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sábado, 19 de septiembre de 2009

La luna se desgarraba Roja la noche

Por Jessica Márquez Gaspar

La luna se desgarraba en ríos de plata, en hilos del más fino algodón. Agobiada por los acontecimientos de aquella noche, parecía contar su testimonio a las estrellas en cómplice murmullo.

Podía observar con claridad la plaza, el jardín adyacente. El rastro de lo sucedido quedaba en el aire, y las gotas de sangre, esparcidas.

La luna sabía bien lo que había pasado. Asombrada, alumbraba a los perpetradores que nadie perseguía. Armados con revólveres transitaban calles estrechas hasta un carro en marcha, con las ropas manchadas de crimen. Se movían entre las sombras.

El cuerpo resplandecía tirado entre los matorrales.

Cómo iba a saber él que ese era su último trago y, más aún, que su secreto no era tal y por él sería perseguido. Ebrio y feliz se sentó en un banco a conversar. Eran pasadas las dos, pero la zona aún vibraba.

La luna estaba en cuarto creciente y alumbraba sin demasiada fuerza. La noche era fresca y poseía una hermosa serenidad, sólo rasgada por tiros nerviosos, pero certeros.

En sus últimos momentos pensaba confusamente en todos aquellos millones, en lo rico que era, aunque sabía que aquello no le pertenecía.

La luna miraba de reojo.

Dos bultos negros salieron de las sombras y se acercaron a un farol cercano.

Él sonreía pensando en su retiro temprano cuando fue identificado. Los hombres caminaron pasando a su lado. Las balas emergieron de la nada y lo dejaron desplomado entre los arbustos, mientras sus amigos repetían su nombre.

Manchada de rojo había quedado la luna. En el silencio podía escucharse su corazón palpitante.

Un Aveo tomó una autopista y se perdió en el fondo negro.

Roja era la noche, y roja la luna.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La realidad y sus amigos

El día en que todo cambio todo era muy diferente, nada era igual que antes, todo lo empecé a ver de otra manera.

Suena complicado, pero en realidad es muy simple… El techo ya no sólo era un techo… era simplemente otra cosa más a la que no podía llegar…

Mi cuarto ya no era un cuarto, era una prisión de pensamientos y recuerdos… (Tal vez de esperanzas pero ahora lo dudo).

La pared con fotos ahora era nada más una pared con fotos.

La ventana ya no me inspiraba a imaginar mi futuro… sólo me deprimía, recordándome que ese paisaje alguna vez pertenecería a mí (el mundo iba a ser mío junto al sol, la luna y las estrellas.)

Las cortinas ya no eran tan bonitas.. Ahora podía ver el polvo y el sucio que vivía allí y que nunca quise ver por miedo a tener que cambiarlas...

Ahora mi vida se limita a cosas simples… Vivo en una prisión de ansiedad, duermo todo el día y ya no me despierto en las noches para abrir las cortinas y ver por la ventana la luna que tanto admiraba y creía poseer…

Mi más profundo problema es que uno no puede crear su propia realidad.

Ahora mi luna ya no es bonita.. Mi luna no es más que un bombillo apagado que se encuentra en un techo, en un techo que, por supuesto, ahora es inalcanzable para mí.

Corazón de fuego


Por José Leonardo Riera


Al principio del principio, en las selvas de Caracas, gobernaba una chamana llamada Luna, ella era muy hermosa, brillaba resplandeciente día a día, pues allí no había sol ni noche, sólo un cielo azul que era iluminado por su grandeza. Todos los habitantes de la selva, hombres y animales estaban enamorados de ella. No obstante, ésta se consideraba superior a ellos, y por eso no les hacía caso.

Por carecer de emociones y buenos sentimientos, se dedicó a enseñar sus poderes mágicos a otros chamanes, quienes, enamorados, la seguían al punto de idolatrarla. No así el chamán San Thome, quien estaba decidido a quitarle su poder, pues consideraba que no lo merecía. La magia es sólo para aquellos de corazón humilde, aquellos que la usan para ayudar y proteger a su gente, decía San Thome.

Fue así que Luna, como siempre, estando sola y distraída con su belleza, fue atacada por el chamán San Thome. Éste le lanzó un hechizo que la convirtió en un zamuro. No obstante, Luna, por ser tan poderosa, fue creciendo poco a poco hasta que llenó todo el universo con sus plumas negras, oscureciendo para siempre nuestro mundo.


Pasó el tiempo y todo era un desastre. Sin la luz del día todos los habitantes de la selva estaban en peligro, se mataban unos a otros, se morían de hambre y, sin Luna, muy pocos chamanes aprendían nuevos hechizos. Ella estaba indignada, todos estaban tan ocupados en matarse unos a otros, que ya ninguno la recordaba ni admiraba su belleza.

Molesta por eso, juntó el poco poder que le quedaba y en medio de su negro manto hizo surgir un gran ojo blanco. El chamán San Thome informó a su pueblo que esa oscuridad era la noche, y esa esfera blanca era el ojo de Luna. Los indios al ver tanta luz en medio de la noche, quedaban enamorados de lo que veían y con el pasar del tiempo gritaban desesperados por alcanzar aquella esfera. Hasta que, muertos del cansancio, morían y subían flotando junto a Luna. Cada vez que un hombre fallecía lo llamaban “el estreno de la bella”, así, con el pasar del tiempo, se llamaron estrellas.

San Thome estaba preocupado, ya los hombres no se diferenciaban de los animales. Todos dejaron a su gente y sólo admiraban a la luna, San Thome estaba arrepentido de lo que había hecho y por esa razón buscó una forma de solucionar el problema.

Luna era muy poderosa, y se volvía más poderosa con cada estrella; era imposible para el chamán San Thome vencerla. Pero entonces decidió sacrificar su vida por su gente, por eso se convirtió en corazón y fue creciendo poco a poco hasta cubrirse de fuego y acabar con el manto de la noche. Pero la noche era muy grande, era imposible acabar con ella para siempre. Desde ese entonces, con el pasar del tiempo, la luna y el sol pelean sin cesar, la luna por mostrar sus estrellas, el sol por acabar con la oscuridad.


Se dice que por eso, desde el principio del principio, el sol, cuando no está en el cielo, está en la tierra con las indias, quienes por su corazón y su fuego, tienen a hijos caciques.



Guaicaipuro fue uno de ellos. Un indio de fuego y corazón que desde siempre impidió que reinara la oscuridad.

martes, 18 de agosto de 2009

Dulce ambición

Por Gabriela Valdivieso

En algún lugar de la tierra, cuyas coordenadas no tengo en gana precisar, existía un niño que disfrutaba la pasta y los tequeños. Pero no tanto. Le gustaban los caramelos y el chocolate. Pero no había comparación posible. Nada, ni su carrito Súper Byper Cobra 2000, podía competir con ella. Su redondez. Su color. Su aroma. Su dulzura. Su sabor ácido al consumirla con agua fría. Su forma de acariciar la lengua. Era ella. La chupeta. Su pasión, su enamorada. Vestida de faldas rojas y letradas, lo embelezaba, lo conquistaba, lo inquietaba.

Veía chupetas en todas partes. En los anillos y los botones. En cada rueda y cada tapa. En la redondez infinita de un papel higiénico y de una cebolla. Estaba en las luces de los semáforos y en los fondos de los vasos. Todos eran como ella; redonda, pero diferente de ella; insípidas y mundanas.

Cuanto comtemplaban sus sus ojos en la tierra eran espejismos. Dolorosos engaños. Falsas versiones de su delicia roja. Pero sobre su cabeza, allá arriba, había algo que lo emocionaba. Sobre el gran lienzo oscuro se dibujan noche a noche estrellas, satélites y planetas. Todos redondos y brillantes. Todos vestigios más o menos similares a su querida, pero sólo uno parecía la fuente de las chupetas terrestres.

La luna. Su luna. Ella, el gran astro grisáseo, era la mayor chupeta concebible. Gigante y brillante, era el objeto de sus más dulces fantasías. Sabía que toda su superficie vivía en tenso acercamiento al núcleo, al más grande y jugoso centro líquido del inmejorable gusto interestelar. Tal pensamiento asía su alma. Lo mantenía al marco de la ventana. Noche tras noche. Ardía en el deseo de conocerla, de abrazarla. De morderla.

Debía ser astronauta, sin duda. Mas mientras no pudiera, la velaría y la cuidaría, la conquistaría con promesas rellenas de deseo. Pero debía, en tiempos más cercanos que tardíos, alcanzarla y recorrerla. Saborearla. La lamería entonces hasta las últimas consecuencias.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Sólo para ella

Por Samar Hokche
Fui el otro día de paseo al bosque, me senté sobre un tronco y descanse mis ojos, al cabo de un rato el silencio reinaba y la tranquilidad me envolvía en su suave manto. Fue en ese preciso instante cuando llegaron a mis oídos esta historia, unos árboles me la contaron y, como era tan poco inusual escucharlos hablar, puse atención a lo que tenían que decir:

“Hace muchos años atrás vivió un pintor, un hombre de muy noble corazón. Conoció en una tarde de verano, en la plaza de su pueblo a la persona que le robaría el aliento y la cual se convertirá en la fuente de sus deseos, la razón de sus desvelos; la señorita Melinda, de labios rojos y cabellera oscura, de piel clara y ojos profundos. Para poderla conquistar la retrató en miles de cuadros, en diferentes poses y perfiles. Entre tonos y sombras él le demostraba su inmenso cariño, cada semana le mandaba una pieza de arte diferente, pero para ella eso no era suficiente.

El pintor no sabía que más hacer, sus esperanzas desvanecían. Hasta que en una noche oscura y estrellada subió a lo más alto de la montaña y decidido a enamorar a Melinda, le pedió un favor a lo único con que se podía comparar la belleza de su amada, a la hermosa y brillante Luna. Le rogó y suplicó que bajara a la noche siguiente y posara junto a su futura esposa, que fuera su regalo. La Luna lo pensó por unos segundos, pero envidiosa de la pasión del pintor le pedió a cambio que cada noche antes de acostarse, él la dormiría con algún verso dirigido sólo para ella. Los dos cumplieron su palabra, el pintor pasó el resto de sus días recitándole a la bella Luna”.

Así que cuando el cielo esté cubierto de estrellas, quédate muy callado y cierra los ojos, tal vez sea tu noche de suerte y el viento te susurre algún poema de nuestro pintor enamorado.

¡Ayuda!


Imaginaba cómo será la vida de un pez en su pecera, me preguntaba qué pasa después del “Y vivieron felices para siempre”, pero pero pero nada me inquietó más que descifrar a letras la verdad de la enigmática luna.

Envuelta en misticismo, la luna ha inspirado millones de relatos que involucran el azar, las mareas, el amor y los hombres lobo. Pero a nosotros no nos inspira estas cosas. No nos interesa lo mismo.

Sólo por esta vez, nos basaremos en sensaciones, impresiones (reales o imaginarias) de la luna. Nos preocupa qué textura tiene, qué letras la representan, cómo suena, a cuántos pulgadas está de mi dedo gordo, qué tiene adentro, si rebota, si tiene gavetas y compartimientos secretos...

Así, por esta semana, ella, la luna, será nuestro objeto de estudio y nuestro punto de partida. Nuestros sentidos e ingenios deben dar con ella.

¡Ah, pero hay un deber! Como es tan celosa y exigente, La Plateada nos dejará olerla si y solo si agregamos en el texto frases célebres transformadas. Es decir, no podrás tocarla si escribes "Carpe Diem", sí en cambio si le susurras un "¡carpa, dime!". Se esconderá de tu vista si le dices "Yo soy tu padre", no tanto si le dices "Yo soy tu postre".

En fin, necesito chorros, ¡liiitros de letras! sobre la luna como objeto, junto a una frase maldecida.

¡Y colorín desgastado, este reto ha iniciado!