miércoles, 19 de mayo de 2010

Rutina; ruleta de hechos día tras día

Por Guillermo Geraldo
(10 ópticas de la ruleta diaria)

Antes empezaba con un ensordecedor sonido mi día, pero desde que la musiquita entró a los celulares, me levanto con Reinaldo Armas. El martilleo de mi despertador caducó. No es necesario prender el televisor para enterarme del mundo; mi vecino ya ha puesto globovisión bastante sonoro, para que el barrio se entere de internacionales, economía y el país.

Después de restregarme con jabón azul, cojo mi revoltillo y mi arepita. Las nubes le han dado la espalda al celeste. No parece que lloverá hoy. Decido salir. Un beso de mi esposa y un beso para ella. Me espera un nuevo día.

La monotonía del bajar escalones se perfuma de colonia (todo el mundo va bien emperifollado a trabajar), saludo a conocidos y pido el meridiano fiado. Llego a la avenida, y un sonido similar al tiroteo de anoche; pero más acelerado, toma auge y me acompaña, además de envolverme un tsunami de polvo consecuente también del taladro y las aceras. Se tornará grisácea mi chemise. El esmero de mi esposa y las publicidades de Ariel y Ace serán en vano. Las personas admiran la obra cinética pincelada en el suelo mientras caminan; la cual parece ser sagrada e intocable; digo esto porque a nadie se le ocurre cruzar por encima del rayado.

La duda me enfrenta al entrar al metro, me pregunto si sólo la gente mi barrio suele bañarse. Surge un violín que inunda los vagones. Ya se había montado un músico, un mago y un enfermo, para el momento en que abandono la serpiente de acero, mareado del tufo estación tras estación y con un aspecto más deplorable que Michael Jackson en Thriller.

Mi agua de colonia se esfuma para cuando saludo al Dr. Aureliano, a quien jamás le he visto el mismo traje (ese si está bien perfumado y millonario). Por el contrario, Joselo, un muchachito recién graduado, parece tener sólo un flux y no hecho a su medida. Conozco a todo el que hace vida en el Multicentro Empresarial donde trabajo, soy ascensorista, aquel que tiene las llaves que desafían la gravedad hasta un piso diecinueve.

Mi trabajo no suele tener adrenalina, a excepción de las horas pico. Sin embargo, te enteras de cualquier vaina que pasa en las oficinas (las secretarias se ponen de acuerdo para contar chismes en el ascensor), cosa que suele divertirme. Nunca en mi vida me he puesto un traje, pero siempre he supuesto que deben apretar bastante las bolas. Digo, ningún empresario bien vestido al montarse en el ascensor saluda y siempre tienen el ceño fruncido; la voz debe privársele del dolor en los genitales (No es por que sean mal educados, compréndanlos). Me gusta comer, pero estoy seguro de que aunque me comiese un plato de caraotas, huevos y un batido de cambur; pues, no sería capaz de lanzarme peos tan putrefactos como aquellos que dejan los susodichos al momento de dejar del elevador, bajo lo responsabilidad de su ano sigiloso que los transforma en pequeños soplidos inalcanzables para el oído humano.

Es increíble el clima caraqueño, esta mañana, cuando empecé a contarles mi rutina, jamás pensé que llovería, pero llueve, ahora llueve. Improviso un techo con el Meridiano que conservé hasta el Excelsior Gama. Debo esperar el avance de una cola que se moviliza más lento que una procesión de cojos para pagar el relleno de la cena. Al salir, sigue el diluvio, se desprenden goteras de mi techo improvisado que puntean mi camisa de tinta. El metro se convierte, entre el calor y la humedad, en un sauna en movimiento.

Creo que será necesario agarrar los “Jíses”, hasta mi casa, estará difícil subir las escaleras con los ríos de agua bajando. Tendré que ver el juego de Santana sin escuchar a Beto Perdomo. Las luces de casa parpadean, el techo de zinc, somete al volumen de televisor debido al chaparrón que cae. Las cosas parecen ser más prosperas con mi arepa “rueda e´camión”. Terminará mi día, mi cepillo que parece un cabello electrocutado de tanto uso; limpiará mis dientes. *Bajo el telón de mis párpados, cerrando el teatro de la rutina por los sueños y hasta un nuevo amanecer*

martes, 18 de mayo de 2010

Locura con Sentido

Lugar: HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE MADRID
Año: 1989

-Si Catrina, todos sabemos que no estas loca, yo también a veces siento las gotas de lluvia cuando el Doctor Rafael habla.- dijo la enfermera entre risas mientras dirigía a Catrina al comedor.

Catrina siempre fue una persona muy solitaria, desde pequeña sentía las cosas que oía como sensaciones físicas por su cuerpo. Dependía de la persona y de su tono de voz, rara vez podía estar con alguien que pudiera soportarla por más de una hora. Las excepciones eran obvias, su madre a quien sentía como una caricia en la espalda, a su padre quien era una suave cosquilla en la mano y claro, a Daniel que era un frío roce en los labios.

Daniel era otro personaje particular en ese hospital psiquiátrico. Los doctores estaban seguros de que el pobre sufría de esquizofrenia pero en los exámenes salía totalmente cuerdo. Este loco veía colores, muchos colores. Cuando la gente hablaba veía colores saliendo de su boca, cuando el se pegaba o le inyectaban también veía colores. Todo el tiempo Daniel veía colores, al leer, al escribir, al sumar y al restar; según él, cada cosa tenía su color. Cada persona, número, letra, sonido y dolor tenía un color, un color que veía en su mente y a veces, en ocasiones especiales se salían de su cabeza y se adueñaban de la habitación.

Salvo por estas extrañas características Catrina y Daniel eran personas muy normales, les gustaba leer, oír música, jugar cartas y caminar por el jardín. Daniel siempre le decía a Catrina:
-Tal vez este loco pero tú tienes la gama de colores mas armónica y perfecta.
Catrina sonreía y le respondía
-Tu voz me da la mejor sensación en el cuerpo.
Cualquiera que escuchara sus conversaciones los mandaría a un hospital psiquiátrico pero claro, ya estaban en uno así que nadie les prestaba mucha atención.

En otra habitación de ese mismo hospital se encontraba Manuel, alias “El gordo”. Sorprendentemente Manuel era flaco, su problema es que pasa el noventa por ciento del día tratando de comerse las cosas más extrañas y menos apetitosas del mundo. Esa mañana el gordo le saltó encima al Doctor Rafael para arrancarle su corbata y devorarla. Cuado lo llevaron a la oficina principal para preguntarle por su comportamiento él solo respondió: -Apenas la vi me supo a menta, tengo mucho tiempo sin comerme una menta. ¿Me entienden?
Manuel jura que los sabores aparecen en su boca al ver algunos objetos, letras o números y es por eso que siempre trata de probar o saborear todo, quiere saber si algún día el sabor que siente es realmente el que es.

Estos tres personajes y otros más estan en ese hospital psiquiátrico sin recibir tratamientos, ya que luego de pasar años buscando alguna enfermedad que tuviera cualquiera de sus síntomas los doctores y psicólogos se rindieron. Estos pacientes no están medicados aunque todos piensan que Samanta si debería estarlo.

Samanta es la más inteligente de los cuatro fantásticos (chiste interno entre doctores y enfermeras) pero también es la que más consideran loca. Para ella los objetos, las letras y los números tienen personalidades. No es extraño que se tenga que ir de algunos sitios porque se siente incómoda o amenazada. Es tan sencillo como que los lápices son simpáticos y nobles, las lavadoras engreídas y los lentes, algunos, son odiosos y asesinos. También cada dedo de su mano tiene una personalidad diferente y no puede aplaudir porque los dedos de una mano no se llevan bien con la otra.


De todos los doctores de ese hospital el único que no se rendía en encontrar el motivo de las alucinaciones de estos cuatro pacientes era Rafael, un doctor que secretamente veía colores en las letras y números. Para él, cada letra era un color diferente y en las palabras los colores se mezclaban.

Rafael pasaba horas al día buscando respuestas hasta que la encontró, del otro lado del mundo un tal Cytowic había escrito un libro. Al parecer todos sufrían de una misma condición en donde dos o mas sentidos en el cerebro vienen conectados, es por eso que ven colores al oír voces, o sienten sabores al ver un objeto.

Apenas unió todos los cabos mandó a llamarlos para explicarles su condición.

-Ustedes no están locos, tienen sinestesia. Les recomiendo que no lo digan mucho, es un descubrimiento muy nuevo y la gente no lo va a aceptar tan rápido. Ya se pueden ir del hospital, suerte.

Los cuatro se miraron los unos a los otros sin saber que hacer, decidieron hablar con el director del hospital para quedarse mas tiempo porque tal vez si están locos después de todo.

Recé

Recé
Por Jessica Márquez Gaspar

Era el látido acelerado pero rítmico de su corazón. Podía sentirlo contra mi pecho. Pensé entonces en lo básico de aquel contacto, en lo importante de la cercanía. Imaginé entonces las posibilidades infinitas de la proximia, y en aquella fuerza invisible pero sensible que corría entre nosotras, todo aquello que quería decirle mientras ella permanecía cercana a mi ser, a mi corazón que latía rápido, casi desbocado. La abracé aún más fuerte, pero con delicadeza, mientras sentí su indefensión y mi posibilidad de ayudarla. Ante todo, la amaba intensamente, era un miembro de mi familia.

La deposité suavemente sobre la mesa metálica, en la que se posó con ojos asustados y las frágiles paticas en un ángulo extraño. Me miró entonces en busca de consuelo y corrí a acariciarla, a hablarle suavecito pero con tono alegre para trasmitirle algo que no sentía: paz, esperanza. Detallé su pelaje, que brillaba con destellos perlados. Me mantuve a su lado por lo que me parecieron horas eternas, tocándola eternamente con el deseo casi infantil de que mis manos pudieran curarla.

Tuve finalmente que despedirme de ella porque había caído la noche. Justo cuando estaba en la puerta, volteó a verme, como preguntándome hacia donde me dirigía. La miré y creo que entendió que volvería. Se acostó y cerró los ojos con un suspiro. Yo también suspiré mientras me dirigía a mi casa, rezando para que aquella no fuera la última vez que sintiera el latido de su corazón contra el mío. Recé, y aún espero respuesta.

domingo, 16 de mayo de 2010

Recorrido

Muy arriba, donde los cielos pincelan su espacio y las estrellas cantan su luz, un conjunto de ánimas esperan. Les han solicitado presencia y quietud. Brillante, una voz invisible, la más dulce perceptible, expuso:

Estimadas, dichosas almas, están ustedes ante una propuesta. Deberán tomar la más grande decisión posible y pensable. Es importante que asuman que no hay mejor respuesta que la que tomen.

No es fácil de entender, atiendan bien: Están habilitados para continuar aquí cuanto gusten, bebiendo el elixir de la totalidad, conviviendo en mi cercanía y gozando de la atemporalidad. Mas los invito también a lanzarse a una experiencia distinta. Ardua y gozosa, penosa como gloriosa. Angustia y euforia a la vez misma. Los invito a dejar la inmaterialidad y animar un cuerpo. Los invito a experimentar nuevos contextos y a manejarse en ellos. A asumir el riesgo de viajar muy lejos, y hacer, impulso a impulso, su recorrido de vuelta. Recompensas como castigos tendrán, dependiendo de su obrar, de su lealtad para con la verdad y el bien. La invitación, opcional y libre, es… lanzarse al ser limitado.

En el no tiempo, ni antes ni después, algunas almas titubeantes declinaron la propuesta. Otras, listas y ávidas, alzáronse rumbo al sí. Una a una, contactadas con el Todo, se disponían a sustraer el hilo vital. La que estaba entre una y otra, aguardaba su turno. Llegado, rozó la totalidad y se derramó hacia el mundo. Sentidos. Emociones. Razón. Después de una nalgada, todo se compuso entre los brazos de una mujer que llora y observa fascinada.

"Carolina Duarte" tuvo por etiqueta. Rodeada en rosa, en calor y luz incandescente, abría espacio entre el aire, a la vez respirándolo. Desfilaban en su futuro pañales, eructos que lucharían por salir, sin fin de imágenes y fonemas incomprensibles, balbuceantes intentos de pronunciación, extremidades gateantes. Llegaban compotas, chupetas, gomitas, donas y pizzas que devorar.

La esperaban hormigas que aplastar, almohadas que morder, piedras que hacer surcar en el agua, llamadas telefónicas por hacer, rimen y tacones por usar. Estornudaría, se quitaría los mechones de la cara, robaría un lápiz, cruzaría en amarillo, diría mentiras blancas y oscuras.

Odiaría, envidiaría, engañaría, descubriría mentiras, se despecharía, lloraría siete muertes, pelearía, sobrellevaría fracasos, sería robada, caería en tentaciones, sería despedida, así como jugaría, sentiría cosquillas, bailaría, celebraría el éxito de su equipo predilecto, devoraría chocolates, se enamoraría hasta el desvelo, estudiaría, desempeñaría sus ambiciones.

Plancharía, usaría cuarenta y cinco mil isopos, se lavaría los dientes, recibiría vueltos, marcaría cincuenta y siete mil botones de ascensor, se amarraría las trenzas, tomaría yogurt en el metro, se enjabonaría las axilas, se mordería las uñas, abrazaría treinta y dos mascotas, cambiaría las bolsas de basura, apagaría dvds, haría dietas, tomaría ciento siete aspirinas, tomaría leche y usaría cuatroscientos rollos de papel higiénico.

Todo esto haría. E hizo. Luego, veintiséis cumpleaños después, entrelazada con el receptor de su amor, sin intermediarios, motivaría, sin saber, una renovada invitación a las almas expectantes, allá, muy arriba, donde los cielos pincelan su espacio, las estrellas cantan su luz, y la vida espera ser vivida.

Ladrón de boticas

En la cola las manos le sudaban de la misma manera que le hubieran sudado si su crimen hubiera sido matar a alguien.

La cola para pagar en Farmatodo era enorme. Ezequiel y Eduardo miraban a los tipos de seguridad en la puerta y tratando de ocultar los nervios evocaban algún pasaje literario donde ocurría la misma situación y los personajes salían airosos. Ezequiel, quien había sido el culpable de todo esto, pensaba que la cola era interminable, que nunca terminarían de pagar la crema de afeitar, las hojillas, la chicha y el bendito chocolate.

El tipo de la cámara vio cuando Ezequiel lo hizo. Y llamó a la policía. La policía le dijo el procedimiento. El seguridad se cagó, dijo que le daba miedo, que cómo sabía que ese chamo no tenía una pistola, que tenía hijos y una esposa que mantener. El policía le dijo que no se preocupara, que seguro eran unos rateritos de algún barrio cercano que acababan de salir del cine y que se llevarían esa cosa sólo por joder, porque son unos malcriados que no pueden vivir sin estar robando. El seguridad, le dijo, muy valiente, muy macho, que acataría el procedimiento. El policía le dijo que muy bien, que ellos mandarían una patrulla para allá para verificar que todo esté bien y por si las cosas llegaban a complicarse, pero volvió a enfatizar que nada sucedería. El seguridad se paró y buscó a Gian-Go, el seguridad papiao de la sección de cosméticos de mujeres y productos de limpieza, un gordo con una gran cicatriz en la cara y aspecto yokosúnico. Cuando lo vio le explicó el procedimiento, Gian-Go aceptó y dijo “si se ponen popis les parto la cara a esos carajitos”.

Ezequiel y Eduardo sólo comían par de perros calientes en la avenida, como cualquier ciudadano común. Ese día no sabían que casi hubieran podido ir presos. Como Ezequiel y Eduardo son muy pichirres, les pareció que pagar 5 bolívares por una malta era una exageración, así que decidieron ir a Farmatodo a comprar alguna bebida a precio regular.

La farmaceuta no podía creer que alguien fuera capaz de cometer un crimen en una farmacia. En sus 20 años de experiencia era primera vez que pasaba. Ella tenía que ir a ver quién había decidido cometer semejante atrocidad, sólo por el hecho de poder ver a los ojos a unos ladronzuelos cualquiera y maldecirlos mentalmente. La farmaceuta estaba arrecha. Empezó a maldecir haber tenido que vivir en esta ciudad y empezó a echarle la culpa al gobierno por todas sus desgracias. Pensó en su paupérrimo sueldo, en su maestría en Farmacología y en lo felizmente pequeño burgués que sería viviendo en otro país del mundo, cualquiera.

Las empleadas que no habían estudiado nada en la universidad, salvo algunos semestres fallidos de letras o bibliotecología para cambiarse a Comunicación Social y debido a que no pudieron hacerlo por un promedio deficiente empezaron a trabajar y cayeron en Farmatodo, habían creado un barullo sobre el asunto de los chicos que iban a ser interpelados por el Seguridad y Gian-Go y que luego serían vistos a los ojos por la farmaceuta. Por supuesto ni Ezequiel, el autor del crimen, ni Eduardo, que sabía del crimen pero se hacía el paisa, creían que algo les sucedería ése día.

Entonces llegó la policía. Eduardo y Ezequiel pensaron que el seguridad les había dicho la verdad, que no les harían nada si pagaban y se iban, pero ahora la policía estaba en la entrada de la farmacia y hablaban con el seguridad. Gian-Go los señaló y el policía fue directo hacia ellos. Tomó un refresco y se devolvió.

Ezequiel no quería irse en metro, quería irse caminando. Y recordó cuando al salir de Farmatodo, justo en la puerta, un policía le decía a otro, “qué rico Chocolate, ¿no?” y reían entre ellos. A cada rato le preguntaba a Eduardo si tenía la factura. Le daba miedo que algún policía lo parara y lo metiera preso. Más nunca robaré en mi vida, ni libros siquiera.

Eduardo recordó la clase del día después de la muerte de Adriano González cuando un profesor, llorando en clase, dijo que el único crimen que podía permitirse un estudiante universitario era robar un libro. Que él recordaba las clases en las que Adriano decía “muchachos, roben libros que igual los editores nos pagan: ustedes sólo le están robando al verdadero ladrón”.

La farmaceuta pasó, tomó un refresco y vio a Ezequiel a los ojos. Eduardo estaba muy distraído pensando a qué personaje de la literatura le había pasado lo mismo. Ezequiel entró en pánico y llegaron los policías. La cola no avanzaba. Una mujer pagaba en débito y había olvidado su clave nueva. El cajero de la otra caja había ido al baño, le habían caído mal las caraotas que le había hecho su suegra. La cajera que pasaba la tarjeta de débito se tardaba a propósito: no quería atender a unos delincuentes. Ya todos los empleados de la farmacia sabían qué habían hecho.

Ezequiel y Eduardo estaban tranquilos. Pensaban que se tomarían la chicha en el banquito de en frente después de pagar y que luego tomarían el metro hasta sus casas. Ni por un segundo se les pasó por la mente que serían descubiertos. Quizá a Ezequiel un par de veces, por haber cometido el crimen, pero lo desechaba inmediatamente. Entonces un tipo llegó con un gordo de la nada. Agarró por el brazo a Ezequiel y no habló, se veía que trataba de decir algo pero no podía.

El seguridad trató de recordar el procedimiento, pero estaba cagado. Esos chamos podían tener una pistola y sacarla ahí mismo. Trató de decir unas palabras, de ejercer autoridad, pero no pudo. Sólo le salió agarrar por el hombro al chamo que había hecho la vaina.

“Mierda, nos robaron” pensó Eduardo. “Ese tipo gordo seguro es un matón y nos confundió con unos mafiosos. Nos van a enseñar una pistola escondiíta y nos van a sacar del local, luego nos van a pedir un pendrive con información confidencial y si no se lo damos nos matan”. Entonces Eduardo tocó su bolsillo a ver si tenía un pendrive que darles a los matones por si acaso lo intentaban matar. Ese pendrive falso por lo menos les daría algo de ventaja para escapar de los matones.

-Me da un permi… un permi… un permi… -dijo el seguridad mientras tomaba del hombro a Ezequiel indicando con el dedo índice la nevera de refrescos que estaba al lado de él en la cola.

Eduardo pensó que no eran ningunos matones. Que sólo era un pendejo que no sabía respetar los espacios de la gente y los invadía sin remordimiento como el noventa por ciento de la población de Caracas. Eduardo, empezaba a pensar en pájaros preñados cuando el que parecía un matón yokusúnico dijo:

-Esto no fue lo que vinimos a hacer –Y regresó el refresco de piña a la nevera.

Eduardo se cagó, volvió a tocarse el bolsillo a ver si tenía un pendrive.

-Chamo –dijo el seguridad dirigiéndose a Ezequiel–, sácate el chocolate ése que tienes escondido atrás.

La farmaceuta miraba muy alegre a Ezequiel y se preguntaba quién sería su madre, los empleados y el seguridad esperaban a la policía en cualquier momento, Gian-Go se tronaba los dedos: en ese instante hasta el reloj se detuvo.

-Mira, chamo, no quiero escándalo, no te me pongas popi. Vamos a hacer esto. Vas a pagar el chocolate.

-Sí, yo lo pago, no se preocupe –dijo Ezequiel.

-¡No quiero ironías! –dijo el seguridad ahora con confianza al saber que había agarrado a alguien por primera vez en su vida.

-Sí, yo lo pago.

-¿Sabes qué? Harás toda la cola, pagarás el chocolate y luego no te quiero ver más nunca en este Farmatodo. ¡Jamás!, ¿oíste?, ¡jamás!

El seguridad tomó un refresco y se lo fue a tomar. Estaba feliz de haber cumplido el procedimiento a la perfección. Ezequiel y Eduardo tuvieron que hacer toda la cola y calarse que justo antes de pagar una doñita les dijera que ella iba primero, que por la tercera edad, que no sean unos abusadores, que ella pagaría. Y ellos le dijeron que sí, señora, pague. Y la doña los vio con cara de no me vengan con ironías.

Y esas cuenticas que uno va dejando, como quien no quiere

El traje de salón


En mi cara se dibujo una enorme sonrisa cuando mi abuela decidió ponerle pantalones al burro. le parecia indecente la desnudez del burro, un animal tan feliz en medio del pastizal, caminando como bien pueda por la finca, escoltado por los perros y las moscas. Orgulloso dueño de las flores y los caminos, degradado a usar pantalones. Se los confecciono con tela de saco de harina y unio las costuras con gruesa cabuya. Mi tio le puso la prenda entre las patas del animal que molesto se rebelaba a la censura. Las garzas negras se reian escondidas entre las ramas, los caballos miraban con tristeza y las vacas fingian que no sabian nada, como hacen las vacas y luego te miran de reojo cuando no te das cuenta. Finalmente, en la frente de mi tio se dibujo un hilo de sangre que recorria su rostro hasta su boca. El burro tenia puestos sus pantalones y lucia muy desdichado.
Mi abuela se reia satisfecha y pronto coseria pantaleticas para las gallinas y franelas para cubrir las tetas de las vacas. Una noche, yo estaba dormitando en la hamaquita, tibia y roja del color de la arena y vi al burro quitandose los pantalones. Movia su cuerpo lo mejor que podia y subia las patas, dando feroces coces contra una pared de aire. Poco a poco las intenciones iban cediendo, la tosca tela estaba siendo destrozada, y rotas las costuras fueron quedando expuestos los secretos del burro, que feliz se revolcaba en la oscura soledad del pastizal.

El libro secreto de los besos.

Maria aprendio a besar a los treinta años. Y me apresuro a decir que aprendió, quizá no lo sepa. tal vez todavia este ensayando el calor de la boca incendiada, el movimiento timido y serpentino de la lengua, el oceano diminuto donde se hunde el deseo y los gemidos ahogados de la felicidad. Yo le besé, hace años, cuando ella cumplio treinta años. Debajo de un arbol de mangos, bajo una tarde que llovia. Le temblaban las piernas y sus ojos cerrados escondian aquellas perlas azules entornadas en soberbio marco de marmol. ¡Que fea era Maria! por eso espero tanto. Yo le bese un dia que estaba corto de plata y me dijeron que si la besaba me darian unos reales. Y ahi estaba yo, ahi estaba ella, Con los ojos cerrados y la boca dispuesta. Los labios rojos de Maria. Ahora ya no se cuantos años tiene, seguramente seguira esperando, debajo de un arbol de mangos y una tarde de lluvia, su segundo beso de amor.

Tu mano cerrada que apreta el cinto

Antonio. toma estas manos que me queman y que vengan sobre ti las luces discretas de los conventos cerrados y las letanias de las iglesias. Te espero sentada. A orilla de una cama sin nombre, inmensa y blanca como una salina y tus niños, si es que vienen, me recibiran diminutos sobre las cuentas larguisimas que tu llamas "cabello amado". Yo te vi. Pasear con tu querida en una plaza y las otras me llamaban loca porque te esperaba a orillas de un mar invisible. Pero llegaste, haz llegado. Y de mi solo se burlaran los espejos y los niños ciegos que piden lismosna. Apreta el cinto que llevas en mi cadera, haciendome caminar a tu lado. Como una bestia mansa con el amo. Como las estrellas que corren sobre el agua y los grillos que cantan borrachos sus lejanas melodias de esas que hacen que no te pierdas, camino a casa.

Cinco segundos antes de tierra

Lo arrojaron al vacio para saber que pasaba, tomaron un reloj con segundero y empezaron la cuenta. poco a poco, durante la caida, el cuerpo se iba volteando. La cabeza que antes les miraba con zozobra ahora miraba hacia abajo. las patas de explayaron hasta su maxima longitud. se le erizo el pelo. se contorsiono en el aire y la gravedad se vio humillada. la cola como volante le posicionaba derecho el cuerpo agil. La mirada se le afilo como un cuchillo y abrio un poco la boca. Tres segundos y los muchachos seguian contando. Saco las garras. Arqueo el cuerpo ligero. Estiro las patas hacia abajo. Pronto el piso. Pronto el dolor. Cuatro segundos, contaron hasta que el animal pisara tierra. Cayó. Los musculos de la paleta amortiguaron la caida. La cola permanecio derecha. los ojos atentos, las orejas en peligro.Corrió. se abalanzo hacia la calle y como una mancha negra, desapareció. segundo cinco, contó el mayor de los muchachos.

sábado, 15 de mayo de 2010

Mi pesadilla en la calle Elm

Un par de palabras no es suficiente para describir mi primera película de terror en el cine; un post sí. De antemano, gracias a todos los que hicieron posible que yo contara esto; Warner/Cinex, mi mamá, mi prima y Víctor.

Un atravesado día miércoles, atareado, pero aún así sin gracia. Es algo complejo ver clases de Castellano y pensar en si Freddy querrá dejarte dormir, o si tú mismo querrás. Una sensación grandiosa, a decir verdad. Y es gracioso el hecho de pasar el día planificando la noche, preparándote a vivir algo nuevo. Cuando llegué sentí alivio, cuando pisé el cine sentí emoción, y cuando entré a la sala me dije: ¿Qué rayos hago aquí?

Me senté y oí la historia de una particular montaña rusa de Orlando, y pocos segundos después, el equipo de Warner/Cinex ofreció un discurso, un juego de buscar papelitos en las sillas y algunos premios. Creo que la vida es extraña, pues al haberse terminado los papelitos que te aseguraban un regalo, quedaba una bolsita sin reclamar. Una sonreída muchacha tomó la lista de asistentes y nombró, sin querer, a alguien que ya tenía premio. Luego, con otro intento, me nombró a mí.

Quizá piensen que fue emocionante, y así se sintió. Bajé las escaleras hasta el final de la sala, tomé la bolsita que me ofrecían y agradecí, aún incrédula. Subí de nuevo y me senté, oyendo a Víctor diciendo ¡qué suerte!, y creo que tuvo razón. Dentro de la bolsita habían tres cosas: un gel-pack con la imagen de Freddy, una gorra que decía Welcome to your new nightmare y un llavero musical; eso último era un poco perturbador para mí.



La película comenzó sin rodeos, eso me gustó. Durante todo el tiempo di saltos en la silla (Lo lamento, Víctor) y debo decir que, aunque sea masoquista, repetiría la experiencia. Admiré los efectos, las actuaciones y las pocas pero buenas escenas de comedia. Una mezcla bien hecha, podría decir.

No pude conseguir mi foto con Freddy, fue triste. Tengo bonitos recuerdos, una gorrita que no puedo dejar de usar y un gel rojo que, a mi parecer, sirve como relajante en momentos de tensión. No quise conservar la cajita musical, de verdad, me daba miedo.

Si quieres ver la película deberías hacerlo, te la recomiendo. Acá alguien que no sabe de la saga pero disfrutó con creces el remake, buen trabajo. Mi última foto del día:

viernes, 14 de mayo de 2010

El Fan


Llevaba cuatro horas esperando cuando el hombre por fin hizo su aparición. Descendió de un corsa arena y, entre el momento en que abrió la puerta del copiloto y el momento en que descendió, intercambió palabras ininteligibles en la distancia con el chofer. Rió por algo que le dijo su interlocutor y eso hizo caer en cuenta al fan de que lo que estaba pasando era real. Se puso de pie.

El escritor se aproximó a la puerta de la casa. Vestía semiformal. Al verlo, titubeó por un momento. Continuó caminando, mirándolo de reojo, alternativamente entre él y el libro que llevaba entre manos. Ambos estaban ya junto a la puerta y el fan, que sonreía sin quererlo, le tendió una mano.

—Señor Drax —dijo—. Es un gran placer.

Victor Drax sonrió con un ligero asentir y le estrechó la mano.

—Usted no se imagina cuánto he soñado con esto —continuó—. Lo sigo desde hace años, desde que publicaba en Letras A Litros.

—Wow —dijo el escritor—. Ha pasado unas cuantas lunas desde entonces.

Los ojos del fan se iluminaron, el indicador de la corriente energética que se apoderó de su cuerpo.

—¡Sí! La verdad es que todos los relatos me gustaban, pero los suyos muchísimo más. Es usted un tipo increíble.

Drax asintió una vez más. Miró a un lado y se metió una mano en el bolsillo del pantalón.

—Muchas gracias por tu apoyo, entonces.

Le dio una palmada en el brazo.

El fan trató de grabarse todos los gestos del tipo. Estudió el modo en que se movía, cómo hablaba.

—¿Cómo va el libro nuevo? —preguntó.

Unas llaves emergieron en el puño que Victor Drax había guardado en el bolsillo. Buscó entre ellas.

—Bien —dijo—. Estará listo muy pronto.

—¡Sí!

El fan abanicó el aire con el libro —un tapa dura— e interpretó una danza descoordinada, ignorando la prolongada mirada que su ídolo le dedicaba.

—Así es… —fue lo único que Drax pudo decir— ¿Quieres que te firme eso?

Señaló al libro.

El fan estuvo a punto de decir algo, se interrumpió, se puso una mano en la cara e interrumpió esa moción también.

—Dios mío, qué perdido estoy —dijo—. Por favor, sí.

El autor tomó la novela entre sus manos y se sacó un bolígrafo de un bolsillo en las caras internas de su chaqueta. Le quitó la tapa con los dientes y garabateó algo en la portada.

—Si no es mucha molestia y podemos tomarnos unas fotos después… —dijo el fan.

—Seguro —Victor no levantó la cara del libro—, y después tengo que irme a cumplir misiones secretas de escritor, ¿vale?

—No hay problema.

Drax paró el curso que la punta del bolígrafo seguía sobre el papel.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

—Santiago Alonso.

Victor levantó la cara de la novela, sus facciones ocultas bajo una máscara fría. El par de ojos estudiaba al alma del fan a través de la piel.

—¿En serio? —preguntó.

—Sí, claro.

Se quedó mirándolo por tanto que el fan se vio obligado a bajar el rostro. Unos segundos más tarde, Drax prosiguió con la dedicatoria que redactaba.

—Es una coincidencia de lo más extraña, ¿sabes?

—¿Ah sí?

Drax cerró el libro con la mano con que lo sostenía. Con la otra, se quitó la tapa del bolígrafo de entre los labios y la devolvió a su lugar original, coronando el tubito de tinta.

—Ese es el nombre del protagonista de una novela que nunca publiqué —dijo.

Santiago recibió el libro, poniéndoselo debajo del brazo.

—¿Y qué pasó con ese personaje? —preguntó el fan— ¿Le fue bien?

El escritor se guardó la pluma dentro de la chaqueta.

—Podrías decir eso —dijo.

—Mentiroso.

Volvieron a verse. La postura del fan había cambiado tanto que no era equivocado decir que esta era otra persona. Drax dio un paso hacia atrás y, cuando Santiago se sacó el martillo de la parte trasera del cinto, no dejó de ver la herramienta, el mango de madera, la cabeza de hierro negro.

—Me mataste en el manuscrito —continuó Santiago—. Me apuñalaste.

—No estoy seguro de entender lo que---

El fan precipitó un golpe ascendente y Victor se estrepitó contra el suelo. Un hilo de sangre cruzó el aire para aterrizar en la pared.

El escritor se quedó boca abajo frente a la puerta de su casa. Se llevó una mano al rostro, arrastrándose. Todo había sucedido tan rápido que se había encontrado tirado mucho antes de sentir dolor.

El fan lo flanqueó como un lobo acecha a una presa herida.

—¿Cómo se siente vivir el terror, ah?

Ponerse boca arriba pareció requerir un esfuerzo imponente para Drax. Tenía una cortada surcándole toda la frente. Se había puesto pálido.

—Dime qué quieres —dijo—. Podemos llegar a un acuerd---

—No hay nada qué arreglar.

El fan se detuvo frente a él, elevando el martillo bien por encima de su cabeza.

—Ojo por ojo, Drax. Ojo por ojo.

Los mojados golpes del martillo apagaron los gritos del escritor. Al principio, sus manos lucharon por detener al atacante, pero conforme fue recibiendo más impactos, la fuerza abandonó sus extremidades y se quedó inmóvil, con el cráneo deformándosele poquito a poco. La sangre que brotaba de sus numerosas heridas salpicó a las paredes, al fan, al helecho que estaba junto a la puerta. El fan miró su obra, un reguero de carne, sangre y pelos sobre una creciente alfombra de jugo hemático. Recogió el libro, se sacó la nota del bolsillo del pantalón y la tiró junto al cadáver. Miró a los lados, produjo un pañuelo de donde tenía la nota y se limpió la cara, riéndose en voz baja, como el niño que hace una travesura y no puede creer que lo ha hecho.

La policía encontraría la misma escena dos horas después, sin el fan por ninguna parte. Leerían la nota repetidas veces, la someterían a búsqueda de huellas digitales y todos los caminos llevarían a un muro.

Voy por ustedes, Letras A Litros” decía la caligrafía informe en el papel.

Guerreros de terracota

Todos en sus asientos, esperan ansiosos la directriz de la semana. Esperan. Conjeturan.

Entra la profesora y expone a los litrómanos, palabras más, palabras menos, que no hay pauta en esta ocasión. Que toca remover la totalidad de los temas y escoger, de tantos, alguno.

Incrédulos, miráronse los unos a los otros.

-¿Leonardo?
-¿O sea que no hay tema puntual?
-No.
-¿Que no hay directriz o idea inicial?
-No, Samar.

Tras segundos silenciosos, se alza una mano.

-¿Guillermo?
-¿Podemos escribir sobre los guerreros de terracota del emperador Qin Shi Huang?
-Sí, sí pueden.

Moisés se apresura:
-¿Entonces entonces tenemos que escribir sobre los guerreros de terracota?
-No, dibujo libre se ha dicho.

Cada cual miró su hoja blanca, tan blanca. ¿Cómo la llenarían? ¿Qué en ella escribirían?