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martes, 22 de marzo de 2011

Contar para dormir

Contar para dormir


Jessica Márquez Gaspar


Hora 32


Hubo tiempos más sencillos. Tiempos en que los problemas eran de plastilina, de plegados y de una felicidad construida sobre la ignorancia de la inocencia o la inocencia de la ignorancia. Aquellos tiempos, sin embargo, siguieron corriendo como los relojes y poco a poco se quedaron atrás con los calendarios. Hoy, donde habito, los problemas son monstruos reales, no de pesadillas nocturnas sino de la vida diaria.

Quisiera cambiar mi presente, pero no puedo: tan sólo mi futuro. El presente que vivo es el producto ya de mis acciones pasadas. O así lo expresé cuando escribía aquel cuento. Así lo sentí.

Hace dos días que no duermo. Cuando el insomnio te ataca, las fronteras entre la vigilia y el sueño se hacen cada vez más delgadas, se transforman en una forma de vida. Y mientras habitas en este espacio limítrofe los monstruos vienen a buscarte. Los de ayer y los de hoy.

Hora 36


El mundo se siente como un sueño. Nombres traspapelados, recuerdos olvidados y vueltos a recordar empiezan a remplazar mi presente, que es tan sólo sensaciones de colores, algunos olores, sobre todo a café, y una voz lejana, probablemente de mis profesores.

Ya no sé quién fui. Ni quién soy. Me siento como Jack. 

Hora 40


El tiempo se ha derretido para mí. La pantalla luminosa del celular ya no me ilumina, sólo me enfrente a la realidad de una madrugada insomne. Otra. Empiezo entonces a contar historias (y no ovejas), en un intento desesperado por ser alguien más y por dormir, aunque no sea yo, aunque no sea real.


Hace dos años las olas batían frente a ella. La inmensidad de un azul eterno le impedía pensar, tan sólo sentir. En un estado de paz, o algo muy parecido, se encontró incapaz de engranar reflexiones, pero con el burbujeo conocido de historias desesperadas, de relatos aún neonatos esperando ser: nacer. Cerró los ojos únicamente para dedicarse al sonido del mar, melodía jamás remedada por el hombre, pero que vive en su interior como las primeras canciones, como las notas internas de las pulsaciones y el ritmo vital de cada ser humano.


Entre sus latidos y la espuma que le rozaba la nariz, empezó la erupción de otra realidad, que no estuvo ni estaría nunca allí. Detrás de ella, la otra cara del Ávila se alzaba imponente. Nada se añora más que desde la distancia, nada se aprecia más que desde la ausencia. Así apreció ella a su querido mirador, al guardián de Caracas.


En algún otro momento del tiempo, probablemente en la tarde, en la hora de la siesta, una página en blanco se encontró con la historia. Y se hizo literatura. Amateur, inicial, aún más jóven, más inocente.


Como el Big Bang, su vida empezó. Empezó porque encontró un propósito, una forma de dialogar con el mundo, de interrogarlo. Porque encontró lectores y oyentes. Porque llegaron ellos, y él.


Desde entonces, ella inició un viaje sin destino, un viaje por el placer de viajar. Un viaje de maletas pesadas y livianas, de diversas paradas por la larga y agradable carretera que es la escritura, sobre todo cuando tienes grandes compañeros trotamundos.


Hora -


Mis párpados se cerraron. Mi respiración se hizo lenta. Mis músculos se relajaron. Mi mente, especialmente, dejó de retar al destino, abandonó el intento absurdo de encontrar respuestas y encontró, en cambio, las certezas de la felicidad de mi presente. El insomnio había sido derrotado tan sólo recordando. Recordando que en el pasado-presente-futuro (o algo parecido) están las claves de quién soy. La felicidad, entonces, pudo salir, encerrada como estaba por las dudas y el temor. Los monstruos más terribles, como diría Stephen, viven dentro de nosotros. Pero también las armas para vencerlos.

Hizo falta una historia para recordarlo. Cómo siempre él me decía. 





domingo, 20 de marzo de 2011

Víboras (II)

Previamente, en Víboras:

Visitantes blasfemos aterrizan en Andueza, estado Aragua, un pueblo casi rural. Un grupo de jóvenes descubren a la primera criatura y el precio que pagan por su curiosidad es el más alto.


2. Lluvia y Vergüenza.


Daniel, Isaac, Jairo y los demás muchachos ya tenían rato muertos cuando se desarrolló la discusión en la habitación del hotel. Habían sido jóvenes con esperanzas, con sueños e incluso alguno albergaba la fantasía de pasar a la vinotinto, irse a jugar a Europa. Pero eso ya no podría ser. Jamás.

Laura estaba sentada al borde de la cama con el celular en la mano. Afuera, una torrencial lluvia había violado al cielo, primero cayendo como una suave llovizna de vientos gélidos, luego con ímpetu, haciendo imposible divisar con claridad a la noche. Un relámpago, luego el trueno. Las calles de Andueza se encharcaron demasiado pronto y el aire se volvió pegostoso, caliente. Pero dentro de la habitación, el aire acondicionado zumbaba, acompañando al repiqueteo estático de la lluvia sobre el techo.

La pantalla del celular. El mensaje. Su esposo.

Esto fue después de que aquella criatura engullera la carne joven de los muchachos. Después de que Laura llegara a Andueza, durmiendo intermitentemente en el asiento del copiloto, sin conversar con César, ansiosa por terminar con un día tan ladilla como el que se avecinaba.

Pero ahora, era ella. Y el celular.

César seguía callado. Eso era lo peor.

Ya que todo se había descubierto, Laura se sorprendió al afrontar la realidad con resignación. Con firmeza. Sabía que el futuro de su matrimonio estaba en vilo, probablemente atrofiado y eso le hizo pensar en Augusto, su hijo de siete años, demasiado pequeño para notar que algo feo ocurría entre sus papás, demasiado grande como para no darse cuenta de que papi ya no estaba en la casa. Porque le darían la custodia a ella, la madre. César se marcharía por ahí, como hacen los hombres después del divorcio, y visitaría al niño que después se volvería un adolescente rencoroso con los dos.

Un mensaje de texto y la vida que conocía hasta ese momento había llegado a su fin. Mi reino por un caballo.

Se miró las uñas, tan cercas de la pantallita. El esmalte se estaba desconchando. Pensó en que ya tenía que pintárselas otra vez y, el verse pensando en ello, le dio un grosero acceso de risa. Fue entonces que sintió ganas de llorar.

—Sólo quiero saber —dijo César al fin, apoyado en el marco de la ventana—, ¿por qué?

Miraba hacia el estacionamiento, si bien no había nada qué ver. No importaba. En parte, se trataba de eso, de no verla.

Por mucho que se esforzara, César no podía dejar de pensar en aquellas palabras. Todo giraba en torno a aquel mensaje y al nombre que figuraba al final, el del autor. Diez años casados, él pensó que estarían juntos para siempre. Cerró los ojos con fuerza. La frase se dibujó dentro de sus párpados cerrados. “Cuando llegues” en letras de insípido digital, “voy besártela como a ti te gusta”. Se sentía como un puñetazo en la boca del estómago.

Laura, todavía en el borde de la cama, trató de contestar. Le faltó el aire. Encogió los hombros y levantó las manos. Empezó a llorar.

César se volteó. Aquello, su futura ex mujer llorando, fue la imagen más insultante que se le habría podido ocurrir. Ella no tenía derecho a sentirse ofendida. No tenía derecho a nada.

Casi tres meses atrás, estaban dándole los regalos de navidad a Augusto, cómplices en el secreto de Papá Noel.

Seis meses en el pasado, habían hecho el amor en el piso de la cocina. Sin saberlo, Laura había abrazado con fuerza a su esposo, le había lamido la oreja, le hundió las uñas en la espalda.

Eso fue antes de la infidelidad.

Por la ventana que César ya no veía, corría un hombre con las manos en el estómago. Cayó de bruces al suelo de sucio asfalto mojado. Se puso de rodillas, perdió las fuerzas y cayó de nuevo. La sangre fluyó, se mezcló con el agua de lluvia y se difuminó.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo Laura— Fueron cuatro veces. Nunca en nuestra cama.
—“Nunca en nuestra cama”, ¿se supone que eso me haga sentir mejor?

Se paró frente a ella, taladrándola con una mirada que ella se esforzaba en evitar.

—Me mentiste, Laura. ¿Quién sabe por cuánto tiempo?

Quiso golpearla. Estaba mal, era un deseo repulsivo que lo convertiría en mucho menos que un hombre. Pero por dios, qué gusto le habría dado golpearla.

Ella lloró con los codos sobre las rodillas. Con una máscara hecha por sus manos.

—Por lo menos mírame a la cara y dime que no me amas —César se puso en cuclillas ante Laura—. Mírame. Termina con esto.
Le tomó las manos, desojando su vergonzosa intimidad, destapando un rostro de pómulos rosados y lágrimas ardientes.

—Dímelo, Laura. Habla.

Ella sentía la saliva caliente en los labios. Por un momento pensó en explicarle que no lloraba buscando simpatía. Pero ¿para qué?

En el futuro, ella descubría una escena que no tenía por qué estar ahí, sentiría el aliento de la muerte vomitado en su rostro. En el pasado, hacía los preparativos para un viaje. Un compromiso social, la fiesta de quince años de un amigo de la familia que vivía en un pueblo de la Venezuela no enteramente rural, no enteramente urbano. Si tenía que estar agradecida por algo, era porque la farsa se descubrió aquí, mientras su hijo se había quedado a dormir en donde la fiesta, con amigos y primitos. Dios, gracias por no haberle mostrado esto.

César se levantó y fue a la mesita junto a la cama.

—Voy a llamar al lobby para que te traigan un taxi —dijo, levantando el auricular—. No te quiero aquí esta noche. Tú verás para dónde te vas.

César marcó un botón. Otro. Sentía asco por sí mismo al actuar de este modo. Pero no podía ser de otra manera. Hizo la llamada. El hombre del lobby le dijo que el taxi estaría esperando en cinco minutos. César le dio unas indiferentes gracias. Colgó.

—Recoge tus cosas y vete —dijo.
—¿Qué querías que hiciera? —Laura volteó— ¡Dime! ¡Lo llevé de la mejor manera que pude! ¡Dime qué…
—A mí no me estés gritando.
—…tenía que hacer, César!

Ella se levantó. Antes había sido pánico y vergüenza. Pero ahora, ahora era ira.

—¡Tú no sabes lo que es esto! —gritó— ¡Llevar años de matrimonio sintiéndote incompleta!

No era ira contra él. Contra nadie. Pero necesitaba liberarla igual.

—¿Que no debí casarme nunca contigo? Lo sé, César, lo sé. Pero ya, las cosas pasaron.

César bajó la cara. Caminó hasta la puerta de la habitación. La abrió.

—Lárgate de mi presencia —dijo—. No pienso dormir una noche más con una puta lesbiana de mierda.

Así que ahí estaba. Lo dijo. Y con ponzoña, las palabras de un demonio y no del hombre que le había llevado regalos sin ninguna razón.

Laura recogió sólo su cepillo dental y lo metió en su bolso. Ya podría volver por el resto.

Salió de la habitación esperando otra estocada, un último insulto a la espalda. Pero no ocurrió. Salvo por el sonido de la puerta cerrándose, una puerta no de la habitación, sino de un estilo de vida que ya no volvería a ser.

No recordaría llegar al lobby. Tampoco subirse al taxi.

Era un carro viejo, de metal oxidado y sin pintura en las esquinas, amplio, con aroma a ambientador de fruta por dentro. El taxista, un hombre de gorra, bigote y panza, le preguntó a dónde iba.

—Lléveme a otro hotel —dijo ella.

Laura apoyó la cabeza en el cristal de la ventana, de la misma forma en que lo había hecho horas atrás, en el carro de su esposo. Las gotas acariciaban la lámina transparente, dibujando sombras irregulares en sus mejillas.

—Ya… ya va —dijo el taxista.

El carro paró. Se activaron las luces altas.

Laura miró, distraída, sólo deseosa de llegar a otra habitación, acostarse en la cama y llorar hasta que ya no le quedara nada por dentro. No tenía ganas de hablar con Camila. Es decir, la amaba, pero este no era el momento para su voz.

—¿Qué pasa? —preguntó débil y el taxista le contestó levantando una mano en señal de parada.

Adelante. En la calle. Algo que no podía estar ahí. Bajo la lluvia, tenía el cuerpo de una mujer entre dos tenazas. La criatura la tenía. No, no era una mujer, sino una muchacha. El taxista la reconoció, tapándose la boca con horror. Vieron cómo la serpiente blandió el cuerpo femenino, que ya goteaba un líquido más oscuro. La levantó hacia el cielo y ella alzó una mano con el índice extendido. Señalando quizá a dios. La víbora la estrelló contra el pavimento, donde la cabeza de la chica se abrió como un melón.
El taxista gritó, echó la espalda para atrás y hundió el acelerador. El carro tardó en ponerse en marcha, pero al hacerlo, lo hizo como una vieja mula que han sacado del retiro para arrojarla a un largo viaje. La víbora los vio. Se movió por impulsos, por estocadas al frente. De dos estocadas, estaba frente al carro. Con la tercera, saltó, quebrando el parabrisas, hundiendo sus uñas como clavos en la cara del hombre. El taxi paró y la víbora hizo otra cosa con el tembloroso cadáver del taxista, que ya no tenía la gorra. Laura no pudo ver qué era, pero sintió el líquido caerle encima. Creyó que era agua de lluvia y pensó, no de un modo coherente, que eso no tenía sentido, porque la lluvia estaba afuera del carro, no dentro.

Miró al ser que la miraba y sintió la malicia, el hambre de aquella cosa encerrada con ella.


viernes, 18 de marzo de 2011

Pedaleó, aceleró y voló.

Por Guillermo Geraldo

Me recogió cerca de casa de la señora Di Giacomo. La neblina profunda de donde emergen los muertos de los cuentos del Nonno, estaba a favor de nosotros aquella vez, escondiéndonos. No importaba el frío durante el camino de tierra, tampoco ese brinca brinca en la bicicleta al pisar las piedras que hace doler el coxis y los riñones. Llegamos a su casa y por primera vez la madre de Fabio no estaba en la entrada mandando saludos al General, si no durmiendo. Las llaves pasaron suavemente a través de la cerraduras y éstas giraron al son de un segundero. Entramos a hurtadillas, me había quedado en medias para hacer el mínimo ruido al entrar. No cabía la posibilidad de dejarnos ver por sus padres, que no lo dejaban llevar a casa a ninguna muchacha hija de militar. Fabio encendió una vela y pasamos. La luz temblorosa y tenue, me dejaba ver en la entrada de su cuarto algunos afiches propagandística de Garibaldi y Mussolini. El fuego se esfumó de un soplido y con ello un torpe beso llegó a mis labios. Los besos siguientes se fueron amoldando hasta el punto de mezclarse con los nervios y mi respiración agitada. Mis pechos avergonzados, a pesar de ser vistos únicamente por la plena oscuridad. Pechos, asechados por el martilleo de mi corazón que desesperado gritaba y golpeaba por salir. Finalmente poco a poco se hincó de rodillas resignado a la calma después del rato posterior a un orgasmo.

Pasó por mí en aquel Fiat rojo, haciendo el mismo recorrido que en la bicicleta. Ya había abandonado su sueño por ganar il Giro di Italia. La neblina, había pasado al bando enemigo y sólo era un estorbo y un obstáculo más para esquivar los ovejos a veces en mitad de carretera. En su casa ya no era necesario esconderse (a menos para entrar), para su familia era todo un privilegio tener a la hija del General Nicoliello en casa, por los tiempos de fascismo que imperaban, además que Fabio estaba inserto en la disciplina militar para ya entonces. Los resortes de su cama y la oscuridad de su cuarto los reemplazó por el brillar de las estrellas y los amortiguadores del carro.

Y pasé por casa de Silvia Fortunato, quien había comprado la casa a la señora Di Giacomo antes de que ésta muriera. Llevaba una bolsa de pan, que abrazaba para calentar mi cuerpo, en la ausencia de sus brazos, de su calor. Sólo temía que los cuentos del Nonno fueran verdades y que de las neblinas de la muerte saliera su rostro (el de Fabio). Su casa que había sido pintada de azabache como un símbolo a los camisas negras, no había sido pisada por mí bajo su nueva fachada. No estaba el motivo que me inspiraba a entrar dentro de aquel techo, éste sólo estaba presente día a día entre las paredes de mi mente, de mi anhelo por tenerlo. Los orgasmos eran productos de la imaginación y de recuerdos. El éxtasis que derivaba al acabar se había esfumado, y encontraba suplente en las lágrimas sobre mi rostro y el miedo porque muriera.

Escuché ese gruñido que emana del roce entre las llantas y la tierra, cuando se levanta el polvo. Ni me molesté en acercarme a la ventana. A los segundos un temerario golpeteo en mi puerta se escuchó. Me cogí una cola en el cabello y abrí. Un hombre quien fácilmente entraba en un vestido mío y de cara demacrada me sonrío, Estaba ahí, para morir haciendo el amor, para desnudarme por cada estrella existente, para no marcharse jamás. Pasaron los días. Entre la caída de las dictaduras, así quedó atrás la Belle Epoque, pero el calor de Fabio persistió, hasta el punto de arrugarnos y usar la cama para dormir abrazados con ropa.

El pan ya no es el mismo, recuerdo cuando los hornos eran de leña; la casa de la esquina no es ya ni de la señora Di Giacomo, ni de la Fortunato, si no parte de un Centro Comercial. Y nuestra casa; bueno, la de Fabio, ya no es negra, la pintura se ha desgarrado con el correr de los años y los inviernos. El frío es perverso. Ahora sólo deseo que los cuentos del Nonno sean verdad y en las noches entre neblinas salga Fabio para fundirme en un último beso.

jueves, 17 de marzo de 2011

Seguiré esperando

Los pequeños detalles. Lo importante fueron esos pequeños detalles. Repetía en mi mente, una y otra vez, pensando que tal vez llegaría a creerlo.

Once años transcurrieron. Supongo que era bastante tiempo para conocer a alguien, ¿no? Ni una eternidad bastaría.
Blanco, azul y beige, colores guardados al fondo de mis gavetas. Alusiones de una época más sencilla. Viene a mi cabeza tu nombre.

"Mi amiga del colegio", así te hago mención. Jugamos, estudiamos y crecimos juntas. Mi compañera fiel de los recreos. Compartimos sonrisas, trabajos, salones. Te contaba quién me gustaba. Intercambiábamos desayunos.

Pero llegó el día en que ya no me quisiste. Construiste entre nosotras barreras que yo no entendía. Repaso los errores, los vivo nuevamente. "De los errores se aprende", es el consuelo que me queda. ¿Qué hice mal? Nadie me supo explicar.

Te quiero preguntar tantas cosas, pero mis oídos se niegan a escuchar la verdad. Tengo mi propia versión de los hechos, el punto es que tengo miedo a que me la confirmes. Fui, soy y seré cobarde.

El último día, entre lágrimas, te dije "Gracias por todo", mientras te abrazaba. No mentía, te juro que no lo hacía.
Ahora te veo en fotos. No quiero decir adiós. Pero ya no somos lo que eramos. Cambiamos y nos apartamos. De vez en cuando ese "Hola, ¿cómo estas?" y el "Te extraño", de cortesía. Entonces solo queda la nostalgia.

Fuimos huellas en la arena, un rastro de amistad tan pasajera y superficial, que duele hasta el más tenue recuerdo.

No me arrepiento de haberte conocido, claro que no. Me ayudaste a crecer. Fui parte de tu pasado. Y poco a poco me convierto en simples memorias de tu infancia.
Ya otros sabrán cómo tenerte, y tener la dicha de ser queridos. Yo mientras tanto esperaré a esa niña dulce que me prometió hace un tiempo atrás ser amigas. Amigas por siempre.

El hundimiento de Jack

A Daniela y Daniel que revolotean en mi memoria
Hay un mar de secretos en cada corazón, quiso decir Rose casi al final de la película. Más allá hay cientos de conexiones absurdas que surgen a través de los años. Olvidos, mudanzas, viejas amistades: todo un sistema de defensa que vive en el cerebro que nos permite vivir sólo el presente.
Saber una canción de Mulato, tener el pelo un poco largo, los zapatos Skechers, como los de Santiago, el argentino, y decir que mamá había ido a la descarga Belmont era lo que mandaba. Igual todo se derrumbaba cuando Katherine (¿o era Kimberley o era Ekaterine?) decía que el pan con queso y salsa de tomate no era una buena combinación para el desayuno.
Aquella era una época onírica. Las conversaciones no profundizaban más allá de por qué Zulay pestañeaba tanto o de lo bueno que había sido el capítulo de Baywatch o el de De Sol a Sol.
Oriana está en una relación con alguien. Un chamo con tres amigos en común en Facebook. Alguien que no conozco, sin embargo siento alegría por ella. Tengo años que no sé nada de su vida. Quizá la última vez que la traté fue en segundo grado. Ella era novia de Ángel, un chamo simpático con orejas largas. Luego fui a la graduación de mi mejor amigo. Ella estaba ahí.
A mí me gustaba sentarme al lado de Daniela e Irene. También cerca de Daniel. Daniel y yo queríamos dirigir un periódico. En una clase, el profesor dijo que escribiéramos un cuento. Yo conté la historia de varios Santas de planetas. El salón entero río. Daniela río, Irene también lo hizo.
El profesor dijo que yo tenía madera para ser escritor. Ahí me llenó la cabeza de ideas salidas de un manual de psicopedagogía para estudiantes de 4to grado. Muchos niños se creen todas las mentiras que les dicen. Otros se tatúan marcas con palabras aleatorias, escuchan consejos que los definen que se vuelven irreversibles.
Dos años antes vi a Irene en una discoteca. Era 28 de diciembre. Tenía mucho tiempo sin verla. Estaba igual. Más grande: universitaria. Cambiamos teléfonos y con un “estamos en contacto” terminó la conversación que desembocó en una silenciada amistad por Facebook de compartimos tales amigos en común.
Irene me hizo la primera pregunta incómoda de mi vida: “¿quién te gusta?”. De niño a uno siempre le gusta alguien. Revelarlo no siempre era lo más adecuado. “Dime, no le digo a nadie”, dijo Irene, “por favor”.
La infancia era como jugar “el amigo secreto” eternamente. Una especie de misterio por descubrir un regalo que llega en la adultez. ¿Quién seré? ¿Obtendré lo que quiero? ¿Tendré lo que anoté en el papel? Decepciones y felicidades eran repartidas aleatoriamente entre los alumnos de cuarto grado al azar de la responsabilidad de otros.
Oriana Fermín era amiga de Lía, que vive en Paraguachí, cerca de mi casa. Pero también era la mejor amiga de Ixchel, que alguna vez fue mi mejor amiga; por lo que el “Oriana está en una relación con…” me recordó a mucha gente. Ése era el núcleo de la conexión que se esparció como un líquido que recorre la forma de una neurona por toda mi memoria.
Así apareció Paula Ortíz, María Morao, Hassan, Arianna Dagna, Pablo —Pachito–, Rubén —a quien saludé a los 11 años en los carnavales de Juan Griego y ya no se acordaba de mí—, Ariana, Mariana, Jens —el hijo del alemán y Juana, la cubana—, Roxana, Devananda —que era bueno en fútbol y a quién llamábamos "banana" por ser unos carajitos—, Martín, Mario —que no recordaba bien el español—.
“Me gusta Daniela”, le dije a Irene. Inmediatamente supe que había cometido un error. Me paré y me fui. Irene le dijo a Daniela. Al día siguiente Daniel sabía. Yo se lo confesé en el transporte. Me había dicho que era un error. Yo asentí. Me había quedado sin secretos. Caminé, al otro día, en el recreo del colegio y la encontré. Irene no quería hablarme. Le dije que se había equivocado de Daniela. Que no me gustaba Daniela Méndez, mi amiga, la chama que me había invitado a su fiesta: la única a la que había ido desde que en 2do grado fui a la de Jessica, la hija de los franceses de El Tirano. Que me gustaba era Daniela, la del transporte, la de quinto grado, la única chama de quinto que me hablaba. Que era igual de bonita, simpática, pero que no cantaba la canción de Titanic en perfecto inglés como su mamá le había enseñado.
Fue un fracaso. Nunca aprendí a mentir.
Daniela Méndez” escribí en Facebook. 4 amigos en común. Una foto de perfil que insinuaba que no había cambiado en nada y lo demás privado. Yo hubiera hecho lo mismo. Alejandra Raga me dijo que se había ido a Suiza, se lo pregunté por el chat de Facebook a la vez que exhumamos historias que parecían que no iban a salir hasta el día del juicio final: clases de computación, el manduco, Titanic.
Manuela, la novia que tenía en esa época, 12 años después (y no 20 como dijo Alejandra) intercalaba canales mientras el juego de la vinotinto no terminaba de empezar. Ahí Jack le decía a Rose qué debía hacer si se salvaba. Céline Dion aprovechó el instante y sacó un montón de cosas llenas de polvo.
En la hora de almuerzo del trabajo, me provocó decirle a Alejandra vayamos y tomémonos un té. Vamos a contarnos historias de hace 20 años o 12 años. Busquemos a Santiago, JavieraJoselvis, a Luisalba Gamboa, Leomar, Adriana, Marcos, Omar, el hermano de Shaquim, la otra Alejandra: Alejandra Albornoz, a Daniel. ¿Y Daniel?, ¿Cuál era su apellido?, ¿lo recuerdas? Pero no salió nada de mis dedos.
Al año siguiente, el nuevo director abrió la puerta. “Este es el nuevo”, dijo. Y dos chamas al fondo dijeron “Moisés”. Más nunca pregunté por nadie hasta que vi el estatus de Oriana Fermín.
Ahora sólo quedan recuerdos, ganas de saber qué pasó contigo. ¿Cuántos hijos tienes? o ¿Sigues viviendo con tu mamá? Vamos a tomar un té, vamos a dar una vuelta. Salgamos de esto y volvamos a vernos en 20 años cuando el estado de Facebook de otra persona cambie. ¿De verdad no quieres averiguarlo?
Moisés Lárez

miércoles, 16 de marzo de 2011

El Lagarto Terrible




La ciudad amaneció de malas, me puse los pantalones y desperté con la amarga sensación de que este será un día de mierda, ya me había acostumbrado a la idea, cuando en la sala encuentro a mi hermana, sin ropa, curando una herida enorme en la rodilla, donde se podía ver los músculos.
- Fue una accidente de trabajo, me dice. -Sin aparentar mayores molestias, como si una rotula expuesta fuera cosa común-.
- Eres una arqueóloga. -Le dije horrorizado-.

Esta es la historia de como mi hermana llevó un dinosaurio vivo al patio de mi casa.

Yo siempre estoy listo para cosas triviales: una fotocopia mal sacada, un enredo en la cafetera, bolígrafos sin tinta. Pero, desde que murió papa las cosas han sido diferente, poco a poco, me he sumido en un extraño letargo donde solo mi hermana podía sacarme una sonrisa. Hace dos años que me mude a esta quinta, un cubil miserable con dos ventanas que daban hacia una pared, una cocina sucia y mi cama con una pata menos que remplazo por dos ladrillos apilados.
-Eres un idiota, Manuel.
- ¡Maldita sea, Manuela! ¡Vamos a un hospital!

Mama la llamó Manuela en honor a mi abuela, ella nació primero, luego nací yo y mama murió. papa me llamó Manuel porque no se le ocurrió otra cosa, luego se murió de soledad, hace un par de años. Estudie informática porque no me gusta salir de casa, hablar con la gente me aturde y perdí la virginidad cuando tenía 23 años. Manuela estudió arqueología porque le gustaban los huesos secos. Es todo.

- ¿Como te hiciste eso?
- Trabajando en el laboratorio.
-¿Te caíste?
- ¡Oh no!. fue un espécimen.

Hace dos meses volvió del Chad, habia viajado junto con un equipo de la U. de Wisconsin buscando un ejemplar de Aetheopicus para un museo en la misma Universidad, es un raro fósil que tenia una cresta sagital enorme. Se extinguió porque era parte de una calle ciega evolutiva. Cuando me lo dijo pensé en mi y en los huesos de papa muerto. Una vez le pregunte si ella podía exhumar a papa en caso de ser necesario, me dijo que solo si resultaba ser un espécimen raro. Papa era un persona muy común. Nunca le volvería a ver y ella tampoco.

- ¿Te tropezaste con un hueso y caíste de rodillas?
- Oh no, el me mordió cuando trataba de traerlo, uy no me toques que me duele.- Se quejó, mientras le vendaba la rodilla con una sabana limpia-. No quiero ir al hospital. Empezaran a preguntarme cosas y tendré que entregarlo.
- No inventes ¿entregar que? ¿el espécimen? - le pregunte, alterado-
- Claro, ¿que mas, sino?.
-No sé de que hablas Manuela. ¿estas consumiendo otra vez?
-Sabes que no. Deberías ir a verlo, pero ten cuidado.
-¿ver que? taradita.
- El dinosaurio. Esta en tu patio, se me escapo del kennel.
-No existen los dinosaurios¡ - claro que existen, por supuesto que lo sé y lo recordé porque mi hermana vive de ellos. Pero no vivos. Asumí que estaba equivocada, solo en términos genéricos- ¿seguro no es un cocodrilo?.
-No seas idiota, anda a ver y si puedes metelo en su kennel.
- ¡No meteré al dinosaurio en el Kennel! - no podía creer lo que estaba diciendo- ¿que tal si me muerde?.

Hace 20 años, papa nos leyó que hace 350 millones de años, habían reptiles gigantes en la tierra, que pisaban a nuestros antecesores que eran animalejos un poco mas grandes que un ratón. Yo no le creí pero mi hermana quedo maravillada. Creo que por eso se puso a estudiar arqueología y yo computadoras. Luego papa murió y nunca volvimos a ver el libro de donde sacó la historia.

- ¡ Anda a buscar al dinosaurio, Manuel!
-No Manuela, no! Ahí no hay dinosaurio. Solo están las matas, el tendedero y un montón de chatarra que dejo tu ex-esposo.
- debe estar asustado, escondido entre la chatarra. Por favor, ve a buscarlo. Yo vine con Gustavo para esconderlo en el baño, pero luego, cuando él abrió el kennel, el animal se escapo y le araño la cara, salió corriendo y me dejó sola. Luego se fue al patio.
-¿Gustavo?
- No, el dinosaurio. Pareces imbécil.
- ¿Viniste con tu ex esposo a dejar un dinosaurio en mi baño? ¿en la madrugada?

Una extraña sensación parecida a la ira me invadía, como si me hubieran mentido y ahora, con la verdad en las narices, me siguieran mintiendo. Cuando papa y mama se separaron, empece a consumir marihuana para olvidar un poco el letargo, luego se unió Manuela y ambos nos olvidábamos de todo, mientras en el equipo sonaba Kurt Cobain y las notas erráticas de Nirvana. estábamos tan tristes, tan defraudados. Con la ira malsana que nace de la impotencia de las cosas, todo era ajeno, todo.

- Por favor, Manuel. Busca al dinosaurio -empezó a sollozar- ahorita vendrá Gustavo, seguro que ya llamó a la policía para que vengan a buscarlo, ellos lo matarán. No comprenden nada, por favor.

Había mucha sangre en la sabana que había usado para cubrir su herida. Ya no manaba tanta sangre, pero las manchas quedaran por siempre en la sabana y la tendré que botar. Hace dos días que me despidieron de la empresa y seguramente ya no habrá con que pagar el alquiler a fin de mes. Sería un problema si viene la policía, encontraran la marihuana expuesta en la cocina y el suelo lleno de sangre. Pensarán que he violado a mi hermana, ella tiene razón, ellos nunca comprenden nada.

A lo lejos empezaron a sonar unas sirenas, se acercaban peligrosamente.
-¡vienen para acá! ¿ves? sal a buscarlo. - Manuela me agarro del brazo, mientras me miraba a los ojos, era serio- ya vienen.

Me paré y fui a la cocina a agarrar una escoba, si me atacaba un dinosaurio podría morder el palo, aunque no estaba demasiado convencido. Las sirenas estacionaron sus aullidos frente a la casa, podía sentir los pasos de Gustavo acercandose a la puerta.

- Un palo de madera ¿esta bien, verdad? digo, ¿es muy grande el dinosaurio?
- como del tamaño de un perro mediano.

Toc, toc, toc. Tocaban la puerta.

- ¡sal! ¡ rápido!. Anda a buscarlo.

fui al patio y me pare en la entrada. Me puse a recordar a papa y a mi perro muerto que enterré hace meses aquí, esperaba que el dinosaurio no hubiera tenido hambre y lo hubiera desenterrado para devorarlo, igual no podría reconocerlo como comida, pensé. Tenia ganas de preguntarle a mi hermana, pero tenía un dinosaurio que atrapar.


Marioneta de avión que va y va

Por Gabriela Valdivieso

¡Allá! FFFFFFFFFFFFFFFF suena el ave grande en el cielo.

Mamá me dice que busque las estrellas fugaces, pero yo prefiero los aviones. Dan tiempo de pedir no uno, sino mil deseos. Pido siempre barbies, cosquillas y sirenas. Pero el deseo por el que aprieto más los puños y cierro más los ojos es el sueño de surcar los cielos, tocar el sol, engordar de noches y acercarme al Dios Cosmos.


"¿Sprite, dijo?", sonrisa por acá. "Señorita, ¿qué gusta tomar?", sonrisa por allá. Cabellos recogidos, ojos delineados, boca pintada. Cualquier turbulencia emocional debe serenarse en nombre de la cortesía.

Ignorantes me envidian. Me llaman, sonrientes, "ciudadana de mundo". Me llaman "ligera de andar", "guía de los aires". Moza del aire, aeromoza y azafata soy.

A ningún lado voy, porque voy a todos indistintamente. Acompaño, no tanto "ayudo", a otros a ir por sus sueños. Mi maleta es minúscula como mi apetito porque no tengo vida ni recuerdos.

Tampoco respuestas, en el cielo sólo hay nubes, y más y más preguntas, que por qué, que quién. Hace mucho que extravié mi acento y mi origen en alguna escala. Con el síndrome "ni de aquí ni de allá" serpenteó mi identidad, pero tenuemente, como se va escapando la juventud.

Hoy quiero divorciarme de la soledad y aterrizar a la posibilidad. Las salidas de emergencia están para mí debajo de mis pies, por algún lugar lleno de luces y montañas, pero dónde, el mundo se me hico pequeño, desde acá todo luce igual.

sábado, 12 de marzo de 2011

¡Mix temporal!

¿El presente es un regalo?

Seguro, pero la vida es triple, incluye pasado, presente y futuro.

La directriz, litrómanos, es generar cuentos que mezclen los tiempos. Que sepan a la nostalgia del pasado y los sueños del futuro, que arrollen con la adrenalina del presente.

¡Para el miércoles 16!

¡Buena suerte, si es que tal cosa existe!