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martes, 20 de abril de 2010

El corte perfecto

Gabriela Valdivieso
(un cuento no tan nuevo)

"El amor es eterno mientras dura" ‘Bueno, algunos no nos engañamos’, pensó Lucía mientras cerró el libro de refranes y empezó a alistarse para salir del trabajo. Tomó sus pertenencias y caminó hacia su casa.

Lucía no está enamorada. Nunca lo ha estado. Ahora sale con Alberto, a quien conoce hace pocos meses y porta la etiqueta de "novio". Tres son las semanas que Lucía pudo soportarlo. Lo quiso y lo intentó, pero no funcionó. Postergó y dudó, pero el fin de la relación, el esperado corte, se mostraba inevitable y ése era el día.

Lucía no quería terminar mal con Alberto. Él no era como tantos otros. De hecho, él era genial.

"- Quizás la vida trascurre dentro de un círculo.
- ¿Un círculo?
- Sí, ¿por qué no?
- ¿Te refieres a una visión cíclica de la vida y la historia, como creían los griegos?
- No. Digo que la humanidad ha estudiado la vida desde la vida y no desde un sistema externo. En mi carrera analizamos las interrelaciones y entendemos que nada funciona aisladamente. Un programa, una codificación o un sistema determinado pueden ayudar a comprender y abordar otro fenómeno. Quizás haya algo más comprensible que la vida que nos ayude a abordar la vida misma.
- Puede ser, ¿como qué?
- No lo sé, pero creo que es una idea con potencial.
- ¿Cómo saber...?"

Alberto no solía alcanzar conclusiones, pero si algo le había enseñado a Lucía es que hay bastantes más posibles abordajes de la verdad de las que ella había imaginado. Sin embargo, si algo despreciaba es que Alberto –con acné, sin más de dos libros leídos y aún sin licenciatura- se consideraba un filósofo. "Es un soberbio", pensó Lucía y ahuyentó los recuerdos de círculos e interrelaciones.

Era un soberbio, un terco y un ser rutinario, pero era de esas personas que Lucía quería tener cerca siempre. Sin embargo, hasta entonces sus formas de cortar relaciones no habían traído buenas consecuencias. Molestia por meses, palabras groseras y desaparición eterna, eran de las reacciones que sus intentos habían recibido.

Cruzaba la calle apresuradamente cuando lo entendió. Quizás fue la corneta del Aveo o el frenazo de la Vitara, pero algo le evidenció que esta vez no estaba desesperada por terminar. Por el contrario, tranquilidad y seguridad eran sus emociones. Esta ocasión tenía la oportunidad de hacer, como dicen los carniceros, un corte perfecto. Recordó la película "Crimen Ferpecto" y se rió. Sí sí, la convenció el azul del cielo: la vida le permitía planificar el corte más apropiado para este dulce soberbio, rutinario pasional y terco filósofo.

Apuró su paso y razonó los elementos a considerar. Ropa, palabras, lugar, hora... De pronto concibió las dimensiones de su ambicioso objetivo: Ella -simple mortal, también con acné, sin licenciatura y sin grandes certezas de nada- pretendía decirle a la vida algo como: "Querida, esta vez decido yo".

Evocó un ensayo de Poe e inició la confección de su obra vivencial a su modo y método. Acuñándose a sí misma el éxito o el fracaso de su empresa, se sintió maestra y creadora de la situación que empezó a concebir.

Como una gran artista o escritora lanzó pinceladas y letras mentales por los aires. Se imaginó frente a él con su camisa favorita y aquella falda de su hermana en un café o un restaurante, pero de inmediato descartó esos lugares. Había pocas cosas que ella odiara más que hablar algo "serio" en un contexto ruidoso, en el que conversaciones triviales pudieran invadir las palabras que debían intercambiarse.

Quiso un espacio solitario y tranquilo. ‘¿Su casa? No, no, en su terreno no. ¿Mi casa? No, podría irse molesto y no habría camino de vuelta que permitiera encauzar la situación. ¿Una plaza? Muy urbano y peligroso. ¿Un parque? Demasiado diurno y abierto, ¿Detenidos en su carro? Ni hablar.’ Entonces pensó en el mirador del restaurante del Club Táchira pues es un lugar apartado, silencioso, no tan concurrido y con buena música. Lucía dudó; un mirador podía propiciar el romanticismo. Sin embargo -dados sus planes- sería varias cosas antes que romántico.

Realizó checks mentales y asintió. Todo perfecto, sólo faltaban las palabras. Definió sus objetivos: quería una conversación pacífica, amistosa, sin culpas o acusaciones y provista de reflexiones, ideas y sentimientos. Pensó en su introducción. Descartó a priori el "tenemos que hablar" porque una vez su padre le explicó que las cosas que una buena mujer nunca debería decirle a un hombre son las terroríficas palabras anunciadas y las llorosas "¿me quieres?"

Empezó a disertar: ‘"Al, llevo semanas pensando" No no, semanas son las que llevo con él, entenderá que nunca estuve satisfecha. "He estado pensando y la verdad es que" No, ¿cuál es la verdad?, ¿acaso he estado engañándolo? "Últimamente he sentido..." Al no encontrar peros mentales, continuó: "...que no somos la persona idónea para el otro" ¡asco! "...que ya no es lo mismo" ¡Trillado! "...que no funcionamos.” Silencio. “En realidad no eres tú" ¡tacho!, sabemos qué le sigue, ¡qué va! "...Me pareces increíble y disfruto estar contigo, pero creo que como pareja no eres lo que quiero ahora y realmente creo que no soy lo que necesitas. Por eso te propongo que..." Oh sí, listo, por ahí va la cosa.’

Sonrió satisfecha. No quería herirlo, pero tampoco mentirle. Lo mejor era ser honesta y enfocar el asunto en lo macro: no está funcionando. Suspiró, se relajó e imaginó sus expresiones comprensivas, amistosas y carentes de orgullo o molestia.

"Bruta, ciega, sordomuda,
torpe, traste, testaruda,
es todo lo que..."

Extrajo de su bolso el ruidoso aparato y silenció a Shakira.

- Aló.
- Lu, ¿dónde estás? – preguntó Alberto.
- Hey, llegando a casa. De hecho a minutos, ¿por qué?
- Salí temprano, estoy cerca, ya te alcanzo.
- ¿Cómo?
- Sí sí. Dale que me quedo sin saldo. Chao.

Caos. Sólo esa palabra podía describir la sensación de Lucía. Sus pasos se hicieron zancadas. Debía llegar, hallar la falda en el cuarto de Carolina, cambiarse, maquillarse, calmarse y repasar sus líneas.

Vislumbró su casa y se acercó con rapidez. Miró su muñeca: "4:23”, acusó el reloj. Continuó su camino y, ya llegando, escuchó el conocido cornetazo. Le pidió al universo que, de algún modo, no fuera él sino cualquier otro ser montado en un vehículo con una corneta idéntica, pero se volteó y vio la WagonR frenando a su lado:

- Hey, Lu. – la saludó Alberto.
Lucía quedó inmóvil maquinando cómo hacer para materializar su obra maestra.
- ¿Te montas?
- Pero…
Se subió confundida y expectante. Alberto aceleró, rodó sólo unos trescientos metros y frenó frente a la casa.
- Qué simbólico.
- Algo.

Alberto apagó el carro, se quitó los lentes, los guardó en el estuche y los introdujo, junto con las llaves, en el koala. Abrió la puerta y se dispuso a salir. Lucía se activó:

- Espera, ¿qué hacemos? No te dije que se me ocurrió una idea, ¿por qué no vamos al Club Táchira? Verás, allí hay...
- No, Lu, realmente estoy agotado. Entremos a tu casa.
- ¿Y si descansas un poco? El lugar es espectacular.
Silencio.

Incómoda, se bajó del carro y abrió la puerta. Se dirigieron a la sala y se sentaron en el sofá.

- Eh, ¿qué tal tu día? ¿por qué tan cansado? – interrogó Lucía.
- Me quedé despierto hasta tarde.
- Ah… oye, lo digo porque como te comentaba antes se me ocurre que descanses un rato y luego vayamos al restaurante del…
- Lu, tenemos que hablar.
- Hablar, claro, pero qué tal allá, la comida es genial, la música, la vista. ¡No sabes!
- Creo que no debemos seguir.
- ¿Ah?
- He pensado y me parece que no hay sentido en continuar juntos.
- ¿Has pensado? ¿no hay sentido? Ya va, ¿me estás cortando?
Silencio.
- ¿Me estás cortando? O sea, ¿tú?, ¿a mí?
- Lu, no te sientas mal.
- ¿Así? ¿ahora? ¿aquí?
- Caray, lo siento… ¿quieres que me vaya?

Alberto se quedó unos minutos callado esperando alguna reacción, pero ella se limitaba a respirar agitadamente y mirar al frente. Alberto se incomodó, se disculpó y se fue.

Lucía permaneció inmóvil, evocando cómo su obra vivencial y su gran proyecto y ambición se derritieron con el fuego de las palabras de aquel ser inoportuno, arbitrario, grosero y abusador.

- ¡Cómo se atreve! – masculló y continuó aturdiéndose con sus alborotados pensamientos.

lunes, 19 de abril de 2010

Las escamas verdes



Las cosas tristes tienen la odiosa constumbre de suceder cuando se esta rodeado de cotidianidad: regando las plantas, limpiando la casa, pintando una pared; debe ser por eso que uno nunca tiene que decir cuando le caen con piedras como esas:
--Katrina murió.


Lo que era un viaje de rutina a Miami, se convirtió en una paradoja. Katrina estaba enferma de leucemia y la familia no le habia dicho nada, se la llevaron de secreto al ¨St Judes Hospital¨para ver si la salvaban, pero en el interin Katrina se dio cuenta y en un ataque de pánico, el cancer hizo metastasis. en un mes estaba muerta.


Me enteré por Gabriela, que me llamó llorando a las dos de la mañana hora de Caracas. No solo me toco saber sobre su muerte, sino tambien sobre todo el complot para evitar que ella ejerciera su libre derecho de morir. De saberlo seguramente ella hubiera buscado a Ivan para una ultima y gran dosis de heroína, que se la llevara sin dolor y con una estela de humo al otro mundo sin tener que desahuciarse en un hospital de mierda, sin amigos y con una familia mentirosa. Me imagine la gran puteada que debieron haber sido sus ultimas palabras.


Tuve que dejar el desayuno por la mitad para ir a vomitar la baño. Katrina siempre tuvo mala suerte para las sorpresas, mi hermano y yo estabamos aconstumbrados a sus llegadas tarde, a sus caidas intempestivas, a sus candidas imprudencias. fueron esas pueriles constumbres las que nos sacaron de quicio cuando teniamos veinte años. Somos unos morochos con mucho tiempo libre, y en ese ocio mi hermano se enamoro de Katrina mientras yo me acostaba con ella.


Debió ser por ello, que se decidio que fuesé yo el que le dijera a mi hermano que su novia estaba muerta. No soy bueno con las buenas noticias, de modo que con las malas tengo una pesima suerte y una muy mala cara, no se fingir el dolor y menos aun disimularlo, Este era el segundo caso. Ivan amaba a Katrina, quizá por eso ella nunca tuvo el valor de revelarle que aun en estos ultimos dos años ella y yo seguiamos durmiendo juntos. Era extraño, pero yo tambien la amaba en alguna medida, como ciertas cosas que analizamos solo por el daño que nos causa, porque de esa manera tambien nos conocemos a nosotros mismos y esa tambien es una forma de amor. Es raro que yo la haya querido, en una manera mas dolorosa que mi hermano, y sin embargo menos intensa.


Todos decian que teniamos gustos iguales, craso error. Ivan adoraba el futbol y la pesca, yo amaba mis libros y mis tertulias, Ivan delira por un carro bien armado con todo listo para recorrer los terrenos fangosos entre los manglares que flotan cerca de la costa, yo solo tenia mis libros y nada mas. Katrina era el cordon umbilical que unia dos costas alejadas por una gran masa de agua, era su deseo el nuestro y a la vez, ajeno a todos nosotros. El delirio de Katrina por la heroina a Ivan le resultaba fascinante. Fueron esos lapsus en los cuales ella me buscaba, pero yo hacia que encontrara a Ivan. Ella nunca reconocia el cambio. Bromas de gemelos.


Ivan llegó rascandose la cabeza. dejó el bolso sobre el sofa y se dejo caer sobre su cama. Estaba dudando cual seria el momento preciso para decirle que su novia (mi amante) estaba muerta. Ivan siempre pensó que yo tenia una amante en que vivia en Altamira. En realidad en Altamira estaba el hotel donde me refugiaba con Katrina entre una dosis y otra. Me esperaba en una esquina de la plaza hasta que me veia llegar, entonces caminabamos al unisono cada uno en una acera distinta, separada por los carros y sus filas de humo, me miraba y yo volteaba mi cabeza. no nos juntabamos hasta llegar al lobby del hotel. Le encantaba que el recepcionista pensara que era una puta.


Habia llorado poco. Solo recordaba las imagenes vacias de una chica de ojos verdes y cabello negro, gordita y peligrosamente impudica, que no llevaba ropa interior bajo su falda y se quitaba el sosten cuando llegaba a la casa, en la sala frente a todos. me volvia loco el imaginarla consumida por el cancer en la cama de un hospital. Era esa ultima escena la que me robaba las lagrimas, como si un rio se hubiera tragado su cuerpo, su sonrisa y hasta lo verde de sus ojos. Que bueno que fue solo un mes.


-- ¿Sabes algo de Katrina?


Mi hermano me miraba con los ojos huecos. su incertidumbre no le hacia adivinar mi propio universo de lagrimas. se sentó a mi lado y prendió un cigarrillo:


--Todo el mundo anda con un misterio con Katrina. Nadie me quiere decir como esta, ni donde esta. Llamo a donde su familia en Miami y nadie agarra el telefono. ¿chamo, sera que le paso algo?


esa ultima frase me la dijo alarmado mientras tocaba mi hombro. Creo que fue esa reaccion la que desencadeno los acontecimiento siguientes. Cuando Katrina se desnudaba, gustaba de sumergirse en las sabanas y contonearse bajo ellas como si fuera la segunda piel de una serpiente, me sacaba la lengua y me convidaba a su desenfreno. Yo me acercaba con sigilo porque ella era un animal de cuidado. Todavia me late la ultima cicatriz que me marcó con la uñas, me la hizo cuando le llame puta en una ultima venida. Le gustó y esa era su manera de dibujarme su deseo en la piel y contagiarme de sus escamas verdes. Mi serpiente.


- ¿quieres saber lo que pasó con Katrina? le dije, ya presa de un proximo llanto.


Mi hermano se alejo con espanto de mi. Seguramente ya Gabriela la habria adelantado algo sobre su enfermedad, pense que me habria abonado el terreno. Grave error, la cara de espanto de mi hermano no me daba margenes para mayores reparos, debia ser ahora o nunca pero me asalto el secreto de Katrina como una picadura y lo unico que se me ocurrio decirle fue:


- Ivan, esa puta se casó con otro en Nueva York.


La cara de mi hermano paso del espanto a la sorpresa mas absoluta:


- ¿como es la vaina?


A partir de entonces, mi historia no culminaba con una Katrina rodeada de ratas es un hospital judio, dejandose morir de soledad, sino en una Katrina cuyo cuerpo estaba siendo montado por un nigga del Bronx con el cuerpo cubierto de tatuajes y con la espalda atravezada por un agujero de bala. Me gustaba mas mi versión de la historia, era un reflejo mas real de la mujer que compartia con mi hermano. Una vez mas, el cordon volvia a unirnos.


Pasaron varias semanas y poco a poco, entre rasca y rasca mi hermano volvía a la cotidianidad. De vez en cuando se encontraba con algún amigo en comun, pero nadie tocaba el tema y si lo hacia, era en códigos que mi hermano no podia decifrar, para él Katrina era un puta, no una victima del cáncer. A veces llegaba totalmente desorientado con los comentarios que oía en la calle, yo me hacia el desentendido y cualquier pregunta yo cerraba con un firme:


- ¡nah! era una puta.


Y ahí moría el tema. Sin embargo, a veces, cuando estaba solo en la oscuridad de mi cuarto podia ver a Katrina asomarse por el jardin común del edificio, con la ropa de diario, paseando a su perro, como un espejismo oculto entre los vidrios de las casas o en el secreto reflejo de la luna sobre el rocio. Podia escucharla reir entre los movimientos sordos de mi cama y su piel impresa sobre las sabanas. Mis ojos fueron testigos de su dicha, yo le observaba la muerte en secreto cuando veía su fantasma entre sueños, huyendo lejos de nosotros.


Dos meses despues decidi contarle la verdad a Ivan. Fue cuando me enteré que Gabriela habia llegado de Miami a rematar las cosas de la familia en Venezuela y habia quedado en verse conmigo. Seguramente habia planeado verse con Ivan tambien, de modo que hoy en la noche le diria, al llegar de la universidad que Katrina se la habia llevado el cáncer y que yo era un hijo de puta por haberle mentido durante dos meses. Me preparaba para la golpiza de mi vida.


estaba subiendo las escaleras del edificio cuando sonó el celular:


- ¿aló?


_ mira, imbécil. ¿tu no le dijiste a tu hermano que mi prima se había muerto de cáncer?!


No supe que decir. Una vez mas fui derrotado por la interrupcion de la fatalidad en mi vida de hombre tranquilo de 23 años. Ella prosiguio:


- Dejó un mensaje en la contestadora de mi tio. ¿como que Puta?


No recuerdo lo que siguio despues. un millon de imagenes y sudores se me vinieron de golpe a la cabeza: mi mentira, el secreto, los encuentros, el veneno sembrado en el corazon de mi hermano. Escuchaba las voz de Gabriela pero veia, frente a mi, a la imagen del fantasma de Katrina, corriendo lejos de nosotros. Lo unico que escuche decirle, antes de que arrojara su telefono fue que le contó la verdad a Ivan y que este iba saliendo para mi casa.


Me abalanze a correr por las escaleras. Debía llegar antes que él para preparar a mi mama, para contarle que le había mentido a mi hermano y que si este hacia algo que ella no se metiese a separarnos porque era un duelo de hombres y todas esas cosas que uno piensa cuando está a punto de morir.


cuando abrí la puerta, mi hermano estaba ahí.


Esperandome.

Un café



"El gran reto en la vida es aprender a convivir con los fantasmas, aquellos de viejas heridas, de tristes despedidas y adioses dolorosos. Aquellos que nos acechan en las esquinas y nos golpean cuando estamos débiles. Es sólo cuando hacemos las paces con ellos, cuando pactamos con ellos, que encontramos la perdida felicidad, la que creímos que se habían llevado"
Eso me repetí a mí misma. Ese era el mantra. Y creo que finalmente lo logré: pacté con ellos.

Amar son recuerdos, historias. Momentos. Cada persona a la que has abierto tu corazón deja una huella, y se queda con algo de ti. Cada persona representa un momento de tu vida, un “quién fui”, un “quién quería ser”, pero más que todo, son recuerdos de una felicidad inmensa. Una vez alcanzado el pacto con los fantasmas, podrás verlo –me dijo ella.

Sé que es así.

Si pudiera cambiar algo de lo que hecho en mi vida amorosa…no cambiaría nada -le dije con absoluta franqueza-. He querido, incluso amado, con todo el corazón, he respetado y valorado los sentimientos de los otros, he escuchado y entendido, he aceptado, pero sobre todo, he dado todo y más. No tengo arrepentimientos. Sé que he cometido errores, pero mi conducta ha sido sincera, y lo seguirá siendo –agregué con vehemencia.

La felicidad es, ante todo, una cadena de destellos dorados, de instantes, sutiles instantes, que guardas en un cofre, con todo aquello que más atesoras. En mis relaciones, en mis encuentros, en mis decepciones y alegrías en el amor, he vivido numerosos de aquellos momentos que se entretejen unos con otros hasta crear los recuerdos felices que me llenan la memoria. “Eso es hermoso” –me respondió ella.

Guardamos silencio por unos segundos. Sonreí, y ella sonrío también, y procedió entonces a compartir conmigo su sabiduría, y regalarme una lección de vida. Me contó una historia personal, de sus propias vivencias, y soltó entonces aquella lección que sé que no olvidaré nunca:

“Espera, ten paciencia, y deja que el flujo de los acontecimientos te muestren el camino correcto. Espera, porque si lo haces, la vida sabrá señalarte si esa es la persona correcta, y si él quiere ser la persona correcta, y entonces, encontrarás la felicidad definitiva, una relación que llenará tus expectativas y cumplirá con aquello que persigues”. –tomé al vuelo esta reflexión, y la guardé con primura. La llevo conmigo, en un bolsillo, para que me acompañe siempre.

Comprenderas que no se trata de llenar el vació, de pasar el rato. Se trata de encontrar a aquel que esté dispuesto a caminar contigo, a compartir alegrías y felicidades, a hacerte partícipe de su camino, y que sea capaz de ser parte del tuyo. Aquel con quien compartí tu mundo, tus referentes, tus lecturas, tus miedos, triunfos e inseguridades, que incluso en tus peores momentos siga a tu lado. Es alguien que te ha sentir que la vida es sencilla –aunque no lo es- porque la transitan de la mano. –Intenté explicarle, a pesar de que me faltaban las palabras, parecían insuficientes.

“Ten fe, y esperanza, que esa persona llegará para ti” –me aseguró ella. “Y será todo lo que siempre quisiste”. –Concluyó con una sonrisa cómplice.

Sonreí abiertamente. Sabía que tenía razón. Me levanté y nos abrazamos con cariño. Me despedí de ella como tantas veces que sabía escucharme, que compartía conmigo: me asombraba como me comprendía y la afinidad entre nosotras.

Han pasado unas semanas desde la última vez que conversamos, pero sé que lo haremos pronto.

Espero con ansías que nos tomemos otro café, para poder decirle algo que olvidé la última vez:

“Gracias”.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Acto de madurez?

Por Gabriela Camacho

A veces no sabemos decir adiós.

Tapamos las heridas con un “hasta luego” o un “nos vemos pronto”, cuando en el fondo sabemos que la separación es definitiva. Creemos que todo durará eternamente, que no perderemos aquello que tanto queremos, pero no es así. Lo que más amamos desaparece con rapidez, y a veces no nos deja tiempo de despedirnos. A veces no sabemos decir adiós.

Las palabras que lastiman, lo que no queremos decir, todo eso se deja ver; todo antes que un adiós. La mayoría del tiempo es por egoísmo, por rabia, por no dejar que el destino nos gane. Lo importante es que siempre hay una razón que escapa de nosotros, una espina de rosa que sobresale del tallo, una que creíamos cortada. A veces no sabemos decir adiós.

“Si tan sólo ella hubiese esperado”, o “si tan sólo él hubiese entendido”, son excusas para evitar afrontar el futuro inmediato. Una venda traslúcida para ocultar la verdad a nuestros ojos, nada funciona cuando todo terminó. Sólo esa palabra de cierre, que termina un ciclo y quizá comienza otro, si así lo queremos. Después de todo, ¿Eso qué importa? A veces no sabemos decir adiós.

No hay nadie que nos enseñe, simplemente debemos aprender. Existen situaciones que no son para nosotros, oportunidades que no supimos aprovechar y otras que no debimos, es tarde si no sabes dejarlas atrás. Si no eres feliz, ¿Por qué seguir intentándolo de esa forma? Seguramente habrá otras mejores. Despidiéndonos del pasado podemos mirar con ojos limpios el futuro. Pero somos humanos, y a veces no sabemos decir adiós.

Por hoy es mejor una tregua, dar un paso en vez de un salto, y despedirnos de aquello que nos hace daño. Por hoy no vale la pena resistirnos a decir adiós, lo que viene puede ser mejor. Por hoy, dejaremos nuestra naturaleza a un lado, no la necesitamos. Es más sensato decir esa palabra mientras haya tiempo, mientras sirva de algo. A veces no sabemos decir adiós, pero cada vez es más fácil cuando lo has intentado...

viernes, 16 de abril de 2010

El adiós

Por Samar Hokche

No puedes borrar ese recuerdo persistente de su aroma y voz. Su dulce mirada, su sutil caricia, y sus apasionados besos. Aquella noche de gran calma y cielo claro donde se prometieron alcanzar la luna y las estrellas.

Momentos felices y sonrisas compartidas, pero ¿en dónde acabó esa promesa de amor eterno? ¿En qué punto se despidieron de sus sueños y esperanzas?

En tu mente su presencia te atormenta y su nombre te inquieta.

Frases y excusas desvanecieron el cariño, enterrándolo en el silencio incomodo del adiós prematuro. Un llanto contenido, una decepción inmensa, un último beso.

La gente cambia y se cometen errores. Se abren nuevos rumbos y los intereses ya no son los mismos.

Estamos de acuerdo en que las relaciones son complicadas, y no existe formula matemática para su éxito total. No vivimos dentro de un cuento de hadas, y la realidad nos rodea.

"No eres tú, soy yo, pero siempre te recordaré."
"Necesito estar un tiempo a solas, encontrarme a mí mismo y mi camino, no espero que lo entiendas."
"No puedo seguir con esta mentira, lo estuve pensando y no sé a quién trato de engañar, ya no te quiero… y por favor deja las llaves al salir."
"Sé que me engañaste, desgraciado, ¡todos los hombres son iguales! Ingrato y ridículo."
"¿Y en mi propia casa? Eres una cualquiera, y eso que pensé que eras distinta a tu madre, pero que equivocado he estado."
"¿Podemos seguir siendo amigos?"
"Creo que soy gay, y lo descubrí gracias a ti."
"¿Con mi hermano?-¡Sí, con tu hermano!"
Facebook Relationship Status: Mauricio y Nathalia están en una relación
(Un mes después) Facebook Relationship Status: Mauricio esta soltero. Comentarios: ¿Qué paso, hermano? -¡Me dejó, bro!

Oraciones como esas te hacen dudar. Flores, bombones, peluches, tarjetas... ya no valen de nada. Dolor y amargura te invaden el cuerpo, ¿quién ha sido el/la culpable?

Y cuéntame, ¿cómo terminó tu historia?