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miércoles, 14 de abril de 2010

Las palabras del Presidente

Estaba a punto de cometer un error habitual o por lo menos eso pensé antes de cometerlo. La noticia de su matrimonio me cayó como una piedra en la boca del estómago, fue una amiga la que me dio la mala nueva:
-Se va a casar el próximo mes con su nueva novia.

Me quedé callada; mientras lenta y dolorosamente buscaba las palabras más sensatas que correspondieran a la magnitud de la noticia. Quizá en otro momento yo hubiera podido mostrar un poco más de sensatez, de fuerza moral para aguantar los golpes bajos que da la vida, sobre todo cuando una piensa que todo va bien. Pésimo sentido del humor y en mi caso, un pésimo gusto para las relaciones sociales:
-Hubiera preferido que me dijeras que se había muerto.

Silencio, un largo y doloroso mutismo selló lo que pensaba era una amistad intachable. Otra más que pavimentó el camino hacia mi infierno. Una mujer triste puede pensar muchas cosas malas, pero una mujer que odia piensa en una cosa mala y la piensa bien. Yo era una mujer que odiaba.

La risa burlona de mi hermana al otro lado del telefono me crispaba los nervios hasta morderme la punta de los dedos ante la ausencia de uñas.

- ¿Lo vas a matar?

Tenía ganas, te juro por mi madre que las tenía, pero no le daría el gusto al "cara de perro" de mi ex y a su mujer, la cocinera, de verme en Los Teques pagando muerto:

"Asesinado joven hijo del ministro del interior por ex-pareja loca"
"Muerto a tiros por ex-novia celosa"
"La monstrua de Mamera ataca de nuevo"

De vuelta al orgullo y decidí darme una vuelta por Margarita antes de fundirme en su olvido. La isla estaba presta a la temporada alta: turistas blancos, comerciantes negros todos en su status quo como corresponde a una zona turística. Un ser solitario en Margarita es triste y cuando esta triste, es más triste aún. Mi hermana me dijo (medio en broma, medio en serio) que me recomendó para matar unos tigritos en Porlamar, dizque luego me fuera para un hotel en Playa El Agua a divertirme, que ahí ella me pagaba todo. Pensé que sería alguna broma de mal gusto, de esas que cuando llegas al sitio te dicen que es para trabajar de puta y bueno, ya que estás aquí y no tienes nada qué hacer te prestas, porque total nadie te conoce. Igual mi dignidad la había dejado en Caracas, maltrecha entre la Solano y Chacaito, de modo que aunque fuera de puta, las cosas no podrían salir peor.

Recepcionista. Ese era el cargo prometido; con pantalón blue jean, chemise blanca y con cara de adorar trabajar en "Palmera Resort". La próxima vez pediré que me asignen al departamento de placeres y lubricantes, por lo menos así tendría algo más que contar además del matrimonio de mi ex:
-Sabes que mi hijo se casó con sutanita.
-¡Ay, qué chevere, mi amor!, fijaté que en Margarita me levanté a un alemán y me casaré con él por allá, en Hannover.
-¡Oh, chica!, ¿y cómo lo conociste?
-Bueno, ex suegrita, cuando trabajé de masajista por allá, yo era la única que podía "levantar" al alemán sin "gato".

Y la dejaría fria, en el sitio. Esa sería mi venganza, contra el mundo y contra mi ex, porque yo era una mujer que odiaba. El primer dia posé mi vista sobre un catire hermoso que se bronceaba con su amigo, un gordo blanco y calvo, en las orillas de la piscina. Estuve todo mi turno tratando de llamar su atención, pero el catire nada que volteaba y el gordo me hacia guiñitos.
Durante cuatro horas, vine, vi y no vencí a nadie. Hasta el gordo se cansó de mirar la insistencia con la que buscaba que los ojos azules del catire se posaran en mí. Al final me rendí y al terminar el turno me fui a mi hotel en playa El Agua.
Nunca habia visto un techo tan blanco. Porque eso fue lo que hice, mirar al techo y llorar viendo un canal mexicano donde el presidente de Mexico daba una rueda de prensa:

-El país estaba al borde del abismo y nosotros dimos un paso al frente.

Mi vida salió de la crisis para entrar en el caos. Salí de mi pieza. Es increible las facilidades que te da la noche para ver lo miserable que puede llegar a ser una existencia promedio. Podría hacerme una autoradiografia de mi tórax y ver sólo un agujero negro que amenaza con devorar mi cabeza.
Me asomé a un murito cerca de la playa y el océano negro me invitaba peligrosamente a una fiesta. Pensé que si me arrojaba como Alfonsina, un grupo de sirenas me convertirían en espuma de agua y yo podría convertirme en lluvia y caer sobre el cabello amoroso de mi ex por última vez, arroparlo con mis mojadas celulas llenas de amor. Pero la triste verdad era que si me arrojaba, los unicos que me recogerían serían los tiburones y quienes encontraran mi cuerpo rapiñado me tomarían fotos y nadie nunca sabrá por qué me arrojé y por qué decidí hacerlo, yo, tan "feliz" que era trabajando en ¨Palmera Resort¨. Hasta mi muerte sería triste, joder.

Fui corriendo al bar del hotel y me arrojé sobre una barra llena de turistas, le pedí al barman la bebida más fuerte que tuviera. El tipo me miró de reojo y adivinó (con toda su santa experiencia) que era una mujer que odiaba y me sirvio brandy con vodka en un vaso de plástico, mientras a los turistas se las servía en vasos de vidrio. Me senté en el banquillo de la barra y esperé el desvanecimiento etílico. Una voz me susurró un 'hola' en el cuello, volteé y sobre mi rostro contenido estaba el rostro del gordo.

El gordo tomó un banquillo y se sentó a mi lado al mismo tiempo que en mi cabeza se juntaban un millon de imágenes y órdenes que en mi temprano estado de embriaguez no podia asimilar: huye, corre, vete, dile que estas embarazada, que tu marido esta en el cuarto, que eres lesbiana, que eres hombre, pero huye. Pero seguía callada, tomé otro trago de brandy y le pedí al barman que dejara la botella en la barra. Algo me decía que la iba a necesitar urgentemente.

El gordo se río de mi ironia y cargó la botella a su cuenta. Tenía los ojos verdes y los dientes amarillos, una panza prominente mal cubierta con una franela del Boca Juniors, una bermuda beige y un par de zapatos Adidas enfundados en unas medias blancas que le llegaban casi a la rodilla. Un pelmazo, o en sus argentinos terminos, un salame.
Me pregunto el nombre, le mentí, la edad, le mentí, el número de la habitación, le mentí y todo aquello que fuese susceptible a una falsacion fue mentira. Sin embargo, el gordo no dio reparos en ello, me parecía que estaba aconstumbrado a que las mujeres le fueran especialmente esquivas. Otra existencia miserable que se descubre a la luna. Aunque en el caso del gordo, el sol también le delataba el patetismo notablemente. Tomé otro trago.

Me habló acerca de sus problemas con la mujer, que la había dejado en Buenos Aires con su hijito Matías de dos años, que había dejado la facultad hace poco y quería probar suerte en Venezuela y si le era posible reconstruir su vida aquí, al lado de una buena mujer. Recordé el matrimonio de mi ex con su nueva "buena"mujer. Tomé otro trago.

Me comentó sobre la política de los Kirchner y yo le hablé de las palabras del presidente de Mexico en la TV, le hablé de Chavez y de la Universidad, mientras él agregaba a cada tanto lo mucho que significaba el fútbol para la identidad nacional argentina y yo añadía cómo nosotros nos apropiamos del béisbol para construirnos una identidad venezolana. Tomamos otros tragos y el gordo no me parecía tan repulsivo.

Debatimos sobre el papel de Hegel en la constitución, de la epistemología científica y de cómo "La Republica"de Platón sirvió de base argumental para "El espíritu de las leyes" y "El Leviatan", las biblias de las revoluciones del siglo XVIII. El gordo y yo habíamos hecho buenas migas.

Al terminarse la botella, Javier y yo (porque su nombre es Javier) habiamos cerrado el bar. Compramos una botella de tequila y se había sacado los zapatos a orillas de la piscina. Yo me senté a su lado de buena gana. Mientras él había parado de tomar, yo seguía chupando de la botella de tequila como una sedienta y mientras él me abrazaba, comencé a hablar de mi ex y en vez de llamarle Javier empecé a llamarlo Fernando, como mi ex.
A él no pareció afectarle demasiado. Me miraba con dulzura mientras yo bajaba la mirada y veía la luna reflejarse sobre el espejo borracho del agua en la piscina. El sonido de las olas me mareaba aun más, el tequila hacia efecto y empecé a desvanecerme.

Cuando abrí los ojos, ya era de dia. El techo seguía blanco y el televisor seguía prendido. Me incorporé lentamente para descubrir que estaba desnuda y que había alguien usando la ducha. Eecordé el encuentro con el gordo la noche anterior y pensé en la palabras del presidente de Mexico:

-Estábamos al borde del abismo y nosotros hemos dado un paso al frente.

Me dejé caer sobre la almohada con la mente en blanco, había empezado a llorar. La verdad es que no era una mujer que odiaba, sino una tipa bastante triste que a las primeras de cambio se emborrachaba por no dejar una botella llena con una mala excusa o seguramente (en el peor de los casos) si odiaba, con la misma pasión que había agotado al amar. Pero el odio (al igual que el amor) te deja seco, como unos de esos cueros que se curten al sol durante la sequía. Mi cuerpo era un cadaver hueco que se ahumaba estúpidamente a orillas de un río. No tuve fuerzas para decir nada, ni para cambiar el canal mexicano que anunciaba la telenovela del mediodía.

martes, 13 de abril de 2010

Es más sencillo así

Es más sencillo así

Por Jessica Márquez Gaspar


Como mujer, el alcohol a veces parecía prohibido. No obstante, a los tragos ella no le tenía miedo. Ni mucho menos. Caminó con desenvoltura hasta una pequeña licorería en Plaza Venezuela, y compró como si nada dos botellas de ron, bajo la mirada escéptica del tipo que atendía el local.

Cuando tomas, el mundo es más sencillo.


Caminó con el licor en una bolsa varias cuadras. En un edificio conocido tocó el intercomunicador, y fue recibida por varios de sus compañeros. Quince pisos más arriba estaban los otros. No tardaron ni treinta segundos en preparar unos cubas libres “poderosos”.


Hablando y hablando y hablando. Él, tomado como estaba, empezó a confesar lo que todo el mundo desconocía: su vida amorosa. Confesado todo, vino un brindis, luego otro, luego otro.

Cuando se acercaban a la segunda botella, los seis presentes reían a carcajadas. Cometí el error de sentarme en un banquito alto, del que después no sabía como bajarme. Con ayuda de otros, hasta casi provocar que todos nos cayéramos al piso, logré alcanzar el suelo y me senté en el cómodo sofá.


Cuando tomas, no hay que pensar.


Las ideas se hicieron fragmentarias. Las conexiones inexistentes. Ya no había procesamiento de lo que se iba a decir: absoluto confesionario. ¿Qué habré dicho yo?, que ya no recuerdo. ¿Podrías creer que sólo tengo la memoria vaga de algo relacionado con el chocolate?


Hicimos una pausa para preparar nuestra especialidad: pasta con atún. Con la ayuda de todos logramos servir 6 platos sin tumbar la cocina. Comimos con hambre y con gusto. Luego me arrepentiría de esa cena tardía.


Terminado el ron llegamos a la sangría. Sólo recuerdo la brisa de aquel piso 15. Lo recuerdo a él muerto de la risa. Tenía muchísimo sueño. Íbamos a ver una película, pero no creo que nadie estuviera en condiciones de seguir el argumento.


Seguí tomando hasta que ya no sentía el cuerpo. Era más sencillo así.


No sé que dije.


Acabado el alcohol, fue momento de llamar a mi papá para que nos recogiera. Otra vez, comunitariamente, logramos sacar mi celular de la cartera. Logramos ubicar el número de mi papá y sostener el celular a la altura de mi oído. Me soplaron que decirle. A los veinte minutos había llegado.


Sigo sin saber cómo bajamos los quince pisos. Yo sé que estábamos en el apartamento, y luego en el carro.


Enfilamos por la Libertador. 60 km por ahora, o menos, era la velocidad del carro. Para mí eran 200. El mundo eran sombras que pasaban a alta velocidad, me era imposible enfocar. Me aferré al asiento del copiloto como si fuéramos en un cohete que despegaba.


En algún punto el vértigo dio paso a un estado de cuasi inconciencia o de sueño donde no sabía ya ni donde estábamos.


Creo que dormí. Lo siguiente que supe es que estaba a cuatro metros de la puerta de mi casa.

Dominé mis sentidos para introducir las llaves en la cerradura. Aunque fue un titánico esfuerzo, logré abrir dos puertas, para descubrir el horror: mi mamá estaba despierta.


En la actuación de mi vida, hablé poco, logré entrar al baño a cepillarme los dientes, y algo dije (que incluso hoy no recuerdo) que conmovió a mi mamá, hasta hacerme merecedora de un abrazo.


Subí las escaleras hasta mi habitación a paso firme, a pesar de lo mucho que ésta se movía.

Pasé el siguiente rato (ni idea de cuánto tiempo fue) observando al mundo moverse a mi alrededor. Según tengo entendido, en ese estado mandé varios mensajes de texto. (¿?)

El mundo siguió moviéndose.


En algún momento perdí la conciencia.


Desperté al día siguiente a las siete de la mañana porque tenía que trabajar, completamente afónica y con el ratón de mi vida. Demás está decir que me quedé en mi casa.

Aún no recuerdo esa noche. Pero no importa. Es más sencillo así.


lunes, 12 de abril de 2010

La Batalla De Valle Arriba

Primero es una sensación de estar acostado, sábanas pegadas en mi cara y el calor de otra persona asfixiándome.

Abro los ojos.

Me duele la espalda. Tengo la boca seca. Pastosa.

Pestañeo con fuerza y echo los hombros hacia atrás hasta que el espacio entre mis omóplatos duele. Toso. Me quedo sentado en la cama. Recorro mi rostro con las manos y, por años, me quedo ahí, respirando por la boca, los brazos apoyados en las rodillas flexionadas.

Tengo que hacer una cuidadosa recolección mental de qué fue lo que sucedió anoche.

¿Esa película de los tipos en Las Vegas? Esa vaina pasa de verdad.

Las resacas nunca me han pegado como a otras personas, ese taladro entre las sienes, esta transformación a vampiro, esquivo de la luz solar. En mi caso, siempre es un ligero desequilibrio, el mundo se sacude de vez en cuando, algo no está bien pero es imposible señalar con el índice qué.

Ayer en la tarde, con los muchachos, me dije que no iba a beber.

Luego, como a las once y pico, pienso que un solo trago no le va a hacer daño a nadie.

¿De quién es esta casa?

Tengo los nudillos de la mano izquierda raspados. El meñique me duele mucho. Abro y cierro varias veces, sólo chequeando que no me he roto nada. En alguna parte leí que “hijo, si te hubieses fracturado la mano, no podrías ni moverla.” Espero que eso sea verdad.

Inhalo y exhalo en grandes bocanadas.

Ya va.

Miro a un lado y ahí está. Remuevo un poquito las sábanas. Una mujer. Obtengo los datos como la descripción de un perfil criminal.

Latina. Entre 21 y 24 años.

Cabello largo, liso y oscuro.

Grandes aretes ovalados.

Uñas de manos y pies pintadas de negro.

Ligero aroma a manzana. Probablemente alcohol.

Me arrimo al rincón de la cama y me pongo de pie. Salgo de la habitación en pantalones y, con un terremoto psíquico, trastabillo al baño. Sé que L y F están en alguna parte y, si los consigo, si tan sólo descubro que están aquí, la crisis del fin del mundo se habrá revertido.

El suelo del baño es un campo minado, con una combinación de líquidos a la que decido no mirar demasiado. Por mucho que ignores qué fue lo que te sucedió en las últimas horas, hay cosas de las que no quieres enterarte.

A la mierda.

Tengo el pómulo derecho raspado. Abro bien los ojos, cojo agua entre las manos y me lavo la cara. Con un segundo vistazo, detallo el raspón. Definitivamente es un golpe y duele un pelo cuando lo toco. Me apoyo en el lavamanos. Nunca he tenido perfil de street fighter, así que sólo hay dos formas verosímiles en las que esto pudo haber pasado: alguien me golpeó por accidente o me he golpeado con algo, que debe estar roto ahorita.

Cojo buches de agua y escupo.

Fragmentos de conversaciones aparecen en el espejo.

“Ah, qué bolas, marico, eso no se hace.”

“Ay, maldito, en mi propia casa.”

“No creas nada de lo que te diga este carajo.”

“Yo que creía que tú eras así, calladito, con tus libros y tus cosas.”

Salgo del baño y me dirijo a la sala. Si Dan Brown estuviera aquí, escribiría un libro reconstruyendo lo que sucedió anoche. Entrando en mi destino, en un sofá directamente a mi izquierda, está una tipa.

Botas hasta la rodilla.

Chaleco y cacheteros.

Guantes negros hasta el codo.

En una mano, un paquete de chicles trident. Yerbabuena.

F está dormido unos metros más allá, con un brazo sobre los ojos y la boca abierta.

Camino mirándola, pensando en que a pesar de su apariencia muy fuera de lugar, me parece conocida.

—¡Ay, maldita sea!

Empiezo a cojear con la cara contraída en un rictus de dolor.

Me siento en uno de los bancos de la barra. Apoyo el pie en la rodilla contraria y me examino la planta. Algún hijo de la gran puta ha roto una botella en el suelo. Veo tres pequeños fragmentos de cristal en mi planta.

Fragmentos narrativos:

“Ah, marico, mañana entramos en rehabilitación.”

“¡Yo soy El Rey Lagarto!”

“¿Sabes? Siempre he querido pegar los muebles en el techo. Me da nota esa vaina.”

“A mí esa idea me parece de pinga.”

“¡Viene la POLICÍA!”

Extraigo el vidrio con el índice y el pulgar y, porque no quiero desentonar con la onda irresponsable del lugar, los devuelvo al suelo. No han cortado profundo, pero arde y voy a ir dejando un rastro de sangre para los cazarrecompensas del viejo oeste.

En el suelo hay ganchos de ropa.

Vasos de prolicor.

Una corbata.

Un desodorante roll-on sin tapa.

CD’s de Staind y Creed.

Pedacitos de doritos cada vez más diminutos.

En un espejo sobre el equipo de sonido, alguien escribió con lápiz labial “Leyendas del Templo Escondido.”

La terraza trae aire fresco y frío, con un papel tapiz del valle de la Gran Caracas. Me ubico: estoy en Valle Arriba. Sólo conozco a dos personas que viven por esta zona y, aunque el pensamiento me da la misma emoción que siente un arqueólogo al descubrir huesos en la arena, entiendo que eso no significa nada; puede que hayamos venido sin conocer al dueño de la casa.

Achino los ojos. Deben ser las cuatro de la tarde, a lo sumo. Un carajo a un lado se está despertando. Lo he visto en la universidad. No sé cómo se llama. Es uno de esos pavitos a los que miro con asquito a diario, pero recuerdo que anoche teníamos una relación como de hermanos. Está acostado sobre un puff y tiene una cobija rosada encima. Gruñe y se acuesta boca abajo. Me recuerda a la última escena de Pelotón, con Charlie Sheen emergiendo del infierno entre soldados moribundos.

Quizá eso fue lo que pasó.

La Batalla de Valle Arriba.

Transcripción de algunos comentarios:

“¡Miren, miren, miren, VOY! ¡no-JODA! ¡Así es que se lanza una botella, maricón! ¡Aprende, hijo, aprende!”

“Me dijo que tiene otros carajos, que no le importa que la bote pal’ coño. Bueno, no joda, que se vaya, que se vaya. Ah, chamo, me quiero matar.”

“¿Qué le echaste a esta vaina? ¿Es ron puro? Verga. A mí esto no me hace nada, marico.”

Me volteo y es W el que está entrando en la terraza. En medias e interiores.

Se está rascando el pecho, analizando el campo de batalla con el ceño arrugado.

—Mira, marico —dice, arrastrando las palabras. “Miiira, mariiico”—. Yo creo que deberíamos irnos antes de que Punch se levante.

Me llevo las manos a la cintura. Nos sentamos en uno de los bancos que bordean una terraza cuyo cielo estuvo permeado de estrellas, espuma y humo de cigarrillo. Me vuelvo a ver la mano y vuelvo a cerrar y a abrirla.

—¿Ya se paró Marina? —pregunta W.

—¿Quién es Marina?

—Olvídalo. Marico, nos pasamos cuando tiramos a Alfonso por las escaleras, ¿no?

Yo no tengo memorias de ese incidente.

Me pongo de pie otra vez y encaro al horizonte.

Siempre tiene que terminar así.

Regimiento 24 de los Ángeles del Desastre reportándose al servicio.

Misión: Apetito Para La Destrucción.

En el fondo del escenario, un celular suena.

Alguien entra en la sala y también se corta. La voz del “coño e’ la madre” es femenina.

Aquí en la terraza, el viento sopla, el cielo es gris y le doy una hora antes de que empiece a llover.

Suspiro.

Cruzo los brazos.

Y sonrío.

domingo, 11 de abril de 2010

La historia de Santiago y otras cosas importantes

Por Gabriela Camacho

Santiago se miró en el espejo por última vez. La camisa cerrada, exceptuando tres botones, combinaba con su tono de piel; los meticulosamente elegidos jeans; y los cómodos pero elegantes zapatos, lo hacían verse como cada sábado por la noche: genial.

Antes de salir, se fijó en la pequeña nevera situada en el fondo del salón. Allí dentro había todo tipo de licor, notándose la preferencia por el vodka al haber enormes cantidades. Pensó en la fría botella, aguardando el momento de ser bebida, y se dijo que no; ya habría tiempo de eso esa noche.

Las llaves del carro en mano y un par de billetes grandes, eso era todo. Llegó al bar de costumbre y se sentó, pidió lo que solía pedir y miró distraídamente a su alrededor. Allí estaba ella, con su vestido ceñido al cuerpo y su frágil expresión: era la víctima perfecta de la noche. Se acercó con cuidado pero con paso firme, y tocó su hombro.

Ella se sobresaltó, ¿Para qué mentir? Pero rápidamente recobró la calma y sonrió con timidez. “Ya la tengo”, pensó Santiago. La noche siguió su rumbo como él tenía pensado, ella actuaba exactamente como debía, según el plan. Cuando el trago bastó y la conversación aún no había terminado, Santiago sugirió el camino más fácil: su carro. Ofreció llevarla a su casa y ¿Quién sabe qué más?

Ni siquiera sospechó del hecho de que la chica misteriosa viviera tan alto en una montaña, debía ser duro bajar de allí cada día, ¿No? Cuando hubieron llegado al primer claro entre árboles ella le pidió que la dejara, y él como fingido caballero puso su primera objeción; ese no era lugar para una señorita a tan avanzadas horas de la noche. Le prometió acompañarla hasta la puerta de su casa, ni más ni menos, aunque creo que nosotros sabemos que en realidad sí era más.

Habiendo caminado un par de minutos desde que él seestacionó en aquel claro, la chica que iba a su lado se detuvo. Él, instintivamente, hizo lo mismo. La oscuridad era casi total, así que no se dio cuenta del momento en que ella sacaba una filosa cuchilla oriental. En menos de cinco minutos, nuestro querido pero poco inteligente Santiago yacía en la hierba hecho pedazos. Lo raro era que, ¿Cómo podía estar contemplando esa escena, si obviamente estaba muerto?

Santiago despertó sudando en el sofá de su salón, eran aproximadamente las ocho de la noche, su hora predilecta para salir. Sintió un enorme alivio sabiéndose a salvo, ¡no había salido de casa! Cuando intentó levantarse se mareó y miró hacia la nevera, que tenía la puerta entreabierta, cuidada muy de cerca por diez botellas vacías de vodka...

Amigos míos, sobra decir que Santiago no salió esa noche, ni la del sábado siguiente, más o menos por un mes. La mejor compañía era su nevera de tragos, y supo que en ciertas ocasiones la soledad era preferible. Los sueños son invenciones, son maravillas y son pesadillas, pero ¿No debemos hacerles caso, tal y como hizo Santiago?

miércoles, 7 de abril de 2010

Una guarandinga así como Cosmopolitan con Men’s Health

Una guarandinga así como Cosmopolitan con Men’s Health

Por Guillermo Geraldo Rodríguez

A todos nos ha gustado alguien alguna vez en la vida, ya sea del mismo género o del género opuesto. Pasa que siempre (incluso desde pequeños) adoptamos actitudes particulares cuando estamos frente a la persona que nos gusta. Para muestra de esto tenemos a los típicos chamaquitos fastidiando a la niña que les gusta en el aula de clase, pretendiendo así la atención de la chamita. Con el correr de los años te das cuenta de que fastidiar a las mujeres no es el condimento perfecto para conquistarlas. Pero tampoco consigues la fórmula perfecta debido a que es un tabú comprender como piensan en particular las mujeres.

Parece algún cuento de brujas, hadas y algún protagonista de corazón puro, un cuento en el que todos buscan el diamante sagrado de la vida eterna, pero sólo lo obtendrá el que realmente no lo desee.

Pero… ¿Por qué digo esto?

Resulta que sí existe una fórmula para conquistar a las mujeres. Éstas desean un hombre que converse pero que las escuche, que no sólo se ría de los chistes contados por él, pero que las haga reír por los chistes contados por él. Que sea capaz de negociar, que no le tenga miedo al matrimonio, que sepa cocinar, que sepa apreciar cuando se cambia algo del look, compra un vestido nuevo o posee algún nuevo detalle y que si llegase a casarse éste no las convierta en una doméstica gratuita. Todas, absolutamente todas las mujeres quieren algo de esto, de lo contrario no serían mujeres.

Entonces… ¿Por qué si es tan fácil la fórmula no consigues todos los culos que se te vengan en gana?

Pasa que esta fórmula es utópica. Para cualquier heterosexual del género masculino la fórmula es imposible de aplicar. No es por culpa de ellos si no de ellas. Estas carajas piensan que todos los hombres han sido extraídos del vientre de “la loba capitolina” de Roma, y que por alguna extraña razón tenemos parentesco con algún canino y en consecuencia todos somos unos “perros”. Sencillamente lo comparo con “el diamante sagrado” de los cuentos de brujas y hadas, porque lo únicos capaces de poner en ejercicio, pero sin resultados esta fórmula son los homosexuales (quienes no desean a las chamas). A quienes no los juzgan las mujeres y quienes parecen ser perfectos para ellas.

La vaina es que cuando ya dices ser heterosexual se espantan y te consiguen los mil y un defectos.

Me mudé a Bogotá hace unos diez meses. Tengo un apartamento bastante cómodo en un edificio con fachada de piedritas grises. En él también vive Daniela Carolina, una jevita con un acento colombiano sabroso, está buenísima y sin duda no aguantaba para echarle los perros. Una noche (hace unos cuatro meses más o menos) apareció en mi puerta con dos copas y una botella de vino invitándome a disfrutarla. Mentí diciéndole que no podríamos hacerlo dentro de mi casa, debido a que un amigo que estaba de paso por la ciudad se encontraba durmiendo en el sofá de mi sala y que no querría despertarlo porque al día siguiente iba a tener un vuelo a temprana hora bastante largo.

Sin ningún problema me invitó hasta su piso y en su acogedor apartamento nos servimos la primera copa. Me parecía bastante raro, Daniela y yo siempre nos saludábamos entre pasillos con bastante cariño, pero nunca había salido con ella como para poseer tal confianza. Hablábamos de temas triviales hasta que salió el tema de su novio, mejor dicho ex novio (a quien tuve la oportunidad de ver un par de veces) Estuvimos hablando del tema bastante tiempo, hasta que supo aburrirme. Ya a pocos dedos del final de la botella y entre las últimas copas Daniela me agradeció por escucharla y agregó que no debía preocuparme por pensar que yo le gustaba, que ella no tenía ningún tabú con los de mi tipo.

.- Sin duda sé que eres gay, y gracias por comprenderme, eres divino.

Titubeé pero pensé en el dilema de las mujeres y acepté fingir ser gay.

.- ¿Cómo descubriste que lo soy?

.- ¡Ay! Qué tierno y gafo eres. Es lógico, eres bellísimo, me atrevería a decir que estás bastante bueno y con todo y eso no se te ha visto una chica en los seis meses que tienes aquí. Además, me decís que tienes un man en tu casa ¡Por dios Manuel!

-¿No me digas que me equivoco? ¡Ay qué pena!

Sí era verdad que no había llevado ningún mujerón pa´ la cama de mi casa en alguna oportunidad. Pasa que soy demasiado desordenado (razón por la que no invité a pasar a Daniela aquella noche) y siempre resolvía mis folladitas en algún hotelito bueno de la ciudad o en el carro.

.- No, chica, para nada, mi vida. ¡Sabrás que por un momento me preocupé! No encontraba cómo interrumpirte y decirte que me gustan son los manes. ¡Eres divina e inteligente al darte cuenta!

Con el pasar del tiempo fuimos acoplándonos y la confianza crecía a un punto extremo. Mientras bebíamos se quitaba las camisas incómodas de trabajo frente a mí, quedándose en sostén para buscar alguna pijamita, me abrazaba y manoseaba con frecuencia. Me mostraba las fotos en facebook de la novia de su ex novio donde tenía que mentir diciendo que era fea, no sabía maquillarse y estaba gorda; cuando en verdad la susodicha del facebook estaba riquísima. Típico que tenía una cita y me pedía consejos de cual vestido ponerse (siempre por celos le recomendaba el más largo y menos escotado). Más tarde regresaba contándome el fraude bochornoso de los escenarios y patanes de cada cita, proseguía después con halagos hacía mí y a mencionar que yo era mejor que una chica, una especia de su mejor amiga.

Colmaban mi paciencia hechos como quedarme a dormir en su casa, y que durmiera en su cama, estando ella sin sostén, o que luego ella saliera de la regadera y se vistiera conmigo en su cuarto, etc. En más de una ocasión tenía que acostarme boca abajo en la cama para ocultar mi erección. Mientras tanto, al pararme, el colchón parecía las calles de Caracas con los pequeños huecos que dejaba al acostarme de esa forma y en esa situación.

Mi mamá había estado en casa durante una semana. Mi apartamento estaba ordenado y durante esa semana no había visto a Daniela. Al marcharse mi madre, dejó conmigo dos botellas de Santa Teresa (Ron que extrañaba desde mi partida a Bogotá). Invité a Daniela Carolina unos cubalibres con tequeños. Pasados de rones le dio por ponerse estúpida y mencionar “lo gorda” que estaba.

.- Tócame, nada más siente el rollo en mi barriga

Estuve serio y no comenté nada. Desde “el rollo” de su cintura subí mi mano derecha hasta sus pechos, mientras la izquierda pasaba por su espalda hasta traerla hacía mí. Nos besamos y pare usted de contar, decidí traicionar con mi mueble los hotelitos de la ciudad y dejar de echar para atrás los asientos de mi carro.

Entonces, hasta ayer fui el hombre perfecto. Como dije, era un hombre homosexual. Hoy me consiguieron todos los calificativos posibles: mentiroso, traidor, abusador, oportunista, pervertido, etc.

Por esa razón, les digo:

No les voy a mandar a escribir sobre mujeres.

Es preferible ser como uno es frente a la caraja que nos gusta y no fingir vainas como que eres pargo, compresivo y melancólico: después es mejor. Acepta que te gustan las birras, el fútbol y Los Simpsons.

Y escriban mi pauta sobre “las curdas memorables que han tenido” y si no han tenido alguna, escriban una de sus panas, o del pana de sus panas. La curda anecdótica que conozcan. Porque hasta los evangélicos y testigos de Jehová tienen panas borrachos. Si no, no eres de este planeta.