Once muchachos que quedaron picados porque el primer Rally Metropolitano de Escritores les pareció muy corto decidieron irse a los bares nocturnos caraqueños a beber birras y leer literatura. Cuando la cosa no dio para más crearon este blog porque las maravillas que estaban haciendo se estaban desbordando
martes, 27 de septiembre de 2011
Somos Uno
Despierto
Despierto de un largo y profundo sueño, uno que no puedo recordar. Cuando abro los ojos noto una luz extraña, mortecina, desconocida. Estoy en otro lugar.
Recorro la habitación con una mirada frenética, porque lo desconocido siempre inquieta. Paneles de madera cubren las paredes y un suelo de mármol, blanco como la espuma del mar, se extiende a todo espacio que puedo ver. La cama que acabo de dejar tiene sábanas tan blancas como el suelo, pero su estructura tiene un color oscuro y sólido.
Me gustaría saber qué hago aquí, pero la vista me impide razonar por mucho tiempo. Mi nueva habitación se encuentra en el medio de la nada, entre montañas de picos nevados y niebla. Si alguien me hubiese preguntado alguna vez acerca de mi lugar soñado, habría descrito este. Un sueño. Un delirio. Un cuento de hadas para ancianas que alguna vez fueron niñas.
Sigo mirando, maravillada.
Me encanta todo lo que veo, aunque el miedo toma el control por momentos. De nuevo comienzan las preguntas, una tras otra, hasta que descubro un espejo en una esquina del amplio salón. La curiosidad es demasiada y me acerco a él con pasos lentos, consciente de cada uno, hasta que lo tengo frente a mí.
En parte, quien se refleja soy yo. Lo extraño es el tono de mi piel, la suspicacia de unos ojos que ahora ven a kilómetros, un cabello que cae en suave cascada y una sonrisa enigmática. No es la ropa que suelo usar la que tengo ahora, pero me agrada. Siento pánico de cerrar los ojos, de que lo que observo desaparezca. ¿Cambié? ¿Crecí? Hablo conmigo misma porque quiero escuchar mi nueva voz. No me sorprende que tampoco sea la que recuerdo y con la que aún pienso, es mucho más melodiosa.
Y aún no entiendo nada.
La última pregunta llegó como una ráfaga de viento helado: ¿Cómo puede un humano cambiar tan de prisa? Lo pienso muchas veces, tantas que no puedo contarlas, y llego a una conclusión: la verdad es que no puede.
viernes, 23 de septiembre de 2011
¿De bici o de bus?

jueves, 22 de septiembre de 2011
2:37 a.m.

—Aló.
—¿Aló?
—Devuélveme mi vida, coño e’ tu madre.
—¿Qué puedo hacer para que entiendas?
—Hoy me levanté y no sabía si era yo mismo o si me había convertido en ti. ¿Burde’ raro, verdad?
—Deja de llamar.
—Cuando tocas a Gabriela, ¿la tocas como lo hacía yo? ¿No te dice nada?
—Estás intenso de pana ya.
—Iván…
—Aló.
—Aló.
—Verga, qué ladilla. Necesitas años de terapia, broder. Muchos, muchos años de terapia.
—Tenemos una hija, ¿tú qué crees, que la trajo la cigüeña?
—¿Español? Chamo, yo soy de el tigre. ¿Estás rascao’?
—Te burlas de ti mismo.
—Un poco dramático, ¿no?
—Eres Gregorio Samsa, Iván. Te levantaste como una plaga hoy.
—Olvídalo. Déjanos en paz a Gabriela y a mí. No quiero tener que…
—Repetírtelo. Lo sé. Yo la amo también. Y no tiene nada que ver contigo; cuando ustedes estaban juntos, no la toqué ni con el pensamiento, ¿no te dice nada eso? ¿Crees que puedes extender el mismo respeto hacia mi vida?
—La trataste medio mal, a decir verdad.
—Entonces no me saques conversación al respecto. Acuérdate de que llamaste a insultar, no te desconcentres.
—Yo no te quité el trabajo. No te serruché la silla.
—Espero que eso no sea verdad.
—¿Quieres que te diga quién está arruinando qué? ¿Cómo coño tú crees que se siente Gabriela cada vez que la llamas, ah? ¿Tú crees que a ella le parece muy depinga saber que estás como estás? Yo mismo odio verte así, pero para ella es otra vaina. Y sin embargo tienes que venir, en tu esfuerzo más inútil por ensombrecer las cosas. Tienes una guerra contigo mismo, no nos arrastres a ella.
—Por el amor de dios.
—No sé si te habrás dado cuenta, pero tengo un solo brazo. ¿Te haría sentir mejor pelear con un manco? Dime cómo podemos pelear en circunstancias justas.
—¿Trato especial? No escondo el brazo, maldito pajúo, literalmente me falta, es una vaina médica.
—No tienes moral para quejarte.
—Hazme un dibujo de cómo podemos pelear, maldito anormal. El arquitecto, haz un plano de cómo nos damos unos coñazos. ¿Y qué importa quién le rompa la cara a quién? ¿Tú crees que eso va a cambiar algo?
—Tu papá te cogía de chiquito.
—Eso lo dijiste anoche.
—¿Qué? Aló. ¡Aló!
—Estúpido, eso lo dijiste anoche.
—¿Cuándo te la llevaste de viaje, ya ibas con la mente de coronar, verdad, perro?
—No.
—Ibas con la mente de “ahora le clavo toda la noche en el hotel…”
—Iba con la mente de consolar a mi amiga por la muerte de su hijo y su terrible divorcio con un hombre de trece años mentales.
—Pero eras mi amigo, ¿qué dice eso de ti?
—Que soy un carajo burda de paciente.
—Eres una basura. Eso es lo que eres.
—No te guardé nunca sino respeto. Si tienes un momento de lucidez al día, invócalo ahorita: ¿por qué estás haciendo esto?
—¿Crees que estas llamadas lo remedian?
—No.
—Sabes que yo he pensado burda en ti. Más de lo que creerías. Y te tengo lástima. No lo digo con ánimos de ofender; de verdad que las cosas salieron espectacularmente mal. Lo lamento mucho.
—No necesito tu lástima.
—Quizá “lástima” no es la palabra. Me siento mal por ti. Porque sé que dentro de todo eso, se esconde un buen tipo.
—Eres triste, pana. Eres un ser humano triste. Dame a mi esposa. Dile que yo le compro lo que sea.
—Wow, eso va a funcionar.
—Tú no entiendes.
—De verdad que no.
—Eres, Álvaro, y sin que me quede nada por dentro, eres y siempre has sido un inválido emocional.
—Lo que tú digas, chamo. No llames más. Entiende lo que te estoy diciendo, usa la cabeza.
—Dime quién soy hoy.
—Estás despertando a Gaby. Adiós.
—¡Dímelo!
miércoles, 23 de marzo de 2011
La locura es esta espera
invitado de Andrea Gómez
Correo: montalti92@hotmail.com
Detesto la relatividad del tiempo. Me cuesta tanto aceptar que te veré en cuatro años. Cuatro años de sesenta minutos nos separan y la impaciencia me consume. He esperado tanto por este momento que una parte de mí (la que ama la rutina) quiere seguir esperando. ¿Qué pasará después con los añorados mil y un besos perfectos? El paisaje sigue cambiando pero podría jurar haber visto el mismo árbol cubierto de nieve varias veces; será que estamos dando vueltas en círculos? ¿Sabrá el conductor cómo llegar? No quiero llegar tarde…
Veo mis manos temblar mientras la dulce voz anónima de costumbre avisa por el altavoz alguna parada; esa voz con cualidades de despertador de mesa de noche que siempre interrumpe mi flujo de pensamiento involuntario, ése que suele ser tan difícil de interrumpir. ¿Quién será la mujer detrás de la voz? ¿Tendrá ese tono delicado cualidades hipnotizantes para algún hombre dichoso? ¿O quizás para alguna mujer? No, no… definitivamente es a un hombre; un hombre que alguna vez, tiempo después de enamorarla y perderla, la esperó en la estación mordiendo sus uñas como loco. Tengo que dejar de comerme las uñas. ¿Habrás llegado ya? Seguro que sí, seguro me esperas con un vestido de flores y el cabello recogido, viendo el gran reloj, sonriendo como tonta.
Una luz cegadora se enciende inesperadamente por la ventana y la imagen de su cara, esperando impaciente, se desvanece poco a poco. Dos azafatas se acercan a mi asiento con bandejas en sus manos repletas de vasos plásticos y sonrisas de cortesía en sus caras, ¿o son sonrisas de lástima? Quién sabe el porqué de las sonrisas hoy en día. Ha pasado mucho desde la última vez que vi una verdadera. Una de ellas se dirige a mí y mueve sus labios. Un tono de voz condescendiente, con ínfulas de superioridad sale y supongo que me ofrece algo, pero la verdad no quiero saber de nada que me distraiga. Como por inercia mi cuerpo responde, acerco mi mano a la bandeja y tomo dos vasos, uno con pastillas y otro con agua. ¡Qué colores tan hermosos! Ahora las pastillas amarillas, rojas, blancas y púrpuras bajan por mi garganta como si supieran en que orden hacerlo, mientras las sonrientes mujeres se dan la vuelta.
Por alguna razón las azafatas siguen ahí, chismeando inmóviles en el pasillo, dándome la espalda. Pero, ¿qué me importa? Ya debe faltar poco para llegar. En cualquier momento la voz enamorada del altavoz dirá las palabras mágicas; esas que por tanto tiempo solo he podido soñar. Qué tonto fui por haberla perdido. Pero esta vez no tengo miedo; no la volveré a dejar ir. No he vuelto a ver el árbol repetido por la ventana. La ciudad ocupa ahora todo el vidrio y veo la estación a lo lejos. Siento que puedo oír los ruidos de la gente emocionada, esperando a sus queridos en el andén. Pero de repente escucho una voz seca; no es la enamorada del altavoz. Es una de las azafatas; "Éste se llama Rodrigo, es mi caso favorito; pasó años esperando a alguien en la estación central de Nueva York hasta que lo trajeron al hospital. A esta hora piensa que su tren esta llegando".
invitado de Gabriela Valdivieso
Correo: fernandoazpurua@hotmail.com
Alberto Blanco fue uno de esos que se dejó llevar por su curiosidad y se acercó a la multitud para saber qué causaba tal tranquilidad entre tanta gente acumulada. Al llegar, lo vio. Un hombre de barba blanca, zapatos desechos, camisa caída, gris y sucia. Con una chaqueta militar que portaba casi 50 insignias de honor. El tan escuchado acordeonista llevaba en la cabeza una boina gris en perfecto estado y en los pies unas botas negras maltratadas.
Alberto no podía creer sus ojos. El parecido de aquel hombre con aquella lejana pareja de su madre era simplemente inaudito. Aún sorprendido se quedó largo rato recordando viejos tiempos. Tratando de llegar al último día en el que vio a este tercer padrastro marcharse de su casa, retrocedió un aproximado de 20 años. Aún recordaba las agradables cenas dónde este simpático señor solía contar mil historias interesantes. De viajes de infancia. De figuras extrañas que en su vida había cruzado. Recordaba en particular el relato de un joven coreano que fue su compañero de cuarto durante muchos años. A través de la ventana en los inviernos de Praga, el joven viajero escuchaba cómo algo caía constantemente, pero al salir a la calle no visualizaba nada. Una noche, le informó a su compañero coreano que se iría de viaje en autobús, pero en cambio se quedó escondido detrás de unos arbustos para ver si podía descubrir qué causaba tal sonido. Ya congelado, el reloj daba las 3 de la mañana, cuando el joven pudo visualizar a su compañero asiático subiéndose al techo de la casa con un paragua, abriéndolo, y lazándose al acumulado de nieve. Al verlo por primera vez, el viajante se preocupó y corrió despavorido a rescatar a su amigo. Este se encontraba echado boca arriba con una cara inmersa de felicidad. Extrañado, lo levantó y le preguntó consternado qué intentaba hacer. A lo que no consiguió respuesta. Aún parecía dormido. Pero producía un pequeño sonido. Entre sus labios se entonaba una dulce canción. Con suavidad acercó su oído a los labios de su compañero y escuchó una tonada suavizante y llena de dulzura. Luego retrocedió. Comprendió que su amigo era noctámbulo.
A la mañana siguiente el joven asiático se despertó y se impresionó al ver que su compañero aún se encontraba en la casa. Este le contó que se sorprendería al saber que ya había descubierto qué causaba el sonido que no lo dejaba dormir en las noches. Que no se le había ocurrido escudriñar entre la nieve, y que era él mismo lanzándose desde el borde del tejado. El coreano impresionado se sentó a su lado en el sofá y le contó con tranquilidad sobre un extraño sueño que había estado teniendo desde que su enamorada lo había dejado. En el sueño este sobrevolaba entre colinas con un paragua. El cual era su única herramienta para transitar entre las estrellas y volver a su lado. El joven sonriendo le preguntó si su enamorada era fanática de la nueva película llamada “Mary Poppins”, y este le respondió que no, que era a él al que le gustaba el film y que a su amada le apasionaba más la famosa melodía de la Vida en Rosa.
Alberto volvió su mirada hacia el acordeonista y escudriñó entre la sombra de sus ojos para encontrarse con su mirada. La canción incesantemente se repetía, y descubrió de golpe que este hombre con profundo apasionamiento aún se encontraba durmiendo.
Alberto pensó en su madre, y miró alrededor cómo la gente aún impresionada de tranquilidad se dejaba llevar por la verdad de su suave tocar. El boulevard intensamente iluminado brillaba tal cual un sueño. Y el hombre viejo repetía con un desenfrenado y loco despecho su tierna canción.
El curioso (y loco) caso de nuestro amor
invitada de Jessica Márquez
Correo: daniela18_s@hotmail.com
¡Qué buena broma, chico!
invitada de Guillermo Geraldo
Correo: geralpaty25@gmail.com
Web: www.gpchv.blogspot.com

Tomás no tenía idea de qué hacer. Estaba tan desesperado que no sabía a quién pedirle ayuda.
Ya lo había intentado todo, pero nada. Nada funcionaba. Nada alejaba al loco, ¡nunca lo dejaba en paz!
"Ya está bueno, vale", gritaba una y otra vez el pobre muchacho. Pero el loco nada que se iba. Claro, lo que pasa es que al loco le caía bien Tomás.
Ya nadie quería escucharlo, e incluso Tomás, su amigo de siempre, se estaba cansando y quería que se fuera. Pobre loco sin nombre.
Pero Tomás ya no tenía otra salida. Su mamá, su hermano y sus amigos le decían repetidamente que no entendían cómo se había aguantado al loco por tanto tiempo.
"Ay hijo, yo fuera tú le dijera que me deje tranquilo. Amablemente, claro, tú sabes."
"Tomás, dile a ese tipo que te deje en paz, qué fastidio, pana."
Ya Tomás creía todo lo que le decían. Tenía que deshacerse del loco.
Le preguntó a su tío, el más sabio de todos, y el viejo respondió: Oye, muchacho, ¿tú sabes cómo tienes que hacer para que un loco te deje en paz? Pues finge que vas a vomitar. Sí, mijo, eso funciona de maravilla. Tú te agachas y te agarras así, tal cual como si vas a vomitar, y luego haces ese sonidito tan feo, tú sabes, ese "buaaaj".
Júrelo, mijo, que el loco sale corriendo.
Si esta solución te parece extraña, tendrías que escuchar las muchas otras que había escuchado Tomás. Insólitas. Pero para quitarse a un loco, hay que hacer algo loco.
Por supuesto que lo intentó. Y por supuesto que no funcionó.
Entonces Tomás recordó a aquel profesor de colegio, que era tan brillante y tan buena gente, pero que nadie lo quería porque todos le sacaban siempre 01. Ése, ese es el hombre. Él tiene que saber cómo hacer que un loco deje de molestar.
- Oye, Tomasito, ¿eres tú? Chico, tú sí has cambiado.
- Dígame, En cambio yo a usted lo veo igualito. Profesor, tengo que decirle la verdad. He venido a pedirle ayuda.
-Ajá, ya sabía yo que no pasabas a saludar.
- El asunto es que desde hace un par de años, me hice amigo de alguien. ¡Y ahora ese alguien no me deja en paz nunca!
- ¡Qué buena broma, chico! Bueno, habla con él, razona. Razonando se resuelve todo en la vida.
- Es ese el problema profesor. Él no razona. Está loco.
- Ah bueno, ése es otro caso. Es más, hasta más fácil. Fíjate, convencer a una persona cuerda cuando tiene un ideal o pensamiento, es bien difícil. En cambio, modificar la mentalidad de un loco es fácil. La clave está en ignorarlo. Si está loco como dices, pensará que ya no lo ves y no lo escuchas, y ¡voilá!, va a pensar que no existe.
Tomás lo pensó por muchos días. La idea de ignorarlo parecía una buena solución, hasta que notó las cosas que eso implicaría. Entonces comenzó el pánico. Debió contarle toda la historia al profesor, para buscar otra solución. Decidió acercarse una vez más y preguntar:
- Disculpe profesor, ¿y si el loco es uno?
Triiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, sonó la alarma.
- Abre los ojos Tomás, ya es hora de que tomes tu Clorpromazina, dijo Mamá.
Mi manifiesto
Correo: abrxhxm@hotmail.com
Para P.J
Algún día, en tu vida o en la mía, en tus sueños o en mis sueños, pasará.
El Encuentro
¿Dónde estoy? De verdad tengo hambre. He volado demasiado lejos. ¿Qué estoy haciendo? Ya ha pasado el tiempo y ni me he percatado de ello. ¿Sigues allí? Tengo sed, de verdad la tengo. Deliro y deliro y deliro y vuelvo a delirar, y de sólo una cosa estoy seguro, de tu nombre.
Camino por la calle y me ven como un don nadie. No tengo nada, ni un gesto ni una mirada, no tengo brazos ni piernas, ¿ilógico que pueda caminar? Ellos me ven pero yo no. Me he perdido, de nuevo. Escucho balbuceos, niños gritando, gente exasperada. Escucho el aliento, las caricias, los gestos, pero no logro escucharte a ti. La sombría y maloliente soledad de las palabras me dan cuerda y ni siquiera tengo manivela. Me sostengo para no hacerlo pero soy tan débil como un humano, necesito hacerlo.
Al verte siento las súbitas sensaciones del cielo y el infierno, tanto así que a veces no sé si realmente respiro o estoy muerto. Sólo hay una manera de saberlo: tu aliento. Primero siento que se estampa en mi rostro como la peor quemadura jamás hecha, pero, por una extraña razón, la cicatriz no queda en el rostro sino en el corazón. Luego, con deliberada vehemencia, zarandea mi estomago haciendo que se enhieste cada pate de mi cuerpo, trayendo como consecuencia la detonación y el ofuscamiento. Trato de razonar de vez en cuando. Y allí quedo yo, malherido y sin fuerzas, pateado, escupido y violado, pero no por ti, nunca por ti, es ella la que tiene la culpa, la vida. Otras veces definitivamente cruzo el portal y me pierdo en el mas allá, pero eso sucede cuando, después de buscarte en el edén de las hormonas, no te encuentro. Pero insisto, trato de razonar de vez en cuando.
No sé cómo fue pero sucedió. Todo viene de manera natural. Los razonamientos y las cavilaciones son las únicas cosas que nos distinguen de los animales, pero en tiempos de guerra todo se vale, incluso tomar un camino diferente. Cuando el cuerpo te lo pide esa es la única opción. ¿Por qué azotarse? ¡Hazlo, hazlo, hazlo! Me grito por las noche, y sé que tu también, ¿entonces? Pero no, no porque tú no eres un animal ni yo tampoco, hay que mantenerse bajo perfil para que otros puedan venir y chuparnos la sangre, mientras nosotros nos casamos y tenemos hijos, viajamos por el mundo y predicamos paz. Tomar caminos diferentes sólo ocurre en mi vida paralela, en el otro lado del espejo. En mi tierra soy el zar y se me debe respeto, te humillo a ti y a tus semejantes, y me concentro en crear mi ejército que se apoderará del otro lado del espejo con eslóganes que inspiren lujuria y remordimiento, porque así es mi vida y, casualmente, la tuya también. No me mires por favor.
Hace un par de años te vi. Me abofeteaste con tu sonrisa y me fracturaste las piernas con tu cuerpo descubierto. Vi el cielo. No obstante, la magia se presento y me sano cuando te acercaste y me saludaste. Me pediste un favor: me necesitabas y yo a ti. Seguidamente de ofrecerte mi ayuda, mientras caminábamos, mis sentidos se tensaron y por poco agarro un hacha del suelo y te rebano la cabeza como jamón serrano. Luego me beberé su sangre, pensé, el cuerpo me lo llevo a la casa y lo pico en trocitos para dárselo a las macotas, mi padre y madre, y de esa manera no quedara rastro alguno de él. Porque sí, quería aniquilarte, había llegado a un punto de mi inexorable condición de humano donde había rebozado la tapa de la esquizofrenia: eras tú o era yo, y sabía que antes de elegirme te elegiría y eso no me lo podía permitir, no. Pero no fui capaz de cumplir ningún atentado pues tú eras un ser más glorioso que yo, y era por eso, precisamente por eso, que te necesitaba.
Ya el vuelo se había prolongado demasiado, necesitaba aterrizar, pero los animalitos monocromáticos atisbados en la pintura no me lo permitían, cambiaban de forma llamándome mas y mas la atención, me hacían elevarme más… ¡por poco se dan cuenta! No, ellos jamás se darán cuenta ya que sus vidas son más luctuosas, ofensivas, escuetas y deleznables que la mía, yo era el rey de mi mundo y ellos eran los reyes de los sueños, eso es lo que toda persona se quiere y daría la vida por tener. Ya yo la di, la dejé en tus ojos cuando entre… y no sabes cuánto me arrepiento.
Una vez pasó y me repetí: ¿Dónde estoy? El cielo quema y en el infierno neva. Los cromañones son mis amigos y la rebeldía de las ninfas atenta contra mi devoción, como obligándome a que vuelva a la realidad, como induciéndome a la cordura. De nuevo, no sabía si respiraba o había muerto, hasta que un día, una vez más tú, me diste una respuesta, la más hermosa de las respuestas. Gracias, te dije. La velocidad de los rayos fue tan pecaminosa que no basto una colisión, hubo dos y hasta tres por hora, debilitándome, debilitándote. Nuestro encuentro estaba ya predestinado, en tu mundo y en mi mundo. Ya estaba escrito en la Biblia y en el Corán, en mi libro de mandamientos y en el tuyo, sólo faltaba la presencia de la chispa valiente. Y fueron tus ojos, esos que me bañaban en sangre, lo que hicieron cumplir a cabalidad los fallos inapelables del universo. Una línea asimétrica se dibujo en tu cuerpo, copiándose en el mío, seguidamente levantaste tu mano y yo la mía, yo era tu reflejo y tu el mío. No dijiste nada, ya todo lo había dicho la vida, solamente faltaba que nuestras bocas se conocieran para poder atravesar juntos el borde que se nos había tatuado en la frente desde pequeños y sin ni siquiera consultarnos.
Comencé a sentir algo inexplicable cuando el destino se cumplió. El dolor no entraba a mi mundo haciendo que la cocaína lo conquistara: todos mis esfuerzos habían sido en vano. Hubo guerras, desastres, muertos, heridos y desaparecidos, pero nada valió la pena: tú estabas allí. Decidí no quejarme y acostumbrarme, la única diferencia del antes y después estaba en mi mente y en mi corazón, del resto tú y yo éramos unos totales desconocidos. Las sombras andantes en nuestro alrededor eran el preámbulo de la diversión, parecían payasos del circo del Señor, y de hecho lo eran. Se lograban salvar unos cuantos, sin embargo, por lo menos lo que nos rodeaban a ambos, se iban a quemar en el mármol del infierno. ¡Qué maravilla!
Como decía, nos acostumbramos al juego macabro de la seducción psicológica. Te pedía que me llevaras colgando de tu cuello, como una medalla, luego, cuando nadie te viera, me metieras en tu boca y me dejaras allí hasta que tu piel se volviera azul y eso te encantaba. Por otro lado, tú me pedias algo similar, que te llevara enroscado, como un anillo, y que cada vez te diera mas vuelta para así cortarme la circulación y poderme mutilar el miembro. Simples juegos de niños aquellos, pero nos encantaban.
Y fue un día común, estando solos en la pradera, cuando sentimos que el mundo –el tuyo el mío y el de ellos– se nos venía encima, que nos percatamos que estábamos dispuestos a dar la vida por el otro…
El Acercamiento
Nunca van a atraparnos, no, ahora te amo.
Nos convertimos en escuálidos fugitivos. Todos nos buscan secretamente, cazándonos, haciendo que todas esas cosas rodaran por nuestras mentes, pero ya nosotros habíamos cruzado la línea y para realmente atraparnos ellos tendrían que cruzarla también… Pero no son tan tontos.
Mientras estaba junto a ti, nada me importaba.
Los días grisáceos que trae consigo la malvada incertidumbre los lográbamos despistar juntos; nos compenetrábamos, lo malo de todo era que siempre nos imponíamos un límite. ¿Por qué? ¡Si ya nos pertenecíamos! Éramos y somos honestos. Si esa honestidad no se hubiese aparecido en nuestro camino tú y yo ni siquiera habríamos nacido. Porque era así y no nos quejamos, entendíamos. Habíamos llegado a esta vida para sufrir nuestros males y los de los demás, teníamos que hacerlo para estar juntos, eso era nuestro destino. No había nadie a quien culpar, bueno, sí, a ella, a la vida, pero al final nos rendimos cuando no la pudimos encontrar. Escapábamos, corríamos, dejábamos todo, pero siempre teníamos que regresar, porque así no los imponía ella, y luchar contra un humanoide invisible es imposible.
Ni todos los ejércitos creados en mundos paralelos sirvieron cuando realmente se presentó la batalla. Perdimos. Ahora, volvíamos a estar golpeados, violados y tristes, pero ya no era culpa de nuestro cuerpo, sino de nuestra sonrisa.
Un día me contaste: nunca tuve la oportunidad de corresponder la atenta sensación que emanaba de tu rostro cada vez que me veías. ¡Tonterías! Pero sí, me daba cuenta. Era un juego, peligroso y estrepitado, como la vida, el amor, el arte y el sexo. No podía ni sabía cómo. También tu miraba me asesinaba y también yo te mataba. Era lo más macabro que había sentido en mi vida, lo más dulce y agrio… pero si tan sólo fuéramos nosotros los únicos habitantes del mundo. Las noches y los días se mezclaban en mi mundo cuando tomaba la decisión de huir de ti, porque sí lo hacía y hasta el día de hoy lo sigo haciendo. Eres mi destrucción, lo sabes ¿no? Pero ya, ya es tarde y estoy dispuesto quebrarme las piernas para llegar al nivel que tú has llegado por mí… Porque si vivir es pecado entonces que me condenen a la vida perpetua, pero a tu lado.
Fue tanta la intensidad de la alegría que no nos importó desprendernos de los modales, y todo lo aprendido en la escuela, para dejar salir el alma. Aprendí que realmente se puede volar, ir a la luna, ya nada era como uno de esos sueños surrealistas que tú me acostumbraste a soñar. La música era nuestra amiga y todo fluía, todo volvía a su sentido original. Nadie, absolutamente nadie nos miraba ni nos decía nada, porque todos estaban haciendo lo mismo que nosotros. Fue increíblemente agradable. Tu piel era suave al reflejo de la fluorescencia y mis bellos se erizaban cada vez que podía sentir eso. Te veía y te re volvía a ver. Eras el más bello ángel de mi mundo. Ya yo no era nada ni nadie, todo lo eras tú, me tenías literalmente en tus manos. De aquí a allá, de manera inconsciente o no, todo se revolvía en una extraña sensación que no se saciaba por nada, y yo quería más.
De aquella noche no recuerdo mucho, sólo lo necesario.
La luz no existía, sin embargo podía reconocer cada parte de tu rostro. Tu mano era tan blanca que pensé que ahora sí te había asesinado, pero así eras tú. No me conformé con sentirme volando, no, yo quería más. Y tú también lo querías, lo sé. Esperamos que el efecto de la inconsciencia se manifestara lo suficiente como para poder borrar del mapa a todos los demás, y así, de una manera tan brusca y angelical, le abrimos la puerta a la exagerada pasión tantos años encerrada en los barrotes de la naturalidad amaestrada. Al ritmo de la música, nos movimos lo suficiente como para sentirnos íntimos, solos. Así comenzó todo. Tú me querías y yo a ti, e insisto, te quería más que a la vida misma, porque de eso se trata la vida aunque la vida misma se niegue aceptarlo.
La violencia se hizo cargo de lo sucedió, y es que sólo ella lo podía hacer.
Particularmente no sabía qué hacer, regurgite todo lo aprendido hasta ese momento y nada, nada me servía, pero estaba dispuesto a continuar, pasara lo que pasara. Tal vez la cotidianidad haría acto de presencia eclipsando los sentimientos como todo el tiempo lo hace, ¡pero que más daba! Era muy necesario hacerlo, eso nos convertiría en un solo y aunque más adelante tú estuvieses en la tierra y yo en la luna, siempre, siempre íbamos a ser uno solo. Los golpes resultaban lo mejor sentido hasta esos momentos, pero no eran los mismos tipos de golpes que me propinabas cuando me mirabas, no, estos eran más intensos y dolorosos, cosa que me conducía a desearlos con más frecuencia y ritmo. No existía receta que determinaran los pasos a seguir. Por primera vez podía sentir tu cuerpo y tú el mío, tal cual como fueron arrogados en este mundo. Y sí, nos convertimos en animales salvajes y para nada nos dio vergüenza, pues tú, él y ellos también lo hubiesen hecho si hubiesen estado en nuestro lugar. Contra la naturaleza ni Dios puede.
Miles de años de desarrollo se nos presentaron paralelamente en el instante donde entraríamos en las entrañas del otro. Aja, por supuesto que fue temor, pero no temimos por la realidad ni por las personas, sentimos miedo por nosotros mismos, por esos sentimientos que van y vienen con el aire… con las palabras. Te dije: aguarda. Tú me contestaste: sólo si tú haces lo mismo por mí. Y desde ese momento dimos por seguro que pasaríamos el resto de la vida juntos.
El hecho
Hoy nos levantamos y sin importar qué pie pusimos primero en el suelo nos sentimos orgullo… ¿Tú que has hecho hoy para sentirte orgulloso? Seguramente nada pues eres como las mariposas, que te posas a cada segundo en una flor diferente para luego ir a desfallecer en el lado más deforestado del sendero de la vida. ¡Patético!
Los fantasmas siguen y seguirán rondado hasta el último día de nuestra vida, amor mío, pero ahora sólo nos reímos de ese hecho porque supimos superar la prueba más difícil: la pasión. Y es que lo que me hacías sentir no tenia descripción ni lógica; sabía que si algún día me llevaran al médico me iba diagnosticar la enfermedad más terminal nunca antes descubierta, y yo ya estaba consciente que realmente estaba enfermo, que tenía la fecha de mi muerte asegurada, ¡y ni hoy estoy seguro si vivo!, pero debo asegurar que el proceso sea lo más excitante y celestial de mi vida. Respiraba, comía, caminaba, sentía, dormía, escribía… todo lo hacía por ti, porque sabía que después que terminara de hacer todas esas cosas tú ibas a estar allí, esperándome con una de esas sonrisas que me hacían sentir dolor, que me hacían sentir vivo. Te idolatraba… era un tipo de obsesión metafísica. Y qué tontería es decir que estar obsesionado no es lo mismo que estar enamorado o muerto, ¡es lo mismo! Hay diferencias, pero en la esencia es lo mismo.
Incluso, antes de encontrarnos no poseía ni una onza de cordura, porque yo nací así, y me arrepiento, pero el arrepentimiento no es otra cosa que lo que el cuerpo no necesita, es decir, excremento. Hubo un momento donde me puse a contabilizar los errores que en mi vida a había cometido y tu apareciste como el más sustancial, eso me preocupó. Hasta pensé en abandonarlo todo. Te desprecie y deliré y deliré y volví a delirar, pero nada, no podía defenderme contra tu sonrisa. La locura ya me había incitado a cometer actos inhumanos y ya ni la muerte se aparecía por mi puerta como una posibilidad pues tú eras más fuerte. Te odio.
Pero, ¿por qué me quejo tanto si todos moriremos debido a la locura? Es cierto, mi locura no es igual a la tuya, pero ante de los ojos de los demás, y seguramente de Alá, es locura al fin, por lo que nos tocara el mismo nivel de sufrimiento… Un consejo: sé ignorante para que así no puedas distinguir qué es dolor y qué amor, ni para que puedas descifrar todo lo que dicen este montonón de palabras.
Ya no quedaba más que hacer, nada. Las cartas estabas echadas. Si hacerlo me alejaba de ti y no hacerlo también, prefería lo primero. Entonces, en el sueño más especial y simple que alguna vez pude haber soñado, todo pasó. Fuimos una sola persona en la tragedia, y no pensé en la palabra muerte, al contrario, necesitaba la vida más que nunca para prolongar ese momento hasta el infinito. Tú brillabas como el sol, tu piel blanca se tornaba de un color rojo sangre, y es que era la sangre convertida en deseo la que recorría por tu cuerpo a altísima velocidad: tu corazón estaba que estallaba. Me gustaba verte así.
Muchas veces había imaginado ese momento, he incluso antes de conocerte sabía que tú poseerías el rol protagónico: siempre fue tu cuerpo, tus manos, tus piernas, tu pecho, tus dedos, tu nariz, tus ojos… tu sonrisa rehabilitadora. Siempre eras tú. No sabía tu nombre ni nada, pero todo se debía a ti. Porque tú eras. Eres y serás la persona que soñé y soñare, la persona destinada para mí. Y así este sueño que hoy me he atrevido a soñar no sea realidad, sonreiré y llorare cada vez que me tope contigo, porque sentiré, volare, reiré, sufriré y sentiré dolor por ti, y eso será lo que me garantizara la vida…
Me he vuelto loco porque me he enamorado, y hundido en la locura esperare, en tu vida o en a mía, en mis sueños o en tu seños, que tu enloquezcas también para que todo se cumpla, porque sólo en la locura los sueños se cumplen. Amén.
Una locura
Es normal
que en esos domingos tan ociosos
en donde me relajo,
en los que me depuro con una taza de café,
me entretengo con los quehaceres,
y respiro aire fresco;
me dé por escribir tonterías en el cielo
y me acuerde de las tantas veces
en que replicabas con tanta dulzura
que quizá yo estaba loco.
Y es normal, desde luego
que después de eso, estando solo me ría
terminando de aceptar así, tu dulce replica
de que en verdad sí estaba loco.
Luego empapo de nuevo la taza con cafeína,
y sacudo la cabeza como diciendo: “No,
de verdad que parezco loco”.
Paso la hoja con dos sorbos,
escribo más y más tonterías,
procurando sacarle al hermoso silencio
unos cuantos versos de papel.
Es normal, también,
que después me detenga,
estire los huesos, la piel
y hasta el alma,
me truene los dedos
como sacándole mentiras,
me quede inmutable y sereno
por un momento
y sienta de manera muy leve
en un instante fugaz,
tan distante del pasado,
presente y del futuro
el virgen olor de tu presencia
sacando la silla para sentarte
a mi lado,
para mirarme así distraído
ausente de la ausencia,
del mundo, de la distancia,
de los posibles y los imposibles,
mirando mi locura, mi sonrisa gastada
y mirando que aun te miro.
Pero es normal,
que sin querer, luego,
el silencio desaparezca,
la silla vuelva a su sitio de origen,
yo ya no esté tan inmutable
y mi serenidad se espante;
me reviva en un suspiro
y sacuda la cabeza
mientras que noto que ya no te miro,
y el domingo termine siendo
otro día normal,
lleno de ociosos,
de tonterías y de locos.
Paranoia
Correo: aava-17@hotmail.com
Web: http://mecanicautomata.blogspot.com
—¿Eeee estás segura, Misol? Mira que eso me da miedo, que me vean me da miedo, me da mucho miedo, ¿Misol, ellos me pueden ver?
—Estoy segura, Carol— La mujer de cabellos rizados se movió extendiendo su mano hacia la oscuridad de la habitación, tanteando el aire como si de algo palpable se tratara, buscando un ser invisible a tan solo metros del señor Valdemar el cual se babeaba en su silla de ruedas mirado a un vacío profundo— Estoy segura, porque yo los veo, y en ocasiones les hablo.
—¿Les pod podrías decir que no no se metan en los cuartos? O al menos no cuando yo esté— La chica joven torció la boca mirando alrededor imaginándose miles de cuerpos a su alrededor, un escalofrío recorrió su cuerpo al imaginárselos— Y que no me toquen tampoco ¡por orque los golpearé! ¡o o sino gritaré tan fuerte que todos los verán!
—Yo no puedo hacer nada, Carol ellos están allí, aquí y allá, están en todos lados… son como un torbellino de almas… todos los difuntos, son un torbellino y te absorben y no te dejan en paz— Carol comenzó a ver a su compañera de habitación de rabillo intentando cubrirse con los brazos mientras Misol comenzaba a bailar a su alrededor gritando, la chica joven asustada se limitaba a seguirla con la mirada mientras apretaba las manos, entumeciendo su cuerpo ante el temor— ¡Ellos te ven, son los muertos, son los muertos! ¡Todos! ¡Todos están muertos! Y nos visitan cada día, nos miran nos tocan— Misol se acercó a Carol por la parte de atrás y le susurró al oído— Son muertos, Carol, y te quieren a ti, Carol, ¿Qué harás, Carol? ¿Qué harás? ¿Correrás, Carol? No puedes… porque ellos están en todos los lugares, son miles— La voz de Misol bajaba progresivamente al tiempo que movía sus dedos señalando puntos inexistentes, mientras la respiración de Carol se aceleraba con cada palabra, los podía ver, a su lado, arriba en el techo, debajo de ella, mimetizados con las paredes del manicomio, todos los muertos, todos muertos con los brazos extendidos, un mar de colores, todo era confusión y caos— ¡¡Ellos están aquí, están aquí, Carol!! ¡¡te quieren, Carol!! — La mujer de cabellos rizados comenzó a hacer girar a la joven de mirada perdida mientras ésta observaba hacia el techo, y de pronto un grito ensordecedor, Carol en su desesperación comenzó a correr y a gritar mirando hacia el techo, sólo podía ver colores y seguía corriendo, dio de lleno con el señor Valdemar, el cual cayó de su silla de ruedas sin alteración y con la misma mirada perdida en el vacío, mientras que la joven tropezando con la silla dio contra la pared y cayó extendida al suelo en un ataque epiléptico.
—Eres mala, Misol, la asustaste, ella es nueva, no debías asustarla tanto.
—¡Tu cállate, Estiben, tan sólo eres otro muerto en un manicomio…!
Preso
invitado de Letrasalitros
Correo: kaiazul@gmail.com
Web: www.letrasvagas.blogspot.com/
Hay cosas imposibles que he terminado pensado aquí mismo en esta oscuridad que no me dice nada
No hay paredes, no hay ventanas, no, mucho menos hay puertas
No sé dónde estoy, pero de algo sí estoy seguro y es que debo salir de aquí
Tengo que hacer algo para poder encontrar una salida, un punto de luz, una puerta hacia algún lado
No debo olvidar, sé que no debo olvidar quién soy
Mi nombre es Pablo y soy profesor
Mi nombre es Pablo
Eso es lo que no debo olvidar, eso justamente es lo que no debo olvidar, mi vida mi existencia depende de ese recuerdo, de ese extracto de lo que soy, lo demás vendrá por añadidura
¿Qué es ese ruido? Es como una gota que cae por un grifo, es como un susurro,
Debo arrastrarme hacia él, pero… ¿si me pongo de pie habrá algún techo sobre mí?
¿Habrá un techo bajo?
No debo perder la calma, mi cordura depende de eso, no debo perderme en el pensamiento
No debo tratar de razonar todo para darle una lógica porque ahí mismo perderé el sentido de alguna realidad
No siento humedad sólo está ese ruido, ese susurro que se me parece a una gota al caer
¿Dónde estoy, maldición? ¿Qué es esto que me ha pasado? ¿Cómo desperté en esta oscuridad tan absoluta?
Siento algo, hay algo, hay definitivamente algo que choca con mi pie es sólido, pero como melaza sólida
Pero no debo detener, alguien me metió en este lío, no sé porqué, pero lo hizo y aquí estoy, debo salir de aquí
Se escucha más cerca el ruido, el susurro es por ahí, no sé si es un arriba o un abajo pero sé que es por ahí, no debo detenerme, debo salir
Expandirme
Debo ir hacia algo que indique una luz, esas voces, esas voces
No, no existen, sólo existe la gota, sólo existe la salida, sólo existe la realidad que estoy viviendo
Hay, hay algo ahí, creo que veo una luz, es como un rayo, un as de luz, ¡es una salida! Es la manera de salir, debo ir hacia él, debo ir hacia la luz, debo expandirme
Mis pies no los siento, estoy vestido tengo zapatos, ¿tengo algo puesto?
¿Dónde carajo estoy, quién me ha traído aquí, qué es esto..?
Esa luz ya no es un pequeño haz de luz.
Ya no es el sonido de una gotera, no es un susurro
Es un as de luz
Es una salida
Es la hora de escapar
De irme de esta oscuridad
Ahí está, es hermosa, es bella es la libertad
Estoy seguro, es así, ahí debo conseguir el camino a la libertad
Es ése el sitio donde debo conseguir lo que aquí se me ha negado
Es ahí donde debo estar
No aquí, no en esta oscuridad no es este vacío
Esa luz
La conozco
Sí la he visto antes, es esa luz
Es ese sonido
Es ese susurro
Si sé que es, sé de dónde viene, se hacia dónde va
Sé cual es la salida
Es ahí, esta luz me envuelve
Esta luz me guía a ese lugar
Ese lugar en donde sé quien soy, ese lugar dónde en realidad soy
Sí, ahí están las paredes, las ventanas, las puertas e incluso esas personas, ellos
¿Pero quiénes son ellos?
¿Porqué visten así, qué llevo puesto?
No, esto no está bien
No está bien
Esto no está bien
Suéltenme, ¿qué hacen? Suélteme
No estoy loco, estaba atrapado ahí en ese lugar
¡Estaba atrapado ahí estaba atrapado en su mente!
No podía salir…
No podía salir…
Delirium tremens
Correo: ancalexx3@hotmail.com
Locura fue querer ser ciega, cuando por fin pude ver la verdad, sabiendo ahora que tu amor por mí no fue certero y que sólo fui tu novia de papel; locura es querer recordar buenos momentos a tu lado, y por más haber buscado en las entrañas de mis recuerdos, no poder encontrarlos.
Haber caído en la incertidumbre fue el más grande momento de locura, cuando eras el que me producía esa confusión, y la solución era más fácil de lo que parecía, frente a mí había otro que con el tiempo descubrí que vale más de lo que en ese momento creí.
Locura fue haberme despertado con la más loca idolatría por ti; con el transcurso de la mañana estaba dudando, pura incertidumbre; luego, ya en la tarde me encontré curando mis heridas; y al finalizar el día, en la noche, me vi dándome la oportunidad de querer a alguien más; y ya antes de dormir, meditándolo me di cuenta de que le quiero profundamente…
Locura es no arrepentirme de lo que viví, sólo porque aprendí, es que ese alguien, me hizo caer en esta otra loca felicidad que hoy estoy viviendo.
martes, 22 de marzo de 2011
Llegó el gran día
Tic que tac, señores.

