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miércoles, 9 de marzo de 2016

Yo tenía una amiga un poquito mayor que yo

Por Gabriela Valdivieso

Yo tenía una amiga un poquito mayor que yo. No la conocí de niña, cuando las arrugas aún no surcaban su cara y cuando sus cejas y su pelo eran todavía color café. No la conocí entonces, pero me figuro que aunque la obligaban a usar esos vestiditos tiernos en los que no se hallaba en lo absoluto, lograba ser igual una niña chascona y desentendida de la estética y lo femenino. Casi la veo volteando los ojos, aburridísima, cuando sus amigas contemporáneas hablaban de muñecas, cocina o costura. Creo además que sería demasiado orgullosa y obstinada para reconocer que harto más le atraía jugar a la pelota con los vecinos del barrio.

En el colegio me la imagino exageradamente transparente y comunicativa con sus preferencias: hasta el vendedor de dulces sabría qué profesores ama y qué tantos otros aborrece. Me la imagino determinada y terca. Creo que le habría hecho la vida imposible al profe de matemática y que un par de veces le habrá sacado la lengua en clase. En cambio me la imagino atentísima y alzando la mano para participar en la clase de lengua y literatura. Me la imagino de lo más entretenida en las clases de inglés con su british accent y en los otros cursos irrelevantes para ella me la imagino mirando por la ventana, escudriñando a la vez que bendiciendo la copa de un árbol que se ve desde la sala. Creo que ella sabría perfectamente cuánto faltaba para que sus hojas cambiaran de coloración y sabía cómo mutaría la textura de las hojas que estaban por saltar al mundo, sabía cuánto faltaba para que su amigo árbol se quedara pilucho y dejara ver lo que hay detrás.

Me la imagino egresada del colegio decidida a ser una mujer informada e ingeniosa, a ser más que la señora de alguien. Eso creo porque así me parece que fue. Con sus hijos me la imagino eminentemente práctica. No creo que se desviviera cuando le mostraban una prueba con un 7, ni que se deprimiera por un 1. Creo que era dura y clara para poner orden y que la casa funcionara.

Luego ya no me imagino, sino que recuerdo. Aún no era mi amiga, era solo mi "abuela latera" cuando me molestaba para que no me ensuciara con los perros o cuando me decía que ya está bueno de coca cola, pues me encontraba bien pasadita de peso. Aún no era mi amiga cuando vivíamos en países distintos.

Cuando llegué a su tierra desde la primera semana algo se selló entre nosotras. Ella contaba conmigo y yo contaba con ella. Como tenía 67 años más que yo, la verdad es que no conocí a mi abuela de niña, ni la vi en el colegio, por supuesto no estuve en su primer matrimonio, pero lo importante es que su hijo menor es mi papá y que su forma de ver la vida es ahora un poquito parte de la mía.

Compartimos poco pero lo suficiente para saber que aunque nunca le dije que era mi amiga, ella lo sabía. Aunque nunca le agradecí su estable compañía y cariñosa e inteligente conversación durante mis primeros años en Chile, yo creo que ella sabe mi sentir. Ella tampoco me dijo ciertas cosas, pero yo las siento. Esas cosas son así, yo sé que sabemos.

domingo, 23 de noviembre de 2014

¿Cómo era que era?

Por Gabriela Valdivieso
Adaptación de capítulo XIV de Niebla, de Miguel de Unamuno (original)

Notó Elena que algo insólito le ocurría a su amiga Claudia; estaba displicente y silenciosa.
- Claudia, algo te pasa...
- Sí, la verdad, sí; me pasa una cosa grave. Y como necesito desahogo, vamos fuera; la noche está muy hermosa; te lo contaré.
Claudia tenía diez años más que Elena; mientras que Claudia tenía un matrimonio de ocho años con ya dos hijas, Elena estaba recién casada.
Cuando estuvieron en la calle, Claudia comenzó:
- Ya sabes, Elena, que me casé con un alemán...
- ¿Con un alemán? Con Carl, dices.
- Sí, Carl, pero acá lo clave es que es alemán.
- ¿Pero a qué te refieres?
- ¿Conoces muchas parejas exitosas que tengan orígenes tan distintos?
- No lo tengo claro, realmente, no sabría decirte que sí o que no.
- Pues yo venezolana, él alemán. No es fácil, pero dimos todo nuestro corazón para que funcionara.
- Y lo hicieron bien, sus dos hijas son un hermoso producto de ese amor.
- No diré yo tanto. Más diría yo otra cosa, más que el amor, los cimientos del pasado.
- ¿El pasado?
- Sí, el pasado. Recuerdo cuando todo comenzó. Cuando él era un alumno de intercambio y yo una estudiante caraqueña.
- ¿Qué hay de aquello?
- Carl se embelesó con Caracas, con sus montañas, nubes gordas y cielo de azul saturado, pero ante nada se enamoró de la gente, de la cultura. Se le abrían los ojos como platos ante las mujeres que usaban las licras pegadísimas, cuando escuchaba ordinarieces como “hediondo” o exageraciones como “chaparrón” o “palo de agua”. Amaba el cuento aquel de que la palabra “macundales” fue originada por obreros que usaban herramientas de la marca “Mc & Dales” y que al término de cada jornada recogía entonces “los macundales”.
- Pero, ¿qué tiene de malo...?
- Nada, por cierto, nada en específico. De mí amaba que era parte de esa cultura, ese magma latino, tropical. Decir que iba en camino cuando aún ni me bañaba, mi manera de pensar que por qué invitar a solo 5 amigos si podían 6 y por tanto 7 u 8 o 12, que para qué prever mis finanzas si siempre me quedaba algo en la cuenta. Amaba que no tenía límites, nada me preocupaba, todo se arreglaría en algún momento, porque “como va viniendo, vamos viendo”. Terminó su intercambio y estaba prendido conmigo y yo con él, con su estilo meticuloso, su mirada previsiva y estable de ver el mundo. Luego vino un torbellino, la distancia, dificultades de todo tipo, pero logramos casarnos y emprendimos una vida juntos en Alemania.
- ¿Y? Nada terrible escucho en cuanto cuentas.
- Nada, pues que cuando se trata de un intercambio, son seis meses felices, de descubrimientos, de sorpresas. Pero en la vida de casados, cuando esto se torna “para siempre”, cuando baja la emoción de lo distinto, empieza a aburrirle que lo haga esperar. Empieza a rogarme que me organice, que si invito gente a mi casa coordine bien comida para todos, que siempre prevea cuánto tengo porque siempre pueden ocurrir emergencias. Deja de rogarlo y empieza a ordenarlo, a gritarlo. Ni él parecía soportar mi ligereza, ni yo su enorme seriedad. El demonio se nos había metido en casa. Se instalaron en la casa las críticas y peleas, aquello de que tú eres desprolija y despelotada y tú eres cuadrado y acartonado. Todo eso y todo lo demás.
- Sí, creo entenderte...
- Y encontré no otra solución que empezar a calcular bien el tiempo para alistarme, a organizar los panoramas, a calcular qué llevaba a cada lugar, a tener claras mis finanzas…
- Bueno, bueno, esto debió funcionar.
- ¡Tanto! Ya no peleábamos por el desorden. Yo me hice la costumbre de registrar en mi Excel cada gasto, incluido limosna o chicle gastado, de modo de tener claro y actualizado control de mi saldo. Dejé de invitar gente a la casa porque nunca salía todo perfecto y era más gasto que retorno en diversión.
- ¿Y eso no causó más problemas?
- En efecto, porque al acabarse las peleas, también se acabó aquello que nos unía, nuestra diferencia, nuestra apasionante y estresante manera de pensar distinto. Hace poco ya me reconoció que no veía en mí a la estudiante que lo enamoró. Que ya no había nada latino o tropical en mí. Que si bien me adapté a la vida en Alemania, me divorcié yo misma de la mujer que amó alguna vez.
- Cambiaste.
- Cambié. Y ya no me acuerdo de cómo era. No me acuerdo de cómo ser tan relajada que lo saco de sus casillas.
- Claro.
- Tampoco recuerdo si eso valía la pena. Si ser relajada no causaba más peleas. Después de todo, él tampoco soportaba esa forma de manejarme en el mundo.
- ¿Y entonces?
- Entonces no sé.
- ¿Has intentado organizar tus emociones y recuerdos y hacer un plan de acción?
- Parece que esa sería una forma alemana, anti yo, de resolver el problema. Tengo que volver al pasado y pensar como yo, con el instinto, la emoción cruda. El problema es que para resolver el problema de no ser yo, tendría que ser un poquito yo, aplicar un poco de esa forma de ser. Y no sé cómo es que hacía eso. No recuerdo si quiera la última vez que me reí a carcajadas sin importarme lo ruidosa que estaba siendo. ¿Cómo es que se es más ligero? ¿Cómo mirar este mismo problema con otros ojos? ¿Por dónde comenzar, cómo diseccionar este problema y empezar por lo más clave? Ya ves. Nuevamente estoy calculando. Debo irme.

Y se separaron. Quedó Elena boquibierta y Claudia aún con su problema, no mucho más aliviada por su desahogo, quedó igual a la que es, distinta a la que solía ser. 

sábado, 24 de mayo de 2014

“Nunca” existe

Una vez más, Julia había trabajado. Se devolvía a su hogar con vecinos de traslado con los que tiene familiaridad porque comparten la misma ruta día a día. Se dirigía a su casa, al encuentro con su esposo y amor.

Lo veía y lo besaba como siempre, porque el “como siempre” viene y vuelve a venir, con sus momentos repetidos, que se dan naturalmente. Julia sabe que esta rutina no es aburrida o pesada necesariamente. Para ella el momento recurrente de estar con su amor es parecido al éxtasis de alcanzar una meta o se siente como pedalear mil bicicletas en un instante. Pero Julia también sabe de otro tipo de momentos, otros que parecen escaparse del nunca, que no te deberían tocar, pero que de alguna manera viviste.

Esto pensaba Julia gracias a su momento "nunca" recién vivido: Había decidido ir más allá de su día a día cuando se unió a un grupo de personas que se reúnen una vez a la semana a practicar el inglés. La primera sesión había sido maravillosa por su tempo, ritmo y risa. Se había conectado con una "sí misma" cómoda con el inglés y graciosa y extrovertida.

Fue a la segunda sesión con las expectativas altas. Pero fue relativamente lenta y larga, sin las inagotables risas de siete días antes. Ya al final hablaban de la tercera sesión, próxima semana. Ya estas sesiones se empezaban a hacer parte del "como siempre", cuando sucedió una de esas cosas que no "tenían que pasar". El grupo se despide y se divide, unos van por un lado, otros por otro y Julia y otros por su lado, caminan al metro.

En un instante se despliega lo inesperado: Van caminando cuando uno comenta que la próxima vez sí o sí pide una chela. Otro comenta que en realidad le hizo falta una cerveza, que por qué no tomar una ahora. Todos coinciden. Y en un hollywoodense "next thing you know" están los tres parcialmente desconocidos tomando cerveza, dejando atrás el inglés y poniendo adelante un momento nuevo.

Julia sonríe recordando que ella tuvo que ver, que ella hizo posible este momento cuando entre risa y risa por la cerveza no tomada, ella lanza al destino una oportunidad: "Si esto de la cerveza es en serio, este es un buen lugar, no sé qué otro sitio haya por acá". Y sí fue, unos instantes después hacían brindaban por lo inesperado.

Esa improvisada reunión fue descubriéndose como una especie de couching para uno de los chicos de la mesa, que tenía complejos como que se aburre de las chicas rápidamente, o que siente que las novias le quitan la productividad y el empuje para trabajar o impulsar sus emprendimientos.

Julia sintoniza con el otro chico, que tiene una bonita relación de tres años. Se pingponean en un contrapunteo de refuerzos de lo maravilloso que es tener una relación. Se escuchan frases al lote, pero entonces delicadamente conectadas, como: "lucha contra tu instinto", "movimientos internos y decisiones", "una buena relación más bien impulsa tus proyectos".

De pronto el couching deja su parte lúdica y simpática, entra a espacios más intensos y luminosos cuando el soltero derrama, entre risa y risa, la confesión de que pucha, conoció a su viejo en febrero. Sí, habló por primera vez con su papá hace tres meses. Cuenta su familiaridad física y de personalidad con ese hombre. Su emoción, su sensación de rareza e incomodidad, pero también de complicidad y empatía. Dice que para él fue un closure del tema. Clousure, en inglés, porque veníamos de ese idioma y porque "cierre" en español no tiene la misma potencia.

Y continúa el baile de frases y contrapunteos. Julia recuerda retazos del feedback: "a veces hay que alimentar las relaciones", "vivir el momento y aprovechar los giros", "cuidarse a uno mismo, cuidar las energías y las expectativas".

Julia da el fin de la sesión cervecera porque debe regresar a casa. La cuenta se apresura, las conversaciones quedan entre abiertas. Pero queda sellado en los tres un buen momento. Un reencuentro con la emoción exótica de esos momentos que nunca se dan.

Porque están en la misma página, emocionados de lo mismo, conversan sobre lo increíble de esa noche peculiar. "Y pensar que casi no vengo a esta reunión", dice el que tiene la novia de tres años. "Muy loco", cierra el coucheado. Se despiden bajo una llovizna donde cada uno parte a su lado, vuelve a su casa, la vida regresa al "como siempre".

viernes, 14 de septiembre de 2012

Dulce destino


Continuación de "Salada esperanza"
Por Gabriela Valdivieso 

Regino Alfonso Duarte empezó a jugar el loto porque le gustaban los números, la misma razón por la que se hizo contador. Pero es otra la razón por la que tiene 24 años llevando las finanzas del primer banco en el que tuvo cuenta, tiene 24 años allí porque perdió la cuenta de sus posibilidades y redujo su espectro a esa única cosa que sabe hacer.

Pero Regino ahora juega el loto porque le gustaba saber que alguien era afortunado y que, quizás quizás él podía ser alguna vez. Jugaba porque el "tal vez" es más fuerte que el "nunca". Jugaba porque era una puerta minúscula e incierta a un gran escenario, el sueño de la vida en el norte del norte, en Ouagadougou, capital de Burkina Faso.

Regino no necesitaba ser calcular sus posibilidades de ganar. Como no lo necesitaba, no lo hacía. Le bastaba el sentido de aferrarse a algo. De alguna manera, jugar era  algo suyo, lo particularizaba. Le daba un algo, dentro de una vida que transitaba entre cálculos y pasos, entre señores ocupados y latas llenas de atún. 

Tampoco necesitaba ver mapas de Burkina Faso y estudiar su destino soñado. Por eso tampoco lo hacía. Le bastaba soñar en lograr irse a un lugar donde exista un clima inexplicable y donde poblan personas de otros colores y existencias. Quizás en ese dónde conseguiría otro qué, ojalá algunos quiénes con que compartir esa cosa, la vida. 

Ese martes tras su almuerzo apurado dio su paseo regular. Lo vio aterrizado y debió tomarlo. Estaría estacionado hasta la noche el avioncito de papel que tenía marcas frescas de dulces rojos de un niño que lo habrá olvidado. En sus minutos restantes, antes de volver a a marcar su tarjeta de asistencia y continuar los trámites de otra persona, pasó por la escala de rigor: el kiosko de Lucila. 

-Un loto.
-¿Y cuándo no? - dijo la vieja, como verdaderamente todos los días. 

Escogió como siempre, el ticket que estaba detrás del que sobresalía. Hoy era el tercero del montón, era algo especial, porque el 3 era su número. Le gustaba pensar que lo era porque nació un 3 de marzo, pero la verdad es que era porque nunca ha conquistado el primero o segundo lugar. Ha sido campeón tres veces del mismísimo tercer lugar.

Eso era más que necesario sentir emoción de que el que estaba detrás del que sobresalía, era el tercero. Pagado, lo recibió en sus manos y caminó mirando, hurgando sus números. Como si escudriñara sentido a lo impreso, pero sin buscarlo y por tanto sin encontrarlo. 

Pasaron los días entre señores ocupados y compañeros que parecen tener la misma infortuna, pero que no lo comparten, que en las pausas en baños o tomadas de agua comentan el clima y dicen que qué bárbaro, que ya viene pascua. 

Así y no de otra forma llegó el sábado de resultados. Otra vez frente al televisor. La chica de la boca rojísima recitó los números ganadores. 4, 7, 24, 2. Ya había pasado lo mismo otras muchas veces. Cumplir la primera línea es algo que más que esperanzar, le ha frustrado en estos años. 47, 36, 9, 11. Tampoco es raro estar en sintonía con el mundo una segunda línea. 12, 1, 83, 55. Vaya, su línea, la tercera línea de su boleto estaba allí en el televisor, grandote. 

Entonces pasó algo. Siempre se preguntará si la chica se equivocó y paró la máquina antes del instante correcto o quizás si el estornudo de un niño en China tuvo algo que ver, pero la promotora de rojo parecía estar detrás de su hombro susurrando a la otra ella, la del televisor, que él tenía precisamente en su cuarta línea los números 6. 62. 27. 33. 

Había ganado. 

Él era el ganador de una inverosimil cantidad de ceros seguidos de un uno. Era como si la suma de todos registros contables de su día, multiplicados por los días de un año fueran suyos, tenían tatuados los números de su ticket. La boca roja lo decía una y otra vez, hablaba del "feliz ganador" y por primera vez Regino sabía de quién se trataba.

La boca lo invitó a llamar inmediatamente y lo hizo. Un operador lo invitó a ir y fue. Le pidieron firmar y firmó. Cerró el sábado con una cuenta corriente distinta. Sacó 10.000 del cajero y su monto disponible no parecía haberse actualizado. 

Aparecían ahora a sus anchas la posibilidad de hacer una albombra de billetes. A su disposición la vida en otro lado del mundo. Colores, sensaciones, rarezas, todo posible. Todo libre, sin censura, sin impedimentos, disponible. Free, open bar, all you can eat.

Solo había un problema. Cómo es que se hace eso de cumplir los sueños. La verdad es que todas las películas enseñan a desear. Pero nadie dice qué hacer después. Te hacen barra para que escales durante toda tu vida, sin decirte qué haces cuando llegas al primer escalón. 

Regino había pasado su vida soñando ganar. Ahora había ganado, pero había perdido. Ganó el Loto y perdió su esperanza. Llegó al primer escalón y se sentó a vegetar. Hasta que razonó que había un chispazo. Aún podía descender.

Así fue que Regino Alfonso hizo lo que sabe hacer. El lunes trabajó, comió atún, paseó, recolectó otro objeto. El viernes volvió a jugar al loto, por qué no. Pero ahora escogía el ticket sobresaliente para que alguien escogiera el de abajo y ojalá se impregnara de su racha. Todo parecía igual, pero algo había cambiado, su destino era ya dulce. Sabía que todo cuando hacía era ahora, por primera vez, solo una posibilidad. A fin de cuentas, una escogencia. Su diario vivir fue su diaria escogencia. 




viernes, 24 de febrero de 2012

1ro de mayo

Los ciudadanos se retorcían al dormir, los dedos reposados tenían espasmos de nerviosismos, los ojos -dentro de los párpados cerrados- giraban frenéticos hacia todos los lados de la oscuridad de la piel.

Los psicoespecialistas hablaban de insomnio y culpaban a la alimentación y falta de ejerciedad deportiva. Pero Mr. Rag conocía perfectamente que la verdadera causa del mal sueño y de la falta de opiniones era el exceso de trabajo.

Despedido hace años, podía dormir como los ángeles, pero en cambio se trasnochaba. Lo movía un hilo fino pero fuerte. No era el deseo de cambiar el mundo, aunque era parte de las consecuencias. No era infiltrarse a la corporación MaxHuge, aunque era parte del procedimiento. Era liberarse de un deseo que lo presionaba desde la parte trasera de su cabeza. Acabar con los Huge era el principio de la cadena. Tres movimientos para hacer Jaque Mate y concretar su intención. El hilo que lo ahorcaba desde atrás amarraría la venganza más grande de todos los sistemas de la ciudad transsolar.

Pero aún era 30 de abril, todos aún tropezaban y bostezaban mientras tecleaban.

miércoles, 25 de enero de 2012

Estrella no fugaz

Por Gabriela Valdivieso

Como todas las mañanas, despertó apurada por anotar su sueño: En Roma, minutos antes del evento más esperado de su vida, su hermana le entregaba en préstamo un prendedor azul cielo. Ella se lo ponía apurada porque desesperadamente necesitaba cantar al unísono con su amor: ¡Acepto!

Pero había despertado, y con el despertar, la había empapado la conciencia de que su futuro esposo es por ahora su ex. Cerró su libreta y abrió en cambio su notebook. El sitio web Losarcanos.com arrojaba su designio del día: " Debes aprovechar el solsticio para tomar la rienda y asumir acciones productivas en tu vida interpersonal. Los miedos han de cerrarse sobre sí, la peligrosidad ha quedado atrás. Pasiones al rojo vivo encienden el terreno amoroso".

Boquiabierta chequeó el horóscopo de su Leo: "La influencia de Venus favorece el plano sentimental, entras en un ciclo de madurez emocional. Viejas historias del pasado resurgen con fuerza, atento que estás vulnerable. Cuida tu garganta".

Eran demasiadas más señales de las que necesitaba. Incluso, era lunes primero, fecha de inicio y aventura. Manejaba su agenda al derecho y al revés y lo sabía libre, librísimo para ella. Envalentonada por las promesas astrales, discó "Leo" largamente hasta que apareció al otro lado de los cables mundiales la voz que algún día gritaría "Acepto", pero que esta vez decía "Aló".

-¿Como que aló?, ¡soy yo!
-Hola, Mariela.
-Hola, Sebas, ¿cómo vas, qué haces, qué vas a hacer?
-Eh, voy a visitar a mi tía.
-Ah, Carlita, sí, qué pena, ¿cómo sigue?
-Bien, pero quiero verla.
-Claro, pero más tarde, si vas ahora te dirán que las visitas son a partir de las doce.
-Sí, es que antes iré a buscarla moto.
-¿Se te olvidó que Juan Pablo no va al taller los lunes?, ¡qué memoria, Sebas!
-Sí, se me olvidó, entonces aprovecharé de pagar VTR, que ya tengo cargos.
-Sebas, ya tienes la tarjeta de códigos verificadores, puedes pagar por Internet, es refácil, te metes en...
-Sí, ya, es verdad, se hace rápido.
-¿Entonces estás libre? Porque sabes que tenía en mente que nos tomáramos un helado de pistacho con chocolate que tanto te gusta.
-Es que quería terminar de estudiar para mañana.
-Cualquiera cree que tú estudias en las mañanas. Anda, vamos por un helado.
-Ya.
-Ah, sí, ¿ya? Al tiro me arreglo, ¿nos vemos en Fragola en quince minutos entonces? Ay, perdona, no te pregunté si te desperté, sé que los domingos carreteas, ¿te desperté?
-Ya estoy despierto.
-Uff, qué suerte, bueno, no te hago esperar, me alisto, nos vemos al tiro. Ah, apúrate para que te dé tiempo de pagar VTR.

Colgó sonriente, pero no podía celebrar, ¡apenas si le alcanzaban los minutos! Se alisó un poco el pelo para estar flexible y manejable para un leo dominante. Se maquilló sus pecas colorinches, se puso aquel vestido naranja renacer y se puso los aros que él le había regalado. Se dirigió a la computadora de nuevo y en dos minutos repasó lo que sabía: Sebas es independiente, egocéntrico, nostálgico y sensual. Ya. Se puso zapatos bajos para no intimidar a su amado y apuró su paso hacia el encuentro dulce y fresco en Fragola.

Lo vio sentado en una mesa, alzó el brazo para que la viera, pero justo volteó a otro lado. Se sentó en frente y lo saludó radiante, "Hola, tú".

-Hey –contestaba su leo.
-¿Qué tal, cómo te ha ido?
-Bien.
-A mí también, por suerte -empezaba a jugar con sus cabellos-. ¡Ay, no sabes lo que me encontré el otro día!

La mesera interrumpió. Él se pidió al fin un helado con tiramisú y manjar. "¡Todo menos predecible!" y ella acertó por tentarlo con Pistacho y Tres leches.

-Ya pues, te digo que me conseguí el llavero de Pucca, ¿te acuerdas?
-Sí.
-Que me la regalaste en el evento de Animé, ¿te recuerdas? Que debíamos ir disfrazados. Tú ibas de Naruto, así que, ni modo, me tocó ir de...
-Sakura, sí –se aclaró la garganta.
-Sí, cómo nos tomaban fotos, ¿te acuerdas? Y nos pasaron apenas una, tu amiga Luisa, tan bonita.
-Sí, es verdad.
-Y dime, ¿te acuerdas de lo que hicimos después?
-Sí, Mariela.
-Sí que sí, que fuimos a La Maison, a la habitación 88. 88 infinito, dije.
-Dijiste.
-Y reíste.
-Reí.
-Y nos besamos, ¿te acuerdas que nos besamos?
-Sí, pero Mariela.
-Nos besamos y más.
-Sí.
-Y luego nos abrazamos.
-Mariela.
-Y viste televisión, te gustaba ver tele después, qué loco.
-Mariela… - se aclaró la garganta otra vez.
-Pero a mí no me importaba porque un león debe siempre moverse a sus anchas.
-¡Mariela!
-¿Qué? ¿Recuerdas todo esto?, yo a veces recuerdo muchas cosas.
-Recuerda que se acabó.
-Pero la muerte es el único final irremediable.
-No todo debe reanimarse.
-Los mejores finales son abiertos. Como en las películas, ¿recuerdas cuando vimos...
-Mariela. No quiero saber nada de películas. No quiero comer dos sabores de helados solo porque todo debe ser par, no me quiero sentar siempre de cara al sol aunque sea mejor para el no sé qué, no soporto ese brazalete rojo contra la envidia, me da nervio el cuarzo en tu refrigerador. No quiero saber más mi número del día, ni mejorar la energía que proyecto. Te quiero, pero no quiero llevar dólares en la cartera ni regar la mata de la suerte que me plantaste en la terraza. No quiero más, perdóname.

Se fue y dejó su helado derritiéndose. Ahí en el calor sofocante.

Miró alrededor y se sintió tan estúpida. ¡Ciega, mil veces ciega! Cómo había dejado de percibir al pájaro negro sobre el toldo, a la mesera pelirroja e incendiaria, o a su punzante dolor de garganta. Debía haber echado atrás sus intenciones. No siempre se gana y mil veces las señales se contradicen entre sí. No aprovechar cada señal es lo mismo que desatenderlas todas. Había fracaso por su ímpetu insaciable.

Recogió sus energías. Apretó adentro sus frustraciones y se mimetizó con la cordura. No tenía sentido procurar retomar el agua derramada. La bruja le había dicho que Sebas iba a ser suyo. Debe dejarlo tranquilo. A un leo no se le puede cercar, debe respirar su espacio y su tiempo. Ella debe dominar sus impulsos arianos y darle tiempo al tiempo. Hay que confiar, carnero, confía.

Respiró profundo y canalizó sus energías. En lo inmediato, debía ocuparse mentalmente de algo más urgente que su boda: mañana tendrá una entrevista de trabajo. Ya tenía preparado el cristal del collar para infundir confianza, ya tenía tres copias del currículo, tres de tensión iniciadora. Por Facebook y Linkedin sabía que su entrevistador era capricorniano, gracias a Dios. Todo saldría perfecto, siempre y cuando su ascendente no fuera libra. La vida no podía hacerle eso, ¿verdad? No en el día de Marte, su planeta...



lunes, 9 de enero de 2012

Chicle pegado

Gabriela parte

En algunos años desgarrará hambriento un slice de pizza en el mismo lugar donde hoy pasa discos entre los dedos. De Queen a Rush transitaba sin fijarse especialmente, pues su mirada caía al otro lado del vidrio, hacia la placita del encuentro, donde ella aún no llegaba.

Era una chica normal, pero tenía algo. Miraba como distraída, hablaba como apuntando a la nada. Era como dicen apática. Y él no era para ser escuchado a medias. Él era de opiniones claras y fuertes. O lo contradecían o lo apoyaban abiertamente, pero no merecía respuestas flojas. Tanta flexibilidad era lo mismo que la indiferencia. Y todos saben que la indiferencia agota a cualquiera.

La vio entonces llegar, mirando apenas a un lado, y nada al otro. Eso no era buscarlo. Eso no era querer verlo. Eso no era forcejear entre obstáculos visuales para dar con él. La hizo esperar los cinco minutos que se prometió y, pasados, dejó el CD de Gun's, se metió un chicle a la boca y salió a su encuentro, desde atrás.

-¿Qué onda?, ¿mucho rato esperando? - sonó chicloso.
-Creo que no - respondió relajada.
-Ah, ya.
-Seh, no te urjai.
-Ya... - Y le dijo de un tirón que hasta ahí no más, que le deseaba lo mejor, aunque en realidad no tanto, y que le había agarrado cariño, aunque tampoco nada, pero que a veces las cosas deben terminarse y que el destino hace lo suyo con todos nosotros, pobres marionetas engañadas.

Fue rápido. No disertó sobre el maltrato de su jefe y la difícil relación con su madre, ni si quiera inventó sobre la añoranza que tendría que superar, pero lo del destino lo delató, ahí se le salió su manía de hablar de más. Por alguna razón condensó su verborrea en algo útil y cerrado. Si tan sólo hubiera sabido que para poder soportarlo debía lograr que le cortara todos los días. Santo remedio.

Con aquel mensaje de texto de "Tenemos que hablar, en la vida hay que evaluar algunas cosas", le había dado más señales de las que cualquier mortal necesitaba. Sabía que acabaría el show. Sin embargo, en realidad no pensaba que iba a ser tan rápido. Ahora le tocaba hacer tiempo para el encuentro con Mario que, aunque no era la gran cosa, por Dios que sabía controlar un poco la manía masculina de llenar el silencio con chácharas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El poste de luz se desnudó

Cualquiera diría que era imposible, pero funcionó: el conjuro para cambiar de género funcionó perfectamente. ¿Quién diría? Ella menos que nadie, te lo aseguro.

Esa mañana despertó con aquello guindándole, y el espejo le devolvió un reflejo extraño. Era ella, la Daniela de siempre, pero en versión masculina. Era posible y era real.

Tenía mini patillas de pelo, la quijada más cuadrada, sus vellos de las piernas más oscurecidos y sus manos gruesas, como sus cejas y sus nuevas batatas. No tenía senos, ni vestigios, y en cambio, tenía guindándole un miembro ajeno y bien extraño.

Por tonta, a Daniela no se le ocurrió hacer su experimento un día libre, no. De modo que, tic tac, iba ya tarde para el trabajo.

Se tomó el pelo con una cola como siempre. Pero no era entonces una chica normal con el pelo recogido, sino un chico cool con greñas largas como por estilo de vida y resolución personal.

Salió sin complejos y no encontró dedos acusadores ni ojos desorbitados. El mundo giraba igual. Era un joven, como cualquier otro. QUizás, sí, un poco afeminado gracias a la ropa de chica, que, sin opciones, debió usar.

Llegó al trabajo y la secretaria, la, ajem, lo saludó:
-¿Daniela? ¿Pero que te hiciste?
-Un conjuro, no es nada. Es solo por hoy. Ya mañana estaré normal.
-¿De veras? ¡Buena! Te ves bien.
-Gracias.
-Luego me pasas el dato de cómo lo lograste.
-Sí va.

Y subió a su ofiina, y lo mismo. Que Daniela, que cómo lo hiciste, que solo por hoy, que mañana vuelvo a ser yo, que qué fino, que gracias.

Pasó aquel día como cualquier otro, excepto por las llamadas y la extrañeza por su voz. No era fácil de entender, pero es lógico que hables raro si cambias de género, ¿cómo más va a ser?

Tras el trabajo fue a ver a su novio, y lo mismo. "¿Dani?", "La misma, pero en versión masculina, ¿te gusta?". Su cara asomó un no, pero dio lo mismo. La pasaron como siempre, aunque sin besos. "Por hoy prefiero no caerte encima, ¿no hay problema?" Por qué lo habría. "Mañana te agarro más que la mano, cuando no tengas uno como yo".

De vuelta a casa razonó que era posible que fuera un día especial para todos: los gimnasios estaban llenos de gorditos ejercitándose, los jóvenes se iban en taxi y los hombres enflusados iban tomando fotos a detalles del camino, ¡hasta a los policías les dio por descansar de sus oficios leyendo sentados en plazas!

Se acostó esa noche complacido. Lo mejor de ser Daniel fue que pasó el día relajado, sin estrés, sin complicaciones.

Despertó luego como siempre pero como nunca: Le sobraba busto, y algo más. La "a" de su nombre le quedaba floja, como guindando. Era como la paloma del poste de luz; no era más que un acesorio mitad natural mitad casual, arbitrario, sin sentido.

viernes, 23 de septiembre de 2011

¿De bici o de bus?

Por Gabriela, la ex desaparecida

Lo malo de ser asiento de autobús es que tienes que cargar a alguien. Es cierto. Pero la contraparte es enorme: Durante el instante previo a la sentada, ¡BENG! les mordisqueamos las nalgas a la gente.

Le digo esto a mis amigos y dicen que no, que en tal caso mejor ser asiento de bicicleta. Cuando llegamos a este punto respondo que no pasamos tanto calor como ellos, pero secretamente reconozco que es verdad, preferiría ser de bici, ¿quién no?

Pero luego, sí señor, recuerdo que no hay que cuestionarse tanto, que hay que agradecer. Dios sabe por qué cada cual ocupa su lugar. A todas estas, pobres ruedas que nos mueven y pobre conductor que nos pasea, ¡qué va, yo de asiento me quedo!

jueves, 28 de julio de 2011

Entre la Urilex y la Rapacus

Inquieto y sin sueño, le pidió a su padre que le contara un cuento.

-Pero uno especial, papá.
-¿Especial cómo?
-¡Un cuento de terror!
-Pero no vas a poder dormir, no no, ¿qué tal un cuento de vaqueros en el cercano este.
-No, ¡quiero uno de terror, pero ya sé! ¡uno sobre lo que te da terror a ti, no a mí, papá! Así podré dormir.

El hombre pensó, y astuto ingenió:

-¡Bueno!... Verás, muy muy lejos, arriba hacia las estrellas, entre la Urilex y la Rapacus, hay un lugar único: No es propiamente un planeta, es como una nebulosa que, sin forma y sin masa, no se ve, pero se oye y se siente. Este espacio peculiar es el lugar que habitan las hadas.

-¿Hadas, papá? ¡Hablamos de terror!

-¡A ver, debes esperar! Lo que pasa es que estas hadas son extrañas. Cuando hablamos de hadas nos elevamos y pensamos en magia y vida, pero no. Estas hadas son oscuras y solitarias, vagan sin norte y sin fin. Arrastraban sus amarguras entre las colinas galácticas invisibles. A veces, en los malos días no sólo se atravesaban entre sí sin voltear, sino que se peleaban y terminaban arañándose. ¡No querrás nunca que un hada se enfade contigo! Ves una cosa espeluznante: Se cruzan sonrisas falsas, miradas desteñidas, y chispazos negruzcos.

-¿Y por qué están así, por qué no revolotean por ahí torpes y alegres como se supone que son los espíritus del bosque y esas cosas?

-Aunque no lo creas, nadie lo sabía, hasta que uuuuna de las hadas se lo preguntó y buscó respuesta. Naina era su nombre. Naina se tropezaba como las demás, pero no era igual que ellas. Un buen día, cansada de tener tener las uñas sucias y el ánimo apagado, se animó por entender su presente y cambiarlo.

Leyó libros de las antiguas leyendas y no dio con la razón de la transición: ¿por qué antes dichosas y mágicas, estaban ahora ella y sus pares consumidas de desidia y nostalgia? Gracias a las pistas de su investigación, dio con una idea: la mayor hada conocida, la hada madrina, podría ayudarla a entender. Empeñosa, decidió ir al otro lado de la nebulosa infinita para verla y salvar su especie.

Pasó infiernos y mareas y dio con el risco más alto que puedas imaginar. Voló durante años hasta que sus alas casi se apagaron de agotamiento. Por fin llegada a la punta divisó a esta hada retirada, una vieja de carnes sueltas. Era casi imposible pensar que centurias atrás haya sido tan esbelta como contaban los vientos y las más dulces historias.

Aquella no tenía ninguna intención de soltar explicaciones, pero hubo algo en el alma de Naina que la impulsó. Las palabras salieron de su boca primero llenas de tedio, pero pronto se solapaban, se vertían apuradas unas sobre otras. Cuentan que lo que Naina escuchó fue similar a esto:

En el pasado las hadas eran felices, como felices eran los hombres que compartían sus historias. Ellas susurraban a los niños y humanos agradables anécdotas de dulces caballeros y princesas de almas y cabelleras hermosas. Sus alas fluorescentes movían hilos invisibles que daban un brillo especial a la luz solar, y daban una calidez impensable al viento terrestre. Revoloteaban y mejoraban el mundo. En sus narraciones los pastores y las ardillas, como los reyes y las mariposas, eran aliados de los humanos. Juntos construían palacios y vidas dichosos y soñadores.

¿Pero sabes qué pasó? Es complejo. Durante milenios las hadas impregnaron a los niños de flashes de colores, pero los niños fueron cambiando. Los que solían recibir con ilusión a las ninfas y las hadas, fueron perdiendo la esperanza. Dejaban de respetarlas gracias a nuevas prácticas: nuevos medios, juegos violentos, burlas entre compañeros. Los niños perdieron la capacidad de compartir sinceramente, de empatizar con los afligidos.

Así, los susurros de las hadas se hicieron mudos. Y las figuras aladas despertaban de pronto fastidio y hostilidad. Los niños las ignoraban, las alejaban. Aquellas parecían entorpecer sus disposiciones. Atravesadas frente a pantallas incesantes, recibían por miles dolorosos manotazos, cual fueran moscas e intrusas. Las hadas lucharon, pero fue muy difícil. Exhaustas, se replegaron y flotaron inmóviles, hasta alcanzar por azar la nebulosa que ahora las reunía.

Todo esto escuchó Naina con gran pesar. Profesaba, indigna, que no entendía cómo se rindieron sus antecesoras. Cómo no lucharon por el corazón de los niños, cómo escogieron retirarse.

El hada de antiguos tiempos replicó lentamente: ¿Acaso no te has rendido tú?, ¿cuántas lunas debieron pasar para que vinieras a verme? Los niños dejaron de creer en nosotras. Y nosotras también dejamos de creer: en ellos y en nosotras. Para criticar a tus pares, deberás lograr que un niño crea, tan sólo uno. Y con ese uno, luego sólo otro. Esa es la cruzada de quien osa cambiar el mundo. ¿Eres tú?

Esa es la historia de la que se tiene registro. No hay en lugar alguno continuación de esta historia, se desconoce qué sucedió. De modo queeeee... ¡a dormir!

-¿Quéeeeeeee? Espera, ¿qué pasó, lo logró, algún niño creyó en ella?

-A veces las historias se truncan, es tarde, trata de dormir. - y salió con premura de la habitación.

Nuestro niño quedó impactado. Sin respuestas, con una historia tan fantástica como terrible. Más inquieto aún que al inicio de esta historia se dio vueltas hasta que concibió la idea que sin querer pronunciaron sus labios:

-¿Soy yo?... ¿Naina? - y juraría por el resto de su vida, que una cosa rebotó en el techo y salió por la ventana dejando una estela rosada.

viernes, 29 de abril de 2011

El espectáculo

Cientocincuenta son demasiadas palabras para narrar alguno de mis asesinatos. Escojo a la víctima; como a la última, joven que trabajaba cerca. La seleccioné para librarla de la condena de cruzarse conmigo y esquivar mi mirada todos los días. La amordazo, porque las mujeres no saben callarse, y ahí presencio el espectáculo:


Justo cuando mengua el horror, la piedad desciende hasta nuestro encuentro como una hoja recién desprendida del árbol. Se posa en los ojos de la chica esperando ganar. Lagrimea súplicas creyendo manipularme. Y yo disfruto sus intentos hasta que me aburro y la mato. Entonces la piedad se hace la horrorizada y huye, pero se va en realidad ofendida, molesta por no haberme conquistado. Ella se lo sigue tomando personal, ¡tonta! No es que no sea cautivante, es que el morbo y el olorcillo a sangre son invencibles. Y sin embargo, ella lo intentará nuevamente, la próxima vez.

jueves, 14 de abril de 2011

¡Salud por la artritis de mi vieja!

Por algunos minutos, todos los días detengo el trabajo por el que me pagan para jugar Tetris. Sí, Te-tris. Siempre distraído, suelo perder. Pero justo ese día gané. Dentro de mi ridícula rutina me alegré: oh, sí yo mismo, yo triunfé, ¡toma eso!

Escribí mi nombre para figurar arriba de mi récord anterior y ahí quedé registrado, 16.259 puntos al 16/06/11. Así me di cuenta. 16 de junio. Ya había pasado el 15. El día anterior había cumplido años y por la rechucha nadie se enteró. Nadie me lo dijo. Nadie me lo recordó con un mensajito. No digamos una torta con velas que no se apagan o si quiera con fósforos, coño.

Nadie, nada. Ni en redes sociales. El Facebook anuncia los cumpleaños del día, pero supongo que quienes lo vieron, pensaron que, entre la lista, soy en requete nulo por el que da weva escribir "pásala bien, besitos".

Así son las cosas. Ni mi perro, ni mi mamá, ni mi resuelve virtual en Estocolmo. Nadie se acordó. Y es que también hay que razonarlo, no es que cumplo un 2/2 que es fácil recordar. No, cumplo el 15 de junio, ¿cachan? en el medio de la mitad, en la nada menos nada. Es difícil.

Y si lo pienso, seguro que mi mamá anda complicada por la artritis y mi amiguita en Estocolmo debe andar estocolmeando. La vida pasa y tampoco es para andar con tantas susceptibilidades, ¿no?

Pero repasé el correo y de veras que nada de nada es que ni siquiera llegó alguna felicitación automática de un banco o portal web. Es anormal. Bueno, aunque tampoco tanto si nos damos cuenta que no soy Justin Bieber o algo así. Soy un tipo random, tampoco es que la gente deba hacer una fiesta por verme.

Pero igual pega. Una vez leí que felicitar a alguien por su cumpleaños equivale a decir "¡celebro tu existencia!" y creo que ese es el meollo. Nadie da cuenta de mi existencia. Nadie puede celebrar algo que no sólo no le importa, sino que desconoce. Nadie puede desear que la pase bien y tampoco mandarme un "besito" si no saben si me morí o si tengo coño cachetes para recibir un puto beso.

De modo que como mi cumpleaños me pasó por al lado -porque cumplo 365 días más de algo que no es vida-, salí ese 16 de junio, orgulloso por mi record en Tetris, a beberme una chela por mi insignificancia. ¡Salud por mi visible invisiblidad!

miércoles, 16 de marzo de 2011

Marioneta de avión que va y va

Por Gabriela Valdivieso

¡Allá! FFFFFFFFFFFFFFFF suena el ave grande en el cielo.

Mamá me dice que busque las estrellas fugaces, pero yo prefiero los aviones. Dan tiempo de pedir no uno, sino mil deseos. Pido siempre barbies, cosquillas y sirenas. Pero el deseo por el que aprieto más los puños y cierro más los ojos es el sueño de surcar los cielos, tocar el sol, engordar de noches y acercarme al Dios Cosmos.


"¿Sprite, dijo?", sonrisa por acá. "Señorita, ¿qué gusta tomar?", sonrisa por allá. Cabellos recogidos, ojos delineados, boca pintada. Cualquier turbulencia emocional debe serenarse en nombre de la cortesía.

Ignorantes me envidian. Me llaman, sonrientes, "ciudadana de mundo". Me llaman "ligera de andar", "guía de los aires". Moza del aire, aeromoza y azafata soy.

A ningún lado voy, porque voy a todos indistintamente. Acompaño, no tanto "ayudo", a otros a ir por sus sueños. Mi maleta es minúscula como mi apetito porque no tengo vida ni recuerdos.

Tampoco respuestas, en el cielo sólo hay nubes, y más y más preguntas, que por qué, que quién. Hace mucho que extravié mi acento y mi origen en alguna escala. Con el síndrome "ni de aquí ni de allá" serpenteó mi identidad, pero tenuemente, como se va escapando la juventud.

Hoy quiero divorciarme de la soledad y aterrizar a la posibilidad. Las salidas de emergencia están para mí debajo de mis pies, por algún lugar lleno de luces y montañas, pero dónde, el mundo se me hico pequeño, desde acá todo luce igual.

sábado, 19 de febrero de 2011

Cadáver exquisito, Parte I

Por Gabriela Valdivieso

¿Quién me manda a ver "La verdadera historia de Catherine Zeta Jones" seguida del "conteo de los cuerpos más sexys de Hollywood? Pasar dos horas de programación que motivan a pasar otras dos frente al espejo lamentándome por mi barriga, ¡gracias E! Por estúpida y fofa me perdí la ceremonia, ¡ni modo! Tampoco es que la dama de honor sea tan importante en una boda. Me termino de odiar en el ascensor del hotel y bajo con mi apretado traje alquilado al piso 1, Sala A, ¿o era B? Acá hay música, ¡bingo, una boda!, ¡pero qué boda! Veo millones de bolívares en decoración. Demasiado fancy. No me pueden comprar mi vestidito, pero sí pueden invertir en centros de mesa de orquideas y en luces de neón y pantallas de mil pulgadas. SP, se pasaron.

Cinco tragos y seis mini mousse de Baileys después, estoy francamente cansada de que la gente se sorprenda de que el novio es adoptado y de que la novia está embarazada. ¡Como si no lo supiéramos todos! Golosa, me agarro un pedazo enorme de torta, y por supuesto que me lo echo encima del vestido, ¡bien, gracias! Tengo que devolver esta cuestión el lunes.

Por huir del típico borrachín, voy al baño y mis ojos dan con una deliciosa aparición. Francisco, el sujeto de mi amor eterno e inmutable desde segundo grado, me miraba a mí entre todas las chicas. "Tú eres Ámbar, ¿no?". Tan bello, como si no supiera. "¿Dónde carrizo estabas? La novia te está buscando", bramó. "Por fin, nadie me ha llamado, pensé que era invisible, vamos, está liderando el trencito.", y le agarro la cintura. "Estás demente, está en su cuarto desesperada, vamos.", "Pero si allí está, hey, mírala..." "¿Estás en drogas?, esa no es la novia, esta es otra boda".

viernes, 18 de febrero de 2011

Improvisación de Gabriela Valdivieso, 4ta intervención

Textos realizados en la cuarta intervención literaria
15 de febrero, Estudios Políticos, UCV

Por Gabriela Valdivieso

Inexistencia de Dios

Siempre con bolsas bajo los ojos. Siempre canosa, descuidada. Todos pensaban que era por la pérdida de su único hijo, pero a mi hermano le confesó que era porque no tenía alas que la elevaran de la realidad.
Sin Dios, sin resorte ni consuelo, cuando toma agua sólo hace eso, tragar líquidos. Cuando aplaude sólo une sus manos.
Ella está muy sola, totalmente sola.

Amor

Mariposas no sólo en el estómago, también en mis cuadernos y a mi alrededor. Desaparece la injusticia, no hay más dolor que tu ausencia.
"La vida es bella" deja de ser una película y pasa a ser la canción que suena en mi cabeza.

Engaño

El 6 parece una S. Creo que es una señal lingüística-matemática de algo que debemos cargar encima.
Hay millones de 6 que parecen S y lo peor es que nos confundimos. O 6erá que no6 confundimo6. Ya no 6é.

Envidia

Me pinté el pelo de negro, me lo alisé y mis uñas pinté. Tal como ella lucía.
Usé camisas negras y pantalones graaandes. Usé tacones, pero igual me sentía chiquita.
Es que aunque me parezco, no soy, no respiro como ella.

martes, 15 de febrero de 2011

Improvisación de Gabriela Valdivieso, 3ra intervención

Textos realizados en la tercera intervención literaria
14 de febrero, evento Chévere Cambur, Universidad Monteávila.

Por Gabriela Valdivieso

La vida

Me dijiste que no.
Una niña me sonrió.
El examen estuvo horrible.
A veces creo que no sé vivir. Creo que apenas descubro lo que es ser.


¿Qué hacer?

Acabo de darme cuenta de que me pica el brazo y la vi, ¡fastidiosa! Gorda de sangre, la mosca revolotea.
¿Qué hacer? No hay mucho que pensar. Mis manos te buscan y te aplauden encima.


Avión

Vi la estela en el cielo. ¿Es un ave?, ¿Un superhéroe? Bromeo. Era un avión.
Lo que no sabría es si estaba lleno de españoles o ateniense. Quizás de daneses.
No sé, pero si vienen a Venezuela que se preparen para una dosis de arepas.


Tiempo

Estoy acostumbrada al tic que tac, que media hora, que es 14 de febrero, pero aquí hay algo raro. Para comenzar floto, hay brumas verdes, no sé, lo último que recuerdo es una camioneta que iba chola.
Creo que no me quité del camino.

domingo, 13 de febrero de 2011

Improvisación de Gabriela Valdivieso

Textos realizados en la segunda intervención literaria
12 de febrero, Parque del Oeste Alí Primera.

Por Gabriela Valdivieso


Sopa

¡Qué sopa ni que nada!
¿No la escuchas?, la palabra, digo, suena como "poseta" y "sapo", ¡uk!
Yo soy de la escuela Mafalda, ¿la conoces? La niña idealista que quiere que en el mundo reine la paz.
Yo no sé si quiero paz, ¡pero sé que no quiero sopa!


Pulsera

En Venezuela decimos "rosado", pero los programas de televisión extranjeros dicen "rosa".
Yo, que veo mucha tele, creo que debo atarme las "agujetas" para ir a la "barbacoa".
Pero más que ver tele me gusta crear. Quiero hacer mil pulseras rosas para que mis barbies sean las más hermosas del mundo.


Padres

El mundo gira de una manera hasta que cumplimos 15 años. ¿Qué pasa entonces? No sé, pero en ese momento pasamos de desear ser como nuestros padres y pasamos a querer volar muy lejos de ellos. Mañana cumplo 15, ¡y me adelanté, ya quiero despegar!


Ropa

Todos quieren ropa, camisas, corbatas y pantalones. Todos quieren sombreros y guantes. Yo quería, pero hoy enloquezco. Lo único que quiero es dejar atrás este calor infernal.
No quiero medias, no me regalen una correa, denme un ventilador y feliz me verán.

domingo, 6 de febrero de 2011

De por qué esperamos que el autor haya enloquecido

Gabriela Valdivieso
Cuarto match match del tercer contraletras
Gabriela V. vs Andrea: Caracas futurista

Eran tiempos de tormenta y ruido. Cada uno profesaba su verdad como la nacional, cada cual superponía su voz. Sobre ellas, tantas, sólo se distinguían los disparos, esos desgarros en el espacio que paran el tiempo. Sumergidos, como todos, en ese agite colectivo, ese día flotábamos:

-Yo quiero ser un animal sin predadores ni peligro de extinción.
-¿Y eso existe?
-No sé.
-Entonces no quieres, quisieras.
-Es verdad.
-Yo quisiera ser el número 1.
-¿Por qué?
-Porque es el único número que sumado a sí mismo da origen a todos los demás.

Empezaba a vertirse el contenido de la idea cuando sucedió la hecatombe. No hubo instante para proteger a los ojos. Inseparables, insertados en el mismo espacio de mi memoria, registro el polvo infinito, el destello, el impacto, el naranja intenso, la sorpresa, el ardor. Luego, ya más nítido, la oscuridad y el más aturdidor silencio.

Perdí la pista de ella. Como de los demás. El meteorito se llevó a los todos de todos. Desaparecieron y desaparecimos. Las pistas eran pocas, pero la curiosidad era nula. Todo era inexplicable, como innecesario. El meteorito vino y nos calló a todos. Y como trozos de un florero, nos dispersamos a todas partes. Nos hicimos colombianos, mexicanos, errantes. Nos camuflamos fantasmalmente en otros acentos.

Me gusta pensar que ella se hizo 1. Y que Caracas y Venezuela pueden ser más que 0, pero es sólo un gusto, un quisiera. Las grandes potencias dictaron el camino; en días arrancará aquí la construcción del parque de diversiones más colosal de la Tierra. Será tan grande que si te distraes, pierdes la sonrisa.

sábado, 29 de enero de 2011

Derecha e izquierda

Realizado en la primera intervención literaria
28 de enero, pasillo de ingeniería, UCV

Por Gabriela Valdivieso

Atras el pasado. Adelante el futuro. A los lados: yo. Mi planteamiento me define, pero aquí y ahora no tengo ganas de decidir un rumbo, sino de saltar muy lejos.

domingo, 23 de enero de 2011

Cuando aún

Gabriela Valdivieso

Tercer match del segundo contraletras
Gabriela V. vs Jessica vs Guillermo: Mi primera gran pérdida

Mi última gran pérdida fue mi esposa por ese maldito cáncer.
Antes perdí a mis hijos, que se fueron a hacer vida lejos de este viejo.
Antes perdí la casa de mis ahorros para llegar a este hueco.
Perdí a mis padres, ley inevitable de este ciclo.
Perdí el trabajo de mis ilusiones.
La comodidad de ser estudiante y tener el camino preestablecido.
Una noviecita que se enamoró del gringo de la clase.
Mi pelota favorita
Las llaves de mi tío.
El seno de mi madre.
Todo esto perdí.
Pero mi primera gran pérdida es la misma que mi último gran hallazgo: mi memoria anterior, los recuerdos de cuando aún no era yo y de cuando mi vida aún podía ser otra.