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lunes, 1 de agosto de 2011

Princesas

Te presentamos a ti, querida lectora, la nueva y mejorada guía, que la podrá a usted a un paso más cerca de ser una verdadera princesa, la protagonista de su propio cuento de hadas. Guía exclusivamente diseñada, para todas aquellas mujeres que han perdido la esperanza en los finales "color rosa".

Parecer una princesas con tan solo 10 sencillos tips:

  1. Comprar una tiara. Si su presupuesto no le alcanza puede adquirir una de plástico.
  2. Teñirse el pelo de color amarillo. Para mayor credibilidad, usar lentes de color azul.
  3. Retirar de su armario todo lo que no sea de color rosado o violeta.
  4. Sonría mucho, incluso si se encuentra encerrada a lo alto de una torre.
  5. Tener una madrastra malvada. Nota: Al conseguir tu madrastra malvada, asegúrese que venga incorporada con un par de hermanastras de tipo celosas.
  6. Entender y poder comunicarse con los animales, preferiblemente a través de canciones. Dictamos los cursos, para mayor información comunicarse con 0800-HADA MADRINA.
  7. Conquiste un hombre que tenga complejo de héroe, y que su cita ideal sea matar dragones mientras la salva de un incendio.
  8. No acepte nada gratis. Nunca se sabe cuando esos "pequeños regalos" podrían estar envenenadas.
  9. Busque un hada madrina que trabaje las 24 horas del día. Es importante que sus hechizos duren después de la medianoche.
  10. Nunca vaya a un baile sin una zapatilla extra.
También podría adquirir la versión extendida que incluye el nuevo libro: "Viviendo mi felices para siempre". Para mayor información, escriba al correo: yosigoesperandomihadamadrinaymiprincipreazul@hotmail.com

jueves, 28 de julio de 2011

Aquellos Días de Gloria

Para salir a la calle, se ponía una chaqueta, un pasamontañas, lentes oscuros. Hasta guantes. Por supuesto que todavía lo reconocían, pero por lo menos lo estaba intentando.

Recorría el bosque. La primera parada era en El Caldero de la Bruja, buscando la mentada poción para el dolor. Era la fase más delicada de las compras porque siempre había algún pajarraco curioso, alguna hadita con ganas de chismear. Querían comprobar que el Lobo Feroz era una sombra de aquella bestia famosísima.


Agarró el frasco del anaquel y se miró reflejado. Ay, Lobo, aquellos días de gloria. Todos los cuentos te querían en el elenco, cuando Caperucita dio un paseo por la campiña, cuando los tres cerditos quisieron vivir por separado, cuando el niño gritaba “lobo” hasta que la estrella apareció. Eran días de cuentos y noches de parranda. Se volvió loco con todas las groupies, desde sirenas hasta algunas de las hadas que hoy le echaban tierra. El mundo está plagado de ingratos.


Ahora los malos de los cuentos eran hechiceros malvados, clones sin corazón, espíritus sin imaginación. Lo echaron en el baúl de los recuerdos. Mucho había pasado desde la última vez que estuvo en la portada de un libro –y no veía cerca su retorno al medio que ayudó a construir. Esa era una de las cosas que le hacía aullar por la noche. Los estúpidos aún creían que aullaba de hambre.


Fue al mostrador y montó la poción.


–Lobo –dijo la Malvada Bruja del Oeste–. ¿Cómo estás, mi vida?


Una vez se rapó todo el pelo del cuerpo y se puso lentes de contacto violetas. En una dimensión donde toda clase de criaturas puede existir, a él todavía lo reconocían. Era deprimente.


–Aquí –contestó–. En esta esquina.

–¿Como cuando yo era pobre? –la bruja agarró la poción y le pasó el código de barras por la máquina.
–Como cuando tú eras pobre.

La Bruja cobró. Echó el frasco en una cesta.


–Son veinte diamantes, Lobo.

–Bruja, ¿te puedo hacer una pregunta, y me perdonas la indiscreción?

Ella se inclinó sobre la barra. Sus senos se abultaron bajo el escote. Verdes, como manzanas.


Por supuesto, mi vida. Soy toda tuya.
–¿Cómo lo lograste? Más de sesenta años de que apareciste y todavía eres popular. Sigues saliendo en cuentos, te inventan nuevas versiones. La gente quiere saber quién eres. Tienes hasta un musical.
–Ay, mi rey –sonrió y fingió echarse aire con una mano–. No es un trabajo fácil, eso sí te lo garantizo.

“Wow, sí. Te ves tan cansada” pensó Lobo.

Se sacó los diamantes de la chaqueta. Agarró la cesta.

–¿Cómo están esos dolores? –preguntó La Bruja.

–No me duele. Es para tener, por si acaso me llego a enfermar. Uno nunca sabe.
–Por supuesto, Lobito, prevención.
–Adiós, Bruja.

Dio media vuelta y cruzó el pasillo, con las pezuñas causando pequeños besos sobre las baldosas del suelo. A mitad de camino paró. Volvió la cabeza.


–Bruja… ¿no piensas nunca en…? Tú sabes. El pasado.


Bruja, que miraba algo sobre su caldero (burbujeante, cubierto de vapor, verde y espeso), alzó las cejas. Contestó sin verlo.


–¿Dices… tú y yo?

–Sí.
–Ay, no mucho, Lobi. Eso pasó hace tanto… y sabes cómo es El Fauno, es medio celoso.

Lobo bufó. Se lamió una pata y se la pasó sobre el hocico.


–Claro –dijo–. Yo tampoco pienso en el pasado.


La segunda parada era en el barbero. Jareth era un artista de la estética, pero podías pasar horas perdido en el laberinto. Y bastaba que lo viera un goblin para que se enterara otro y si hay una cosa que corre más rápido que el fuego son los rumores. Azulejos con cámaras se le echarían encima y ya se confeccionaba el titular con la fotografía más humillante, “LOBO FEROZ PERDIDO EN EL LABERINTO: fuentes dicen que huía de Campanita”. Era tan vulgar y artificial; Lobo conocía a un reloj cantarín que tenía más creatividad.


Terminaba de vuelta en la cueva. Se quitaba los lentes, la chaqueta y todo lo demás, se daba un baño en el arrollo y se echaba un trago de la poción. Picaba en la garganta, pero la mejoría se hacía casi al instante. A veces la mezclaba con un poquito de Bebida Espiritual, de los Cementerios de la Historia Sin Fin, como para darle un toquecito extra, para que de paso le quitara la tos. Y se sentaba frente a la calabaza.

Lo primero que salió en la cuenca era una vieja amiga, Caperucita. Bailaba con los Siete Enanos (“eso no tiene sentido, ni siquiera son de la misma historia”, pensó) y se contorneaba como serpiente. Una vergüenza. Lobo cambió el canal. Los Tres Cerditos hablaban de cómo construyeron un imperio, del negocio de bienes raíces y opinaban sobre la inducción de muggles a la magia, que era algo sobre lo que ninguno de los tres tenía idea, pero igualito parecían expertos. Hijos de puta chanchos. Cambió el canal otra vez. Ya no hay respeto. La Sirenita estaba en The E True Fairyland Story, hablando de Úrsula, de lo arpía que era, de cómo convirtió a su papá en menos que un parásito y, de paso, se veía ho-rrí-ble con ese sobrepeso.


–Jajaja, Úrsula, qué maldita –rió Lobo y se echó complacido con el espectáculo.

Entre la Urilex y la Rapacus

Inquieto y sin sueño, le pidió a su padre que le contara un cuento.

-Pero uno especial, papá.
-¿Especial cómo?
-¡Un cuento de terror!
-Pero no vas a poder dormir, no no, ¿qué tal un cuento de vaqueros en el cercano este.
-No, ¡quiero uno de terror, pero ya sé! ¡uno sobre lo que te da terror a ti, no a mí, papá! Así podré dormir.

El hombre pensó, y astuto ingenió:

-¡Bueno!... Verás, muy muy lejos, arriba hacia las estrellas, entre la Urilex y la Rapacus, hay un lugar único: No es propiamente un planeta, es como una nebulosa que, sin forma y sin masa, no se ve, pero se oye y se siente. Este espacio peculiar es el lugar que habitan las hadas.

-¿Hadas, papá? ¡Hablamos de terror!

-¡A ver, debes esperar! Lo que pasa es que estas hadas son extrañas. Cuando hablamos de hadas nos elevamos y pensamos en magia y vida, pero no. Estas hadas son oscuras y solitarias, vagan sin norte y sin fin. Arrastraban sus amarguras entre las colinas galácticas invisibles. A veces, en los malos días no sólo se atravesaban entre sí sin voltear, sino que se peleaban y terminaban arañándose. ¡No querrás nunca que un hada se enfade contigo! Ves una cosa espeluznante: Se cruzan sonrisas falsas, miradas desteñidas, y chispazos negruzcos.

-¿Y por qué están así, por qué no revolotean por ahí torpes y alegres como se supone que son los espíritus del bosque y esas cosas?

-Aunque no lo creas, nadie lo sabía, hasta que uuuuna de las hadas se lo preguntó y buscó respuesta. Naina era su nombre. Naina se tropezaba como las demás, pero no era igual que ellas. Un buen día, cansada de tener tener las uñas sucias y el ánimo apagado, se animó por entender su presente y cambiarlo.

Leyó libros de las antiguas leyendas y no dio con la razón de la transición: ¿por qué antes dichosas y mágicas, estaban ahora ella y sus pares consumidas de desidia y nostalgia? Gracias a las pistas de su investigación, dio con una idea: la mayor hada conocida, la hada madrina, podría ayudarla a entender. Empeñosa, decidió ir al otro lado de la nebulosa infinita para verla y salvar su especie.

Pasó infiernos y mareas y dio con el risco más alto que puedas imaginar. Voló durante años hasta que sus alas casi se apagaron de agotamiento. Por fin llegada a la punta divisó a esta hada retirada, una vieja de carnes sueltas. Era casi imposible pensar que centurias atrás haya sido tan esbelta como contaban los vientos y las más dulces historias.

Aquella no tenía ninguna intención de soltar explicaciones, pero hubo algo en el alma de Naina que la impulsó. Las palabras salieron de su boca primero llenas de tedio, pero pronto se solapaban, se vertían apuradas unas sobre otras. Cuentan que lo que Naina escuchó fue similar a esto:

En el pasado las hadas eran felices, como felices eran los hombres que compartían sus historias. Ellas susurraban a los niños y humanos agradables anécdotas de dulces caballeros y princesas de almas y cabelleras hermosas. Sus alas fluorescentes movían hilos invisibles que daban un brillo especial a la luz solar, y daban una calidez impensable al viento terrestre. Revoloteaban y mejoraban el mundo. En sus narraciones los pastores y las ardillas, como los reyes y las mariposas, eran aliados de los humanos. Juntos construían palacios y vidas dichosos y soñadores.

¿Pero sabes qué pasó? Es complejo. Durante milenios las hadas impregnaron a los niños de flashes de colores, pero los niños fueron cambiando. Los que solían recibir con ilusión a las ninfas y las hadas, fueron perdiendo la esperanza. Dejaban de respetarlas gracias a nuevas prácticas: nuevos medios, juegos violentos, burlas entre compañeros. Los niños perdieron la capacidad de compartir sinceramente, de empatizar con los afligidos.

Así, los susurros de las hadas se hicieron mudos. Y las figuras aladas despertaban de pronto fastidio y hostilidad. Los niños las ignoraban, las alejaban. Aquellas parecían entorpecer sus disposiciones. Atravesadas frente a pantallas incesantes, recibían por miles dolorosos manotazos, cual fueran moscas e intrusas. Las hadas lucharon, pero fue muy difícil. Exhaustas, se replegaron y flotaron inmóviles, hasta alcanzar por azar la nebulosa que ahora las reunía.

Todo esto escuchó Naina con gran pesar. Profesaba, indigna, que no entendía cómo se rindieron sus antecesoras. Cómo no lucharon por el corazón de los niños, cómo escogieron retirarse.

El hada de antiguos tiempos replicó lentamente: ¿Acaso no te has rendido tú?, ¿cuántas lunas debieron pasar para que vinieras a verme? Los niños dejaron de creer en nosotras. Y nosotras también dejamos de creer: en ellos y en nosotras. Para criticar a tus pares, deberás lograr que un niño crea, tan sólo uno. Y con ese uno, luego sólo otro. Esa es la cruzada de quien osa cambiar el mundo. ¿Eres tú?

Esa es la historia de la que se tiene registro. No hay en lugar alguno continuación de esta historia, se desconoce qué sucedió. De modo queeeee... ¡a dormir!

-¿Quéeeeeeee? Espera, ¿qué pasó, lo logró, algún niño creyó en ella?

-A veces las historias se truncan, es tarde, trata de dormir. - y salió con premura de la habitación.

Nuestro niño quedó impactado. Sin respuestas, con una historia tan fantástica como terrible. Más inquieto aún que al inicio de esta historia se dio vueltas hasta que concibió la idea que sin querer pronunciaron sus labios:

-¿Soy yo?... ¿Naina? - y juraría por el resto de su vida, que una cosa rebotó en el techo y salió por la ventana dejando una estela rosada.

miércoles, 27 de julio de 2011

Sólo de Ti


Sólo de Ti

Jessica Márquez Gaspar

Cuentos de hadas
Sueños infantiles,
Imaginación que corre
Sin detenerse,
Lo increíble es posible
En el universo mismo de la palabra.
Y tal vez no sea cierto
Lo que cuentan
Los cuentos.
Tal vez sea mentira,
Yo lo creo,
Porque de finales felices
Se sabe poco.
Son, en realidad,
Nuevos comienzos
Momentos efímeros
Que abren puertas
Que cierran ciclos
Que se alzan imponentes
Mientras no llegue la brisa a tensar sus velas
Y empujarlos hacia el norte.

Porque en aquellos momentos en que creemos tenerlo todo
Realmente no queda nada
Y cuando la lágrima termine de recorrer
Tu mejilla
Sólo quedará la nada,
Pero de ella nace todo
De ella se alza lo imposible
Y justo cuando creas
Que no existen los finales,
Y menos felices,
Y que todo final
Es un comienzo,
Llegarán a ti
Llegará a ti
La magia perdida
La inocencia recobrada
El momento perfecto en que la vida
Como en los cuentos
Y como las hadas
Quieren devolverte la ilusión
Y de las ilusiones se construyen castillos
Y de las ilusiones nacen nuevos inicios felices
Pero ni de los cuentos, ni de las hadas,
Nace la felicidad...

Sólo de ti

Un cuento de hadas diferente

Era una noche fría, oscura y deprimente, como todas desde que Marie había desaparecido. Nadie podía explicarse lo sucedido, nadie excepto Daniel, quien tuvo la mala suerte de presenciar algo que la mayoría cree hermoso. Hadas.

Primero que nada debería explicarles quiénes son Daniel y Marie, ¿cierto? Son hermanos, cristianos, de buena familia y grandes amigos, caritativos, sus vidas limpias y claras como el agua… o al menos eso daban las apariencias. Marie asistía a la secundaria de la vecindad, y Daniel apenas cursaba el quinto grado, ambos con muy buenas calificaciones.

Un día de primavera, Marie huyó de casa, o eso se creyó. Durante horas la buscaron en todos lados, incluso en la iglesia, donde decía que amaba estar. Nada. La policía no tenía pistas que seguir, ni siquiera los mejores detectives lograron dar con ella. Interrogaron a muchos, y de nadie consiguieron alguna confesión realmente valiosa. La niña no estaba, se fue sin dejar rastro. Daniel comenzó a tener problemas a las pocas semanas, estaba inquieto, nervioso, a tal punto que sus padres lo internaron en una clínica para poder controlar su estado mental.

Los doctores no conseguían que dijera una sola palabra, nadie en realidad podía lograr tal cosa. Daniel pasaba día y noche mirando la ventana de la habitación de paredes blancas, como esperando a que alguien viniera. Había dejado de ser el niño risueño y alegre que era para convertirse en un manojo de miedos. Y es justo en esta parte en donde comenzaba la historia que yo quería contarles: él sabía lo que pasaba con Marie.

La mañana del día en que su hermana desapareció, Daniel había descubierto un paquete bajo la cama de sábanas tiernas y rosadas. No pudo con la curiosidad y sacó el contenido del bulto ya abierto, pero cuando iba a echarle una ojeada, escuchó sonidos en el piso de arriba, correspondiente al ático de la casa. Era la voz de su hermana con otras voces nada agradables, parecidas al chillido que hacen las uñas contra una pizarra. Subió despacio mientras los sonidos se hacían más fuertes, escalofriantes. Abrió la puerta y se encontró con muchas motas de luz blanca que salieron disparadas hacia la ventana.

Antes de que todas huyeran, divisó dos cosas: el cuerpo de su hermana tirado en el suelo, y la última de las luces blancas que no había notado su presencia. Era un hada: pequeña y delgada, más bien raquítica, con algo parecido a piel pero más gastada y marchita, de ojos negros como el azabache, expresión fiera y colmillos filosos cual agujas. Daniel no dijo nada, no hizo falta. El hada salió despedida como las demás y todo fue silencio. En unos instantes lo que quedaba de Marie tampoco estaba, y Daniel supo que lo siguiente no sería nada bueno.

En su estado de miedo y aversión combinados, bajó de nuevo al cuarto de su hermana y buscó el paquete. Jamás sabría lo que había en él, porque también había desaparecido, pero en su lugar había una nota que rezaba:

Marie pensó que su historia podría tener un final feliz. Se equivocó, ¿cierto?


Daniel tomó el papel y lo guardó, estaría seguro con él. Salió de la habitación y cerró la puerta, dejando todo intacto. Sus padres no tardarían mucho en darse cuenta de que su querida hija no estaba, y la policía voltearía la casa una y otra vez buscando respuestas. No las encontrarían.

Marie creía en las hadas y ellas vinieron a llevársela. ¿Que por qué? Nadie lo sabe. Pero una cosa sí está clara: si crees en los cuentos de hadas, algún día descubrirás lo que son en realidad. Daniel lo sabrá por siempre, y me parece que Marie, en donde esté, lo sabe también.