lunes, 19 de octubre de 2009

El turpial vive dos veces

Por José Leonardo Riera

Pensando en qué titulo ponerle a este texto, se me ocurrió llamarlo “Ensayo sobre Salvador”, o “El salvador de Salvador” o “De cómo Salvador me salvó”. No obstante, no quiero hacer de esto un ensayo ni mucho menos un cuento. Sólo quiero compartir la anécdota de cómo llegué a la conclusión de que Salvador Garmendia es parte de mi alma; literalmente hablando. Y contaré esta historia así, sin pelos en la lengua. Tal y como hablaba aquel niño de cinco años con Salvador.

Desde los cinco años de edad, José Leonardo Riera frecuentaba la Quinta Cristina, sede de Monte Ávila Editores

La agencia de festejos de mi padre siempre era contratada por esta editorial, generalmente para bautizos de libros. Fue así como yo, acompañando a mi papá a trabajar, fui llamado por los rostros que guindaban de la pared, y capturado por los libros de los estantes.

El tiempo pasaba y ya no necesitaba el trabajo de mi padre para visitar aquella quinta. Ahora iba siempre, cuando quería, y por cuanto tiempo quisiese. Pues me hice amigo de los trabajadores y, por supuesto, de los escritores que frecuentaban el lugar.

Lo curioso del caso es que no sólo leía los libros de aquellos escritores, sino que también me entrevistaba con ellos y criticaba sus obras.

Fue por esa razón que conocí a Salvador Garmendia. Éste era muy amigo de la editorial, y para ese entonces –año 1997- estaba realizando los trámites para la publicación de su libro La media espada de Amadís (que, por razones que desconozco, fue publicado finalmente por la Editorial Norma). Por estas razones Salvador pasaba casi tanto tiempo como yo en la editorial.

En una ocasión, yo me encontraba en el jardín leyendo y llegó un hombre de avanzada edad a tomarse un café. Se sentó justo frente a mí. Me miró, quizás sorprendido. Yo le miré también, muy fijamente, por ciertoÉl mantuvo el contacto visual. Sonrió de una forma casi infantil, sin mostrar sus dientes, tal vez por esto todo su rostro parecía tan gris. Fue un movimiento conjunto. La sonrisa, sus grandes cejas ligeramente levantadas y las cinco o seis líneas de su frente. Así, con su contextura, con su nariz tan prominente y con el cabello grisáceo que no sabía de fronteras faciales, Salvador se mostró como un niño.

Y aunque el niño era yo, no lo parecía, pues mi personalidad de “crítico literario” era, debo admitirlo, totalmente detestable y aborrecible. Me preguntó mi nombre y qué hacía. Yo respondí: “Soy Leo, y leo” (yo siempre tan locuaz). Hablamos de mí y de mis gustos literarios hasta que me preguntó si había leído algo de él y si me había gustado (estoy seguro de que quiso hacer esa pregunta desde el primer momento).

Le dije:

-Sólo he leído Hace mal tiempo afuera

-¿Te gustó?

-Sí, porque los cuentos son sencillos y dicen muchas cosas… Casi para niños, pero lo dedicaste a personas que no son niños. Tienes que escribir cosas que uno entienda pues...

Fue larga la conversación, y la mayoría de las ocasiones estuve a la defensiva. Pero precisamente por eso el tiempo nos hizo amigos. Yo de él aprendí casi la totalidad de su obra, de su estilo, de su esencia. Él, en mí, encontró al niño que le abriría el camino en el mundo de la literatura infantil.

Más que un amigo, se hizo mi padrino. Mi tutor. Y, gracias a él, en un futuro, mi colega. Pues yo llegaba con mis cuentos a la editorial y le decía:


- Lee, Salvador. Sólo los niños sabemos escribir un cuento para niños.


Él reía, pero siempre leía mis cuentos; los criticaba constructivamente de tal manera que yo mejorara, y él también.

Tuvimos poco más de tres años de amistad. Tres años en que, a causa de ésta, escribió la mayor cantidad de cuentos infantiles de su vida. Pero Salvador sufría de diabetes. El nuevo milenio sólo le trajo la seguridad de que cuando un turpial deja de cantar es porque ya está muerto.

Yo le visitaba y hablaba siempre con él.

-Salvador, tienes que escribir más, y escribe para niños -le decía.

-Leo, ya estoy viejo. Escribe tú por mí, tú estás joven y te queda un gran camino por delante. Por eso tienes que leer mucho y así serás un gran escritor.

-Yo no quiero ser un escritor, yo quiero leer cuentos para niños.

-Leo, yo te voy a hacer un cuento. Y no será un cuento para niños, será un cuento para ti, que eres tan grande como mi nariz, jajaja.

Nunca olvidaré esa conversación. Fue la última que tuvimos. En la editorial me dejó como regalo de cumpleaños un cuento infantil llamado El turpial que vivió dos veces. Era un borrador a máquina de escribir. En el sobre colocó: Leo, esto no es un cuento, es nuestra historia.

Y todavía me llena de emoción recordarlo. Trataba de un turpial muy viejo que, lastimado por un niño, estuvo en una jaula de la que no podía salir. Y aún así, el niño, tiempo después, abrió la jaula. El ave, al alzar el vuelo, pudo darse cuenta de que vivió dos veces, y todo gracias a ese niño.

Salvador murió en Caracas el 13 de mayo del año 2001. Seis días después de mi noveno cumpleaños. Estoy seguro que desde esa edad Salvador Garmendia vive en mí, ayudándome a escribir, enseñándome a cantar. Es por eso que, gracias a mí, Salvador vivió dos veces.
Y aquel turpial que alzó el vuelo dejando a Leo con sus montones de libro aún vive. Salvador, el turpial vive dos veces.


Ilustración de Rosana Faría. Para leer el cuento y ver todas las ilustraciones, debe descargarse a través de este link

http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=6614&portal=17


3 comentarios:

Moisés Lárez Barrios dijo...

Me gusta tu crónica. Quizá hay algunos detalles que sería fino discutir en privado, pero en líneas generales creo que está muy bien.

Noelia Depaoli dijo...

a mi me parecio super conmovedor. de verdad y mas cuando habla de Garmendia.

La mejor decisión dijo...

Hola, me gustaría contactarte, estoy haciendo mi trabajo de grado precisamente acerca de este cuento de Salvador Garmendia y en el Marco teórico necesito un contexto del cuento. Por favor te agradecería si me dejas algún punto de contacto. Gracias.