miércoles, 14 de octubre de 2009

Plano contraplano

Por Gabriela Valdivieso y Gabriela Valdivieso

–¿Jura decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad?

–Lo juro.

–Procedemos entonces: Señorita Gabriela Valdivieso, ¿un Seven up o una Seven up?

–¿Ah?, ¿que si quiero una Seven up?

–No, listo. ¿Cuál es tu canción favorita?

–¡Ah, ya entendí!, digo una Seven up, no un Seven up. Ajá, um, ¿y una canción? Siempre amé In my head, de No doubt. Es un poco extraño, pero me identifico con la sensación de desconfianza y estrés de la canción. Bueno, y ni hablar del ritmo, es enviciante.

–Ah, ya veo, ¿a qué le temes?

–Al hambre. Pero pensándolo bien no es propiamente al hambre, pues mal que bien se aguanta un poco. Mi aversión es hacia el desconocimiento del momento de comer o hacia la imposibilidad de hacerlo cuando realmente lo necesite. ¿Entiendes? Es algo así como que me llena de ansiedad pensar en quedarme sin comer y sin forma de resolverlo. De allí que siempre tenga alguna galleta María encima y que siempre esté previendo mis próximas comidas. Logro así evitar...

–¿...el miedo al miedo al hambre?

–¡Eso!, ¡eso es exactamente lo que tengo!, me aterra sentir ese terror por sentir hambre.

–¿Alguna curiosidad de tu cuerpo?

(Se muerde la boca) Um... bueno, tengo muchas cicatrices de caídas, ¡ah, pero ya sé! ¿Curiosidades? Tengo un lunar con forma cuadrada en mi barriga. Es conocida en mi familia como mi bistec. Y tengo en la pierna una ¿mancha?, algo así, roja que siempre consideraré mágica. Si la presionas muy muy fuerte desaparece completamente y entonces reaparece sola. ¡Ah, sí! Y mi hermana descubrió que tengo un corazón en la frente, y es que cuando me recojo el cabello se ve clarito. La línea del inicio de mi cabello en el centro de la frente dibuja la parte superior de un corazón, ¿ves? (Se recoge el cabello y muestra lo descrito).

(Risas) ¡Qué curioso! ¿Te identificas con algún personaje?

–Esa es fácil, ¡Amèlie! ¡Toda ella!

–Dime una pasión que tengas.

–Escribir, más, escribirme.

–¿Una adicción?

–La mayonesa (se apena).

(Risas) ¿Y algún tema que te obsesione?

–La verdad.

–¿La verdad?

Vivo pensando y escribiendo sobre ella. Necesito, tarde o temprano, encontrar el modo de explicar al otro satisfactoria y claramente que la verdad es una, aunque las interpretaciones sean miles y aunque la dificultad por conocerla sea inmensa. Más allá de realidades evidentes, las no evidentes son igual de verídicas y tienen igual potencialidad de ser alcanzadas y comunicadas.

–Interesante, oye, veo que mueves mucho las manos, ¿tienes alguna otra costumbre peculiar?

–Sí, muevo las manos más o menos frenéticamente y hablo rápido... Ah, pero podría decirte que tiendo a inventar palabras y mezclar terminaciones. Sí, soy la Comunicadora Social que en su defensa de tesis dijo que la experiencia había sido muy "nutriciosa".


(Risa) ¿Te has imaginado quién podrías haber sido en una vida pasada?

–¡De hecho! Desde cuarto año soñaba con que había sido nada menos que Sócrates, pero luego en la Universidad mi mejor amigo me dio una posible procedencia menos gloriosa: que yo era una lechuga, y que me comieron tan salvajemente que en esta vida no ingiero frutas, verduras o vegetales.

(Risas) ¿De verdad…? Hey, olvidé preguntarte, ¿prefieres el papel lustrillo o el de construcción?

–¿Cómo? (Risas) Bueno, prefiero el lustrillo. Sus colores son más saturados, más fuertes, ¡más vivos!

–¡De hecho! Dime, ¿cuál es tu frase favorita?

–Tengo dos. Siempre me sentí muy cercana a una de Sócrates: "En vez de cárceles, escuelas". Y la otra es de Cesáreo Banderas, analista de la obra Don Quijote de la Mancha, dice: “Cervantes excluye lo sobrenatural porque incluirlo sería negar que la realidad es extraordinaria”. Estaré eternamente conmovida por estas palabras porque las creo desde cada fibra: la realidad es extraordinaria. En todo sentido.

–Espera espera, ¿qué tipo de luz prefieres, blanca o amarilla?

–¿Ah? Da igual. Bueno, no no, mentira. La blanca es genial para leer pero me he acostumbrado a la amarilla, creo que no podría tener todo de blanco. En parte porque duele mucho más la vista observar una luz blanca que amarilla, aunque también es verdad que…

–¡Ah!, ¿y tienes algo que no te quites?

–Sí, esta pulsera de tela. (Acerca la muñeca derecha) Es un regalo de mi persona.

–Dime una gran alegría de este año.

–¡Terminarlo en Venezuela!

–¿Una gran decepción?

–¡Shakira!

(Risas) ¿Palabras que odias?

–Ecléctico, pseudo y onírico. También sinergia y alcance. Ah, y motivación, inconsciente y madurez. En fin, odio la jerga pretensiosa, corporativa y psicológica. Reconozco que he juzgado a personas en primeras impresiones por usar estas palabras.

(Risas) ¿Y qué determina que una persona te caiga bien en una primera impresión?

–Es como emocional. Busco la energía. Me cae bien quien física y emocionalmente parezca sincero, abierto y cálido. Amo conocer gente habladora y comunicativa. Me encanta la gente que de alguna manera confía y busca empatizar. Es difícil de explicar.

–Creo entenderte (sonríe) ¿características recientemente descubiertas?

–De hecho, he descubierto mucho de mí últimamente. Siempre he sabido que soy como radical, pero no sabía que era tan determinista. A veces no veo tintas, no admito opciones. Otra cosa recientemente comprendida es mi desconocimiento y desinterés por el mundo real, por el día a día, por las noticias. Son cosas graves…

–Uy, ¿y algo positivo?

–He sentido que di un salto de penosa a osada. Ah, y creo realmente haber desarrollado algún tipo de inteligencia emocional. ¡Realmente me llena de alegría seguir descubriéndome!

–Dentro de los cambios, ¿qué permanece?

–Lo más arraigado: mi impulsividad, mi determinismo, mi rechazo a los cambios, mi capacidad para enrollarme, mi indiscreción y mi no tan aguzado sentido común. Pero también, por suerte, mi pasión, mi idealismo, mi afán por promover el bien y mi deslumbramiento con la verdad y el mundo.

–Por último, ¿un sueño?

–EL (entonación nítida) sueño es ver a mi familia y mis amigos felices, despertar cerca de Robi y comer papas fritas para siempre.

Se inclinó para levantarse y, ya de pie, su primer paso incluyó a ambas; a la que preguntaba y a la que respondía, a la infantil y a la reflexiva, a la creativa y a la impulsiva, a la dulce y a la apasionada… En ese instante, sonrieron. En el siguiente, también.

Mordida (parte final)

Paula leyó los mensajes. El del chivúo decía así: “Sé lo que estás haciendo, Paula P()7@. Cuídate de mí”. El de Andrea decía esto: “Pau, Víctor está muy misterioso. No sé qué le pasa. Él estuvo con ustedes el día del chivúo. Creo que eso tiene que ver con su misterio. Si sabes de algo, avísame”. Paula tiró el teléfono en el chifonier y se tiró en la cama exhausta.

Noelia había advertido a Andrea sobre la llegada del chivúo de Belice, también le había dicho que no confiaba en Víctor porque lo llamó para advertirle y él le salió con esquivas. Pero en su mente sabía que algo no estaba bien. Como siempre, Noe, tenía un presentimiento de que algo iba mal y que ella podía solucionarlo, pero no sabía cómo. Había pensado en denunciar al chivúo a la policía, pero ¿por qué? Si él no había hecho nada. Apenas, estando borracho, les había dicho que los iba a matar a todos. Todo porque ese día, en esos chinos chacaeros de Víctor, Noelia le dijo que no le gustaban las arañas. Entonces el chivúo se molestó porque era coleccionista de arañas raras y le lanzó una Smirnoff a Noelia que no le hizo daño porque su tiro fue desviado. Sólo mojó a Gaby y a Leo Riera. Gaby dijo: “Chivúo, cálmate” y Leo: “¿Tú eres mamahuevo o qué?”. Entonces el Chivúo se paró de la mesa y se fue; en el camino empujó a un chino y salió. Un segundo después salió Víctor tras él. A Noe le pareció rarísimo. Cuando Víctor regresó todos le preguntaron que qué fue a hacer y Víctor dijo que había ido a devolverle el celular que había dejado en la mesa. Nadie le prestó más atención a esto, salvo Noelia. A ella le pareció que Víctor andaba en algo raro, pero le dio el beneficio de la duda así que trató de olvidarse del asunto.

Ahora que Noelia se acordaba de estas cosas pensó que lo mejor era ir a ver a Víctor. Lo llamó y textió y nada. Así que llamó a sus amigos del grupo, entre ellos a Andrea que luego, como sabemos, le escribió a Paula en la noche, porque ella no sabía que Noelia ya la había llamado antes.

El día.

El día de la muerte de Leo Riera, Andrea estaba como todos los días en su colegio bajo la mata con un libro haciéndose la dormida o durmiendo de verdad. De camino al árbol había visto muchas arañas: de diversos colores y tipos. Así que pensó que su sueño podría ser de arañas de colores. Pero esta vez su sueño no fue interrumpido por Noelia, sino por el Chivúo que la miraba fijamente.

Un par de horas después, Leo Riera entró a la panadería, pidió dos canillas y murió instantáneamente. Noelia, quien iba en su búsqueda para advertirle lo que estaba pasando lo encontró muerto en el piso. Lloró, pegó un grito de desesperación y sufrió la muerte de su amigo. Vio hacia todos los lados y le pidió clemencia a Dios. Leo Riera estaba frío y pálido en sus brazos en el piso de la panadería del portugués. Noelia sintió una punzada en su cabeza y vio a lo lejos, en la multitud, a Víctor Cuotto Drax caminando entre la gente fuera del local. Noelia dejó a Leo tirado en el piso y corrió tras Víctor. Él corría también cruzando cuadras, adentrándose en callejones, saltando charcos y pasando por calles cada vez más oscuras. Noelia no sabía si Víctor estaba huyendo de ella o estaba persiguiendo algo. En una esquina escuchó que Víctor se había detenido una cuadra más adelante y que alguien lo saludaba. Se quedó escuchando.

- Tenemos que actuar rápido, Víctor.– Noelia reconoció una voz familiar, masculina, pero no pudo definir con exactitud de quién era.

- Sí, se dio cuenta de todo. Es probable que me haya seguido y sepa de nosotros.

- ¿Tú eres pendejo? ¿Cómo vas a venir para acá después de eso?

- No tenía otro sitio a dónde ir, Chivúo.– a Noelia se le erizaron algunos pelos de la nuca– Ahora tenemos que irnos. –Ella no sabía qué hacer si salir corriendo y olvidar todo o quedarse a escuchar qué otras cosas decían. Al final su curiosidad pudo más.

- De ninguna manera, nadie se moverá – dijo una voz que venía entrando. Noelia reconoció inmediatamente que era la voz de Paula.

- Derribémosla, Víctor. –dijo el Chivúo.

Entonces se escucharon pasos y sonidos de lucha. A Noelia, desde su escondite se le pasaron muchas cosas por la cabeza. Sentía miedo, pero también molestia por lo que le estaban haciendo a su amiga. Su mente dudaba muchísimo, sentía que podía jugarse la vida. Escuchó el gatillo de una pistola y no lo dudó más; respiró profundo, tomó ánimos y, como quién va a salvar el mundo en una película de Hollywood (con la misma cara que puso Bruce Willis cuando se quedó solo en el meteorito en Armagedón mientras Ben Affleck lo veía con arrechera con ganas de salvar al mundo también), salió de su esquina y con los ojos cerrados, sin haber visto nada aún, dijo: “Alto ahí”.

Abrió los ojos. Andrea Gómez había despertado de un sueño como el de la otra vez, pero esta oportunidad tenía al chivúo frente a sí. Ella sintió muchas sensaciones a la vez: miedo, soledad y sorpresa: “Wow, qué finas son las recostadas en esta mata, en dos días me ha despertado gente bien rara”. En una conversación de gestos y silencios, Andrea le dijo que tenía miedo por su presencia, que qué hacía aquí. Andrea pensó que si moriría en este instante no estaría tan mal, porque el lugar era perfecto. El chivúo leyó los gestos de Andrea y se sentó en la grama frente a ella y, sin que ninguno hubiera dicho una palabra aún, éste sacó un frasco de compota gigante, más bien como de mayonesa que tenía una araña adentro. La sacó en la palma de su mano y la estiró hasta el espacio de Andrea.

-Tiene muchos colores –dijo Andrea tratando de romper el hielo, pero su voz dejó notar lo nerviosa que estaba.

–Tranquila, ella te mataría con su mordisco instantáneamente.

Noelia abrió los ojos. Paula tenía una pistola en cada mano y el Chivúo y Víctor estaban a tres metros de distancia siendo apuntados directamente.

–Noe, es la única forma. Ellos mataron a Leo Riera.

–Pau, son nuestros amigos. No lo hagas.

*

Esta es una araña de Belice. Yo he sido coleccionista de arañas muchos años antes de que me fuera a vivir allá. Fui a Belice a buscar esta araña que allá abunda. Quería un par para mi colección –Andrea recordó The Dark Night y toda la historia que el Guasón contaba antes de asesinar a alguien.

*

–También mataron a Andrea, Noelia.

–¡Todo es mentira! –dijo el Chivúo escupiendo.

Noelia cerró los ojos.

Sonó un disparo. Pero como en las películas de Hollywood el disparo fue del que menos uno se lo esperaba. Este disparo no había sonado como cualquier disparo. Era como el disparo de una pistola con un silenciador echado a perder.

Cuando Noelia abrió los ojos vio a Paula en el piso y a Andrea Gómez con una pistola muy cerca de ahí. Noelia agarró las pistolas que Paula dejó caer y apuntó con ellas a Víctor y al chivúo con una y con la otra hizo que Andrea se moviera hacia donde estaban los otros.

–Noelia, no es lo que tú crees –dijo Andrea.

–¡TÚ MATASTE A PAULA! –gritó Noelia.

No está muerta –dijo tranquilamente Víctor.

*

–Tranquila, Andrea, no he venido a hacerte daño. Puedes calmarte.

–Entonces, ¿a qué has venido? –dijo Andrea pudiendo respirar nuevamente.

–En mi colección tengo muchísimas arañas, y mi casa está repleta de peceras que crecen en un medio ambiente agrabable para ellas. Trato con todas mis fuerzas que tengan una vida feliz, y como soy muy feliz viéndolas, no puedo dejarlas ir. Mis arañas son lo más importante en mi vida. Sus venenos, que colecciono, son tan raros como los colores y la variedad de ellas. Hay venenos como el de esta araña de Belice que te puede matar en un instante. Hay otros venenos que te pueden dejar ciega o inválida. Otros que actúan en tu mente matándote, pero dejándote con vida.

–¿Cómo es eso?, no entiendo. –Andrea ya sentía confianza con el chivúo.

–Pues, actúa como una droga. Primero te hace muy feliz, después te da la necesidad de inyectarte más este veneno, pero como es de la mordida de una araña no se puede conseguir en ningún lado, así que te debilita mentalmente y te vuelve loco. Te convierte en una cosa que no eras o eres. Luego el veneno te domina y borra todo de ti y te convierte en una persona malvada que toma decisiones apresuradas e incorrectas –escuchó Andrea atentamente.

–¿Y entonces qué hay con todo eso?

–Bueno, cuando llegué de Belice invité a Paula a mi casa para que conociera las arañas, pero un desafortunado accidente provocó que una araña la mordiera y era esta araña que vuelve loca a la gente. Como yo no conocía ningún remedio instantáneo y sabiendo lo que podía ocurrir la llevé inmediatamente al hospital y me regresé a mi casa para acomodar el desastre y evitar que otra araña escapara –escuchaba ahora Noelia la repetición del cuento que contaba el chivúo, esta vez entre callejones oscuros y esquinas–. Al día siguiente cuando regresé al hospital, Paula no estaba. Los médicos dijeron que no supieron cómo escapó. Pasé dos días pensando en dónde estaría, la llamé, pasé por su casa, pero no aparecía. No llamé a ninguno de ustedes porque no quería preocuparlos, además no sabía si podían confiar en mí después de aquella última despedida en los chinos de Chacao. Ahora me disculpo, no sabía que Leo Riera moriría por esto. Bueno, un día regresé a mi casa y Paula estaba esperándome en la sala. Estaba súper cambiada y tenía en un frasco de mayonesa a una de mis arañas de Belice. Dijo que quería matarme y lanzó el frasco con fuerza contra mis pies en el piso tratando de que se rompiera y la araña me mordiera y yo muriera inmediatamente. Gracias a Dios la locura de Paula no la hizo ver que el pote de mayonesa era de plástico y no de vidrio. Después de eso escapó y no la vi más. Entonces llamé a Víctor y le conté todo. Era el único en que podía confiar de ustedes. Él me devolvió mi celular aquél día en que yo estaba locamente borracho y te dije ciertos improperios, Noelia, discúlpame. Entonces empezamos a cazar a Paula, pero nunca la encontrábamos, no queríamos que cometiera más locuras. Pero entonces al parecer descubrió que la estábamos cazando y te llamó a ti y a Víctor, convirtiéndome en el malo de cuento. Pero gracias a eso Andrea Gómez se salvó, porque el mismo día que tú te le apareciste en el San Ignacio, Paula estaba con una araña a punto de matarla, si no hubiera sido por ti Andrea hubiera muerto. Desde ese día Víctor y yo supimos que teníamos que hacer algo, así que al día siguiente salí a darles dardos paralizantes a todos ustedes. Les di a Geraldo, Samar, Gabriela y a Andrea. Víctor le dio a Bejarano, Camacho y Jessica, luego iba por Leo Riera y más tarde por ti, pero se encontró con que Paula había asesinado a Leo con el veneno de una araña. Así supimos que con su locura descubrió cómo extraer el veneno sin hacerse daño. Víctor y yo desarrollamos un antídoto para Paula. Por eso no contestaba el teléfono ni tenía tiempo para responder mensajes de texto.

–Ese antídoto deberíamos inyectarlo antes de que se despierte y quiera asesinarnos a todos de nuevo­ –finalizó Noelia un poco aliviada, pero triste por la partida de su amigo.

Los once discípulos

Por Guillermo Geraldo

–Comisario Rogelio, al parecer el individuo se trasladaba en un vehículo Chevrolet C-31 con cava de refrigeración. Iba camino Barinas-Mérida, de hecho ya se encontraba rodando páramo arriba y estaba amaneciendo, ¡bueno, jefe, usted sabe ese frío arrecho que empieza a pegar subiendo por esa montaña! Como le decía, iba rodando entre curvas serpentinas de aquella carretera, cuando se le atravesó una señora ¡al fin y al cabo, mujer al volante! Y bueno, el muchacho se la llevó por delante ¡Un Mazda 6 nuevecito! El choque no fue nada del otro mundo. Sin embargo, cuenta la señora que quiso esperar a tránsito y que el muchacho le ofreció unos buenos reales, pero que ella insistió en esperar. Había algo raro en esa vaina, el chamo empezó como que a perder la paciencia, a molestarse ¿no se iba a molestar, jefe? Por suerte llegamos justo a tiempo e inspeccionamos el choque. Por pura casualidad ¡vainas de nosotros los policías! le pregunté qué llevaba en la cava de atrás, contestó con completa serenidad “seis muertos, seis cadáveres”. Coño, los ojos y el corazón me dieron un brinco, inmediatamente le ordené que procediera a abrir la compuerta y efectivamente había seis cuerpos ¡Habían unos muchachos y hasta unas muchachas, toítas de cara bien bonita todavía, eso sí, tenían el cuerpo destrozado, ¡varios estaban abiertos! Procedí a ponerle las esposas, no ejerció ningún tipo de resistencia o fuerza y bueno, ya está aquí en la comisaría. Sólo esperábamos que usted llegara, investigación criminalística se quedó allá inspeccionando y recopilando evidencias.

–Buen trabajo, González, excelente intuición, hiciste lo correcto, gocho. Voy a entrar.

–Ya había pasado el medio día, un vaso de agua y unos cigarrillos se encontraban sobre el escritorio apuntado desde el techo por una lámpara que colgaba en aquel cuarto amplio y de piso de granito. Ahí estaba yo, meditando el título de mi delirante historia, cuando entró un tipo de chaqueta, lentes oscuros y bien peinado.

–¿Guillermo Eduardo Geraldo Rodríguez, venezolano, cédula de identidad veintidós millones veintinueve mil doscientos treinta y ocho?

–Sí, ¡buenas tardes, bonito día!

–Soy el comisario Rogelio Parra. A partir de este momento sólo hablará para responder a mis preguntas, aquí estaremos muy poquito tiempo o hasta la madrugada, dependiendo de su cooperación, así que hágalo rápido que no estoy de humor para trabajar hoy ¿entendido?

–Entendido.

–¿Qué hacía usted en carretera con seis muertos en un auto? Usted estaba al tanto de esto, según mis colegas.

–Era mi primer día de clases en la escuela de letras de la UCV, mi mente estaba concentrada en un sólo objetivo, conseguir una chica. Desde ese primer día, el maldito de Leo fue protagonista. Podía observar cómo las chicas lo miraban en clases y no se podían concentrar en más nada que no fuera él, incluso los profesores parecían hechizados, hasta lo dejaban fumar en el salón. Los días fueron pasando, y mi sueño por una femenina se nublaba clase tras clase. Las chicas no se atrevían a saludarme, les daba asco por mi cara minada de pepas debido al acné. Leo, Leo y más Leo; lo escuchaba hablando de cómo se follaba a las chicas cuando se iba de parranda. La envidia se apoderaba de mí, cada día lo odiaba más, aunque nunca antes como el día que salió ganador del segundo lugar de la categoría de jóvenes del I Rally Metropolitano. Yo tenía esperanzas de ganar, pero Leo, Leo de nuevo, siempre Leo. Quería escribir una historia donde Leo no opacara mi talento. Debía escribir una historia deslumbrante, que sellara mi absoluta gloria.

Era jueves. No tendríamos clases hasta el lunes, era el puente perfecto para viajar a la playa. Los muchachos del salón viajarían hasta Morrocoy, no era gran sorpresa (siempre se divertían rumbeando, yendo a la playa y teniendo sexo), la sorpresa fue que me invitaron a viajar con ellos. Realmente sólo querían que llevase la comida y las maletas en mi camioneta con cava, para ellos ir juntos en sus carros. Aparte sabían que tenía una lancha en Morrocoy, por eso también me invitaron, pero no me importaba, igual estaba contento. Al fin y al cabo no me excluían esta vez.

Pasamos el primer día en Cayo Sombrero. En la noche los chicos un poco ebrios querían aventurar por el lugar. Samar me pidió con dulzura, acariciando mi cuello, que los llevara en mi lancha de paseo. En eso Moisés interrumpió para aclarar que lo hiciéramos en un par de horas. Caminé por la playa alucinando por el increíble cosquilleo que dejó el tacto de sus manos de seda en mi cuello. Estaba seguro que estaba enamorada de mí, regresé a las carpas y mis ojos captaron cómo todos se besaban, fumaban marihuana y la pasaban de lo lindo. Y Samar, increíble, estaba con Leo. Lo odiaba, lo odiaba mil veces más que el día que recibió su diploma del I Rally de Escritores. Moisés tuvo el descaro de ordenarme llevarlos a pasear. Los más sobrios cogieron linternas y sus trajes para bucear, Leo, Víctor, Samar y Jessi decidieron quedarse, mientras que las tocayas Gabriela, Andrea, Paula, Moisés, Ricardo y Noelia subieron a bordo junto a mí.

El mar se encontraba manso y sereno, parecía un plato de lo estable de la marea, sólo perturbada por el motor de la lancha. Ricardo, Paula, Noelia y Andrea pidieron que las dejase en un cayo durante un tiempo. Acordamos que al terminar la jornada de buceo nocturno pasaría por ellos. Las dos Gabriela y Moisés, resteados a bucear, se sumergieron en el agua. Yo decidí quedarme con la excusa de cuidar la lancha, pero realmente estaba molesto con todos, solo quería que desaparecieran de mi vista para siempre.

Trascurrido un cuarto de hora, más allá de una tentación maldita, vi como una bendición milagrosa: la aleta de aquel tiburón rondando por el lugar. Increíblemente ninguno de los sumergidos en el agua lo percataron, quizá se encontraban aún más profundo del feroz animal. Sabía que tendrían unos quince minutos más para estar bajo las aguas, pues el oxígeno se agotaría. Esperé durante un tiempo, mientras lo que parecía un tiburón seguía rodando el lugar. Corté mis dedos y derramé abundante sangre en las saladas aguas pues se dice que la sangre despierta el instinto salvaje por comer de los tiburones. Tras ello, prendí el motor y me eché a andar a Cayo Pelón, donde se encontraban parte de los otros. En la lancha había comida, un arpón, una escopeta y bastante caña. Llamé a los muchachos en Cayo Pelón a que subieran para navegar hasta el campamento, pero estaban ebrios y felices, me insultaron y mandaron a la mierda, entonces bajé de la lancha con la escopeta, le disparé a Ricardo y a Noelia en el pecho. Andrea y Paula alcanzaron a correr, pero sus piernas se les hundían en la arena. Paula resbaló y disparé en su espalda, empapando de sangre la arena, mientras que Andrea corría a toda velocidad hacia la lancha. Desesperada gritaba por auxilio. Intentó prender el bote, pero yo tenía las llaves del motor, entonces nadó unos 10 metros, yo prendí el bote y arranqué agudizando mis ojos, la estuve cazando; en algún momento saldría a la superficie, se agotaría pronto, su cabeza salió del agua a tomar aire y la pillé, apunté rápidamente y su cabeza se volvió trizas al dispararle.

Estaba decidido a acabar con todos y lo estaba haciendo muy bien. Llegué a Cayo Sombrero de regreso con la ira y la sed de más sangre notable en mi cara, tanto así que Víctor se percató. Se dio cuenta al preguntar por los muchachos. Miraba a Leo de forma preocupante, mientras tanto las muchachas no entendían mucho eso de que los otros se habían quedado en Cayo Pelón. Creían que era mejor pasar la noche todos allá. Víctor corrió hacia mí gritando lo maldito que soy, pero antes disparé a Jessica en su estomagó. Ella cayó de rodillas con un grito ahogado de dolor. Me alegré, pero no había podido efectuar el tiro de Víctor aún. De pronto se lanzó encima y un dolor intenso me invadió luego de que tatuara un coñazo en mi ojo. Mientras forcejamos Samar corrió a ayudar a Víctor y Leo aprovechó para refugiarse y escapar. Logré empujar a Víctor y apartarlo un metro de mí, cogí el arpón y lo clavé en la garganta del quizás más intuitivo de todos. Samar entró en shock y se paralizó por unos momentos, luego intentó huir, pero la empujé. Caímos en la arena y la ahorqué hasta matarla.

Debía ahora encontrar a Leo antes de que se adentrara demasiado la noche, necesitaba recoger los cuerpos antes del amanecer, pero por los momentos éramos los únicos en aquellas playas. Caminé buscando a Leo, adentrándome a un pequeño bosque de palmeras que había en el lugar. Se me hacía difícil mirar entre los árboles, Leonardo salió repentinamente clavando un cuchillo en mi pierna. Fui demasiado estúpido al no prever que podía tener alguno. Hinqué mi rodilla derecha en el suelo. El dolor era insoportable y agudo. Leo me embistió a golpes, estaba sometido, pero mi odio cobró fuerzas. Mi odio hizo que surgiese una anestesia al dolor en mi cuerpo. Logré desprender el cuchillo de mi pierna, y apuñalé a Leo en todo el cuerpo hasta despedazarlo. Su boca era una cascada sangrienta, como sus ojos y heridas.

Entonces cogí todos los cuerpos muertos en tierra, los abrí hasta sacar parte de sus órganos, pues así se harían más ligeros a la hora de cargarlos hasta la camioneta. Ya camino a ésta con seis cuerpos en el bote, pude escuchar un grito desesperado de Gabriela V. Su cabeza se asomaba en el agua a unos veinte metros de de mí, distancia que me dispuse a eliminar. Aceleré con fuerza hasta que escuché el sonido fuerte y seco de su frente contra la proa.

Luego de la proeza estuve un día en un hotel curando mis heridas. Pretendía filetear los cuerpos y vender la carne a algún frigorífico lejos de Morrocoy.

Entonces, ¿qué le parece mi historia, comisario? Yo le pondré de título los once discípulos, digo maté a once, ¿le agrada?

martes, 13 de octubre de 2009

Mordida (primera parte)

Leo Riera entró a la panadería. Pidió dos canillas y murió al instante.

Dos días antes.

Victor Cuotto Drax estaba descansando en su casa de una intensa jornada de su Facultad de Derecho. Ese día decidió prender la computadora y ponerse a revisar el Facebook, como siempre hace cuando está muy cansado. A las once y media de la noche Víctor estaba acomodando todas sus cosas para irse a dormir, esperando volver a la rutina penal del día siguiente. Pero mientras se acomodaba, en el momento en que sacudía su cama de las micropartículas de polvo que hora a hora se quedan pegadas en la cama, en el instante en que daba una estocada con su sábana a los pobres ácaros indefensos, repicó el teléfono de su cuarto. Era muy extraño que sonara el teléfono a esa hora, pensó. Así que dudó en contestarlo. Vio el reloj y se fijó detenidamente en cómo los segundos avanzaban. Pensó en que sería algún compañero de la Facultad para preguntarle algo con respecto a alguna clase del día, pero no. Sus amigos siempre lo contactaban por Messenger y su sesión aún estaba abierta. ¿Quién será?, seguía pensando y seguía sonando el teléfono. Iban catorce repiques. Entonces contestó. Era Paula.

En el colegio, Andrea Gómez se pregunta en sus ratos de ocio por qué los edificios del Centro San Ignacio no cambian de colores de día como si fueran un gran arco iris, otras veces se va a hablar con algunas amigas de cosas de amigas. Otras veces, las mejores veces, se va sola por los jardines de su colegio; entonces busca un árbol frondoso y se sienta debajo, luego saca una novela y se imagina quedarse dormida y que despierta en un mundo aparte, dentro de la novela donde pasa ratos maravillosos, perfectos, mágicos hasta que viene a despertarla su hermano. Pero su hermano no estudia en el colegio ya. Sólo se lo imagina para que cuadre con la otra historia. Ese día de camino al árbol, Andrea vio una araña azul con naranja. Le pareció sicodélica. La araña no le hizo nada y ella tampoco. Aunque Andrea sintió una cosa extraña cuando la vio. Se echó en el árbol, sacó su libro de turno y empezó a leer y a quedarse dormida. A vivir fantasías en un mundo de ensueño. Todo era mágico, perfecto. Hasta que empezó a sentir movimientos en su pie, sentía que la estaban jalando. Luego le agarraron las manos. “Ya, Luis, déjame dormir, déjame dormir…”, dijo Andrea. Pero la seguían jalando. “Despiértate, Andrea, ven conmigo urgente” escuchó de la voz de una mujer. Abrió los ojos y vio a una mujer, una amiga que no había visto en mucho tiempo y que hubiera sido la última persona que se hubiera encontrado en un jardín del San Ignacio. “¿Cómo entraste, Noelia?”. Fue lo primero que dijo Andrea un poco extrañada y recién salida de un mágico sueño.

- Víctor, el chivúo regresó de Belice. Sólo te advierto eso. Está pendiente. Tús sabes cómo quedó aquel día que nos fuimos de los chinos. ¿Recuerdas?

- Sí, Noelia, se fue antes y no pudo conocerlo. Para entonces parecía un gran tipo.

- Sí, pero tú sabes que cambiaron las cosas después de que ella lo conoció. Ojalá Noelia no hubiera sido aracnofóbica.

- ¡Ya Paula! No menciones más eso. Tú sabes que él puede estar en cualquier lugar y nos puede estar escuchando. Hay que advertirles a los demás. Ahora voy a dormir. Gracias por avisarme.

Un día antes.

Un minuto después Paula escuchó que su celular anunciaba un mensaje. En la pantalla decía “Un mensaje de texto nuevo. El Chivúo”. No lo quiso leer inmediatamente y le dio a la tecla End. El teléfono sonó otra vez. Paula pensó que la estaban espiando. Se asustó mucho y miró por la ventana y sólo se escuchaba el bullicio caraqueño del este nocturno. Le dio más miedo y salió a ver a su tía. Ella dormía placenteramente. Salió del cuarto de su tía con mucho miedo y atravesando el pasillo entre cuartos vio el celular. El nuevo mensaje era de Andrea Gómez.

(...continuará)

LA CAPSULA (parte I- "Nosotros hacemos que se vea bien")


El cuerpo de Leo yacia tendido en un pozo de sangre negra y espesa. cerca del cuerpo que todavia se sacudia con leves espasmos involuntarios estaba Victor con la Beretta 92 de la U.S Army: "el mejor souvenir de mi vida" le habian escuchado susurrar el dia en que la llevo al bar de los chinos ante la mirada horrorizada de Gabriela, los otros, estaban demasiados ebrios para percatarse que la Beretta no era de plastico. Rebeca estaba particularmente molesta.

Leo habia traicionado. de un pequeño grupo literario que tomaba cervezas y jugaba con burbujas infantiles "Litros" habia pasado a ser una peligrosa organizacion que se dedicaba a robar pequeñas joyerias y traficar pequeñas cantidades de droga, de los once integrantes , solo quedaron 5. Los otros se fueron retirando a medida que la neurosis de los otros integrantes aumentaba. Leo habia dado su palabra de permanecer fiel a la organizacion, que ahora paso a llamarse "Capsula" dado el cerrado circulo que habian conformado sus integrantes.
el ultimo golpe fue una pequeña Joyeria. Leo y Guillermo habian entrado elegantemente a robar al encargado despues de un seguimiento de seis meses al dueño, mientras Leo apuntaba la cabeza del encargado, Guille hurtaba todo lo dorado de los anaqueles mientras intentaba entrar a la boveda buscando dolares. Pero en una distraccion de Leo, el encargado activo una alarma, en un impulso primario, Leo le volo la cabeza al sujeto de la joyeria y mientras la santamaria empezo a bajar automaticamente, Leo arrojo el arma y salio corriendo. Dejando a Guillermo atrapado junto con el cadaver dentro de la joyeria.

al dia siguiente la "Capsula" se habia enterado de que Guillermo habia desaparecido. Al parecer el dueño de la joyeria era un judio muy influyente y el arresto de Guillermo no fue suficiente para complacer la "ley del Talion" Judio, Guillermo tenia que morir. ni Rebeca, la amante embarazada de Guillermo ni su familia volvio a saber de él, por eso ella le habia pedido con lagrimas en los ojos a Victor que le volara la cabeza a Leo. Aunque Leo lucia a todas luces arrepentido, una traicion de esa magnitud era imposible de perdonar, incluso de con algo de esfuerzo, pasar por alto y a pesar de los ruegos de Gabriela y de la intervencion bastante diplomatica de Jessica, Victor ya habia decidido matar a Leo antes de la peticion de Rebeca.

fue rapido e incomodo. la habitacion estaba sellada, en una esquina estaba Jessica que habia empezado a fumar desde las seis de la mañana, Noelia habia llegado tarde, con la leve esperanza de no tener que ver la ejecucion, pero luego se cercioro de que eso habria sido empresa inutil: Victor se aseguro de no ajusticiar a Leo hasta que los cinco integrantes estuviesen presentes. Rebeca habia dormido en la habitacion la noche anterior.
- falta Gabriela, susurro Noelia a Jessica, cuya cabeza era un cuerpo disforme de nervios y humo.
- no va a venir, dijo Jessica secamente. De pronto a Noelia se le revolvio el estomago con una mezcla de miedo y asco.

Leo llego finalmente. tenia resaca, se sorprendio al verlos a todos reunidos, lo que provoco una leve sonrisa mezclada con un poco de miedo. viro la cabeza y sintio los ojos de Rebeca quemando los suyos, entonces entendio, que eso no era bueno. Noelia se acerco a Leo con una sonrisa indulgente, como las que esbozan ciertas madres cuando estan a punto de reprender tiernamente a sus hijos y lo invito a sentarse en el suelo, dando la espalda al grupo y a Victor.

-¿que pasa Noe? pregunto Leo, cuyos ojos habian empezado a saltar.
- no pasa nada, dijo Noelia, mientras lo abrazaba. sabes que tu eres como mi hijo- Victor desenfundo la Beretta 92- me van a matar, ¿verdad Noe? pregunto Leo, que habia comenzado a llorar- Victor hizo sonar la corredera del revolver, estaba cargando el arma y queria asegurarse de que Leo escuchara- ¡no vale! dijo Noelia, mientras disfrazaba los nervios con una leve risilla, mas bien queria preguntarte una cosa.- Victor apunto directamente en la Occipital- ¡No fue mi culpa!¡Victor No fue mi culpa! grito Leo y se volteo en el justo instante en que Victor jalaba el gatillo, Jessica volteo la mirada y Noelia solto un grito de espanto, solo Rebecca yacia en el sofa impavida e inamovible: Victor le habia volado la frente a Leo y la bala le habia atravezado el craneo hasta salir por el hueso Occipital.

El cuerpo del joven Leo cayo sin peso sobre el suelo de madera del cuarto, grandes gotas de sangre habian ensuciado la pared carcomida blanca y de su boca abierta salian pequeñas burbujas de sangre, habia caído con una expresion de terror en los ojos desmesuradamente abiertos.
Es todo dijo Victor y se desplomo sobre una silla de rattan. Noelia tomo el pulso de Leo y descubrio un latir lejano y lento, como si el chico quisiera guardarse en secreto que todavia vivia. Noelia se descubrio asi misma con el rostro humedo por las lagrimas que bajaban a raudales por sus mejillas. Jessica y Victor no tuvieron valor para verse las caras,solo Rebeca que se acariciaba el vientre hinchado miraba sin punto fijo el horizonte, mientras el corazon de la "Capsula" se detenia indefectiblemente.

N.A: el cuento original es muchisimo mas largo, esta es la version resumida. Arigato!

Retrospectiva

Por Gabriela Valdivieso
Desde Noelia De Paoli

Todo inició en Tierra de nadie.

Lo veo a lo lejos y me alegro. No demasiado, pero bastante. Alzo la mano para saludarlo e invitarlo a acercarse. Viene, de hecho, pero lo primero que me dice es: "Mija, cómo te creció ese cabello, ¡de la nada!".

"De la nada". Meses debajo de estas hebras esperando que la pollina cubra mis ojos, pero no. Eso no es nada. Una gastadera en cortes de puntas, para na-da.

Esto, sin profundizar en el "mija", sembró algo dentro. Algo que encontró el modo de brotar libremente.

Fue en la marcha por apoyo a la Ley Orgánica de Educación. Una vez más, ingenua, lo veo y voy a saludarlo pero ¡oh, my god!, step back, ¡the star is near!: Leo estaba siendo entrevistado. Mi vista también lo entrevió, eso sí.

Me limité a escuchar las respuestas hasta que me aburrí. Entonces lo miré a él, el otro. Identico. Otro Leo Riera, pero ¡wow! con un arma apuntando al clon. Fue surreal y alucinante. Rápido e inesperado.

Y bueno... Uno ha empujado y presionado muchos objetos con los dedos a lo largo de la vida, ¿no? Pastas de dientes, goteros, tapitas de perfume, ¿no? Pues ese día, viendo a Riera apuntando a Riera algo se detonó metafóricamente que me motivó a detonar físicamente. Me refiero a sus palabras: "No se puede matar al que yace muerto".

Fue más de lo que mis oídos podían soportar. No tenía sentido. Había dos de ellos, pero simplemente se mezcló todo: su "de la nada", su divismo, sus respuestas, su premonición de yacer muerto, su, ajá, sí, todo y simplemente tuve que hacerlo. Presioné los dedos de Riera ubicados en el gatillo y vi cómo el otro Riera cumplió con su sentencia.

De yacer, ¿pero muerto? Cielos, yo no quería, jamás lo hubiera hecho de no haber sido por esa conjunción extraña de acontecimientos. Es horrible, ¡nunca lo haría!, ¡no quería hacerlo! ¡jamás desee hacerlo! Um, bueno, quizás no jamás, pero nunca en serio. O quizás tampoco en broma. Quizás sí lo deseé algo más que un poco. Quizás algo dentro desesperaba por hacerlo. Quizás lo desee tanto que no hubo clon de Leo, quizás siempre fui yo quien lo apuntó hasta que el arma se hizo pesada y mis oídos se cansaron.

Y cuando me cansé me casé con un destino. Tras aquel ligero y pecador empujón de mis dedos, las sensaciones desfilaron a mi alrededor. La gente gritó, aunque no de euforia por verme. Todos se aproximaron a mí, aunque no por autógrafos. Y entonces sonó una sirena, pero no la del estrellato ni la de de la ambulancia que rescataría a algún fan conmocionado. No. De pronto estoy acá, precisamente acá, y pienso en "mijo" y en mí, ja. Ja.

jueves, 8 de octubre de 2009

Una entrevista... ¡Para morirse!

En un día cualquiera del mes de septiembre de 2009, en Venezuela, Leo Riera se encontraba en una marcha convocada en relación a la Nueva Ley Orgánica de Educación.

En un día cualquiera de Leo Riera, en el mes de septiembre de 2009, en Venezuela, Leonardo Bravo se encontraba trabajando en una marcha convocada en relación a la Nueva Ley Orgánica de Educación. Como buen periodista, buscó a un joven a quién entrevistar. Lo encontró. Luego de preguntarle el nombre, le apuntó su arma al rostro y preguntó:

Leonardo Bravo: Dinos, Leo, ¿Por qué estás marchando hoy? ¿Apoyas a la Ley Orgánica de Educación?

Leo Riera: Bueno, desde el punto de vista del escritor puedo decir que…

Leonardo Bravo: Ah, ¿tú eres escritor?

Leo Riera: Sí, en efecto, lo que implica que…

Leonardo Bravo: ¿Desde cuándo eres escritor?

Leo Riera: Desde que tenía doce años de edad, pero a los catorce fue que me lo tomé en serio y empecé a participar en concursos literarios que…

Leonardo Bravo: ¿Concursos literarios? ¿Has ganado algunos?

Leo Riera: Efectivamente, los concursos literarios son una gran oportunidad de hacerse un nombre en el mundo editorial y de crecer en ese sentido. He ganado el VI Concurso Anual de Cuento Breve y Poesía de la Librería Mediática, el Premio Municipal de Ciencia Tecnología “Dr. Humberto Fernández-Morán” y el I Rally Metropolitano de Escritores, pero en este último…

Leonardo Bravo: ¿Y qué escribes tú?

Leo Riera: Bueno, yo me considero un escritor integral. Escribo poesía, ensayo, narrativa y dramaturgia; tres de esos géneros me han dado los premios anteriores. Aunque valdría la pena destacar que posiblemente…

Leonardo Bravo: Pero, ¿Por qué escribes tú?

Leo Riera: Bueno, desde pequeño quise tener el control total del mundo. Sí, siempre me he caracterizado como una especie de villano-dictador. Lamentablemente, siempre fui un debilucho que por medio de la fuerza y la violencia no podía conseguir sus objetivos. Es por tal razón que hice de la palabra mi mayor arma (siempre encontraba la manera de convencer para que no me golpearan). Y, efectivamente, usé la palabra para tener el control total del mundo, de mi mundo. Por supuesto, esto podría ser…

Leonardo Bravo: Entiendo. Más allá de eso, ¿cómo es ese mundo que quieres controlar?

Leo Riera: Caramba, soy un revolucionario, amigo. Yo produzco los cambios, no los mantengo. Puedo decirte que quiero un mundo en el que todos se ayuden. Un mundo en el que todos sean intelectuales. Un mundo en que todos seamos iguales. Pero te estaría mintiendo, pues no es del todo cierto lo que digo. Probablemente querría ser el que más ayuda (o el más ayudado), o querría ser el más intelectual, o querría ser el mejor entre los iguales. Pero, más allá de mi orgullo, quiero un mundo en donde nadie destruya a nadie, pues considero que…
Leonardo Bravo: ¿Más allá de tu orgullo? ¿Eres orgulloso?

Leo Riera: Es una pregunta que muchos de los que me conocen responderían con un sí. Y, afirmativamente, me considero muy orgulloso, y soberbio. Pero en el buen sentido de la palabra. Pues cuando miro a mi alrededor veo muchos “indigentes” que dicen que no son nada porque son pobres, porque viven en un barrio, porque están solos, porque están enfermos, porque nadie los ayuda, etc. Y yo, a pesar de todas y cada una de estas penas y/o cargas, he logrado alcanzar lo que he querido. Yo estoy orgulloso de ser lo que soy, en todos los sentidos. Y soy soberbio al afirmar que si otro no es igual o mejor a mí es porque no quiere. Y es precisamente porque creo que…

Leonardo Bravo: Es una visión bastante controversial… ¿Cuál es tu visión al escribir? ¿Sobre qué escribes?

Leo Riera: Jajaja te va a sonar a canción de reggaetón, pero yo escribo sobre el amor urbano. El amor incoloro, insípido, inodoro, un amor invisible, inerte. El amor al yo, al yo que quiero ser, al yo “que no pude ser”. Amor al otro, amor al que quiero que sea el otro, amor al otro que no puede ser. Yo escribo sobre un amor en coma que nunca es desconectado. Y escribo de los hombres que, por una u otra razón, siguen conectados en un coma que, al parecer…

Leonardo Bravo: De los hombres… O sea, todos estamos en coma y tú eres el doctor…

Leo Riera: No me refiero a eso, yo también estoy en coma…

Leonardo Bravo: ¿En coma? ¡Tú deberías estar en punto y final! ¡Ah no, pero el señor es escritor y todo lo que dice es la verdad!

Leo Riera: Te equivocas, es simplemente lo que creo, y te recuerdo que tú eres el que lo está preguntando.

Leonardo Bravo: ¡Preguntando un coño, chico! ¡Tú lo que eres sendo mojoneado!. ¡Por eso es que los matan!

Leo Riera: No se puede matar a quien yace muerto.



Instantes después, al mirar hacia el piso, todos quedaron sorprendidos y callados sin saber cómo murió Leo Riera.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Por Jessica Jessica Márquez Gaspar


A quien pueda interesar.

Esta es la historia de un amor profundo. Aún recuerdo la primera vez que lo vi. Estaba tres personas atrás de mí en la cola, sentado en un banquito de alquiler rojo y ligeramente inclinado hacia la izquierda. Leía el periódico con el casco bajo el brazo cuando tuvimos que movernos y nuestras miradas se cruzaron por un instante. Fue mágico.

Le seguí la pista hasta el escritorio del funcionario obeso que escuchaba cumbia. Se veía tan masculino apoyado en el escritorio sin fórmica. No podía dejar de mirarlo mientras me pedían la cédula y la fotocopia del acta de nacimiento de mi tatarabuela.

Nos encontramos a la hora de la comida en la sala de espera B, en las sillas anaranjadas de plástico. Se veía simpático porque hacía reír a toda la fila mientras comía caraotas, arroz y tajadas. Creo que sabía que lo estaba mirando porque a veces, como quien no quiere la cosa, volteaba hacia la zona de la sala donde me encontraba.

Aquel primer día vimos el atardecer a través del ventanal de la mezanina 3. Se veía cansado mientras caminaba hacia los ascensores oeste para ir a la sala de trinatación para pasar la noche. Le deseé buenas noches mentalmente y me dirigí a la sala de orgatotinación.

Después de varios días llegamos al piso 4. Como ahí no había ventanas no sabíamos ya qué hora era hasta que llegaba la comida. Una empleada en la oficina Z dijo que la planilla 1.2.3.2 no había sido llenada correctamente, y me dio instrucciones precisas para pedir una nueva: camina hasta el final del pasillo azul, después del cuarto cubículo cruza a la izquierda, baja por las escaleras hasta el entrepiso de gerenación, y busca a la secretaria de Hernández, puerta 3x y después del baño, agarra como si fueras al entrepiso Ita. La reconocerás porque se la pasa con un catálogo de Avón. Ella te entreguerá la planilla cuando termine de ojearla.

Cuál no sería mi sorpresa cuando el ascensor se abrió en el piso 5, y al final de la uña roja de una secretaria, estaba él con su bigote negro haciendo cola. Me saludo cariñosamente: ¡mami!, y me observó con detenimiento mientras iba a entregar los papeles en la taquilla de la señora que hablaba por teléfono todo el tiempo.

El guardia del piso 12 me entregó un papelito dos días después. Lo leí temblando de la emoción: "mami soy tu amor el del casco, sé que también estás pendiente, así que hablé con la asistente de la licenciada Álvares para que me consiga un roncito. Te espero para tomárnoslo en la oficina del funcionario sifrino que canta ópera, en el ala C a golpe de ocho. No faltes mamita."

En aquella oficina nos besamos por primera vez, y ahí nos encontramos durante muchas noches. En el escritorio de aquel funcionario ladilla lo hicimos varias veces. Poco a poco me fueron aprobando la declaración jurada de mi mamá en la que afirmaba que soy su hija, la hoja llena de timbres fiscales hasta el último pedacito y la planilla morada A23-w. Sabía que él también avanzaba rápidamente con sus trámites.

Hubo un punto en que vernos por la noche no era suficiente. Nos encontrábamos en la sala de fotocopias de la subdirectora de participación, en los closets de limpieza y hasta en la sala del archivo, donde nos queríamos sobre las carpetas de planillas almacenadas desde el 79.

Un buen día lo veía hablar con el flaco en la taquilla de primatización cuando entendí lo que había sucedido: lo amaba. A él, a su casco, a su sonrisa escondida tras el bigote, a su forma de mirarme de arriba abajo, y a la manera tan orgullosa que tenía de hablar de mí con Manuel y con Armando.

Resolví decírselo aquella noche. De pura romántica que soy hasta escogí una canción de Oscar y Franquito para ponerla en el momento justo. Lo esperé en el botellón de agua, como siempre, pero él nunca llegó. Quise creer que se había demorado con la huella del pie y la foto de la nuca, pero me equivoqué.

Pasé mucho tiempo esperando su regreso. Ya no estaba en las salas de espera, ni en las rumbas clandestinas en la zona en remodelación. Mis amigas me consolaban diciendo que seguro estaba ahí mismo, en la otra torre, pero en el fondo de mi corazón temía lo peor: que le hubieran dado el pasaporte.

Durante muchas horas de espera pensé en él, en todas las empanadas que compartimos, en cómo nos turnábamos en la sillita de plástico donde el casi no cabía, en todos los momentos maravillosos. Así que tú, ¡sí, tu!, que encontraste esta nota pegada con chicle al espejo del baño, si alguna vez te encuentras a Orlando el de la moto, dile que lo espero junto al botellón, como siempre. Porque sólo él es mi papi y lo amaré por siempre.

Firma
María de los dolores.

Cuando llueve

Por Guillermo Geraldo

Mayo, mes de lluvias, caía un aguacero en Caracas. Todos parecían haber olvidado en casa el paraguas, en tacones corría una que otra morena buenamoza hacía el metro con bolsas en el cabello, bolsas que salvaban a más de uno, como los motorizados y sus llamativos impermeables para zapatos. La calle parecía un río, sin embargo, mi rostro era una cascada, mis ojos habían derramado cántaros de lágrimas de la misma manera que aquel aguacero. Los días que marcan la vida de nuestro ser son inolvidables en todo sentido, recuerdas todo desde el momento en que abres tus ojos y captas la primera imagen de la mañana hasta que los cierras y baja el telón para la última escena antes de dormir, son esos días como en los que muere una persona de gran afecto y frecuente contacto.

Mi novio me acompañó aquel día a una consulta médica, recuerdo que fue justo antes de la hora del almuerzo, estaba completamente gris el cielo caraqueño, desde Petare a Catia. Al salir de la consulta la sensación de apetito descocía mi cuerpo, éste estaba invadido por aquella extraña sensación de cuando estás deprimido o despechado, donde parece que el alma se esfumó y dejó un hueco en el sitio que parece estar ocupado por ella. Para una mujer terminaban las esperanzas de terapias de embarazo, de náuseas y patadas en la panza, de brazos llenos de la inocencia pura de un niño, de ser madre.

Estuve rodando por Caracas en un estado de shock, la palabra estéril se repetía con eco en mi mente, hasta aquel coñazo de agua. Recorrí kilómetros en mi carro, llegué a perderme como una campesina en la capital. Finalmente pude conseguir la vía al este, zona donde he vivido toda mi vida y en Los Dos Caminos me quedé sin gasolina, bajé de mi carro y caminé. Caían gotas gruesas en mi camisa y poco a poco fueron empapando mi ropa. Iba sin rumbo fijo, sólo sabía que no iba a casa. Justo bajo el elevado de Los Ruices, ahí, entre autos, donde las groserías y cornetas hacen de voz para el asfalto, justo ahí había un muchacho sentado como niño. Sus manos manipulaban un acordeón que desplegaba un sonido casi mudo frente al caos de la lluvia y las bocinas. Decidí observarlo un poco más de cerca y sentada frente a él esperé que abriera sus ojos y saliera un poco de su inspiración musical y así establecer contacto visual y hablar un poco con aquel desconocido artista.

Levantó su mirada y sus ojos penetraron los míos, aunque un poco desorbitados. Sonrió y dedicó aquella pieza para mí, agregando disculpas por no distinguir de manera exacta mi sexo. Mencionó algo sobre mi respiración de mujer. Por ella pensaba que yo era una chica. Sus disculpas terminaron aclarando su estado de ciego. Estuvimos el resto de la tarde y parte de la noche entre conocernos y canciones, pero ya la noche estaba azabache, sinónimo de inseguridad extrema, sin embargo no quería despedirme. Lo llevé conmigo, caminamos hasta La Castellana, hasta el apartamento donde vivía sin ninguna otra compañía más que mis libros de medicina. Aún estábamos empapados, le regalé un chocolate caliente y le ofrecí ropa y algunas prendas que dejaba mi novio en casa para cuando dormía. Mientras yo me bañaba él tocó La Valse d’Amèlie en el piano de la sala. Salí desnuda y puse sus manos en mis pechos. Sobre el piano hicimos el amor y más nunca dejamos de hacerlo hasta hoy, (bueno es tácito que mi novio ¡adiós, gracias!). El ciego, me enseñó a ver la vida de otra manera.

Hoy, uno de esos días donde alguien se va, donde no olvidas nada, donde alguien muere, pero hoy; hoy no siento ese vacío, hoy no caminaré hasta Los Ruices, hoy cierro mis ojos y volteo hacia atrás para ver la vida con el corazón.