miércoles, 4 de mayo de 2011

Para Saerileth




Querida Saerileth:

Muchas lunas han transcurrido desde la última vez que acaricié tu suave rostro, en las montañas de Los Bosques Dracónicos. Recuerdo tus palabras y me aferro a ellas con toda la intensidad que mi corazón me permite. Verás, cuando te dejé para unirme a la armada del Rey Hrothgar, era un elfo intelectual. Ahora… mucho ha pasado.

Ignoro qué noticias llegan a las ciudades del frente de batalla, pero dudo que sean capaces de recrear con fidelidad lo que he tenido que ver. Leí muchos libros sobre “la banda de hermanos”, esa supuesta fidelidad que se crea entre soldados cuando la vida de uno depende de los demás. Pues yo tengo tres años combatiendo ya a los pielesverde y no soporto a mis camaradas. Sir Dazzinger se pasa el tiempo borracho y gritándole a los dioses. Los humanos se desconfían de los elfos y los elfos se desconfían de los enanos, que se desconfían de los gnomos, que no se fían de los humanos, empezando el ciclo otra vez. Varios de ellos han salvado mi vida, seguro, pero a veces desearía ver otros putos rostros cuando llega el amanecer. No sé si eso me convierte en un ingrato, en el arquetipo de los elfos nariz respingada que corre por aquí. No me importa mucho, realmente.

Los pielesverde, pues esos sí son unos animales. Bestias. Llegan a enclaves de los Reinos Sagrados a violar y matar, no necesariamente en ese orden. Y lo que
hacemos nosotros cuando los tenemos a nuestra merced empieza con torturas y de ahí no hace sino empeorar. No voy a filosofar sobre quién es en realidad el salvaje, porque ese discursito moralista pertenece al teatro. No tengo por qué justificarnos. Esta es la guerra. Si a algún cortesano le parece que los rumores de soldados matando a orcos desarmados es propio de los monstruos contra los que luchamos, pues lo invito a que venga, coja un escudo y una espada. A los tres días, te entrego a otro salvaje con dos montañas de pecados a cuestas.

Mira lo que te estoy contando. Cuando empecé esta carta, la idea era hablarte de los lugares que he visitado, los hermosos amaneceres en las costas de Goldenridge. Tampoco te he hablado de las recompensas que he recibido; hace dos días, Sir Dazzinger me volvió almirante. No tiene demasiado significado, si te soy sincero, pero pensé que te alegraría, saber que te vas a casar con un mago de guerra almirante.

Hace dos meses llegó este muchacho, Kirsky. Músico de profesión, servía ahora con los jinetes de reconocimiento. Cantaba horrible. Me explico: no tenía mala voz, pero las tonadas que componía parecían copiadas de un gato en celo moribundo. Él se tomaba las críticas muy bien, siempre con algún comentario en el que él mismo era el objetivo del chiste. No me gustan demasiado los humanos, pero ese tipo tenía la actitud correcta. Hoy en la mañana, los pielesverde capturaron a los jinetes y les rebanaron la garganta. No hemos conseguido a Kirsky aún, pero no tengo muchas esperanzas.

Los muchachos de la compañía dicen que estoy bebiendo demasiado, que voy a terminar pareciéndome a Sir Dazzinger. Que esta se volverá una armada de borrachos. Pues yo he comandado guerrillas de elfos, he sembrado el terror en un enemigo que no tiene al miedo en su naturaleza, he visto a soldados celebrando un ataque victorioso ardiendo pocos segundos después por el fuego negro de un dragón. Si me da la puta gana de beber cuando no recibo órdenes, lo haré. Puedo encapsular en silencio a cualquier mediocre que venga a criticarme y no lo hago; eso tiene mérito moral, si me lo preguntan.

Mañana vamos a atacar la fortaleza de SangreNegra, el comandante troll. Mis órdenes son distraer la artillería enemiga con un ataque frontal a las puertas del recinto, lo que se traduce en “ataque suicida que con suerte durará lo suficiente como para que los otros regimientos se infiltren”. Este trabajo de verdad tiene sus momentos.

Te amo, Saerileth. No sé cuando volveré a casa. No sé cuándo podré cumplirte esa promesa de Los Bosques Dracónicos. No sé qué clase de elfo verás en mí cuando por fin regrese. Pero pienso en ti a cada instante y creo que eso es lo único que me ha mantenido cuerdo en esas largas noches de vigilancia. Porque cada niño pielverde que mato, muere para que tú y yo tengamos un mejor mañana.

Añorando tu sonrisa,

Alberich Winteraven
Almirante de Los Reinos Sagrados
Comandante de Los Flechas Negras
Consejero del Sil’Arenathar

3 comentarios:

Jessisrules dijo...

Freaking love it. Gran carta de ciencia ficción.

G. dijo...

Pude imaginar TODO, siempre me gusta esa parte de tus textos. ¿En qué te inspiraste? Genial, tú sabes.

Victor C. Drax dijo...

Eso es culpa de un puñal de literatura fantástica que me estoy clavando. Todos esos orcos y elfos y magia chorrea a mi texto. Sumé eso a historias de guerra, le añadí un poquito de realismo y helo ahí. Me contenta que te haya gustado :D