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martes, 7 de junio de 2011

Un Absoluto Donadie

Era una mañana en la vida de un absoluto donadie.

Si le hubiesen preguntado cuáles eran sus aficiones, se habría quedado callado.

Estaba observando la mezcla del chocolate, porque era su trabajo, pero su labor bien habría podido llevarla un robot. Un muñeco de madera. Ahí podías verlo, de pie ante el chorro de chocolate que caía en el enorme tarro de aluminio. La mirada apagada detrás de esos gruesos lentes. Aseado, tan aseado que su personalidad era de blanco antiséptico. Llegaban otros colegas de la fábrica y le preguntaban qué le había parecido el programa de la tele. Sonreía y contestaba que le gustó. Era conocido en la fábrica porque siempre te escuchaba con atención, tuvieras el problema que fuese. Te daba consejos comedidos y a veces una palmada en el hombro. Te afirmaba que todo iba a estar bien. Al irte, volvía a poner los ojos en la mezcla de chocolate. La misma expresión del que no está ahí.

Bienvenido a un día en la vida de Jeffrey Dahmer.


Al mediodía, va a un restauran a una cuadra de la fábrica. Varía sus comidas. Trata de mantenerse alejado del alcohol cuando está trabajando porque sabe cómo se pone con eso de la bebida. Le empezó cuando todavía estaba en el colegio: compraba un six-pack de cerveza y se tomaba una, dos, tres antes de entrar a clases. Le gustaba la sensación que le creaba y hacía el resto del día más llevadero. Por esos días sus padres peleaban a tal punto que Jeff ya tenía la irrevocable decisión de nunca casarse. No hubiese podido si hubiese querido, de todos modos. Era gay en una época donde la unión entre dos hombres era la idea más nauseabunda concebida.

Una mañana descubrió que se había tomado las seis cervezas, una tras otra, empinando el codo. No se sentía borracho, sino un poco mareado. Dejó de comprar el six-pack para comprar un twelve-pack.

Después de almorzar, volvía a la fábrica. Sus amigos le sugerían que saliera con ellos después del trabajo, para unos tragos rápidos y un partido deportivo en la tele. Jeff decía siempre que no, con la mayor de las cortesías. No le gustaba el deporte. Algunos de esos colegas le confundían el nombre, le decían Jed, Geoff e incluso Tom. Él ni siquiera encogía los hombros. Le venía igual cómo le dijeran.

No hablaba con su familia a menudo. Nunca fue muy unido con sus padres –en especial después del divorcio– y reservaba las festividades y los cumpleaños para verlos. Conversaba de trivialidades, más con su papá que con su mamá. No le gustaba la hipocondría de ella. Su hermano estaba casado y, teniendo siete años de diferencia, tampoco compartían mucho en común. Su abuela era la que menos le hablaba. Vivió con ella después de salir de la milicia. Se enlistó después de graduarse de bachiller y al poco tiempo volvió a casa, tras haber sido expulsado por su exceso etílico –la misma razón que provocó su fracaso en la universidad. Al principio la abuela lo recibió con los brazos abiertos y se lo llevaba todos los días a la iglesia, a donde él iba con entusiasmo. Se hicieron más distantes con los meses. Aún desempleado, cosas aparecían en su cuarto, que tenían que ser robadas. Ninguna más anormal que el maniquí: un maniquí vestido y sentado en el armario. Le preguntó a su nieto de dónde lo sacó. Jeffrey contestó que era de un amigo.

Y el olor. En su cuarto estaba este olor a tierra húmeda, a ropa podrida.

Se cansó del muchacho y de sus visitas nocturnas de hombres que sólo buscaban sexo. Lo sacó de su casa, de vuelta a los brazos de un padre que no sabía qué hacer con él. Lionel, el papá, se había casado otra vez y siempre estaba atento a la siguiente oportunidad que le pudiera arrojar a su hijo. Pero el contacto entre los dos terminó convirtiéndose en un asunto, más bien, jurídico.

Comenzó con un arresto por exposición indecente: Jeffrey le había mostrado sus genitales a dos muchachos. Un año más tarde, volvería a ocurrir.

El afecto de Lionel se convirtió pronto en desesperación, pero la esperanza es lo último que se pierde. Siguió a su lado. Aconsejándolo. Ayudando a su hijo a conseguir una oportunidad que le hiciera salir adelante. No se imaginaba que Jeffrey había sido expulsado de un sauna al que estaba afiliado porque se descubrió que drogaba a otros clientes y se acostaba con ellos. Nada sexual, sólo se acostaba. Bueno, algunos de esos hombres eran homosexuales también y sí ocurría un jugueteo, que Jeff conocía como “sexo ligero”. A veces, ese sexo ligero ocurría después de que el otro hombre quedaba inconsciente.

Después del trabajo, recogía sus cosas, se despedía de todos sus amigos y volvía a su apartamento en autobús. Sentado por el fondo, junto a una ventana, mirando a la urbanización pasar emborronada. Viendo un reflejo transparente de sus propios ojos.

Llegaba al edificio. Consiguió pagar el alquiler después de que le dieran el trabajo en la fábrica. Abandonó de una vez la casa de su abuela y los arrestos empezaron a volverse incidentes distantes, de otra vida. El futuro empezaba a brillar.

Tenía un acuario en el apartamento. Eso sí le gustaba de verdad, amaba mirar a esos peces. Silenciosos, lentos e impersonales, vecinos de un microcosmos que nunca interactuaban entre sí. Lo conocía el conserje, que le había llamado la atención por los malos olores que venían de su puerta. Jeff tenía dañado al refrigerador y la carne se descomponía con rapidez, pero era un asunto que iba a solucionar muy pronto. El conserje siempre lo trataba con paciencia porque, bueno, era uno de los pocos inquilinos con educación.

Cuando Lionel volvió a verlo, las circunstancias eran distintas. No estaban en una reunión familiar, sino otra vez en el tribunal. Jeffrey fue puesto bajo arresto porque golpeó con un palo en la nuca a un muchacho que se había llevado a su casa, después de conocerlo esa misma noche en un bar gay. El ataque vino de la nada. La policía lo capturó y él se declaró culpable.

Y mientras le rogaba al juez que no lo mandara a prisión, porque eso significaba perder un empleo que le servía de ancla a la vida, Lionel entendió que su hijo, ese muchacho encantador que se hundió en una profunda timidez, nunca sería más de lo que era ahí, a sus treinta años: mentiroso, alcohólico, ladrón, exhibicionista, violador. Fue el claro momento que miraría en retrospectiva como ese en el que comprendió que su hijo se había alejado para siempre.

Se cerraba la puerta de su apartamento, el 213. Algunas noches volvía a abrirse, salía Jeff y volvía con otro hombre, que acababa de conocer. Pero la puerta no se abría otra vez. Nadie salía sino Jeffrey, a repetir en la mañana el ciclo automático.

Ya le despedirían. Y una semana después, Leonel recibiría una llamada de la policía, diciendo que Jeff estaba bajo arresto. Esta vez era homicidio calificado.

"Esta vez de verdad lo arruiné" fue lo primero que le dijo Jeff a su padre cuando estuvieron cara a cara.



Al volver a mezclar el chocolate, Jeff no se imaginaba cómo sería su juicio, ni los rostros de los familiares de los 17 hombres que asesinó y descuartizó. Trabajaba con la oscuridad por dentro. Sabiendo su vida desperdiciada. Incapaz de dejar de asesinar.

Por ahora, siguió trabajando, mirando al chocolate desde su silla.

martes, 17 de mayo de 2011

¿Confiar...?

Cada día pienso lo mismo, me siento en mi cómoda silla junto a la ventana y veo cómo llueve afuera. Pienso en la confianza que, muchas veces, trae más complicaciones que las que resuelve.

Confiar es poner una venda en tus ojos y seguir un camino que ya no puedes ver. Pero, ¿en quién se está confiando? ¿En los demás? ¿En nosotros? La confianza tiene poder, tanto de crear como de destruir. La creación de la confianza lleva tiempo, paciencia, empeño. En cambio la destrucción, increíblemente devastadora, es rápida; destruir la confianza de alguien, e incluso la propia, sólo requiere un minuto, un segundo, casi nada, incluso a veces ni siquiera se necesita un pensamiento.

Confiar. No en todos los casos nos da la victoria, de hecho, podemos confiar en nosotros y perder. Yo sé de eso. Se cree que será distinto si lo intentamos de nuevo, que ganaremos, que encontraremos lo que hemos buscado por años sin éxito. No. Las cosas no cambiarán con el hecho de confiar en que lo harán.

Hay que saber perder, y eso no es precisamente pesimismo. Es determinación, entendimiento de lo que nos pasa, aceptación. Luego, llega la parte en donde nos preguntamos qué es lo que haremos. ¿Ganar? ¿Perder? Ni siquiera queremos jugar más. Ya no lo intentamos, pero no por miedo al fracaso, sino por la certeza de que no llegaremos a nada. No hay meta.

Las ilusiones sólo son eso, ilusiones. La realidad es otro asunto más bien distinto. Abrir los ojos y mirar que el sitio por donde has caminado es un desastre resulta desalentador, pero puede que lo sea más si ves lo que tienes delante. ¿No es mejor retirar por completo la venda y seguir? Al menos así verás dónde pisas, evitarás lastimarte otra vez. Ahí está la verdadera fuerza, la verdadera resistencia, el verdadero valor.

Y mientras pienso, sigue lloviendo, aún estoy en mi silla...

viernes, 13 de mayo de 2011

La silla que elegiste para mí

La silla que elegiste para mí

Jessica Márquez Gaspar

Y me quedé sentada ahí, en la silla que elegiste para mí. Evitando tu mirada cómo hago cada vez que no tengo el valor de encontrarme con tus ojos transparentes y expresivos para no sentir una vez más que te amo. Porque es más sencillo pensar y organizar las palabras cuando no entablamos esta conexión que hemos tenido siempre, que comienza tan sólo con recorrer tus manos, luego tu camisa, más tarde tus hombros, y terminar delineando nuevamente los contornos tan conocidos por mi memoria, mis manos y mi alma, de tu rostro. Un rostro que llevo siempre conmigo. Y entonces tendemos un puente y caen las máscaras y se abre el telón, pero termina el teatro. Y ya no hay forma de seguir mintiendo, de seguir actuando. Por eso tengo que mirar fijamente la mesa, un retazo al azar del piso que asoma a tu derecha o simplemente no mirar a ningún lado.
Pero lo cierto es que debo ordenar lo que siento y lo que pienso para responder a lo que acabas de decir. Que hemos dicho tantas y tantas veces que parece un guión ya aprendido, que repetimos hasta el infinito, por miedo a salirnos de los parlamentos y equivocarnos. Pero el libreto es ya insuficiente, entonces digo lo que no había dicho y tú respondes como no habías respondido y ahí, ahí si te miro a los ojos y tu mantienes mi mirada y de tus labios brotan palabras que son colores, para una existencia que ha sido siempre una paleta de grises, y brotan también de tu piel, de tu ropa, del olor de tu cuerpo, y lo que parecía un boceto al carbón se transforma en un cuadro de Miró de brillantes colores. Y la vida tiene entonces sentido.

Te levantes y caminas hacia mí, haces ese gesto que conozco casi tanto como los rincones de tus manos y la forma de tu pecho, mi lugar secreto para huir del mundo, y me invitas a esconderme ahí. Y me abrazas y nuevamente dices tesoros que guardo primorosamente, como una flor dentro de un libro. Y entonces no sé si llorar o reír, de felicidad o de tristeza. Y vuelvo a sentarme. Y ahí seguimos hablando por horas mientras agarras mi mano con fuerza y repites que estaremos bien. Y te creo. Pero ya no soy la misma. Ahora te amo más y tengo más valor. Ahora me inclino a besarte, como tantas veces para detener el mundo, para borrarlo hasta que parezca un sueño y el sueño sea real. Y aunque regreso y me siento de nuevo todo es distinto ahora y no importa que permanezca en aquel espacio que elegiste para mí, en la misma silla. 

miércoles, 11 de mayo de 2011

Como en el hospital

Por Moisés Lárez Barrios

Cuando llegó la ambulancia, ya no había nada que hacer. Se llevaron el cuerpo y determinaron que la causa de la muerte había sido un infarto común. En este caso, la palabra común se refiere a que el infarto no tenía nada de especial, era como la margarina común, una mavesa, o como la sal común, esa que se usa en la cocina, o como una iguana común, esas que están en extinción, pero que se ven en algunos parques.

El entierro de María fue sencillo. Dos o tres personas lloraron más de lo común: un esposo, un hijo y una madre; seis personas dejaron escapar una lágrima fuera de los focos de sus lentes oscuros; y una parte un poco mayor sólo dio pésames, tomó café y observó su reloj.

María había muerto en la sala de lectura de su casa. Su esposo, quien ahora recordaba todas las peleas como absurdas, quien ahora esbozabas sonrisas con lágrimas al sentir la nostalgia, fue el primero que la vio al encontrarla muerta.

Al mirarla, no pudo evitar desesperarse y sentir un gran vacío en su estómago. Estaba tendida en el piso con un cuarto de café en la mesa y la silla a su lado que dejaba ver que se había caído de ella.

El esposo la tocó, pero la sintió caliente, se imaginó que estaba viva y que llamaría a una ambulancia y todo se solucionaría, su María viviría. Para su sorpresa su corazón latía lentamente, pero con ritmo. No sabía que le había pasado, ella siempre fue una mujer sana, vegetariana y que hacía yoga.

Corrió a buscar el teléfono y llamó a una ambulancia, de algún servicio privado porque venían más rápido. “En quince minutos estamos ahí”, le dijeron, “Rápido que se me muere María”, dijo desesperado. Colgó y fue a recogerla, a recostarla del sofá.

María tenía los ojos abiertos y movía los labios, el esposo se sintió más tranquilo. Trató de levantarla mientras ella trataba de decirle algo. Se detuvo a escucharla, pensó que podía ser algo importante.

“He hecho cosas malas”, fue su lectura de labios. Al segundo intento pegó el oído a su boca y escuchó lo mismo. “Todos hemos hecho cosas malas”, dijo él, “aguanta, por favor”. Apenas habían pasado dos minutos desde que llamó a la ambulancia.

Entonces, con un esfuerzo sublime María levantó la mano y apuntó a la biblioteca. “Mann”, susurró. El esposo corrió y buscó algún libro de Thomas Mann, al que su esposa le encantaba. “La Montaña Mágica” sobresalía en la biblioteca porque era el más grande y tenía un marcalibros que mostraba que le faltaban diez páginas.

El esposo lo tomó y volvió al piso, al lado de la silla donde estaba María y empezó a leer. Mientras lo hacía vio cómo los ojos de su esposa se hacía más brillantes, pero a medida que llegaba pasaba las páginas se dio cuenta cómo su esposa perdía su escencia y a pesar su vida se iba.

El marido escuchó el último de su mujer aliento a finalizar la última página, un minuto antes de que llegara la ambulancia. En el instante en el que murió, María le dio un apretón fuerte en el brazo a su esposo. Como si quisiera transferirle lo que le quedaba de vitalidad. Y entonces se fue.

Un enfermero, después de que los médicos confirmaron la noticia y el hombre se había calmado, le preguntó qué libro estaba leyendo su señora. “La montaña mágica”, dijo él, “sólo he leído las últimas diez páginas y no entendí nada”. “Es un novela fatídico, pero fascinante”, dijo el enfermero.

“Ahora no quiero hablar de libros”, dijo el marido.

Al mes, el marido, en honor a su señora, empezó a leer “La Montaña Mágica”, lo hacía todas las noches en la terraza de su casa, sentado en la chaise-longue, el lugar donde había muerto María.

Al poco tiempo, el hijo entró en la casa y vio a su papá tendido en el suelo al lado de la misma silla.