Mostrando las entradas con la etiqueta 1ra temporada. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 1ra temporada. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de agosto de 2009

La realidad y sus amigos

El día en que todo cambio todo era muy diferente, nada era igual que antes, todo lo empecé a ver de otra manera.

Suena complicado, pero en realidad es muy simple… El techo ya no sólo era un techo… era simplemente otra cosa más a la que no podía llegar…

Mi cuarto ya no era un cuarto, era una prisión de pensamientos y recuerdos… (Tal vez de esperanzas pero ahora lo dudo).

La pared con fotos ahora era nada más una pared con fotos.

La ventana ya no me inspiraba a imaginar mi futuro… sólo me deprimía, recordándome que ese paisaje alguna vez pertenecería a mí (el mundo iba a ser mío junto al sol, la luna y las estrellas.)

Las cortinas ya no eran tan bonitas.. Ahora podía ver el polvo y el sucio que vivía allí y que nunca quise ver por miedo a tener que cambiarlas...

Ahora mi vida se limita a cosas simples… Vivo en una prisión de ansiedad, duermo todo el día y ya no me despierto en las noches para abrir las cortinas y ver por la ventana la luna que tanto admiraba y creía poseer…

Mi más profundo problema es que uno no puede crear su propia realidad.

Ahora mi luna ya no es bonita.. Mi luna no es más que un bombillo apagado que se encuentra en un techo, en un techo que, por supuesto, ahora es inalcanzable para mí.

Corazón de fuego


Por José Leonardo Riera


Al principio del principio, en las selvas de Caracas, gobernaba una chamana llamada Luna, ella era muy hermosa, brillaba resplandeciente día a día, pues allí no había sol ni noche, sólo un cielo azul que era iluminado por su grandeza. Todos los habitantes de la selva, hombres y animales estaban enamorados de ella. No obstante, ésta se consideraba superior a ellos, y por eso no les hacía caso.

Por carecer de emociones y buenos sentimientos, se dedicó a enseñar sus poderes mágicos a otros chamanes, quienes, enamorados, la seguían al punto de idolatrarla. No así el chamán San Thome, quien estaba decidido a quitarle su poder, pues consideraba que no lo merecía. La magia es sólo para aquellos de corazón humilde, aquellos que la usan para ayudar y proteger a su gente, decía San Thome.

Fue así que Luna, como siempre, estando sola y distraída con su belleza, fue atacada por el chamán San Thome. Éste le lanzó un hechizo que la convirtió en un zamuro. No obstante, Luna, por ser tan poderosa, fue creciendo poco a poco hasta que llenó todo el universo con sus plumas negras, oscureciendo para siempre nuestro mundo.


Pasó el tiempo y todo era un desastre. Sin la luz del día todos los habitantes de la selva estaban en peligro, se mataban unos a otros, se morían de hambre y, sin Luna, muy pocos chamanes aprendían nuevos hechizos. Ella estaba indignada, todos estaban tan ocupados en matarse unos a otros, que ya ninguno la recordaba ni admiraba su belleza.

Molesta por eso, juntó el poco poder que le quedaba y en medio de su negro manto hizo surgir un gran ojo blanco. El chamán San Thome informó a su pueblo que esa oscuridad era la noche, y esa esfera blanca era el ojo de Luna. Los indios al ver tanta luz en medio de la noche, quedaban enamorados de lo que veían y con el pasar del tiempo gritaban desesperados por alcanzar aquella esfera. Hasta que, muertos del cansancio, morían y subían flotando junto a Luna. Cada vez que un hombre fallecía lo llamaban “el estreno de la bella”, así, con el pasar del tiempo, se llamaron estrellas.

San Thome estaba preocupado, ya los hombres no se diferenciaban de los animales. Todos dejaron a su gente y sólo admiraban a la luna, San Thome estaba arrepentido de lo que había hecho y por esa razón buscó una forma de solucionar el problema.

Luna era muy poderosa, y se volvía más poderosa con cada estrella; era imposible para el chamán San Thome vencerla. Pero entonces decidió sacrificar su vida por su gente, por eso se convirtió en corazón y fue creciendo poco a poco hasta cubrirse de fuego y acabar con el manto de la noche. Pero la noche era muy grande, era imposible acabar con ella para siempre. Desde ese entonces, con el pasar del tiempo, la luna y el sol pelean sin cesar, la luna por mostrar sus estrellas, el sol por acabar con la oscuridad.


Se dice que por eso, desde el principio del principio, el sol, cuando no está en el cielo, está en la tierra con las indias, quienes por su corazón y su fuego, tienen a hijos caciques.



Guaicaipuro fue uno de ellos. Un indio de fuego y corazón que desde siempre impidió que reinara la oscuridad.

martes, 18 de agosto de 2009

Dulce ambición

Por Gabriela Valdivieso

En algún lugar de la tierra, cuyas coordenadas no tengo en gana precisar, existía un niño que disfrutaba la pasta y los tequeños. Pero no tanto. Le gustaban los caramelos y el chocolate. Pero no había comparación posible. Nada, ni su carrito Súper Byper Cobra 2000, podía competir con ella. Su redondez. Su color. Su aroma. Su dulzura. Su sabor ácido al consumirla con agua fría. Su forma de acariciar la lengua. Era ella. La chupeta. Su pasión, su enamorada. Vestida de faldas rojas y letradas, lo embelezaba, lo conquistaba, lo inquietaba.

Veía chupetas en todas partes. En los anillos y los botones. En cada rueda y cada tapa. En la redondez infinita de un papel higiénico y de una cebolla. Estaba en las luces de los semáforos y en los fondos de los vasos. Todos eran como ella; redonda, pero diferente de ella; insípidas y mundanas.

Cuanto comtemplaban sus sus ojos en la tierra eran espejismos. Dolorosos engaños. Falsas versiones de su delicia roja. Pero sobre su cabeza, allá arriba, había algo que lo emocionaba. Sobre el gran lienzo oscuro se dibujan noche a noche estrellas, satélites y planetas. Todos redondos y brillantes. Todos vestigios más o menos similares a su querida, pero sólo uno parecía la fuente de las chupetas terrestres.

La luna. Su luna. Ella, el gran astro grisáseo, era la mayor chupeta concebible. Gigante y brillante, era el objeto de sus más dulces fantasías. Sabía que toda su superficie vivía en tenso acercamiento al núcleo, al más grande y jugoso centro líquido del inmejorable gusto interestelar. Tal pensamiento asía su alma. Lo mantenía al marco de la ventana. Noche tras noche. Ardía en el deseo de conocerla, de abrazarla. De morderla.

Debía ser astronauta, sin duda. Mas mientras no pudiera, la velaría y la cuidaría, la conquistaría con promesas rellenas de deseo. Pero debía, en tiempos más cercanos que tardíos, alcanzarla y recorrerla. Saborearla. La lamería entonces hasta las últimas consecuencias.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Sólo para ella

Por Samar Hokche
Fui el otro día de paseo al bosque, me senté sobre un tronco y descanse mis ojos, al cabo de un rato el silencio reinaba y la tranquilidad me envolvía en su suave manto. Fue en ese preciso instante cuando llegaron a mis oídos esta historia, unos árboles me la contaron y, como era tan poco inusual escucharlos hablar, puse atención a lo que tenían que decir:

“Hace muchos años atrás vivió un pintor, un hombre de muy noble corazón. Conoció en una tarde de verano, en la plaza de su pueblo a la persona que le robaría el aliento y la cual se convertirá en la fuente de sus deseos, la razón de sus desvelos; la señorita Melinda, de labios rojos y cabellera oscura, de piel clara y ojos profundos. Para poderla conquistar la retrató en miles de cuadros, en diferentes poses y perfiles. Entre tonos y sombras él le demostraba su inmenso cariño, cada semana le mandaba una pieza de arte diferente, pero para ella eso no era suficiente.

El pintor no sabía que más hacer, sus esperanzas desvanecían. Hasta que en una noche oscura y estrellada subió a lo más alto de la montaña y decidido a enamorar a Melinda, le pedió un favor a lo único con que se podía comparar la belleza de su amada, a la hermosa y brillante Luna. Le rogó y suplicó que bajara a la noche siguiente y posara junto a su futura esposa, que fuera su regalo. La Luna lo pensó por unos segundos, pero envidiosa de la pasión del pintor le pedió a cambio que cada noche antes de acostarse, él la dormiría con algún verso dirigido sólo para ella. Los dos cumplieron su palabra, el pintor pasó el resto de sus días recitándole a la bella Luna”.

Así que cuando el cielo esté cubierto de estrellas, quédate muy callado y cierra los ojos, tal vez sea tu noche de suerte y el viento te susurre algún poema de nuestro pintor enamorado.

¡Ayuda!


Imaginaba cómo será la vida de un pez en su pecera, me preguntaba qué pasa después del “Y vivieron felices para siempre”, pero pero pero nada me inquietó más que descifrar a letras la verdad de la enigmática luna.

Envuelta en misticismo, la luna ha inspirado millones de relatos que involucran el azar, las mareas, el amor y los hombres lobo. Pero a nosotros no nos inspira estas cosas. No nos interesa lo mismo.

Sólo por esta vez, nos basaremos en sensaciones, impresiones (reales o imaginarias) de la luna. Nos preocupa qué textura tiene, qué letras la representan, cómo suena, a cuántos pulgadas está de mi dedo gordo, qué tiene adentro, si rebota, si tiene gavetas y compartimientos secretos...

Así, por esta semana, ella, la luna, será nuestro objeto de estudio y nuestro punto de partida. Nuestros sentidos e ingenios deben dar con ella.

¡Ah, pero hay un deber! Como es tan celosa y exigente, La Plateada nos dejará olerla si y solo si agregamos en el texto frases célebres transformadas. Es decir, no podrás tocarla si escribes "Carpe Diem", sí en cambio si le susurras un "¡carpa, dime!". Se esconderá de tu vista si le dices "Yo soy tu padre", no tanto si le dices "Yo soy tu postre".

En fin, necesito chorros, ¡liiitros de letras! sobre la luna como objeto, junto a una frase maldecida.

¡Y colorín desgastado, este reto ha iniciado!

Mi vida es una melodía


¿DÓnde estoy?

¡REencarné!

¡MÍrenme!

FAbuloso.

¡SOLamente mírenme!

LA negra, mi negra, se quedará impresionada.

¡SÍ! Se alegrará de mi regreso, se asustará por incrédula.


El único problema es… ¿Cómo hare para que me reconozca?

¡Lo tengo! Seré famoso, algún día alguien me tocará mágicamente, seré su mejor amigo, su primer piano, su profesor… La negra me oirá, me recordará y apenas oiga mis hermosas notas me reconocerá, sabrá que estoy vivo a través de las melodías, me buscará y besará… como la última vez.

martes, 11 de agosto de 2009

Gotas de Lluvia


Gotas de Lluvia

Por Jessica Márquez Gaspar

Tin tan taan, tin tin. Do Re Mi Fa Sol La Si. Letras, sonidos, teclas blancas, negras. Sus manos se deslizaban suavemente, recorrían las sensaciones, los momentos, el espacio y el tiempo. Una máquina de escribir y un piano de cola. Sus dedos presionaban las teclas cuadradas. Chaca, chaca. Y el mundo se iba creando, iba brotando para alzarse con vida propia. Inmenso, profundo, el abismo y el encierro, el encuentro.

Sobre el mundo tocaban, creaban, hacían. Iban fundiendo caricias y besos; con Chopin y Dostoievski de testigos, de maestros, se amaban profundamente. En un apartamento tipo estudio compartían el arte que, en el medio de la estancia, parecía fundirse, hacerse verbo, elevarse hasta las alturas… y luego caer. Entre su piel blanca y su cuerpo moreno, entre sus pectorales de roca y sus pechos de cielo, el mundo cobraba sentido, las voces alrededor simplemente callaban.

Se amaban a medio camino entre la locura y el desespero, entre el absurdo y el conocimiento certero de que, más allá de los arpegios y las historias, sólo sus cuerpos, sólo el universo podía expresar, significar y ser verdaderamente. Era amar como si mañana no hubiera nada, no hubiera. Era saber con certeza que cuando acabara la lluvia de resbalar por la diminuta ventana de su alcoba, se perdería la magia, fugitiva, por entre los resquicios y por debajo de la puerta.

Él tocaba el piano con la fuerza de un dios, ella escribía con la delicadeza de las flores. Él se dejaba ser entre las teclas y en las claves de La y de Sol. Ella dejaba el miedo afuera al narrar la vida y describir el universo. Era sencillo. Se adoraban y no había más. Eran exitosos y habían pasado años juntos, de reconocimiento y de pasión. De felicidad y de rayos de luna. Ahora que la lluvia caía sobre la calle, cada uno se apoderaba de un retazo del tiempo y lo cortaba en pedacitos. Mientras ella tocaba sus brazos y se perdía en su espalda, él veía en sus ojos canelas la perfección hecha ser. Mientras él respiraba como si el aire fuera de dulces ella sonreía como si el cielo fuera de albaricoques.

En el medio de todo creaban la sinfonía última, la novela por excelencia. Aunque inmóviles estaban la máquina de escribir y el piano, de ellos surgía la obra perfecta, el arte cobraba vida y se perdía en el perfume suave de ambos cuerpos. Iba in crescendo, a veces iba piano. Otras la tensión aumentaba, a veces se sentía la suavidad del momento. En la cumbre del mundo la obra se hizo más fuerte. El tocaba con pasión, con desenvoltura. Ella narraba con la finura de las uvas, con la destreza de una rosa. La lluvia iba cayendo cada vez más suave. Las gotas resbalaban lentamente en el vidrio y se iban perdiendo en la caída definitiva hacia el abismo. El silencio fue apoderándose de la habitación, a medida que la sinfonía llegaba a sus últimas notas y la novela al punto y final.

Cuando sólo quedaba una llovizna fría y melancólica, todo quedó sereno. La obra estaba consumada, había sido creada. No dependía ya de ellos. Fueron apartándose de las teclas, fueron alejándose lentamente de la máquina y del piano, hacia el centro de la alcoba, y ahí, en la cama de madera y entre las sábanas cremas, se encontraron y se amaron.

El cajón del piano


El dinero estaba escondido en el cajón del piano, pero ni Elias ni el asesino lo sabían. Quiza por eso la noche se había tornado roja antes de tiempo y las sirenas ululaban rompiendo el espectro oscuro de los callejones. Elias estaba muerto y la salida trasera del teatro nacional seguía abierta. Una húmeda brisa calaba en los huesos de los asistentes que no se animaban a ver el cadaver , salvo los pocos que tomaban fotos con el celular. Y más allá, en las aceras de todos los enfrentes, las callejeras y los perros despegaban del suelo la misma tristeza, una de esas constumbristas y trágicas que pasan por la garganta amplia de la amargura. Elias estaba muerto, bien muerto, desvanecido sobre la calle caliente.
Le tomó quince años, de los veinte que tenía, en convertirse en maestro de piano. Su madre vaticinó la suerte con la eficacia de una pitonisa: está hecho para ser alguien grande.
Y su humanidad, en el momento en que murió, pesaba casi los ciento veinte kilos. Nadie dudaba de su talento para la música clasica. Todos los autores clasicos corrían por su dedos con la misma ligereza del agua.

"Vamos a ver qué haces ahora con esto..." y un balazo le rompió la tapa de la cabeza.

La plata estaba en el cajón del piano. Ahí estaba, con la inocencia de un objeto inerte, entre las cuerdas que unían el sonido con las teclas, aquellas que Elias tocaba con tanta virtuosidad como un santo. Ahí estaba, esperando al asesino, pero no hubo tiempo.

"Tú sabías que para ayer, cucaracha, tú sabias..." Y se escuchó cómo la muerte preparaba una bala.

Y fue un error idiota de Elias. Comprar el piano a la última hora, con el dinero prestado de un matón. Y más si eres ciego y con una fuerte tendencia al azar. Creyó que la muerte hacía treguas con los lisiados y asi no era como funcionaba el mundo.

El viento helado cortaba la sangre. Más arriba, donde las casas pierden el nombre y el número, una sombra huía con las manos vacias. Algunos se arrodillaban sobre Elias desvanecido, mientras el dinero inerte y huérfano esperaba en el cajón del piano.

lunes, 10 de agosto de 2009

Dispara, menor, dispara

Por José Leonardo Riera


La casa de Esleyter, al igual que la de Demetrio, Abigail y Albano, quedaba junto al lugar de reunión de los malandros de Carapita. Éstos, allí, fraguaban sus futuros actos delictivos y comentaban animados los anteriormente ejecutados. Hablaban de las jevas, de los fariseos y, además de esto, fumaban marihuana y bebían aguardiente San Thome (hecho en Venezuela).

Para Esleyter esto no era ningún problema, ellos nunca se metían con él. Y él, cuando se cansaba de escuchar las locuras y/o estupideces de aquel grupo de malandros, se sentaba al piano y empezaba a tocarlo tan perfectamente como lo hacía su abuelo, quien fue el que lo enseñó.

Una que otra vez, incluso los mismos malandros gritaban: ¡Épale menor, disparate una de esas piezas cartelúas que tú tocas! Y Esleyter, haciéndoles caso, tocaba contento; eran esos malandros los únicos seres en el mundo que lo escuchaban y aplaudían su talento. Ese chamito se la lacrea, decían éstos al terminar de escucharlo.

Esleyter, además de estar acostumbrado a escuchar el piano, también escuchaba, bastante a menudo, el ruido de disparos. No obstante, por primera vez en su vida, esos ruidos se escuchaban junto a su casa, en el lugar de reunión de su “público”.

Los malandros del callejón fueron a matar a los malandros de la vereda, justo en el momento en que Esleyter daba uno de sus recitales. El sonido de los disparos hizo que él se detuviera mientras que, malandros contra malandros, se mataban unos a otros. Algunos estaban escondidos, otros corrían de un lado a otro y, aunque ya había pozos de sangre en el suelo, todavía se veían las balas por el aire.

Esleyter se estaba quedando sin público.

El líder de la banda tumbó la puerta de la casa de Esleyter. Una vez adentro se agachó y, al darse cuenta de que lo miraban sorprendido, dijo: Costilla, toca el piano ahí, ¿sí va?

El pianista estaba agachado junto a su piano, tan asustado como sorprendido, en el momento en que vio que el único miembro de su público disparaba hacia fuera de su casa. Dispara, menor, dispara, le gritó el malandro.

Esleyter le hizo caso, disparando magistralmente sus notas musicales que, con el ruido de los disparos, provocaban una sinfonía para morirse.

Aún agachado, pero sin dejar de tocar, pudo ver al malandro quien, lleno de disparos, sangre y emoción, le dijo: Bien por esa, chamito. Y Esleyter se quedó allí, disparando arte y belleza a tanta sangre y horror.


Y me tocó

Por Samar Hokche

Era un día lluvioso y gris, tenía quince minutos de retraso cuando hizo su entrada, con el pantalón rasgado y camisa mojada que ligeramente se le adhería a su piel bronceada. Una sonrisa encantadora iluminaba sus bellas facciones, su aspecto era rebelde e indiferente. Me miraba desafiante, y yo era débil, no pude evitar caer rendida a su voluntad. Yo sabía que en esa gloriosa tarde nacería entre nosotros un lazo inseparable, y en una sutil armonía nos uniríamos hasta el fin de nuestros días.

De mi mente nunca podré olvidar la primera vez que me acarició, fue una sensación inconcebible, más bien ¡mágica! Sus manos estaban temblorosas y dudosas cuando me desvistió, cerró los ojos y suspiró, y en el instante en que sus finos y delicados dedos se deslizaron sobre mí con tanta naturalidad, gracia y soltura, toda inquietud desapareció. Interpretó nuestras melodías preferidas, ellas embellecían cada minuto de nuestro encuentro.

No sé como lograba conseguir siempre la nota correcta, creando aquella música perturbadora. Sus manos, su contacto, su pasión, hacían resonar en mis adentros los más íntimos deseos, exaltaban mis sentidos, haciéndolo mío. Me sentí dueña de sus angustias y desesperaciones. Al finalizar, la luna nos sonreía. ÉL abrió sus oscuros ojos, se levantó y, dejando oír su voz, me dijo tan dulcemente ese “Gracias” que tanto anhelaba. Soy feliz desde aquel entonces, sólo canto cuando me toca. Algo me dice que soy su instrumento preferido y él mi músico adorado.

Pluriverso

Por Gabriela Valdivieso


—¿No es emocionante esto, el mundo? Los corazones laten, las iguanas son verdes, las mariposas vuelan, las gargantas soplan voces y el sol calienta. ¿No es esto una fantástica obra de arte?

—¿Ah, fantástica o fatídica? ¿Acaso no ves las alfombras raídas, las clinejas desatadas, las mentiras ocultas, los lápices partidos, los argumentos vacíos y las falacias voladoras? ¿Los faros rotos, la suerte selectiva, los ladrillos incompletos, las almas corrompidas y las narices amorfas?

—Sí, veo todo y lo veo fantástico. Es lo sublime y lo grotesco. Las blancas, las grises y las negras. Son todas piezas determinantes de este inmenso mundo. Somos los afortunados huéspedes de este mal llamado Universo. De este Pluriverso infinito. De este devenir incesante de colores, imágenes, tamaños, olores, texturas, vibraciones, reflejos, sabores, emociones, formas, pasiones y sonidos. Es esta inmensidad producto de un piano multiforme. Somos parte de una gran melodía. El mundo suena, chispea su canción cónsona y perfecta.

—¿A qué suena, si no a dolor y a desengaño?

—¡Shhh, escucha! ¡A vida y posibilidades!

Epílogo Pianíssimo


—Vas a terminar cansado —me dijo—. Y no querrás verme nunca más.

Apreté su mano con tanta delicadeza que ni siquiera sé si “apretar” es el término que aplica.

La ruptura está en el futuro todavía.

En el pasado, los segundos del primer beso flotan congelados en la eternidad.

Amo sus ojos. Amo su boca. Amo su sonrisa, amo su aroma, amo la forma en la que me habla, en la que me anima, en la que hace que las dificultades del mañana se derrumben con sólo un gesto coqueto. La amo y nada existe que me asuste más que eso.

Se acuesta de medio lado y besa el dorso de mi mano. La sujeto entre mis brazos. En la periferia de mi visión, el piano. La lengua a través de la que ella habla su segundo idioma. El altar ante el que fusionamos los espíritus por primera vez.

Beso su hombro.

—Te amo. No podría cansarme de ti aunque lo intentara con todas mis fuerzas —le digo, y así es.

—Sabes que traté evitar todo esto. No quise perderme en este laberinto… pero entré. Y te he arrastrado conmigo. Después de todo lo que ha pasado y de todo este tiempo… ¿sabes? Las normas dicen que deberías haberte ido hace mucho.

Con sutileza, la volteo. Está acostada boca arriba ahora, frente a mí. Por un instante, que parece perpetuo, me enfoco en su boca y todos los pensamientos dentro de mí se borran y se trata sólo de besarla. Sus labios son suaves, son cálidos y saben a la salvación que nunca esperé encontrar.

—Las normas son estúpidas —digo—. En especial esas normas. Influye también el hecho de que te amo y de que me encanta todo de ti, así que… no creo que muchas reglas puedan oponerse a eso.

Mis dedos juguetean con su cabello negro. Es sedoso. Podría estar haciendo esto todo el día.

En el futuro, la veo darse media vuelta y marcharse de mi vida, pretendiendo que no le importa y que lo que fluye de sus ojos no son lágrimas.

Sigue tocando el piano para mí en el pasado. En esos momentos de memoria inmortal, estoy enamorado de sus notas y de su armonía.

Ahora está desnuda bajo las sábanas y este pequeño nudo de sentimientos es suficiente para mantenerme vivo más allá de la vida. Acaricia mi cara y las palabras no alcanzan para explicar cuán etéreo su toque me hace sentir. Ante semejante magia en sus manos, no me sorprende que el piano hable solo al entrar en contacto con esos dedos.

—Las personas son lo único cambiante en mi vida —le oigo decir—. Cada pocos meses, quienes quiero se van. Aprendí a no querer a nadie. Y tú vienes ahora y rompes la premisa de los demás y me haces romper la mía. Y te odio por eso.

Sus ojos están húmedos.

—Yo también te odio —le susurro.

Sus labios se separan ligeramente y se unen a los míos.

Todos mis sueños sobre ti siguen flotando, cada vez más cerca de la orilla.

Toca una última vez para mí, en el futuro, en el mismo piano que presenció los primeros de incontables besos.

En el pasado estamos bromeando y conversando entre sonrisas, sin poder imaginar lo que nos esperaba tan sólo unas pocas notas más adelante en la canción.

Pero ahora, el mundo está representado por sus ojos oscuros y su piel canela. Una armonía en el presente. Un anhelo en el pasado y una memoria de perfección en el futuro. Mientras mis dedos están entrelazados con los suyos, no quiero que la canción termine jamás.

En mi nada, lo fuiste todo para mí.

sábado, 8 de agosto de 2009

Piano: belleza, fantasía y horror.

Cualquier película, con un buen fondo musical de piano, resulta ser maravillosamente tierna y/o hermosa. Yo, por mi parte, prefiero las películas basadas en hechos reales. Pero sorprendentemente, los hechos reales de hoy en día son tan increíbles que pareciera que éstos han sido sacados de una película de aventura.

"Esta vida está basada en una película de aventura".

Es precisamente eso lo que define mi estilo y selección de temas al escribir. La fantasía, la belleza y los increíbles hechos reales.

¿Quién dice que estos elementos no pueden fusionarse?

El que lo diga es porque no ha visto a un chico tan desastroso como yo tocando un instrumento musical tan hermoso como lo es el piano.

Entonces pues, les invito a que nos detengamos un momento y empecemos a darle un toque de belleza, y fantasía, a nuestros increíbles hechos reales.

viernes, 7 de agosto de 2009

Así es la vida



Así es la vida

Por Pinocho en el Ministerio
A.K.A Jessica Márquez Gaspar


El día que me di cuenta de mis errores fue inútil. Aún era joven y podía repararlos. Aún tenía la oportunidad de volver a comenzar, de rehacer de mi vida. Inútil, totalmente inútil. La idea es llegar a viejo, tener como ochenta años y darse cuenta de pronto que cometiste tantos errores, que dañaste todo, que te frustraste tú solito la felicidad y que alejaste a los pocos que te soportaban y querían. Ése es el orden natural de las cosas, así es la vida. Pero no. Yo a mis treinta y tantos sabía ya que estaba jodiendo mi vida. Ahora tenía que dedicarme a darle un vuelco, a cambiarlo todo. Qué ladilla. Desde aquel entonces soy infeliz, mucho. Porque no tuve lo que todos tienen: la oportunidad de morirse insatisfecho con la vida, quejándose por todo y arrepintiéndose. Quién me manda, no debí ponerme a analizar, qué terapia y qué psicoanálisis, qué retrospección y qué nada. Y de la confesión ni hablemos. Yo tenía que quedarme tranquilito y dejar que las cosas siguieran su curso. Así es la vida, chico, y así debió haber sido. Ahora soy un tipo satisfecho, casado, con hijos. Tengo mi propia empresa, alcancé mis sueños. Tengo casi noventa años y estoy sano. Los médicos dicen que a este paso me moriré de causas naturales como a los 103 años. Esto no es justo, de pana. Es que el día que me di cuenta de mis errores fue inútil porque me cambió la vida, ¡Coño!

lunes, 3 de agosto de 2009

Aprendiendo a errar

Por Gabriela Valdivieso

Lo despertaron a la quinta llamada y alcanzó, antes de salir rumbo al colegio, a rayar de marcador morado el zapato de su hermana.

A las ocho le dijo a la profe que no estaba tan delgada. A las nueve, en el recreo, ganó la partida con una carta de otro mazo. A las diez tomó un lápiz prestado para siempre. A las 11, tras la clase de Lengua, le arrancó una página al cuaderno de la niña que le gusta. A las 12 hizo esperar a su mamá en el carro.

En casa, a la 1 se negó a comer vegetales. A las 2 mató nueve hormigas con una desgastada lupa. A las 3 escondió el labial de la empleada doméstica y a las 4 le recordó a su hermanito que el cielo era verde y las cotufas anaranjadas.

A las 5 encerró a Pelos en el baño. A las 6 le dibujó un bigote al anciano del cuadro de la sala. A las 7 se comió las papas fritas de su hermana. A las 8 ensució de chocolate la corbata de su papá. A las 9 agujereó con el compás el ojo derecho de un peluche y a las diez jugó con Alka-Seltzer en perfumes.

A las diez lo enviaron a la cama y se entretuvo cortando retazos de un libro hasta las 11:59. Entonces, a un minuto de distancia del día siguiente, se arrodilló al lado de la cama, juntó sus manos y mirando al techo pronunció: "Gracias, Diosito, por permitir que los errores me hagan aprender como dice mamá. Gracias por todo. Nos vemos mañana." Se acostó mirando a la ventana. Le sacó la lengua a la luna y cerró los ojos. Hasta hoy.

CONOZCO A MUJERES



Conozco a mujeres

Por Noelia Depaoli

Sudor, pálpitos, su boca, mi boca, sus ojos, los míos, mi pecho, su pecho, los puños, mi puños, mi sexo, su sexo. Eva se llamaba, y esta noche le voy a caer a coñazos porque me pagarán 5.000 bolívares si la dejo nock-out en la lona. Estoy excitado, tengo miedo.

1er round

Se acerco a mí y me dijo: “tú eres tan macho, pero tan macho, que te mandaron a pelear contra mí, ¿verdad?”. No habían encontrado un contrincante tan ligero como ella entre las mujeres por eso me habían mandado a mí, a “el rayo Rafael Jiménez” . Luego Eva continuó: “a mí me dijeron que te llamaban “Rafael cuerpo’e jeva” y por eso te mandaron conmigo” y empezó a reírse, la maldita.

Me gustó verla antes de la pelea: será como cuando tiramos, “Rafael cuerpo’e jeva” pero ahora tú estarás abajo, me dijo. Me quedé callado, tenía miedo de realmente golpearla fuerte, pero me prometieron 5 palos y en verdad necesitaba la plata, se lo dije: “sabes que tengo 4 hijas, ¿verdad?, sabes que me pagaran mucho por joderte esta noche, ¿verdad?” (“Me perdonarás ¿verdad?”, pensé). Ella se quedó callada mientras se ataba los botines. En el pasillo alguien pasaba, era el negro, su entrenador. Me miró con cara de pocos amigos… creo que sospecha que hemos estado tirando. Ella seguía callada, ahora se estaba arreglando la franelilla, supe que no diría más nada y me fui.

2do round

El lunes la vi desnuda por primera vez: tenía las tetas como mis pectorales. Trató de comportarse lo más femenina que podía, incluso tuvo algo de vergüenza durante el espectáculo íntimo. Pero no me aguanté: “siento que tiro con un tipo”. Eva se compostura como un gato y bufa: “conozco a tipas con el huevo más grande que tú”.

1er asalto

Los gritos me animaban mientras la luz de la lona me enceguecía. Ella estaba furiosa, estaba sola, todos querían que la jodiera. Se puso el protector bucal, el negro le dijo alguna pendejada al oído. Yo me hice el loco mientras pensaba: “la plata, la plata, la plata, coño’e su madre Eva, la plata”… Nos acercamos uno al otro al medio de la lona, el réferi hizo el protocolo de rigor, la miró a ella, me miró a mí, entonces sospeché que también sabía que me la estaba cogiendo, aunque a veces fuera lo contrario. Chocamos los guantes, la multitud enloquecía. Recordé sus pechos cabalgando sobre mi cuerpo, “no eran de hombre sabes, Eva” alcance a decir, cuando ella me volteó la cara con un derechazo.





3cer round

Tardé poco en acostumbrarme. Ella me golpeaba rápida y fuertemente con toda la intención de romperme la quijada y yo la empujaba profundamente con el deseo de partirla por la mitad. No sabía si gemía o no. Solo me oía a mí mismo jadeando como si subiera una cumbre. Ella gritó y yo también. Nos quedamos dormidos, ella apoyó su cabeza en mi pecho, mi nariz sangraba y creo que su sexo también.

La noche se extiende como un espejo negro…

Tardé poco en recuperarme. Ella me miraba a los ojos, pero ahora yo sólo miraba la plata. Brincaba alrededor mío como un conejo. Yo buscaba su cara con mis puños, ella evadía rápidamente. Un gancho izquierdo suyo quedó en el aire y dejó libre un flanco derecho de su cuerpo. Le encajé un coñazo en la costilla y ella quedó sin aire. Entonces la pensé y le encajé otro gancho en el rostro. Volteó su cabeza completamente, la sangre me salpicaba, ahora estaba totalmente excitado. Ella cayó en el piso.

Diez, nueve, ocho, siete, seis. A la quinta, se levantó vuelta una fiera. Pasaron los 2 minutos. Se sentó en una esquina de la lona mientras mi entrenador me recordaba lo “marico” que era por pegarle así a una mujer. Yo pensaba: “la plata, la plata, la plata, me importa un carajo Eva, la plata”.

2do asalto

La campana suena. “conozco mujeres que tienen el huevo más grande que tú”. Su voz recorría mi cuerpo como una corriente eléctrica. Sentí una leve erección mientras ella trataba de encajarme los puños en la cara. Recordé lo duro que era su vientre y lo inútil que sería si le pegaba ahí, entonces yo también buscaba su cara, especialmente su boca: “para que más nunca nadie te bese”. Estaba furiosa, me encajó dos o tres golpes en la cara. No recuerdo bien, sólo sentía cómo mi sangre se metía por mi boca entreabierta. Mi entrenador paró la pelea al minuto y medio.

–Se te nota cansado, Rafael, ¿qué coño te pasa, vale?
–Tienes que verla en la cama, viejo. Es como una tigra.

El timbre sonó. Este asalto lo gana ella.

–A la próxima jódela, Rafael, jódela como si te la estuvieras cogiendo, me decía.

3 asaltos, 4 asaltos, 5 asaltos, 6 asaltos

Son largas ciertas agonías del corazón

7mo asalto

Su boca sangraba lenta y estúpidamente. Un largo y delgado hilo de baba roja colgaba de su labio inferior mientras sus ojos deformados me miraban extraviadamente. Mis cejas estaban destrozadas al igual que mi nariz. De mis dientes brotaban otros dientes rotos, me había mordido yo mismo la lengua. Estaba distraído. Un sólo coñazo más y uno de los dos perdía o ganaba la pelea. Era seguro que después de ésta, no podíamos sino casarnos o dejarnos de ver por siempre. Ya no pensaba en la plata, sino en mi cuerpo sobre Eva, estaba harto distraído. Pero Eva encajaba en cada puño el corazón. Estaba destrozada.

Un gancho derecho débil y mal parado encajó sobre su nariz. Ella se recuperó rápidamente del golpe mientras me seguía mirando a los ojos. Me metió un golpe en la sien, pero nada, luego otro en la ceja, pero nada. Entonces me encontré en ventaja y en su mirada vi su derrota. En ese momento sentí algo como un golpe muy fuerte y hondo, luego un vaho negro y espeso.

***

Cuando me desperté, estaba en el hospital. A mi lado había flores. Mi entrenador se alegró de verme con “tan buena cara”. En mi interior sabía que estaba vuelto mierda, pero aún así, y recordando un poco la pelea, que al final y cuentas ya no importaba si yo hubiera ganado o perdido, sólo quería saber que hacía acostado viendo cómo mi entrenador y otros pugilistas me veían con lastima y con sorna.

–¿Qué carajo pasó? ¿y la pelea? ¿Yo gané la pelea? ¿Qué hago aquí, vale?

Mi entrenador se acercó y con la mirada gacha me dijo en tono solemne: “Eva te explotó las bolas viejo. Fue tremendo derechazo. Parece que te sacó sangre y todo. Tú no gritaste ni nada, sólo te desmayaste. La descalificaron de inmediato y por ende ninguno de los dos ganó la pelea, pero los organizadores igual te dieron los cinco mil bolívares porque con eso tú podrías… tú sabes, viejo.” Y se quedó callado.

No quise preguntar por Eva, no quise saber nada de la plata, fue mi error no haberla matado antes cuando su frágil cuerpo cabalgaba sobre el mío o cuando estábamos en los primeros asaltos. Estaba callado. No atinaba a decir nada, sólo su voz diciéndome “conozco a mujeres que tienen el huevo más grande que tú” me recorría el cuerpo como una serpiente eléctrica.

Melancolía de un alma en pena

Por José Leonardo Riera


El día en que me di cuenta de mis errores fue precisamente el día que asesiné a Cora. Me dio una terrible melancolía, pues yo ya estaba muerto.

Niño

Niño
Por Pinocho en el Ministerio
A.K.A. Jessica Márquez Gaspar

El niño alzó suavemente su mano hacia su objeto de deseo y afecto. Se estiró como si aquello fuera necesario para seguir existiendo, como si la ansiedad le consumiera por dentro, le consumiera el cuerpo.
Desde el piso de tierra y bajo el techo de zinc, el niño se inclinó hacia sus queridos y únicos juguetes. Ellos, inalterables, yacían sobre la mesa en el centro de la estancia. Un manotón bien propinado los acercó hasta el borde, hasta su dueño. Con felicidad el niño apretó entre sus pequeños dedos un objeto alargado y otro rectangular. Se sentó en la tierra fría por la humedad de las lluvias y emprendió su viaje.
A ratos era pescador como lo había sido su abuelo. Con su caña hermosa con mango y anzuelo, navegaba mientras esperaba que el pez amarillo con una raya roja mordiera el señuelo. Así pasaron las horas en el apacible bote, sin que nada le molestara. Pero entonces empezó el sonido de los cañones y supo que tendría que luchar por su vida, porque sólo su valor, su escudo rectangular y su alargada lanza, lo protegerían de sus atacantes, y le permitirían salir con vida de aquello.
Luchó y luchó hasta que no quedó más que huir e internarse en la selva. Ahora no eran humanos sus perseguidores ni fabricadas sus armas. Los gritos insistentes de los animales lo mantenían alerta. Equipado con un largo rifle y un machete amarillo, atravesó la densa vegetación, atacado por el hambre y la sed. Cuando creía no poder más, encontró un pequeño pozo y un pedazo de fruta en el suelo. Agotado, se quedó dormido.
Poco a poco la luna se apoderó del cielo. Bajo las estrellas, una constelación de luces iluminaba el cerro. Sin electricidad el niño dormía profundamente desde temprano. En la oscuridad, sobre un piso de tierra y bajo un techo de zinc, sus manos descansaban, satisfechas, mientras apretaban con fuerza dos sucios objetos: un cepillo de dientes sin cerdas, y un desgastado ticket de metro.

sábado, 1 de agosto de 2009

2 cerdas y una raya negra



Sobre el aliento

Según el Dr. Arturo "cabeza de vaca" los cepillos de dientes sólo limpian el 20% de la boca, quedando el 80% restante en la más oscura y húmeda suciedad. No quería hacerlo público, Mauricio, pero sufres una enfermedad muy común en estos días de comida rápida y festejos banales; halitosis le llaman, y bueno, yo acepté esa enfermedad durante estos tres meses de amores, pero ya llega un punto en que no puedo, Mauricio, no puedo, besarte y ponerme azul; Parezco un pitufo enamorado y mis amigas se burlan de mí por estar enamorada del rey dragón. Por eso te dejo, ahí, tirado en la cama, esposado con las esposas de mi ex marido, que era dentista... qué cruel el destino.

Sobre los desalientos

Exterior/noche. Mauricio toma el teléfono:
– ¿Aló? (aburrido, somnoliento)
–Viejo, adivina a quién botaron del trabajo porque la "cacharon" haciéndole un "blow-job" al jefe... (Voz masculina emocionada e inquieta, completamente desquiciada)
– ¡Miércoles! (grita emocionado). No me digas: ¡¡¡Estella!!! La buenísima del segundo piso. Es que yo se lo veía en la cara, chamo, esa hembra se veía con ganas y una boquita de mamá... yo sabía que Arturo la iba a hacer pagar (sigue conmocionado). Ese aumento de sueldo no era gratuito chamo, no era...
– (Interrumpe a Mauricio) Chamo, fue la señora Elisa... la viejita que es mamá de Gonzales. La que tenía setenta años, que no sabía prender la computadora... Ésa.
– (Silencio)
- (La voz continúa, ahora un poco perturbada) Parece que fue en la sala 1. Arturo anda emocionado, dice que es como una succión al vacío. Gonzales no lo sabe, pero todos lo vemos como con lástima. Chamo qué feo. Esa viejita ni siquiera tenía dientes, chamo, me imagino que se cepilló las encías con el... (Se oye cómo alguien corta la comunicación del otro lado del auricular)
– ¿Aló? ¿Aló? Mauricio, ¿sigues ahí?

Sobre el transporte

Querida Estella:

Ayer mientras escuchaba cómo te quejabas de que el Metro de Caracas era una suerte de noveno círculo urbano, donde lo macizo de tus nalgas se veían obligadas a "fraternizar" con los cuerpos ajenos del enemigo, yo pensé en Tokyo, sí, Estella, como lo lees: ¡en Tokyo! Porque en Tokyo hay personas que cuando la gente no "cabe" en los vagones, los empujan hacia adentro del vagón, donde ellos como pueden se hacinan y se desean los buenos días mientras en sus cabezas giran las canciones de algún animé.
También pensé en el metro de Nueva York, donde los vagones están llenos de grafitis disidentes y negros, donde el gueto y la culpa se dan la mano porque las estructuras políticas que nos hacinan a los unos y los otros se mueven en nuestra contra y hacen que nos alegremos porque el jefe nos aumenta de sueldo. Sí, Estella, sí. Ese maldito jefe al que mi mamá le hizo un "blow-job". Ese mismo. Aquel que me despidió justamente cuando tú me decías que escribirte un "TE AMO" en un ticket de Metro era cursi, pobretón y estúpido.

Y yo pensé en Tokyo, en Nueva York, en mi mamá y me dije: "coño, Álvaro Gonzales, ¡¡tú sí eres imbécil!! Preocupándote porque te dijeron que un ‘te amo’ en un ticket de Metro era idiota, cuando tu mamá disfruta más de la vida que tú". Por eso, Estella, te escribo esto. No lo tomes como una despedida, sino como un hasta luego porque esos pobres japoneses y esos pobres del gueto y mi persona tenemos razón para quejarse de la vida...

Y tú me criticas por un "te amo" en un ticket de Metro... NO ME JODAS...

con Amor, Gonzales "el guevon"

jueves, 30 de julio de 2009

Hacia el Nirvana

Por Andrea Gómez

“No lo hagas” eran las palabras que pasaban por la mente del cepillo de dientes mientras por fin llevaba a cabo su plan de escapar. Jabón siempre le decía que nunca iba a encontrar un lugar mejor. Él respondía que ya no aguantaba más, ese apestoso cerdo desagradable a quien llamaba "dueño" llevaba tres años con él... el límite son cuatro meses, ¿sabías eso, Jabón? Pues no, claro que no lo sabia, era solamente un jabón.

Su plan consistía en:

1) Brincar del lavamanos al suelo (un acto casi suicida, considerando claro que es un cepillo de dientes)
2) Correr hasta el dormitorio de su dueño (más que correr yo diría dar pequeños brincos, una vez más, es un cepillo de dientes)
3) Conseguir un ticket de metro de algún bolsillo
4) Secuestrar al ticket (Dicen que es complicado porque son todoterreno)
5) Tomar el metro y llegar al Nirvana. (Citando al incienso: “Es un sitio grandioooso, man”

El plan parecía bastante simple. Sin pensarlo dos veces saltó hacia el suelo haciendo gritar a todos de horror, “Estoy bien, sólo me doble un poco las cerdas” gritó luego de la caída. Todos se tranquilizaron y se asomaron para observar su gran huida.

Empezó a dar brinquitos hasta llegar al dormitorio, chequeó que su dueño estuviera dormido y se paro rígidamente simulando ser la seña del pulgar hacia arriba, sus espectadores suspiraron. Buscó con la mirada unos pantalones usados y los vio, estaban justo al lado del perro. Fue caminando de puntillas (dando pequeños brincos lenta y suavemente) para no despertar a la bestia. Al estar enfrente de ella olió su mal aliento y pensó que necesitaba un cepillo de dientes urgente, también pensó que era algo irónico ya que él era uno y estaba huyendo, en fin, buscó en el bolsillo y encontró un ticket de metro anaranjado bien dormidito, lo sacó con cuidado y justo cuando estaba afuera se despertó.

–¡Aléjate de mí! Sé karate, te puedo partir en dos segundos– gritó Ticket- Si me tocas otra vez te lo juro, TE PARTO.
A Cepillo no se le ocurría nada que decir. Él pensaba que era un mito urbano que los tickets de metro estaban entrenados para cualquier situación irregular.
–Lo siento– dijo cepillo– Es que, mira, ya me falta poco para terminar el plan, no me lo arruines por fa.
–¿Qué plan? – Dice el ticket con un tono detectivesco.
–Es que… mira, chamo, ¿tú nunca te has sentido utilizado? ¿No sientes que la gente no te aprecia?
–Ehh, bueno sí, a veces… ¿pero eso que tiene que ver?– dice el ticket avergonzado.
-Mira, lo que pasa es que ya yo me cansé, me están explotando y yo la verdad NO PUEDO MÁS, quiero irme al Nirvana.
-¿El Nirvana? Y más o menos… ¿Qué es eso?
–Bueno, yo la verdad no sé que es, ni mucho menos dónde queda, pero según Incienso es el mejor sitio del mundo para relajarse. Hay paz y nadie te explota. Entonces, ¿quieres huir al Nirvana conmigo?
–Bueno, pero deprisa que el perro se está despertando– susurro el ticket.

Cuando estaban de salida el perro se despertó y empezó a comérselos, dejando nada de ambos. Al final, el cepillo de dientes reencarnó en un rollo de papel higiénico, por inconforme, y el ticket, bueno, sus viajes de ida y vuelta en esta vida habían llegado a su fin y, sin saberlo, llegó al Nirvana.