Continuación de "El Hombre Malo"
Por Victor Drax
La situación es la siguiente: un cadáver, tres sospechosos y el nigromante.
Lo normal cuando alguien estira la pata antes de que le toque es llamar a la policía. La familia Herrera, habitantes de un espacioso apartamento de dos plantas en El Hatillo, ha decidido contactar a un hombre que puede hablar con los muertos. La investigación es innecesaria si la víctima te dice quién la mató.
A Luca le daba igual. José, la cabeza del hogar, lo contactó por llamada telefónica. Su presencia era requerida con carácter de urgencia.
—Lo lamento, no trabajo con contactos telefónicos —dijo el brujo y colgó.
No pasó un minuto antes de que el teléfono volviera a repicar. José Herrera le explicaba que venía de parte de Amarilis Pulido y Luca la recordó como la mujer que quería hablar con una abuela muerta hace treinta y cinco años, porque estaba a punto de morirse también y quería saber si la esperaban en el cielo o en el infierno. Una noción ridícula, pensó Luca, pero, al igual que con este caso, estaba dispuesto a seguir adelante, siempre que lo hiciera facturando.
Tim Burton habría amado la decoración de este lugar. Una lámpara de araña en el techo, cortinas vinotinto, paredes de negro. Por el balcón, el cielo de Caracas había tenido suficiente de sus habitantes y ahora se les desplomaba encima. Estar aquí, en la casita del terror, era mucho mejor que estar en las calles de la peor ciudad del mundo cuando llueve.
Con las manos en los bolsillos, estudió a la silueta bajo la sábana. José Herrera había jurado sobre la tumba de su madre que iba a pagar los seis millones, mas otros dos. Luca comentó, como una cosa casual, que si era mentira, lo podía maldecir, siendo un experto manipulador de las artes arcanas (una repugnante mentira; una maldición no se puede hacer por teléfono, o toda la burocracia nacional caminaría de espaldas). No tenía nada mejor que hacer, así que cogió un taxi desde su oficina, en el callejón de la puñalada, Sabana Grande, hasta el edificio residencial que nada tenía que envidiar a cualquier fortaleza medieval. Traía su maletín. En el maletín, magia negra-noche.
Alfredo, el muchacho, estaba reacio a hablar. El puente de la nariz y la esclerótica de los ojos estaban color flamingo, obvia señal del que se ha pasado una temporada en las playas del sufrimiento. ¿O era parte de la coartada, fingir dolor? El doctor se puso en cuclillas. Agarró la sábana por un extremo, medio levantó, echó el ojo.
Una jovencita regordeta. Estaba adormecida, boca abajo, los párpados entreabiertos, los labios separados, una sustancia casi plástica hecha de saliva que la unía con el suelo. Seguía peinada. Luca alzó más la sábana, para no encontrar ninguna herida obvia. Las puñaladas fueron de frente y casi toda la sangre se había coagulado debajo del cadáver. Los equipos forenses se la pasarán en grande, despegándola del suelo con espátula. Cuando este cuerpo empiece a oler, todo el edificio se va a enterar. La sábana se echó otra vez. El hombre se irguió.
Sacó un pitillo. Se lo llevó a la boca y, haciéndose cueva con las manos, lo encendió. Devolvió el encendedor a su bolsillo. Aspiró, se apartó el cigarrillo, echó la corriente de humo. Por el balcón, el flash de una fotografía. Un segundo más tarde, rugió la tarde. Un gato atigrado se acercó, con sus glamorosos pasos mudos. Contempló al escenario, se echó en los cuartos traseros y se lamió una pata. Se la pasó por la cabeza. Este misterio no lo involucraba, pero tampoco se lo iba a perder.
—¿Están seguros de que nadie quiere confesar? —preguntó el nigromante— Cuando resucite esta muchacha, puede pasar cualquier cosa. Uno nunca sabe con los muertos por causas violentas.
—Estamos seguros, doctor —dijo José—. Yo mismo pregunté aquí, porque uno de ellos dos fue.
Isabella, la mujer, sollozó. Vaya que José Herrera le había preguntado: tenía las marcas de manos impresas en los brazos, la roja silueta de cachetadas en las mejillas. La chica era su hija adoptiva. Si este era uno de esos casos en los que hija y madrastra se odian, esta de verdad que sabía actuar. La casa olía a tierra mojada.
—Ok —Luca se puso de rodillas y abrió el maletín—. Échense para atrás. Esto se va a poner feo.
—¡No! —dijo ella, tapándose la boca de inmediato.
Un torrente de palabras se contuvo en los apretados labios de José, como eructo delator.
—No voy a seguir callando la verdad. Y no te voy a proteger más a ti. Doctor Aleggio: mi esposo mató a mi hijastra.

—Eres una puerca mentirosa —José Herrera cerró los puños, velludos y del tamaño de cráneos de niños.
—Puedes pegarme todo lo que quieras, pero siempre serás un asesino.
José alzó una mano, de canto, el brote de una cachetada.
—Si le pegas, me voy —dijo Luca—. Y me vas a tener que pagar igual.
El viento se metió en el apartamento y las persianas de ciruela se batieron.
—Gracias, doctor. Lo sé porque yo lo vi todo: Susana, mi hijastra, vino del colegio y se metió en su cuarto. Me llamó la atención que no fuera a almorzar, así que fui a preguntarle si quería comer. Me dijo que me fuera cuando le toqué la puerta, pero la escuché sollozando, como llorando. Me devolví al comedor. Mi esposo, este hombre, se molestó porque le gusta que todo el mundo coma al mismo tiempo. Se paró y fue al cuarto de Susana, tocó la puerta dándole golpes de verdad, con el puño. Ella no contestó, porque le tenía terror a su papá. Él se molestó más…
—Todo eso es mentira —dijo José al suelo.
—Déjame terminar. Él se molestó más y me mandó a buscar la llave. Le dije a Alfredito que se quedara sentado, comiendo, y busqué el juego de llaves de la casa. Me daba miedo que fuera a pegarme a mí también. Él abrió la puerta y la consiguió acostada boca abajo en la cama. De inmediato se quitó el cinturón, me acuerdo claramente de eso. Me ordenó a que me fuera a comer y yo hice como si me iba al comedor, pero en verdad sólo fui a ver si Alfredito seguía comiendo. Volví al cuarto de Susana y me asomé, una pequeña grieta que quedó entre la puerta y el marco. Conversaron en voz baja y no sé qué dijeron. Pero él se puso como una furia y le dio golpes a las paredes, con el cinturón alrededor del puño. Y entonces lo dijo, dijo “Eso te pasó por puta” y le dio un golpe en la cara. Directo a la boca.
—Pero por dios, ¿cómo te atreves a mentir así?
—¡Déjame terminar, José! Le pegó, doctor. Y le sacó sangre, yo me tapé la boca porque creí que iba a gritar. Si él hubiese sabido que yo estaba espiando, la paliza que me venía iba a ser grande. Me tapé con las dos manos. Ella le suplicó que no le pegara más y él dijo que no quería perras en su casa. Susana lo dijo y al principio no lo pude creer. Dijo, “Le puedes hacer daño al bebé”. Ese fue el empujoncito para que José hiciera erupción. La agarró del cuello. Primero le dio unos correazos, pero luego la agarró del cuello con las dos manos. La estranguló. Aparté la mirada porque no podía más, pero cuando me asomé otra vez, Susana se moría. Tenía los ojos agrandados y la lengua asomando entre los dientes. Los brazos cayeron. Quedó como un muñeco. Me aparté de la puerta y me metí en el baño. Si él lo llamó, doctor, fue para disimular, para no parecer culpable.
Una corriente fría sacudió a la lámpara en el techo. Alteró las sombras. Líneas negras se dibujaron en los grises rostros de los presentes. Luca sujetó el cigarrillo entre sus labios, una calada y el tubito repiqueteó como el gemelo contradictorio de la lluvia. Los tres sospechosos en semicírculo, él al otro extremo, el cadáver como núcleo.
—Esa historia tiene un problema —dijo Luca—. ¿Qué hay de las puñaladas?
—Exacto, mujer. ¿Qué hay de las puñaladas?
El maquillaje de Isabella, que se corría como una pintura autodestruyéndose, le echó diez años encima, la envejeció, le hundió la carne de las mejillas y le resecó los labios. O a lo mejor eran imaginaciones del nigromante. En días como este, todo es un juego de sombras.
—Él le dio las puñaladas después, doctor. Por rabia. Estaba convertido en un animal…
—Eso no es verdad —dijo el chico.
Quince años. Incisivos frontales pronunciados. Cabello pajizo echado sobre la cabeza como un gato muerto en un espantapájaros. Acné, florecientes brotes eruptivos a los lados de la nariz. Flaco, el chamo estaba hecho de palillos de dientes.
Se quedó paralizado, apenas temblando, aspiró de golpe para recoger la serpiente líquida que le salía de una fosa nasal. El chico nació en un hogar violento, ve tú a saber dónde se metió la mamá biológica. José Herrera gobierna con puño de hierro, un chamo como este tiene muchos años de virginidad por delante. No sería un soberbio esfuerzo de imaginación concluir que su mejor amiga era su hermana, la que ahora está muerta. El culpable, una de las dos otras personas con las que vive. La buena noticia es que esta es la clase de cosas que forjan carácter. El chico iba a crecer rápido.
—Déjalo salir, pana —dijo Luca.
No hubo testimonio acelerado, no. Más temblor, más acumulación de rabia, de memorias y de coraje para abrir la puerta del infierno. Algo de lo que estaba por venir tenía a los otros dos en suspenso. Esta vez no hubo amenazas.

—Alfredo, por favor —Isabella se llevó una mano al pecho.
—Mi papá fue a buscar a Susana al cuarto. Estaba estresado y todavía tenía comida en el bigote cuando se paró. Todos en esta casa me dan asco.
José se lanzó en estocada, no demasiado convencido de su propia ira porque permitió que la raquítica humanidad de la madrastra lo detuviera.
—Se quitó la correa a mitad de camino. Me habría encantado que se le cayeran los pantalones, aunque nadie lo viera. Ridículo. Golpeó la puerta y entró, la bruja esta le buscó las llaves. Delante de él, ella se hace la víctima, el indefenso corderito. Pero en privado, es una rata. Yo entiendo que no es mi mamá, pero ni siquiera lava la ropa de mi hermana y mía. La de ella y mi papá sí, pero nosotros dos no le importamos porque somos unos “bastarditos”. Esas fueron sus palabras, “lava tú tu ropa, como todos los bastarditos”.
—Eso no es verdad, José.
—Sí lo es. Tú sabes que lo es. Mi papá se metió en el cuarto y agarró a correazos a Susana. Escucharlo fue mucho peor que verlo. Me quedé sentado, oyendo los gritos, los insultos. Que si “perra esto”, o “maldita lo otro”. El único idioma que se habla en esta casa, con insultos. Correazo, siempre con gritos, correazos y golpes secos, me imagino que en la pared, porque eran tan fuertes…
—Di la verdad, Alfredito.
—Ah, ahora sí soy “Alfredito”, ¿no? Doctor: mi papá salió del cuarto y se metió en su estudio, en el piso de arriba. Yo quise ir a ver a mi hermana, pero estaba paralizado. Me daba miedo lo que podía encontrar. La bruja estaba espiando dentro del cuarto porque es una morbosa y no le importa lo que pueda conseguir, pero era mi hermana la que estaba sufriendo, la que se moría de dolor. La mujer esta se fue, no sé a dónde y, después de un rato, mi hermana salió del cuarto. Arrastrándose. Tenía la cara bañada en sangre, parecía como si le hubiesen roto la cabeza. Llegó hasta donde está ahora. Y la bruja llegó, le puso un pie sobre la espalda. Hundiendo el tacón.
—Eso es horrible, Alfredo —José abrazaba a la asesina de su hija.
—Pero es la verdad. Ustedes se merecen. Susana le pidió agua a esa rata y en vez de eso, Isabella la insultó. Se inclinó para decirle que eso era lo que se merecían las prostitutas que se embarazaban con cualquiera y mi hermana le escupió. Sangre, directo a la cara. “A lo mejor tengo sida”, dijo. “Y espero que lo agarres tú también”. Isabella se volvió loca. Por eso la apuñaló. El último acto de mi hermana fue orgullo y por eso la loca esta la mató. Se fue corriendo a la cocina con el cuchillo y llamó a mi papá. Que mi hermana se había suicidado, dijo, pero cualquiera sabe que mi hermana no habría podido matarse como estaba. Fue ella. La maldita fue ella, que quiere echarle la culpa a mi papá para terminar de destruirnos.
El gato se subió sobre el piano. Desde la cubierta de las teclas, alcanzó la cima, para acercarse al borde, echarse, reposar la cabeza sobre las patas delanteras. La lluvia descendió con cansada soberbia. Si antes podías ver a las montañas por el balcón, ahora distinguías sólo al color. Todo estaba detrás de una líquida capa de gris.
Luca tomó su cigarrillo, lo sostuvo con el dedo pulgar e índice. Con un batazo de dedo medio, lo mandó a volar al eco dentro de estas paredes. Podías seguir la trayectoria enfocándote en el meteorito. Salpicó ceniza dorada al chocar con el suelo.
—Es una historia bonita, Alfredo —dijo—. Pero hay un error.
—El error es mi existencia, toda esta casa es un error.
—Me encanta la autocompasión adolescente. Dime, mientras esto pasaba, mientras tu hermana era asesinada, ¿dónde estabas tú?
La respuesta vino con dos segundos de retraso.
—Me escond---
—No —Luca alzó una mano—. Era tu hermana querida. ¿Ni siquiera gritaste para impedir su muerte?
El clima tenía la misma voz de un canal sintonizado en señal muerta. Estática. El nuevo aroma del silencio.
Alfredo encaró al doctor. Un reto estúpido al que no podían ponérsele palabras que lo dignificaran.
—Sí traté de defenderla, pero ella no me escuchó.
—No, ahora estás cambiando la historia.
—Yo sé lo que pasó, Alfredo —dijo José—. Lo he sabido desde siempre y esperaba que fueras lo suficientemente hombre como para reconocer tu culpa.
—Déjame adivinar —Luca se metió las manos en los bolsillos—. Tu hijo mató a su hermana.
José cerró los ojos, apretó los labios, enrojeció. La verdad se había convertido en un avispón atrapado dentro de su boca. Lo picaría hasta la asfixiante hinchazón.