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sábado, 10 de septiembre de 2011

IMPROVISACIÓN: Stand Up Comedy

Estamos ensayando para nuestro Jamming Literario en el Festival "Por el Medio de la Calle": Cualquier tema que nos sugieran es un posible cuento. Cualquier frase servirá de inspiración a un grupo de escritores que, en cinco minutos, crearán un relato. Todo es posible mientras un Dj marca el ritmo. ¿Qué surgirá de la próxima improvisación?

Por José Leonardo Riera

Él estaba allí sobre el escenario. Lo último de la noche. Esa era buena señal. Ya el alcohol nos hacía reír más de sus chistes, o estaba más animado por lo cómico que podíamos parecerle. Tiempo sin verle, sin duda. Seguía siendo el mismo payaso riendo de todo. Burlándose de todo. Maldito.


¿Creyó que jugaría conmigo?

¿Es un chiste?

Se equivocó. Las cervezas azules contrastaban con el destino que le esperaba a ese humorista de pacotilla.

Algún día se iba a bajar. Agarrarlo así, como estuvo antes de subir por primera vez. Pero no. No sucedería de nuevo. No volvería a huir.

La botella azul, al final de la noche, hizo al molino más rojo que de costumbre. Así, frente a mí, salió de su cabeza su mejor stand up comedy. Risas y aplausos.

martes, 23 de agosto de 2011

Desapego

Por José Leonardo Riera

José, estás trabajando –como siempre– en alguna de esas empresas que se aseguran de mantener estable la tranquilidad de todas aquellas personas que nos han robado, de alguna manera u otra, lo que nos pertenece. Ellos tienen millones. Tú sólo tienes sueño. Mucho sueño. Anoche, tal vez, amamos más de lo que el tiempo nos lo permite.


Piensas en mí, aún cuando el sistema sólo pretende que pienses en los números de la pantalla del computador y en los espacios rellenos que contienen los deprimidos formularios de tu escritorio. Ellos te lloran diciendo que huyas. Tú sólo piensas en mí.

Tu mirada no es la misma desde hace un tiempo. Tu actitud es violentamente más pasiva. No. Ya no insultas en el metro. No inventas la hora a quien te la pregunta. Le haces el desayuno a tu hermana. Le hablas a tu mamá. Lo haces; y sin decirle mentiras. Las mismas canciones que sonaban en tu oficina con la intención de apaciguarte, y que antaño lo lograban, ahora te hacen vivir futuros, te hacen pensar vivencias, vivir sueños. Tienes sueño. Piensas en mí. Ellos lo saben.


Te amo por todo eso. Por muchas más razones. Pero tienes tres años trabajando y no lo sabes. Fue el nuevo sistema. Te absorbió. Te llevó a otra época, a otra esclavitud, a otra explotación. Te extraditó de esta revolución. No te preocupes, José, yo nunca he creído que esos sistemas sean perfectos. Te rescataré.


Suspiro ante todas las ventanas de aquella aseguradora. El sistema me hace pensar que no tengo la valentía de mirarlas a todas, pero sé que simplemente dejo de hacerlo porque resulta innecesario. Es bueno saber que no me tocó un rascacielos. No. Este país aún no está preparado.

Tuve que elegir –Falaz estrategia del sistema para atemorizarnos–. ¿El ascensor de la izquierda o de la derecha? ¿El del número par o impar? Soy bachiller en humanidades. No tuve temor. Pensé en ti. Tomé las escaleras ¿qué piso? Bajé al sótano. Todo un estratega. El sistema, como buena cloaca, tendrá su salida al fondo, hundida. Me hice espacio entre cadáveres de conserjes y llegué hasta una meseta frente a un castillo.


Da igual. Siempre he pensado que los villanos no tienen mayor creatividad al escribir historias. Se concentran más en sus finales gloriosos y no en cómo obtenerlos. A fin de cuentas, se percataron de que estaba descubriendo todo su plan. Me bombardearon. Por suerte, descubrí a un General Invicto y me colé en ese castillo.



Si el amor se tratase de monarquías, tú serías mi príncipe. Pero, al igual que yo, somos dos amantes luchando con eso de las máquinas del tiempo y de los muros divisorios. Como todos los castillos hoy día, éste estaba sin gente (los poderosos no tienen tiempo de estar en sitios grises).

Te vi. Y te viste. En mis ojos. Tomé tu mano, esa de las caricias y los rasguños. ¿Caminaremos al fin de los tiempos? –preguntaste.

No, Jose –respondí–. Vamos a donde el sol ilumine tu mirada.


Me quité la capa y la puse en el suelo, campo de batalla de ladrillos gigantes contra monte verde. Nos sentamos sobre ella. Juntos. Saqué el helado de chocolate y te hice otro lunar en el rostro. Me miraste con esos ojos color de mierda que tanto amo e inmediatamente después me lanzaste todo el helado en mi cara. Mostré una expresión de enojo. Te reíste. Sonreí. Nos besamos.






Apareció el dragón. Se había tardado ¿no crees? Empezó a lanzar fuego por la boca. Nos botó de su castillo. Nos dijo: ¡Pequeños! ¡Miserables! Y otras cosas que, si eran oídas, nos causaban
risas. A final de cuentas, al ver lo poderosos que somos, prefirió destruir el castillo. Supongo que por eso de lavar y prestar la batea.









Saqué una arepa envuelta en papel de aluminio. Frita.
Rellena de atún. Y comí mientras te miraba. Sí, lo siento. Algunas veces desvié mi vista al dragón, pero sólo para protegerte. Eructé. Te dije que te amo. Sonreíste.



El dragón. Su risa. Tus ojos. El castillo arruinado.
Mi cuerpo. Mi sonrisa. Tus lágrimas. Nuestro futuro arruinado.

Así, la batalla en el suelo terminó, teñidos todos con mi sangre. Tomé tus manos. Perdóname –pedí.

Caí sobre ti. Te inundé de sangre.

Caíste sobre mí. Me inundaste de lágrimas.

Todo desaparecía. El castillo. Las planillas. El general. El sistema. El helado. El computador. El sótano. Los cadáveres. El dragón… Yo.



– Ya puedes abrir los ojos. ¿Lo imaginaste bien? –t
e pregunto al tiempo que quito mis manos de tu cabeza– ¿Pudiste vivirlo en tu mente?
– Sí –respondes con los ojos inundados– podría jurar que viví todo lo que me contaste.
– Ya ves, José. –te digo– Te construí otra realidad y terminó destruida. Perdimos todo, fatales cosas pasaron y sigo aquí. Contigo. Podemos empezar de nuevo. Siempre. Entonces ¿qué es lo peor que podría pasar?

martes, 1 de marzo de 2011

Cadáver exquisito. Parte II


- ¡Chamo, esta no es la boda!
- ¿Cómo no va a ser la boda, pendejo? –susurró con fuerza Renny- ¿Cuánta gente puede andar casándose un martes 13?
- ¡Coño, men, hazme caso! ¡Esta no es la misma gente!
- ¡Deja el cague, el mío! Esto va a ser un paseo…

En efecto, posiblemente como parte del paseo al que se refería, Renny se desplazó a través del pasillo lateral del hotel y, con Javier elegantemente vestido siguiéndole, se dirigió a las escaleras del sótano. Arriba, en el salón de fiestas, los susurros imperaban como banda marcial. La novia había salido corriendo hace pocos segundos justo cuando el carajo ese intentó pasarle la pluma para firmar su matrimonio civil. ¡Coño de tu madre!, gritó el “suegro” tras la estela del vestido blanco.

- Qué arrecho, chamo –decía Renny mientras bajaba las escaleras-. La jeva no comió cuento, esa sí no juega…
- ¡Esa no es la tipa, coño!
- El peo ahora es qué hacemos… ¿La matamos a ella también?
- ¡Qué güevo contigo!
- Bueno, Papaupa, ilumínanos pa’ conseguir al viejo en ese verguero que debe estar armado allá arriba…

Renny dijo: Que se haga la oscuridad. Sacó su alicate. Y la oscuridad se hizo.


Y mientras Javier subía apresurado las escaleras tras de Renny, Ámbar, su novia, se trasladaba al baño con su traje alquilado lleno de torta y en la mano la botella de Baileys. Y estaba así, con ese desenfreno, pues usualmente no era invitada a eventos de estas magnitudes. ¿Baileys? ¡Para nada! Su ingesta de alcohol era exclusivamente de Polarcitas negras y, en ocasiones especiales, ginebra con jugo de naranja (de la barata). Por eso cuando su concubino Javier le habló de esta invitación, no lo pensó dos veces y decidió faltar a su empleo en la panadería.

- Ay, pero que de lo último hacer una boda un martes 13 –exclamó la mujer al ser invitada.
- Ahórrate esos comentarios, coño –espetó Javier-. Hazme el favor de comportarte.


Tenía que hacerle caso a su marido. Por eso Ámbar se fue tambaleándose al baño entre las luces de los faros de emergencia, quería mantener su imagen, su elegancia. Javier, sin percatarse, la estaba perdiendo. En la oscuridad no se distinguen asesinos, no se distinguen cómplices. No tiene color la sangre.


Pero allí estaba, entre la oscuridad, el cadáver del padre de la novia fugitiva.

viernes, 18 de febrero de 2011

Improvisación de José Leonardo Riera, 4ta intervención

Textos realizados en la cuarta intervención literaria
15 de febrero, Estudios Políticos, UCV

Por José Leonardo Riera

Baile

Me compré otros Converse para que las pisaras, nuevamente, lento, en este extraño baile. Y así darme cuenta de que sigues mi ritmo, y así darme cuenta de que sigues mis pasos.
¡Que te quiero que bailemos!

Cigarro

Me fumé hasta el olvido esa, tu inocencia. Ya no la recuerdo, incluso, me dices, entre todo el humo que exhala tu boca que ahora a otro hombre prefieres amar.
Otro cigarrillo... Otro... Nada más.

Yuca

¡Qué vaina tiene, Dios!
¡Mujer tan desgraciada!
Él vino y te sembró y sin decirte nada, ¡la yuca bien profunda en esta tierra extraña!

martes, 15 de febrero de 2011

Improvisación de José Leonardo Riera, 3ra intervención

Textos realizados en la tercera intervención literaria
14 de febrero, evento Chévere Cambur, Universidad Monteávila.

Por José Leonardo Riera

Me abdujeron

Coño, pana, te juro que no sé.
¿De dónde mi energía?
¡Esa verga es café!
¿Que actúo en demasía?
¡Fue que me empastillé!
Favor no me secuestren, no sé nada... ¡no sé!
Coño, mamá, te entiendo... ¡más nunca beberé!


Alergia causada por el Ávila

Entonces, ¿de dónde vienes? ¿Qué haces? ¿En dónde estudias?
Yo vengo de Las Mercedes y tú te me haces montaña, te haces amor, te haces maña.
Tú te me hiciste una alergia. El Ávila, el corazón...
¿Ahora quién lo remedia?, ¡quién me manda de guevón!


Chévere cambur

Chévere que entonces me toca escribir. Pudiendo, si quiera, mi vida vivir. Pero es esto del arte algo para ser amado, aunque escribo, confieso, no he desayunado.
Diseños candela y letras a litros. Desayuno y juventud.
¡Vaya!, ¡chévere cambur!


Monogamia

Porque el conocerte me hizo saber que res un millón en una sola mujer. Hoy día me cuesta creer que soy un monógamo, que te quiero y que no quiero a más nadie, sólo a ti, mujer.

domingo, 13 de febrero de 2011

Improvisación de José Leonardo Riera

Textos realizados en la segunda intervención literaria
12 de febrero, Parque del Oeste Alí Primera.

Por José Leonardo Riera

Amistad

Cuando estamos juntos inicia la función, todo parece sueño, ¡qué extraña sensación!
Vienen los sentimientos. El corazón en ON y somos de verdad... Amigos. ¡Amistad!


Deporte

De-porte a veces me falta, lo que tengo de poeta. Hoy por hoy mi única meta es el arte plasmar de que en el papel, además, se patean los problemas.


Inseguridad personal

Porque escribo dado que me da tanto miedo hablar.
No es tanto la inseguridad, pues me duele la garganta.
Pero mi vergüenza aguanta para decir que, tal vez, tú a mí me puedes cambiar.
Y así aprender a confiar. Y así seremos...


Lobo

Mira ese lobo feroz comiendo caraotas y arroz. Maulló, maulló y maulló, y al final se convirtió en un niño muy hermoso ¡porque el arroz se comió!

viernes, 4 de febrero de 2011

Sin Título

Segundo match match del tercer contraletras
Guillermo vs Gabriela C. vs José Leonardo: Masturbación

Sus recursos eran limitados a la hora de pensar en relaciones sociales. Nunca fue bueno para nada, no cantaba, no era catire, no era gracioso y, como herencia de sus padres, todos los conocidos le tenían cierta adversión.

Desde la vez aquella en la que la mujer que sería su madre se enamoró de un hombre diferente, de otro color, de otra clase social, un hombre que no estudiaba y que, en vez de ello, iba a lugares “feos”. Así, en alguno de esos lugares feos (como todos los lugares dignos de un amor verdadero), el amor se hizo mutuo, y tangible.

Adversa se hizo la historia entonces. Nueve meses antes, no era difícil odiar a esa mujer, a fin de cuentas, odiarla ayudaría, tal vez, a que dejara al "tipo ese" y se buscara un hombre de verdad. No obstante, nueve meses después, ese hombre se hizo una verdad, en el nacimiento de Uriel.

Ya no era sencillo odiar a la mujer que ahora debía estar unida a ese cualquiera, por ese carajito.


“Ella cree que hizo una gracia. Pero está muy equivocada. Si ella piensa que dándole un hijo a esa mierda va a lograr que yo lo acepte, se equivocó. Se equivocó, comadre. Yo a ese carajito no lo quiero. No lo quiero ver; a ninguno de ellos. Para mí, está muerta. Que se quede con su mierda”, decía su madre, tratando de justificarle a su comadre (para que no le contara a las vecinas) el hecho de botar a su hija de casa.

Uriel creció entonces, más en apariencia que de forma interna. En una casa en Carapita en donde tenía padres de cinco de la tarde a nueve de la noche. De resto, estaba eminentemente solo. Sin familia materna, pues ni su madre la tenía. Y sin familia paterna, pues casi no tenía padre.

Sus recursos eran limitados a la hora de pensar en relaciones sociales. Nunca fue bueno para nada, no cantaba, no era catire, no era gracioso y, como herencia de sus padres, todos los conocidos le tenían cierta adversión.

Por eso, con dieciséis años de edad, sin familia ni amigos, Uriel no encontraba nada bueno que hacer desde el mediodía hasta las cinco de la tarde.


- ¡Ese carajo hay que meterlo preso en El Rodeo!
- Es un menor de edad y ese procedimiento no es pertinente.
- ¡La carajita también es menor de edad… y pertinente un carajo!
- En parte hay que entenderlo –dijo el psicólogo- creció solo, sin amigos y sin figura paterna. Hablando con él, me enteré de que no sabía qué era masturbarse.
- ¡No te creo esa vaina!
- Así es. Y es un hecho normal, pues generalmente conocemos la masturbación por medio de la figura paterna o la información que los amigos del liceo nos dan al respecto. Este joven no tuvo familia ni amigos, por lo cual creció reprimido sexual y emocionalmente.
- ¡Coño de la madre…
- Eso no justifica el daño que le realizó a esa joven.
- Su estado mental no es sano, además, no es posible juzgarlo como un criminal. Al menos no como uno adulto.
- ¡La violó! ¡Tiene que pagar! ¡La violó, maldita sea!



Uriel, desde entonces, se masturba todas las noches en la cárcel de menores.

sábado, 29 de enero de 2011

Zapatos

Realizado en la primera intervención literaria
28 de enero, pasillo de ingeniería, UCV

Por José Leonardo Riera

Se te quedaron los zapatos debajo de la cama que cubrió tu decencia. No importa tu vestido, ni tu perdida esencia, ¿cómo andarás entonces en facultad de Ciencias? Si fue ahí que te conocí, aun descalzo, tu inocencia. ¿Dónde está? En tus zapatos... Y bajo de mi litera.

lunes, 24 de enero de 2011

Terminé; me terminaron así.

Cuarto match del segundo contraletras
Gabriela C. vs José Leonardo: Yo terminé, a mí me terminaron así.



- Es que… -le dije- eres anormal.
- ¿Anormal es amarte y decírtelo, Ana?
- ¡Se trata de que quieras como los demás!


Su apariencia no delata lo monstruoso que resulta él. En todos los sentidos lo es. Su cabello, largo y enmarañado, no podía poseer el único fin de jalarlo al hacer el amor, y de acariciarlo una vez que el amor estaba hecho. Y su sonrisa, camuflada siempre entre la ternura, sólo podría significar una cosa: te lo dije.


- Yo te dije que no sería fácil, pero que sería.
- ¿Que sería qué? ¿Qué es esto?
- ¡Ana, esto somos tú y yo!
- ¡No me digas Ana!


Avanzó hacia a mí y me dijo algo de una forma educada y respetable. Siempre tuvo esa manía de ser amable. ¿No es eso anormal? Es tan anormal que no estuve preparada, ¿Qué puedes hacer tú ante una persona que te trata bien y te respeta? ¡Como están las cosas, o te enamoras o pierdes!


- Ani, yo te amo. De verdad. Las demás no importan.
- Si no importan, ¿por qué estuviste con ellas?
- Nunca estuve con ellas, en cada beso, en cada caricia, estuve contigo. Tú eres parte de mi alma. Mi alma es más tuya que mía. Nuestra unión es tan sublime… jamás te he sido infiel, siempre he sido fiel a nuestro sueño. A nuestro amor.


Debo aceptar que lo de artista me llamó la atención. Ahorita hay hombres obreros, doctores, ingenieros, y muchos más, incluso, sin oficio; un artista, con éxito en su trabajo, era sencillamente exótico a mi parecer. Y apoyé su sueño, pues yo nunca tuve uno. Y él se hizo, no sólo mi sueño, sino también mi realidad. Vi cómo crecía. Y mientras más lo hacía, más pequeña me sentía. Sí, fui feliz en cada uno de sus triunfos, pero sabía que lo estaba perdiendo. Que ya no era mío, ahora era de su público, de su trabajo.

Viajó a otros países, y viajó a otros cuerpos. Yo siempre recordé, en aquellos momentos, su historia del ave enjaulada. Al principio, no deseé enjaularlo; al final, no pude hacerlo.



- Mi amor, todo esto que hago es por ti. Para llevarte a cenar, para llevarte al cine, comprarte un departamento, comprarnos un carro. Pronto esto y más será posible.
- ¡Yo no quiero un carro! ¡Yo te quiero a ti!
- Yo te amo mucho, Ani, pero no soy un objeto, lo único que puedes poseer de mí es mi alma. Y ya es tuya. Pero no puedo detenerme. Es nuestro sueño; y el mío también. Tú tienes lo único que realmente poseí alguna vez. Y te entregué mi alma porque tú la salvaste. ¿No te basta con saberte dueña de ella? No pienses en mis viajes, no pienses en aquellas mujeres que no han sido nada para mí. Tú eres la única persona que me importa. Te pido por favor que yo, y sólo yo, sea lo que te importe a ti. No te fijes en nada de lo que me rodea, pues todo es mentira. Mi verdad eres tú. Tú me amas, yo te amo, ¿por qué no podemos seguir juntos?

- Es que… -le dije- eres anormal.
- ¿Anormal es amarte y decírtelo, Ana?
- ¡Se trata de que quieras como los demás!


Terminé.
Así me terminaron.


Me quedo con la gente que no sabe de almas, que no sabe de arte, que no sabe de viajes. En fin, una vez que se hace el amor (y que el amor está hecho) terminar, y que la terminen a una, es algo totalmente normal.

domingo, 16 de enero de 2011

Si ya el universo es tuyo




a Gaby Jr.

En los amigos secretos
Se entregan
Naturalmente
Lindos detalles
Y gestos
Parecidos a la gente.

¿Y qué te puedo dar yo?
Si el universo
Es tan joven
Pero a la vez tan inmenso
Que resulta imposible
Entregártelo en un beso.

¿Y qué te puedo ofrecer?
Si te sé como semilla
Más que como una mujer.
Y, por eso, planta niña,
Quiero ayudarte a crecer.

¿Y qué te puedo entregar?
Si la pureza del mundo,
Escondida entre el mal,
Es algo exclusivo al agua,
A siete o
Un manantial.
Y tú, Gabriela, eres fresca.
Mi regalo está de más.

Pero ya me he decidido,
Y yo te voy a otorgar
Algo que sea parecido
A tu forma de pensar,
A tu forma de sentir,
De vivir, de estar,
De andar.

Te voy a dar, por supuesto,
No me quedan dudas ya,
La belleza, la poesía,
Que tú sueles inspirar.

Pues hoy robo tu ternura para poder inspirar,
O mejor lo digo claro, sobre todo
Aparentar
Que soy un poeta tierno
Que escribo del bien
Final.

Y te convertí en poema,
Porque nos fuiste un regalo.
Tú siempre has sido semilla,
Y sin eso nunca hay árbol.

Pero olvido, de repente,
Que bajo tanta ternura,
Eres terrateniente
de la palabra,
de la escritura.
Y nos conviertes en pasto
Y en parte de tu llanura.

Caramba, Gabriela, entonces,
¿Por qué del llano la altura?
Supongo porque eres joven,
Inteligente
Eres pura,
Eres buen amiga, y
Todo lo eres
Con hermosura.

lunes, 10 de enero de 2011

Las mejores hallacas las hace mi abuela




La navidad es temporada
De hallacas y puro amor.
Y en esto, querida abuela,
Usted siempre es la mejor.

Pues con eso usted cocina:
Con la familia en unión.
Y es esa, precisamente,
La clave de su sazón.

Hallacas. Qué buena excusa
Para juntos encontrarnos…
Esta familia es bien rara
Pues todos somos hermanos.

Hermanos que nos peleamos,
Que a veces no nos hablamos,
Pero que sin duda, abuela,
Con toda fuerza la amamos.

Es por eso que su hallaca
No es del todo sazón,
Pues su mejor ingrediente
Le sale del corazón.

Su corazón que nos une,
Y en una misma mesa,
Aunque sea un lunes
Bebemos cervezas,
Que junto a hojas verdes,
Alcaparras, aceitunas,
Hay una frase en la mente, y es:
Como usted no hay ninguna.

Y no quiero hablar de más
Pero sé, desde la escuela,
Las mejores hallacas no las hace mi mamá
…las hace mi abuela.


Todos somos ingredientes
Partes de una misma hallaca,
Pero usted es el pabilo
Que nos une y nos amarra.

Y es claro para nosotros
El valor de las hallacas
Pues hasta vienen los otros
A comerlas aquí en casa.

Usted para nosotros es como la hallaca en diciembre
Usted es reina y es maga,
Nuestro corazón, pesebre.

Usted es la navidad
Aunque no fuera diciembre.


Usted, como la hallaca, es nuestra excusa.
Para ser buenos, unidos, amorosos;
Y aunque no siempre podemos lograrlo
Que lo intentemos es simplemente hermoso.

Usted es la mejor, abuela,
Disculpen que lo repita,
Pues siempre en la navidad
Usted es mi hallaca favorita.

No voy a decir más,
Y duélale a quien le duela,
Las mejores hallacas no las hace mi mamá
…las hace mi abuela.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Despedida. Y nada más

José Leonardo Riera

Primer contraletras del primer match. JL Riera vs. Moisés:

La Reconstrucción de la vida de una persona

simbolizada en un viaje a través del mar.

Homenaje a Armando Reverón, pintor venezolano.




"Te vi cabizbaja,
mirando la playa
y quise saber en
lo que pensabas,
te besé en los ojos
y había lágrimas,
te quise decir que yo te adoraba,
te quise gritar que me perdonaras..."

Alí Primera



- ¿Por qué estás llorando?
- Por nada –dijo la mujer en tierra-. Me pasó la vida por el ojo.

Maldita sea, pensó Leonardo. Su familia se estaba destruyendo. La casa que tanto le costó construir se convirtió en choza. El barco que soñó, tantas veces era solo una chalana. La alegre mujer que fue su compañera ya ni podía acompañarlo, y aquel niño, su descendencia, estaba descendiendo más de lo genéticamente aceptado.

Maldita sea, susurró, mientras caminaba a la orilla. Maldijo el mar que alguna vez fue el testigo de noches en donde el amor no era una escena, era una verdad. También a las olas que en sus divagadas poesías nunca hicieron entender sus gritos de advertencia. Era tal su ímpetu que, comparado con lo que creyeron amor, Leonardo no pudo dudar su vida. Era ese mar, esas olas, las que le hicieron saber que siempre se llega con fuerza, pero se regresa, poco a poco, sin potencia.

Leo pensó en su vida. En su familia, en la choza que alguna vez lo crió, en la choza que él tuvo que criar, en sus aspiraciones de ser el hombre que, al darle una buena historia a su esposa y a su hijo, complementaría su ciclo de vida. Pero no. Vivió lo mismo que su padre; y que el padre de su padre, y que el padre de este último.

Paragüaná se volvió para Leonardo un puerto libre de sueños, de esperanzas, de ternura.

Estuvo tan libre de estos aspectos, que día a día se hizo preso.

¡Maldita sea!, gritó, mientras empujaba su chalana. Ya no bastaba para su familia su presencia, ya no bastaban sus sentimientos, ya no bastaba la comida diaria. Ya no bastaba Leonardo. Y cuando uno no basta para su familia, ya no basta para sí. Su tristeza resultó suficiente para, a orillas de la playa, montar la chalana en busca del éxito que, como ser humano, no pudo obtener.

Y así transformó carencias en búsquedas. El mar, inmenso, inexplorable, algo había de darle. Para encontrarse sólo hace falta perderse. Y, en esa pérdida, Leonardo buscaba transformar tristezas, hundiéndolas al mar.

Mar adentro, sufrió tempestades; sufrió soledades. Pero nunca dejó de pescar. El viento, la lluvia, el frío; ni el mar y su olear bravío detuvieron a Leo, quien quiso convertir su pesca en su siembra humana.

Empezó a pescar atún, que era lo que encontraba. Ni camarones ni costras, ni alegrías ni esperanzas. Y a fuerza de tanto pescar le pesó en grande la alegría, cada pesca lograda se hacía una elegía. El mar, la chalana y el hombre no son amigos de la algarabía.

Pero Leo no estaba allí para alegrarse, estaba porque no tenía otra opción que estar. Más allá de las ganas de hacerse mar. Allí se hizo un viajante, un pasajero más. La pesca tendría que transformarse en esperanza, en futuro, en amor y familia.

Cada atún era una noche en la que podía decirle a su hijo, te amo; y a su esposa, te quiero.

Pues él bien sabía que el hecho de querer es una apuesta en la que puedes obtener una desilusión; o la razón de vivir, de ser. Y Leonardo, ante todo, quería vivir. Más allá de su intento de morir ahogado, más allá del hecho de pensar la muerte, y más allá del vicio de vivir muriendo.

El “te quiero” de su esposa era la excusa perfecta para un día más de vida.

Y pescó indudablemente en busca del bienestar. Estuvo bien, sin embargo, nunca lo supo apreciar.


Pescó, día tras día. Hora con hora, además.

Era, y es, tanta la pesca, que nunca pudo ser más.

Pero cuando no te quieren siempre te buscas querer, Leonardo entonces hizo de un atún su mujer. Fue tanta la pesca permanentemente que en algún lugar se lanzó de anzuelo. No se pudo él pescar.


Pero de peces, y basura, está lleno el mar.


Se llenó la chalana de peces (sólo la mitad), y la otra parte de mierdas que siempre esconde el mar.

Así, hubo un día que no cupo más un Leonardo solo, con atún y el mar. Puedes de nada sirve la chalana, el mar y un hombre triste. Todo está de más.

Entonces Leonardo se lanzó hacia el mar. ¡Ya basta de atún, muy maldita sea! ¡Maldita seas tú, toda la marea y mi juventud ( si acaso existiera)!

Era tanto el atún, tanta basura (y la mierda) que Leonardo no cabía entre un sueño y entre la pena. No regresó del viaje, pues se puso en sacrificio. Sacrificó su esperanza, sus amores y su oficio. Su esposa vivió muriendo… maldito sea ese vicio.


Sin embargo, por su hijo, ahora me lanzo al mar. Así como muchos otros una lancha he de buscar, mas siempre consigo mierda… sólo mierda, nada más.

sábado, 6 de noviembre de 2010

De zapatos rotos... Y otros.

Por José Leonardo Riera



Debería sentir pena
De contar lo que pasó.
Quiero decir:
Calma, nena,
Ya lo nuestro sucedió.

Nenas, nenes, y señores,
Señoras, políticos, masones,
Todos hemos pasado sinsabores,
Que nos han hecho sentir como los peores.

Confieso que temo al agua,
Y no por ser poco aseado
Sino más bien que la lluvia
No me deja bien parado.

Yo que siempre iba corriendo
(y nunca me he detenido)
por andar, sin estar viendo,
he quedado sorprendido.

Era joven para entonces
y en eso de juventud
el hecho de ser humilde
no resulta usual virtud.


Todo el año yo reunía
(¡Pichirre hasta el descaro!):
Los zapatos que usaría
tenían que ser los más caros.

Y en eso de buscar marcas,
precios y nuevos diseños,
los zapatos eran asunto
que me quitaban el sueño.

Y tenía una dieta "light"
por culpa de mis medidas.
Pero el zapato era Nike,
o sino, quizás, Adidas.

Lo cierto fue que ese año
mis zapatos me compré.
Y me miraban extraño,
pero es envidia (lo sé).

¿Quién me manda a ser sifrino?
¿Cómo pudo haber pasado?
¡En vez de en San Bernardino
compré en el Metromercado!

¡Más vale que no! Dos meses
después de la transacción
me decían: ¡No te estreses!
¡Pues te pasa por guevón!


Así es, queridos panas,
un día de calorón,
el único en la semana,
en que cayó un chaparrón,
fue ese, precisamente,
en el que andaba en la calle,
luciendo mis dos zapatos
(Creo que estaba en El Valle)
Y sucedió de repente,
que el cielo se oscureció,
y Dios le puso dos nubes,
luego las multiplicó,
y así él se puso triste,
y llovió y lloró y llovió.

¡Más vale que no, compadre!
¡Nuestro Dios sí es chancletuo!
¡Por culpa de ese hijo e' madre
me sentí el peor tierruo!

Resulta ser que mis pisos
(como decimos aquí)
me hicieron parte de un guiso
(cual terrorismo iraquí).

Y yo, como en todo guiso,
resulté ser el guisado.
(Vale acotar, como inciso,
que eso es cosa del pasado).

Lo cierto es, mi comadre,
que un zapato tenía un hueco.
¡Ese tuky coño e' madre!
¡Vil estafador! ¡Adeco!


Y yo, que estaba aguardado
para evitarme la lluvia,
terminé más remojado
que en una sopa una alubia.

¿Qué por qué? ¡Ay, no, mi hijito!
¡El agua entró por el hueco!
¡Por culpa de ese maldito!
¡Vil estafador! Adeco!


A la final escampó
y me fui corriendo a casa.
Mi calcetín se empapó
(¡Estos adecos! ¡Se pasan!).

Pero, en fin, en toda historia,
aun en el mal pasa el tiempo,
uno pierde la memoria,
uno se pone contento...

¿Y qué es peor que un zapato roto?
¡Comadre no le dé pena!
¡Compadre, no le dé tos!
¡Pues lo peor que un zapato
roto (por fabricación),
yo les confieso, compadres,
que es tener rotos los dos!

Malhaya aquel ser humano
que con su actuar provocó
Que llorara otra vez Dios
y provocará un pantano.
Se me escapó de mis manos
esta horrible situación:
Fue tal desesperación
que no sabía qué hacer:
si enfrentar el llover
o mi interna inundación.
La lluvia como un toro
Me dio una fuerte coz:
¡No estaba medio mojado,
pues las medias eran dos!

Y perdido en el mar
Que había en mis zapatos
Pensé en toda la gente
Que no puede contar
Con zapatos de marca
(Aunque se encuentren rotos)…
No cuentan con la vida,
No cuentan con nosotros.
Y eso lo lamento,
Pues nuestra sociedad
Se basa más en marcas
Que en una identidad;
Y sin eso, mi amigo,
No se puede avanzar.

Pues mientras nosotros elegimos zapatos
Hay miles de personas que pasan malos ratos:
O viven como perros, o mueren como gatos.

Por eso ahora río
De aquella estupidez
De cuando yo era un crío
Y suave era mi tez.
Sin embargo te digo,
Te lo juro, esta vez,
Que ya no va conmigo
Ese absurdo creer
De “dime cómo viste
Y te diré quién es”.


Y así ando por la vida
Con mis dos zapatos rotos.
Pues, si a mí ya no me importa
¿Le debe importar a otros?

lunes, 3 de mayo de 2010

La muchacha

Por José Leonardo Riera



A Noelia Soledad Depaoli Solis





No sé qué hago aquí, un chamo como yo, con una mamá como ella, no debería estar escribiendo.

Debería ser, íntegramente, un adolescente rebelde. Odiar la vida y todo lo que ello implique. Y vivir haciendo precisamente lo que me lleve a una muerte más rápida.

Debería escribir “Sto ia aburre ale, wee Ready pa lo q salga hoy… gugugu soy me poes zi o ke??? “.

Pero no, escribiré sobre mi mamá.

Es una relación amor-odio. Odio amarla.

¿Por qué? ¡Anda adoptando a cuanto ser ve por ahí!

Lo más malo del caso es que nos hace escritores (y poetas, lo cual es algo exclusivo en el grupo) para dejarnos luego a la deriva. Solos. Creando y creando.

Y no sólo NOS HACE SER, sino que nos motiva a que sigamos siéndolo. Siempre hay una nota o algún poema que ella muestra, como quien no quiere la cosa, para que uno intente convencerse.

Algún día gris dirá: seré poeta
Poeta sin obra, de accesorio, de ademanes, viendo caer la lluvia sobre las flores.

Y mientras más nos hunde en el agobiante mundo del arte, más ella va creciendo. Al contrario que nosotros, ella cada vez tiene algo más interesante que contar. Y es eso…

Lo único que la bestia no puede quitarle cuando le alce la garra esta noche.

–¡Vieja loca! –le grito.
–Mira, DESGRACIAÍTO!!! Recuerda esto –me grita– el futuro será tuyo, pero el presente es mío!!



Vieja loca. Ustedes dirán: Definitivamente es un hijo rebelde. Pero quién no lo sería con una madre que:

1. Le ladilla la vida, le ladilla el aire, le ladilla todo.
2. Le teme a los fantasmas y a los extraterrestres.
3. Se encapricha con facilidad y se aburre con la misma facilidad.
4. Está enamorada de alguien que sólo se ama a sí mismo.
5. No se ama.
6. Escribe como por deber, como si una parte de sí misma no quisiera morir en la oscuridad. Escribir es casi una religión que profesa con poca frecuencia pero con la devoción de una beata.
7. Ama a los gatos y, cuando la arañan, se excita porque se siente dolorosamente correspondida.
8. Escribe mal.
9. Le teme a los truenos y a las lluvias nocturnas. Pero ama las sopas de pollo que hace su vieja cuando llueve.
10. Detesta a los niños, realmente; los detesta con todo su corazón.



Y yo creo, que aunque ya no soy niño, me sigue detestando. Porque para provocar que alguien quiera ser escritor, hay que detestar mucho a ese alguien. Y ella lo provoca.

Su segundo nombre, Soledad, le hace honor a su vida. Pues siempre está y se siente sola.

Es esa la maldición del escritor. Creer, erróneamente, que está solo.

Es que, como mínimo, me tiene a mí. Que la detesto y no puedo dejarla de ninguna manera.

Por eso, con cada letra que escribe, con cada nuevo tema, Noelia ilumina su oscuridad interna y se percata de que NO-Eta-sola. Tienes a varios amigos que la quieren tanto o más de lo que quieren a sus textos, tiene a un hijo desaparecido y otro que no puede desaparecer.

Pero cómo se puede desaparecer ante una persona que lo único que desea ser cuando grande es “menos grande”.

Es esa sencillez la que dispara con sus palabras que, impetuosas, no se amarran ante signos ortográficos y de puntuación. (Hay gente que dice cosas correctamente; y hay gente, como ella, que dice lo correcto).

Cómo uno puede detestarla si, al preguntarle si alguien la odia, responde: Ojalá.

Así, con su sencillez y su esencia de decir lo correcto, hoy escribo acerca de ella.

Sin editores de por medio. Sin estilos de por medio.

Con una frase para generalizar todo lo que digo: ¡Sí, mamá, tienes razón!




Empezó como un FRAGMENTO de
2 CERDAS Y UNA RAYA NEGRA.
Pero yo CONOZCO A MUJERES y sé que, para las artistas,
EL CAJÓN DEL PIANO puede ser
LA JAULA que encierre una
AUTOENTREVISTA CONTRA-PERSONA en donde la verdad resultante sea un
“YO ME AMO”. Y ella sigue. Dentro de
LA CAPSULA (PARTE I- "NOSOTROS HACEMOS QUE SE VEA BIEN") que nos lleva
DE VUELTA AL CENTRO para ser víctimas de un
TRATADO DE PELABOLISMO ILUSTRADO, en donde
LAS PALABRAS DEL PRESIDENTE a veces nos sacan
LAS ESCAMAS VERDES mientras
LA MUCHACHA se convierte en un
FRAGMENTO
De lo que es y será mañana.

sábado, 27 de marzo de 2010

Decálogo Bravo

Por José Leonardo Riera
¡Bravo si lo cumples! Y sino, me pongo bravo.



1. El destino existe, créelo. Cuando te vaya mal, piensa que es una prueba del destino. Cuando te vaya bien… ¡Qué diablos! ¡Es el destino también! Ser feliz es tan fácil como decidirlo.

2. Más que intentar, debes ser. El que intenta pasa su vida haciéndolo y, en ocasiones, fracasa. El que ES, puede que tenga razón, y si no, “mejorando”, será.

3. ¿Cómo ser un escritor y no morir en el intento? Intenta morirte. (Favor aplicar ley dos).

4. Hay gente que vive pensando en la muerte. Haz todo lo contrario. Todo.

5. La única forma de sobrevivir es el camuflaje. En el mar, los animales más grandes y peligrosos (y que, por cierto, no tienen camuflaje) mueren en manos del hombre (y viceversa). Mientras unos se pelean por “ser salvajes y peligrosos”, y otros se pelean por “ser humanos”, sólo los animalitos camuflados sobrevivimos.

6. Los peores vicios, si quieres saber superarlos, debes saber tenerlos.

7. En cuestión de imagen, uno de los hombres más famosos de la historia era un desnutrido. El otro, era un gordo (gordo de una forma ignorante). Si estás flaco, se quejarán por ver tus huesos. Si estás gordo, se quejarán porque no se ven. Sé gordo o flaco, pero sonríe.
8. Cuando Dios nos quiso dar la vida, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar amarguras, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar placer, inventó a la mujer. Cuando nos quiso dar competencia, inventó a la mujer. Si tienes una vida sin mujeres ¡invéntalas!

9. Si quieres alcanzar algo, trabaja. Si quieres tener algo, trabaja. Si sueñas lograr algo, trabaja. Si trabajas, descansa algo.

10. Si crees en el destino, en ti, en Dios, en el hombre, en la mujer, o en tu santa cerveza de los fines de semana, no tienes por qué creer en este decálogo. Nunca le hagas caso a nadie (aunque si no le haces caso a nadie, me estarás haciendo caso a mí ¿se entiende? ¡Yo tengo el poder supremo! *Risa malévola*).

Se repite en esto el ejemplo de la séptima ley. Podemos añadir otros: Si eres hombre y consigues muchas mujeres eres un maldito perro sucio mujeriego, y si no buscas mujeres eres un maldito perro sucio maricón. Si tienes logros y los proclamas eres un maldito bocón, si no tienes logros, eres un maldito fracasado. Si montas cachos, eres un maldito perro sucio (también), si te lo montan a ti… eres un pendejo. Chamo, mejor no sigo. La premisa es que tú decides lo que ERES. No importa nada más.


Nota del autor: Este decálogo (y sólo él) es machista. Si eres una fémina, la onceava ley es que lo leas pensando que eres un hombre.

jueves, 11 de febrero de 2010

Todo esto es por amor

por José Leonardo Riera


Esto es una larga historia
Pues les tengo que contar
Lo que queda en mi memoria
De lo que pude lograr.

Y es que de todas formas
Lo tengo que confesar.
Hoy vuelvo a romper las normas.
No me importa, de verdad.

El asunto es de cuidado,
Ya lo van a percibir.
Juntos siempre hemos estado
Y así hemos de seguir.

Todo empezó en un concurso
Único, muy especial,
Que ni con un gran discurso
Yo lo pudiera explicar.


Lo cierto es que, ciertamente,
Por eso nos conocimos.
Ninguno fue “el más fuerte”
Pero ninguno perdimos.

Nos ganamos, simplemente,
Una hermosa amistad.
Nuestro talento fue un puente
Que juntos nos hizo andar.

Tantos chicos, tantas chicas,
Algunos nos han dejado,
Pero hay quienes seguimos
Caminando lado a lado.



Victor, Jessica, Moisés,
Samar, Paula y Guillermo.
Andrea, Noelia y José
Gaby, Gabriela y mil sueños.

Y entonces, nos dijo Gaby:
"Chicos, me voy a ir".
Le pregunté para dónde:
Dijo: "Muy muy lejos, del país".

No pude disimular
Un asombro extrovertido.
¡Ella no debía escapar
A todo lo conseguido!

No te vayas, por favor,
Realmente necesitamos
Tu liderazgo, el mejor,
Por el cual hoy avanzamos.

Al parecer fue en vano
La suplica que ofrecí.
“Se me escapa de mis manos.
José, me tengo que ir”.



Me fui, mientras los demás
Se despedían dulcemente.

¡No puede ser! ¡Está mal!

¡Ustedes están dementes!


Un libro deja de serlo
Al arrancar una hoja.
Yo no puedo comprenderlo.
No la dejaré ir sola.

Pues nuestro libro se quema
Si ella por fin se marcha.
No dejaré que esta pena
Se convierta en una mancha.

Así, me fui al aeropuerto,
Como loco la busqué.
Y pasé puesto por puesto
Y así la vi, la encontré.
Y actué, claro, por supuesto.
Fue así que la secuestré.

La pistola en su cabeza
Y mi brazo en su cuello
Me la llevé, con certeza,
De que hacía lo correcto.

Nos bajamos del avión
(Si se me acercan la mato)
Y afuera, en la estación.
Nos esperaba un carro.

“Leo, tuve un gran temor”,
Dijo Noelia al volante.
“Marico, eres el mejor”,
Dijo Guillermo adelante.

“Todo esto es por amor”,
Dije a Gaby, susurrante.


Luego, fue así que llegamos
Hasta nuestra gran guarida.Alineación al centro“Sorry, Jessi, si tardamos”,
Exclamó Andrea enseguida.



“Muy bien, mi plan funcionó”,
Dijo Víctor desde el bar.
“¿Ella, qué tal reaccionó?
Ya la pueden desatar”.

“Pero después que brindemos”,
Acotó Paula después.
“¿De esto qué beberemos?
¿Vodka, cerveza o café?”.

“La de Champagne”, se escuchó,
Y quedamos en suspenso.
Era su novio el que habló,
Era Robi, y su despecho.

Gabriela se sorprendió
Pues se estaba haciendo tarde.
“Mi mamá no me dejó.
Ya debo irme, es muy tarde”.

“No te preocupes, Gabriela,
Te podemos secuestrar.
Nosotros de esa manera
Demostramos nuestro amar”.

Gabriela miró a la chica
Que yacía amordazada:
“¡Ay, no vale! ¡Pobrecita!
Gaby no puede hacer nada”.

“¡Vengan todos a la foto!”,
Gritó Noelia enseguida.
La lámpara dio en blanco y negro
a una Gaby sorprendida.



Y así, transcurrió la noche
Entre letras, entre alcohol.
Bebiendo con gran derroche
Y hablando con amor.

Y así termino mi historia
De cómo fue que impedí
Que Gaby fuera memoria,
Que se fuera del país.

martes, 9 de febrero de 2010

Y yo que al morir pensaba...

por José Leonardo Riera

“Por eso es que yo
no digo:
de esta agua no beberé”.
Proverbio Carapitense.

- ¡No, vale! ¡Ni pendiente! ¡Que dios me libre!
- ¡No te creo, chamo! ¿Y la poesía? ¿Y toda esa vaina de dónde te sale?
- Jajaja tú sabes: como escritor invento, y como poeta escribo.
- Verga, de pana que no te creo ¡Alguna vez te debes haber enamorado!
- No. Jamás lo he hecho y, te aseguro, jamás lo haré.


Así acostumbraba a decir cada vez que me preguntaban de amor. (¿Enamorarme yo? Jajaja ¡Si a nadie puedo amar más que a mí mismo!). La lengua, dicen, es el castigo del cuerpo. Y en efecto, por esa razón morí.

Como en toda historia que merezca ser contada, la mía trata de una mujer y de cómo, por culpa de ella, morí.

Mis relaciones con las mujeres eran sólo eso, historias.

Era como ir a una perfumería, oler todas las fragancias, rociarte una que otra, y luego salir, como siempre, oliendo a pachulí. A veces pienso que la verdadera razón por la cual olí tantos perfumes era que realmente quería conseguir mi fragancia ideal, la que quería llevar por el resto de mi vida. Más allá de eso, cada vez que pienso en ello me doy una cachetada mental y me digo: No seas payaso, sólo lo hacías porque habiendo tantas en el mundo, debes probar al menos un poco de cada una.

Y es que si te casas con una fragancia, renuncias a las millones sobrantes. Tu olfato se aburriría y terminaría muriendo en un mundo tan monótono como insípido. No. Yo soy un olfato. Y los olfatos estamos hechos para probar todos los perfumes del mundo.

Por eso cuando la vi a ella, salvaje, exótica y sensual, mi olfato no pudo resistirse. Siempre me gustaron las pruebas. Lo difícil. Lo prohibido. Y aunque no lo fue, Vanessa lo parecía.

Se me hizo tan difícil que mi olfato no podía descifrarla. Siempre, junto a ella, el olfato quedaba opacado por otros sentidos como el tacto, que desmayaba al tocarla; la vista, que entraba en éxtasis al verla; el oído, que me hacía soñar al escucharla; o el gusto, que curiosamente, sin ser usado, se sentía a gusto.

Fueron varios días de indiferencia, otros tantos de amistad y, aunque aún no descifraba su aroma, luego vinieron los días de esperanza o ilusión.

Me preguntaba nervioso:

¿Será que desgasté mi olfato en otros perfumes y ahora que llega ella ya no podré tener su fragancia?


Tiempo después, en esas cuatro paredes, ella se fue acercando a mí. Y cuando por fin empecé a percibir su olor quedé paralizado. Temblaba un poco, tratando de moverme, pero no. Estaba inmovilizado. Su fragancia venenosa hacía efecto en todo mi cuerpo. Mi estomago parecía hervir, al tiempo que mi piel yacía fría, congelada.

Yo pensaba que iba a morir. Pensaba que había desperdiciado mi vida. Pensaba que nunca había amado, y que nunca dejé que el amor me hiciera suyo. Yo pensaba que, al igual que todo lo que no tiene amor, estaba muriendo. Morí sin amor, morí sin amar. Sus labios tocaron los míos.

Mis ojos se cerraron. Mi olfato al fin tuvo el gusto de su fragancia. Coca-cola. Disfruté su fragancia, la mía. Y en un beso que me quitó el alma, la mente, la razón y el olfato, me morí entre dos narices aceleradas respirando Coca-cola.
Fue ese día que morí. Por culpa de Vanessa.


Ya no soy yo. Soy ella.

Ya no tengo vida. Mi vida es ella.

Ya no me amo a mí. La amo a ella.

Ya no busco mi fragancia. Mi fragancia es ella.

Y yo que al morir pensaba que nunca había amado, ahora la vivo amando... y ni siquiera lo pienso.

martes, 19 de enero de 2010

Yo quiero ser como tú

Por José Leonardo Riera



En la escuela, siempre soñé con ser como él. Fuerte, valiente, importante. Quería tener muchos amigos, que todos me tuvieran miedo; poder pegarle a quien quisiera, cuando quisiera. Le decía: Yo quiero ser como tú. Él tan sólo se reía y me golpeaba. En la escuela.

A pesar de que Iván era la persona a quien más temía, yo soñaba con ser como él. A pesar de mi empeño, no pude ser como él; ni siquiera como yo. Ser fuerte y valiente es algo muy difícil.

Soy una persona tenaz, lucho por mis sueños, nunca los olvido. Por eso todavía intento ser como Iván. Día por día, suceso por suceso, trato de ser tan malo como algún día él lo fue.

Pero siempre, en cada golpiza, en cada asesinato, algo no sale tan perfecto como mi plan lo estipula. Intento tomar en cuenta mis equivocaciones, no repetirlas nuevamente. Mas no lo logro. El camino para lograr nuestros sueños está lleno de equivocaciones, construido con las mismas piedras con las que tropezamos.

Esta vez voy a intentarlo de nuevo. Hoy es el turno de Iván. Ya todo está planeado. Este asesinato será el que me haga lograr mi sueño: Ser valiente, fuerte y malvado –me dije.

Allí estaba Iván, robando a esas dos personas. Justo antes de que lo matara.


Vi fugazmente la cara de asombro de los testigos, volteé y me fui caminando.

No obstante, mientras caminaba, algo intentó detenerme.


- ¿Qué quieres? –le pregunté al mocoso.

- Yo quiero ser como tú –me respondió.

lunes, 19 de octubre de 2009

El turpial vive dos veces

Por José Leonardo Riera

Pensando en qué titulo ponerle a este texto, se me ocurrió llamarlo “Ensayo sobre Salvador”, o “El salvador de Salvador” o “De cómo Salvador me salvó”. No obstante, no quiero hacer de esto un ensayo ni mucho menos un cuento. Sólo quiero compartir la anécdota de cómo llegué a la conclusión de que Salvador Garmendia es parte de mi alma; literalmente hablando. Y contaré esta historia así, sin pelos en la lengua. Tal y como hablaba aquel niño de cinco años con Salvador.

Desde los cinco años de edad, José Leonardo Riera frecuentaba la Quinta Cristina, sede de Monte Ávila Editores

La agencia de festejos de mi padre siempre era contratada por esta editorial, generalmente para bautizos de libros. Fue así como yo, acompañando a mi papá a trabajar, fui llamado por los rostros que guindaban de la pared, y capturado por los libros de los estantes.

El tiempo pasaba y ya no necesitaba el trabajo de mi padre para visitar aquella quinta. Ahora iba siempre, cuando quería, y por cuanto tiempo quisiese. Pues me hice amigo de los trabajadores y, por supuesto, de los escritores que frecuentaban el lugar.

Lo curioso del caso es que no sólo leía los libros de aquellos escritores, sino que también me entrevistaba con ellos y criticaba sus obras.

Fue por esa razón que conocí a Salvador Garmendia. Éste era muy amigo de la editorial, y para ese entonces –año 1997- estaba realizando los trámites para la publicación de su libro La media espada de Amadís (que, por razones que desconozco, fue publicado finalmente por la Editorial Norma). Por estas razones Salvador pasaba casi tanto tiempo como yo en la editorial.

En una ocasión, yo me encontraba en el jardín leyendo y llegó un hombre de avanzada edad a tomarse un café. Se sentó justo frente a mí. Me miró, quizás sorprendido. Yo le miré también, muy fijamente, por ciertoÉl mantuvo el contacto visual. Sonrió de una forma casi infantil, sin mostrar sus dientes, tal vez por esto todo su rostro parecía tan gris. Fue un movimiento conjunto. La sonrisa, sus grandes cejas ligeramente levantadas y las cinco o seis líneas de su frente. Así, con su contextura, con su nariz tan prominente y con el cabello grisáceo que no sabía de fronteras faciales, Salvador se mostró como un niño.

Y aunque el niño era yo, no lo parecía, pues mi personalidad de “crítico literario” era, debo admitirlo, totalmente detestable y aborrecible. Me preguntó mi nombre y qué hacía. Yo respondí: “Soy Leo, y leo” (yo siempre tan locuaz). Hablamos de mí y de mis gustos literarios hasta que me preguntó si había leído algo de él y si me había gustado (estoy seguro de que quiso hacer esa pregunta desde el primer momento).

Le dije:

-Sólo he leído Hace mal tiempo afuera

-¿Te gustó?

-Sí, porque los cuentos son sencillos y dicen muchas cosas… Casi para niños, pero lo dedicaste a personas que no son niños. Tienes que escribir cosas que uno entienda pues...

Fue larga la conversación, y la mayoría de las ocasiones estuve a la defensiva. Pero precisamente por eso el tiempo nos hizo amigos. Yo de él aprendí casi la totalidad de su obra, de su estilo, de su esencia. Él, en mí, encontró al niño que le abriría el camino en el mundo de la literatura infantil.

Más que un amigo, se hizo mi padrino. Mi tutor. Y, gracias a él, en un futuro, mi colega. Pues yo llegaba con mis cuentos a la editorial y le decía:


- Lee, Salvador. Sólo los niños sabemos escribir un cuento para niños.


Él reía, pero siempre leía mis cuentos; los criticaba constructivamente de tal manera que yo mejorara, y él también.

Tuvimos poco más de tres años de amistad. Tres años en que, a causa de ésta, escribió la mayor cantidad de cuentos infantiles de su vida. Pero Salvador sufría de diabetes. El nuevo milenio sólo le trajo la seguridad de que cuando un turpial deja de cantar es porque ya está muerto.

Yo le visitaba y hablaba siempre con él.

-Salvador, tienes que escribir más, y escribe para niños -le decía.

-Leo, ya estoy viejo. Escribe tú por mí, tú estás joven y te queda un gran camino por delante. Por eso tienes que leer mucho y así serás un gran escritor.

-Yo no quiero ser un escritor, yo quiero leer cuentos para niños.

-Leo, yo te voy a hacer un cuento. Y no será un cuento para niños, será un cuento para ti, que eres tan grande como mi nariz, jajaja.

Nunca olvidaré esa conversación. Fue la última que tuvimos. En la editorial me dejó como regalo de cumpleaños un cuento infantil llamado El turpial que vivió dos veces. Era un borrador a máquina de escribir. En el sobre colocó: Leo, esto no es un cuento, es nuestra historia.

Y todavía me llena de emoción recordarlo. Trataba de un turpial muy viejo que, lastimado por un niño, estuvo en una jaula de la que no podía salir. Y aún así, el niño, tiempo después, abrió la jaula. El ave, al alzar el vuelo, pudo darse cuenta de que vivió dos veces, y todo gracias a ese niño.

Salvador murió en Caracas el 13 de mayo del año 2001. Seis días después de mi noveno cumpleaños. Estoy seguro que desde esa edad Salvador Garmendia vive en mí, ayudándome a escribir, enseñándome a cantar. Es por eso que, gracias a mí, Salvador vivió dos veces.
Y aquel turpial que alzó el vuelo dejando a Leo con sus montones de libro aún vive. Salvador, el turpial vive dos veces.


Ilustración de Rosana Faría. Para leer el cuento y ver todas las ilustraciones, debe descargarse a través de este link

http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=6614&portal=17