miércoles, 14 de octubre de 2009

Los once discípulos

Por Guillermo Geraldo

–Comisario Rogelio, al parecer el individuo se trasladaba en un vehículo Chevrolet C-31 con cava de refrigeración. Iba camino Barinas-Mérida, de hecho ya se encontraba rodando páramo arriba y estaba amaneciendo, ¡bueno, jefe, usted sabe ese frío arrecho que empieza a pegar subiendo por esa montaña! Como le decía, iba rodando entre curvas serpentinas de aquella carretera, cuando se le atravesó una señora ¡al fin y al cabo, mujer al volante! Y bueno, el muchacho se la llevó por delante ¡Un Mazda 6 nuevecito! El choque no fue nada del otro mundo. Sin embargo, cuenta la señora que quiso esperar a tránsito y que el muchacho le ofreció unos buenos reales, pero que ella insistió en esperar. Había algo raro en esa vaina, el chamo empezó como que a perder la paciencia, a molestarse ¿no se iba a molestar, jefe? Por suerte llegamos justo a tiempo e inspeccionamos el choque. Por pura casualidad ¡vainas de nosotros los policías! le pregunté qué llevaba en la cava de atrás, contestó con completa serenidad “seis muertos, seis cadáveres”. Coño, los ojos y el corazón me dieron un brinco, inmediatamente le ordené que procediera a abrir la compuerta y efectivamente había seis cuerpos ¡Habían unos muchachos y hasta unas muchachas, toítas de cara bien bonita todavía, eso sí, tenían el cuerpo destrozado, ¡varios estaban abiertos! Procedí a ponerle las esposas, no ejerció ningún tipo de resistencia o fuerza y bueno, ya está aquí en la comisaría. Sólo esperábamos que usted llegara, investigación criminalística se quedó allá inspeccionando y recopilando evidencias.

–Buen trabajo, González, excelente intuición, hiciste lo correcto, gocho. Voy a entrar.

–Ya había pasado el medio día, un vaso de agua y unos cigarrillos se encontraban sobre el escritorio apuntado desde el techo por una lámpara que colgaba en aquel cuarto amplio y de piso de granito. Ahí estaba yo, meditando el título de mi delirante historia, cuando entró un tipo de chaqueta, lentes oscuros y bien peinado.

–¿Guillermo Eduardo Geraldo Rodríguez, venezolano, cédula de identidad veintidós millones veintinueve mil doscientos treinta y ocho?

–Sí, ¡buenas tardes, bonito día!

–Soy el comisario Rogelio Parra. A partir de este momento sólo hablará para responder a mis preguntas, aquí estaremos muy poquito tiempo o hasta la madrugada, dependiendo de su cooperación, así que hágalo rápido que no estoy de humor para trabajar hoy ¿entendido?

–Entendido.

–¿Qué hacía usted en carretera con seis muertos en un auto? Usted estaba al tanto de esto, según mis colegas.

–Era mi primer día de clases en la escuela de letras de la UCV, mi mente estaba concentrada en un sólo objetivo, conseguir una chica. Desde ese primer día, el maldito de Leo fue protagonista. Podía observar cómo las chicas lo miraban en clases y no se podían concentrar en más nada que no fuera él, incluso los profesores parecían hechizados, hasta lo dejaban fumar en el salón. Los días fueron pasando, y mi sueño por una femenina se nublaba clase tras clase. Las chicas no se atrevían a saludarme, les daba asco por mi cara minada de pepas debido al acné. Leo, Leo y más Leo; lo escuchaba hablando de cómo se follaba a las chicas cuando se iba de parranda. La envidia se apoderaba de mí, cada día lo odiaba más, aunque nunca antes como el día que salió ganador del segundo lugar de la categoría de jóvenes del I Rally Metropolitano. Yo tenía esperanzas de ganar, pero Leo, Leo de nuevo, siempre Leo. Quería escribir una historia donde Leo no opacara mi talento. Debía escribir una historia deslumbrante, que sellara mi absoluta gloria.

Era jueves. No tendríamos clases hasta el lunes, era el puente perfecto para viajar a la playa. Los muchachos del salón viajarían hasta Morrocoy, no era gran sorpresa (siempre se divertían rumbeando, yendo a la playa y teniendo sexo), la sorpresa fue que me invitaron a viajar con ellos. Realmente sólo querían que llevase la comida y las maletas en mi camioneta con cava, para ellos ir juntos en sus carros. Aparte sabían que tenía una lancha en Morrocoy, por eso también me invitaron, pero no me importaba, igual estaba contento. Al fin y al cabo no me excluían esta vez.

Pasamos el primer día en Cayo Sombrero. En la noche los chicos un poco ebrios querían aventurar por el lugar. Samar me pidió con dulzura, acariciando mi cuello, que los llevara en mi lancha de paseo. En eso Moisés interrumpió para aclarar que lo hiciéramos en un par de horas. Caminé por la playa alucinando por el increíble cosquilleo que dejó el tacto de sus manos de seda en mi cuello. Estaba seguro que estaba enamorada de mí, regresé a las carpas y mis ojos captaron cómo todos se besaban, fumaban marihuana y la pasaban de lo lindo. Y Samar, increíble, estaba con Leo. Lo odiaba, lo odiaba mil veces más que el día que recibió su diploma del I Rally de Escritores. Moisés tuvo el descaro de ordenarme llevarlos a pasear. Los más sobrios cogieron linternas y sus trajes para bucear, Leo, Víctor, Samar y Jessi decidieron quedarse, mientras que las tocayas Gabriela, Andrea, Paula, Moisés, Ricardo y Noelia subieron a bordo junto a mí.

El mar se encontraba manso y sereno, parecía un plato de lo estable de la marea, sólo perturbada por el motor de la lancha. Ricardo, Paula, Noelia y Andrea pidieron que las dejase en un cayo durante un tiempo. Acordamos que al terminar la jornada de buceo nocturno pasaría por ellos. Las dos Gabriela y Moisés, resteados a bucear, se sumergieron en el agua. Yo decidí quedarme con la excusa de cuidar la lancha, pero realmente estaba molesto con todos, solo quería que desaparecieran de mi vista para siempre.

Trascurrido un cuarto de hora, más allá de una tentación maldita, vi como una bendición milagrosa: la aleta de aquel tiburón rondando por el lugar. Increíblemente ninguno de los sumergidos en el agua lo percataron, quizá se encontraban aún más profundo del feroz animal. Sabía que tendrían unos quince minutos más para estar bajo las aguas, pues el oxígeno se agotaría. Esperé durante un tiempo, mientras lo que parecía un tiburón seguía rodando el lugar. Corté mis dedos y derramé abundante sangre en las saladas aguas pues se dice que la sangre despierta el instinto salvaje por comer de los tiburones. Tras ello, prendí el motor y me eché a andar a Cayo Pelón, donde se encontraban parte de los otros. En la lancha había comida, un arpón, una escopeta y bastante caña. Llamé a los muchachos en Cayo Pelón a que subieran para navegar hasta el campamento, pero estaban ebrios y felices, me insultaron y mandaron a la mierda, entonces bajé de la lancha con la escopeta, le disparé a Ricardo y a Noelia en el pecho. Andrea y Paula alcanzaron a correr, pero sus piernas se les hundían en la arena. Paula resbaló y disparé en su espalda, empapando de sangre la arena, mientras que Andrea corría a toda velocidad hacia la lancha. Desesperada gritaba por auxilio. Intentó prender el bote, pero yo tenía las llaves del motor, entonces nadó unos 10 metros, yo prendí el bote y arranqué agudizando mis ojos, la estuve cazando; en algún momento saldría a la superficie, se agotaría pronto, su cabeza salió del agua a tomar aire y la pillé, apunté rápidamente y su cabeza se volvió trizas al dispararle.

Estaba decidido a acabar con todos y lo estaba haciendo muy bien. Llegué a Cayo Sombrero de regreso con la ira y la sed de más sangre notable en mi cara, tanto así que Víctor se percató. Se dio cuenta al preguntar por los muchachos. Miraba a Leo de forma preocupante, mientras tanto las muchachas no entendían mucho eso de que los otros se habían quedado en Cayo Pelón. Creían que era mejor pasar la noche todos allá. Víctor corrió hacia mí gritando lo maldito que soy, pero antes disparé a Jessica en su estomagó. Ella cayó de rodillas con un grito ahogado de dolor. Me alegré, pero no había podido efectuar el tiro de Víctor aún. De pronto se lanzó encima y un dolor intenso me invadió luego de que tatuara un coñazo en mi ojo. Mientras forcejamos Samar corrió a ayudar a Víctor y Leo aprovechó para refugiarse y escapar. Logré empujar a Víctor y apartarlo un metro de mí, cogí el arpón y lo clavé en la garganta del quizás más intuitivo de todos. Samar entró en shock y se paralizó por unos momentos, luego intentó huir, pero la empujé. Caímos en la arena y la ahorqué hasta matarla.

Debía ahora encontrar a Leo antes de que se adentrara demasiado la noche, necesitaba recoger los cuerpos antes del amanecer, pero por los momentos éramos los únicos en aquellas playas. Caminé buscando a Leo, adentrándome a un pequeño bosque de palmeras que había en el lugar. Se me hacía difícil mirar entre los árboles, Leonardo salió repentinamente clavando un cuchillo en mi pierna. Fui demasiado estúpido al no prever que podía tener alguno. Hinqué mi rodilla derecha en el suelo. El dolor era insoportable y agudo. Leo me embistió a golpes, estaba sometido, pero mi odio cobró fuerzas. Mi odio hizo que surgiese una anestesia al dolor en mi cuerpo. Logré desprender el cuchillo de mi pierna, y apuñalé a Leo en todo el cuerpo hasta despedazarlo. Su boca era una cascada sangrienta, como sus ojos y heridas.

Entonces cogí todos los cuerpos muertos en tierra, los abrí hasta sacar parte de sus órganos, pues así se harían más ligeros a la hora de cargarlos hasta la camioneta. Ya camino a ésta con seis cuerpos en el bote, pude escuchar un grito desesperado de Gabriela V. Su cabeza se asomaba en el agua a unos veinte metros de de mí, distancia que me dispuse a eliminar. Aceleré con fuerza hasta que escuché el sonido fuerte y seco de su frente contra la proa.

Luego de la proeza estuve un día en un hotel curando mis heridas. Pretendía filetear los cuerpos y vender la carne a algún frigorífico lejos de Morrocoy.

Entonces, ¿qué le parece mi historia, comisario? Yo le pondré de título los once discípulos, digo maté a once, ¿le agrada?

martes, 13 de octubre de 2009

Mordida (primera parte)

Leo Riera entró a la panadería. Pidió dos canillas y murió al instante.

Dos días antes.

Victor Cuotto Drax estaba descansando en su casa de una intensa jornada de su Facultad de Derecho. Ese día decidió prender la computadora y ponerse a revisar el Facebook, como siempre hace cuando está muy cansado. A las once y media de la noche Víctor estaba acomodando todas sus cosas para irse a dormir, esperando volver a la rutina penal del día siguiente. Pero mientras se acomodaba, en el momento en que sacudía su cama de las micropartículas de polvo que hora a hora se quedan pegadas en la cama, en el instante en que daba una estocada con su sábana a los pobres ácaros indefensos, repicó el teléfono de su cuarto. Era muy extraño que sonara el teléfono a esa hora, pensó. Así que dudó en contestarlo. Vio el reloj y se fijó detenidamente en cómo los segundos avanzaban. Pensó en que sería algún compañero de la Facultad para preguntarle algo con respecto a alguna clase del día, pero no. Sus amigos siempre lo contactaban por Messenger y su sesión aún estaba abierta. ¿Quién será?, seguía pensando y seguía sonando el teléfono. Iban catorce repiques. Entonces contestó. Era Paula.

En el colegio, Andrea Gómez se pregunta en sus ratos de ocio por qué los edificios del Centro San Ignacio no cambian de colores de día como si fueran un gran arco iris, otras veces se va a hablar con algunas amigas de cosas de amigas. Otras veces, las mejores veces, se va sola por los jardines de su colegio; entonces busca un árbol frondoso y se sienta debajo, luego saca una novela y se imagina quedarse dormida y que despierta en un mundo aparte, dentro de la novela donde pasa ratos maravillosos, perfectos, mágicos hasta que viene a despertarla su hermano. Pero su hermano no estudia en el colegio ya. Sólo se lo imagina para que cuadre con la otra historia. Ese día de camino al árbol, Andrea vio una araña azul con naranja. Le pareció sicodélica. La araña no le hizo nada y ella tampoco. Aunque Andrea sintió una cosa extraña cuando la vio. Se echó en el árbol, sacó su libro de turno y empezó a leer y a quedarse dormida. A vivir fantasías en un mundo de ensueño. Todo era mágico, perfecto. Hasta que empezó a sentir movimientos en su pie, sentía que la estaban jalando. Luego le agarraron las manos. “Ya, Luis, déjame dormir, déjame dormir…”, dijo Andrea. Pero la seguían jalando. “Despiértate, Andrea, ven conmigo urgente” escuchó de la voz de una mujer. Abrió los ojos y vio a una mujer, una amiga que no había visto en mucho tiempo y que hubiera sido la última persona que se hubiera encontrado en un jardín del San Ignacio. “¿Cómo entraste, Noelia?”. Fue lo primero que dijo Andrea un poco extrañada y recién salida de un mágico sueño.

- Víctor, el chivúo regresó de Belice. Sólo te advierto eso. Está pendiente. Tús sabes cómo quedó aquel día que nos fuimos de los chinos. ¿Recuerdas?

- Sí, Noelia, se fue antes y no pudo conocerlo. Para entonces parecía un gran tipo.

- Sí, pero tú sabes que cambiaron las cosas después de que ella lo conoció. Ojalá Noelia no hubiera sido aracnofóbica.

- ¡Ya Paula! No menciones más eso. Tú sabes que él puede estar en cualquier lugar y nos puede estar escuchando. Hay que advertirles a los demás. Ahora voy a dormir. Gracias por avisarme.

Un día antes.

Un minuto después Paula escuchó que su celular anunciaba un mensaje. En la pantalla decía “Un mensaje de texto nuevo. El Chivúo”. No lo quiso leer inmediatamente y le dio a la tecla End. El teléfono sonó otra vez. Paula pensó que la estaban espiando. Se asustó mucho y miró por la ventana y sólo se escuchaba el bullicio caraqueño del este nocturno. Le dio más miedo y salió a ver a su tía. Ella dormía placenteramente. Salió del cuarto de su tía con mucho miedo y atravesando el pasillo entre cuartos vio el celular. El nuevo mensaje era de Andrea Gómez.

(...continuará)

LA CAPSULA (parte I- "Nosotros hacemos que se vea bien")


El cuerpo de Leo yacia tendido en un pozo de sangre negra y espesa. cerca del cuerpo que todavia se sacudia con leves espasmos involuntarios estaba Victor con la Beretta 92 de la U.S Army: "el mejor souvenir de mi vida" le habian escuchado susurrar el dia en que la llevo al bar de los chinos ante la mirada horrorizada de Gabriela, los otros, estaban demasiados ebrios para percatarse que la Beretta no era de plastico. Rebeca estaba particularmente molesta.

Leo habia traicionado. de un pequeño grupo literario que tomaba cervezas y jugaba con burbujas infantiles "Litros" habia pasado a ser una peligrosa organizacion que se dedicaba a robar pequeñas joyerias y traficar pequeñas cantidades de droga, de los once integrantes , solo quedaron 5. Los otros se fueron retirando a medida que la neurosis de los otros integrantes aumentaba. Leo habia dado su palabra de permanecer fiel a la organizacion, que ahora paso a llamarse "Capsula" dado el cerrado circulo que habian conformado sus integrantes.
el ultimo golpe fue una pequeña Joyeria. Leo y Guillermo habian entrado elegantemente a robar al encargado despues de un seguimiento de seis meses al dueño, mientras Leo apuntaba la cabeza del encargado, Guille hurtaba todo lo dorado de los anaqueles mientras intentaba entrar a la boveda buscando dolares. Pero en una distraccion de Leo, el encargado activo una alarma, en un impulso primario, Leo le volo la cabeza al sujeto de la joyeria y mientras la santamaria empezo a bajar automaticamente, Leo arrojo el arma y salio corriendo. Dejando a Guillermo atrapado junto con el cadaver dentro de la joyeria.

al dia siguiente la "Capsula" se habia enterado de que Guillermo habia desaparecido. Al parecer el dueño de la joyeria era un judio muy influyente y el arresto de Guillermo no fue suficiente para complacer la "ley del Talion" Judio, Guillermo tenia que morir. ni Rebeca, la amante embarazada de Guillermo ni su familia volvio a saber de él, por eso ella le habia pedido con lagrimas en los ojos a Victor que le volara la cabeza a Leo. Aunque Leo lucia a todas luces arrepentido, una traicion de esa magnitud era imposible de perdonar, incluso de con algo de esfuerzo, pasar por alto y a pesar de los ruegos de Gabriela y de la intervencion bastante diplomatica de Jessica, Victor ya habia decidido matar a Leo antes de la peticion de Rebeca.

fue rapido e incomodo. la habitacion estaba sellada, en una esquina estaba Jessica que habia empezado a fumar desde las seis de la mañana, Noelia habia llegado tarde, con la leve esperanza de no tener que ver la ejecucion, pero luego se cercioro de que eso habria sido empresa inutil: Victor se aseguro de no ajusticiar a Leo hasta que los cinco integrantes estuviesen presentes. Rebeca habia dormido en la habitacion la noche anterior.
- falta Gabriela, susurro Noelia a Jessica, cuya cabeza era un cuerpo disforme de nervios y humo.
- no va a venir, dijo Jessica secamente. De pronto a Noelia se le revolvio el estomago con una mezcla de miedo y asco.

Leo llego finalmente. tenia resaca, se sorprendio al verlos a todos reunidos, lo que provoco una leve sonrisa mezclada con un poco de miedo. viro la cabeza y sintio los ojos de Rebeca quemando los suyos, entonces entendio, que eso no era bueno. Noelia se acerco a Leo con una sonrisa indulgente, como las que esbozan ciertas madres cuando estan a punto de reprender tiernamente a sus hijos y lo invito a sentarse en el suelo, dando la espalda al grupo y a Victor.

-¿que pasa Noe? pregunto Leo, cuyos ojos habian empezado a saltar.
- no pasa nada, dijo Noelia, mientras lo abrazaba. sabes que tu eres como mi hijo- Victor desenfundo la Beretta 92- me van a matar, ¿verdad Noe? pregunto Leo, que habia comenzado a llorar- Victor hizo sonar la corredera del revolver, estaba cargando el arma y queria asegurarse de que Leo escuchara- ¡no vale! dijo Noelia, mientras disfrazaba los nervios con una leve risilla, mas bien queria preguntarte una cosa.- Victor apunto directamente en la Occipital- ¡No fue mi culpa!¡Victor No fue mi culpa! grito Leo y se volteo en el justo instante en que Victor jalaba el gatillo, Jessica volteo la mirada y Noelia solto un grito de espanto, solo Rebecca yacia en el sofa impavida e inamovible: Victor le habia volado la frente a Leo y la bala le habia atravezado el craneo hasta salir por el hueso Occipital.

El cuerpo del joven Leo cayo sin peso sobre el suelo de madera del cuarto, grandes gotas de sangre habian ensuciado la pared carcomida blanca y de su boca abierta salian pequeñas burbujas de sangre, habia caído con una expresion de terror en los ojos desmesuradamente abiertos.
Es todo dijo Victor y se desplomo sobre una silla de rattan. Noelia tomo el pulso de Leo y descubrio un latir lejano y lento, como si el chico quisiera guardarse en secreto que todavia vivia. Noelia se descubrio asi misma con el rostro humedo por las lagrimas que bajaban a raudales por sus mejillas. Jessica y Victor no tuvieron valor para verse las caras,solo Rebeca que se acariciaba el vientre hinchado miraba sin punto fijo el horizonte, mientras el corazon de la "Capsula" se detenia indefectiblemente.

N.A: el cuento original es muchisimo mas largo, esta es la version resumida. Arigato!

Retrospectiva

Por Gabriela Valdivieso
Desde Noelia De Paoli

Todo inició en Tierra de nadie.

Lo veo a lo lejos y me alegro. No demasiado, pero bastante. Alzo la mano para saludarlo e invitarlo a acercarse. Viene, de hecho, pero lo primero que me dice es: "Mija, cómo te creció ese cabello, ¡de la nada!".

"De la nada". Meses debajo de estas hebras esperando que la pollina cubra mis ojos, pero no. Eso no es nada. Una gastadera en cortes de puntas, para na-da.

Esto, sin profundizar en el "mija", sembró algo dentro. Algo que encontró el modo de brotar libremente.

Fue en la marcha por apoyo a la Ley Orgánica de Educación. Una vez más, ingenua, lo veo y voy a saludarlo pero ¡oh, my god!, step back, ¡the star is near!: Leo estaba siendo entrevistado. Mi vista también lo entrevió, eso sí.

Me limité a escuchar las respuestas hasta que me aburrí. Entonces lo miré a él, el otro. Identico. Otro Leo Riera, pero ¡wow! con un arma apuntando al clon. Fue surreal y alucinante. Rápido e inesperado.

Y bueno... Uno ha empujado y presionado muchos objetos con los dedos a lo largo de la vida, ¿no? Pastas de dientes, goteros, tapitas de perfume, ¿no? Pues ese día, viendo a Riera apuntando a Riera algo se detonó metafóricamente que me motivó a detonar físicamente. Me refiero a sus palabras: "No se puede matar al que yace muerto".

Fue más de lo que mis oídos podían soportar. No tenía sentido. Había dos de ellos, pero simplemente se mezcló todo: su "de la nada", su divismo, sus respuestas, su premonición de yacer muerto, su, ajá, sí, todo y simplemente tuve que hacerlo. Presioné los dedos de Riera ubicados en el gatillo y vi cómo el otro Riera cumplió con su sentencia.

De yacer, ¿pero muerto? Cielos, yo no quería, jamás lo hubiera hecho de no haber sido por esa conjunción extraña de acontecimientos. Es horrible, ¡nunca lo haría!, ¡no quería hacerlo! ¡jamás desee hacerlo! Um, bueno, quizás no jamás, pero nunca en serio. O quizás tampoco en broma. Quizás sí lo deseé algo más que un poco. Quizás algo dentro desesperaba por hacerlo. Quizás lo desee tanto que no hubo clon de Leo, quizás siempre fui yo quien lo apuntó hasta que el arma se hizo pesada y mis oídos se cansaron.

Y cuando me cansé me casé con un destino. Tras aquel ligero y pecador empujón de mis dedos, las sensaciones desfilaron a mi alrededor. La gente gritó, aunque no de euforia por verme. Todos se aproximaron a mí, aunque no por autógrafos. Y entonces sonó una sirena, pero no la del estrellato ni la de de la ambulancia que rescataría a algún fan conmocionado. No. De pronto estoy acá, precisamente acá, y pienso en "mijo" y en mí, ja. Ja.

jueves, 8 de octubre de 2009

Una entrevista... ¡Para morirse!

En un día cualquiera del mes de septiembre de 2009, en Venezuela, Leo Riera se encontraba en una marcha convocada en relación a la Nueva Ley Orgánica de Educación.

En un día cualquiera de Leo Riera, en el mes de septiembre de 2009, en Venezuela, Leonardo Bravo se encontraba trabajando en una marcha convocada en relación a la Nueva Ley Orgánica de Educación. Como buen periodista, buscó a un joven a quién entrevistar. Lo encontró. Luego de preguntarle el nombre, le apuntó su arma al rostro y preguntó:

Leonardo Bravo: Dinos, Leo, ¿Por qué estás marchando hoy? ¿Apoyas a la Ley Orgánica de Educación?

Leo Riera: Bueno, desde el punto de vista del escritor puedo decir que…

Leonardo Bravo: Ah, ¿tú eres escritor?

Leo Riera: Sí, en efecto, lo que implica que…

Leonardo Bravo: ¿Desde cuándo eres escritor?

Leo Riera: Desde que tenía doce años de edad, pero a los catorce fue que me lo tomé en serio y empecé a participar en concursos literarios que…

Leonardo Bravo: ¿Concursos literarios? ¿Has ganado algunos?

Leo Riera: Efectivamente, los concursos literarios son una gran oportunidad de hacerse un nombre en el mundo editorial y de crecer en ese sentido. He ganado el VI Concurso Anual de Cuento Breve y Poesía de la Librería Mediática, el Premio Municipal de Ciencia Tecnología “Dr. Humberto Fernández-Morán” y el I Rally Metropolitano de Escritores, pero en este último…

Leonardo Bravo: ¿Y qué escribes tú?

Leo Riera: Bueno, yo me considero un escritor integral. Escribo poesía, ensayo, narrativa y dramaturgia; tres de esos géneros me han dado los premios anteriores. Aunque valdría la pena destacar que posiblemente…

Leonardo Bravo: Pero, ¿Por qué escribes tú?

Leo Riera: Bueno, desde pequeño quise tener el control total del mundo. Sí, siempre me he caracterizado como una especie de villano-dictador. Lamentablemente, siempre fui un debilucho que por medio de la fuerza y la violencia no podía conseguir sus objetivos. Es por tal razón que hice de la palabra mi mayor arma (siempre encontraba la manera de convencer para que no me golpearan). Y, efectivamente, usé la palabra para tener el control total del mundo, de mi mundo. Por supuesto, esto podría ser…

Leonardo Bravo: Entiendo. Más allá de eso, ¿cómo es ese mundo que quieres controlar?

Leo Riera: Caramba, soy un revolucionario, amigo. Yo produzco los cambios, no los mantengo. Puedo decirte que quiero un mundo en el que todos se ayuden. Un mundo en el que todos sean intelectuales. Un mundo en que todos seamos iguales. Pero te estaría mintiendo, pues no es del todo cierto lo que digo. Probablemente querría ser el que más ayuda (o el más ayudado), o querría ser el más intelectual, o querría ser el mejor entre los iguales. Pero, más allá de mi orgullo, quiero un mundo en donde nadie destruya a nadie, pues considero que…
Leonardo Bravo: ¿Más allá de tu orgullo? ¿Eres orgulloso?

Leo Riera: Es una pregunta que muchos de los que me conocen responderían con un sí. Y, afirmativamente, me considero muy orgulloso, y soberbio. Pero en el buen sentido de la palabra. Pues cuando miro a mi alrededor veo muchos “indigentes” que dicen que no son nada porque son pobres, porque viven en un barrio, porque están solos, porque están enfermos, porque nadie los ayuda, etc. Y yo, a pesar de todas y cada una de estas penas y/o cargas, he logrado alcanzar lo que he querido. Yo estoy orgulloso de ser lo que soy, en todos los sentidos. Y soy soberbio al afirmar que si otro no es igual o mejor a mí es porque no quiere. Y es precisamente porque creo que…

Leonardo Bravo: Es una visión bastante controversial… ¿Cuál es tu visión al escribir? ¿Sobre qué escribes?

Leo Riera: Jajaja te va a sonar a canción de reggaetón, pero yo escribo sobre el amor urbano. El amor incoloro, insípido, inodoro, un amor invisible, inerte. El amor al yo, al yo que quiero ser, al yo “que no pude ser”. Amor al otro, amor al que quiero que sea el otro, amor al otro que no puede ser. Yo escribo sobre un amor en coma que nunca es desconectado. Y escribo de los hombres que, por una u otra razón, siguen conectados en un coma que, al parecer…

Leonardo Bravo: De los hombres… O sea, todos estamos en coma y tú eres el doctor…

Leo Riera: No me refiero a eso, yo también estoy en coma…

Leonardo Bravo: ¿En coma? ¡Tú deberías estar en punto y final! ¡Ah no, pero el señor es escritor y todo lo que dice es la verdad!

Leo Riera: Te equivocas, es simplemente lo que creo, y te recuerdo que tú eres el que lo está preguntando.

Leonardo Bravo: ¡Preguntando un coño, chico! ¡Tú lo que eres sendo mojoneado!. ¡Por eso es que los matan!

Leo Riera: No se puede matar a quien yace muerto.



Instantes después, al mirar hacia el piso, todos quedaron sorprendidos y callados sin saber cómo murió Leo Riera.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Por Jessica Jessica Márquez Gaspar


A quien pueda interesar.

Esta es la historia de un amor profundo. Aún recuerdo la primera vez que lo vi. Estaba tres personas atrás de mí en la cola, sentado en un banquito de alquiler rojo y ligeramente inclinado hacia la izquierda. Leía el periódico con el casco bajo el brazo cuando tuvimos que movernos y nuestras miradas se cruzaron por un instante. Fue mágico.

Le seguí la pista hasta el escritorio del funcionario obeso que escuchaba cumbia. Se veía tan masculino apoyado en el escritorio sin fórmica. No podía dejar de mirarlo mientras me pedían la cédula y la fotocopia del acta de nacimiento de mi tatarabuela.

Nos encontramos a la hora de la comida en la sala de espera B, en las sillas anaranjadas de plástico. Se veía simpático porque hacía reír a toda la fila mientras comía caraotas, arroz y tajadas. Creo que sabía que lo estaba mirando porque a veces, como quien no quiere la cosa, volteaba hacia la zona de la sala donde me encontraba.

Aquel primer día vimos el atardecer a través del ventanal de la mezanina 3. Se veía cansado mientras caminaba hacia los ascensores oeste para ir a la sala de trinatación para pasar la noche. Le deseé buenas noches mentalmente y me dirigí a la sala de orgatotinación.

Después de varios días llegamos al piso 4. Como ahí no había ventanas no sabíamos ya qué hora era hasta que llegaba la comida. Una empleada en la oficina Z dijo que la planilla 1.2.3.2 no había sido llenada correctamente, y me dio instrucciones precisas para pedir una nueva: camina hasta el final del pasillo azul, después del cuarto cubículo cruza a la izquierda, baja por las escaleras hasta el entrepiso de gerenación, y busca a la secretaria de Hernández, puerta 3x y después del baño, agarra como si fueras al entrepiso Ita. La reconocerás porque se la pasa con un catálogo de Avón. Ella te entreguerá la planilla cuando termine de ojearla.

Cuál no sería mi sorpresa cuando el ascensor se abrió en el piso 5, y al final de la uña roja de una secretaria, estaba él con su bigote negro haciendo cola. Me saludo cariñosamente: ¡mami!, y me observó con detenimiento mientras iba a entregar los papeles en la taquilla de la señora que hablaba por teléfono todo el tiempo.

El guardia del piso 12 me entregó un papelito dos días después. Lo leí temblando de la emoción: "mami soy tu amor el del casco, sé que también estás pendiente, así que hablé con la asistente de la licenciada Álvares para que me consiga un roncito. Te espero para tomárnoslo en la oficina del funcionario sifrino que canta ópera, en el ala C a golpe de ocho. No faltes mamita."

En aquella oficina nos besamos por primera vez, y ahí nos encontramos durante muchas noches. En el escritorio de aquel funcionario ladilla lo hicimos varias veces. Poco a poco me fueron aprobando la declaración jurada de mi mamá en la que afirmaba que soy su hija, la hoja llena de timbres fiscales hasta el último pedacito y la planilla morada A23-w. Sabía que él también avanzaba rápidamente con sus trámites.

Hubo un punto en que vernos por la noche no era suficiente. Nos encontrábamos en la sala de fotocopias de la subdirectora de participación, en los closets de limpieza y hasta en la sala del archivo, donde nos queríamos sobre las carpetas de planillas almacenadas desde el 79.

Un buen día lo veía hablar con el flaco en la taquilla de primatización cuando entendí lo que había sucedido: lo amaba. A él, a su casco, a su sonrisa escondida tras el bigote, a su forma de mirarme de arriba abajo, y a la manera tan orgullosa que tenía de hablar de mí con Manuel y con Armando.

Resolví decírselo aquella noche. De pura romántica que soy hasta escogí una canción de Oscar y Franquito para ponerla en el momento justo. Lo esperé en el botellón de agua, como siempre, pero él nunca llegó. Quise creer que se había demorado con la huella del pie y la foto de la nuca, pero me equivoqué.

Pasé mucho tiempo esperando su regreso. Ya no estaba en las salas de espera, ni en las rumbas clandestinas en la zona en remodelación. Mis amigas me consolaban diciendo que seguro estaba ahí mismo, en la otra torre, pero en el fondo de mi corazón temía lo peor: que le hubieran dado el pasaporte.

Durante muchas horas de espera pensé en él, en todas las empanadas que compartimos, en cómo nos turnábamos en la sillita de plástico donde el casi no cabía, en todos los momentos maravillosos. Así que tú, ¡sí, tu!, que encontraste esta nota pegada con chicle al espejo del baño, si alguna vez te encuentras a Orlando el de la moto, dile que lo espero junto al botellón, como siempre. Porque sólo él es mi papi y lo amaré por siempre.

Firma
María de los dolores.

Cuando llueve

Por Guillermo Geraldo

Mayo, mes de lluvias, caía un aguacero en Caracas. Todos parecían haber olvidado en casa el paraguas, en tacones corría una que otra morena buenamoza hacía el metro con bolsas en el cabello, bolsas que salvaban a más de uno, como los motorizados y sus llamativos impermeables para zapatos. La calle parecía un río, sin embargo, mi rostro era una cascada, mis ojos habían derramado cántaros de lágrimas de la misma manera que aquel aguacero. Los días que marcan la vida de nuestro ser son inolvidables en todo sentido, recuerdas todo desde el momento en que abres tus ojos y captas la primera imagen de la mañana hasta que los cierras y baja el telón para la última escena antes de dormir, son esos días como en los que muere una persona de gran afecto y frecuente contacto.

Mi novio me acompañó aquel día a una consulta médica, recuerdo que fue justo antes de la hora del almuerzo, estaba completamente gris el cielo caraqueño, desde Petare a Catia. Al salir de la consulta la sensación de apetito descocía mi cuerpo, éste estaba invadido por aquella extraña sensación de cuando estás deprimido o despechado, donde parece que el alma se esfumó y dejó un hueco en el sitio que parece estar ocupado por ella. Para una mujer terminaban las esperanzas de terapias de embarazo, de náuseas y patadas en la panza, de brazos llenos de la inocencia pura de un niño, de ser madre.

Estuve rodando por Caracas en un estado de shock, la palabra estéril se repetía con eco en mi mente, hasta aquel coñazo de agua. Recorrí kilómetros en mi carro, llegué a perderme como una campesina en la capital. Finalmente pude conseguir la vía al este, zona donde he vivido toda mi vida y en Los Dos Caminos me quedé sin gasolina, bajé de mi carro y caminé. Caían gotas gruesas en mi camisa y poco a poco fueron empapando mi ropa. Iba sin rumbo fijo, sólo sabía que no iba a casa. Justo bajo el elevado de Los Ruices, ahí, entre autos, donde las groserías y cornetas hacen de voz para el asfalto, justo ahí había un muchacho sentado como niño. Sus manos manipulaban un acordeón que desplegaba un sonido casi mudo frente al caos de la lluvia y las bocinas. Decidí observarlo un poco más de cerca y sentada frente a él esperé que abriera sus ojos y saliera un poco de su inspiración musical y así establecer contacto visual y hablar un poco con aquel desconocido artista.

Levantó su mirada y sus ojos penetraron los míos, aunque un poco desorbitados. Sonrió y dedicó aquella pieza para mí, agregando disculpas por no distinguir de manera exacta mi sexo. Mencionó algo sobre mi respiración de mujer. Por ella pensaba que yo era una chica. Sus disculpas terminaron aclarando su estado de ciego. Estuvimos el resto de la tarde y parte de la noche entre conocernos y canciones, pero ya la noche estaba azabache, sinónimo de inseguridad extrema, sin embargo no quería despedirme. Lo llevé conmigo, caminamos hasta La Castellana, hasta el apartamento donde vivía sin ninguna otra compañía más que mis libros de medicina. Aún estábamos empapados, le regalé un chocolate caliente y le ofrecí ropa y algunas prendas que dejaba mi novio en casa para cuando dormía. Mientras yo me bañaba él tocó La Valse d’Amèlie en el piano de la sala. Salí desnuda y puse sus manos en mis pechos. Sobre el piano hicimos el amor y más nunca dejamos de hacerlo hasta hoy, (bueno es tácito que mi novio ¡adiós, gracias!). El ciego, me enseñó a ver la vida de otra manera.

Hoy, uno de esos días donde alguien se va, donde no olvidas nada, donde alguien muere, pero hoy; hoy no siento ese vacío, hoy no caminaré hasta Los Ruices, hoy cierro mis ojos y volteo hacia atrás para ver la vida con el corazón.

martes, 6 de octubre de 2009

Anhelosofía

Por Gabriela Valdivieso


Cuenta la leyenda que antes, hace tanto ya, la verdad corría despreocupada entre los hombres. Se paseaba por las plazas susurrando trozos de sí y regalando asombro y conocimiento.

Cuentan que era parte de la sociedad y se la valoraba por lo que era. No por lo que ofertaba, por banderas ideológicas o por fines adicionales.

Eso fue antes. Antes de que los matemáticos la redondearan, antes de que los científicos la edulcoraran, antes de que los comerciantes la compraran y la vendieran, antes de que las marcas la disfrazaran y de que los medios la manipularan y la sometieran.

Antes de que la devoraran. Antes de que la alcanzara el escepticismo y la carcomiera el relativismo.

Antes de todo esto ella nos amaba y nos dejaba aprehenderla y nosotros, dichosos, vivíamos con ella y por ella.

La leyenda predica que a pesar de nuestro reino de mentiras aceptadas y de versiones infinitas, la verdad nos extraña y está dispuesta a perdonarnos. Quienes esto conocemos confiamos porque la hemos oído cantar y sabemos que es capaz de gritar hasta hacernos despertar.

El amor va en mototaxi

Por José Leonardo Riera
(Tomado del libro Mitología de la Gran Caracas).


- ¿Y qué más? ¿Cómo te va con la motorizada?
- ¡Chamo no le digas así!
- ¡Bah! ¿Yo tengo la culpa de que sea una mototaxi? Jajaja no te enrolles, men, ¡más bien cuéntame cómo te conseguiste semejante prospecto! Jajaja
- ¡Tú eres una sarna! Jajaja te voy a contar simplemente porque aquí accidentado no tengo nada que hacer ni ningún lugar adonde ir…

Hace como un año y pico yo iba normal en mi chevetico ¡cuando a la cafetera esa le dio la picazón de culo y se accidentó! Y yo ¡Coño! ¡Ahora cómo hago! Lo cierto fue que después de pasar como cuatro horas ahí no me quedó otra que ir corriendo a una ferretería para comprar una herramienta que me hacía falta para arreglar ese perol. Pero la cola que había era bestial y no había ni una ferretería ni un metro cerca, así que no me quedó otra que buscar un mototaxi.

Lo cierto es que en la esquina (¿o debo hablar en plural?) de esa cuadra, por suerte, había una línea de Mototaxi. ¡Una banda e’ motos había en esa verga! Y el poco de tukis con sus gorras, y sus cascos, y sus lentes, y sus guantes de lana, y sus pantalones pegados, y sus franelas de rayas, y sus zarcillos y sus bigotes amarillos. Y yo diciéndome dentro de mí ¡Qué vaina pues! ¡Lo que falta es que este poco e’ locos me roben!

- Buenas tardes –les dije- una carrerita para aquí mismo, en la avenida.
- Vete con ella –me dijo un viejo apuntando el palillo que tenía en su boca en dirección a una mujer- Yubirixaida, hazle la carrera al chamo ahí.

¡Y yo volteo y veo a una tipa como de treinta años, medio bajita, tetona, culona, con cara de gocha malandra y con el pelo más amarillo que Lina Ron! ¡Te lo juro chamo! Jajaja ¡Pensé que era Lina Ron!

¿Qué? –dije- ¿Tú tas’ loco o manejas moto?

La respuesta fue obvia.


Bueno, lo cierto es que me monté con ella y, en ese momento (y en cada uno en que encontrábamos un hueco inevitable o un policía acostado), sentía que la moto se volvería mierda. Ella iba a full chola, me imagino que arrecha por lo que yo había dicho, y yo, burda de cagado, lo que hice fue agarrarle la espalda, y luego, nervioso, la cintura, y luego, sin pensarlo, sus piernotas.

¡Chamo y por mi madre que eso fue santo remedio! A partir de allí todo fue como una relajación. Sentirme tan cerca de una mujer, tan protegido, dejar que mi mente se olvidara de todo, con el aire moviéndose hacia mí. Es burda de fino, men. Lo cierto es que después de eso me hizo varias carreras y la cosa iba mejorando; ya hasta hablábamos, en la moto, en la calle, por mensajitos, nos enamoramos y así me la llevé conmigo pa’ Carapita.


Esta historia la conté el mismo día en que, un año y pico después de conocerla, me accidenté de nuevo; ella fue a buscarme en su moto, yo le vendí el chevetico a mi pana y, a partir de ese momento, ando a pie… y dejo que el amor vaya en Mototaxi.