Mostrando las entradas con la etiqueta Víboras. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Víboras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de marzo de 2011

Víboras (III)

Previamente, en Víboras:

Laura, una mujer con un matrimonio al borde del colapso, se ve forzada a abandonar a su esposo cuando él descubre que ella tiene a una amante. Cruzando las calles de Andueza en un taxi, se ve sorprendida por una de las criaturas invasoras.



3. Presentimiento.


—¿Sientes eso? —preguntó Ramón Valladar.
—¿Qué cosa?
—Eso. En el aire.

Ramón señaló con el índice, a la ventana, a la lluvia, al exterior. Sobre ellos, el ventilador seguía girando, marcando los segundos con un suave y trémulo ronroneo.

Pensó en explicarle a su subalterno esa sensación, un desasosiego para el que las palabras se mostraban limitadas. Nunca, en sus cincuenta años de vida, había sentido tal incapacidad para expresar sus ideas (ni siquiera después de los dos tiroteos en los que había participado). Sintió unas profundas ganas de aguardiente.

Javier levantó el teléfono, lo colgó y volvió a intentarlo. Colgó una última vez.


—No hay línea —dijo.


Ramón sólo pudo sacudir la cabeza. Se metió la mano en el bolsillo de la camisa de su uniforme azul marino. Extrajo una cajetilla de cigarrillos. Le golpeó el fondo con el índice y de medio de la otra mano.


—Nada funciona en este país, es increíble —dijo Javier.

—Si quieres te vas pa’ Gringolandia, marico.
—¿No viste en las noticias? Ayer. El metro dejó de funcionar. Por casi que todo el día.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”? Es el metro, de la capital.
—No sabía que tuvieses una mentalidad tan altruista.

Javier tanteó su respuesta. De todas las opciones que se le ocurrían, ninguna era exactamente apropiada, puesto que no sabía lo que significaba “altruista”. Sabía que era algo bueno, eso sí. Se puso de pie.


—Me parece injusto, esas vainas no deberían ocurrir —dijo—. ¿Supiste que estamos incomunicados, no?

—¿Cómo? —Ramón separó la cara de la ventana. Tenía el pitillo entre los labios.
—Sí. Parece que la lluvia hizo un cráter en la carretera. Gigantesco, tipo el que se hizo en la autopista de oriente hace como dos años, ¿te acuerdas?
—Salió en la prensa.
—Bueno. Lo raro es que se hizo otro en el otro acceso, por la entrada de Los Mangos.

Una gota negra cayó desde su garganta hasta su estómago y, al hacerlo, Ramón sintió la imperiosa necesidad de sentarse, de llevarse las manos a la cara. Sacarse el revólver del cinto y esperar apuntando a la puerta. Seguía incapaz de expresar el presentimiento que tenía, pero si hubiese estado conversando con su hermano (no tenía tanta confianza ni con su esposa), lo habría descrito como si alguien les hubiese declarado la guerra. Como si esperaran un bombardeo.

—No me gusta —dijo—. ¿Llamaste a la planta para confirmar cómo están con la luz?

—Ellos nos llamaron. Tobías dice que es posible que la luz falle por la noche. Y me contó del cráter, se veía desde dónde estaba él.
—¿Por qué habría de fallar?
—Te estoy diciendo lo que me dijo él.
—¿Por qué me tengo que enterar por ti? ¿Dónde está Palacios?

Javier encogió los hombros.


—No se ha reportado en toda la noche.

—¿Cómo que no, si yo vi cuando entró a las seis?
—Pero después. Salió de patrulla y más nunca. ¿Tú dices que se fue a donde la mujer que tiene por allá por… por Cagua, no era?
—No, no creo. Y todavía, ese carajo siempre que lo llamamos, responde, así esté tirando —Ramón sé sentó detrás de su escritorio. Por fin, prendió el cigarrillo—. Javier, ¿tú no has notado nada raro hoy?
—¿Aparte de la lluvia, y los huecos en la vía y que Palacios no se comunique? —encogió los hombros— No.
—Vamos a pasar por lo menos mes y medio incomunicados. Hay que llamar a la gobernación…
—Vi una estrella fugaz. Creo. Dos.
—¿Dos?
—Sí.
—Eso es imposible.
—Capaz y no era eso, pues, pero es a lo que se me pareció.
—¿Cuándo fue esa vaina?
—Cuando venía de la panadería. Al rato empezó a llover. Por cierto que la señora DaDino me tenía verde, que no conseguía a su carajito.
—¿Esos no son los que se la pasan jugando en la cancha?
—Me imagino. Le dije que se quedara tranquila, que su muchacho estaba bien. Me dijo que no, que tenía que llegar temprano a la casa para el cumpleaños de la abuela.

Ramón se rascó la cara, inhaló y exhaló una nube de tinta nicotínica.

—Qué ladilla. Me choca cuando hay carajitos —dijo.

—Esos son unos tarajallos. Se habrán quedado con cualquier carajita, o bebiendo por ahí.
—Te voy a decir una vaina, chamo. Aquí hay algo que no sé, no me cuadra. ¿No te parece raro todo lo que está pasando?
—Pues… no, no en particular.

Ramón contempló al oficial Javier Trujillo. Nunca había llevado una buena relación con su propio padre, pero de lo poco que le había escuchado de utilidad fue cuando, habiendo prevenido un accidente en bicicleta (Ramón tendría como dieciséis años), el viejo le dijo “hiciste bien. Cuando tengas dudas, confía en tu instinto”. O Javier no tenía los instintos afilados de un policía con treinta años de carrera, o los suyos se estaban oxidando y mandándole señales confusas. Aspiró más humo del cigarrillo.


—¿Tú puedes creer que aquí no tenemos ni una botellita de caña clara? —dijo.

—Hay que ir a comprar.
—Hazme un favor: llama a Mazguán por la radio y pídele que se reporte.

Javier obedeció. El ruido que salió por la radio era el mismo de un televisor sintonizado en un canal muerto, una estática que se había expandido por todos los canales como un cáncer auditivo.


—Parece que no está funcionando tampoco —dijo—. Eso sí es raro.

—Bueno, entonces vamos nosotros —Ramón se levantó, agarrándose el cigarrillo con los dedos —. Tráete unos impermeables.

Se sacó el celular de su cuna en su cinturón. La barra de señal indicaba que era imposible llamar o recibir llamadas: no había cobertura. Un exabrupto total, porque por un lado si Movilnet sirve para algo, es para la cobertura. Por otro, no habían tenido ese problema ni el 31 de diciembre.


Y entonces la puerta de la jefatura se abrió. El ruido de la lluvia vino por el pasillo y a Ramón, por un breve instante, le pareció que entraría Carola, su hijita muerta, ahogada en un accidente de semana santa hacía veinte años. Entraría manchada de barro y hojas secas, con la piel negruzca, todavía llevando el trajecito de baño que la había hecho sentir tan coqueta.

—Hola, papi —le diría, con los ojos grises, hinchados y purulentos—. Te vine a buscar, papi. Te vine a buscar, papi.


Extendería las manos hacia él, con dedos a los que hacía mucho que se les habían caído las uñas.


Ramón cerró los ojos con fuerza y se llevó la mano al mango de la pistola. El toque del hierro no le ofreció confort.


Abrió los ojos y no estaba su hija ahí, por supuesto. Las sombras venían por el pasillo hasta donde estaban ellos. Apareció Blanco, trayendo a una mujer del brazo. Ella se había arrastrado por el barro y la lluvia, pero lo que manchaba su ropa no era ninguna de las dos cosas.


—¿Qué le pasó? —preguntó Ramón, acercándose.

—No sé, no ha hablado desde que la encontré.
—¿Quién es?
—Su cédula dice que se llama Laura Gómez. No es de por aquí.
—No. ¿Dónde la encontraste, un accidente?
—Estaba caminando por la calle, como perdida, alumbrada. Casi la atropello.
—Venga, señora. Siéntese aquí. Javier, tráele un vasito de agua con azúcar, coño. ¿Diste vueltas y no conseguiste más nada? Porque esta vaina es sangre, Blanco.
—Yo sé. Pero no, nada. ¿Habrá matado al marido?

Mirándola, Ramón deseó que fuese eso. Una solución tan sencilla para los problemas en el horizonte.


—¿No te has podido comunicar con Palacios o con Mazguán?

—No he intentado, en verdad.

La mujer se levantó como si fuera una explosión, absoluta, ocupándolo todo, avasallando los sentidos. Con un grito fue corriendo a la puerta de la jefatura. Resbaló, pero recuperó el balance y eso le dio tiempo suficiente a Ignacio Blanco de agarrarla por la cintura y someterla, como a un gato desesperado por huir.


—Señora —llamó Ramón— ¡Señora!

—Se comía a los niños —dijo Laura—. Y ahora vienen para acá.



domingo, 20 de marzo de 2011

Víboras (II)

Previamente, en Víboras:

Visitantes blasfemos aterrizan en Andueza, estado Aragua, un pueblo casi rural. Un grupo de jóvenes descubren a la primera criatura y el precio que pagan por su curiosidad es el más alto.


2. Lluvia y Vergüenza.


Daniel, Isaac, Jairo y los demás muchachos ya tenían rato muertos cuando se desarrolló la discusión en la habitación del hotel. Habían sido jóvenes con esperanzas, con sueños e incluso alguno albergaba la fantasía de pasar a la vinotinto, irse a jugar a Europa. Pero eso ya no podría ser. Jamás.

Laura estaba sentada al borde de la cama con el celular en la mano. Afuera, una torrencial lluvia había violado al cielo, primero cayendo como una suave llovizna de vientos gélidos, luego con ímpetu, haciendo imposible divisar con claridad a la noche. Un relámpago, luego el trueno. Las calles de Andueza se encharcaron demasiado pronto y el aire se volvió pegostoso, caliente. Pero dentro de la habitación, el aire acondicionado zumbaba, acompañando al repiqueteo estático de la lluvia sobre el techo.

La pantalla del celular. El mensaje. Su esposo.

Esto fue después de que aquella criatura engullera la carne joven de los muchachos. Después de que Laura llegara a Andueza, durmiendo intermitentemente en el asiento del copiloto, sin conversar con César, ansiosa por terminar con un día tan ladilla como el que se avecinaba.

Pero ahora, era ella. Y el celular.

César seguía callado. Eso era lo peor.

Ya que todo se había descubierto, Laura se sorprendió al afrontar la realidad con resignación. Con firmeza. Sabía que el futuro de su matrimonio estaba en vilo, probablemente atrofiado y eso le hizo pensar en Augusto, su hijo de siete años, demasiado pequeño para notar que algo feo ocurría entre sus papás, demasiado grande como para no darse cuenta de que papi ya no estaba en la casa. Porque le darían la custodia a ella, la madre. César se marcharía por ahí, como hacen los hombres después del divorcio, y visitaría al niño que después se volvería un adolescente rencoroso con los dos.

Un mensaje de texto y la vida que conocía hasta ese momento había llegado a su fin. Mi reino por un caballo.

Se miró las uñas, tan cercas de la pantallita. El esmalte se estaba desconchando. Pensó en que ya tenía que pintárselas otra vez y, el verse pensando en ello, le dio un grosero acceso de risa. Fue entonces que sintió ganas de llorar.

—Sólo quiero saber —dijo César al fin, apoyado en el marco de la ventana—, ¿por qué?

Miraba hacia el estacionamiento, si bien no había nada qué ver. No importaba. En parte, se trataba de eso, de no verla.

Por mucho que se esforzara, César no podía dejar de pensar en aquellas palabras. Todo giraba en torno a aquel mensaje y al nombre que figuraba al final, el del autor. Diez años casados, él pensó que estarían juntos para siempre. Cerró los ojos con fuerza. La frase se dibujó dentro de sus párpados cerrados. “Cuando llegues” en letras de insípido digital, “voy besártela como a ti te gusta”. Se sentía como un puñetazo en la boca del estómago.

Laura, todavía en el borde de la cama, trató de contestar. Le faltó el aire. Encogió los hombros y levantó las manos. Empezó a llorar.

César se volteó. Aquello, su futura ex mujer llorando, fue la imagen más insultante que se le habría podido ocurrir. Ella no tenía derecho a sentirse ofendida. No tenía derecho a nada.

Casi tres meses atrás, estaban dándole los regalos de navidad a Augusto, cómplices en el secreto de Papá Noel.

Seis meses en el pasado, habían hecho el amor en el piso de la cocina. Sin saberlo, Laura había abrazado con fuerza a su esposo, le había lamido la oreja, le hundió las uñas en la espalda.

Eso fue antes de la infidelidad.

Por la ventana que César ya no veía, corría un hombre con las manos en el estómago. Cayó de bruces al suelo de sucio asfalto mojado. Se puso de rodillas, perdió las fuerzas y cayó de nuevo. La sangre fluyó, se mezcló con el agua de lluvia y se difuminó.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo Laura— Fueron cuatro veces. Nunca en nuestra cama.
—“Nunca en nuestra cama”, ¿se supone que eso me haga sentir mejor?

Se paró frente a ella, taladrándola con una mirada que ella se esforzaba en evitar.

—Me mentiste, Laura. ¿Quién sabe por cuánto tiempo?

Quiso golpearla. Estaba mal, era un deseo repulsivo que lo convertiría en mucho menos que un hombre. Pero por dios, qué gusto le habría dado golpearla.

Ella lloró con los codos sobre las rodillas. Con una máscara hecha por sus manos.

—Por lo menos mírame a la cara y dime que no me amas —César se puso en cuclillas ante Laura—. Mírame. Termina con esto.
Le tomó las manos, desojando su vergonzosa intimidad, destapando un rostro de pómulos rosados y lágrimas ardientes.

—Dímelo, Laura. Habla.

Ella sentía la saliva caliente en los labios. Por un momento pensó en explicarle que no lloraba buscando simpatía. Pero ¿para qué?

En el futuro, ella descubría una escena que no tenía por qué estar ahí, sentiría el aliento de la muerte vomitado en su rostro. En el pasado, hacía los preparativos para un viaje. Un compromiso social, la fiesta de quince años de un amigo de la familia que vivía en un pueblo de la Venezuela no enteramente rural, no enteramente urbano. Si tenía que estar agradecida por algo, era porque la farsa se descubrió aquí, mientras su hijo se había quedado a dormir en donde la fiesta, con amigos y primitos. Dios, gracias por no haberle mostrado esto.

César se levantó y fue a la mesita junto a la cama.

—Voy a llamar al lobby para que te traigan un taxi —dijo, levantando el auricular—. No te quiero aquí esta noche. Tú verás para dónde te vas.

César marcó un botón. Otro. Sentía asco por sí mismo al actuar de este modo. Pero no podía ser de otra manera. Hizo la llamada. El hombre del lobby le dijo que el taxi estaría esperando en cinco minutos. César le dio unas indiferentes gracias. Colgó.

—Recoge tus cosas y vete —dijo.
—¿Qué querías que hiciera? —Laura volteó— ¡Dime! ¡Lo llevé de la mejor manera que pude! ¡Dime qué…
—A mí no me estés gritando.
—…tenía que hacer, César!

Ella se levantó. Antes había sido pánico y vergüenza. Pero ahora, ahora era ira.

—¡Tú no sabes lo que es esto! —gritó— ¡Llevar años de matrimonio sintiéndote incompleta!

No era ira contra él. Contra nadie. Pero necesitaba liberarla igual.

—¿Que no debí casarme nunca contigo? Lo sé, César, lo sé. Pero ya, las cosas pasaron.

César bajó la cara. Caminó hasta la puerta de la habitación. La abrió.

—Lárgate de mi presencia —dijo—. No pienso dormir una noche más con una puta lesbiana de mierda.

Así que ahí estaba. Lo dijo. Y con ponzoña, las palabras de un demonio y no del hombre que le había llevado regalos sin ninguna razón.

Laura recogió sólo su cepillo dental y lo metió en su bolso. Ya podría volver por el resto.

Salió de la habitación esperando otra estocada, un último insulto a la espalda. Pero no ocurrió. Salvo por el sonido de la puerta cerrándose, una puerta no de la habitación, sino de un estilo de vida que ya no volvería a ser.

No recordaría llegar al lobby. Tampoco subirse al taxi.

Era un carro viejo, de metal oxidado y sin pintura en las esquinas, amplio, con aroma a ambientador de fruta por dentro. El taxista, un hombre de gorra, bigote y panza, le preguntó a dónde iba.

—Lléveme a otro hotel —dijo ella.

Laura apoyó la cabeza en el cristal de la ventana, de la misma forma en que lo había hecho horas atrás, en el carro de su esposo. Las gotas acariciaban la lámina transparente, dibujando sombras irregulares en sus mejillas.

—Ya… ya va —dijo el taxista.

El carro paró. Se activaron las luces altas.

Laura miró, distraída, sólo deseosa de llegar a otra habitación, acostarse en la cama y llorar hasta que ya no le quedara nada por dentro. No tenía ganas de hablar con Camila. Es decir, la amaba, pero este no era el momento para su voz.

—¿Qué pasa? —preguntó débil y el taxista le contestó levantando una mano en señal de parada.

Adelante. En la calle. Algo que no podía estar ahí. Bajo la lluvia, tenía el cuerpo de una mujer entre dos tenazas. La criatura la tenía. No, no era una mujer, sino una muchacha. El taxista la reconoció, tapándose la boca con horror. Vieron cómo la serpiente blandió el cuerpo femenino, que ya goteaba un líquido más oscuro. La levantó hacia el cielo y ella alzó una mano con el índice extendido. Señalando quizá a dios. La víbora la estrelló contra el pavimento, donde la cabeza de la chica se abrió como un melón.
El taxista gritó, echó la espalda para atrás y hundió el acelerador. El carro tardó en ponerse en marcha, pero al hacerlo, lo hizo como una vieja mula que han sacado del retiro para arrojarla a un largo viaje. La víbora los vio. Se movió por impulsos, por estocadas al frente. De dos estocadas, estaba frente al carro. Con la tercera, saltó, quebrando el parabrisas, hundiendo sus uñas como clavos en la cara del hombre. El taxi paró y la víbora hizo otra cosa con el tembloroso cadáver del taxista, que ya no tenía la gorra. Laura no pudo ver qué era, pero sintió el líquido caerle encima. Creyó que era agua de lluvia y pensó, no de un modo coherente, que eso no tenía sentido, porque la lluvia estaba afuera del carro, no dentro.

Miró al ser que la miraba y sintió la malicia, el hambre de aquella cosa encerrada con ella.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Víboras (I)




1. Un Meteoro Púrpura.


A diferencia de lo que Hollywood nos había inculcado, la invasión extraterrestre al planeta tierra no empezó en Nueva York, ni en Los Ángeles. Tampoco en Londres, París o Tokio.

Empezó en Andueza, estado Aragua; un pequeño pueblo de esos prontos a volverse ciudades que tanto abundan en nuestra Venezuela contemporánea.

Aunque nadie sabría cómo comenzó —y no es que cambie el resultado final—, fueron ocho niños los que descubrieron al primer visitante, todavía metido en su cápsula, caído del cielo nocturno como una estrella fugaz que perdió el rumbo. Los muchachos jugaban futbol, bebían gatorade y jugo de papelón y conversaban entre goles sobre las compañeras de clases que soñaban encamar. Eran chicos propios no sólo de la Venezuela que existe en los surcos entre las grandes ciudades, sino de una cultura en sí. Andueza no era demasiado distinta de Maracay: el sol matutino era playero, del que tuesta la piel de los hombres que venden frutas en camiones a un lado de la calle. Las grandes edificaciones se pierden entre los vecindarios (algunos de ellos muy antiguos) de casas de una sola planta. Existía un solo McDonald’s y no había supermercados de las grandes cadenas. Muchos abastos, eso sí. Entre Andueza, Maracay y Cagua estaba la planta energética. Construida en el gobierno de Raúl Leoni e inmersa en el campo, permanecía como un esqueleto al que los trabajadores acudían más por costumbre que por necesidad. En un principio, se estableció como una fuente de empleo para Andueza, de manera que sus nativos no tuviesen que irse a trabajar a las ciudades, pero como tanto en este país, los gobiernos se fueron olvidando de por qué la habían puesto ahí, la tecnología quedó obsoleta y hoy por hoy no generaba más que la energía necesaria para mantener a su pueblo satélite. Tobías Núñez, el anciano director de la planta, decía que el único motivo de por qué seguía ahí era porque mantenerla era más barato que demolerla.

Un friolento viento cruzaba las calles desde el atardecer y la noche era de cielo despejado, donde las estrellas brillaban más que en la capital. Era en una cancha en la que el césped estaba interrumpido por charcos y espacios de tierra donde nuestros jóvenes jugaban. El mayor tenía catorce años. Casi todos iban a la misma escuela, entre que los demás eran del vecindario. Tenían tres horas jugando en esa tarde de viernes que ahora era noche. Era la cita clásica de los viernes, si no tenían que ir a alguna fiesta en la noche.

Fue Daniel, uno de los arqueros, el primero que lo vio.

Estaba atento al juego, con las piernas separadas y las manos enguantadas prestas a cualquier ataque. El sudor que bajaba de su frente no lo distrajo. Con los ojos fijos en el balón, captó de reojo a la bola de fuego purpúreo que iba cayendo. Separó la visión de una esfera para enfocarse en otra. Resplandecía y chispeaba, cortando el aire. No, desgarrándolo. Por un momento parecía que el fuego azul y lila que envolvía al meteorito estaba compuesto de líquido, de gel incandescente. El balón pasó demasiado alto por su arquería y Daniel no reaccionó. Lo que sus amigos le gritaban no tenía sentido, estaba en lenguas. Entonces el meteorito rugió. Ante el súbito estallido, Daniel parpadeó y los demás voltearon, captando el último tramo del descenso, ignorantes de lo cerca que estaban del fin. Las nubes negras habían parido a este puño que dejaba una estela, como una cola anaranjada que se borraba poco a poco. Perdieron de vista al meteorito tras una colina, arriba, detrás de la cancha y no oyeron el impacto que hizo cuando chocó contra el suelo. Pero vieron el fulgor, azul y blanco.

—¿Qué es esa vaina? —preguntó Isaac.

Se habían quedado boquiabiertos, personajes de una película deportiva en la que el género cambió de pronto. El fútbol, los chismes y las hormonas quedaron atrás, olvidados en otra vida. Ahora sólo quedaba una cosa por hacer, y esa era subir la colina, ver al meteorito de cerca, convencerse de que estaban en un error, de que esto era plenamente natural, aunque una negra nuez de pavor dentro de cada uno de sus pechos les gritara que no era así.

Subiendo la empinada colina, afincando los pies y agarrando puñados de grama entre los dedos de sus guantes blancos, Daniel pensó de repente en Barbazul. No podía cavilar con coherencia en esos inconexos instantes, pero si lo hubiese hecho, habría recordado que leyó la historia en un libro de cuentos y leyendas que le regalaron en su primera comunión. Barbazul le dijo a su mujer que podía estar en cualquier habitación de la casa, menos en el depósito detrás de la cocina, que estaba cerrado con llave. Ninguno de los futbolistas amateurs articulaba palabra, sino jadeos, ocho muchachos del mismo trasfondo en un pueblo donde nunca pasa nada. La mujer de Barbazul estuvo tranquila al principio, pero con el paso del tiempo, la curiosidad la atrapó. Se asomaba sin éxito en el depósito por el hueco de la llave. Miraba por el breve espacio bajo la puerta, sin suerte. Al llegar a la cima de la colina, el terreno era llano, separándolos a ellos del cráter en la tierra por diez metros. Anduvieron en el mismo grupo, oliendo ese aroma a maní del aire quemado, sintiendo a las respiraciones pastosas entre cada hálito. Un día, la mujer le quitó a Barbazul la llave sin que este se diera cuenta y cuando el esposo se fue a trabajar, ella cruzó la cocina hasta el depósito, con la llave ya extendida al frente. Abrió la puerta y lo que consiguió fue cuatro frascos grandes, con las cabezas de las cuatro anteriores esposas de Barbazul sumergidas en salmuera. Gritó con horror y al voltearse, se encontró a su marido, que traía el hacha entre los puños. “¡Estúpida traicionera!” gritó Barbazul. “¡Lo único que te pedí fue que no fueras curiosa! ¡Ahora correrás la misma suerte de ellas!”

Llegaron al meteorito. Lo tenían enfrente.

La superficie era blanca y pulida, como un huevo blanco perfectamente esférico, del tamaño de un Volkswagen escarabajo. No tardó para que los muchachos sintieran un hormigueo en el rostro, mirando a ese emisario de otra realidad, sin fuego en las cercanías, pero sí con una cama de gel azul eléctrico, cuya cercanía les hacía saborear hierro en los labios. No lo sabían, pero experimentaban las señales clásicas de la radioactividad. Jairo extendió la mano para tocarlo e Isaac lo detuvo. Daniel se rascó la cara, mitigando por muy poco a la sensación de mil agujitas clavándosele en las mejillas. Y el huevo de hueso pulido se quebró.

Todos tuvieron un espasmo de miedo, pero no se fueron. Se quedaron ahí, mirando cómo se abría una cáscara de interior negro. Era una sopa orgánica, una membrana pulsante del color de la sangre coagulada lo que se escondía en su interior. No, no era una membrana, sino una cabeza emergente, un cuello demasiado largo, un par de brazos, dos pares de brazos, una serpiente de dorso crema pálido.

Un rostro sin ojos los miró. Una cabeza de frente metálico, liso, cobrizo, una máscara sin aperturas salvo para la boca, llena de colmillos, una hilera detrás de la otra. La serpiente emitió un gruñido similar a un eructo y abandonó su cápsula, de pegostozo moco azul, reptando hasta los muchachos. Isaac miró a esa cara sin rasgos y percibió el aliento de la criatura, de al menos dos metros veinte de altura. Un aliento como el llanto de la tierra al dejar de existir.

La serpiente lo tomó del cuello. Lo levantó del suelo.

Ninguno de los demás se movió. La criatura se echó a Isaac a la cara y de un mordisco húmedo le arrancó la mitad del cráneo. Los pies del chamo temblaron en el aire. Al soltar el cuerpo, el monstruo también escupió lo que mordió: un esputo humeante de carne, sesos, pelo y hueso.

De los siete restantes, sólo dos se quedaron paralizados y nadie supo qué pasó con ellos. Daniel los oyó gritar al unísono mientras corría de vuelta a la cancha. Resistió el impulso de voltear todo lo que pudo. Tuvo una fugaz visión de la víbora yendo en línea recta hacia él y, cuando lo alcanzó y de un veloz, confuso movimiento casi lo segmentó en dos, no sintió dolor. Cayó sobre la grama verde oscuro, con la visión húmeda y difusa, el rostro salpicado con su propia sangre. Vio a la víbora cazar a sus amigos, vio a sus propias piernas no tan lejos de su rostro y comprendió que la víbora no era sino un dragón.