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miércoles, 22 de julio de 2009

El postre que no crece y Dulce destino

Por Samar Hokche

El postre que no crece

Él sólo quería llegar a la hora de la merienda. Los pasos hacia la cocina resonaban más fuertes en su oído, los latidos de su corazón aumentaban a cada segundo que pasaba, inmóvil frente a la televisión dejaba correr su imaginación, soñaba con la fiesta de sensaciones que su paladar experimentaría porque sabía que pronto escucharía ese satisfactorio “clap”. Esperaba con tantas ansias ese momento del día, en el cual le traerían en un práctico frasco de vidrio su sabor favorito: frutas tropicales. Que dulce era la vida mientras saboreaba ese suave y cremoso puré, para el un postre, para la mamá una forma rápida y sana de alimentar a su hijo. Seguro que de vez en cuando te provoca una compota y sin poder evitarlo, te sigue encantando, probablemente porque nos hace revivir nuestra infancia a cada cucharada que nuestra lengua tiene la dicha de deleitar, ¿y a quién podemos culpar?, ¿a nuestros padres, por introducirnos en ese mundo al cual no podemos escapar? En fin, no importa a que edad la comamos, sabemos que no está en nuestra metas dejarla y es que la compota es el dulce que nunca crece, ¿o somos nosotros los que nos negamos a hacerlo?

Dulce destino

Era una noche de invierno y las frutas se encontraban reunidas en la cocina. Algo les decía que su fin pronto llegaría, todas las señales se encontraban frente a sus narices: la tabla para rebanar, todavía con restos de sus antiguas amigas, los filosos cuchillos listos para sacrificar, las ollas y bandejas enmantequilladas para depositar los restos sin vida. ¡Oh pobre destino les esperaba a aquellas jugosas frutas! ¿Qué harían de ellas? Muchas aseguraban que las usarían para un pie, ó una torta, y “¿por qué no una mermelada?” decían las más dulces, sin embargo tan sólo en una cosa coincidían, en esa helada noche una fruta caería, ¿pero cuál sería? Ante la duda y el terrible miedo de morir en el penetrante calor del infierno -llamado horno para los humanos-, hubo algunas que se escondía tras las más grandes, otras que abandonaron la cocina en busca de una mejor ventura. De repente se levanta la roja y dulce manzana, y abriendo camino entre todas las demás se apoya sobre la patilla, anunciado que se ofrecería para ser sacrificada, ella sabía en lo más profundo de su semilla que no importaba si iba a ser rebanada, cocinada ó aplastada, de todas formas tenía la esperanza que harían de ella el mejor postre. Todas las demás sorprendidas por su valentía, se despidieron con un fuerte aplauso de su querida amiga, agradecidas por haberles salvado el día. La hora de la verdad había llegado, y con mucha razón nuestra pequeña heroína había acertado, convirtiéndose en un suave y delicioso puré llamado compota.

De Ciruelas.

Para nadie en Venezuela es un secreto que la Morgue de Bello Monte, en Caracas, amanece los lunes a más no poder con los recipientes físicos de decenas de desgraciados que se metieron por la calle equivocada en el momento equivocado. La morgue es un pandemonio por dentro. Tierra por todos lados, sistemas de enfriamiento que ya no sirven y pocas recámaras para las multitudes inertes que ingresan. Si alguna vez te animas y entras, te advierto que mires al suelo, pues no es anormal que ese sea el lugar de muchos cuerpos.

La mayor parte de estos cadáveres son reclamados por familiares y, después de la autopsia, son entregados para sus respectivos funerales. Pero existe un pequeño grupo que nunca es reclamado. Pasan los días y nadie los va a buscar. Su ausencia no representa una diferencia para nadie; son los “menos muertos”, los que no tienen dolientes. Estos cuerpos son trasladados a fosas comunes para recibir sepultura en masa. Si te armas de valor suficiente, vete a estas fosas comunes y, lo más discreto posible, abre la quinta tumba en masa, en sentido de las agujas del reloj. Lleva mucho dinero, por si te descubren. Lo primero que notarás cuando consigas los cadáveres desnudos es que a todos les falta la mitad del cráneo. Alguien les ha removido los sesos. “¿A dónde van a parar los sesos de todas estas personas?” pensarás.

Medítalo la próxima vez que te comas una compota de ciruelas.

El Compota

Por Guillermo Geraldo
Obama; un negro con leche

Yo soy Víctor Hugo, así me puso mi papá por el famoso escritor, y es qué cómo no saberlo si mi papá se lo dice a todos sus amigos, aunque como que conmigo se equivoco, porque a mí lo que me gusta es la pelota, y come’ bastante; compotica me dicen por mis cachetes, cosa que me arrecha. Cuando tengo hambre y no encuentro cómo decirlo, entonces me pongo serio y llega alguna tía a agarrarme los cachetes, a cargarme y a hacerme morisquetas. La vaina es que como aún no puedo hablar ¡claro!, si lo que tengo son seis meses fuera de la barriga de Ana (mi mamá), al final lo que me queda es llorar pa’ que me paren bola’ y bueno, dicen que Galarraga le decían compota por lo gordo, quién quita que cuando sea grande sea como el “come dulce” o el “gato”, sea “el compota” Víctor Hugo.

martes, 21 de julio de 2009

Compota de manzana. O de fresa.


José Leonardo Riera Bravo


- Papa, dame una compota de manzana –dijo Moisés, provocando el silencio en aquel lugar que, más que una bodega, parecía una licorería.


Las personas que allí se encontraban bebiendo miraron fijamente a Moisés. El vendedor también. No obstante, éste retrocedió lentamente en busca de la compota antes solicitada.

La tomó con sus manos y se la entregó a Moisés, quien, dándole unos golpes por debajo, la abrió y empezó a comerla. ¡Ay, vale!, dijo uno de los borrachos, ¡cómo le gusta la compota!. ¡Si quieres te doy compota de cambur!, dijo el vendedor alzando la voz de tal manera que la única frase que se oyera, aún por encima de las risas y burlas de los demás, fuera la suya.

¿Qué es lo que es, mamagüevo? –dijo Moisés rápidamente, antes de sacar una pistola y darle un tiro al vendedor.

El cadáver quedó en el piso. El alcohol sin nadie que lo bebiera. La compota sin terminar, y la bodega sin vendedor... y sin clientes.

Quédate con el vuelto –dijo Moisés al lanzarle un billete y la compota al cadáver. Allí en el suelo, sangre con compota, parecía, más que nunca, ser de manzana. O de fresa.

domingo, 19 de julio de 2009

Fragmento

Por Noelia Depaoli

Me había confesado que todavía tenía la pueril costumbre de comer compota (aquel horroroso y espeso brebaje con que alimentan a los niños) y que quería que yo la probara.

– Es un nuevo sabor: coco, te gustara, come. Decía dichoso mientras estiraba la cucharilla colmada y me sonreía con la lengua afuera.
– No hay nada de especial en su sabor, aun reconociendo que tuviera sabor alguno, no es algo que yo quiera volver a probar. Me acorde de aquella vez en la playa, cuando se acercó Felipe, su hermano, hombre obeso y repulsivo, cuyo aliento exudaba anís y con quien yo estaba saliendo porque necesitaba dinero.
– No, no quiero, ¡me da asco! Y no era su sonrisa amarilla lo que me disgustaba, sino el recuerdo vívido y espantoso de Felipe, comiéndose la compota de su hijo, cuyo contenido se derramaba por debajo de su mandíbula abierta y ebria, hasta llegar a su cuello grueso, sudoroso y sucio para luego decirme, jadeante:
– ¡Lame!
Deseo al que accedí, sin darme cuenta de la oscuridad de ciertas corrupciones.
Fragmento tomado de "Los edificios más altos".

Paso del tiempo

Por Andrea Gómez

Fue en ese momento. Fue justo en ese momento que la verdad la golpeó sin compasión. Alimentaba a su hija mientras ella veía estas nuevas series de televisión donde todos empiezan a cantar de repente. Vio la compota y tuvo una especie de deja vu: hace muchos años ella era esa niña, que en vez de distraerse con la televisión lo hacia con muñecas; en fin, se dio cuenta de lo insignificante que es la vida, de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo poco que se puede hacer para evitarlo.

Entonces se recordó alimentando a su madre quien no podía levantarse de su cama por una enfermedad mortal, sí, la estaba alimentando también con una compota, a su madre, quien le daba a ella las compotas cuando era pequeña, cuando estaba enferma.

Llegó a la conclusión de que ese alimento es uno de los primeros en comer y uno de los últimos en digerir, y se rió porque no quiso llorar.

Bebé Gerber

Por Moisés Lárez

Pensaba que era distinta porque estaba embarazada. Desde su puesto veía con envidia cómo se llevaban a sus amigas de Durazno, Pera y Manzana. Y ella, Guayaba, era la única que no era querida por los demás. Un día un niño la tomó, amagó que se la iba a llevar, pero cuando notó su embarazo la dejó de nuevo en el estante y no se dio cuenta de que la había dejado al revés. Ese fue el momento más feliz de toda su existencia, pero también el más triste, determinante. Al revés no podía comunicarse con sus amigas y era menos atractiva aún para la gente: se quedó aislada y sola. Por eso decidió despedirse de este mundo y abandonarlo todo. Así que hizo lo mismo que había hecho Mostaza aquél día: lanzarse al precipicio. En el instante en el que saltó recordó el momento de su embarazo, cuando en pleno camión desde la fábrica hasta el supermercado se golpeó con varios amigos, le entró un aire y empezó a abombarse. Todos dijeron que estaba embarazada. En el aire, mientras se aproximaba al suelo, se arrepintió de haber saltado; de que eso que llevaba adentro muriera con ella, aunque siempre tuvo sus dudas con respecto al embarazo, porque nunca se hizo una prueba.

Como estaba al revés cayó cabeza abajo y no quedó desparramada como Mostaza. Su tapa cedió con el golpe, ella dio media vuelta y giró en círculos por el piso, intacta, a su vez que todo el espeso líquido amarillo que tenía por dentro se le salió hasta que quedó vacía y se mantuvo esperando que lo que había parido le dijera “mamá”.

Concepción

Por Gabriela Valdivieso

«Se oyen los balbuceos del soñado bebé de ojos azules: “Ota”, “compoh”. Imagen de la compota con la voz en off: “Las mejores mamás reconocen sus llamados”». No no no no no, muy cursi… Vamos. «Una niña pronuncia, sin cesar, palabras como: “paleta”, “patata”, “muñeca”, “princesa” y otras palabras de tres sílabas. Sale entonces la imagen de la compota acompañada de un: “Las mejores palabras son parecidas.”.» Pausa, qué va. Más minimalista, más breve: «“¡Plop!”, el sonido de una compota abriéndose, seguida de la sonrisa de un joven.» Arg, fatal. Ummmm. «Niño y adulto están sentados frente a frente en la mesa. En el centro permanece una compota que ambos miran fijamente. Y es que, anuncia la voz en off: “El niño come compota para ser grande. El grande come compota para sentirse niño.”» ¡Ya va, ya va! ¡Lo tengo! ¡Los distintos públicos!

«Primer plano de una repisa del estante del supermercado. Vemos una única y solitaria compota que descansa en un espacio vacío y luminoso. Entonces se presentan una a una las situaciones. Todas veloces, llamativas. Iniciamos con el encuadre de la rueda carrito del supermercado y el zapato de una mujer. Suenan la chillona ruedita y el angustioso taconeo. De pronto vemos un dedo índice infantil apuntando. Aunque no lo veamos, imaginamos que es el bebé ideal, el de los ojos azules que apura a su madre hacia un objetivo. Oímos balbuceos nerviosos. La insistencia por llegar debe ser palpable. Luego vemos un joven que, nervioso y apurado, mira a los lados, espera no ser visto, espera ser más rápido. Un bastón y sus dos piernas, acompañado de "Disculpen, jóvenes dejen pasar a esta mujer enferma", se mueven deprisa por los pasillos. Imágenes alternadas de las historias, todas al compás de los latidos del corazón. “Pum pum, pum pum, pum pum, ¡PUM!”. Silencio. Imagen en blanco, un segundo y “¡¡¡¡¡¡CHAN!!!!!!!”, sonido de un platillo de batería. Entonces se nos revela el conflicto: Todas las manos rodean, a su modo, contextura, decoración y nivel arruguístico la valiosa compota. Zaz. Nada más. Imagen a negro.» ¡Voilà!