Mostrando las entradas con la etiqueta Pauta 26. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pauta 26. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de marzo de 2010

Ama, Crea


Y eso

Por Jessica Márquez Gaspar

Tenía que escribir. Era una petición absoluta de cada centímetro de su piel, de cada átomo de su cuerpo. Encadenada como había estado a las responsabilidades –que amaba a pesar de todo-no había podido darse el lujo de entregarse a su pasión más infinita: la escritura. Adoraba pasearse por el teclado, recorrer una a una las letras, amaba profundamente construir castillos en el aire para destruirlos con el susurro de un niño. Era sencillo, pero emocionalmente agotador. Eso significaba escribir, eso se había significado siempre, pero sólo lo supo hace poco.

Era una persona complicada, lo sabía. Daba esta impresión de una tipa con presencia, con cierta seguridad que surgía de una mente alerta, unas ganas de hechar pa´lante imponentes y una memoria enciclopédica que no fallaba, al menos que la conversación rondara sobre química o matemática. Al mismo tiempo era tímida, había ido conquistando aquellos miedos que la hacían sudar frío, pero a veces la atacaban cuando se descuidaba, y se sabía sumamente crítica y detallista. Esto era también una cualidad porque le había dotado de un sentido de observación, -y no me refiero solo a la vista, sino a una habilidad para captar el mundo a través de todos los sentidos especialmente desarrollada- que actuaba muchas veces de forma inconsciente, pero que era la razón de todo su ser: por ello escribía, por ello amaba de aquella forma, por eso daba el 100% en todo, y por eso, sobre todo por eso, había sido feliz y sufrido en partes iguales, a lo largo de toda su vida.

Ahora estaba frente a la página en blanco con la pauta de aquella semana instalada en su consciente, después de haber pasado días rondándole las esquinas de la mente e interrumpiendo sus lecturas de la universidad, los viajes en metro, y hasta las clases. Finalmente tenía la oportunidad de escribir. Finalmente. Supo entonces de inmediato como abordar el reto. Decir que los seres humanos somos complejos es un cliché que raya en una frase de autoayuda, así que no sirve de nada. Prefiero imaginarnos como individuos matizados, como elementos del universo que se encuentran a medio camino entre la condición animal más primitiva –que lamentablemente sale a flote con frecuencia- y una forma de vida altamente organizada capaz de obras maravillosas y que se encontraba interrelacionada entre sí por un intricado tejido social que semejaba a una enorme telaraña.

Con este pensamiento comencé mi reflexión. Después de mucho meditar el asunto, con el resultado automático de que salí de la casa sin llaves, pasé un rato considerable buscando el control remoto que resultó estar en la nevera, y el haberme descubierto parada en un pasillo de mi casa sin razón aparente, encontré entonces lo que consideraba, con el sesgo absoluto de mi edad, mi experiencia personal, y mis creencias (en fin, de mi subjetividad), qué nos hacía verdaderamente seres humanos. La respuesta estaba ahí, frente a mí: somos capaces de amar y de crear. Me dirán entonces que me equivoco, porque los animales también están dotados de sentimientos, porque sienten amor de sus mascotas, porque crean vínculos emocionales con ellos, es cierto, ellos también aman, pero no como nosotros.

Somos los únicos seres sobre este planeta capaces de amar y de saber que están amando. Capaces de expresar sus sentimientos, de hacerlos verbo, de trasmitirlos, de volverlos acción, palabra, imagen, sonido, tacto. Desde tiempos inmemoriables amábamos con locura, con pasión, con ternura, con cariño. Desde siempre superamos el sentido reproductivo de los animales para hacer el amor. Desde nunca dejamos de mantenernos cerca de nuestros padres y hermanos por un sentido de supervivencia, sino por el vínculo que supone la familia. Desde antes de todo dejamos de ser gregarios por fines instrumentales, para agruparnos con aquellos que nos brindan cariño, compañía, comprensión y una buena conversación, a los que llegamos a llamar amigos.

Si tuviera que dar gracias por algo sería por esa capacidad maravillosa que muchas veces no explotamos en toda su potencialidad. Al final del día lo que nos hace humanos no son los pulgares oprimibles, ni la corteza cerebral, lo que nos hace verdaderamente individuos y no animales es un fenómeno que va mucho más allá de la liberación de dopamina en el cerebro, la química, las feromonas; es un fenómeno tan inexplicable que algunos le llaman Dios, otros Alá y hay quienes incluso le dicen Buda; es una sensación tan maravillosa que nos hace mejores personas, nos impulsa al éxito, llena totalmente nuestros sentidos y nos regala lo más valioso que jamás podremos tener: la compañía de otros.

No quiero decir con esto que, en el mejor estilo de una fantasía utópica, el amor gobierno al mundo. Ni mucho menos. Pero si quiero creer que esa es nuestra característica particular, que es aquello que toda la humanidad tiene en común. Y tal vez en unos años, cuando me haya desengañado un poco más de los individuos, me reiré de este escrito y de su ingenuidad.

Y me reiré también de mi visión del arte. Aunque muchos creen para cubrir necesidades, nosotros, personas, creamos porque necesitamos crear. Por que necesitamos expresar el mundo, deformarlo, transformarlo. Porque necesitamos que habite en el lenguaje, que se meza en él. Creemos profundamente que hay un universo latente en los tubos de pintura y el lienzo en blanco, en las cuerdas tensas de un violín, en la garganta impaciente de un hombre, y en un bloque de mármol silente. Pasamos nuestra vida, no todos, pero si muchos, a medio camino entre este mundo y aquel que es más colorido, como los cuadros de Miró, o más gris como los de Goya. En las notas que separan a Chaicosqui de Guns and Roses, y las páginas que se levantan entre Lovecraft y García Márquez.

Creemos, como los surrealistas, que “no ha de ser el miedo a la locura, o la vergüenza, lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación”. Porque vivimos de la imaginación, de la ficción que se vuelve realidad en el arte, que es realidad, que es tan sólo otro fragmento de la realidad que se le escapa a muchos, que no ve cualquiera. Es esta necesidad inmensa de crear que me asalta ahora, lo que nos hace individuos.

Es entonces clara la meta a seguir: debemos amar, y crear. No odiar y destruir. Lo que nos hace seres humanos es esa posibilidad latente, ese talento innato, esa característica intrínseca de compartir nuestra vida con otros, de entregarnos en cuerpo y alma, a los dos grandes sentidos de la existencia: al arte, pero sobre todo, a los otros.

Y eso… es lo que llevo haciendo toda mi vida.

jueves, 11 de marzo de 2010

El agua se envuelve en plástico

Por Moisés Lárez

A Gabriela Valdivieso

El ritmo de mis tecleadas nunca ha sido de la filosofía. Más bien cada acción de presionar el botón está cargada de miedo e inseguridad de que sea un trabajo bueno. Siempre he sentido eso desde este cubo tridimensional en el que me encuentro. Por eso poco me gusta que me lean y sólo hago esto por placer, por la mera necesidad de decirme a mí mismo: existo. Mentí. Sí he reflexionado en mis teclas, pero de una estúpida reflexión adolescente a un tratado de retórica antigua hay mucho trecho. Quiero decirme que existo, que esos momentos en los que me doy cuenta que soy un ser, uno real y animado me inspiran y emocionan, me llenan de preguntas y me alejan de respuestas; me sacan de un nicho donde estaba encapsulado y me trasladan a un estante vacío, sólo espiritualmente, donde me veo a mí mismo y a los demás interactuando de una manera increíble.

El otro día me pasó así. En mi trabajo, mi jefa me pidió, muy amablemente, que le sirviera agua. Me moví hacia el pote de minalba que estaba por ahí y me quedé observándolo fijamente. Pensé que el plástico que envolvía el agua podía tardar más de cuatro mil años en biodegradarse y que era terrible que algo tan puro como el agua viniera envuelto en algo tan macabro como el plástico, pensé que quizá sería bueno vender cartones de agua, como los de la leche, pero que seguro la gente no se iba a acostumbrar, que preferirían sus embases plásticos de agua, porque así podrían recargarlos en algún bebedero, cuando en realidad muy pocos son los que guardan el embase para recargarlo. La otra mayoría lo bota. ¿Y cuántos embases plásticos de minalba se consumen diarios? ¿Cuántos se botan? ¿Cuántos se vuelven a usar? Y ¿Cuántos menos se reciclan? ¿A dónde va todo el plástico que se bota? ¿Dónde botan la basura que uno bota? Entonces recordé cuando era chiquito, que creía que era hijo de una familia extraterrestre, pero que mis padres humanos me lo ocultaban, siempre había pensado que la mejor solución para acabar con la basura era mandarla al espacio. Enviarla al sol para que se derritiera, sólo que mi plan tenía un problema: es que el plástico se hace de cosas de la tierra, cuando se acaben las cosas con que se hacen el plástico y todo lo demás, ¿de qué lo vamos a hacer? Indudablemente sabía que la basura del planeta no le haría nada al sol, quizá en unos miles de años podría causarle un manchita que podría verse con telescopios con lentes de soldador, pero más nada. Mi problema era imaginar la tierra reducida, porque todos sus componentes ya no están en el planeta, sino en el sol. De ahí la suerte que tenemos de botar la basura en rellenos sanitarios, que si algún día se nos acaba todo, tendremos que empezar a cavar y reciclar de ahí.

Mientras le servía el agua a la profe, me daba cuenta de que no era algo tan absurdo. Que esto servía como un ciclo, como el del agua, pero que muy pocos afortunados se habían dado cuenta. Entonces, cuando le daba el agua a la profe y recibía un “gracias”, me pregunté qué era la fortuna y qué sería de ella si los humanos no existieran para ser afortunados. ¿De quién sería la fortuna? ¿De los animales? ¿Se puede decir que hay un perro más afortunado que otro? Sí, lo sé, los perros de la calle sin una pata y muertos de hambre son menos afortunados que el de Paris Hilton, ¿pero es acaso el de Paris más afortunado que el mío?, ¿sentirá la fama, sabrá que lo que come es más caro y que tiene vitaminas que le harán más duros sus dientes y más brillante su pelaje? ¿Sentirá la felicidad? Entonces me pregunté que si yo sentía la felicidad y qué cosa era esa. Y me sentí, como al principio, apartado instantáneamente del mundo y ahí viendo y no viendo todas las cosas al mismo tiempo y en ninguno me pregunté que quién más iba a ser feliz, sino yo mismo.

jueves, 25 de febrero de 2010

El punto de ser un humano es...

Las personas somos seres extraños. Me incluyo, después de todo soy lo que se puede llamar “un ser humano”, imagino que si puedes leer esto tú también lo eres. Cuando creemos razonar, estamos haciendo exactamente lo que no deberíamos; cuando creemos que es correcto, es porque puede que no lo sea. Decimos que no cuando queremos decir que sí, actuamos cuando debemos pensar, y pensamos cuando debemos actuar.

Somos, en muchas ocasiones, seres fríos y calculadores capaces de cualquier objetivo. Pero en otras nos sorprende nuestra propia sensibilidad. Si ese alguien parece no hacer lo que queremos, si esa pared es muy alta, o si ese sendero lleva muy lejos y cansa al caminar; la frustración. Si vemos que podemos pasar por encima de aquello que nos hace sufrir, podemos hacer lo que tenemos planeado, o si las cosas van como deben; la gloria, un bocado de lo que es el triunfo.

Vivimos cada momento como si la vida fuera eterna, cuando es todo lo contrario. Al principio nuestras preocupaciones parecen barreras insuperables y, cuando ya las hemos pasado, nos causan gracia. Nos preguntamos dónde estaba la complicación, el porqué del inevitable desmoronamiento de nuestra existencia. Bien, todo es complicado cuando no sabemos cómo hacerlo y pues, la risa que sale de esos momentos es de alivio por haber logrado aquello que queremos, cuando quizá en el fondo sabíamos que teníamos la capacidad de hacerlo.

Nosotros le echamos la culpa hasta a un perro, con tal de no aceptar nuestra propia responsabilidad, y a veces nos echamos la culpa de todo sin haber puesto el primer dedo sobre el plato que se encuentra roto en el suelo, ¿No es eso poco racional? Para nosotros, como humanos, sí. Las lágrimas son de ira, de felicidad, de tristeza o de celos y, si a ver vamos ¿A quién le importa? Simplemente salen y ya, dificulto que alguien pueda detener eso, no. Cada pequeña cosa buena que pase entre una tempestad es algo maravilloso, y cada cosa mala entre un mar de alegría es un tormento.

Pero, ¿No es esa la vida de un humano normal? ¿No es así como se supone que tenemos que vivir? Si fuéramos perfectos la vida sería aburrida, sin color, no sería vida. Hasta los malos momentos son buenos si se saben ver, todo depende del lado de la cama en donde estás. Y tú ¿Cómo ves a los seres humanos?...