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lunes, 26 de mayo de 2014

El Yaque/Parguito

Por Moisés Lárez
Amalia me dijo “corre, nene, corre” y yo hice lo posible por salvarme del muerto.

Imagen de Google Maps de los lugares de Margarita recorridos, tiempo de duración en carro y distancias. Si le haces clic, hace zoom.

Ocho horas antes, llevado por el amor y por el azar de la agenda cultural margariteña había estado en el circo. Este no era de animales y payasos; era un circo mágico: uno que mezclaba las excentricidades del vestuario de un ballet a lo Venevisión con espectáculos de ilusión y un glamour extremadamente latinoamericano; un circo donde la espuma era nieve y un Power Wheels, un carro de verdad; uno donde lo únicamente importante era la fe y no la razón, como método de supervivencia. Y por eso creo que valioso, no por un asunto personalista o religioso, sino por su construcción tan genéricamente esperanzadora y tan conectada a nuestro día a día: por ejemplo, por fe es por lo que aún se mueve este país.

Después del circo, llegamos mi mamá, quien había ido de chaperona, y yo a la esquina de La Vela y paramos un taxi. “A Paraguachí, señor”, le dije, y el bicho reviró: que era muy lejos, que qué ladilla, que no iba para allá. Detrás del viejito estaba una personificación venezolana de la profesora Dolores Umbridge montada en una Terios, “los llevo”, dijo. La doña, que aparentaba frigidez, cansancio, desamor y unos padres que daban unos buenos correazos en los 60, nos preguntó que cuánto nos cobraban hasta Paraguachí y yo dije que cien, pues, normal, lo que cobran a esa hora.

La Terios por dentro era como un “En le Petrica” –una suerte de mini abasto popular–. Había cajetillas de cigarro guindandas por todas partes, imágenes de santos, sábilas colgadas con cinticas rojas, varias harinas pan y hasta un acaparamiento de papel tualé en la parte de atrás. Apenas nos montamos, la tipa dijo “Este país es una cosa, ¿no?” y yo tardé como dos segundos en decirle algo. Me quedé pensando “Esta doña es del subtipo hablador”, pensé en SantoRobot, y pensé en el momento en el que me despedí de la chama a la que le estaba cayendo en el circo, momento en el que pensé que ya se había acabado el día y que iba a llegar sano y salvo a casa con mi mamá a dormir o más bien a escribir por Whatsapp al contarle adolescentemente a esta chama cómo la había pasado.

A los seis segundos de montarnos en el taxi, la profesora Umbridge dijo que cien le parecía muy barato para ir a Paraguachí, que a ese precio nos dejaba en la Avenida 31 de julio, que más adelante era más caro. Yo le dije que no se preocupara que eran dos cuadras y media más (que dejara la ladilla, vale, que yo sólo quería llegar a cargar mi celular que le quedaba dos por ciento de pila y no había podido subir las fotos). Dolores dijo que ella tenía la cartilla de precios de la línea del Sambil, que cien no era. Yo le dije que ella estaba en lo cierto, porque del Sambil, una ruta común para mí, eran Bs. 90. Dolores se arrechó y empezó a chillar. Hizo sonidos raros con su garganta, como si de verdad fuera un sapo, y fumaba, no como una chimenea, porque fumar así es muy cliché; Dolores fumaba como un dragón verde y gordo de Komodo que aspira un porro inmenso de marihuana con una sonrisa maligna. Así fumaba ella, mientras se le prendían los ojos en rojo y preparaba su escupido de pollo fluorescente que iba a caer sobre alguna infortunada avenida porlamarense.

Dolores se siguió quejando de Paraguachí y del precio. Dijo que no valía la pena discutir nada conmigo cuando ella era la única que discutía (¿Y para qué nos montó, vieja verde?) y que nosotros éramos unos insensibles por salir tarde; unos desconsiderados que no pensamos en los pobres taxistas que tienen que echarse el viaje para allá y después volver solos a su triste vida con apenas un poquito de dinero que no servía para pagar ni un cartón de huevos (¿Y para qué nos montó, vieja verde?). Cuando mi mamá y yo decidimos dejar de defender nuestro punto de vista nos quedamos callados. El silencio absoluto le molestó a Dolores, porque lo único que se escuchaba era el chillido de su carro que pedía mecánico. Entonces, después de pasar el Sambil y antes de casa de Paola Giovanna, la bicha apagó el carro, así de repente, sin avisarle nada a nadie y, en plena oscuridad, se acostó sobre el volante y no hizo ningún sonido. Mi mamá y yo nos cagamos mal.

Mi mamá se acordó de cuando era chiquita, se acordó de cuando me tuvo y pensó que era muy chimbo morir cerca de una planta de tratamiento, porque seguro nuestros cuerpos iban a tener hongos muy feos cuando los descubrieran. Yo pensé que qué chimbo que me robaran el celular nuevo, que qué chimbo que agarramos ese taxi feo y no uno de línea y me di cuenta de que la Terios ni siquiera tenía un letrero que dijera “Taxi” (Marico, nos robaron, weon). Fueron como diez segundos de silencio. Yo volteé a ver si mi mamá seguía viva y efectivamente estaba ahí desconcertada. Nuestras miradas que buscaban seguridad en el otro, lo que hacían era transmitir más miedo e incertidumbre.

***
Mi mamá y yo teníamos tiempísimo sin salir juntos. Yo apenas llevaba un par de meses viviendo en Margarita. Había decidido mudarme para allá porque la vida en Caracas no había sido fácil. Los alquileres estaban impagables y los sueldos eran bajísimos. Así que acepté la derrota y eché para atrás a casa de mis padres. Fue así como me reencontré con mis amigos de infancia y mi familia. Al principio fue difícil. Me costó adaptarme. Mucho más que cuando me mudé de Margarita a Caracas. Luego me fui desenvolviendo y acepté mi realidad. La isla era lo que me tocaba para rato. Así fue que aproveché de disfrutar a mi mamá y a mis amigos. Empecé a salir. Conocí gente y hasta me enamoré. En esos días, en los que estaba tocado por el amor ya había hecho planes con mi mamá y así terminé en el circo con ellas, lo que derivó, más tarde, en esta escena que parecía que iba a ser la última de mi vida.
***

Entonces, el cuerpo somnoliento, de la nada, levantó la cara, miró al frente, tocó el parabrisas con la mano izquierda y prendió el carro con la derecha, así, de repente, y siguió, sin más, siguió. No habló y sepultó su silencio hasta que llegamos a La Asunción. “Yo debería cobrarles doscientos”, oímos más adelante con una voz satánica de película hollywoodense.

Cuando íbamos por La Fuente vimos una alcabala de Guardias Nacionales. Mi mamá con toda la buena voluntad del mundo trató de romper el hielo con un silencioso y amable “Qué rara esa alcabala a esta hora por aquí” y yo quise completar para conectar un poco con la onda de la acólita del Señor Tenebroso “Debe ser que andan buscando a alguien”, así con un tono de duda bien bonito, sólo para entrar en conversación sana y no seguir muriendo en el silencio sepulcral.

–¿A quién van a estar buscando, vergas?, será que los están buscando a ustedes–. Mi mamá y yo tragamos saliva, como si estuviéramos bebiendo agua por primera vez después de salir de un 10K en Macanao. Otro silencio incómodo y, entonces, sonó mi teléfono. ¿Por qué la gente siempre se antoja de llamar en momentos como este? Si sacaba mi teléfono, mínimo la tipa nos iba a pedir trescientos; si sacaba mi teléfono nos robaban, si sacaba mi teléfono moríamos (¿contesto o no contesto?) Y traté de apagarlo tocándome el bluejean, porque el bicho sonaba durísimo, como si estuviera mezclando en Tomorrowland. En ese instante, el dragón de Komodo volteó y sacó su lengua como una cobra. Sus sensores animales habían detectado el ringtone. Hizo un sonido extraño, como un cerdo en el matadero y se volvió a quejar de los 20 kilómetros que hay entre Porlamar y Paraguachí.

En la Casa Cuna nos bajamos y le dimos a la tipa dos billetes de 50. La doña se quedó viéndolos como si de verdad nosotros fuéramos capaces de ponernos a falsificar plata y sin mirar atrás caminamos las dos cuadras para llegar a la casa. Le eché un ojo al teléfono y tenía solo 1% de pila. La llamada perdida era de Eleazar, un pana al que llevaba embarcado desde hace días: el amor propicia los embarques. Me pareció raro que me llamara a esta hora. Pensé en enviarle un mensaje apenas enchufara el teléfono, pensé en que debía escribirle a la chama con la que estaba cuadrando avisándole que todo bien y llamarla para contarle todo. Pensé en que se iba a reír mucho si le contaba la escena de la tipa apagando el carro en la planta de tratamiento y reviviendo la marcha después.

Al entrar a la casa, me llegó un mensaje de Amalia “nene que si estás activo”, y luego una llamada de ella misma. Atendí con 1% de pila, sacrificio necesario para poder vivir híper conectado. Al teléfono estaba Eleazar, quejándose de que a Amalia sí le contestaba y a él no. En el fondo se quejaba Gabriel de que yo era un sacaculos, y que me vistiera, que venían por mí, que nos íbamos a rumbear a Playa El Yaque (yo tenía que si 10 años sin ir a El Yaque, que qué fino, sí, yo quiero ir a El Yaque, vamos, marico, vamos). Yo le dije que sí, por las razones que pensé en el paréntesis y luego mi celular murió y no prendió más, así que me puse un short de playa, le dije a mi mamá que me iba a El Yaque, tomé agua. La abracé. Le dije que estaba demasiado feliz de haber sobrevivido a la aventura con Dolores Umbridge y le dije “buenas noches”. Entonces llegaron los muchachos.

Yo fui de copiloto con Amalia; por el peo del rencuentro me tocaba ir homenajeado, y atrás iban Eleazar y Gabriel Arón. Gabo dijo que él se iba a dormir que lo despertáramos cuando llegáramos a El Yaque y los demás nos quedamos conversando y hablando paja hasta que llegamos.

En El Yaque la cosa fue bastante light. Como tenía más de 10 años sin ir, no me acordaba de mucho. No sabía que se había vuelto en una especie de mini Ipanema, en donde también la gente iba a exhibir sus cuerpos como si la playa fuera un centro comercial donde se puede pasear con menos ropa y beber alcohol. Así envalentonados irrespetamos al mar y nos metimos en plena madrugada. El agua no estaba fría, a pesar de lo que decían dos de nuestros amigos que también quisieron intentarlo.

De El Yaque salimos en menos de una hora para Parguito, del sur al noreste de la isla a 43 kilómetros de distancia según Google Maps. Las razones por las que decidimos ir a esa playa aún son extrañas y confusas. Intercambiamos un Gabriel Aron por un Gabriel Gocho y nos fuimos a Parguito a “continuarla”.

Eran las dos de la mañana y cuando llegamos parecíamos ser los únicos de la playa. Dejamos el carro estacionado y nos fuimos a la arena a hablar paja: de la vida, del amor, del dinero, de la felicidad, de irse del país; ese tipo de paja que uno recicla con los amigos y cuenta diferente siempre; bien sea citando referencias distintas o contando anécdotas de otras personas. Esa paja que sabes bien cómo echársela a unos, pero que a otros puede ser más difícil de contar.

Así, ensimismados en nuestros cuentos, aparecieron un grupo de sombras a cada una de nuestras esquinas. El miedo nos hizo pensar en escapar. La única opción que teníamos era huir a través de la playa: algo bastante improbable pensando en las olas y en que no teníamos luz de la luna. Eleazar pidió calma de una forma paladínica. Amalia se desesperó un poco y el gocho y yo seguimos la corriente a Eleazar por pura apariencia.

Los tipos se acercaron. Venían descalzos y sin camisas. Eran unos perfectos especímenes de la madrugada playaparguitoeña. “Calma, calma, chicos, calma, no se me asusten”, dijo uno. “Calma, nada, Negro, plata y listo. Nos los quebramos y ya”, dijo otro mientras mis bolas rozaban mi garganta. “¡Calma, dije!”, repitió el que era como un líder.

Nosotros paralizados esperando lo peor. Saludamos de manos a estos carajos. Nos dijeron que lo que venían era a cuidarnos. Que no le hiciéramos caso al carajo que dijo que nos iba a quebrar, pero que igual les diéramos plata. “Lo que queremos es que paguen por nuestros servicios. Nosotros no los vamos a cuidar de gratis”, dijo uno drogadísimo. Por mala leche de la vida, habíamos dejado toda la plata y celulares en el carro que no veíamos porque estaba detrás de un kiosko de pescado y empanadas. “Mi pana, sí te vamos a pagar, pero a la salida, hermano, porque dejamos todo en el carro”. (Caro error, decir que dejaste todo en el carro). “Chamoooo, yo no confío. Yo quiero todo ahorita”, dijo el más feo. “Cállate, Randulfo, ya lo oíste, el panita aquí dijo que a la salida. Así que a la salida le damos”, repitió el Negro, el líder.

Los drogadictos se fueron. Pero se mantuvieron a unos 20 metros de nosotros. Hicieron una fogata y pusieron reggae.

Apenas se alejaron, sentimos un alivio. Pensé que habíamos confundido a unos simple cuidacarros de gente en la playa de madrugada con unos malandros de playa de madrugada. Pensé que habíamos tenido suerte y que la vida nos sonreía.

Entonces se apareció el Negro solo.

“Mi pana, tú, el catirito, primero y principal yo me quiero disculpar con ustedes por la actitud de mis colegas aquí. Ellos no saben qué es servicio al cliente. Y bueno, yo se los quiero demostrar. Aquí les traigo estas sillitas para que se sienten, estén cómodos, vean la luna, oigan el mar a esta hora que está riquísimo y si quieren se metan. Están cuidados. No tengan miedo que yo soy aquí el de la zona. El mejor cuidador. Eso sí, panas míos, quiero la colaboración ya y para mí solo. A esos piedreros que están allá no les den nada. Demen todo a mí”.

Yo le dije que sí, mi pana, que le dábamos la colaboración a él. Pero el peo era que habíamos dejado todo en el carro (otra vez diciéndole al carajo la vaina, ¿no?). Que se achante un pelo, que sí iba a cobrar sabroso pero que le bajara dos.

El bicho me vio medio feo. Dijo que “sí va” y se fue como arrecho adonde la fogata de sus otros amigos.
Al rato de continuar hablando paja. Notamos que ya no había reggae, ya no había fogata, ya no había drogadictos salvo el Negro. Este había adoptado una posición extraña. Estaba parado a 10 metros de nosotros mirándonos fijamente; inmóvil con la mirada perdida hacia las olas.

Yo me cagué. Me acordé de Piratas del Caribe Uno cuando los piratas que se parecían burda a estos carajos empezaban a convertirse en una especie de zombies. Eleazar y yo nos vimos y dedujimos que teníamos que irnos. Cada uno agarró su silla y empezamos a caminar hacia el kiosko donde el carro estaba estacionado.

Al pasar al lado del Negro, le dije que se viniera con nosotros, mi pana, que para darte la colaboración por cuidarnos, hermano. Al decirle esto, el bicho ni volteó. Se quedó paralizado como a la espera de una señal que despertara su lado vampírico.

Así fue que aceleramos la marcha hacia el carro que por fin logramos ver detrás del kiosko. No había señal de los otros carajos, pero detrás del silencio se escuchaba un silbido similar al del aire cuando escapa de la presión. Un silbido que bien podía ser de un niño espichando una bomba de aire o de un malandro espichándote los cauchos para robarte.

Eleazar caminó hacia la puerta del piloto y lo vio. Randulfo estaba extasiado, en el momento más alto de la nota tocando una sinfonía de vientos con los cauchos de Amalia. “¿Qué pasó, mi pana?” dijo Eleazar, y Randulfo volvió en sí. Agarró tierra, se la echó a los ojos  y salió corriendo. Acto seguido, el Negro empezó a caminar hacia nosotros lentamente como si nos tuviera dominados con su mente y más atrás de él venían corriendo los otros dos con unos palos encendidos en fuego.

“¡MÓNTENSE EN EL CARRO YA!”, gritó Amalia.

Los tipos no nos alcanzaron. Llegamos con dos cauchos malheridos a El Tirano. Donde un pana en un puesto de perrocalientes 24 horas resguardado por la Inepol nos ayudó a cambiar los cauchos.

***
Un año después, viviendo otra vez en Caracas, me río de esta historia. Estoy seguro de que fue el día más excitante que viví en Margarita. Hasta la parte del muerto fue divertidísima. Aquella que hace referencia al día de 2008 en el que saliendo de jugar Wii de casa de Francesco y caminando con mi aparato a las tres de la mañana para mi casa se apareció un tipo sin camisa y con un pantalón blanco arremangado lleno de tierra roja. Parecía un típico esclavo de la colonia. Él con un machete en la mano izquierda me dio las buenas noches cuando pasé a su lado y acto seguido desapareció. Segundos después lo sentí caminar detrás de mí y efectivamente allí estaba. Corrí cagadísimo a mi casa y me refugié debajo de la sábana viendo por la ventana. Pasó de largo mi casa y más nunca lo vi. Hasta quizás este día de los hippies, el circo y la taxista chillona.
***
Con los cauchos llenos otra vez, volvimos a Paraguachí. En el camino les conté la historia de la aparición del esclavo de la colonia que me persiguió a mi casa un día. Así fue cuando íbamos por la esquina a dos cuadras para llegar a mi casa que a lo lejos lo vi. Era el mismo: alto, sin camisa, con el pantalón blanco lleno de sucio. Aunque era una figura borrosa, estaba seguro de que era él. Yo grité y Amalia metió un frenazo. Le dije “es él” y ella sólo abrió la puerta y me tiró del carro.

“Corre, nene, corre” y yo hice lo posible por salvarme del muerto.

Cuando volteé, venía volando hacia mí un pedazo de saco sucio de tierra empujado por una fuerte brisa. Me frené en seco. Lo agarré dubitativo y me di cuenta de que solo era un saco pegado a un poste lo que había visto. Era inofensivo. Entonces, me reí muchísimo. Agradecí haber sobrevivido. Luego, miré las estrellas. Admiré el silencio y me reí sin entrar a mi casa buen rato.

Al entrar prendí mi celular que ya cargado estaba repleto de mensajes. Les escribí a mis amigos. Les conté del saco y esperé los mensajes de que ya habían llegado bien a sus casas.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Rose

Continuación de "El hundimiento de Jack"
Moisés Lárez

Después de que terminé la universidad hice mi primer viaje a Europa. Como la vida de estudiante no me había permitido ahorrar mucho dinero llamé a viejos amigos y cuadré quedarme en sus casas. No duré más de una semana con ninguno. No quería abusar de la hospitalidad provocada por la nostalgia del inmigrante. Yo les llevé a cambio de desayunos, calefacción y cama, algunos dulces, ron e historias sobre el tercer mundo. En una de mis paradas, esperé sentado en una cafetería a una vieja amiga. La última vez que la había visto a ella éramos niños y corríamos por el patio del colegio al son de algún juego infantil. Al llegar, no tenía ninguna expectativa más allá de verla y quizá abrir o cerrar un ciclo. Sí, lo que más quería era verla.

Cuando llegó nos dimos un abrazo fuerte y nos dijimos un sincrónico “cuánto tiempo sin verte”. Después dimos vueltas en su carro: salimos a comer y vimos la ciudad. Al día siguiente, durante el almuerzo, nos contamos todo.

“Me estoy divorciando”, dijo mientras sus ojos se posaban en alguna parte de la mesa. Ella había estado casada durante siete años desde los dieciocho. Había tenido dos hijos y había pensado que “eso” era para siempre. “Como en las películas”, pensé, mientras ella me contaba cómo había descubierto que él andaba con otra. Antes de que él fuera infiel, ella ya quería dejarlo. Por sus palabras, me di cuenta de que ella sabía que el amor había muerto, que no era más que el sentimiento de costumbre y la necesidad de tener a alguien con sus hijos lo que la hacía sentirse atada a él.

“¿Qué es el amor?”, me pregunté con varios bocados. Yo le conté de mis rupturas, y de mi ruptura más reciente, que también había sido por infidelidad. “El amor no existe”, pensé, mientras ella o yo hablábamos de desamores; pero no pude decir eso. “El amor sí existe”, volví a pensar, al momento que me sentía atraído por ella.

Ella pensaba en su ex, recordó cuando empezaron a salir y destapó una cantidad de sentimientos que habían estado ocultos los últimos días como apropósito. Yo quise abrazarla, pero lo que estaba sintiendo no me hubiera permitido haberlo hecho de forma imparcial. Yo la hubiera querido abrazar sin querer soltarla y con ganas de que fuera para siempre. Así que me quedé inmóvil y le dije “eres una mujer fuerte”. Ella me devolvió una sonrisa y me invitó a caminar a un bar para tomar unos tragos.

En una esquina, al lado de una parada de tranvía, una pareja estaba discutiendo. Con mi francés de “Comment ça va ?” no pude entender nada de lo que decían. Por los gestos, la mujer trataba de decir que ella tenía la razón y el hombre que parecía arrepentido pedía perdón. Dos cuadras más adelante, nos sentamos en un quiosco a tomar unos vodkas. Mi amiga y yo hablamos de Venezuela, del pasado, de la vida: de lo difícil que es vivir y de lo fácil que es morir. “¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?”, me pregunté como si tuviera ocho años y hubiera perdido a mi primer ser querido.

Ahí en el quiosco de alguna ciudad europea, nos imaginamos a la pareja peleando otra vez. Ella le decía a él que no le perdonaba la infidelidad, que por qué había hecho eso. Y él, que había actuado por instinto debido a la baja de alguna hormona, no sabía qué responder. Sí, él estaba cómodo con su estilo de vida, amaba a su mujer, a sus hijos, a su trabajo, a su familia, pero una pequeña variante en su sistema lo movió al engaño.

“¿Qué es el engaño?”, dije con dos vasos de vodka en la mente. “¿El engaño es seguir los instintos?”. El hombre que había engañado a su mujer, lo había hecho porque había tenido la oportunidad. En su vida no había hecho algo fuera de las convenciones sociales. El pobre había aprendido a leer a los cinco; las normas de etiqueta, a los siete; el mejor de la clase, a los quince; premio al mérito estudiantil, a los veintidós; empleado del año, a los treinta. Un día su jefe lo regañó por cualquier cosa y él como siempre lo hubiera recibido como una crítica constructiva, si no hubiera sido porque había peleado con su esposa el día anterior por cualquier cosa, porque su equipo de balonmano había perdido por quinta vez consecutiva y porque además le habían puesto una exótica joven secretaria de algún país de Europa del Este. Así, el hombre realizó su primer acto de trasgresión que lo condenó a un divorcio, a ver a sus hijos una vez cada quince días, y a beber de despecho en unos bares donde no ponen boleros.
—¿Que lo condenó? —dijo mi amiga— Si ahora podrá hacer lo que quiere.
—Yo también creo lo mismo —le dije—.

martes, 14 de febrero de 2012

Hambre


Ella estaba sentada y él acostado. Él tenía hambre y ella sólo quería dormir.

-¿Sabes por qué estás aquí? ¿Ni te imaginas quién era antes de que tú vinieras?

-No me interesa quién eras. Sólo dame de comer. –Le dijo él. Ella no podía comprenderlo.

-Sé que no te interesa quién era. Estás ahí viéndome como un animal domesticado pidiéndome que te alimente. Antes no tenía que alimentar a nadie. Antes era yo: libre, viva, feliz.

-De nuevo. Sólo quiero comer.

-¿No te puedes callar?

-Me callo si me das comida, ¿no lo terminas de entender?

-Todo sucedió así. Un día venía del trabajo. Unos malandros se me acercaron y me pidieron mi cartera. Yo se las di inmediatamente sin pensar. Entonces uno me buceó y me dijo “mami, tú lo que estás es miamor con ailoviu, ¿por qué no te vienes con nosotros?”. Y yo le dije que no, que no me iba con ellos, que yo tenía mi novio, pues. Entonces ellos sacaron una pistola y me obligaron a ir con ellos. Hasta ahí recuerdo. Luego llegaste tú y me salvaste. Le diste un nuevo significado a mi vida, pero también me recuerdas a cada momento ese instante. Eres increíblemente hermoso, pero también desgraciadamente horrible y despreciable. Te amo y te odio, ambos a la vez.

-Ya he escuchado eso un montón de veces. Siempre lo mismo. Ya me ladilla. Me frikea. Me desespera. Me saca de mí. Puedes, por favor, alimentarme.

-¿Tú únicamente entiendes de comida, no? Sólo sabes responder a los instintos primarios. Como los animales primitivos. Dinosaurios; bestias que sólo sabían comer carne o monte y que vivían cagando y satisfaciéndose de sexo. Quizá más básico que eso son los cavernícolas. Hombres de la edad antigua, media, moderna y contemporánea que no saben sobreponer sus instintos a la realidad. Que hacen lo que les mande su miembro. Que sólo quieren tirar.

Ella no salió del cuarto. Lo estuvo mirando con desagrado, pero con ganas. Como un zamuro que se acerca a la carroña. Así, al quitarse la camisa, dejó descubiertos sus grandes y redondos senos que terminaban en unos hermosos pezones puntiagudos y rosados.

-¿Por qué lloras ahora?

-Quiero que me cambies la ropa.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Como en el hospital

Por Moisés Lárez Barrios

Cuando llegó la ambulancia, ya no había nada que hacer. Se llevaron el cuerpo y determinaron que la causa de la muerte había sido un infarto común. En este caso, la palabra común se refiere a que el infarto no tenía nada de especial, era como la margarina común, una mavesa, o como la sal común, esa que se usa en la cocina, o como una iguana común, esas que están en extinción, pero que se ven en algunos parques.

El entierro de María fue sencillo. Dos o tres personas lloraron más de lo común: un esposo, un hijo y una madre; seis personas dejaron escapar una lágrima fuera de los focos de sus lentes oscuros; y una parte un poco mayor sólo dio pésames, tomó café y observó su reloj.

María había muerto en la sala de lectura de su casa. Su esposo, quien ahora recordaba todas las peleas como absurdas, quien ahora esbozabas sonrisas con lágrimas al sentir la nostalgia, fue el primero que la vio al encontrarla muerta.

Al mirarla, no pudo evitar desesperarse y sentir un gran vacío en su estómago. Estaba tendida en el piso con un cuarto de café en la mesa y la silla a su lado que dejaba ver que se había caído de ella.

El esposo la tocó, pero la sintió caliente, se imaginó que estaba viva y que llamaría a una ambulancia y todo se solucionaría, su María viviría. Para su sorpresa su corazón latía lentamente, pero con ritmo. No sabía que le había pasado, ella siempre fue una mujer sana, vegetariana y que hacía yoga.

Corrió a buscar el teléfono y llamó a una ambulancia, de algún servicio privado porque venían más rápido. “En quince minutos estamos ahí”, le dijeron, “Rápido que se me muere María”, dijo desesperado. Colgó y fue a recogerla, a recostarla del sofá.

María tenía los ojos abiertos y movía los labios, el esposo se sintió más tranquilo. Trató de levantarla mientras ella trataba de decirle algo. Se detuvo a escucharla, pensó que podía ser algo importante.

“He hecho cosas malas”, fue su lectura de labios. Al segundo intento pegó el oído a su boca y escuchó lo mismo. “Todos hemos hecho cosas malas”, dijo él, “aguanta, por favor”. Apenas habían pasado dos minutos desde que llamó a la ambulancia.

Entonces, con un esfuerzo sublime María levantó la mano y apuntó a la biblioteca. “Mann”, susurró. El esposo corrió y buscó algún libro de Thomas Mann, al que su esposa le encantaba. “La Montaña Mágica” sobresalía en la biblioteca porque era el más grande y tenía un marcalibros que mostraba que le faltaban diez páginas.

El esposo lo tomó y volvió al piso, al lado de la silla donde estaba María y empezó a leer. Mientras lo hacía vio cómo los ojos de su esposa se hacía más brillantes, pero a medida que llegaba pasaba las páginas se dio cuenta cómo su esposa perdía su escencia y a pesar su vida se iba.

El marido escuchó el último de su mujer aliento a finalizar la última página, un minuto antes de que llegara la ambulancia. En el instante en el que murió, María le dio un apretón fuerte en el brazo a su esposo. Como si quisiera transferirle lo que le quedaba de vitalidad. Y entonces se fue.

Un enfermero, después de que los médicos confirmaron la noticia y el hombre se había calmado, le preguntó qué libro estaba leyendo su señora. “La montaña mágica”, dijo él, “sólo he leído las últimas diez páginas y no entendí nada”. “Es un novela fatídico, pero fascinante”, dijo el enfermero.

“Ahora no quiero hablar de libros”, dijo el marido.

Al mes, el marido, en honor a su señora, empezó a leer “La Montaña Mágica”, lo hacía todas las noches en la terraza de su casa, sentado en la chaise-longue, el lugar donde había muerto María.

Al poco tiempo, el hijo entró en la casa y vio a su papá tendido en el suelo al lado de la misma silla.

sábado, 2 de abril de 2011

Esperando el café

—No llores, por favor, no aquí, te dije que no te iba a gustar. Te lo advertí, tú querías que te lo contara, por favor, Camila, no llores más, la gente nos está viendo—.

—Tú sólo piensas en ti, Juan, cómo quieres que procese todo eso en un avión —Ironizó Camila.

—No me vengas con esas, Camila, tú querías que te contara, me lo pediste —Dijo Juan sin darle importancia.

—Pero yo no sabía que era con Inés, pendejo, malpariiido, cómo quieres que pase todo el viaje contigo así, ¡sabiendo que me engañaste! —Dijo Camila, alzando la voz.

—Camila, tranquilízate, mi amor.

—No me llames mi amor, hijodelagrandísimaputa.

—Baja la voz, Camila, por Dios, estamos en un avión.

—Me voy a bajar de esta mierdaaa, ¡suéltame! ¿Qué haces, hijodeputa? ¡Suéltame!

—Cálmate, mujer, cálmate, es un viaje de 45 minutos, Margarita no queda en Europa.

—¿Está todo bien? —Dijo una aeromoza acercándose a la pareja.

—No, señorita, no lo está, necesito que me cambie de puesto.

—Lo siento señora.

—Señorita, por favor — Dijo Camila con mirada de odio.

—Lo siento, señorita, es temporada alta y todos los puestos están copados, ¿quiere que hable con algún pasajero que le interese estar en la ventana?

—No, señorita, mi esposa sólo está alterada…

—Quién dijo que hablaras, hijodeperra —Interrumpió Camila.

—…Tiene la regla—Terminó Juan.

—Señores, con esa actitud no puedo hacer nada por ustedes, el vuelo ya despegó. En 45 minutos estaremos en Margarita, estoy segura de que ahí solventarán sus problemas; Váyase a la mierda.

—No sabes lo fiel que te fui, Juan, ¡Qué pendeja fui!, no sé cómo acepté montarme en un avión contigo.

—Lo aceptaste porque me amas, Camila.

—Cállate, pendejo, cállate que tú no tienes ninguna moral para hablarme ahora mismo.

—Camila yo te amo, te confesé esto para que veas que soy sincero contigo, transparente, ¿recuerdas cómo nos enamoramos?

—Perdón.

—No, perdóname tú a mí, no me fijé, estaba pensando cosas y no te vi.

—No, de verdad, perdóname a mí, te llené de helado toda la camisa, por favor déjame darte algo limpio, mi apartamento está en la urbanización.

—No hace falta, ya iba a mi casa.

—Yo insisto, por favor.

—Sólo si aceptas tomarte un café conmigo esta tarde.

—Trato hecho.

—Recuerdo que te ensucié todo.

—No sé porqué no acepté tu invitación de ir a la casa en primer lugar, no sé qué sería de mí si no te hubiera conocido.

—Yo no tuviera el corazón roto.

—Camila tú me conoces, tenemos 6 años juntos, tú sabes que yo no haría algo como eso.

—Es por Inés, no tenías que haberte acostado con ella. Pero aún así te perdono —dijo bajándose del avión. —Yo también te he engañado.

Juan se quedó sin habla. Fue como si le hubieran dado una patada en sus bolas. Todo lo que había planificado ahora le estaba saliendo mal.

—¿Puedo saber con quién lo hiciste?

—Con Gustavo, tu hermano.

Bajaron del avión y caminaron sin decirse nada hasta la correa de los equipajes. Luego alquilaron un carro en el Aeropuerto y dieron marcha a Porlamar.

—Camila, tengo algo que confesarte. Yo no te engañé con Inés. Todo era una farsa. Lo inventé para probarte. Puedes llamar a Inés y preguntárselo. A tu mamá, incluso se lo dije a ella. A ella no le gustó al principio, pero yo quería darte una sorpresa. En realidad no veníamos a Margarita, ahora estoy manejando al puerto de crucero. No veníamos a pasar un fin de semana sino quince días enteros solos en el Caribe, pero ahora no sé si pueda pasar tanto tiempo contigo.

Camila no dijo nada.

—Pero porqué me voy a molestar. Si tú misma me has perdonado inmediatamente. No pasaron 45 minutos cuando ya habías vuelto a confiar en mí. Yo también confío en ti, mi amor. Sólo que ahora estoy confundido. Debes entenderme.

Camila se mantuvo callada.

—No manejes al puerto. Hemos llegado temprano. El barco debe salir en dos horas. Podemos ir a un centro comercial. Tomemos un café. Hablemos. Te contaré todo, por favor. Luego te dejaré decidir si ir al viaje o te daré espacio para pensar.

Fueron a un café en La Vela. Camila dio las indicaciones. Al instante llegaron, se sentaron y ella empezó a hablar.

—Juan, acaba de empezar el último minuto de tu vida. 1234 en realidad no es la clave más segura para proteger una computadora, es la más obvia. Lo oí cuando se lo decías a Gustavo. Mucho menos si sabes que tu esposa es espía igual que tú. Como sabrás tampoco me acosté con Gustavo, yo sé que tú tampoco con Inés. Morirás porque el café te lo sirvió mi jefe, que desde hace seis años me indica qué pasos tomar en esta relación.

—Camila, tu jefe, de hecho, es mi jefe, en este caso no moriré yo, sino tú. Como sabes, no hay pasajes, no hay Inés, no hay cachos. Este es el último minuto de tu vida. Siempre estuve un paso más adelante que tú. Dejabas muchas huellas. Si tuvieras más tiempo te nombraría tus errores. Sólo quiero decirte que sí llegué a amarte, me acostumbré a vivir contigo y a tus caricias. Hubieras sido una excelente madre.

Camila tembló. Se sentía descubierta. Sin embargo ella creía tener la razón.

—Juan, mi jefe es mi jefe. No tuyo. Esto será lo último que oigas de mí. Estoy embarazada.

Juan tembló. Su jefe quien lo llamaba y le daba órdenes sí había sido el tipo del café. ¿Pero a quién engañaría? Él no le dijo que su mujer había sido embarazada.

—Camila, el café los matará. En breve hará su efecto.

—Lo hará en ti.

—Te amo, lo siento.

—Te amo más. Espero que nos vayamos juntos.

—Mi hijo no hubiera sido espía.

—Mi hijo hubiera sido doctor.

—O literato.

—O Cantante.

—¿Cantante?

—Sí, hacen mucho dinero con poco esfuerzo.

—¿Y si fuera niña?

—Bailarina.

—¿Dices puta?

—No de Ballet.

—¿Camila?

—Sí, Juan.

—Ya pasaron dos minutos.

jueves, 17 de marzo de 2011

El hundimiento de Jack

A Daniela y Daniel que revolotean en mi memoria
Hay un mar de secretos en cada corazón, quiso decir Rose casi al final de la película. Más allá hay cientos de conexiones absurdas que surgen a través de los años. Olvidos, mudanzas, viejas amistades: todo un sistema de defensa que vive en el cerebro que nos permite vivir sólo el presente.
Saber una canción de Mulato, tener el pelo un poco largo, los zapatos Skechers, como los de Santiago, el argentino, y decir que mamá había ido a la descarga Belmont era lo que mandaba. Igual todo se derrumbaba cuando Katherine (¿o era Kimberley o era Ekaterine?) decía que el pan con queso y salsa de tomate no era una buena combinación para el desayuno.
Aquella era una época onírica. Las conversaciones no profundizaban más allá de por qué Zulay pestañeaba tanto o de lo bueno que había sido el capítulo de Baywatch o el de De Sol a Sol.
Oriana está en una relación con alguien. Un chamo con tres amigos en común en Facebook. Alguien que no conozco, sin embargo siento alegría por ella. Tengo años que no sé nada de su vida. Quizá la última vez que la traté fue en segundo grado. Ella era novia de Ángel, un chamo simpático con orejas largas. Luego fui a la graduación de mi mejor amigo. Ella estaba ahí.
A mí me gustaba sentarme al lado de Daniela e Irene. También cerca de Daniel. Daniel y yo queríamos dirigir un periódico. En una clase, el profesor dijo que escribiéramos un cuento. Yo conté la historia de varios Santas de planetas. El salón entero río. Daniela río, Irene también lo hizo.
El profesor dijo que yo tenía madera para ser escritor. Ahí me llenó la cabeza de ideas salidas de un manual de psicopedagogía para estudiantes de 4to grado. Muchos niños se creen todas las mentiras que les dicen. Otros se tatúan marcas con palabras aleatorias, escuchan consejos que los definen que se vuelven irreversibles.
Dos años antes vi a Irene en una discoteca. Era 28 de diciembre. Tenía mucho tiempo sin verla. Estaba igual. Más grande: universitaria. Cambiamos teléfonos y con un “estamos en contacto” terminó la conversación que desembocó en una silenciada amistad por Facebook de compartimos tales amigos en común.
Irene me hizo la primera pregunta incómoda de mi vida: “¿quién te gusta?”. De niño a uno siempre le gusta alguien. Revelarlo no siempre era lo más adecuado. “Dime, no le digo a nadie”, dijo Irene, “por favor”.
La infancia era como jugar “el amigo secreto” eternamente. Una especie de misterio por descubrir un regalo que llega en la adultez. ¿Quién seré? ¿Obtendré lo que quiero? ¿Tendré lo que anoté en el papel? Decepciones y felicidades eran repartidas aleatoriamente entre los alumnos de cuarto grado al azar de la responsabilidad de otros.
Oriana Fermín era amiga de Lía, que vive en Paraguachí, cerca de mi casa. Pero también era la mejor amiga de Ixchel, que alguna vez fue mi mejor amiga; por lo que el “Oriana está en una relación con…” me recordó a mucha gente. Ése era el núcleo de la conexión que se esparció como un líquido que recorre la forma de una neurona por toda mi memoria.
Así apareció Paula Ortíz, María Morao, Hassan, Arianna Dagna, Pablo —Pachito–, Rubén —a quien saludé a los 11 años en los carnavales de Juan Griego y ya no se acordaba de mí—, Ariana, Mariana, Jens —el hijo del alemán y Juana, la cubana—, Roxana, Devananda —que era bueno en fútbol y a quién llamábamos "banana" por ser unos carajitos—, Martín, Mario —que no recordaba bien el español—.
“Me gusta Daniela”, le dije a Irene. Inmediatamente supe que había cometido un error. Me paré y me fui. Irene le dijo a Daniela. Al día siguiente Daniel sabía. Yo se lo confesé en el transporte. Me había dicho que era un error. Yo asentí. Me había quedado sin secretos. Caminé, al otro día, en el recreo del colegio y la encontré. Irene no quería hablarme. Le dije que se había equivocado de Daniela. Que no me gustaba Daniela Méndez, mi amiga, la chama que me había invitado a su fiesta: la única a la que había ido desde que en 2do grado fui a la de Jessica, la hija de los franceses de El Tirano. Que me gustaba era Daniela, la del transporte, la de quinto grado, la única chama de quinto que me hablaba. Que era igual de bonita, simpática, pero que no cantaba la canción de Titanic en perfecto inglés como su mamá le había enseñado.
Fue un fracaso. Nunca aprendí a mentir.
Daniela Méndez” escribí en Facebook. 4 amigos en común. Una foto de perfil que insinuaba que no había cambiado en nada y lo demás privado. Yo hubiera hecho lo mismo. Alejandra Raga me dijo que se había ido a Suiza, se lo pregunté por el chat de Facebook a la vez que exhumamos historias que parecían que no iban a salir hasta el día del juicio final: clases de computación, el manduco, Titanic.
Manuela, la novia que tenía en esa época, 12 años después (y no 20 como dijo Alejandra) intercalaba canales mientras el juego de la vinotinto no terminaba de empezar. Ahí Jack le decía a Rose qué debía hacer si se salvaba. Céline Dion aprovechó el instante y sacó un montón de cosas llenas de polvo.
En la hora de almuerzo del trabajo, me provocó decirle a Alejandra vayamos y tomémonos un té. Vamos a contarnos historias de hace 20 años o 12 años. Busquemos a Santiago, JavieraJoselvis, a Luisalba Gamboa, Leomar, Adriana, Marcos, Omar, el hermano de Shaquim, la otra Alejandra: Alejandra Albornoz, a Daniel. ¿Y Daniel?, ¿Cuál era su apellido?, ¿lo recuerdas? Pero no salió nada de mis dedos.
Al año siguiente, el nuevo director abrió la puerta. “Este es el nuevo”, dijo. Y dos chamas al fondo dijeron “Moisés”. Más nunca pregunté por nadie hasta que vi el estatus de Oriana Fermín.
Ahora sólo quedan recuerdos, ganas de saber qué pasó contigo. ¿Cuántos hijos tienes? o ¿Sigues viviendo con tu mamá? Vamos a tomar un té, vamos a dar una vuelta. Salgamos de esto y volvamos a vernos en 20 años cuando el estado de Facebook de otra persona cambie. ¿De verdad no quieres averiguarlo?
Moisés Lárez

jueves, 3 de febrero de 2011

Así como en el libro de Kafka

En su corta estancia, el carajito no sabía nada de la vida, sin embargo le echó bolas y no le paró a ningún coñoemadre que tratara de echarle la partida patrás. Lo de él fue pura mala leche.

Lo mataron como en una película de Hollywood de suspenso (Destino Final). Se montó en la camionetica iba directo pa’ su casa, escuchando una bachatica bien chéverecambur en el emepecuatro y en un instante ¡suaz! El bicho estaba viendo a Messi jugar desde el Camp Nou.

Tres meses antes de su nacimiento, la mamá iba con el papá en un autobús. Que si los paramilitares contra las FARC, que si los bolívares valen más que los pesos, que si la inseguridad en Medellín no se compara con nada en el mundo, que si la corrupción, la política es una mierda, yo nací pobre y pobre me quedaré ahí, que si daleatucuerpoalegríamacarena, que si allá hay más misses Universo, que si las drogas pal carajito no es bueno, que la salud allá es mejor, que si hay vuelos directos pa' Inglaterra (¿?).

El pana que muere al comienzo y al final de esta historia nació venezolano. Así, le echó bolas a la vida desde que su papá se fue de casa en su segundo cumpleaños y, aunque era medio tapao para las matemáticas, se jodía en Educación Física como ninguno. Era puro 20 ahí. Claro, las otras materias las tenía de arrastre, pero eso no importaba. Él quería ser futbolista.

La wea por sacar a la familia adelante la pensaba todos los días —era el mayor—; sus otros cuatro hermanos cuyos papás habían desertado, por lo mismo que el suyo —cagazón mediática, machismo descontrolado y para dar la herencia de adelantado: abandono prematuro— lo veían como un ejemplo a seguir. Nuestro amigo que muere más adelante había cuadrado ya con un equipo de fútbol de Caracas. No era la gran vaina, pero era algo. Su madre estaba llena de emoción.

La madre tampoco era tan buena con él, era buena, pero igual le pegó cuando rompió un florero cuando tenía 5 años.

Él se acordó muy bien cuando recibió el tiro. Fue la misma sensación. Él estaba ahí jugando con una peloticaegoma, pero en vez de darle con la mano, lo hacía con los pies. De una patada, la pelota pegó en la reja, pero no se fue a las aceras de la calle, rebotó y dio con el televisor. Así que él corrió a agarrarla para que no se escapara por debajo de la puerta, pero tropezó con la pata de una silla, se dio madreecoñazo y del tiro movió un pedestal que tenía las fotos de la abuela, de una tía muerta que no conoció nunca y el florero que se rompió.

La mamá no preguntó qué paso, ni dijo nada, solo vino directo desde la cocina donde estaba haciendo el tetero para algún hermano y con la cuchara grande le dio su tatequieto en la cabeza bien duro. Él no lloró. Se contuvo, sentía que si lloraba le daría el gusto a su mamá. Quiso reírse como le decían sus amigos del colegio que se hacía con las madres. Si te pegan ríete, búrlate de ellas. Pero no pudo, no alcanzó a esbozar una sonrisa y solo apagó la mirada. No salió ninguna lágrima. La mamá le trajo una bolsa y le dijo al niño “¡recoge esa mierda ya!”, mira que viene Yancarlo —uno de sus padrastros— ahorita.

Desde ese día una idea había invadido su mente. Algo que no se apagó hasta que el malandro le pegó el tiro en la cabeza por andar en las nubes. Debía irse de su casa, debía viajar, debía tener dinero, quizá hacerse rico. Quizá robaría algo de la cartera de su mamá y compraría el Kino escondido, quizá aprendería a leer por fin, para, como decían en las telenovelas que veía con su mamá, “ser alguien”. Entonces prendió la televisión y pasaban un juego de fútbol: el Barça vs. Brasil narrado por Lázaro Papaito Candal. Él quería ser como Rivaldo, él quería tener sus problemas. Quería jugar en el Barcelona.

Con los años fue alimentando su sueño. Ya tenía palabreao un contrato; después si le echaba bolas capaz lo llamaban pa’ jugar con la sub-20, metía un golazo como el de Yohandry Orozco y listo, ¡Europa, baby!, vamos, mami, que ahora sí te quiero (y tú a mí).

Los budistas dicen que todo lo que hagas en esta vida, se te devolverá en la otra. Así que si haces bien ahora, serás recompensado luego, y si haces mal puedes terminar reencarnado en una cosa horrible, en un insecto, como en La Metamorfosis, o en haitiano, para sufrir de cólera, inanición y actividad sísmica. La diferencia es que en el libro de Kafka el tipo no nace siendo mosca, sino que se convierte en una. Eso es más mala leche aún.

Así fue que nuestro trágico amigo pagó alguna mala jugada que hizo en otra vida: el líder de la banda de “los reggeatonero papiaos” tenía una culebra con Yilson que sin saberlo era medio hermano del medio hermano del pana que mataron que jugaba fútbol, porque Yilson era el hijo mayor de Yancarlo con quien su mamá tuvo dos hijos. Como Yancarlo abandonó a Yilson cuando tenía como 3 años nunca conoció a su papá, así como los hermanos del pana muerto.

La culebra de Yilson y el otro pana es muy larga: un rollo de mujeres y drogas. Yilson no consumía, pero le gustaba robárselas, así se cuadraba las gevitas. O sea, no les daba a consumir nada, les enseñaba el montón de droga que tenía y luego iban a un monte a tirar y esparcir la cocaína con la brisa. Una geva le dijo a Yilson que por qué no hacía lo mismo con talco, que daba lo mismo, pero Yilson decía que él se drogaba viendo la cocaína volar con las hojas, que ver al talco salir volando en el espacio no tenía ningún placer y era un gasto de plata. Un pote de talco en Farmatodo cuesta como 30 bolos, mucho para algo que se va a desperdiciar, en cambio la cocaína la consigo gratis, se la robo a los panas. La chama no dijo más nada y le siguió haciendo favores sexuales a su amigo mientras este se drogaba con el aire.

Cuando el pana del fútbol salió de la práctica, se montó en la camioneta creyendo que iba a llegar a su casa. Casualmente, en el asiento de la ventana del otro lado estaba la chama que se lo chupaba a Yilson, mientras éste miraba la droga volar.

El pana del fútbol se sentó ahí para buceársela porque tenía unas tetas, pero no se atrevió a sentarse al lado de ella porque le daba pena y había más puestos vacíos. Sin embargo, no le quitó la mirada. Ella estaba viendo por la ventana porque sentía el acoso de él y aunque el pana del fútbol le atraía, seguía siendo un chamito y Yilson tenía más cuerpecito.

Viendo por la ventana, la chama de las tetas vio a Yilson saliendo de una casa. Yilson estaba como sudado y miraba a ambos lados. La chama le silbó “eeh, Yilson, aquí”, y se montó en la camionetica. El pana del fútbol que muere ahorita vio como Yilson le zampó una lata a la chama y le manoseó los pechos medio disimulado porque había una doña con un bastón más atrás que podía verlos.

En el trayecto, Yilson se puso a contarle algo a la chama de las tetas. Se notaba nervioso y decía “hay que irnos, vámonos pa' Cantaura, miamor”. El chamo del fútbol dejo de prestarles atención y como no le gustaba oír a cada rato popopopo poker faceee en la camionetica, sacó su emepecuatro y le dio play a Aventura.

Cuando terminó la canción ya había muerto. La doña del bastón dijo “esto es fin de mundo” e inundó de pánico a las demás personas, se levantó de su puesto, se volvió como loca. El chofer aceleró lo más que pudo cuando los motorizados se habían perdido de vista. No sabía a dónde ir. Unos decían “al hospital” y otros “a la policía, señor, vamos pa la policía”. A la chama de las tetas sólo se le partió una uña cuando aruñó a su novio del susto. Los vidrios de arriba del autobús mostraban los huecos de unos tiros mal apuntados. La bala que iba para Yilson por suerte terminó en el cerebro del medio hermano de su medio hermano. Los reggaetoneros papiaos en moto piraron cuando echaron la ráfaga de tiros sin saber si habían matado a alguien o no.

La intención de los motorizados no era matar a nadie, sólo asustar a Yilson, y en este país la intención es lo que cuenta.

La mamá del chamo del fútbol se fue a llorar a Bello Monte al día siguiente. “No es posible que mi hijo que iba a ser un futbolista profesional y que yo amaba mucho se me muera así de esta manera”, parafraseó la periodista de algún periódico de Caracas. “Mi hijo se iba a Europa” reseñaba también el texto que estaba leyendo alguien que pensó inmediatamente “este país es una mierda” en el sitio web del periódico, mientras cargaba "Poker Face" en Youtube y hacía una transferencia en el Mercantil Online.

Un día antes del entierro, el padre llegó de Colombia. Un poco de café de allá, unos dólares y la llorantina le dieron el perdón al hombre que se arrodilló frente a la tumba de su hijo. Sus hermanitos jamás pensaron que eso que les había sucedido a sus compañeros de clases les pasaría a ellos. “Si se hubiera metido a malandro, hubiera sido mejor porque así, por lo menos hubiera podido defenderse”, dijo una doña, que inmediatamente se fue a la recepción de café y galletas cuando se dio cuenta de que a nadie le agradaron sus palabras.

Su madré lloró unos semanas más sin saber que capaz su hijo podría estar naciendo en un país de Europa convertido en estrella de fútbol.

viernes, 21 de enero de 2011

Bruce Banner no se parece a ti o las cotorras que ahorran en el Rally de Escritores

De Moisés Lárez
Para Guillermo Geraldo

La verdad es que iba a ver Hulk en vez de escribir esto. No estoy blofeando, ni cayéndolos a cuento. No es mera casualidad. Iba a ver Hulk y por el parecido decidí meterle a esto de una vez.

Mi historia con el negro con leche es tan común como un marrón en la mañana. El pana había ido al mismo concurso que yo, al que lechúamente nos seleccionaron entre doscientos y pico. Si él era un negro con leche, todos lo éramos. Quizá no había negritos, ni marrones, podía haber teteros, como Jessica, que se sacó el primer lugar, o con leche y crema chantillí como Leo Riera que le metió cuento a todo el mundo, dizque si él fuera Dios un día, no sé qué vaina, al final Dariela y la otra pana se la comieron todo y metieron al bicho ahí entre los finalistas.

Yo siempre pensé que Guillermo era de la gente grande, de la otra dirección, Propatria, Palo Verde, la otra, chico. El pana, como todos, lo hacía muy bien. Nunca supe por qué Jessica —que conocía a todo el mundo de atrás, inexplicablemente, para mí, para Víctor Cuotto Drax y para la otra chama que no fue más nunca que era de la católica— le llamaba el Gigante Verde, sí el pana era grande pues, podía ser de la línea 2, pero en realidad era de la 1, pues. Digo, porque la 2 es verdecita, pero en el concurso no había línea 2 ni 1, lo que había era dirección Propatria y Palo Verde, algo más cool, pero más discriminatorio, pues. Quizá había que hacerlo que si los chiquitos línea 1 y los grandes línea 2. Así la línea donde vive Leo Riera iba a tener representación, pero si era así, seguro Noelia se iba a quejar, que ella no estaba representada, ¡pero Noelia, tú eres de Guatire (o Guarenas) y esta vaina es de la Alcaldía Mayor! Dígame Maryfel, la vaina iba a tener que llamarse, Terminal de La Bandera, los que eran grandes y Terminal de Oriente pa’ los chiquitos, así probablemente sí iba a servir, pero alguno iba a decir que nunca había estado en esos terminales, probablemente Paula, margariteña, iba a pelear que qué sentido tiene poner los terminales si eso lo que hace es promover salir de Caracas, si lo que quiere el Rally es que la gente esté adentro y ame la ciudad y tal, entonces, por eso seguro Dariela pensó que lo mejor era poner dirección Propatria y Palo Verde, porque en esas cualquiera se ha montado.

La primera vez que nos reunimos para cuadrar lo de “Letras a Litros”, Gaby tenía pocas expectativas de que viniera gente. Al final la vaina fue tan de pinga que hasta Andrea Gómez vino, una vaina increíble. Ese día apareció Geraldo y yo me enteré que él, como Jessica, no era del mismo lado que nosotros (que Paula Alejandra, el Drax, Gaby Chile). Guillermo llegó tarde, porque vivía cerca. Es verdad, cuando uno vive cerca llega tarde, da sueño, sale uno de último y sale más tarde de lo normal. Creo que Geraldo el día anterior había bebido unas curdas, una vaina bien, como dicen los caraqueños que rumbean los sábados y pagan servicio.

Ese día Jessica, que tenía el número de Geraldo, le dijo el Gigante Verde. Por eso me acordé de él cuando iba a ver Hulk.

Hulk parece buena, he visto la mitad. Es de Ang Lee, el pana que hizo La tormenta de hielo y Brokeback Mountain, la dirección de esta película está arrechísima, para ser de comics me gusta burda.

Eric Bana acaba de recibir unos rayos gamma ahí, el tipo ahora será Hulk. Este pana no se parece a Geraldo y Betty, Jennifer Connelly, no se parece a Rebecca. Ella, la novia de Geraldo, quedó de primera en Odontología en la Central. Betty, por otra parte, es una científica boba, que reprime su amor por Bruce Banner para darle emoción a la trama y uno se quede pegado.

La verdad es que Geraldo hace buenas historias de amor. Hay que leer, de forma indispensable si usted ha sido capaz de llegar hasta esta parte de esta entrada, los cuentos de amor de Geraldo. Ahí a su mano izquierda están los tags, haga clic en Guillermo Geraldo y seleccione cualquiera. Recomiendo el que hay que matar a Leo Riera, un ensayo interesantemente egocéntrico y válido, también el de amor que yo propuse en la segunda temporada: bello, bello.

Si yo fuese Dios, así como Leo Riera, y pudiera decidir el destino de las demás personas, o si fuera Cisneros por lo menos, así con burda de plata como para tirar pal cielo. Agarraría y le diría a Geraldo, pana, no estudies más. Ponte a escribir, hermano, toma esta platica y este apartamentico pa que vayas bien mientras tanto, pule tu vaina, métele un poquito de melodrama, eso aquí en Venezuela es bueno y vende. Si quieres matar un tigrito te doy la novelita de las nueve y te codeas con Barrera Tyszka, pues, que fue profesor mío, no de Cisneros, sino mío —sigo siendo Cisneros o Dios— y el pana es bien arrecho, se ganó el premio Herralde, pana, tú puedes ganar el Herralde, le echas bolas.

Pero como no soy Cisneros, ni Dios, ni estoy —ni Geraldo está— podrido en plata, le diría, si estuviera leyendo esto, pana, termina las carreras, consigue un trabajo, compra el apartamentico, y si te da chance y no estás cansado del trabajo o porque tu mujer te pone a hacer la comida o a barrer o a limpiar el baño, pana, escribe, que eso va a servir pa’ algo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pensamientos de plástico

Moisés Lárez
Primer contraletras del primer match. Moisés vs. JL Riera:
La Reconstrucción de la vida de una persona
simbolizada en un viaje a través del mar.
Homenaje a Armando Reverón, pintor venezolano.

Ahí estaba: inmenso y oscuro, mientras una cantidad de pensamientos insondables, me dejaban pasmado frente a la taquilla.

Las dos estaban a mi lado. Tenían el tamaño de un oso de peluche de doscientos mil bolos. Una era rubia y la otra pelirroja. Siempre las había querido así. Una me dijo que lo hiciera y la otra no opinó nada. Se quedó callada, como siempre.

Yo había llegado de Caracas para asistir a un concierto de piano. Algo trivial, el pianista ya se había presentado en Caracas, pero la entrada del concierto era muy cara. En cambio, en Puerto La Cruz era gratis. Un viajecito hasta el Terminal de Oriente y luego un ticket de Sitssa hacía más barata la travesía.

No sabía cómo había llegado a Conferry. Quizá fue la rubia quien lo sugirió, y cuando me di cuenta, estábamos caminando hacia allá.

Sabía que no lo iba a hacer. Pero aún así me imaginaba viajar en aquel barco, asomado en la popa viendo la espuma del mar y las luces perdidas en el horizonte, mientras un olor rancio a vino barato con sal marina entraba por mis fosas nasales y se adueñaba de mi pensamiento.

Las chicas me querían en casa. Sabía que la pelirroja no quería que fuera, podía leerlo en sus gestos. La rubia, por otra parte, era aventurera y me llevaba a hacer cosas, a veces, que no quería.

Los tres íbamos solos en el barco, moviéndonos al capricho de la corriente en un viaje que parecía no tener destino. La pelirroja me había despertado mientras dormía sobre una de las mesas. Estaba lista para mi trabajo.

Desnuda, frente a la cafetería de segunda clase, posaba discreta como la marea en una noche de luna llena. Su cara imitaba la tranquilidad del mar y trasmitía una paz que enviaba a otro plano a cualquiera; un plano silencioso y tan misterioso como la profundidad del océano. Su desnudez sólo hacía más bella la obra estéticamente.

Así la pelirroja se convirtió en una sirena que veía un gran barco desde la inmensidad del mar y saludaba a un hombre solo, indigente, que la miraba.

La rubia, fogosa y predeciblemente impredecible, me despertó ese día de otra forma. Mi cuerpo postrado y somnoliento sentía cómo sus labios, vampíricos, buscaban desesperadamente alimento; de esta forma, así, entre dormido, explotaron las partes de mi cuerpo que tenían las minas plantadas por sus labios.

Mi imaginación podía seguir navegando en ese viaje, aunque el próximo ya estuviera destinado a ser por tierra: el regreso a Caracas.

En el bus, me tocó una señora gorda al lado. Pensé en pintarla, en cómo sería observarla desnuda en la segunda clase del ferry. Me imaginé una luna brillante, única iluminación del navio, a sus espaldas. En el cuadro, ella miraba por la ventana de la popa, como esperando al amor de su vida, con anhelo y esperanza.

Un ronquido suyo me sacó de ahí.

La pelirroja sentada en mis piernas me dijo que se identificaba con la señora gorda, que ella en su cuadro hubiera visto por la ventana.

“En tu cuadro eres una sirena”, le dije. “Lo sé”, me dijo, “pero prefiero ser una anhelante, espero a un hombre pobre”.

La rubia durmió todo el camino.

En Caracas, tiempo después, le pedí a Merche que posara para mí. “No hay problema”, dijo, “me gusta tu trabajo”.

Se desnudó y se puso a ver por la ventana. Y apareció el mar, la segunda clase del ferry y entonces, la rubia y la pelirroja me dijeron qué más debía aparecer en la escena.

sábado, 30 de octubre de 2010

Desde el patio

—El imperio es una contradicción.

—No, lo problemas son tuyos.

Cuando despertó, no había dinosaurios, ni un coño. No sabía por qué había pensado mariqueras ni por qué estaba llorando.

El castillo estaba al final de una calle larga y ancha. A los lados de la calle había casas y puestos de mercado. Ahí estábamos nosotros y los demás plebeyos. Un conde anunció la muerte del rey. Y todos sus súbditos se pusieron tristes. Menos nosotros.

Parecía que el imperio era feliz y que todos los que en él vivían adoraban a su Emperador. Con la noticia de su muerte, los rostros en la calle real cambiaron y llegó una atmósfera de letargo en el ambiente. Pasaron dos días. Un hombre vagaba por la calle. Mostraba su tristeza. Una mujer pedía dinero con su hija. Un perro dormía en la esquina de una casa. El castillo en el fondo era gris. Una nube había tapado el sol a la espera del funeral.

Un hombre pensó que nadie debería estar triste, que el Rey había hecho todo lo posible para que todos fueran felices. Entonces sonrió y empezó a sonar esta canción.

Una mujer vio su sonrisa y le dio miedo. No entendía esa emoción. Tenía tiempo sin vivirla. Por su mente pasaron gratos recuerdos, de los que ya hace tiempo había olvidado. Entonces sonrió. Alguien los vio y dudó de su tristeza. También sonrió. Todos empezaron a sonreír. Se veían, se alegraban. Levantaron sus manos y dieron gracias a Dios por este día y empezaron a danzar. Bailaron la canción que sonaba alrededor de la calle y un cohete estalló. Venía del castillo. Hasta ahí había llegado la alegría que había invadido al imperio. Sonó un segundo cohete. Sonó un tercero. Stop.

Me paré de la cama. Tenía que probar los nuevos diablitos marca Fiesta que había comprado porque eran más baratos.

Play. El castillo estaba rodeado de un aura mágica e indescriptible. Todos los plebeyos se amontonaron en la calle a verlo. En las escaleras que daban a la entrada del castillo estaban las princesas, la reina y varios nobles.

—Renato era Gallarraga. Gabriela Valdivieso era Gabriela Valdivieso.

Frente a la nobleza en la entrada del castillo estaba en féretro con el Rey. La fiesta se convirtió en bullicio y empezaron a desfilar carrozas por el carnaval. Stop.

Queso amarillo, canilla, diablitos fiesta, té de durazno.

Play. Yo lloraba. Lloraba por el Rey que aunque no era su súbdito, me daba tristeza. Los demás estaban muy alegres. Menos nosotros. La primera carroza era de un hombre rojo y gigante. Simbolizaba el placer, según la gente del imperio. La segunda carroza era un hombre verde y mediano. Simbolizaba la paz. La tercera carroza era una mujer azul y enana. Simbolizaba el amor. La cuarta carroza estaba llena de hombres y mujeres que se besaban y que estaban pintados de amarillo. Simbolizaba la riqueza del imperio.

Así pasaron carrozas.

A los dos días, la fiesta estaba por terminar. La nobleza seguía viendo al rey en el féretro y sólo una princesa, la heredera, la más hermosa, la que aún era soltera y virgen, veía las carrozas. Cualquier hombre del imperio daría su vida por ella. Así que todos se esforzaban por hacer su mejor actuación.

Nosotros hicimos un show improvisado. Lo planifiqué yo, pero Valdivieso me ayudó. Ella tenía más ideas. Todos juntos nos pusimos en el medio de la calle, en frente de las escaleras. Justo al frente de la nobleza. La princesa nos veía. Los muchachos del colegio y yo comenzamos a bailar. Éramos los únicos que estábamos tristes. Gabriela estaba tan triste que parecía una flor marchita. Yo intenté animarlos, pero empezamos a bailar en círculos y a saltar. Todo el mundo estaba alegre.

Nuestra tristeza no contagió a nadie, sin embargo a todos les gustó. La princesa se alegró tanto que vino a saludarnos. Nosotros —llorosos— le tendimos la mano.

Así fue que cerró el espectáculo y enterraron al Rey. Stop.

—¿Qué es el imperio entonces?

lunes, 6 de septiembre de 2010

Él no es un garimpeiro boludo

“Lo que me gusta de esta vida es conocer gente nueva, pero no hacer nuevas amistades, los amigos con esta vida son momentáneos o son aquellos que se quedaron en Córdoba cada vez que voy a visitar a mi hijo. Lo que me gusta es conocer la cultura de otras personas, otros países: cómo son las otras vidas, quisiera conocer todo el mundo así, cada rincón de él, hasta las islas de la Oceanía, Groenlandia, Belice o Namibia”.

Generalmente me pongo a corregir después de que me levanto. Al instante o a las horas se va la luz y hace un calor infernal, alguien me llama diciéndome que qué hacemos para pasar el calor y la propuesta para ir a Parguito se vuelve prometedora. En la playa como dos empanadas de mechada y cuando tengo real como una de pabellón. La empanadera nos conoce y nos pregunta cómo nos ha ido hoy. Después vamos al carro aparece un cuidador de doce años de la nada, le damos dos mil bolos o le decimos que es un abusador porque “estamos usando su puesto de diez mil” y nos vamos por dentro, que es más fresco que por la Av. 31 de julio a Paraguachí otra vez. Y así hasta que un día no se va la luz, hay un estreno en el cine o alguien tiene una mejor propuesta. Un día, de regreso, de Parguito a Paraguachí, le dimos la cola a un extraño, un artesano.

El pibe tenía un acento argentino que lo delataba inmediatamente. Su cabello era rubio, ojos azules y parecía que hubiera estado yendo al gimnasio por mucho tiempo; en otro contexto parecía enamorar a muchas mujeres. Él y yo íbamos solos en la parte de atrás de la camioneta. No quise estar adelante porque ese día me había llenado mucho de arena y como ya estaba seco no quería ir a sacármela. Él pana iba a El Tirano, así que dije algo para no parecer un sifrinito prejuicioso.

- ¿Eres argentino?

- Sí –y movió la cabeza–, vine a disfrutar un poco Margarita que está preciosa. ¿Son de acá?

- Sí, de Paraguachí.

- ¿Y vienen siempre?

- Sí, casi siempre, generalmente cuando se va la luz. ¿Y hasta cuándo te quedas en Margarita, para dónde vas después?

- Tengo ganas de ir a Brasil, me quedaré hasta el final de la temporada vendiendo. Espero que me vaya bien.

- ¿Ya hablas portugués? ¿Cómo te vas a Brasil? ¿En bus?

- Sí, el portugués lo aprendí allá, estuve viviendo ahí un año y medio. Primero aprendí las cosas básicas: “cuesta tanto”, “un real, dos reales”. Y después uno se va soltando hasta que se domina. Para allá no sé cómo me voy, quizá en avión. Es que es muy barato, allá en Argentina desde Buenos Aires a Córdoba es muy costoso. Acá no. De Caracas a Margarita, como me vine yo, me salió baratísimo. No sé, será por el petróleo que tienen ustedes. Fijate que cuando fui a Buenos Aires desde Caracas en mayo el pasaje me costó 1900 Bs., un regalo. En Argentina eso no es así, es más costoso.

Después llegamos a El Tirano y el argentino dijo “acá me quedo” y a mí no me dio chance de preguntarle qué lo había motivado a elegir esta vida, qué lo apasionaba en sus viajes o hasta dónde esperaba llegar.

Así de repente conoces a un extraño, le preguntas cómo es su rutina y te imaginas sus sueños de manera extensa, hasta dónde llegaría esa persona, quién quiere ser o cómo sería tu vida si fueras él.

domingo, 16 de mayo de 2010

Ladrón de boticas

En la cola las manos le sudaban de la misma manera que le hubieran sudado si su crimen hubiera sido matar a alguien.

La cola para pagar en Farmatodo era enorme. Ezequiel y Eduardo miraban a los tipos de seguridad en la puerta y tratando de ocultar los nervios evocaban algún pasaje literario donde ocurría la misma situación y los personajes salían airosos. Ezequiel, quien había sido el culpable de todo esto, pensaba que la cola era interminable, que nunca terminarían de pagar la crema de afeitar, las hojillas, la chicha y el bendito chocolate.

El tipo de la cámara vio cuando Ezequiel lo hizo. Y llamó a la policía. La policía le dijo el procedimiento. El seguridad se cagó, dijo que le daba miedo, que cómo sabía que ese chamo no tenía una pistola, que tenía hijos y una esposa que mantener. El policía le dijo que no se preocupara, que seguro eran unos rateritos de algún barrio cercano que acababan de salir del cine y que se llevarían esa cosa sólo por joder, porque son unos malcriados que no pueden vivir sin estar robando. El seguridad, le dijo, muy valiente, muy macho, que acataría el procedimiento. El policía le dijo que muy bien, que ellos mandarían una patrulla para allá para verificar que todo esté bien y por si las cosas llegaban a complicarse, pero volvió a enfatizar que nada sucedería. El seguridad se paró y buscó a Gian-Go, el seguridad papiao de la sección de cosméticos de mujeres y productos de limpieza, un gordo con una gran cicatriz en la cara y aspecto yokosúnico. Cuando lo vio le explicó el procedimiento, Gian-Go aceptó y dijo “si se ponen popis les parto la cara a esos carajitos”.

Ezequiel y Eduardo sólo comían par de perros calientes en la avenida, como cualquier ciudadano común. Ese día no sabían que casi hubieran podido ir presos. Como Ezequiel y Eduardo son muy pichirres, les pareció que pagar 5 bolívares por una malta era una exageración, así que decidieron ir a Farmatodo a comprar alguna bebida a precio regular.

La farmaceuta no podía creer que alguien fuera capaz de cometer un crimen en una farmacia. En sus 20 años de experiencia era primera vez que pasaba. Ella tenía que ir a ver quién había decidido cometer semejante atrocidad, sólo por el hecho de poder ver a los ojos a unos ladronzuelos cualquiera y maldecirlos mentalmente. La farmaceuta estaba arrecha. Empezó a maldecir haber tenido que vivir en esta ciudad y empezó a echarle la culpa al gobierno por todas sus desgracias. Pensó en su paupérrimo sueldo, en su maestría en Farmacología y en lo felizmente pequeño burgués que sería viviendo en otro país del mundo, cualquiera.

Las empleadas que no habían estudiado nada en la universidad, salvo algunos semestres fallidos de letras o bibliotecología para cambiarse a Comunicación Social y debido a que no pudieron hacerlo por un promedio deficiente empezaron a trabajar y cayeron en Farmatodo, habían creado un barullo sobre el asunto de los chicos que iban a ser interpelados por el Seguridad y Gian-Go y que luego serían vistos a los ojos por la farmaceuta. Por supuesto ni Ezequiel, el autor del crimen, ni Eduardo, que sabía del crimen pero se hacía el paisa, creían que algo les sucedería ése día.

Entonces llegó la policía. Eduardo y Ezequiel pensaron que el seguridad les había dicho la verdad, que no les harían nada si pagaban y se iban, pero ahora la policía estaba en la entrada de la farmacia y hablaban con el seguridad. Gian-Go los señaló y el policía fue directo hacia ellos. Tomó un refresco y se devolvió.

Ezequiel no quería irse en metro, quería irse caminando. Y recordó cuando al salir de Farmatodo, justo en la puerta, un policía le decía a otro, “qué rico Chocolate, ¿no?” y reían entre ellos. A cada rato le preguntaba a Eduardo si tenía la factura. Le daba miedo que algún policía lo parara y lo metiera preso. Más nunca robaré en mi vida, ni libros siquiera.

Eduardo recordó la clase del día después de la muerte de Adriano González cuando un profesor, llorando en clase, dijo que el único crimen que podía permitirse un estudiante universitario era robar un libro. Que él recordaba las clases en las que Adriano decía “muchachos, roben libros que igual los editores nos pagan: ustedes sólo le están robando al verdadero ladrón”.

La farmaceuta pasó, tomó un refresco y vio a Ezequiel a los ojos. Eduardo estaba muy distraído pensando a qué personaje de la literatura le había pasado lo mismo. Ezequiel entró en pánico y llegaron los policías. La cola no avanzaba. Una mujer pagaba en débito y había olvidado su clave nueva. El cajero de la otra caja había ido al baño, le habían caído mal las caraotas que le había hecho su suegra. La cajera que pasaba la tarjeta de débito se tardaba a propósito: no quería atender a unos delincuentes. Ya todos los empleados de la farmacia sabían qué habían hecho.

Ezequiel y Eduardo estaban tranquilos. Pensaban que se tomarían la chicha en el banquito de en frente después de pagar y que luego tomarían el metro hasta sus casas. Ni por un segundo se les pasó por la mente que serían descubiertos. Quizá a Ezequiel un par de veces, por haber cometido el crimen, pero lo desechaba inmediatamente. Entonces un tipo llegó con un gordo de la nada. Agarró por el brazo a Ezequiel y no habló, se veía que trataba de decir algo pero no podía.

El seguridad trató de recordar el procedimiento, pero estaba cagado. Esos chamos podían tener una pistola y sacarla ahí mismo. Trató de decir unas palabras, de ejercer autoridad, pero no pudo. Sólo le salió agarrar por el hombro al chamo que había hecho la vaina.

“Mierda, nos robaron” pensó Eduardo. “Ese tipo gordo seguro es un matón y nos confundió con unos mafiosos. Nos van a enseñar una pistola escondiíta y nos van a sacar del local, luego nos van a pedir un pendrive con información confidencial y si no se lo damos nos matan”. Entonces Eduardo tocó su bolsillo a ver si tenía un pendrive que darles a los matones por si acaso lo intentaban matar. Ese pendrive falso por lo menos les daría algo de ventaja para escapar de los matones.

-Me da un permi… un permi… un permi… -dijo el seguridad mientras tomaba del hombro a Ezequiel indicando con el dedo índice la nevera de refrescos que estaba al lado de él en la cola.

Eduardo pensó que no eran ningunos matones. Que sólo era un pendejo que no sabía respetar los espacios de la gente y los invadía sin remordimiento como el noventa por ciento de la población de Caracas. Eduardo, empezaba a pensar en pájaros preñados cuando el que parecía un matón yokusúnico dijo:

-Esto no fue lo que vinimos a hacer –Y regresó el refresco de piña a la nevera.

Eduardo se cagó, volvió a tocarse el bolsillo a ver si tenía un pendrive.

-Chamo –dijo el seguridad dirigiéndose a Ezequiel–, sácate el chocolate ése que tienes escondido atrás.

La farmaceuta miraba muy alegre a Ezequiel y se preguntaba quién sería su madre, los empleados y el seguridad esperaban a la policía en cualquier momento, Gian-Go se tronaba los dedos: en ese instante hasta el reloj se detuvo.

-Mira, chamo, no quiero escándalo, no te me pongas popi. Vamos a hacer esto. Vas a pagar el chocolate.

-Sí, yo lo pago, no se preocupe –dijo Ezequiel.

-¡No quiero ironías! –dijo el seguridad ahora con confianza al saber que había agarrado a alguien por primera vez en su vida.

-Sí, yo lo pago.

-¿Sabes qué? Harás toda la cola, pagarás el chocolate y luego no te quiero ver más nunca en este Farmatodo. ¡Jamás!, ¿oíste?, ¡jamás!

El seguridad tomó un refresco y se lo fue a tomar. Estaba feliz de haber cumplido el procedimiento a la perfección. Ezequiel y Eduardo tuvieron que hacer toda la cola y calarse que justo antes de pagar una doñita les dijera que ella iba primero, que por la tercera edad, que no sean unos abusadores, que ella pagaría. Y ellos le dijeron que sí, señora, pague. Y la doña los vio con cara de no me vengan con ironías.