Se había imaginado este momento cantidad de veces antes de hoy, siempre deseando ser la fiera en la cama que los hombres dicen desear. Ahora que el momento por fin se había presentado ante sí, lo estaba echando a perder.

En un breve momento de claridad, se miraron a los ojos y él la besó, no un beso preñado de impericia, sino un suave, delicado masaje con los labios y la lengua, inesperadamente cariñoso, inesperadamente personal, incluso para aquella situación. Ella lo abrazó y cerró los ojos. Le pareció escuchar que Martín le decía que no iban a hacerlo porque él no tenía protección, pero esa forma de comunicación, verbal y evidente, estaba en un plano terrenal que ella había abandonado hacía mucho. Viajaba por estas aguas como un bote en medio de la niebla; empezaba a disfrutar el recorrido y a olvidarse de si llegaba a puerto. Se comunicaba por el tacto y los jadeos, no por las palabras y los símbolos.

Y entonces la familia de Martín llegó a la casa, donde se suponía que estarían solos hasta la noche.

Amanda perdió la concentración que tanto había luchado por conquistar. Eran voces adultas, el ruido de bolsas de mercado, de llaves chocando entre sí, de cosas que no tenían que pasar cuando estás tratando de tener un momento íntimo. Se arrepintió de todo. Se sintió apenada, estúpida, quería esconderse bajo las sábanas y vestirse al mismo tiempo. Como no sabía cuál de las opciones tomar, se quedó paralizada. Y Martín, abrazándola y pegándola contra su cuerpo, empezó a masturbarla.

Trató de negarse, le dio palmaditas en el hombro, quiso susurrarle que parara, que los iban a descubrir, pero una nueva sensación, algo que jamás había ni siquiera sospechado que podía existir, empezó a recorrerle las extremidades, el vientre, la garganta y los labios. Estaba asustada, pero la posibilidad de que les descubrieran, de que alguien pudiese comprobar que Amanda era todas esas cosas que se decían de ella —aunque nunca hubiesen oído los rumores— se mezcló con esta nueva emoción que nacía dentro de ella como una bola de fuego rojo. Entendió entonces que necesitaba que los descubrieran.

Pegó las manos contra la cama y apretó las sábanas entre los puños. Gimió. Echó la cabeza hacia atrás y gimió, con la boca bien abierta, entrecruzando las piernas alrededor de Martín, empujándolo contra sí cuando él se asustó y trató de escaparse. Lo miró a los ojos, le sujetó del cuello y lo besó, profundamente, tomándolo de la mano y forzándolo a que continuara con su propósito inicial. Fue así, rasgando los muros del placer, que la mamá de Martín los encontró.

No voy a entrar en detalles sobre lo que pasó después, porque creo que ya se lo pueden imaginar. Lo que sí es digno de mención es que al empezar el año escolar, Amanda disipó los rumores con la misma discreción con la que los había sembrado. No se debía a que ahora era una niña más madura, o a un sentimiento de culpa después del regaño bíblico que su mamá le dio (estaba demasiado clara de que le gustaba que la vieran haciendo el amor como para sentirse culpable). Lo hizo como tributo a la niña que había sido y a la que ya no podría volver. Un tributo a sus sonrisas inocentes, sus dulces, sus muñecas, por las que ahora no sentía sino la más profunda nostalgia. Nunca trató de explicar su cambio de actitud porque no tenía objeto. Era un sentimiento más que una idea, condenado a permanecer como un secreto entre ella y los primeros gemidos con los que se hizo una joven mujer.

Por cierto, la última vez que supe de Amanda, todavía era la novia de Martín, el impopular.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Salada esperanza

Click click.

La tarjeta de asistencia de Regino Alfonso Duarte marcaba la hora de salida: 13:02. La depositó en el estante correspondiente y salió a almorzar.

Se le había acabado hasta la última de sus latas de atún. No habría lonchera apurada seguida de un paseo atento. Ese día, a costa de su bolsillo, viviría su hora completa afuera de la oficina. El sol coloreaba sus pestañas y dibujaba tras de sí su sombra. El banquero vestido de tonalidades de grises caminaba contando los pasos. Entre el veintidós y el veintitrés ya había tomado su decisión. Comería en el "Don Pepe". Recorrió uno a uno los pasos rumbo al local y afuera, en un instante, escogió su mesa.

La de esquina izquierda. La mesa sin ceniceros, con el menú de la promoción del día y un objeto que llamó su atención. Terminó de trazar su paso número cuatrocientos ochenta y siete cuando dio con la silla. Sentado en ella se avocó a examinar el artículo que lo atrajo.

Las estrellas ahogadas lo miraban con coquetería. Brillaban desde sus montículos buscando un reconocimiento. Suplicaban liberación, aire libre, espacio para dispersarse y darle gusto al mundo. Pero poco funcionaban aquellos intentos. No llamaban su atención las migas prisioneras, sino el vidrio carcelero. El salero era la voz melodiosa entre los gritos.

El garzón consultó por el pedido. Regino Alfonso con un vistazo revisó el precio de la promoción del volante y pronunció: "Un agua gasificada y un bistec a lo pobre, por favor".

Sus ojos volvieron al salero y recorrieron desde los hoyos del metal delgado superior, las delicadas líneas que descendían desde el tope hasta el borde inferior. Se entretenían con la visión semitransparente que admitía la base gruesa. Menguó así la contemplación e inició la precisión de la finalidad de los elementos de tal artículo.

Sal, corrosiva y seca, como melosa y húmeda era su enemiga dulce. ¿Serán necesarias aquellas puntas? ¿No acaso las comidas no dulces, hasta las de sabores más suaves contenían aquel gusto? ¿Es necesario reforzarlas, pronunciarlas, tal como el acento de la "e" fortalece la palabra "él"? No es lo mismo el que él. Quizás tampoco un bistec salado sin sal que uno salado espolvoreado con aquellas arenillas. Quizás eran precisamente tan necesarias para los alimentos como la arena para las islas. Una isla no es agua, tampoco palmeras, sino es la arena firme que...

-Señor. - y dispuso el hombre del corbatín un plato humeante entre el salero y sus manos.
-Muchas gracias. -Habría oído el salero, si tuviera oídos.

Miró el plato, su gran mar, con sus papas fritas, huevos y cebollas, aquellas palmeras y barcos de la isla. Fileteó la palmera-carne y degustó la sábila. Salada, naturalmente salada. Quizás no era totalmente necesario, pero tomó aquel objeto. Sintió la temperatura neutra de aquel vidrio. Pensó en todas las caricias que junto a la suya aquel salero habría tenido y volteó los montículos presos hacia aquel mar con palmeras. Con aquella sacudida, suave por los generosos hoyos del metal superior, conformó entonces aquella isla.

Tanto mejor que el atún. Tanto mejor que aquella comida apurada para su paseo diario. Mojó las papas en la yema. Casó la carne con la clara. El gas de su agua burbujeaba en su boca, refrescándolo de aquel panorama. La cebolla daba alegría al cuarto día de semana. El disfrute de las papas movilizaba el reloj, que ya pisaba las 13:26.

Entre corte y bocado constataba la necesidad de la sal en las comidas, como la del bien en el corazón de los hombres. Ansioso, devoraba uno a uno los indicios de la isla. Desaparecían los restos de las palmeras, los barcos, los granos de arena, todo. Quedaron sus cubiertos náufragos, nadando en la nada de un plato vacío cuando su reloj apuntó las 13:49. Agitado por la tardanza pidió la cuenta y dio a Don Pepe, a través del corbatín rojo, tres mil pesos.

Mientras esperaba su vuelto realizó la operación necesaria. Más rápido que discreto, trasladó la cárcel y las prisioneras al bolsillo derecho su traje. Con ello cerró la operación necesaria de cada día. Destinó a aquel salero a dar a su valija marrón. Desde esa noche, el carcelero habría de acompañar las siete ligas, el biberón, el estetoscopio, los vasitos de papel, las pilas AA, la muestra de champú, la guía turística de Burkina Faso, la Condorito de los mejores chistes de 1990, el protector solar 100, la bolsa de las hasta ahora ciento tres chapitas de latas y el peine azul.

Sus arenas danzarían entre el manubrio, la bolsa de Mc Donalds, el trípode, el ganchito, el CD, los post it y la S del teclado. Se daría vueltas dando mayor gusto a lentes, abanicos, tarjetas de teléfono internacionales, llavero de flores, hojas secas, cucharitas coloridas de heladerías, un chal de alpaca y cuatro curitas de Hello Kitty.

Regino Alfonso, recibió su vuelto y, entradas las 13:54, se dispuso a recorrer nuevamente los cuatrocientos ochenta y siete pasos de vuelta al trabajo, con una escala: el kiosco de Lucila.

-Un loto, por favor.
-¿Y cuándo no? - dijo la vieja, como todos los días.

Tomó con esperanza el billete de lotería que estaba detrás del que sobresalía pues quizás sería aquel boleto de números sellados el que daría el sí al norte. A su norte en el norte. Quizás sería aquel especial Loto el que lo separaría de Chile, de su cubículo gris, y lo llevaría a África.

Quizás aquel salero sería la última adquisición necesaria para el cumplimiento de su sueño. Quizás con las vueltas del salero estaba el golpe de suerte que le faltaba para ganar y respirar la vida en Ouagadougou, capital de Burkina Faso.

Quizás por el salero llegaría la mujer que portará el chal y la niña que, producto de su amor, crecería con el biberón y haría de las ligas y los vasos de papel, sombreritos de de cumpleaños; y de las chapitas de las latas, dijes de cadenas. Quizás por el salero las pilas AA llegarían a una cámara que registraría los viajes familiares a Costa de Marfil para visitar las playas.

Quizás, click click a las 14:02. Quizás por el salero llegaría pronto a la costa de sal con palmeras y el plato gigante que tanto deseaba. Por el salero. Por él. Quizás es él el acento que le faltaba a su proyecto. Quizás, salero, quizás.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Líneas Perpetuas

Líneas perpetuas

Jessica Márquez Gaspar

En aquella carretera de interminables líneas, perpetuas quizás, el autobús mantenía un movimiento que se sentía también perpetuo. La noche cerrada que envolvía aquel espacio suspendido en la nada, y que probablemente no pertenecía a nadie, impedía observar el camino, los pueblos, cotidianidades y situaciones que quedaban rezagadas en aquella carrera por llegar a Caracas.

Las horas de viaje se acumulaban como la nieve o las gotas de lluvia en las ventanas, entre los pasajeros, allí en los siempre rodantes cauchos que parecían haberse convertido en uno con el pavimento.Como un cohete, aquel armazón parecía dirigirse imparable, lanzado hacia delante a máxima velocidad.

Curvas y rectas, las líneas de la vía parecían describir un hermoso baile mientras aquella armazón surcaba la oscuridad en busca de su destino. Ella, ajena a aquel movimiento, dormía plácidamente aunque con un particular gesto en su rostro: decisión, tenacidad.

Él, sentado a su lado, la observaba con infinita ternura, con deseo, con aquel amor que le profesaba pero que ella desconocía. La casualidad había querido que en ese, uno de tantos viajes a la capital, se encontraran por primera vez juntos en la misma unidad. En la fila para subir sus miradas se encontraron y ella, con un gesto de alivio, lo invitó a alcanzarla allá adelante donde estaba. Aunque no era lo que él quería, fue agradable el saludo de aquellos finos labios en la mejilla y la sonrisa que acompañó a la alegría de ella de poder realizar el viaje acompañada por alguien conocido.

Era en aquel lugar que no era, la nada, y en el interminable tránsito por el país, en el efímero estar, mientras dejaba atrás pueblos, pequeñas ciudades, municipios, incluso estados, que él se sentía bendecido con una oportunidad única dentro de aquel ramo de posibilidades, floreadas, que emergían para él cada vez que decidía desintegrar los kilómetros que lo separaban de Caracas.

En aquel tiempo suspendido, tenía la posibilidad de disfrutar lo que hasta ahora había sido el momento más largo al lado de ella. En aquella travesía hacia un trabajo que no podría obtener en su pequeño pueblo enclavado en la Cordillera de la Costa. En aquel recorrido hacia la formación universitaria que realizaba, para convertirse en el profesional que quería ser y seguir su vocación.

Como a La Meca, cientos de personas se desplazaban hacia un punto ubicado en el centro del país, al norte y en la costa. Cientos de venezolanos que, guiados por una convicción que sólo podía ser llamada religiosa, se dirigían a un diminuto valle para disfrutar de las rosas posibilidades que significaban las oficinas centrales de los poderes públicos, el crecimiento frenético de la economía y los empleos, las empresas establecidas allá, los medios de comunicación dirigidos desde ahí, y grandes cantidades de objetos importados, que parecían perderse en las venas y arterias que recorrían aquella nación en todas direcciones, y no llegar nunca a pueblos como el suyo.

No podía sino asombrarse ante todos aquellos que decidían huir de aquella urbe, por mucho que pudiera asustar a cualquiera, incluso a él que la había visitado en varias decenas de oportunidades por un periodo más o menos largo de tiempo.

Sentado hacia el centro del vehículo, compartía el viaje con otro centenar de pasajeros, algunos conocidos, porque en un caserío como el suyo todo el mundo se conocía aunque fuera de vista, y otros que tal vez encontraban en aquel transporte la siguiente etapa de un viaje aún más largo, que provenía de otros rincones, de otros sueños. Ella murmuraba dormía y él recordó de pronto aquella tarde en que la conoció. La temperatura empezó a descender y el calor sofocante del día dio paso a una brisa fresca que ganaba intensidad con la velocidad del autobús, ella tembló ligeramente y su piel se erizó. Él tomó su chaqueta y la cubrió suavemente. Por unos instantes fue de nuevo aquella niña que lo invitó a jugar en la plaza del pueblo, que luego le enseñó a hacer papagayos y a volarlos en la colina que quedaba justo en una de las entradas del caserío, fue también la adolescente de ojos grandes que brincaba entre las piedras y luego se zambullía en el helado río junto a él, hasta convertirse en la joven mujer que encontró, por su cobardía, en los brazos de otro.

En un anhelo imposible quiso traspasar su delicada tez e introducirse en sus sueños. Imaginó entonces que ella lo soñaba. Que él protagonizaba algún agradable recuerdo: una de esas tantas tardes junto a la iglesia o cuando se adentraban en el bosque hasta casi perderse en las montañas. Quiso creer que ella lo evocaba así y que ahora sumergida en el descanso, su mente continuaba el hilo de su pensamiento que se hacía onírico y cada vez menos lógico y cada vez más surrealista, más colorido y deconstruído, pero hermoso al fin.

Miró al frente, a la nada, porque nada había para ver en aquella hora en que los colores y las formas se rendían ante la luna y la penumbra, ante la huída temporal de la luz. Y por unos instantes se sintió más cerca que nunca de ella, acercados por aquella ambición compartida de pedalear sus bicicletas más allá de los límites del pueblo, dejando atrás el pequeño terminal de autobuses y el puesto de la guardia nacional hasta alcanzar la frontera de lo conocido, del espacio que consideraban su hogar.

Deseó con toda su alma que ella despertara de aquella somnolencia que la había tomado en sus brazos desde el arranque ruidoso de aquel transporte, y que le había impedido cruzar más de dos palabras. En algún punto bastante anterior de la oscuridad y la nada, de aquel no lugar que ahora habitaba, había sentido la misma punzada que había sentido hacía unos dos años atrás. La punzada del valor que lo impulsaba a querer salir de lo que era cómodo y confortable y tomar las riendas de su destino, que en su caso era blanco y verde, con interminables adornos y unas luces parpadeantes. Tomar las riendas e irse hacia Caracas, a buscar una mejor suerte que estaba asegurada.

Sintió el impulso tímido de confesarle lo que sentía hace tantos años y que el miedo residenciado en él había acallado al principio, hasta que la ilusión de estar con ella se hizo un doloroso murmullo en su interior mientras ella besaba a otro, salía con otro, quizás, -y no quería pensar en eso-, se acostaba con otro. Se estremeció de deseo ante la rápida imagen que cruzó por su mente de su piel canela enteramente desnuda. Era sumamente hermosa. Siempre lo había sido.

Pero ella seguía durmiendo y la idea se asomó para luego desaparecer en la modorra provocada por el movimiento rítmico, acompasado y constante del autobús que recordaba a muchas personas, por lo menos a aquellas que fueron amadas por sus madres, al movimiento que las mujeres realizaban con el bebé en brazos en un intento de sumergir al pequeño en un sueño agradable o de calmar su desatado llanto. En aquel vaivén que le daba cierta paz y una falsa sensación de seguridad, -considerando que viajaba a 180 kilómetros por hora en una carretera oscura-, era capaz de enfrentarse a sus propósitos, a sus sueños, era capaz de desvestir los retos que enfrentaba al encontrarse sin su familia en aquella ruda pero bella ciudad que era Caracas e intentar, no sólo subsistir, sino convertirse en un escritor reconocido y graduarse de letras.

En un remolino que duró una unidad de tiempo que él calculó como dos bombas de gasolina, tres restaurantes de carretera y un caserío, repasó mentalmente el monto de los ahorros que reposaban en su cuenta bancaria. Sumó, dividió, resto y multiplicó una y otra vez el sueldo que percibía en aquella tienda, una de las tantas de una cadena de librerías, la beca que le daba la universidad y aquel pequeño fondo que había creado trabajando en la bodega del señor Andrés, antes de tomar aquel primer autobús que lo llevaría hasta la vía principal de tierra que empalmaba con otra de asfalto y más tarde con la autopista.

Supo que viviría ajustado, que debería comprar los libros de segunda mano y no dónde trabajaba, a pesar del descuento de empleado, y que sus actividades culturales se limitarían a visitar museos que no cobraban entrada, a asistir a conciertos gratis y a caminar por la Plaza Altamira, la Plaza Bolívar, Chacao o La Pastora, porque transitar la ciudad nunca había tenido mayor costo que un ticket de metro o un pasaje de autobús estudiantil. Porque si quería pagar aquel curso de narrativa mensualmente, tendría que superar el día a día con lo mínimo, pero todo era parte del plan maestro para escribir su primer libro de cuentos, luego su primera novela, para participar de concursos literarios y quien sabe, capaz hasta ganarlos, y consagrarse como escritor para vivir el resto de sus días ejerciendo una de sus dos grandes pasiones: escribir. La otra era ella, que había cambiado un poco de posición bajo su chaqueta.

El autobús de las posibilidades se detuvo al mismo tiempo que el autobús con dirección hacia Caracas. Había olvidado aquella parada programada para comer, ir al baño, estirar las piernas y tratar de adivinar cuántos hogares y vidas en proceso habían dejado atrás en las orillas de aquella carretera que lo atravesaba todo, como diseccionándolo. Se dispuso entonces a despertarla. Se preguntó si debía darle un beso en la frente o en la mejilla tierna, o si debía sacudirla ligeramente diciendo su nombre con suavidad. El miedo pisó al tímido valor y se decidió por lo último. Ella abrió los ojos confundida y desorientada, hasta que se encontró con sus ojos, que la miraban con ternura y con una pequeña sonrisa. Sonrió ella también y preguntó: ¿Dónde estamos? ¿Llegamos?, a lo que el respondió con una pequeña risa, ¡Ojalá!, estamos en una parada en el camino. Ella se incorporó entonces, y ambos se dirigieron a la cola para pedir una arepa, de queso rallado amarillo para él, de queso de mano para ella. Comieron mientras conversaban como siempre lo habían hecho, como buenos amigos. Pero algo empezó a cambiar dentro de él, sintió cómo el valor se asomaba nuevamente y mientras ella parloteaba sobre un libro que ambos disfrutaban, él se descubrió mirando sus labios y deseando inclinarse hacia ella para fundirlos con los suyos. Aunque no consumó aquella fantasía, su sola existencia, la presencia de aquella necesidad rugiendo dentro de él, significó un paso grande. El tiempo siguió su carrera, hasta que los quince minutos de parada se acabaron y obligó al autobús a hacer lo propio y regresar al desplazamiento que estaba aún lejos de terminar.

Ahora, como si los dados del destino hubiesen rodado hasta detenerse en un número distinto, ella no se durmió. Se apoyó de la ventana cómo era su costumbre y empezó a hablar, a tiempo que intercalaba una mirada perdida hacia las siluetas de montañas, árboles, prados y palmeras que se distinguían vagamente por la ventana, y el rostro de aquel que había sido su gran compañero desde la infancia. Como tantas veces, hablaron de sus planes. Ella quería ser médico, dominar las ciencias de la biología, la química y la anatomía para salvar y mejor la vida de otros, especialmente aquellos más pobres y olvidados, en pequeños caseríos y en grandes ciudades, pero olvidados por el Estado. Él, como siempre, la escuchaba con atención extasiado por aquella compasión y entrega al otro que latía en ella y que era una de las millones de cosas que lo hacían amarla. Solía ayudarla a estudiar, a memorizar los cientos de huesos del cuerpo humano y los síntomas de miles de enfermedades que él no había oído ni sufrido nunca, por suerte. Tantas eran las madrugadas en que quiso detener su soliloquio sobre los componentes químicos del cuerpo humano para decirle que la adoraba y tirar los libros de la cama para hacerle el amor sobre ella. Pero el miedo siempre lo detenía inevitablemente y aquel torbellino de emociones se desvanecía ante la duda de si ella le correspondía, ante la existencia de su novio, y se convertía en una mínima lágrima que apenas llegaba a emerger pero que dolía tanto como un llanto descontrolado y sentido.

Ahora mientras su boca se movía suavemente el valor iba tomando forma. Sabía de buena fuente, porque el hombre en cuestión se lo había dicho directamente, que ella había terminado con el que fuera intermitentemente su pareja por los últimos cuatro años. Sólo que esta vez era para siempre. Él le explicó que no hacían más que pelear, porque habían descubierto que habían cambiado y ya no eran aquellas personas que quisieron estar juntas: mientras ella había decidido irse a Caracas, él había decidido continuar el negocio de su familia, el mejor aserradero del pueblo. Separados por la distancia de dos sueños distintos y dos visiones distintas del futuro fueron incapaces de seguir adelante y decidieron terminar aquella relación por lo sano. Eso había sido casi cinco meses atrás, a mediados de abril. Ahora que septiembre se deslizaba con un rumbo fijo como el autobús, él veía claramente aquel resquicio de luz que era arrojado sobre él y el sueño de estar con ella.

El frío se hacía más intenso y la chaqueta ya no era suficiente. Él, galante, notó la molestia que ella sentía, le pidió que hiciera una pausa en lo que estaba diciendo, y se levantó para intentar cerrar las ventanas, pero éstas no se movieron ni un milímetro en sus rieles para cortar el paso del viento. Las luces del autobús estaban apagadas, como lo habían estado el resto del camino y casi todos los viajeros dormían, por lo menos, el movimiento y el ruido era mínimo, así que cualquier cosa se escuchaba amplificadamente. Continuando los susurros en que habían estado hablando dijo, con una firmeza que no conocía en sí mismo: No puedo cerrar las ventanas, pero si tienes frío puedes acercarte a mí y yo te calentaré. La penumbra ocultaba el sonrojo de sus mejillas, pero no ocultaba la pequeña sonrisa que cruzó la cara de ella cuando se lo agradeció y se acurrucó en su pecho. Él llegó a creer que se había dormido en algún kilómetro perdido del trayecto y que estaba soñando. Pero la voz de ella, que susurraba también, continuó la conversación dónde la habían dejado. Y aquello se hizo real: su pelo, el latido de su corazón que parecía fundirse con el suyo en un único ritmo, el cuerpo entero de ella que ahora estaba en sus brazos, dónde él podría protegerla y cuidarla de todo mal.

Él se sintió entonces animado a contarle a ella sobre su último cuento. Quería -le explicaba con un tono de voz tan delicado que parecía acariciarla suavemente-, intentar captar la esencia de Caracas, narrar en unas breves páginas la velocidad de los latidos de aquella ciudad, los pocos espacios que había para ver el cielo, las millones de personas que tomaban el metro, los altísimos edificios, los cientos de monumentos, lo intricado de sus calles, el apuro de sus personas, la diversidad de sus habitantes, la cantidad de cornetazos, el Ávila enorme cuidando el valle, las autopistas que se alzaban hacia el cielo, las formas raras de nombrar sus espacios: El Paraíso, La Hoyada, Los Palos Grandes, La California. Pero también le comentó el gran número de universidades que albergaba, la multitud de hospitales y clínicas, aquellas tantas librerías que había ido conociendo, los variados tipos de cafés, restaurantes y locales de comida rápida, la docena de cines, la decena de teatros, las miles de farmacias y tiendas. En Caracas, la baraja de cartas era casi infinita y los límites del mundo parecían difuminarse totalmente, por lo menos los límites de aquel mundo en que ellos nacieron y al que pertenecían.

Ella asentía y colaboraba en la descripción con anécdotas y pequeños incisos. Ambos se sintieron felices y emocionados, porque se sabían con suerte por poder disfrutar de aquel mundo de posibilidades, que ahora dibujan juntos en aquella nada dónde se encontraban. Empezaron a comparar con su pequeño pueblo en la Cordillera. Con su único banco y sus cincuenta tiendas, con el centro médico del gobierno, con la ausencia de teatros y cines, con las dos librerías y la pequeña biblioteca, con las contadas calles, con los tres cafés y los dos restaurantes, pero también con aquel río de aguas cristalinas que corría continuamente a las afueras del pueblo, con los cientos de espacios para ver el cielo, con la posibilidad de ubicarse siempre porque el edificio más alto era el campanario de la iglesia, con el latido pausado de sus habitantes y con la posibilidad de conocer a todo el mundo. Eran pequeños regalos a los que debían decir adiós cuando se iban a Caracas, cuando se iban nuevamente a perseguir su sueño.

La noche había dado paso a la madrugada, a las horas más oscuras porque preceden al amanecer. Y en aquella penumbra que era impenetrable para la vista, el tacto y el oído se volvieron los protagonistas. Se encontraron, él y ella, unidos repentinamente por una condición compartida. Ambos tenían el corazón dividido entre su hogar y aquella urbe que esperaba para tenderles los boletos que habrían de ayudar a cumplir sus proyectos y ambiciones. Se encontraron también unidos en aquel viaje interminable por el asfalto a veces irregular, por el traqueteo de los elementos metálicos del autobús, por los compases de una salsa cuyas letras eran indescifrables, por el bajo volumen en que sonaban con el único propósito de mantener dormidos a los pasajeros y despierto al conductor y su ayudante. Y se encontraron también en un conocimiento profundo del otro, en una confianza absoluta, en una vida compartida y disfrutada en la compañía del otro, sumamente cerca, su piel tocándose. Por lo menos así lo sintió él en aquel cómodo silencio que se estableció, cuando ella dejó de pronto el pequeño nido en su pecho y se colocó de forma que pudiera verlo a la cara. Se miraron largamente a los ojos sin pronunciar palabra, cómo sólo puede hacerse cuando cualquier cosa que se diga podría romper el frágil momento, y él supo de pronto que los dados del destino habían rodado otra vez, que en aquel nuevo número el miedo había perdido la apuesta y que él sabía lo que tenía que hacer. En un susurro que recordaba más bien a una vieja canción de cuna él agarró el valor entre sus manos, respiró profundo y dijo: ¿Podrías creer que tengo un secreto?¿Uno que te he ocultado todos estos años y que nadie sabe? Ella abrió los ojos con manifiesta sorpresa y murmuró, casi balbuceante: ¿En serio?¡Pensé que te conocía mejor que nadie! Pues hay algo de mí que no sabes. Respondió él. Con una sonrisa que provenía de lo más profundo de su ser, le dijo sólo dos palabras: Te amo. Antes de siquiera esperar su reacción, liberó aquel sentimiento que había esperado tanto tiempo agazapado y describió entonces sus gustos raros en la comida, su forma de abrazarlo, los colores con los que se vestía y su inteligencia. Y siguió durante lo que fueron largos instantes hasta que culminó diciendo: Siempre te he amado. Sin transición la besó cómo siempre había querido hacerlo y ella lo besó también, en un beso que se prolongó durante numerosas vueltas de ruedas, y cientos de carros que pasaron rápidos como destellos en dirección contraria. Mientras el autobús iba consumiendo los últimos kilómetros que los separaban de su destino, el beso terminó y ella sólo alcanzó a decir, sumamente conmovida: Yo también te amo. Siguieron besándose infinitamente hasta que algo desconocido empezó a entrar por las ventanas y el pasillo del vehículo. La luz del día hizo poco a poco presencia y se vieron obligados a terminar lo que era sólo un comienzo.

La carretera era ahora parte de la urbe y aquella brillante luz se posó sobre ella y a él tomados de la mano, también iluminó los edificios, las Torres de Parque Central, el Teatro Teresa Carreño, el Jardín Botánico, la UCV y Plaza Venezuela y los cientos de carros que intentaban desplazarse por la Autopista Francisco Fajardo. Iluminó a una ciudad que despertaba y las posibilidades y oportunidades que vivían en ella. Hasta que el autobús se detuvo finalmente en el terminal de Nuevo Circo de la avenida Bolívar, y la nada se convirtió en un punto marcado en el mapa: Santiago León de Caracas. Entonces ellos descendieron juntos y se perdieron por entre sus calles, caminando hacia un sueño que habrían de perseguir siempre.