martes, 27 de octubre de 2009

Triste final

Por Samar Hokche

Entre la avenida principal “Misterios”, en la calle “Absurdos”, cuentan sus habitantes que en aquella desolada torre de ladrillos morados, en el apartamento 401, pasan cosas un poco distintas a lo que llamamos normal. Bueno eso dicen, sin embargo, queda al criterio de ustedes decidirlo.

Cuenta la historia que en noches estrelladas, a muy tempranas horas de la madrugada, puede llegarse a escuchar, si prestas mucha atención, el constante sonido de varias cuerdas de saltar -como en un recreo de niños de primaria, pero sin las risas y alegrías de los jóvenes-. Al cabo de unos minutos, el silencio se apodera de los pasillos y se siente ese desagradable e indescriptible olor a putrefacción, que traspasa los muros y llega a tus sensibles narices. Coloquialmente han descrito este hedor como de “axilas mutantes”.

¿Explicación lógica para esto? No lo creo. Sólo una teoría, que a mi parecer es la más acertada. Hace muchos años, cuando la torre de ladrillos morados era uno de los edificios más modernos y de moda, ese pequeño apartamento fue el hogar de un ser muy particular, del cual no se conocía mucho, pero del cual sólo una cosa se podía decir con certeza: saltar la cuerda era la razón de su existencia, su único placer, su única satisfacción. Pero a nuestro pobre amigo una tragedia lo sucumbiría; lastimarse la rodilla fue el final de su destino. Afligido y solitario quedó sin ninguna otra pasión por la cual seguir. Sin sueños, sin vida, triste y melancólico. Ante las miradas apenadas y de lástima de sus vecinos se escondió para no volver más. Han pasado años desde su último salto y sonrisa.

Del por qué las axilas mutantes se extinguieron...Y no por meteoritos de cuerdas de saltar

Por Gabriela Camacho
Advertencias al lector: Este cuento contiene partes del cuerpo que tienen a su vez partes del cuerpo. Si desea continuar, bienvenido al mundo de la locura.

Había una vez una axila mutante; puede que esto sea lo único lógico en el cuento, pero, sin importarme eso, seguiré adelante. La protagonista de esta historia trabajaba como saltarina de cuerda/comediante en un bar–café, con un sueldo pobre y un horario de tiempo completo. Las ocurrencias en los chistes eran de baja categoría y su público se aburría cada día más. El señor Rodilla (su jefe) era un cuarentón de muy mal carácter, de lenguaje medieval, que no sabía expresar bien las ideas y que de paso sufría de intolerancia al azúcar –grave problema–.

La última noche de la axila mutante en el bar, luego de un pésimo acto, comienza así:

–¡No, señor Rodilla!, ¡no me haga esto! Usted conoce muy bien mi situación, sabe que no puedo mantenerme si me echa a la calle –decía con fervor la axila, devastada.
–Vosotras las axilas trabajáis de la patada, no quiero verlas más en estos lugares. ¡Largaos! –Replicó el agrio jefe sin piedad.
–Usted no tiene paciencia, eso es todo. –Trató de excusarse la axila.
–Ya os he dicho a todos que si no veía avances en su trabajo, iríais a parar a la acera del frente. Sois incompetentes, mal vestidos, no dan risa y me tratáis como a un pobre viejo. ¿Es que queréis más razones?
–No, señor, sólo queremos otra oportunidad, por favor... –añadió la axila con gesto suplicante, a punto de hincarse de rodillas.

El jefe de nuestra amiga se levantó de su silla de cuero negro, caminó hacia la ventana que daba vista a ciudad Humano, y vaciló antes de responder:

–Largaos de mi oficina. No merecéis ni un segundo más de mi valiosa atención y mi ocupado tiempo. Vergüenza debería daros, insignificantes actores de tercera.

A continuación, tomó a la pobre y llorosa axila por el brazo, sacándola de la oficina y dándole un portazo en la cara. Luego abrió la puerta de nuevo y la lanzó la cuerda de saltar a la axila, que la había dejado al lado del escritorio. La axila estuvo tirada en el piso por varios minutos, asimilando que no tenía trabajo, ni sueldo, ni vida; estaba perdida, ¿ahora qué haría? ¿Trabajar en el Metro de ciudad Humano contando malos chistes? No... Debía haber algo más.

Se levantó temblorosa pero decidida y cruzó el largo pasillo a zancadas. Ya sabía a dónde ir. Tomó el bus hasta la “Oficina de Defensa de Axilas Indefensas” y entró como quien es llevado por el viento. Sólo había una secretaria sentada en una vieja mesa.

–Buenas noches tengáis, ¿en qué puedo serviros? –Dijo con un tono monótono, igual de medieval que el de su anterior jefe.
–Me gustaría efectuar una denuncia en contra del señor Rodilla Avara, por favor –dijo la axila, agregando los detalles, los motivos y otros.
–Muy bien, está listo. Ya podéis iros a casa –aclaró la secretaria.

A la mañana siguiente la axila iba caminando pacíficamente por la calle, acompañada de la fiel cuerda de saltar, percatándose de no haber tenido noticias de su antipático jefe y sus compañeros. Cuando llegó a la puerta del teatro sólo encontró conmoción y alboroto. Todos los que habían trabajado con ella gritaban: “¡Se ha ido!”. Cuando la extrañada axila pudo acercarse, supo todo. Su jefe había sido expulsado y encarcelado, luego de descubrirse que, aparte de explotador de trabajadores, había sido traficante de aspirinas y secuestrador de dedos.

–¡Soltadme ahora! Os lo ordeno. ¡AHORA! –Gritaba el señor Rodilla– Sois y siempre seréis unos fracasados, ya verán.

Y mientras la sarta de blasfemias salía de su boca, funcionarios de la policía lo tomaban por brazos (si es que tenía) y piernas, arrastrándolo hacia la patrulla. La axila, radiante de felicidad, se reunió con sus compañeros a celebrar el triunfo. Pero, como el viejo Rodilla había previsto, los malos chistes, cuerdas de saltar que se rompían y la poca comedia de la axila y sus amigos los llevaron a la quiebra. Triste, ¿no? Pero, a veces, los cuentos no tienen finales felices. Léanos en una próxima edición de “Cuentos mediocres para gente no mediocre”.

¿Fin?...

lunes, 26 de octubre de 2009

10:13. La venganza de la naturaleza

(que no consistió en terremotos, huracanes ni maremotos. No.)

Por Gabriela Valdivieso

Tras una noche pícara perceptible a través de su luna en cuarto creciente, amaneció el mundo envuelto en purpúreas y densas nubes. La humanidad estaba preocupada. Toda clase de interpretaciones se dieron, mas ninguna se alzó tras el acontecimiento ocurrido a las 10:13 am. Desde esa exacta hora y durante un exacto minuto llovió con fuerza. Mas lo que derramaron las nubes no fueron gotas de agua, sino cuerdas de saltar, cremas desmaquillantes y lechugas.

Profunda conmoción. Las bocas permanecieron abiertas, pero sin el movimiento que implica el habla. La humanidad permaneció silenciosa aterrorizada esperando. Esperando algo.

Segundo día, 10:12, a un minuto del caos.
… 56, 57, 58, 59, ¡¡-----!!
Gritos frenéticos, bocas desencajadas, cejas exageradamente alzadas, manos obsesionadas por cubrir y tapar revelaron la acción: El poder de los cielos se pronunció sin piedad sobre quienes habían modificado sus cuerpos de modos no naturales.

Las bocas operadas se tornaron grotescas y pesadas, sostenidas tan sólo por brazos nerviosos. Las barrigas de quienes se habían sometido a liposucciones crecieron y se hicieron inmensas. Las narices quirúrgicamente perfiladas se explayaron por cachetes. Los implantes crecieron hasta invadir los espacios e inmovilizar a los dueños. Las pieles estiradas cayeron derretidas más allá de las barbillas.

Las axilas modificadas científicamente para no permitir la aparición de pelos ni olores alejaron a los circundantes con insoportables hedores y nauseabundas cabelleras. Los traseros agigantados se hincharon con helio. Los lunares removidos se expandieron y sobresalieron como las rodillas. Los cabellos pintados se blanquearon hasta la transparencia. Los delineadores, rubores, labiales, esmaltes y sombras desaparecieron de las caras y se multiplicaron las supuestas imperfecciones.

De las cuentas de cirujanos plásticos desaparecieron los millones de dólares ganados por el oficio. Las vallas publicitarias de bellezas imposibles se esparcieron sobre las vías.

Crisis, desesperación, gritos hasta el agotamiento. Una vez más, el miedo y el silencio cobijaron la noche. Todos esperaban la hora de los desastres.

Tercer día, 10:13.

Desaparecieron los efectos del día anterior, pero no volvió el mundo a la normalidad. Las bocas operadas no volvieron a su tamaño posterior a la operación, sino al previo. Bocas, barrigas, cabellos, todos ellos tornaron a sus estados naturales. Regresaron los lunares y las arrugas. Regresó la gravedad sobre los senos y los traseros, sobre las pieles y las barrigas.

El mundo no reaccionaba. Esperanzados y temerosos, los hombres esperaron una vez más las 10:13.

10:09… 10:10… 10:11… 10:12…

Nada.

El mundo, como la luna, sonrió.

Muchos criticaron al cielo la fealdad regada. Pero otros, tantos otros, tomaron las cuerdas de saltar y las usaron. Recogieron las lechugas y las consumieron. Levantaron las cremas desmaquillantes. Y las botaron.

miércoles, 21 de octubre de 2009

¡Qué esperáis!

Sentados estamos, y detrás de nuestras cabezas y corazones están lunas, pianos, asesinatos, sombras femeninas, compotas, proyecciones, miradas, vidas pasadas, cepillos de dientes y tickets de metro y más, más fuentes de creaciones.

Y hoy es miércoles y el cielo se abre ante nosotros. Clama ser observado, clama que nuestras conciencias escriban sobre cuanto llueva de sus nubes.

Esperamos en silencio y se revelan las señales:

Cae un pequeño arco cóncavo, color piel, con una cosa muy extraña, y un hedor inolvidable que invade nuestras narices. "¡Una axila mutante!, bautiza Guillermo. Y eso era.

Una risa aprobatoria dibujan las nubes. Jessica aclara que tiene que ver con "satisfacción". Y eso era.

Derrama el cielo dos puntas conectadas por un cordón. "¡Una cuerda de saltar!", identifica Samar. Y eso era.

Contentos, entendemos que debemos escribir sobre una axila mutante, una satisfacción y una cuerda de saltar.

Mas cuando el viento susurra "que bien lo habéis hecho", la comprensión es máxima: axilas, satisfacción, cuerdas de saltar, ¡en tercera persona plural: vosotros!

Llueve chocolate por la felicidad de los de arriba por la comprensión de los de abajo. Los de abajo comemos chocolate y empezamos a pensar, pues la conexión entre los elementos debe ser merecedora de la aprobación los cielos... merecedora de nuevas señales para una próxima directriz.

"¡Qué esperáis!", vocifera una voz, y nos activamos en la persecución de nuestras ideas.

Ser libre

Al dolor
Que tarde o temprano marca nuestro camino


Quiero creer que en otra vida fui mariposa. Que volaba libre sobre los campos, sobre Caracas, entre las nubes y en las mañanas frías que acarician el Ávila.
Quiero creer que no tenía preocupaciones, que me dejaba llevar por el viento, por los colores intensos de las flores, por la sombra de los árboles para acurrucarme.
Quiero soñar en aquellos cielos abiertos, el ruido distante de la ciudad, en el momento oportuno del sol del mediodía o de la llovizna de la madrugada. Quiero creer que eso aún está ahí.
Quiero creer que tuve la corta vida de una mariposa, pero que no tuve miedo a la muerte. Quiero creer que ese breve tiempo lo viví al máximo, entre tulipanes y girasoles, en los lugares que he amado siempre.
Quiero creer que estuve siempre sola, tal vez sea más sencillo.
Quiero creer, ante todo, que no ame, que no sufrí, que no lloré, que no canté, que no olvidé, que no odié, que no extrañé, que no envidié. Quiero creer que mi vida era sencillamente vivir lo hermoso del mundo, lo estético hecho flor, hecho mundo.
Quiero creer que en aquella otra vida, a la que sólo regreso en sueños, no tuve que enfrentar el dolor. Que sencillamente no fui humana, que no viví lo que vivo ahora. No podría soportarlo.
Quiero creer que aún soy una mariposa de alas delicadas, que en cualquier momento alzará vuelo hacia las nubes, y no volverá jamás.
Quiero…creer.

lunes, 19 de octubre de 2009

Soledades

Por Moisés Lárez


– La vida es ridícula –dije cuando ya estaba cansado de fregar.

Siempre al finalizar todas mis obligaciones, me iba al chinchorro y, mientras me espantaba los zancudos con la tapa de una olla, escuchaba el mar que quedaba muy cerca de la casa. Cada instante en el que la ola reventaba era como si pudiera detener el tiempo para percibir e imaginar todo a la vez.

Y ese era el único momento feliz de mis días.

El resto se me iba consiguiendo dinero. Siempre ayudaba a mamá a hacer las arepas pelás en la cocina. Mamá las contaba todas. Treinta por día, siempre. Luego las rellenábamos con el pescado que trajera papá de la pesca mañanera y salía a venderla a la plaza del pueblo y pasaba horas en la plaza, horas que para mí eran infinitas y que no podía imaginar como gotas del mar, sino como del río: eran como uno caudaloso que no terminaba nunca de derramarse en una catarata y cuya caída se hacía infinita. Me preguntaba de qué servía vender las arepas, ¿para qué quería el dinero?, ¿para sobrevivir? Y es que mi vida era una supervivencia. Sólo un momento de mi día era dedicado a la felicidad, un instante, un suspiro. Sólo el momento del chinchorro era mío y de nadie más.

Entonces papá salió una madrugada y no volvió más.

Todas las mañanas desde aquel día, mamá cogió la costumbre de salir a esperarlo al mar, pero él no llegaba. A veces le decía a mamá que era inútil, que papá jamás pasó más de un día en el mar, pero mamá estaba como suspendida en otro mundo, con la mirada fija en el horizonte, sintiendo la brisa y oyendo al mar como una composición de sonidos melancólicos, fuertes y arrítmicos. Supe que ese era el momento de mamá.

Como papá había muerto tuve que empezar a salir de madrugada. Fueron unas semanas difíciles. El botecito de la casa se había ido con papá y con ello todo nuestro suministro de pescado mañanero. Con un vecino conseguimos un bote prestado mientras se lo podíamos pagar, así mamá tuvo que duplicar la cantidad de arepas a vender y yo tenía que conseguir más pescado del normal para rellenarlas. En las mañanas cuando llegaba de pescar, me encontraba a mamá en la orilla. No intercambiábamos palabras, ni una; algunas veces, en ese instante, nos veíamos a los ojos y eso significaba mucho más que un “hola” o un “sé cuánto sufres”. Después me iba a la casa con mi saquito de pescados y mamá me seguía y hablábamos de las arepas, de los vecinos y de papá.

Mis momentos del día se habían acabado. No tenía ni un segundo para pensar en mí, en la vida, en el futuro. Hasta el chinchorro, sin saber cómo ni cuándo, había desaparecido; sin embargo, este momento con mamá, en la cocina, me daba un nuevo impulso diario, supe cómo se conocieron papá y mamá, cómo fue mi nacimiento, la muerte de los abuelos, cómo se llamaban mis tíos que habían muerto.

Al pasar de los meses ya me había acostumbrado a mi nueva rutina. A los vicios de mamá, a mi nueva esclavitud y a todos sus agotados temas. Me había acostumbrado a vivir así, no me sentía llevado por la corriente, sino flotando en un estanque en el que podía ver el cielo y disfrutar solamente del movimiento de rotación de la tierra. No obstante, hubo un día que cambió todo. Una madrugada antes de salir a pescar me metí en el patio de la casa a buscar aceite para el motor del peñero y entre peroles y corotos me topé con el chinchorro. Estaba amuñuñado junto a otro que supuse el chinchorro de papá. Tomé el mío con nostalgia mientras mi garganta se apretaba en una lucha por liberar sentimientos que no quise exponer ni a mi propia soledad. Sentía que había vuelto un instante de mi anterior vida; no sabía qué hacía ahí, ni cómo había llegado junto al de papá y mi mente no dejó de echarle la culpa a mi madre. Era la única que podía haberlo hecho.

Entonces, salí corriendo de casa en plena madrugada, me monté en el bote y me adentré en el mar, pero me adentré más de lo normal, seguí rumbo recto, con rabia, tristeza, infelicidad y en un momento me detuve. Estaba solo, rodeado de aire, cielo, inmensidades de agua y silencio; la costa se veía muy, muy lejos. Pensé unos minutos y supe que ese era mi momento. Al rato, ya estaba por devolverme, había recapacitado y decidido ponerme a trabajar más cerca de la costa cuando, de repente, vi lo que parecía un pequeño islote a lo lejos. El sol estaba saliendo justo detrás de él. Me adentré más y más e iba creciendo cada vez más. Llegué a lo que me pareció una isla en una hora o dos. Bajé y había una población. La gente salía por las calles y conversaba en la plaza del pueblo, se les notaba una sonrisa y un atractivo diferente. Se sentía un ambiente de fiesta y de triunfo.

Caminé a la plaza del pueblo al que había llegado. Me senté y por más que la situación fuera idónea no podía pensar en nada más que sentir que este fuera mi momento. Un momento del que no quería despegarme, un momento que se quebraría como una débil lámina si sólo me levantara del banco.

Pero el hambre pudo más. En la plaza nadie vendía arepas, así que me le acerqué a un señor y sorprendentemente me dijo que estaba bienvenido en su casa. Al principio sólo acepté quedarme esa noche, luego sólo una semana. Ayudé con mi bote pescando y luego ocupé un espacio en la plaza vendiendo arepas. Más tarde conocí a la hija del señor y nos enamoramos. El tiempo pasó sin que me diera cuenta y los momentos de mi vida habían sido muchos desde entonces. Rápidamente cambié de vida. Mi vida pasada ya no tenía rastros en mi memoria salvo en algunos momentos de soledad en los que la nostalgia era mi única compañera, pero esos momentos eran pocos. Después me casé y mi vida con mi mujer fue placentera y agradable, pocas veces volví a estar solo. Tiempo después, quizá algunos meses o quizá años, caminando con ella por la plaza del pueblo me encontré con un hombre viejo que me pareció conocido, él también estaba con una mujer y se veía contento. Cuando me saludó no pude dejar de esbozar una sonrisa de felicidad y de sentir una calma intensa en mi interior.

El turpial vive dos veces

Por José Leonardo Riera

Pensando en qué titulo ponerle a este texto, se me ocurrió llamarlo “Ensayo sobre Salvador”, o “El salvador de Salvador” o “De cómo Salvador me salvó”. No obstante, no quiero hacer de esto un ensayo ni mucho menos un cuento. Sólo quiero compartir la anécdota de cómo llegué a la conclusión de que Salvador Garmendia es parte de mi alma; literalmente hablando. Y contaré esta historia así, sin pelos en la lengua. Tal y como hablaba aquel niño de cinco años con Salvador.

Desde los cinco años de edad, José Leonardo Riera frecuentaba la Quinta Cristina, sede de Monte Ávila Editores

La agencia de festejos de mi padre siempre era contratada por esta editorial, generalmente para bautizos de libros. Fue así como yo, acompañando a mi papá a trabajar, fui llamado por los rostros que guindaban de la pared, y capturado por los libros de los estantes.

El tiempo pasaba y ya no necesitaba el trabajo de mi padre para visitar aquella quinta. Ahora iba siempre, cuando quería, y por cuanto tiempo quisiese. Pues me hice amigo de los trabajadores y, por supuesto, de los escritores que frecuentaban el lugar.

Lo curioso del caso es que no sólo leía los libros de aquellos escritores, sino que también me entrevistaba con ellos y criticaba sus obras.

Fue por esa razón que conocí a Salvador Garmendia. Éste era muy amigo de la editorial, y para ese entonces –año 1997- estaba realizando los trámites para la publicación de su libro La media espada de Amadís (que, por razones que desconozco, fue publicado finalmente por la Editorial Norma). Por estas razones Salvador pasaba casi tanto tiempo como yo en la editorial.

En una ocasión, yo me encontraba en el jardín leyendo y llegó un hombre de avanzada edad a tomarse un café. Se sentó justo frente a mí. Me miró, quizás sorprendido. Yo le miré también, muy fijamente, por ciertoÉl mantuvo el contacto visual. Sonrió de una forma casi infantil, sin mostrar sus dientes, tal vez por esto todo su rostro parecía tan gris. Fue un movimiento conjunto. La sonrisa, sus grandes cejas ligeramente levantadas y las cinco o seis líneas de su frente. Así, con su contextura, con su nariz tan prominente y con el cabello grisáceo que no sabía de fronteras faciales, Salvador se mostró como un niño.

Y aunque el niño era yo, no lo parecía, pues mi personalidad de “crítico literario” era, debo admitirlo, totalmente detestable y aborrecible. Me preguntó mi nombre y qué hacía. Yo respondí: “Soy Leo, y leo” (yo siempre tan locuaz). Hablamos de mí y de mis gustos literarios hasta que me preguntó si había leído algo de él y si me había gustado (estoy seguro de que quiso hacer esa pregunta desde el primer momento).

Le dije:

-Sólo he leído Hace mal tiempo afuera

-¿Te gustó?

-Sí, porque los cuentos son sencillos y dicen muchas cosas… Casi para niños, pero lo dedicaste a personas que no son niños. Tienes que escribir cosas que uno entienda pues...

Fue larga la conversación, y la mayoría de las ocasiones estuve a la defensiva. Pero precisamente por eso el tiempo nos hizo amigos. Yo de él aprendí casi la totalidad de su obra, de su estilo, de su esencia. Él, en mí, encontró al niño que le abriría el camino en el mundo de la literatura infantil.

Más que un amigo, se hizo mi padrino. Mi tutor. Y, gracias a él, en un futuro, mi colega. Pues yo llegaba con mis cuentos a la editorial y le decía:


- Lee, Salvador. Sólo los niños sabemos escribir un cuento para niños.


Él reía, pero siempre leía mis cuentos; los criticaba constructivamente de tal manera que yo mejorara, y él también.

Tuvimos poco más de tres años de amistad. Tres años en que, a causa de ésta, escribió la mayor cantidad de cuentos infantiles de su vida. Pero Salvador sufría de diabetes. El nuevo milenio sólo le trajo la seguridad de que cuando un turpial deja de cantar es porque ya está muerto.

Yo le visitaba y hablaba siempre con él.

-Salvador, tienes que escribir más, y escribe para niños -le decía.

-Leo, ya estoy viejo. Escribe tú por mí, tú estás joven y te queda un gran camino por delante. Por eso tienes que leer mucho y así serás un gran escritor.

-Yo no quiero ser un escritor, yo quiero leer cuentos para niños.

-Leo, yo te voy a hacer un cuento. Y no será un cuento para niños, será un cuento para ti, que eres tan grande como mi nariz, jajaja.

Nunca olvidaré esa conversación. Fue la última que tuvimos. En la editorial me dejó como regalo de cumpleaños un cuento infantil llamado El turpial que vivió dos veces. Era un borrador a máquina de escribir. En el sobre colocó: Leo, esto no es un cuento, es nuestra historia.

Y todavía me llena de emoción recordarlo. Trataba de un turpial muy viejo que, lastimado por un niño, estuvo en una jaula de la que no podía salir. Y aún así, el niño, tiempo después, abrió la jaula. El ave, al alzar el vuelo, pudo darse cuenta de que vivió dos veces, y todo gracias a ese niño.

Salvador murió en Caracas el 13 de mayo del año 2001. Seis días después de mi noveno cumpleaños. Estoy seguro que desde esa edad Salvador Garmendia vive en mí, ayudándome a escribir, enseñándome a cantar. Es por eso que, gracias a mí, Salvador vivió dos veces.
Y aquel turpial que alzó el vuelo dejando a Leo con sus montones de libro aún vive. Salvador, el turpial vive dos veces.


Ilustración de Rosana Faría. Para leer el cuento y ver todas las ilustraciones, debe descargarse a través de este link

http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=6614&portal=17


miércoles, 14 de octubre de 2009

Plano contraplano

Por Gabriela Valdivieso y Gabriela Valdivieso

–¿Jura decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad?

–Lo juro.

–Procedemos entonces: Señorita Gabriela Valdivieso, ¿un Seven up o una Seven up?

–¿Ah?, ¿que si quiero una Seven up?

–No, listo. ¿Cuál es tu canción favorita?

–¡Ah, ya entendí!, digo una Seven up, no un Seven up. Ajá, um, ¿y una canción? Siempre amé In my head, de No doubt. Es un poco extraño, pero me identifico con la sensación de desconfianza y estrés de la canción. Bueno, y ni hablar del ritmo, es enviciante.

–Ah, ya veo, ¿a qué le temes?

–Al hambre. Pero pensándolo bien no es propiamente al hambre, pues mal que bien se aguanta un poco. Mi aversión es hacia el desconocimiento del momento de comer o hacia la imposibilidad de hacerlo cuando realmente lo necesite. ¿Entiendes? Es algo así como que me llena de ansiedad pensar en quedarme sin comer y sin forma de resolverlo. De allí que siempre tenga alguna galleta María encima y que siempre esté previendo mis próximas comidas. Logro así evitar...

–¿...el miedo al miedo al hambre?

–¡Eso!, ¡eso es exactamente lo que tengo!, me aterra sentir ese terror por sentir hambre.

–¿Alguna curiosidad de tu cuerpo?

(Se muerde la boca) Um... bueno, tengo muchas cicatrices de caídas, ¡ah, pero ya sé! ¿Curiosidades? Tengo un lunar con forma cuadrada en mi barriga. Es conocida en mi familia como mi bistec. Y tengo en la pierna una ¿mancha?, algo así, roja que siempre consideraré mágica. Si la presionas muy muy fuerte desaparece completamente y entonces reaparece sola. ¡Ah, sí! Y mi hermana descubrió que tengo un corazón en la frente, y es que cuando me recojo el cabello se ve clarito. La línea del inicio de mi cabello en el centro de la frente dibuja la parte superior de un corazón, ¿ves? (Se recoge el cabello y muestra lo descrito).

(Risas) ¡Qué curioso! ¿Te identificas con algún personaje?

–Esa es fácil, ¡Amèlie! ¡Toda ella!

–Dime una pasión que tengas.

–Escribir, más, escribirme.

–¿Una adicción?

–La mayonesa (se apena).

(Risas) ¿Y algún tema que te obsesione?

–La verdad.

–¿La verdad?

Vivo pensando y escribiendo sobre ella. Necesito, tarde o temprano, encontrar el modo de explicar al otro satisfactoria y claramente que la verdad es una, aunque las interpretaciones sean miles y aunque la dificultad por conocerla sea inmensa. Más allá de realidades evidentes, las no evidentes son igual de verídicas y tienen igual potencialidad de ser alcanzadas y comunicadas.

–Interesante, oye, veo que mueves mucho las manos, ¿tienes alguna otra costumbre peculiar?

–Sí, muevo las manos más o menos frenéticamente y hablo rápido... Ah, pero podría decirte que tiendo a inventar palabras y mezclar terminaciones. Sí, soy la Comunicadora Social que en su defensa de tesis dijo que la experiencia había sido muy "nutriciosa".


(Risa) ¿Te has imaginado quién podrías haber sido en una vida pasada?

–¡De hecho! Desde cuarto año soñaba con que había sido nada menos que Sócrates, pero luego en la Universidad mi mejor amigo me dio una posible procedencia menos gloriosa: que yo era una lechuga, y que me comieron tan salvajemente que en esta vida no ingiero frutas, verduras o vegetales.

(Risas) ¿De verdad…? Hey, olvidé preguntarte, ¿prefieres el papel lustrillo o el de construcción?

–¿Cómo? (Risas) Bueno, prefiero el lustrillo. Sus colores son más saturados, más fuertes, ¡más vivos!

–¡De hecho! Dime, ¿cuál es tu frase favorita?

–Tengo dos. Siempre me sentí muy cercana a una de Sócrates: "En vez de cárceles, escuelas". Y la otra es de Cesáreo Banderas, analista de la obra Don Quijote de la Mancha, dice: “Cervantes excluye lo sobrenatural porque incluirlo sería negar que la realidad es extraordinaria”. Estaré eternamente conmovida por estas palabras porque las creo desde cada fibra: la realidad es extraordinaria. En todo sentido.

–Espera espera, ¿qué tipo de luz prefieres, blanca o amarilla?

–¿Ah? Da igual. Bueno, no no, mentira. La blanca es genial para leer pero me he acostumbrado a la amarilla, creo que no podría tener todo de blanco. En parte porque duele mucho más la vista observar una luz blanca que amarilla, aunque también es verdad que…

–¡Ah!, ¿y tienes algo que no te quites?

–Sí, esta pulsera de tela. (Acerca la muñeca derecha) Es un regalo de mi persona.

–Dime una gran alegría de este año.

–¡Terminarlo en Venezuela!

–¿Una gran decepción?

–¡Shakira!

(Risas) ¿Palabras que odias?

–Ecléctico, pseudo y onírico. También sinergia y alcance. Ah, y motivación, inconsciente y madurez. En fin, odio la jerga pretensiosa, corporativa y psicológica. Reconozco que he juzgado a personas en primeras impresiones por usar estas palabras.

(Risas) ¿Y qué determina que una persona te caiga bien en una primera impresión?

–Es como emocional. Busco la energía. Me cae bien quien física y emocionalmente parezca sincero, abierto y cálido. Amo conocer gente habladora y comunicativa. Me encanta la gente que de alguna manera confía y busca empatizar. Es difícil de explicar.

–Creo entenderte (sonríe) ¿características recientemente descubiertas?

–De hecho, he descubierto mucho de mí últimamente. Siempre he sabido que soy como radical, pero no sabía que era tan determinista. A veces no veo tintas, no admito opciones. Otra cosa recientemente comprendida es mi desconocimiento y desinterés por el mundo real, por el día a día, por las noticias. Son cosas graves…

–Uy, ¿y algo positivo?

–He sentido que di un salto de penosa a osada. Ah, y creo realmente haber desarrollado algún tipo de inteligencia emocional. ¡Realmente me llena de alegría seguir descubriéndome!

–Dentro de los cambios, ¿qué permanece?

–Lo más arraigado: mi impulsividad, mi determinismo, mi rechazo a los cambios, mi capacidad para enrollarme, mi indiscreción y mi no tan aguzado sentido común. Pero también, por suerte, mi pasión, mi idealismo, mi afán por promover el bien y mi deslumbramiento con la verdad y el mundo.

–Por último, ¿un sueño?

–EL (entonación nítida) sueño es ver a mi familia y mis amigos felices, despertar cerca de Robi y comer papas fritas para siempre.

Se inclinó para levantarse y, ya de pie, su primer paso incluyó a ambas; a la que preguntaba y a la que respondía, a la infantil y a la reflexiva, a la creativa y a la impulsiva, a la dulce y a la apasionada… En ese instante, sonrieron. En el siguiente, también.

Mordida (parte final)

Paula leyó los mensajes. El del chivúo decía así: “Sé lo que estás haciendo, Paula P()7@. Cuídate de mí”. El de Andrea decía esto: “Pau, Víctor está muy misterioso. No sé qué le pasa. Él estuvo con ustedes el día del chivúo. Creo que eso tiene que ver con su misterio. Si sabes de algo, avísame”. Paula tiró el teléfono en el chifonier y se tiró en la cama exhausta.

Noelia había advertido a Andrea sobre la llegada del chivúo de Belice, también le había dicho que no confiaba en Víctor porque lo llamó para advertirle y él le salió con esquivas. Pero en su mente sabía que algo no estaba bien. Como siempre, Noe, tenía un presentimiento de que algo iba mal y que ella podía solucionarlo, pero no sabía cómo. Había pensado en denunciar al chivúo a la policía, pero ¿por qué? Si él no había hecho nada. Apenas, estando borracho, les había dicho que los iba a matar a todos. Todo porque ese día, en esos chinos chacaeros de Víctor, Noelia le dijo que no le gustaban las arañas. Entonces el chivúo se molestó porque era coleccionista de arañas raras y le lanzó una Smirnoff a Noelia que no le hizo daño porque su tiro fue desviado. Sólo mojó a Gaby y a Leo Riera. Gaby dijo: “Chivúo, cálmate” y Leo: “¿Tú eres mamahuevo o qué?”. Entonces el Chivúo se paró de la mesa y se fue; en el camino empujó a un chino y salió. Un segundo después salió Víctor tras él. A Noe le pareció rarísimo. Cuando Víctor regresó todos le preguntaron que qué fue a hacer y Víctor dijo que había ido a devolverle el celular que había dejado en la mesa. Nadie le prestó más atención a esto, salvo Noelia. A ella le pareció que Víctor andaba en algo raro, pero le dio el beneficio de la duda así que trató de olvidarse del asunto.

Ahora que Noelia se acordaba de estas cosas pensó que lo mejor era ir a ver a Víctor. Lo llamó y textió y nada. Así que llamó a sus amigos del grupo, entre ellos a Andrea que luego, como sabemos, le escribió a Paula en la noche, porque ella no sabía que Noelia ya la había llamado antes.

El día.

El día de la muerte de Leo Riera, Andrea estaba como todos los días en su colegio bajo la mata con un libro haciéndose la dormida o durmiendo de verdad. De camino al árbol había visto muchas arañas: de diversos colores y tipos. Así que pensó que su sueño podría ser de arañas de colores. Pero esta vez su sueño no fue interrumpido por Noelia, sino por el Chivúo que la miraba fijamente.

Un par de horas después, Leo Riera entró a la panadería, pidió dos canillas y murió instantáneamente. Noelia, quien iba en su búsqueda para advertirle lo que estaba pasando lo encontró muerto en el piso. Lloró, pegó un grito de desesperación y sufrió la muerte de su amigo. Vio hacia todos los lados y le pidió clemencia a Dios. Leo Riera estaba frío y pálido en sus brazos en el piso de la panadería del portugués. Noelia sintió una punzada en su cabeza y vio a lo lejos, en la multitud, a Víctor Cuotto Drax caminando entre la gente fuera del local. Noelia dejó a Leo tirado en el piso y corrió tras Víctor. Él corría también cruzando cuadras, adentrándose en callejones, saltando charcos y pasando por calles cada vez más oscuras. Noelia no sabía si Víctor estaba huyendo de ella o estaba persiguiendo algo. En una esquina escuchó que Víctor se había detenido una cuadra más adelante y que alguien lo saludaba. Se quedó escuchando.

- Tenemos que actuar rápido, Víctor.– Noelia reconoció una voz familiar, masculina, pero no pudo definir con exactitud de quién era.

- Sí, se dio cuenta de todo. Es probable que me haya seguido y sepa de nosotros.

- ¿Tú eres pendejo? ¿Cómo vas a venir para acá después de eso?

- No tenía otro sitio a dónde ir, Chivúo.– a Noelia se le erizaron algunos pelos de la nuca– Ahora tenemos que irnos. –Ella no sabía qué hacer si salir corriendo y olvidar todo o quedarse a escuchar qué otras cosas decían. Al final su curiosidad pudo más.

- De ninguna manera, nadie se moverá – dijo una voz que venía entrando. Noelia reconoció inmediatamente que era la voz de Paula.

- Derribémosla, Víctor. –dijo el Chivúo.

Entonces se escucharon pasos y sonidos de lucha. A Noelia, desde su escondite se le pasaron muchas cosas por la cabeza. Sentía miedo, pero también molestia por lo que le estaban haciendo a su amiga. Su mente dudaba muchísimo, sentía que podía jugarse la vida. Escuchó el gatillo de una pistola y no lo dudó más; respiró profundo, tomó ánimos y, como quién va a salvar el mundo en una película de Hollywood (con la misma cara que puso Bruce Willis cuando se quedó solo en el meteorito en Armagedón mientras Ben Affleck lo veía con arrechera con ganas de salvar al mundo también), salió de su esquina y con los ojos cerrados, sin haber visto nada aún, dijo: “Alto ahí”.

Abrió los ojos. Andrea Gómez había despertado de un sueño como el de la otra vez, pero esta oportunidad tenía al chivúo frente a sí. Ella sintió muchas sensaciones a la vez: miedo, soledad y sorpresa: “Wow, qué finas son las recostadas en esta mata, en dos días me ha despertado gente bien rara”. En una conversación de gestos y silencios, Andrea le dijo que tenía miedo por su presencia, que qué hacía aquí. Andrea pensó que si moriría en este instante no estaría tan mal, porque el lugar era perfecto. El chivúo leyó los gestos de Andrea y se sentó en la grama frente a ella y, sin que ninguno hubiera dicho una palabra aún, éste sacó un frasco de compota gigante, más bien como de mayonesa que tenía una araña adentro. La sacó en la palma de su mano y la estiró hasta el espacio de Andrea.

-Tiene muchos colores –dijo Andrea tratando de romper el hielo, pero su voz dejó notar lo nerviosa que estaba.

–Tranquila, ella te mataría con su mordisco instantáneamente.

Noelia abrió los ojos. Paula tenía una pistola en cada mano y el Chivúo y Víctor estaban a tres metros de distancia siendo apuntados directamente.

–Noe, es la única forma. Ellos mataron a Leo Riera.

–Pau, son nuestros amigos. No lo hagas.

*

Esta es una araña de Belice. Yo he sido coleccionista de arañas muchos años antes de que me fuera a vivir allá. Fui a Belice a buscar esta araña que allá abunda. Quería un par para mi colección –Andrea recordó The Dark Night y toda la historia que el Guasón contaba antes de asesinar a alguien.

*

–También mataron a Andrea, Noelia.

–¡Todo es mentira! –dijo el Chivúo escupiendo.

Noelia cerró los ojos.

Sonó un disparo. Pero como en las películas de Hollywood el disparo fue del que menos uno se lo esperaba. Este disparo no había sonado como cualquier disparo. Era como el disparo de una pistola con un silenciador echado a perder.

Cuando Noelia abrió los ojos vio a Paula en el piso y a Andrea Gómez con una pistola muy cerca de ahí. Noelia agarró las pistolas que Paula dejó caer y apuntó con ellas a Víctor y al chivúo con una y con la otra hizo que Andrea se moviera hacia donde estaban los otros.

–Noelia, no es lo que tú crees –dijo Andrea.

–¡TÚ MATASTE A PAULA! –gritó Noelia.

No está muerta –dijo tranquilamente Víctor.

*

–Tranquila, Andrea, no he venido a hacerte daño. Puedes calmarte.

–Entonces, ¿a qué has venido? –dijo Andrea pudiendo respirar nuevamente.

–En mi colección tengo muchísimas arañas, y mi casa está repleta de peceras que crecen en un medio ambiente agrabable para ellas. Trato con todas mis fuerzas que tengan una vida feliz, y como soy muy feliz viéndolas, no puedo dejarlas ir. Mis arañas son lo más importante en mi vida. Sus venenos, que colecciono, son tan raros como los colores y la variedad de ellas. Hay venenos como el de esta araña de Belice que te puede matar en un instante. Hay otros venenos que te pueden dejar ciega o inválida. Otros que actúan en tu mente matándote, pero dejándote con vida.

–¿Cómo es eso?, no entiendo. –Andrea ya sentía confianza con el chivúo.

–Pues, actúa como una droga. Primero te hace muy feliz, después te da la necesidad de inyectarte más este veneno, pero como es de la mordida de una araña no se puede conseguir en ningún lado, así que te debilita mentalmente y te vuelve loco. Te convierte en una cosa que no eras o eres. Luego el veneno te domina y borra todo de ti y te convierte en una persona malvada que toma decisiones apresuradas e incorrectas –escuchó Andrea atentamente.

–¿Y entonces qué hay con todo eso?

–Bueno, cuando llegué de Belice invité a Paula a mi casa para que conociera las arañas, pero un desafortunado accidente provocó que una araña la mordiera y era esta araña que vuelve loca a la gente. Como yo no conocía ningún remedio instantáneo y sabiendo lo que podía ocurrir la llevé inmediatamente al hospital y me regresé a mi casa para acomodar el desastre y evitar que otra araña escapara –escuchaba ahora Noelia la repetición del cuento que contaba el chivúo, esta vez entre callejones oscuros y esquinas–. Al día siguiente cuando regresé al hospital, Paula no estaba. Los médicos dijeron que no supieron cómo escapó. Pasé dos días pensando en dónde estaría, la llamé, pasé por su casa, pero no aparecía. No llamé a ninguno de ustedes porque no quería preocuparlos, además no sabía si podían confiar en mí después de aquella última despedida en los chinos de Chacao. Ahora me disculpo, no sabía que Leo Riera moriría por esto. Bueno, un día regresé a mi casa y Paula estaba esperándome en la sala. Estaba súper cambiada y tenía en un frasco de mayonesa a una de mis arañas de Belice. Dijo que quería matarme y lanzó el frasco con fuerza contra mis pies en el piso tratando de que se rompiera y la araña me mordiera y yo muriera inmediatamente. Gracias a Dios la locura de Paula no la hizo ver que el pote de mayonesa era de plástico y no de vidrio. Después de eso escapó y no la vi más. Entonces llamé a Víctor y le conté todo. Era el único en que podía confiar de ustedes. Él me devolvió mi celular aquél día en que yo estaba locamente borracho y te dije ciertos improperios, Noelia, discúlpame. Entonces empezamos a cazar a Paula, pero nunca la encontrábamos, no queríamos que cometiera más locuras. Pero entonces al parecer descubrió que la estábamos cazando y te llamó a ti y a Víctor, convirtiéndome en el malo de cuento. Pero gracias a eso Andrea Gómez se salvó, porque el mismo día que tú te le apareciste en el San Ignacio, Paula estaba con una araña a punto de matarla, si no hubiera sido por ti Andrea hubiera muerto. Desde ese día Víctor y yo supimos que teníamos que hacer algo, así que al día siguiente salí a darles dardos paralizantes a todos ustedes. Les di a Geraldo, Samar, Gabriela y a Andrea. Víctor le dio a Bejarano, Camacho y Jessica, luego iba por Leo Riera y más tarde por ti, pero se encontró con que Paula había asesinado a Leo con el veneno de una araña. Así supimos que con su locura descubrió cómo extraer el veneno sin hacerse daño. Víctor y yo desarrollamos un antídoto para Paula. Por eso no contestaba el teléfono ni tenía tiempo para responder mensajes de texto.

–Ese antídoto deberíamos inyectarlo antes de que se despierte y quiera asesinarnos a todos de nuevo­ –finalizó Noelia un poco aliviada, pero triste por la partida de su amigo.